sábado, 19 de abril de 2025

Vigilia Pascual - Las mujeres ante el sepulcro (Lc 24, 1-12)

 P. Carlos Cardó SJ 

Las santas mujeres en el sepulcro, fresco de Fran Angélico (1435 – 1445), Museo Nacional de San Marcos, Florencia, Italia

El primer día después del sábado, muy de mañana, llegaron las mujeres al sepulcro, llevando los perfumes que habían preparado. Encontraron que la piedra ya había sido retirada del sepulcro y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. Estando ellas todas desconcertadas por esto, se les presentaron dos varones con vestidos resplandecientes.
Como ellas se llenaron de miedo e inclinaron el rostro a tierra, los varones les dijeron: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí; ha resucitado. Recuerden que cuando estaba todavía en Galilea les dijo: ‘Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores y sea crucificado y al tercer día resucite’”.
Y ellas recordaron sus palabras.
Cuando regresaron del sepulcro, las mujeres anunciaron todas estas cosas a los Once y a todos los demás. Las que decían estas cosas a los apóstoles eran María Magdalena, Juana, María (la madre de Santiago) y las demás que estaban con ellas. Pero todas estas palabras les parecían desvaríos y no les creían.
Pedro se levantó y corrió al sepulcro. Se asomó, pero sólo vio los lienzos y se regresó a su casa, asombrado por lo sucedido. 

Con abundancia de símbolos (el fuego, la luz, el cirio, el agua, las flores, el pregón pascual y el aleluya…), la Pascua es la fiesta más solemne y bella de los cristianos. 

Todo lo que creemos, amamos y esperamos se expresa en esta fiesta, pues toda nuestra fe, esperanza y amor tienen su origen y fundamento en la resurrección del Señor. Celebramos el triunfo de la vida. Dios, que ama la vida, no quiere la muerte, la vence en la muerte de su Hijo, expresión máxima del amor que salva. En Cristo resucitado, Dios nos muestra el destino final de nuestra existencia: nuestra realización plena de hijos e hijas suyos, partícipes de su vida. 

Por eso el cristianismo es la religión de la esperanza, y cristiano es aquel que sabe dar razón de la esperanza y motivos para seguir esperando en una sociedad como la nuestra que, al igual que en tiempos de los primeros testigos del triunfo de Cristo, encuentra tantas dificultades y obstáculos para creer en la resurrección, tantas “razones” (¡sinrazones!) para creer que la muerte es lo único que pone fin a tantos males, poniendo fin a la vez a toda esperanza. Siempre la resurrección ha suscitado incredulidad, sospecha, incluso burla. No es una teoría ni se deduce de datos humanos. Es verdad de fe, accesible a quien acepta el mensaje del evangelio y cree en el poder de Dios. 

Por eso, el texto del evangelio de Lucas subraya el descubrimiento de la tumba vacía y las dudas de las mujeres y de Pedro. Movidas por el amor a su Señor, van al sepulcro con los aromas que habían comprado para embalsamar su cuerpo. No buscaban más que un cadáver sin vida. Las dudas y la incredulidad son el espacio en donde chocan y se enfrentan nuestros escepticismos y el anuncio de la vida que triunfa: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí. Ha resucitado”. El sepulcro vacío permite comprobar que la resurrección es un hecho consumado, que Jesús ya ha resucitado: Dios ha asumido a Jesús en su vida, lo ha exaltado y lo ha constituido Señor. El Jesús que fue ajusticiado en el Gólgota, el mismo, no otro, ha sido levantado. Su existencia no ha acabado en el vacío de la muerte, porque Dios no le abandonó. 

El triunfo de Jesús tiene una importancia capital para el cristiano. Al resucitar a Jesús de entre los muertos, Dios nos da la promesa y garantía de que siguiendo el camino de Jesús podremos también nosotros participar de su vida eterna. La resurrección de Cristo y nuestra resurrección se implican mutuamente. “Porque si creemos que Jesús ha muerto y ha resucitado, así también Dios llevará consigo a los que han muerto unidos a Jesús” (1 Tes 4,14). Si Cristo resucitó, también nosotros resucitaremos. En esto radica la diferencia decisiva de la esperanza cristiana frente a todos los otros modos de esperanza posibles. 

