lunes, 8 de junio de 2026

Las Bienaventuranzas (Mt 5, 1-12)

 P. Carlos Cardó SJ 

Jesús enseña junto al lago, acuarela opaca sobre grafito en papel tejido gris de James Tissot (entre 1886 y 1894), Museo de Brooklyn, Nueva York

Al ver a la multitud, subió al monte. Se sentó y se le acercaron los discípulos. Tomó la palabra y los instruyó en estos términos:

Dichosos los pobres de corazón, porque el reinado de Dios les pertenece.
Dichosos los afligidos, porque serán consolados.
Dichosos los desposeídos, porque heredarán la tierra.
Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Dichosos los misericordiosos, porque serán tratados con misericordia.
Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque se llamarán hijos de Dios.
Dichosos los perseguidos por causa del bien, porque el reinado de Dios les pertenece.
Dichosos ustedes cuando los injurien, los persigan y los calumnien de todo por mi causa.
Estén alegres y contentos pues su recompensa en el cielo es abundante.
De igual modo persiguieron a los profetas que los precedieron.
 

El sermón del monte recoge los criterios según los cuales Dios juzga y actúa. Y es fácil comprobar que son criterios opuestos a los del mundo. La sociedad ofrece otros medios para fabricar la felicidad. Jesús se alegra con los desdichados porque tienen “mayor ventaja”: Dios está a su favor, con ellos, promoviendo la transformación del mundo en justicia, fraternidad y paz. 

Las bienaventuranzas no pueden servir de pretexto para obrar la injusticia o resignarse a la pobreza material que es un mal social. Al contrario, ellas dejan al descubierto la raíz de toda injusticia y corrupción, que proviene del hecho de considerar dichosos al rico y al poderoso que dominan a los demás. Si éste es nuestro único criterio de valorar las cosas, es claro que continuarán las injusticias y la corrupción, y consentiremos con ellas. De ninguna manera los pobres son bienaventurados por la pobreza en que viven. Sólo el cambio de valores que Jesús enseña puede hacerles comprobar que Dios está con ellos y que el evangelio es buena noticia. 

Tampoco se pueden ver las bienaventuranzas como una nueva ley, más difícil que la antigua. Son la descripción del corazón nuevo que Dios prometió por medio de los profetas. Por eso, lo que aquí afirma Jesús es lo que él vive y lo que comunica a los que lo siguen. Sus palabras no son ley, sino evangelio; no son exigencias nobles y difíciles, sino el anuncio de la obra que quiere realizar en nosotros si lo aceptamos. Sin el don de su Espíritu del amor, las bienaventuranzas no son otra cosa que una ideología, tanto más desesperante cuanto sublime. 

Estas palabras son para todo aquel que busca el sentido y verdad de su vida. Son las actitudes que mueven el trabajo para hacer realidad una nueva humanidad. Son los rasgos que podemos ver en aquellas personas y comunidades que se caracterizan por ser misericordiosas, por tener limpio el corazón y buscar la paz. Estos hombres y mujeres contribuyen a la creación de un mundo justo, solidario y feliz. Ellos reproducen los rasgos del ser humano que Dios creó “a imagen y semejanza suya”. 

- Pobres de espíritu: sin codicia ni apegos materiales, son humildes de corazón, en contraposición a los de corazón duro y dura cerviz. El pobre en el espíritu es agradecido porque sabe que todo es don y gracia. Somos lo que hemos recibido. Así es Jesús, el Hijo, que todo lo recibe del Padre. El motivo de la bienaventuranza no es la pobreza sino el por qué, lo que con ella se consigue: al pobre, Dios lo llena de sus dones y está dispuesto a dársele. La pobreza es la condición para acogerlo. 

- Pacientes: bondadosos, han desterrado de su alma la hostilidad. No pelean y ceden en vez de agredir. No se irritan, no intentan dominar, ni buscan la venganza. No son insensibles. Dueños de sí mismos, saben controlar y modificar sus sentimientos. 

- Los afligidos: firmes frente al sufrimiento, no sacan de él ni pesimismo ni amargura. Dios los consuela y fortalece para poner amor en la adversidad y superarla. 

