viernes, 4 de octubre de 2024

Ay de ti Corozaim, ay de ti Betsaida (Lc 10, 13-16)

 P. Carlos Cardó SJ 

Lamento de Cristo sobre Jerusalén, litografía de Josef August Untensberger (1917 aprox.), Edward Gross Co NY Gallery

Jesús dijo a sus discípulos: "¡Pobre de ti, Corozaim! ¡Pobre de ti, Betsaida! Porque si los milagros que se han hecho en ustedes se hubieran realizado en Tiro y Sidón, hace mucho tiempo que sus habitantes habrían hecho penitencia, poniéndose vestidos de penitencia, y se habrían sentado en la ceniza. Con toda seguridad Tiro y Sidón serán tratadas con menos rigor que ustedes en el día del juicio. Y tú, Cafarnaún, ¿crees que te elevarás hasta el cielo? No, serás precipitada hasta el lugar de los muertos. Quien les escucha a ustedes, me escucha a mí; quien les rechaza a ustedes, me rechaza a mí; y el que me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado". 

A continuación de las instrucciones de Jesús a los discípulos enviados en misión, Lucas incluye estas frases de Jesús que parecen una exclamación de dolor por la ingratitud y rechazo de que ha sido objeto en Galilea, sobre todo en las ciudades de Corozaim, Betsaida y Cafarnaúm. Ellas, más que otras, han sido testigos de su predicación y de sus milagros, pero le han dado la espalda, no han querido escuchar su mensaje, no se han convertido. Por eso las compara con Tiro y Sidón, ciudades paganas de Fenicia, que fueron blanco de las requisitorias de los grandes profetas de la antigüedad. 

Con todo, conviene decir que la expresión Ay de ti…, puede ser interpretada no propiamente como amenaza, sino como lamento; en este caso, expresa el dolor de Dios y de Jesús por el mal de sus hijos e hijas. El pecado del hombre provoca el lamento de Dios. La cruz será la expresión máxima de este dolor por la gravedad del mal. 

En los libros de Isaías (Is 23, 1-11) y Ezequiel (28, 2-29. 21-24), Tiro y Sidón aparecen como objeto de las amenazas de los profetas porque eran ciudades mercantiles que explotaban a los pobres, y eran símbolos de la injusticia que impide acoger la Palabra de Dios. Sus nombres pasaron a ser sinónimos de condenación, por ser reacias a la conversión. Si hubiera resonado en ellas la llamada de Jesús y hubiesen sido testigos de la grandeza de sus prodigios, sus habitantes hace tiempo que se habrían vestido de saco, se habrían echado ceniza en señal de penitencia y habrían reformado su comportamiento. Como pasó en Nínive, por la predicación de Jonás (Jon 3,5-9). Sin embargo, Corozaim, Betsaida y Cafarnaúm, a pesar de la predicación de Jesús y de haber sido las ciudades en las que realizó el mayor número de curaciones, se obstinaron en no creer, actuando contra él con desdén y soberbia. Por eso Jesús las cita, para demostrar la grandeza del don que recibieron, que era capaz de cambiar aun a las ciudades más pecadoras. 

Cafarnaúm merece una atención especial. Fue el lugar donde el Señor inició y desarrolló la mayor parte de su actividad, razón por la cual fue llamada por los cristianos “la ciudad de Jesús”. Al referirse a ella utiliza las palabras de la sátira que Isaías recitó contra el rey de Babilonia (Is 14,4-21), que quiso escalar los cielos como Hélél (“Lucero matinal”) y Sahar (“Aurora”), divinidades astrales de los cananeos, pero cayó en la ruina más absoluta. De modo semejante, advierte Jesús a Cafarnaúm, lo que podía haberle reportado gloria en el día del juicio, no hará más que hundirla en el abismo. 

