martes, 22 de diciembre de 2020

El cántico de María (Lc 1, 46-56)

P. Carlos Cardó SJ

Madre de Misericordia, fresco de Domenico Ghirlandaio (1472 aprox.), Iglesia de Todos los Santos, Florencia, Italia

En aquel tiempo, dijo María: "Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava. Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones, porque ha hecho en mí grandes cosas el que todo lo puede. Santo es su nombre, y su misericordia llega de generación en generación a los que lo temen.

Ha hecho sentir el poder de su brazo: dispersó a los de corazón altanero, destronó a los potentados y exaltó a los humildes. A los hambrientos los colmó de bienes y a los ricos los despidió sin nada. Acordándose de su misericordia, vino en ayuda de Israel, su siervo, como lo había prometido a nuestros padres, a Abraham y a su descendencia, para siempre".

María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa.

Después de oír el saludo de su pariente Isabel, que la proclamó bendita entre las mujeres por el fruto bendito de su vientre y dichosa por haber creído, María dirigió la mirada a su propia pequeñez, fijó luego sus ojos en Dios, de quien procede todo bien, y entonó un cántico de alabanza.

Celebra todo mi ser la grandeza del Señor. María es consciente de que toda su persona, su yo personal, su ser mujer, es un don de Dios y a Él lo devuelve en un canto de alabanza. Ella es consciente de que las generaciones la llamarán bienaventurada, no por sus méritos propios, sino por las obras grandes que el Poderoso ha hecho en ella, al darle la vida y elegirla para ser madre del Salvador. Por eso no duda en recalcar el contraste que hay entre su pequeñez de sierva y la grandeza, poder y misericordia de Dios, a quien ve como el santo, el todopoderoso, el misericordioso.

El Magnificat de María se sitúa en línea con la corriente espiritual de los salmos, con el mismo estilo poético de su pueblo, henchido de sentimientos de auténtica fe, alegría y gratitud. Es un himno personal y a la vez universal, cósmico. En María canta toda la humanidad y la creación entera que ve la fidelidad del amor de Dios. Es el cántico nuevo que entona la criatura nueva, hecha nueva por la muerte de Cristo y por la efusión del Espíritu Santo.

El Magnificat es también una síntesis de la historia de la salvación, contemplada del lado de los pobres y de los humildes, a quienes se les revela el misterio del Reino y sienten a Dios a su favor. Con el pueblo fiel de Israel, en la línea de los grandes profetas, María no duda en alabar a Dios por sus preferencias, porque dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos, enaltece a los humildes, colma de bienes a los hambrientos y despide vacíos a los ricos.

María nos ayuda a descubrir a Dios en nuestra vida. Por eso, la Iglesia entona todas las tardes el Magnificat, como el reconocimiento de que Dios cumple siempre su promesa. En el canto de María laten los corazones agradecidos, que reconocen la acción de Dios  en los acontecimientos de la propia historia personal y en la historia de la humanidad.

lunes, 21 de diciembre de 2020

La Visitación de María a Isabel (Lc 1, 39-45)

P. Carlos Cardó SJ

El abrazo de Isabel y la Virgen María, ícono bizantino del siglo XII de autor anónimo, Iglesia de San Jorge, Kurbinovo, Macedonia 

Unos días después, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: "Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá".

El evangelio nos habla de la visita de María a su pariente Isabel. San Lucas, que escribe a cristianos no judíos, provenientes del paganismo, quiere con este pasaje darles a conocer el significado que tiene Israel en la historia de la salvación. Para ello, hace que los personajes del relato tengan un carácter de símbolo de la relación que hay entre el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento.

Por medio de María, la mujer obediente a la Palabra, Dios visita a su pueblo y hace que su pueblo, simbolizado en Isabel y en el hijo que lleva en su seno, lo reconozca. Llega así a su fin la larga espera de dos mil años: Israel ve cumplidos sus anhelos, Dios se demuestra fiel a su promesa. María viene a Isabel llevando en su seno al Eterno, al esperado de las naciones. Isabel y María se saludan, promesa y cumplimiento se besan. Con la venida de Cristo, Salvador definitivo de la humanidad, Dios y la humanidad se unen. Israel (Isabel) y María (la Iglesia) se encuentran, Dios en María viene a visitar a su pueblo y en él a toda la humanidad.