- Los que tienen hambre y sed de justicia: convencidos de que el respeto y la equidad son la condición para poder vivir humanamente en sociedad, se empeñan en descubrir nuevos horizontes de posibilidades, nuevas alternativas de vida digna para todos, nuevos caminos para la superación de los conflictos. 

- Misericordiosos: interesados en resolver el problema del otro, su empatía les lleva a sentir como propio el sufrimiento ajeno. Es la forma fundamental del amor: pasión que se hace compasión. 

- Limpios de corazón: El corazón es el centro de la persona. En su corazón llevan a Dios, por eso lo ven en todas las cosas y a todas las cosas en él. Carecen de malicia, son rectos y leales con Dios y con el prójimo. El corazón limpio no está dividido por conflictos de lealtades, ni mezcla de intereses, no es hipócrita ni inseguro. 

- Constructores de la paz: se oponen a todo tipo de violencia, evitan los conflictos y los que son inevitables, procuran resolverlos con diálogo y concertación. Construyen fraternidad, es decir, colaboran en la obra que Dios, después de la creación, sigue realizando en el mundo. Por eso él los acoge como sus hijos e hijas. 

- Perseguidos: podrán ser incomprendidos y aun perseguidos porque su sola presencia contradice a los poderosos. Quien ama a los hermanos se choca con el mal: encuentra hostilidad. Como Jesús. El discípulo sabe que su destino puede ser el de su Maestro y sabe también que si con él morimos, reinaremos con él (2Tim 2,11). 

Así pensó Dios al ser humano cuando lo iba modelando con sus propias manos.

domingo, 7 de junio de 2026

Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. Yo soy el pan vivo bajado del cielo (Jn 6, 51-58)

 P. Carlos Cardó SJ 

Adoración de la Eucaristía, óleo sobre lienzo de Cornelio Schut (1654), Sala Capitular de la Hermandad Sacramental de Nuestra Señora de la Alegría, Sevilla, España

En aquel tiempo dijo Jesús a los judíos: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi carne, y lo daré para la vida del mundo».
Los judíos discutían entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a comer carne?».
Jesús les dijo: «En verdad les digo que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre vive de vida eterna, y yo lo resucitaré el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Como el Padre, que es vida, me envió y yo vivo por el Padre, así quien me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo. Pero no como el de vuestros antepasados, que comieron y después murieron. El que coma este pan vivirá para siempre». 

Los judíos no entienden. Llamarse Jesús “pan del cielo” les parece una blasfemia: se hace Dios. Decir que quien lo come tiene vida eterna les resulta inadmisible porque se pone así por encima de la Ley de Moisés, del templo, del sábado, es decir de aquello que, según la fe judía, les obtiene la salvación. Además, eso de comer les resulta demasiado chocante y lo de beber sangre va directamente en contra de lo establecido en el libro del Levítico (Lev 17, 10-12). 

Pero Jesús no da marcha atrás, antes bien refuerza su afirmación: Yo les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes. Expresiones sin duda duras, crudas, incluso chocantes, por medio de las cuales Jesús afirma que la fe verdadera consiste en alimentarse de su persona, nutrirse de sus actitudes y de su modo de vivir. Eso es lo que da al hombre la vida plena, que consiste en la participación de la misma vida-amor de Dios. 

El que come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él. Lo propio del amor entre las personas es que las hace vivir en comunión. Es un recíproco permanecer en el otro, como vivir el uno en el otro, comprobando que uno ya no se entiende a sí mismo sino en su relación con la persona a la que ama. Ya no dos sino uno solo, como en el amor conyugal. Ya no vivo yo, es Cristo que vive en mí, dirá San Pablo (Gal 2,20). 

La terminología eucarística de este discurso de Jesús es clara. La comunidad que escribió el evangelio y todos los primeros cristianos tenían por cierto que lo que Jesús les mandó realizar en la Última Cena antes de padecer fue el memorial de su muerte y resurrección, en el que comían la carne y bebían la sangre del Hijo de Dios, hecho presente de manera real, activa y eficaz. Proclamaban su muerte y resurrección, y el anhelo más profundo que orientaba sus vidas: Marana-tha! Ven, Señor Jesús. 

