viernes, 30 de enero de 2026

La semilla que crece día y noche (Mc 4, 26-34)

 P. Carlos Cardó SJ 

Sembradores de patatas, óleo sobre lienzo de Jean-Francois Millet (1861), Museo de Bellas Artes de Boston, Estados Unidos

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: "El reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega."
Dijo también: "¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas".
Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado. 

La primera parte del texto corresponde a la parábola de la semilla que crece de día y de noche. Subraya el contraste entre la venida del Reino de Dios, simbolizado en la semilla sembrada, y la impotencia del labrador para hacerla germinar y crecer. El Reino es la semilla que crece por sí misma sin que el campesino sepa cómo. 

Se afirma la soberanía de Dios, frente a la cual no tiene sentido pensar que su Reino depende de la actividad humana, o que se rige según los criterios que regulan las relaciones de producción. El cristiano sabe que, después de poner lo que está de su parte para colaborar en el crecimiento del Reino, ha de abandonarlo todo en manos de Dios que hace mucho más que lo que nosotros podemos realizar. Es conocida la frase atribuida a S. Ignacio: «Pon de tu parte como si todo dependiera de ti y no de Dios, pero confía como si todo dependiera de Dios y no de ti». 

Dejarle el resultado final a Dios, después de haber obrado con firmeza y perseverancia,  aunque muchas veces no sea posible conocer los resultados, es el modo de proceder que Jesús enseña. La actitud de responsabilidad es imprescindible, pero no basta; tiene que ir acompañada de la confianza, de lo contrario degenera en voluntarismo. La confianza absoluta en el poder de Dios, que obra muy por encima de lo que nuestras débiles fuerzas pueden lograr, libera de todo voluntarismo ingenuo y de la angustia que proviene de creer que el éxito depende únicamente de la propia capacidad. Dios es quien hace germinar y crecer y fructificar la semilla que el hombre siembra. 

En un mundo que exacerba el sentido de la propia eficacia y del éxito personal, es fácil caer en el cansancio y en el desaliento. Se vive para el trabajo y la producción, y otras realidades de la vida humana, como la atención a la familia y el cultivo de la vida espiritual, pierden valor y se descuidan. El resultado es la incomunicación, la falta del sentido de lo gratuito, es decir, de aquellas cosas cuyo valor no es económico pero que son imprescindibles para poder mantener unas relaciones verdaderamente humanas con los demás, con nuestro propio interior y con Dios. 

La segunda parte del texto es la parábola del granito de mostaza, símbolo del Reino en acción. Como la semilla de mostaza, el Reino tiene apariencia casi insignificante, casi invisible, y hay que discernir para reconocerlo. Actúa en la historia como actuó Jesús: en pobreza, sin poder religioso ni político. Su conocimiento está reservado a los pequeños y sencillos. 

La parábola hace pensar en Cristo, grano caído en tierra, Dios que se abaja para asumir nuestra condición humana y se revela haciéndose un Niño que nace en un pesebre. Hay aquí una invitación a entrar por los caminos de Dios, por la lógica del Reino: según la cual, el mayor es quien se ha hecho el más pequeño de todos (Lc 9,48; 22,26ss). La parábola nos libra de todo delirio de grandeza. 

De manera directa el símbolo del grano de mostaza apunta a la dinámica de la comunidad de Jesús, la Iglesia, que se inicia como un grupo pequeño, casi imperceptible, dentro de la sociedad, y se desarrolla y crece como comunidad abierta, haciéndose servidora de todos los pueblos y culturas sin exclusión, sin ambición de poder y sin búsqueda de éxito según el mundo.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Nota: sólo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.