lunes, 19 de octubre de 2026

EL MANDAMIENTO MÁS IMPORTANTE (Mt. 22. 34-40)






El mandamiento más importante

Mateo 22, 34-40 

Los fariseos plantean a Jesús una pregunta fundamental sobre la fe: cuál es el mandamiento principal, por el que ha de regirse el verdadero creyente. Jesús responde con el credo que todo buen israelita debe recitar cada día, el llamado “Shemá Israel”: Escucha Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas fuerzas. Y añade a continuación que el segundo mandamiento es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Ambos mandamientos estaban en la Escritura. El primero en el Deuteronomio 6,4-9 y el segundo en el Levítico 19,18b. El primero confesaba la unicidad de Dios y la disposición del hombre a amarlo con todo su ser, como lo más decisivo de la fe. El segundo, sobre el amor al prójimo, había quedado medio enterrado bajo la enorme cantidad de deberes, ritos, purificaciones, prohibiciones y castigos que contiene el libro del Levítico, como código de leyes sobre el culto. 

Se podría pensar que el más importante de estos dos amores es el primero porque Dios es lo primero y porque sin referencia a él, de quien nos viene todo, no podemos hacer nada. Pero San Juan dice en su 1ª Carta (4,20) que quien no ama a su prójimo a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve, es decir, que el amor a Dios pasa necesariamente por el amor a los demás. Y San Pablo es aún más tajante: Todo mandamiento queda contenido en estas palabras: Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Rom 13,9). Y añade que la ley entera queda cumplida con este único mandamiento: amarás al prójimo como a ti mismo (Gal 5,14). Por último, el mismo Jesús dejó en su última cena un único mandamiento: Ámense los unos a los otros (Jn 15,17). 

Los dos mandamientos son semejantes entre sí, más aún, son una misma realidad vista en sus dos dimensiones inseparables y recíprocas, que no se dan la una sin la otra. Jesús subrayó esta unidad y la originalidad suya consistió en hacernos ver que en él, Hijo de Dios hecho prójimo nuestro, se unen el amor a Dios y el amor al prójimo en una unidad perfecta, hasta convertirse en uno solo. El amor es uno solo: el de Dios que se nos ha revelado, nos ha salvado en su Hijo Jesucristo, ha sido infundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo y nos hace capaces de amarnos los unos a los otros. 

El amor procede de Dios y hay que acogerlo y cuidarlo con esmero. Es lo más fuerte que hay y a la vez lo más vulnerable, porque siempre se puede abusar de él. Pero a quien permanece fiel al amor recibido se le concede poder cumplir el mandamiento del Señor: Ámense unos a otros como yo los he amado (Jn 13, 34). De este amor dice San Pablo que es paciente y bondadoso; no tiene envidia, no es jactancioso ni arrogante; no se porta indecorosamente; no es egoísta, no se irrita, no lleva cuenta del mal; no se alegra de la injusticia, sino que se alegra con la verdad; todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasa nunca (1 Cor 13, 4-8). Cuando este amor mueve a la persona, ella no puede dejar de hacer lo que le pide, pero lo siente como una exigencia distinta, que no le viene impuesta desde el exterior, sino que le nace de dentro. Así, el amor le moviliza no sólo el corazón y los sentimientos, ni solo la mente y el pensamiento, sino la vida entera. Se demuestra más en obras que en palabras y lleva a dar y comunicar lo que uno es y lo que uno tiene. Es deseo y búsqueda del bien del otro, es alabanza, respeto y servicio del otro como a uno mismo. Se ama al otro tal como es y se procura promoverlo. 

Nadie puede quedar excluido del amor. Dios ama a todos porque es Padre de todos. Por eso, lo característico del amor cristiano es que no sólo abraza a los que están vinculados por parentesco, amistad, mutua atracción o afinidad de intereses. Toda persona es ese prójimo, a quien debo amar como a mí mismo. Debo, pues, aproximarme a él (aprojimarme), hacerlo mi prójimo con mi atención y servicio, porque al encontrarlo a él me encuentro y sirvo a Dios.  