San Juan en su evangelio, no trae el pasaje de la institución de la Eucaristía como lo hacen los otros evangelistas y Pablo; pero trae a cambio este discurso sobre el pan de vida y el pasaje del lavatorio de los pies de los discípulos, pasajes en los que está explicado el significado de la eucaristía en toda su profundidad. Por eso, no cabe duda que Jesús dio a este discurso, pronunciado después de la multiplicación de los panes, un sentido eucarístico total. Y es que la fe desemboca necesariamente en la eucaristía. 

Los cristianos aceptamos por la fe que en la eucaristía Jesucristo se nos da, haciéndose eficazmente presente y actuante de modo salvador. En ella está el Señor con todo lo que él es y todo lo que él hace por nosotros: su Encarnación, su Muerte y su Resurrección. Las palabras del Señor en su discurso sobre el Pan de Vida y en su Última Cena nos llevan, pues, a apreciar el don del amor del Hijo de Dios, que por nosotros se hizo hombre, se inmoló en la cruz y resucitó para que también nosotros resucitemos con él. 

Es importante redescubrir la conciencia que tenían los primeros cristianos de la unión tan peculiar que se establece con Cristo y en Cristo. Comulgamos con Cristo, con todo lo que él es, su persona y su misión; y comulgamos en Cristo con todos los que él ama, miembros de su cuerpo, a los que entrega su vida. Por eso, quien comulga con Jesús vive la inquietud por crear comunión, deseo supremo suyo. El hacer comunidad se convierte en la piedra de toque de nuestra comunión con Cristo, con todas sus consecuencias prácticas en todos los órdenes de la vida humana, personal y social. Sacramento de unidad, la Eucaristía incita a las comunidades a superar las divisiones. Por eso pedimos: “Reúne en torno a Ti, Padre misericordioso, a todos tus hijos dispersos por el mundo”. Nos acercamos a comulgar y pronunciamos nuestro Amén a lo que significa el sacramento del Cuerpo de Cristo, que el sacerdote nos muestra y nos entrega. Dicho “amén” proclama nuestra disposición para ser transformados en lo que recibimos.

sábado, 6 de junio de 2026

El óbolo de la viuda (Mc 12, 38-44)

 P. Carlos Cardó SJ 

El óbolo de la viuda, óleo sobre lienzo de Marten de Vos (siglo XVII), Iglesia Episcopal de Tennessee, Estados Unidos

En aquel tiempo, enseñaba Jesús a la multitud y le decía: "¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplios ropajes y recibir reverencias en las calles; buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; devoran los bienes
de las viudas haciendo ostentación de largos rezos. Éstos recibirán un castigo muy riguroso".
Luego Jesús se sentó frente a la sala del Tesoro del templo, mirando cómo la gente echaba allí sus monedas. Muchos ricos daban en abundancia. De pronto se acercó una viuda de condición muy humilde y echó dos moneditas de muy poco valor.
Jesús, llamó a sus discípulos y les dijo: "Yo les aseguro que esa pobre viuda ha echado en la alcancía más que todos. Porque los demás han echado de lo que les sobraba; pero ella, en su indigencia, dio todo lo que tenía para vivir". 

Este texto tiene dos partes: la primera es una crítica de Jesús contra los maestros de la ley; la segunda, el episodio de la viuda pobre que deja su limosna en el arca del templo. 

Dijo Jesús a sus discípulos: Tengan cuidado con los maestros de la ley, a quienes les gusta pasearse lujosamente vestidos y ser saludados por la calle; buscan los puestos de honor en la sinagoga y los primeros lugares en los banquetes. 

Toda persona que se valore desea que se la respete y se la tenga en cuenta. Pero este deseo lícito y natural puede deformarse hasta convertirse en la motivación más determinante de lo que uno quiere hacer en la vida. Cuando se busca por encima de todo el propio éxito, se puede llegar a desconocer los propios límites y deficiencias, o incluso a atropellar el derecho de los demás por creerse superior. Por eso, lo que Jesús critica en los maestros de la ley es que ellos, los expertos en las cosas de Dios enseñan los preceptos de la religión, pero movidos por la ambición y la búsqueda de honores y privilegios. Se sirven de la religión como instrumento de lucro, y, lo que es insoportable a los ojos de Dios, valiéndose de su fama de justos y religiosos, llegan a aprovecharse de los bienes de huérfanos y viudas: Ellos devoran los bienes de las viudas y se disfrazan tras largas oraciones, denuncia Jesús, y les advierte que terminarán muy mal. 