No busquen entre los muertos al que está vivo. No intenten sacar vida de lo que sólo produce muerte. Muchas veces deseamos y buscamos felicidad, paz y tranquilidad, confianza, libertad y amor verdadero, pero equivocamos nuestra búsqueda y escogemos sucedáneos de la verdadera felicidad y amor, cosas materiales, comportamientos y relaciones que no nos dan esperanza y confianza sino inquietud y angustia, estrechez y gravosa amargura. No busquemos vida en lo que tarde o temprano nos llevará a desolación espiritual, confusión, inclinación a cosas bajas y terrenas, desconfianza, tibieza, tristeza, sentimiento de abandono, enfrentamientos y divisiones y el sofocante sentimiento de que la vida se nos va inexorablemente hacia la nada. 

Animémonos a descubrir al Señor resucitado y sentir la alegría que él solo nos puede dar. Descubrámoslo presente en aquellos lugares personales y sociales en los que él quiere ser reconocido, amado y servido, es decir, allí donde te mueves, donde amas, gozas, sufres y luchas, en tu vida diaria que el Señor ilumina con su dichosa presencia.

viernes, 18 de abril de 2025

Viernes Santo - Pasión de N.S. Jesucristo según San Juan (Jn 18,1-19,42)

 P. Carlos Cardó SJ 

Prendimiento de Jesús, óleo sobre lienzo de Dieric Bouts (siglo XV), Pinacoteca de Munich, Alemania

Después de haber dicho esto, Jesús fue con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón. Había en ese lugar una huerta y allí entró con ellos. Judas, el traidor, también conocía el lugar porque Jesús y sus discípulos se reunían allí con frecuencia.
Entonces Judas, al frente de un destacamento de soldados y de los guardias designados por los sumos sacerdotes y los fariseos, llegó allí con faroles, antorchas y armas.
Jesús, sabiendo todo lo que le iba a suceder, se adelantó y les preguntó: «¿A quién buscan?».
«A Jesús, el Nazareno», respondieron.
El les dijo: «Soy yo».
Judas, el que lo entregaba, estaba con ellos. Cuando Jesús les dijo: «Soy yo», ellos retrocedieron y cayeron en tierra.
Les preguntó nuevamente: «¿A quién buscan?».
Le dijeron: «A Jesús, el Nazareno».
Jesús repitió: «Ya les dije que soy yo. Si es a mí a quien buscan, dejan que estos se vayan». Así debía cumplirse la palabra que él había dicho: «No he perdido a ninguno de los que me confiaste».
Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja derecha. El servidor se llamaba Malco.
Jesús dijo a Simón Pedro: «Envaina tu espada.
¿Acaso no beberé el cáliz que me ha dado el Padre? ». 

El evangelista San Juan presenta la pasión de Jesús como la revelación del amor que triunfa sobre el mal del mundo y la muerte. En Jesús muerto en la cruz, la vieja humanidad, alejada de Dios por el pecado, muere y renace como una nueva humanidad, cuyo destino es el reino de Dios. Esta transformación acompaña toda la narración. La traición y arresto de Jesús en el Huerto de los Olivos, las afrentas en casa del sacerdote Caifás y en el pretorio de Pilato, la tortura de la flagelación, la corona de espinas y el manto púrpura, la proclamación que hace de él Pilato: ¡He ahí al Hombre!, Aquí tienen a su Rey!, todos son preparativos de su entronización. En su cruz se ha escrito su título de rey. Levantado en alto, se cumple lo que había dicho: Cuando sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí (Jn 12,32). De este modo la cruz, patíbulo infame, se convierte en el trono del Hijo de Dios, desde el que juzga y derrota a la maldad del mundo (cf. Jn 12,31). San Pablo dirá: Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (Rom 5, 20). Toda la injusticia y maldad del mundo se concentran para dar muerte al inocente. Todo el amor con que Dios y su Hijo aman al mundo llega hasta el extremo de aceptar este destino y vencer esa misma maldad con el perdón, la bondad y la misericordia. Jesús convierte su muerte de asesinato perverso en ofrenda voluntaria de su cuerpo entregado y de su sangre derramada como la prueba suprema de cuánto es capaz de hacer Dios para que nadie se pierda, para que la maldad no triunfe en ninguno de sus hijos e hijas. Mirando la cruz no podemos dejar de ver ¡cuánto nos ama Dios! 

La pasión y muerte de Jesús son el triunfo del amor. Por eso, Juan nos hace advertir la serie de pequeños y grandes ac­tos del amor misericordioso de Jesús que se suceden durante su pasión. Todo es don en la pasión y muerte del Señor: continúa preocupándose por los suyos y pide que lo arresten a él solo, confía su madre al discípulo... Y, con la convicción de haber realizado plenamente la misión que el Padre le ha encomendado, inclina la cabeza y nos da el Espíritu. Finalmente, de su costado traspasado por la lanza, sale sangre y agua, signos de la Iglesia ahí representada en el agua del bautismo y la sangre de la eucaristía. La sobreabundancia de mal es cambiada por el amor del Padre, por Jesús y con el Espíritu, en sobreabundancia de bien. 