Desde otra perspectiva, se ven en el pasaje de la visitación las dos actitudes más características de María, que la hacen ser figura y madre de la Iglesia: su actitud de servicio y su actitud de fe. Dice el texto de Lucas que María “va de prisa”, movida por la caridad, para ofrecer a Isabel la ayuda que en esos casos necesita una mujer en avanzado estado de gravidez, y para compartir con ella la alegría que cada una, a su modo, ha tenido de la grandeza de Dios. María se pone en camino con prontitud; no va a comprobar las palabras del ángel, ella cree en lo que se le ha dicho sobre Isabel. Va a ayudar. Y el servicio que María aporta a Isabel integra el anuncio de Jesús, comporta la salvación prometida. María lleva a casa de Isabel la presencia salvífica de Jesús: “Isabel quedó llena del Espíritu Santo” y “el niño que llevaba en su seno saltó de gozo”.

“Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre”, es el saludo de Isabel a María.  Bendita entre las mujeres” era el saludo de Israel a las grandes mujeres de su historia, de las que hablan los libros de Jueces, c. 4, y de Judit, c.13, que jugaron un gran papel en la victoria de Israel sobre sus enemigos. María, con su obediencia a la Palabra, contribuye a la victoria sobre el enemigo de la humanidad: lleva en su seno al fruto de la descendencia de Eva, que pisotea la cabeza de la serpiente, como estaba predicho en el relato del Génesis (cap. 3).

En su respuesta, Isabel proclama a María: ¡Bienaventurada tú, que has creído!”. Es la primera bienaventuranza del Evangelio, que Jesús confirmará después, cuando diga: “¡Bienaventurados los que oyen la palabra de Dios y la llevan a cumplimiento¡”. “Éstos son mi madre y mis hermanos, los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen”.

Pocos títulos atribuidos a María expresan mejor que éste la función tan excepcional que le tocó desempeñar dentro del plan de salvación realizado en su Hijo Jesucristo. “Porque, si la maternidad de María es causa de su felicidad, la fe es causa de su maternidad divina” (Teilhard de Chardin).

Lucas recalca aquí que María es dichosa por fiarse plenamente de Dios, actitud básica de la fe verdadera. Se valora el testimonio de una mujer creyente, “modelo”, “referente” para hombres y mujeres. María es la creyente, la que escucha la palabra de Dios y la lleva a cumplimiento. Por eso, la llena de gracia, Madre del Salvador, es también Madre y figura de la Iglesia, comunidad de los creyentes.

Desde la anunciación, María vive inmersa en el misterio de Dios. En la Encarnación María inicia un camino de fe y, a partir de ahí, toda su vida será un caminar en la “obediencia de la fe”. Abrahán, nuestro padre en la fe, creyó y esperó contra toda esperanza. María, nuestra madre, creyó y esperó contra toda apariencia. Creyó a la palabra que el ángel le había revelado: “concebirás y darás a luz…, será grande, será Hijo del Altísimo... heredará el trono de David su Padre”. Esperó contra la apariencia: incluso al ver que el Hijo del Altísimo habría de nacer en un establo “porque no hubo para ellos lugar en la posada”.

Cuando llegue la hora del parto, cuando tenga en sus brazos al fruto bendito de su vientre, todavía María continuará en el camino de fe, inmersa en el misterio de la voluntad del Padre.

La vida de María será siempre un Adviento de esperanza en el silencio de la oración, en la oscuridad de la fe, en la sorpresa del misterio de Dios. María vive su adviento, llevando la esperanza a casa de Isabel. Nos enseña a ser “esperanza para el mundo”, a llevar la esperanza de Jesús allí donde se ha perdido incluso la capacidad de esperar.

domingo, 20 de diciembre de 2020

Homilía del IV Domingo de Adviento - La anunciación del Señor a María (Lc 1, 26-38)

 P. Carlos Cardó SJ

A los seis meses, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.

El ángel, entrando en su presencia, dijo: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo". Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél.

El ángel le dijo: "No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin".

Y María dijo al ángel: "¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?" El ángel le contestó: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible." María contestó: "Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra." Y la dejó el ángel.

El Adviento da motivos muy válidos para la admiración, gratitud y amor que profesamos a la Madre de Dios. María de Adviento nos prepara para la venida de su Hijo. Contemplarla es contemplar la imagen de una persona humana plenamente realizada en Dios. Ella nos muestra aquello que podemos llegar a ser si acogemos la palabra de Dios en nuestra vida. Porque la grandeza de María consiste en haber obedecido la palabra del Padre, hasta engendrar en su carne al Hijo de Dios.

Dice San Lucas, que fue enviado el ángel Gabriel a una joven prometida como esposa a un hombre descendiente de David, llamado José; la joven se llamaba María. Dios se ha determinado a entrar en la historia humana para dársenos a conocer y realizar nuestra redención. Para ello se ha fijado en María, una muchacha judía que se preparaba para celebrar su boda con José, el carpintero del pueblo. La encarnación de Dios no va a ser un acontecimiento espectacular, se hará en el silencio y la pobreza, en lo oculto y lo sencillo. Así actúa Dios, así se nos manifiesta.