Esta mentalidad y este comportamiento no fueron algo pasajero que acabó cuando, en el año 70 d.C., destruido el templo de Jerusalén, desaparecieron los escribas y sumos sacerdotes. Lo que Jesús criticó fue una tendencia que seguiría influyendo en la comunidad cristiana hasta hoy. Los simples fieles y los miembros de la jerarquía pueden actuar hoy como actuaban los escribas y fariseos en tiempos de Jesús, poniéndose por encima de los demás, ejerciendo sus funciones con ostentación, fatuidad y presunción. Cuando estas cosas suceden, Jesús pone en guardia: “¡Tengan cuidado!”, nos dice. 

Viene después un episodio que podía pasar desapercibido, pero que a los ojos de Jesús encerraba una lección fundamental. Sentado frente a las arcas del templo, observaba cómo la gente iba echando dinero en ellas para el culto; muchos ricos depositaban en cantidad. Pero llegó una viuda pobre que echó dos moneditas de muy poco valor. 

Ya en las primeras escenas del evangelio de Marcos (1, 29-31) se centró la atención en otra pobre mujer, la suegra de Pedro. Estaba en cama con fiebre, y el Señor realizó en favor de ella -según Marcos- su primer milagro; un milagro aparentemente sin mayor relevancia, pero que convirtió a esa mujer en un ejemplo: Se acercó, la tomó de la mano y la levantó. Se le quitó la fiebre y se puso servir al Señor y a sus discípulos, dando ejemplo del verdadero seguimiento de Jesús que consiste en servir a los demás. Así también la escena de la limosna de la viuda, en apariencia tan poco significativa, hace ver que una pobre viuda se convierte en el evangelio vivo, en la figura perfecta de Cristo. Les aseguro que esa pobre viuda ha echado en las arcas más que todos los demás –declara solemnemente Jesús. Pues todos han echado de lo que les sobraba, mientras que ella ha dado desde su pobreza todo lo que tenía para vivir. Una pobre viuda que nadie tiene en cuenta, resulta ser la verdadera maestra de la ley del Nuevo Testamento, en oposición a los escribas hipócritas. Ella se constituye, junto con la suegra de Pedro, en la discípula verdadera del Maestro, que enseña a los discípulos la lección más importante del evangelio. Ella, a diferencia del joven rico, que no se animó a seguir a Jesús porque tenía muchas riquezas, dejó en la alcancía del templo –con las dos moneditas que depositó– todo lo que tenía para vivir. La enseñanza de Cristo no nos viene de los libros, sino de personas de este tipo. Los pobres nos evangelizan. 

Ante Dios no importa la cantidad de lo que uno da, sino la calidad. La viuda pobre deposita dos moneditas, pero es todo lo que ella tiene para vivir, mientras que los ricos echan de lo que les sobra y con ostentación. En la escala de valores de Jesús, una limosna insignificante puede tener mayor valor que una gran suma. Privarse únicamente de lo superfluo no representa la solidaridad aceptable al Señor, aunque lo aportado sea una buena suma de dinero. Dios, que ve lo oculto de los corazones, quiere sinceridad y transparencia en lo exterior y en lo interior. Lo que vale es la actitud de la pobre viuda que, al darlo todo, con corazón humilde y generoso, reproduce en su persona aquella característica de Jesucristo, que según San Pablo sintetiza su solidaridad con nosotros: Ya conocen la generosidad de nuestro Señor Jesucristo que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza (2 Cor 8,9).

viernes, 5 de junio de 2026

Si David lo llama Señor… (Mc 12, 35-37)

 P. Carlos Cardó SJ 

El rey David en oración, grabado de Lucas van Leyden (1520), Galería web de Arte

Jesús se puso a enseñar en el Templo y preguntaba: "¿Cómo pueden decir los maestros de la Ley que el Mesías es el hijo de David? El mismo David, movido por el Espíritu Santo, ha dicho: “Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies". Si el mismo David lo llama "Señor", ¿cómo puede entonces ser hijo suyo?". 