 




LA HIGUERA SECA (Lc. 13, 1-9)


La higuera seca

Lucas 13, 1-9

 

Dos sucesos ocurridos en Jerusalén le sirven de ocasión a Jesús para dar un criterio de interpretación de los males que se producen en el mundo y del modo como Dios actúa. 

El primero es un mal causado por la maldad humana, concretamente de Poncio Pilato, que sometió a mano de hierro a los judíos. La forma como mató a un grupo de galileos, mezclando su sangre con la de los sacrificios que ofrecían, fue una muestra de su crueldad. 

El segundo acontecimiento es un accidente, que pone de manifiesto la manera violenta e inevitable en que actúan a veces las leyes de la naturaleza. Fue la muerte trágica de dieciocho desgraciados que murieron aplastados al caerse la torre de Siloé en Jerusalén. 

Ambos acontecimientos, como todos los males del mundo, interrogan al creyente: ¿por qué se producen tales cosas? Ante el mal, producto de la libertad humana o desencadenado a consecuencias de las leyes naturales, uno palpa la fragilidad del ser, el riesgo de la existencia. Los males, en definitiva, abren los ojos del creyente a la acción de Dios que tiene poder para salvarnos, pero cuenta con nuestra libre colaboración. 

Es comprensible que ante los males del mundo el hombre se pregunte acerca de la bondad de Dios y de su creación. Pero no siempre tiene que ser así. La fe cristiana no propone explicaciones consoladoras del mal, sino que impulsa la búsqueda de medios para superarlo y cambiar el mundo en dirección del reino de Dios. Este fue el camino que escogió Jesucristo. Él nos enseñó a hacer presente en toda situación dolorosa la fuerza del amor de Dios que supera todo sufrimiento. Y porque en Jesús se nos manifestó Dios como amor solidario con el sufrimiento humano, ante la realidad muchas veces dolorosa de nuestro mundo, no renunciamos a nuestra confianza en él. 

Jesús, además, rechaza toda interpretación maniquea, que divide a los hombres en buenos y malos. No es justo ver el pecado en los otros, para justificarnos o descargar nuestra responsabilidad. Jesús nos propone, en cambio, la actitud honesta de quien reconoce que el mal actúa en todos y todos somos pecadores ante Dios. Por eso, antes de echar la culpa a los demás, examinemos nuestra conciencia. 

La segunda parte del texto trae la parábola de Jesús sobre la higuera que no daba frutos. Con ella nos advierte que no debemos desaprovechar el tiempo que Dios nos da, sino que debemos emplearlo para dar los frutos que llevaremos cuando estemos ante él. 

El mensaje de la parábola es claro. La viña simbolizaba al pueblo de Israel. En ella, el árbol de la higuera, ubérrimo en frutos dulces, representaba la ley de Dios, que debía crecer y fructificar en la viña. Estos simbolismos valen también para nosotros: nuestro mundo es la viña del Señor y cada uno de nosotros es higuera destinada a dar fruto. Dios, el viñador, trabaja con nosotros y espera, lleno de paciencia y misericordia. 

El Dios del perdón, el viñador, le concede un plazo a la higuera para que dé fruto. Cristo intercede por nosotros para que tengamos una oportunidad y nos convirtamos a él. Dios tiene paciencia con ustedes, porque no quiere que nadie se pierda, sino que todos se conviertan (2 Pe 3,9). Así, cuando el creyente reconozca todo el esmero que le dispensa su Señor también él querrá ser útil para los demás y para el mundo.

La parábola señala la diferencia que hay entre el comportamiento de Dios y el de los hombres. La lógica de éstos es: no sirve, córtala. La lógica de Dios es: no da frutos, la cuidaré con mayor esmero. Dios no tala la higuera, es decir, la persona. La respeta, le da una oportunidad para que cambie, porque la ama. Un texto del libro de la Sabiduría describe esta actitud de Dios que ama la vida por él creada: Te compadeces de todos porque todo lo puedes, y pasas por alto los pecados de los hombres para que se arrepientan. Amas todo cuanto existe y no desprecias nada de lo que hiciste; porque si algo odiaras, no lo habrías creado. ¿Y cómo podría existir algo que tú no lo quisieras? ¿Cómo permanecería si tú no lo hubieras creado? Pero tú eres indulgente con todas tus criaturas, porque todas son tuyas, Señor, amigo de la vida (Sab 11,23-26). 

