jueves, 8 de enero de 2026

En la sinagoga de Nazareth (Lc 4, 14-22a)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo predicando en Cafarnaúm, óleo sobre lienzo de Maurycy Gottlieb (1878 – 1879) Museo Nacional de Varsovia, Polonia

Llegó a Nazaret, donde se había criado, y el sábado fue a la sinagoga, como era su costumbre. Se puso de pie para hacer la lectura, y le pasaron el libro del profeta Isaías. Jesús desenrolló el libro y encontró el pasaje donde estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí. El me ha ungido para llevar buenas nuevas a los pobres, para anunciar la libertad a los cautivos, y a los ciegos que pronto van a ver, para despedir libres a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor.
Jesús entonces enrolló el libro, lo devolvió al ayudante y se sentó, mientras todos los presentes tenían los ojos fijos en él.
Y empezó a decirles: «Hoy les llegan noticias de cómo se cumplen estas palabras proféticas». Todos lo aprobaban y se quedaban maravillados, mientras esta proclamación de la gracia de Dios salía de sus labios.
Y decían: «¡Pensar que es el hijo de José!».
Jesús les dijo: «Seguramente ustedes me van a recordar el dicho: Médico, cúrate a ti mismo. Realiza también aquí, en tu patria, lo que nos cuentan que hiciste en Cafarnaún». Y Jesús añadió: «Ningún profeta es bien recibido en su patria. En verdad les digo que había muchas viudas en Israel en tiempos de Elías, cuando el cielo retuvo la lluvia durante tres años y medio y un gran hambre asoló a todo el país. Sin embargo Elías no fue enviado a ninguna de ellas, sino a una mujer de Sarepta, en tierras de Sidón. También había muchos leprosos en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, el sirio».
Todos en la sinagoga se indignaron al escuchar estas palabras; se levantaron y lo empujaron fuera del pueblo, llevándolo hacia un barranco del cerro sobre el que está construido el pueblo, con intención de arrojarlo desde allí. Pero Jesús pasó por medio de ellos y siguió su camino. 

Jesús se aplica a su propia persona las palabras de Isaías: el Espíritu de Dios me ha ungido para anunciar la buena noticia a los pobres, anunciar a los cautivos la libertad y conseguir la libertad a los oprimidos. En estas palabras condensa el programa que llevará a la práctica. La misión que ha recibido de su Padre tiene como opción preferencial hacer posible una vida nueva a los pobres, los cautivos, los oprimidos y los enfermos. Por medio de él, Dios quiere ayudar al que se encuentra postrado u oprimido. 

La primera comunidad cristiana recibió estas palabras de Jesús como su propio programa: todos se sintieron llamados a continuar la obra de Jesús que, aunque cambiasen las circunstancias, tenía los mismos contenidos y destinatarios. El sufrimiento humano, en efecto, recorre toda la historia hasta el final. Como aquellos primeros testigos, también nosotros, que en nuestro bautismo hemos recibido el mismo Espíritu que consagró a Jesús, sentimos que él nos asocia a su misión de hacer realidad la buena noticia del triunfo del amor de Dios en toda situación humana de dolor. 

Vivir asociados a la misión de Cristo, llamados por él a anunciar la buena noticia del amor de Dios es el sentido que tiene la vocación a la vida consagrada, en particular en la Sociedad del S.C. y por eso también, el sentido que tienen celebraciones como ésta no es rendir homenaje a la persona que cumple un jubileo, sino dar gracias a Dios por el don de la vocación religiosa a la Sociedad del Sgdo. Corazón y pedir que siga dando este don a muchas jóvenes de hoy. 

Sesenta años… puesta por María con su Hijo en las buenas y en las malas, en salud y enfermedad, en éxito o fracaso, en gracia y aun en las deficiencias, fallos y errores que aparecen en toda existencia humana. Sesenta años sintiéndote llamada a vivir el evangelio como Magdalena Sofía. Porque fue ella quien te mostró la razón y te dio el impulso que buscabas para darle a tu vida un rumbo definitivo. MS te hizo ver que la vida tiene sentido en Dios; que todo ha de orientarse a él; que las decisiones serán buenas si son para él; que hay que vivir buscando en todo un mayor servicio. 

Y te decidiste –igual que lo harías ahora mismo– segura de que Dios te llamaba, contaba contigo, y que, siguiéndolo, tu vida acrecentaría mucho más su sentido y calidad, que en otras opciones también válidas que se te ofrecían. Querías simplemente servir a Jesucristo, vivir junto con otros la experiencia de identificarnos con él, hasta hacer de él lo más importante de nuestra vida, el centro de nuestras mentes, el amor del alma, la riqueza principal de nuestros estudios y formación, la razón de nuestros trabajos y servicio a la gente, en una palabra, que Cristo sea para nosotros… todo. 

Ya en la Sociedad, junto a compañeras queridísimas con quienes has convivido y de quienes has aprendido tanto, comprobaste que la Sociedad era eso, un grupo de hermanas, que te comprenden, te sostienen, te disculpan, te guardan las espaldas, pero sobre todo, te dan con su ejemplo de entrega un estímulo constante para la renovación de tu servicio. Es imposible recordarlas a todos … Ellas fortalecieron tu vocación, te hicieron ver que eso era justamente lo que querías: compartir sus búsquedas y sus sueños, compartir una misma manera de vivir y proceder, una forma de entender la propia vida, el Perú, la Iglesia, el mundo, el Evangelio.  Todo eso, extraído de la manera específica cómo MS enseña en las Constituciones de la Sociedad, tenía que determinar tu modo de ser, de trabajar, de amar, sufrir y gozar. 

Muy pronto fuiste percibiendo que todo era obra de Dios, como dice Pablo: “Todo es obra de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo y nos encomendó el ministerio de la reconciliación” (2 Cor 5,18). Por ello has vivido convencida de que ser religiosa del SC es hacer sentir en todo momento el amor y misericordia de Dios; lo cual implica estar siempre en la actitud que Jesús nos muestra en el evangelio: la de no estar para que a uno lo sirvan sino para servir, no condenar ni juzgar sino comprender, alentar, resolver, liberar, curar. 

Tengan un mismo amor, un mismo corazón, un mismo pensamiento, que cada uno busque no solo su propio interés, sino el de los demás. Tengan entre Uds. los mismos sentimientos de Cristo Jesús, así serán irreprochables y harán brillar la luz del Espíritu en el mundo, mostrando la Palabra de Dios. Por ello, me siento dichoso y comparto esta alegría, También Uds, siéntanse dichosos y alégrense conmigo (Fil 2, 3s) 

Han pasado, pues, sesenta largos, densos y hermosos años. Y lo que un día se te dio como gracia, ciertamente dichosa, lo has de seguir acogiendo día a día con fidelidad o rehaciéndolo y reparándolo cuando sea menester con humildad y sincera contrición. Pero siempre te sostendrá una razón, la misma, la inmutable: que Dios es más grande que nuestra conciencia, que Dios es amor inquebrantable y condescendiente, y que su fidelidad es capaz de llevar a buen término la obra buena que inició en mí. Y así ese amor es el que nos sostiene no un año, ni diez ni veinticinco ni sesenta sino todos los años, uno tras otro, hasta el final.  Porque una sola cosa he pedido al Señor y esto es lo que quiero: habitar en la Casa del Señor todos los días de mi vida, para gozar de la dulzura del Señor y contemplar su templo (Sal 27). 

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