viernes, 16 de enero de 2026

Presentación del Evangelio y Bautismo de Jesús (Mc 1, 1-12)

 P. Carlos Cardó SJ 

Bautismo de Cristo, óleo al temple sobre tabla de Verrocchio y Leonardo Da Vinci (1472 a 1475), Galería de los Uffizi, Florencia, Italia

Este es el comienzo de la Buena Nueva de Jesucristo (Hijo de Dios). En el libro del profeta Isaías estaba escrito: «Ya estoy para enviar a mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino. Escuchen ese grito en el desierto: Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos».
Es así como Juan el Bautista empezó a bautizar en el desierto. Allí predicaba bautismo y conversión, para alcanzar el perdón de los pecados. Toda la provincia de Judea y el pueblo de Jerusalén acudían a Juan para confesar sus pecados y ser bautizados por él en el río Jordán. Además de la piel que tenía colgada de la cintura, Juan no llevaba más que un manto hecho de pelo de camello. Su comida eran langostas y miel silvestre.
Juan proclamaba este mensaje: «Detrás de mí viene uno con más poder que yo. Yo no soy digno de desatar la correa de sus sandalias, aunque fuera arrodillándome ante él. Yo los he bautizado con agua, pero él los bautizará en el Espíritu Santo».
Y sucedió que por aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán. En cuanto salió del agua vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en forma de paloma, bajaba a él. Y se oyó una voz que venía de los cielos: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco.» 

“Evangelio de Jesucristo, el Hijo de Dios”. Es mucho más que un título. Es una síntesis de la buena noticia de Jesucristo, que los capítulos siguientes irán desarrollando. En esa breve frase está el significado sustancial de la vida de Jesús y de su predicación. Se señala la actitud de fe con que debemos escuchar esa Buena Noticia. 

Marcos llama a Jesucristo “el Hijo de Dios”, con ello afirma que Dios se ha manifestado en Jesús, que procede de Dios como un hijo de su padre. Lo designa al mismo tiempo como el Cristo, es decir, Mesías, ungido por Dios para traer al mundo el anuncio de que la misericordia divina alcanza a los pecadores, lleva a cumplimiento la esperanza y da sentido a la vida. El evangelio es Jesús. Él es el sujeto, el protagonista de la buena noticia y, al mismo tiempo, el objeto o contenido de la misma. 

En esto consiste el evangelio, esta es la buena noticia. Dios no habita en un imaginario “más allá”, donde se nos escapa y adonde podemos evadirnos. Dios no está en competencia con nosotros para quitarnos nada; ni tenemos que negar nada de lo humano para afirmarlo y servirlo, excepto el pecado –el mal moral– que nos deshumaniza. Dios ha asumido verdaderamente todo lo humano. En Jesucristo se unen la esfera humana y la divina. Por eso para nosotros, creer en un Dios que no tiene que ver con nuestra realidad humana plena, corporal y espiritual, personal y social, eso es el origen de toda alienación religiosa. Así como pensar en un ser humano capaz de prescindir de Dios en cualquier esfera de la vida, eso es la raíz de toda concepción idolátrica de la persona y del mundo. Una persona separada de sus semejantes, es simplemente no humana, más aún es una persona atea que rechaza a Dios. Ateísmo, en efecto, no es sólo negar teóricamente la existencia de Dios. Niega a Dios quien no ama. Esto es central en el cristianismo: desde el momento en que Dios, al hacerse hombre en Jesús nos hace hijos e hijas suyos, y por tanto hermanos, al amarnos entre nosotros le amamos a él. La fe en Jesucristo, Dios y hombre verdadero, lleva a superar todo dualismo. 

Jesús es llamado Cristo, es decir, el Mesías que Israel esperaba, y que había sido prometida a toda la humanidad por boca de los profetas: Mira, yo envío mi mensajero delante de ti para preparar tu camino. En Jesús la promesa se hace realidad. 

Los versículos restantes hablan de la preparación de la venida de Jesús por parte de Juan Bautista. Él anuncia la irrupción ya cercana del Reino de Dios, señala al que ha de venir y remite a sus oyentes a la actuación del Mesías que ya está en medio de su pueblo. Un mundo viejo está por terminar y uno nuevo va a nacer. Juan está en el umbral, señala la entrada que consiste en la conversión o cambio de mente y actitudes. La salvación requiere nuestra participación. Cuando uno escucha el evangelio, toma conciencia de la situación en que se encuentra y procura cambiarla. 

A continuación, Marcos relata muy brevemente el Bautismo de Jesús. Probablemente este relato circulaba entre las comunidades cristianas antes de que se escribieran los evangelios. Y es seguro que narra un hecho histórico, no inventado, puesto que debió ser muy difícil para los primeros cristianos aceptar, por una parte, que Jesús se había hecho bautizar por Juan, lo cual significa haberse sometido a él, y, por otra parte, haberse puesto como un pecador, ya que el bautismo de Juan era “de conversión para el perdón de los pecados” (1, 4). Se trata, además, de un hecho especialmente significativo, razón por la cual los tres Sinópticos lo traen y el cuarto evangelio, aunque no lo cuenta, pone en labios del Bautista una frase que hace suponer que se conocía la tradición del bautismo de Jesús: “Juan dio testimonio diciendo: Yo he visto que el Espíritu descendía del cielo como una paloma y permanecía sobre él” (Jn 1,33). 

En el texto de Marcos, el bautismo de Jesús aparece al inicio del evangelio y sirve de ángulo de mira para entender la finalidad especial que tiene este evangelio: ayudar a conocer quién es Jesús. En el Jordán, se nos dice que Jesús es el Mesías, el Cristo, ungido por el Espíritu, y el Hijo amado de Dios, en quien Dios su Padre se complace.

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