Jesús no hizo otra cosa que mostrarnos este rostro de Dios, amigo de la vida, e invitarnos a comprender que el camino de nuestra salvación consiste en imitar la generosidad de Dios con nuestro amor y servicio a los demás. En ese amor paciente y bondadoso, que todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera y lo soporta todo (1 Cor 13, 4.7) consiste el camino más excelente. 

 


 

SABER DISCERNIR LOS SIGNOS (Lc. 12, 54-59)

 


Saber discernir los signos

Lc 12, 54-59 

Jesús reprocha a la gente que saben muy bien discernir las cosas materiales, pero no conocen las espirituales. Saben lo que es necesario para la vida temporal, pero no saben lo que es necesario para la vida eterna. Conocen el aspecto del cielo, pero no saben discernir la presencia de Dios. De ellos dice san Pablo: Los mundanos no captan las cosas del Espíritu de Dios. Carecen de sentido para él y no pueden entenderlas porque sólo a la luz del Espíritu pueden ser discernidas. En cambio, quien posee el Espíritu lo discierne todo y no está sujeto al juicio de nadie (1Cor 2, 14-15).

Los criterios que mueven nuestras acciones no siempre son evangélicos. Esto se ve de manera particular a la hora de tomar decisiones, que es cuando debemos discernir. El discernimiento consiste en buscar y reconocer –siempre por medio de la oración– lo que Dios quiere de nosotros, para dejarnos conducir por él, para que sea su voluntad y no la nuestra la que determine nuestras decisiones. El discernimiento consiste en buscar y elegir lo que sea más conforme a los valores y enseñanzas de Jesucristo. Y la condición para poder elegir así es hacernos libres frente a todas las cosas, para poder optar por lo que más convenga en orden a cumplir la voluntad de Dios. Ustedes, hermanos, han sido llamados a la libertad. Pero no tomen la libertad como pretexto para satisfacer los apetitos desordenados; antes bien háganse servidores los unos de los otros por amor… (Gal 5,13).

Después de esa enseñanza sobre la necesidad de interpretar bien cada situación y discernir lo que se debe hacer, Lucas pone una parábola de Jesús, que podríamos llamar la parábola de la reconciliación. Contiene una llamada a elegir siempre lo que une, no lo que divide y enfrenta. En la base se puede apreciar un gran sentido común y también la sabiduría popular que se expresa en proverbios como éste: Comenzar una discusión es abrir una represa; antes que la pelea estalle, retírate (Prov 12,14). Jesús dice: procura llegar a un arreglo con tu adversario para que no te lleve al juez y acabes en la cárcel. Todos sabemos que es mejor arreglar los asuntos por la vía pacífica de la conciliación, porque una vez entablado el litigio, las consecuencias pueden ser peores. En su sentido más exacto, la parábola contiene una advertencia de Jesús a sus oyentes para que se decidan a acoger su enseñanza. Es como si les dijera: ésta es la última oportunidad, decídanse antes de que sea demasiado tarde. Está incluido aquí el precepto sobre la reconciliación fraterna como condición para la reconciliación con Dios (cf. Mt 5, 25s).

Mientras estás de camino, dice Jesús. La vida es camino, su meta es la fraternidad del reino de Dios. Si no se pasa de la lógica de la venganza y del conflicto a la del perdón y la reconciliación, la vida simplemente no es humana.

Por eso venimos a la eucaristía, porque nos pone en el tiempo de la salvación, en el tiempo de la obra de Cristo en nosotros, nos da los criterios para discernir su presencia y lo que a él le agrada. La eucaristía es signo de unión y reconciliación fraterna.