Se nos invita, pues, a contemplar la cruz del Señor y admirarnos del amor de Dios por la humanidad, por cada ser humano en concreto, por ti, por mí. Se nos invita a creer en el valor de la vida humana que ha sido amada por Dios hasta este punto. Se nos invita a mirar el Corazón traspasado de Cristo – Mirarán al que atravesaron para que sea él quien marque la dirección y sentido del camino por donde se alcanza la vida verdadera: camino del amor que mueve a amar como somos amados. Así nos haremos fuertes para llevar nuestra cruz, como Jesús llevó la suya, para hacer de ella una ocasión recóndita de entrega y ofrecimiento. 

Con estos sentimientos, adoremos la cruz salvadora. Contemplemos al Señor levantado a lo alto y supliquémosle que nos mire como miró a su bendita madre o al discípulo al que tanto quería y digámosle:

«Acuérdate de mí, Señor, con misericordia, no recuerdes mis pecados, sino piensa en tu cruz; acuérdate del amor con que me amaste hasta dar tu vida por mí; acuérdate en el último día de que durante mi vida yo sentí tus sentimientos y compartí tus sufrimientos con mi propia cruz a tu lado. Acuérdate entonces de mí y haz que yo ahora me acuerde de ti» (San Henry Newman).

jueves, 17 de abril de 2025

Jueves Santo - La Cena del Señor (Jn 13, 1-15)

 P. Carlos Cardó SJ 

El lavatorio, óleo sobre lienzo de Jacobo Tintoretto (1547 aprox.), Museo Nacional del Prado, Madrid, España

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre y habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.
En el transcurso de la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, la idea de entregarlo, Jesús, consciente de que el Padre había puesto en sus manos todas las cosas y sabiendo que había salido de Dios y a Dios volvía, se levantó de la mesa, se quitó el manto y tomando una toalla, se la ciñó; luego echó agua en una jofaina y se puso a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que se había ceñido.
Cuando llegó a Simón Pedro, éste le dijo: "Señor, ¿me vas a lavar tú a mí los pies?".
Jesús le replicó: "Lo que estoy haciendo tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde".
Pedro le dijo: "Tú no me lavarás los pies jamás".
Jesús le contestó: "Si no te lavo, no tendrás parte conmigo".
Entonces le dijo Simón Pedro: "En ese caso, Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza".
Jesús le dijo: "El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. Y ustedes están limpios, aunque no todos". Como sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: ‘No todos están limpios’.
Cuando acabó de lavarles los pies, se puso otra vez el manto, volvió a la mesa y les dijo: "¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, que soy el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros. Les he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con ustedes, también ustedes lo hagan". 

Celebramos hoy aquella misma Cena que el Señor, antes de padecer, quiso tener con sus amigos. Es la víspera de su pasión. Jesús entra en ella consciente y voluntariamente. Quiere hacer de su muerte en cruz la expresión máxima de su amor por nosotros: “Habiendo amado a lo suyos… los amó hasta el extremo”. Sabe que va a ser traicionado, abandonado y condenado injustamente a la muerte. Quiere anticipar estos acontecimientos en su Cena para preparar el ánimo de sus discípulos y recordarles que no vino a ser servido sino a servir y dar su vida. Por eso les lava los pies, en un gesto propio de esclavos que prefigura su muerte en la cruz. Por eso transforma la cena pascual judía en el don de su amor y en el sello de un nuevo pacto de Dios con nosotros, que nada podrá romper. 

En la Cena que Jesús celebra con sus discípulos cambia los sacrificios que ofrecían los judíos –el cordero inmolado, los panes sin levadura, las hierbas amargas–, por la comida de su propio cuerpo con la sangre salvadora. En el simple acto de partir el pan y beber una copa de vino, y en las sencillas palabras: “Esto es mi cuerpo..., mi sangre”, se concentra todo lo que Jesús es y todo lo que nos da. Ahí está simbólicamente expresada la prueba máxima de su amor: el sacrificio de su vida y su glorificación. 