Todo en María ha sido predestinado por Dios con vistas al cumplimiento de su voluntad de salvar a la humanidad enviando a su Hijo al mundo. Dios ha buscado a María, ha querido encontrarse con ella desde su eternidad. El sueño de Dios en favor de sus hijos puede al fin realizarse. Y Dios viene, se une a nosotros, se incorpora en nuestra historia, sella su alianza con nosotros para siempre.

...darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús... será llamado Hijo del Altísimo, Dios le dará el trono de David... Todos los títulos mesiánicos que se le van a atribuir al Hijo de María se resumen en lo que proclama el ángel. El Hijo de María es el Hijo de Dios Altísimo. Sin embargo, pasará treinta años en una aldea, y luego como predicador itinerante en un país pobre, rodeado siempre de gente sencilla, realizará su obra  lejos de las esferas de la riqueza y del poder de este mundo. El Reino de Dios es diferente. Al lado de María aprendemos los valores del Reino. Ella nos acoge en la escuela de Nazaret, para que Jesús nos enseñe los caminos del Reino y podamos tener los mismos criterios que Jesús enseñó y vivió.

¿Cómo será esto...?, preguntó María. María no se intimida ante el Altísimo, se atreve a dirigirle esta pregunta espontánea y natural. El Dios de María no infunde temor, sino confianza; se puede ser uno mismo ante Él. Por eso, como todos aquellos que se han sentido llamados a una gran misión, ella expresa sus dudas, su turbación, su sentimiento de incapacidad. La obediencia de la fe lleva primero a remontar las dificultades del creer. María no teme, pues, reconocer ante su Dios su propia incapacidad frente al designio divino que trasciende toda humana razón: ¿cómo podrá ser esto si no tengo relación con ningún varón?

Muchas Marías se han sucedido desde entonces, muchas hermanas y hermanos nuestros a lo largo de la historia han experimentado, a diferentes niveles, la emoción de ser enviados a realizar algo grande, superior a los que creían posible. Lo hicieron porque confiaron en Dios como si todo dependiera de Él y no de ellos y, al mismo tiempo, pusieron todo de su parte como si todo dependiese de ellos.

Hágase en mí según tu palabra, es la respuesta de María al ángel. Acoge el plan de Dios en total obediencia. Dios ha encontrado una madre que le haga nacer entre nosotros. Con su fe, que le hace referir toda su existencia al Dios que todo lo puede, María no duda en responder: Hágase. En su palabra halla eco el Hágase divino, por el que fueron creadas todas las cosas. Su Hágase anuncia la nueva creación. María pone a disposición del Padre su cuerpo virginal, para que su Hijo pueda tener un cuerpo humano por obra del Espíritu Santo. Lo imposible se hace posible. Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.  

sábado, 19 de diciembre de 2020

Nacimiento de Juan Bautista (Lc 1, 5-25)

 

P. Carlos Cardó SJ

Nacimiento de Juan Bautista, fresco de Domenico Ghirlandaio (1486 – 1490), Basílica de Santa María de Novella, Florencia, Italia

En tiempos de Herodes, rey de Judea, había un sacerdote llamado Zacarías, del grupo de Abías, casado con una descendiente de Aarón llamada Isabel. Los dos eran justos ante Dios, y caminaban sin falta según los mandamientos y leyes del Señor. No tenían hijos, porque Isabel era estéril, y los dos eran de edad avanzada.

Una vez que oficiaba delante de Dios con el grupo de su turno, según el ritual de los sacerdotes, le tocó a él entrar en el santuario del Señor a ofrecer el incienso; la muchedumbre del pueblo estaba fuera rezando durante la ofrenda del incienso. Y se le apareció el ángel del Señor, de pie a la derecha del altar del incienso.

Al verlo, Zacarías se sobresaltó y quedó sobrecogido de temor. Pero el ángel le dijo: "No temas, Zacarías, porque tu ruego ha sido escuchado: tu mujer Isabel te dará un hijo, y le pondrás por nombre Juan. Te llenarás de alegría, y muchos se alegrarán de su nacimiento. Pues será grande a los ojos del Señor: no beberá vino ni licor; se llenará de Espíritu Santo ya en el vientre materno, y convertirá muchos israelitas al Señor, su Dios. Irá delante del Señor, con el espíritu y poder de Elías, para convertir los corazones de los padres hacia los hijos, y a los desobedientes, a la sensatez de los justos, preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto".

Zacarías replicó al ángel: "¿Cómo estaré seguro de eso? Porque yo soy viejo, y mi mujer es de edad avanzada".