Estas palabras de Jesús corresponden al final de la controversia que tuvo con las autoridades del pueblo en el templo de Jerusalén, poco antes de su pasión. Después de defender el origen divino de su autoridad, Jesús vuelve a tomar la palabra para explicar que el Mesías esperado por Israel no puede ser simplemente un descendiente de David, sino alguien muy superior a David. Y para probarlo, citará el Salmo 111, salmo mesiánico muy conocido, con la intención de mover a sus oyentes a una reflexión sobre su propia identidad de descendiente de David e Hijo de Dios. 

Según el judaísmo y la enseñanza de los rabinos del tiempo de Jesús, basada en muchos textos del Antiguo Testamento, el Mesías por venir habría de restaurar la monarquía y señorío de David, dándole su máximo esplendor, pero sin trascender del plano estrictamente terrenal. Al ver las acciones que realizaba y la autoridad con que hablaba, la gente sencilla del pueblo había advertido que la promesa divina del Mesías se había cumplido en Jesús. Prueba de ello fue la aclamación con que lo recibieron en Jerusalén: ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el reino que viene, el de nuestro padre David! (11,9-10).  Pero Jesús tiene que aclarar esto; la gente debe tener una idea exacta de la identidad del Mesías y debe trascender el plano puramente terreno al pensar en el reino que el Mesías trae consigo. 

Para ello, plantea una pregunta: ¿Cómo dicen los maestros de la ley que el Mesías es Hijo de Dios?, y cita como respuesta al mismo David, quien, como autor del Salmo 111, habla del Mesías en un tono de máximo respeto, llamándolo su Señor, y haciéndolo subir a sentarse a la diestra del trono del mismo Dios. Por consiguiente, este argumento debe hacer pensar a sus oyentes que el ser hijo de David no puede designar verdaderamente su verdadero ser, porque el Mesías es más que eso, es Hijo de Dios. David mismo dijo, inspirado por el Espíritu Santo: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies. 

En segundo lugar, y como consecuencia de lo anterior, Jesús da a entender que tampoco la idea corriente que se tiene de su reino corresponde a la realidad. No se puede reducir la promesa divina de la salvación, ligada a la venida del Mesías, a una simple restauración y continuidad de una dinastía política. 

Es cierto que Jesús en esta intervención suya no se aplica el salmo directa y explícitamente a su misma persona, pero sí lo hará cuando el sumo sacerdote Caifás le pregunte: ¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito? Entonces, su respuesta será clara y directa: Yo soy, y verán al Hijo del hombre sentado a la derecha del Todopoderoso y cómo viene entre las nubes del cielo (14, 61-62). Hay que recordar también que los apóstoles en su predicación no dudaron en ver en el salmo una prueba de la mesianidad de Jesús y de su exaltación a la gloria celestial. 

Si se tiene en cuenta, finalmente, que la traducción griega de la Biblia, empleada por Jesús y los primeros cristianos, traduce el hebreo Adonai por el griego, Kyrios, Señor, se puede ver que este título contiene la confesión de fe de la primera comunidad cristiana en la divinidad de Jesucristo y en su misión salvadora. Para ellos, a la luz de la resurrección, quedó patente que Jesús es el Kyrios, Señor, y el Cristo, es decir, Salvador (ungido), verdadero hombre y verdadero Dios. Los primeros cristianos de lengua aramea lo llamaban Maraná, Señor nuestro (cf. 1Cor 16,21). 

Después de esta intervención suya, los oyentes de Jesús debieron sentirse movidos a reflexionar sobre su identidad y, sobre todo, a decidir si creían en él o no. Todo el evangelio de Marcos se escribe para responder a la gran pregunta: “¿Quién es Jesús?”. 

Nos corresponde responderla, no sólo desde lo que sabemos de él, sino desde la vivencia personal que tenemos de él como el verdadero Señor de nuestras vidas, que nos libra de todo cuanto nos impide lograr nuestra plena y feliz realización como personas, y nos compromete en la tarea de transformar nuestra realidad personal y social conforme al contenido y valores de su reino.