La Iglesia, reunida allí en el Cenáculo, recibe este gesto del Señor como un mandato. “Hagan esto en memoria mía, dijo Jesús. Por eso, desde aquella noche los cristianos nos reunimos en la eucaristía, conscientes de que cada vez que comemos juntos el pan y bebemos la copa anunciamos la muerte del Señor, proclamamos su resurrección y expresamos nuestro anhelo más profundo: ¡Ven Señor, Jesús! La Iglesia sabe que la Eucaristía condensa todo lo que ella es y todo lo que ella cree; por eso, la Eucaristía es norma de vida del cristiano y de la comunidad. 

Por todo esto no debemos olvidar que lo que Jesús hizo en su Ultima Cena no fue un simple rito, una ceremonia, una representación. No tiene sentido celebrar la Eucaristía como un simple rito obligatorio, sin hacer de nuestra vida una memoria viva de su amor por nosotros. Toda la vida ha de hacerse “eucaristía”, comunión con Dios en Cristo y comunión entre nosotros, acción de gracias por los bienes que Dios nos da y que debemos repartir entre nosotros, servicio generoso regido por el mandamiento nuevo del amor. Esto es lo que nos mandó hacer Jesús cuando, después de lavar los pies de sus discípulos y después de partir el pan y ofrecer el cáliz, les dijo “¡Hagan esto!”. 

En la Eucaristía, el mismo Jesús se nos da como alimento. Tomen, coman, esto es mi cuerpo. La comunión es un encuentro entre dos personas, es la asimilación de mi vida con la suya, mi transformación y configuración con Aquel que recibimos. Asimismo, el comulgar con Cristo es comulgar con todos sus miembros, de los que él es la cabeza, es vivir el ideal al que tendían las primeras comunidades cristianas que, junto con el compartir un mismo pan y una misma copa, lo tenían todo en común y se unían entre sí formando solo corazón y una sola alma. Por eso no se puede separar lo que Jesús ha unido: el “sacramento del altar” y el “sacramento del hermano”. 

Jesús, el amigo que va a morir, se despide de sus seres queridos. Impresionan los sentimientos de Jesús al lavarles los pies a los discípulos e instituir la Eucaristía, las palabras que les dice, las recomendaciones últimas que les da y su oración por ellos. No quiere dejarlos tristes; les promete el Espíritu Consolador. No quiere dejarlos solos –pues sabe que los expone a la tentación: les deja su cuerpo como alimento y como signo eficaz de su presencia real entre ellos: No es posible imaginar una unión mayor y más estrecha. 

En esta noche santa hagamos nuestros los sentimientos que tuvo el Señor en su Cena y expresemos también nosotros nuestra acción de gracias. 

Gracias, Padre, por el pan que nos das. Creador de todo, eres fuente de vida.
Padre Nuestro, tú alimentas a todas tus criaturas.
Te damos gracias porque, por medio de este pan y de este vino podemos asociarnos a tu obra creadora e imitar tu generosidad, compartiendo nuestro pan con nuestros hermanos más necesitados.
Gracias, Padre, porque por medio de este pan que recibimos, nosotros mismos nos convertiremos en pan para la vida del mundo.
Gracias por haberme dado la vida, que puedo transformar en una vida al servicio de los demás.
Gracias porque puedo establecer alianza contigo y con todos mis hermanos”.
Somos muchos y recibimos un solo pan; un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un mismo pan.
 

Cristo, maestro, ayúdanos a realizar tu deseo supremo: que seamos uno para que el mundo crea.
Para que sea efectiva la unidad, enséñanos, Jesús, a compartir generosamente los bienes espirituales y materiales en verdadero amor fraterno.
Fortalécenos en nuestra lucha por la justicia, en nuestro diario quehacer por superar tantas diferencias que humillan a nuestros hermanos pobres frente a los demás y contradicen el amor que decimos tenerte y la unidad en tu Iglesia.
Te adoramos en la Eucaristía, confesamos que en ella estás, conmoviendo nuestro corazón, cambiando nuestras actitudes, uniéndonos íntimamente a ti, hermano y Señor de todos.

miércoles, 16 de abril de 2025

Miércoles Santo - Cena pascual y anuncio de la traición (Mt 26, 14-25)

 P. Carlos Cardó SJ 

La última cena, óleo sobre lienzo de Carl Bloch (1876), Museo Nacional de Historia, Palacio de Frederiksborg, Hillerød, Dinamarca