El ángel le contestó: "Yo soy Gabriel, que sirvo en presencia de Dios; he sido enviado a hablarte para darte esta buena noticia. Pero mira: te quedarás mudo, sin poder hablar, hasta el día en que esto suceda, porque no has dado fe a mis palabras, que se cumplirán en su momento".

El pueblo estaba aguardando a Zacarías, sorprendido de que tardase tanto en el santuario. Al salir no podía hablarles, y ellos comprendieron que había tenido una visión en el santuario. Él les hablaba por señas, porque seguía mudo. Al cumplirse los días de su servicio en el templo volvió a casa. Días después concibió Isabel, su mujer, y estuvo sin salir cinco meses, diciendo: "Así me ha tratado el Señor cuando se ha dignado quitar mi afrenta ante los hombres".

En la liturgia de Adviento sobresale la figura de Juan Bautista, nos enseña a prepararnos para la venida del Señor. Juan es prototipo de la persona bien dispuesta a acoger al Señor que viene. Deja su casa y se dedica a preparar en el desierto la pronta venida del Mesías, exhortando a la gente a cambiar de vida. Juan es una síntesis viviente del Antiguo Testamento, que en él culmina; manifiesta en su persona lo más característico del Israel fiel: la espera de la realización de las promesas de Dios en favor de su pueblo.

En la historia de la salvación, todo acontecimiento decisivo es iniciativa de Dios y toda figura significativa es objeto de una elección particular. Las madres de Isaac, de Sansón, de Samuel, eran  mujeres estériles. Dios, autor de la vida, les hace concebir un hijo, porque lo destina a una misión en favor de su pueblo. Así ocurre con Juan: nace de Zacarías, sacerdote ya viejo, y de Isabel, también de edad avanzada. Nace de la fe que prestan a la promesa de Dios.

En Lucas, el anuncio del nacimiento de Juan es solemne. Se realiza en el marco litúrgico del templo. Su llegada no pasará desapercibida y muchos se gozarán en su nacimiento (Lc 1, 14); será un niño consagrado –un nazir de Dios– y, como lo prescribe el libro de los Números (6, 1), no beberá vino ni licor fermentado. El Espíritu habita en él desde el seno de su madre. A su vocación de asceta se unirá la de guía de su pueblo (Lc 1, 17). Precederá al Mesías, cumpliendo la función que el profeta Malaquías (3, 23) atribuía a Elías.

Su nombre es Juan (Lc 1,63). Su circuncisión muestra también la elección divina: nadie en su parentela lleva el nombre de Juan (Lc 1, 61), pero el Señor quiere que se le llame así, cambiando las costumbres. Dios es quien lo ha elegido, es él quien dirige todo. Estaba yo en el vientre, y el Señor me llamó, en las entrañas maternas y pronunció mi nombre (Is 49, 1). Dios nos conoce y ama aun antes de que nuestros ojos puedan contemplar las maravillas de la creación. Dios cuenta con nosotros y nos llama desde las raíces mismas de nuestra existencia, porque somos suyos.

 Zacarías confirma, delante de los parientes maravillados, el nombre de su hijo escribiéndolo en una tablilla. El nombre significa Dios es favorable. Es favorable a su pueblo: quiere que el niño sea una bendición para todas las naciones. Es favorable a la humanidad: la conduce por el camino hacia la tierra en la que reinarán la paz y la justicia. Todo esto se inscribe en el nombre Juan.

Como María, Zacarías prorrumpe en un himno que es, a la vez, acción de gracias y descripción de la misión de Juan como precursor del Mesías. Juan Bautista es el signo de la irrupción de Dios en la historia de la humanidad como sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz. Su nacimiento permite intuir que el Señor visita a su pueblo para consolidar la alianza con él, como lo había prometido. Trae designios de bendición y de vida, de liberación, de santidad y justicia. El Precursor tiene por misión preparar su venida (Is 40, 3), dando a su pueblo el “conocimiento de la salvación”.

Bendito sea el Señor, Dios de Israel

porque ha visitado y redimido a su pueblo,

suscitándonos una fuerza de salvación

en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo

por la boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos

y de la mano de todos los que nos odian:

realizando la misericordia

que tuvo con nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.

Para concedernos que, libres de temor,

arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación,

el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tinieblas

y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos

por el camino de la paz.

Este poema, conocido tradicionalmente como Benedictus, lo canta la Iglesia cada día al final de la oración de la mañana, reavivando su acción de gracias por la salvación que Dios le ha dado y en reconocimiento de la misión que le tocó desempeñar a Juan de mostrar al mundo “el camino de la paz”.