FUEGO HE VENIDO A ENCENDER EN LA TIERA (Lc. 12, 49-53)

 


Fuego he venido a encender en la tierra

Lucas 12, 49-53 

Jesús avanza hacia Jerusalén y el horizonte se le vuelve cada vez más sombrío. Los que caminan con él advierten que sus palabras se hacen cada vez más exigentes y comprometedoras.

Fuego he venido a encender en la tierra, les dice. Es el fuego de su Espíritu, de su vida, con el que nos ha bautizado. Es el fuego de la conversión, que transforma en nosotros aun aquello que no podemos cambiar. Es ardor espiritual, mística, entusiasmo, es decir, lo propio del amor. El Cantar de los Cantares (8,6s) habla justamente del amor como centella de fuego, llamarada divina, inextinguible, más fuerte que la muerte. El amor con que Dios nos ama enciende ese fuego; pero el problema es que nos resistimos a que arda en nosotros.

Con la pasión de su amor por nosotros, habla luego Jesús de lo que va a sufrir, y lo siente como una terrible prueba. La espera de una muerte tan cruel llena de ansiedad su interior y lo fuerza a decir: ¡que angustiado estoy hasta que se cumpla! Ante el destino de cruz, la condición humana se estremece. Su voluntad de entregar su vida por nuestra salvación le lleva a tener que pasar por donde no quiere, con la confianza de que su Padre no lo abandonará. Se siente internamente dividido entre un deseo y una angustia, es la lucha interior que en el huerto de Getsemaní le hará sudar sangre, la lucha del amor que vence en la prueba suprema.

Jesús es consciente de que su proclamación del reino, como triunfo del amor y de la justicia de Dios en el mundo, ha sido acogida por algunos, pero ha chocado desde el inicio de su predicación con la incomprensión de la mayoría, aun de sus propios familiares, y la oposición cada vez más hostil de las autoridades del pueblo. La fidelidad a su proyecto, en perfecta sintonía con los designios del Padre, le ha creado enemigos, que se muestran más poderosos y violentos a medida que se acerca a Jerusalén, capital del poder político y religioso. Por eso sus palabras se vuelven cada vez más exigentes: no puede dejar de advertir a sus discípulos que su mensaje produce divisiones en la sociedad y confrontación hasta en la propia familia.

Hoy también Jesucristo sigue llamando a la radicalidad de su seguimiento, que puede llevar a posponer, de forma más o menos espinosa y difícil, otros valores –tan amados como el valor familia– para que el evangelio prevalezca en la orientación de la propia conducta. Él ha venido a traer la paz de unidad y de justicia. No una paz barata, sin mayores exigencias y alcances. El compromiso por la justicia, que el reino de Dios exige, puede producir a veces separación o incomprensión de los otros. El cristiano las asumirá con la firmeza de sus convicciones, detrás de las cuales actúa siempre el amor de Dios que triunfa.

El mensaje cristiano siempre podrá parecer crítico porque busca, interroga, conmueve. La palabra del Señor enfrenta a toda sociedad mal organizada e interpela también a la Iglesia por las adherencias que se le pegan en su labor por el reino. El evangelio es actual y lúcido; utiliza códigos culturales de hoy, pero no concuerda con proclamas ideológicas. Es esperanzador, libera, comunica el Espíritu de Dios que siempre alienta e impulsa, no desanima ni humilla; pero propone el ejemplo de Jesús, que nunca pretendió estar de acuerdo con todos ni a cualquier precio, ni quiso poner su vida a salvo sino entregarla. El evangelio es el sueño de Jesús de una humanidad realmente fraterna, un mundo donde sea posible la justicia. Ese es el fuego interior que le mueve, el fuego que ha venido a traer a la tierra, y cómo desearía que estuviera ya propagándose. ¡Ojalá estuviera ya ardiendo! Pero nos da miedo ese fuego de amor y justicia, y no permitimos que prenda en nosotros. Olvidamos lo que dice San Pablo: Es cierta esta verdad: Si con él morimos, viviremos con él; si con él sufrimos, reinaremos con él; si lo negamos, también él nos negará; si le somos infieles, él permanece fiel porque no puede negarse a sí mismo (2 Tim 2, 12-14).