En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: ¿Cuánto me dan si les entrego a Jesús?".
Ellos quedaron en darle treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregárselos.
El primer día de la fiesta de los panes Ázimos, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: "¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?".
El respondió: "Vayan a la ciudad, a casa de fulano y díganle: `El Maestro dice: Mi hora está ya cerca. Voy a celebrar la Pascua con mis discípulos en tu casa’".
Ellos hicieron lo que Jesús les había ordenado y prepararon la cena de Pascua.
Al atardecer, se sentó a la mesa con los Doce y mientras cenaban, les dijo: "Yo les aseguro que uno de ustedes va a entregarme".
Ellos se pusieron muy tristes y comenzaron a preguntarle uno por uno: "¿Acaso soy yo, Señor?".
Él respondió: "El que moja su pan en el mismo plato que yo, ése va a entregarme. Porque el Hijo del hombre va a morir, como está escrito de Él; pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre va a ser entregado! Más le valiera a ese hombre no haber nacido".
Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: "¿Acaso soy yo Maestro?".
Jesús le respondió: "Tú lo has dicho". 

Con la traición de Judas, uno de los más íntimos de Jesús, el evangelista Mateo acentúa la atroz oscuridad en que va a desarrollarse la historia de la pasión del Señor. Es verdad que deja constancia de que todo iba a suceder conforme lo había ya predicho Jesús y de acuerdo a un designio de Dios (26, ls); sabe también, cuando escribe su evangelio, que de la oscuridad de la pasión brotará la luz de la resurrección, (16, 21; 17,23; 20, 19), pero lo que nos narra mantiene todo el carácter enigmático, sobrecogedor y nunca dominable del todo que tuvieron los acontecimientos de la pasión y muerte del Señor para los primeros testigos. 

Jesús, había anunciado que el Hijo del hombre dentro de dos días iba a ser entregado e iba a sufrir muerte de cruz (26, 2). Ahora asegura que ha llegado ya «la hora» (26, 45s), «su tiempo». Habla de ello con toda conciencia, empeñándose a sí mismo, y como quien se ha determinado a dar cumplimiento a la obra que se le ha encomendado. No va pasivamente. El Hijo del hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por todos, había dicho claramente (Mt 20,28) Y en el evangelio de Juan es más enfático aún: A mí nadie me quita la vida, sino que yo la doy por mi propia voluntad. Tengo poder para darla y para recuperarla (Jn 10,18). 

Este señorío personal y determinación con que procede Jesús se muestra también en la orden que da a continuación a sus discípulos para que preparen su cena pascual y en la forma como dispone de la casa de un desconocido de Jerusalén para celebrarla. Los discípulos obedecen. Consciente o inconscientemente, realizan lo propio del discípulo que es cumplir lo que el Maestro les dice o lo propio de los familiares de Jesús que es cumplir la voluntad de su Padre que está en los cielos (12, 50). 

Al atardecer, se puso a la mesa con los Doce. Cae la noche del poder del mal y de la tiniebla. Y Jesús anuncia que uno de sus discípulos lo va a entregar. El clima se ensombrece aún más por el desánimo y la tristeza que embarga a los discípulos. Consternados, uno a uno le preguntan: ¿Acaso soy yo, Señor? Nunca han pensado una cosa así y, naturalmente esperan una respuesta negativa. Pero la situación es tan dramática que los ha puesto inseguros. El cristiano puede identificar dentro de sí la inseguridad que sienten los discípulos y puede ver reflejadas en su pregunta sus propias inquietudes sobre la baja calidad de su relación con Jesús, sobre sus incoherencias y la posibilidad de traicionar al Señor por la inestable fragilidad de la naturaleza humana. No hay razón para identificarse con el Iscariote, pero es indudable que su siniestra figura habla de la realidad que nos cuesta admitir: el pecado del mundo que actúa en nosotros. 

De ese mundo nos salva el Señor. Y quiere salvar a su discípulo. Es impresionante el modo como Jesús trata a Judas. No lo avergüenza, no profiere contra él insulto alguno ni lo censura abierta y drásticamente. Se limita simplemente a decirle: Tú lo has dicho. No es una expresión agresiva, es una afirmación confirmatoria que encierra tal vez una amonestación indulgente, como esperando que se arrepienta. Pero la distancia está trazada, la separación se ha consumado. El amor de Jesús por su discípulo no se contradice con la calificación del pecado de Judas. El Hijo del hombre se va, tal como está escrito de él, pero ¡ay de aquel que entrega al Hijo del hombre! ¡Más le valdría no haber nacido! 

Mateo, a diferencia de Juan, no dice si Judas salió inmediatamente de la sala, pero se supone. Volverá aparecer en el Huerto de los Olivos para entregar con un beso al Señor.