Muerte y resurrección de Jesús
Mc 15, 33-39; 16, 1-6
En el Día de
la Conmemoración de los difuntos, la liturgia propone este texto de Marcos
sobre la muerte y resurrección de Jesús. El cristiano ve la muerte de sus seres
queridos y, en general, toda muerte, a la luz de la pascua del Señor que quiso
asumir nuestra condición de seres mortales, para asegurarnos un destino eterno
por medio de su resurrección. Se hizo semejante a nosotros hasta en la muerte
para que estemos unidos a él también “en la semejanza de su resurrección”, como
dice San Pablo. Porque el que ha muerto,
ha sido liberado del pecado. Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también
viviremos con él, sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de entre los
muertos, no volverá a morir; ya la muerte no tiene dominio sobre él (Rom 6,
8-9).
En el relato de
la pasión según San Marcos, la muerte del Señor corresponde a la hora de la máxima
revelación de Dios, que supera todas las precedentes. Un nuevo rostro de Dios
se revela en el Crucificado, de quien el capitán pagano confiesa: Verdaderamente este hombre es el Hijo de
Dios. El Dios que está con nosotros es el Dios que no nos abandona nunca,
ni siquiera en el trance supremo de la muerte, trance que cada cual experimenta
en la más completa soledad. En su hijo Jesús clavado en cruz, Dios quiso
compartir con nosotros esa experiencia tan característica de nuestra
existencia.
Abandonado por
todos, Jesús llega en la cruz a sentirse abandonado por Dios hasta el punto de
gritar su soledad a quien sabe, por la confianza que mantiene en él, que no
abandonará a su hijo. Esta convicción de que Dios no se aleja del afligido que
clama a él, la expresó Jesús de manera dramática antes de morir, con las
palabras del salmo 22. San Juan de la Cruz comenta: “Al punto de la muerte,
quedó (el Señor) también aniquilado en el alma, sin consuelo y alivio ninguno,
dejándole el Padre así en íntima sequedad según la parte inferior. Por lo cual
fue necesitado de clamar diciendo: Dios
mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? Lo cual fue el mayor desamparo
sensitivamente que había tenido en su vida. Y así en él hizo la mayor obra que
en toda su vida con milagros y obras había hecho, ni en la tierra ni en el
cielo, que fue reconciliar y unir el género humano por gracia con Dios” (Juan
de la Cruz, Subida al Monte Carmelo,
II, 7, n.11).
Asimismo, la
carta a los Hebreos habla de la solidaridad de Jesús con nosotros, que le lleva
a experimentar en su propia persona la soledad, el desaliento, el sufrimiento y
el miedo que la muerte produce, para así convertirse en salvador de todos,
glorificado y proclamado pontífice, puente de unión de la humanidad con Dios. En los días de su vida mortal, Jesús ofreció
oraciones y súplicas con fuerte clamor y lágrimas al que podía salvarlo de la
muerte, y fue escuchado por su reverente sumisión (Hebr 5, 7). En la cruz
de su Hijo, Dios se coloca para siempre a nuestro lado, haciendo de nuestra
muerte –como lo hizo con la de su Hijo– la puerta de entrada a nuestra
glorificación. Esta revelación hace nacer en nosotros una absoluta confianza. En
su Hijo, Dios ha vivido y conoce la raíz de nuestros sufrimientos, de nuestros fracasos
y de nuestra muerte. Por eso ofrece en cada momento y a cada persona el don
oportuno para convertir la oscuridad de la muerte en aurora de vida. En una
muerte tan solidaria como la de Jesús, Dios su Padre se revela como el amor
crucificado que estará presente en nuestra muerte, compartiéndola y llenándola
de esperanza de una vida nueva.
El final del
camino de Jesús, y de nuestro camino, no es la cruz, sino su resurrección de la
muerte. A
partir de este momento Jesús vive junto a Dios. La piedra del sepulcro
ha sido retirada, se ha quebrado el poder de la muerte. El mensaje del ángel
constituye la culminación del relato que hace Marcos, la cúspide también de su
evangelio y el objeto central de la fe y esperanza del cristiano: Buscan a Jesús de Nazaret, el crucificado.
Ha resucitado; no está aquí. El horizonte humano se ha abierto
definitivamente: allí donde se estrella la sabiduría humana, donde caen por
tierra las esperanzas y el lamento no halla salida alguna, allí, en el morir,
se halla la presencia del amor salvador de Dios.
A la
proclamación sigue la tarea: los discípulos reciben la misión de propagar la
buena noticia. Vayan, pues, a decir a sus
discípulos y a Pedro: Él va camino de Galilea, allí lo verán, tal como les dijo.

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