Si Lucas consigna estas frases de Jesús en su evangelio es, sin duda, porque consideraba que contenían un mensaje para los lectores cristianos de las generaciones futuras. Son palabras graves, severas, que amonestan al cristiano que de manera irresponsable se niega a oír la voz que lo llama a conversión. Cerrarse a la enseñanza del evangelio es rechazar al propio Dios, que para eso envió a su Hijo al mundo: para que todo aquel que escuche su palabra tenga vida eterna. El orgullo con que se le rechaza se puede convertir en una vida definitivamente frustrada. Sodoma, Tiro, Sidón, Nínive, Babilonia… todo lo que Israel consideraba lo peor del mundo, no son nada frente al mal de rechazar la visita del Señor. Así de fuerte es la advertencia de Jesús que, naturalmente, brota de la pasión con que ama a todos y no quiere que ninguno de ellos se pierda. 

El texto termina con una identificación de Jesús con los enviados; su ser y su actuar se continúan en ellos: el que a ustedes escucha, a mí me escucha… Les habla de dificultades, rechazos y persecuciones, pero termina haciendo un elo­gio de todo aquel que los acoge porque actúan en su nombre y son sus discípulos. Quien los escucha con el corazón, acoge al Señor, Palabra de Dios encarnada. Quien los desprecia, desprecia al autor de la vida. En el ser rechazados se produce una identificación con él, el más rechazado, la piedra angular rechazada.

jueves, 3 de octubre de 2024

Envío de los 72 discípulos (Lc 10, 1-12)

 P. Carlos Cardó SJ 

San Francisco predicando a los gentiles, óleo sobre lienzo de autor anónimo (siglo XVIII), Archivo Fotográfico del IIE-México

Después de esto, el Señor eligió a otros setenta y dos discípulos y los envió de dos en dos delante de él, a todas las ciudades y lugares adónde debía ir.
Les dijo: "La cosecha es abundante, pero los obreros son pocos. Rueguen, pues, al dueño de la cosecha que envíe obreros a su cosecha. Vayan, pero sepan que los envío como corderos en medio de lobos. No lleven monedero, ni bolsón, ni sandalias, ni se detengan a visitar a conocidos. Al entrar en cualquier casa, bendíganla antes diciendo: "La paz sea en esta casa." Si en ella vive un hombre de paz, recibirá la paz que ustedes le traen; de lo contrario, la bendición volverá a ustedes. Mientras se queden en esa casa, coman y beban lo que les ofrezcan, porque el obrero merece su salario. No vayan de casa en casa. Cuando entren en una ciudad y sean bien recibidos, coman lo que les sirvan, sanen a los enfermos y digan a su gente: "El Reino de Dios ha venido a ustedes."
Pero si entran en una ciudad y no quieren recibirles, vayan a sus plazas y digan: "Nos sacudimos y les dejamos hasta el polvo de su ciudad que se ha pegado a nuestros pies. Con todo, sépanlo bien: el Reino de Dios ha venido a ustedes".
Yo les aseguro que, en el día del juicio, Sodoma será tratada con menos rigor que esa ciudad." 

Jesús envía a un grupo de discípulos a predicar y curar. Ya antes había enviado a los apóstoles; ahora el grupo es más numeroso: porque la misión no puede quedar restringida a los doce, sino que ha de ser de todos. Es lo que sugiere el número setenta (y dos), que simboliza una totalidad. Todos los que creemos en Cristo somos apóstoles, misioneros. La misión es de todos y para todos. 

Las instrucciones de Jesús no contienen únicamente requisitos para cumplir bien la misión, sino que incluyen también una insistencia en la oración. La misión comprende no sólo el trabajo del discípulo, sino también su oración perseverante. Y lo primero de todo es pedir a Dios que envíe operarios, porque la cosecha es abundante. La frase de Jesús: La mies es mucha y los obreros pocos, nos hace tomar conciencia de la necesidad urgente de vocaciones para que la tarea evangelizadora pueda sostenerse. 

Las instrucciones que da Jesús a los discípulos se abren con una sentencia que da sentido a todo el conjunto: miren que yo los envío como corderos en medio de lobos. Las perspectivas no son halagüeñas, las circunstancias son adversas, pocos obreros, riesgos y peligros, tiempo breve. El mundo al que Jesús envía es complejo y en él siempre habrá obstáculos. Una experiencia común a muchos cristianos que se han decidido a encarnar los valores evangélicos en sus vidas, y a transmitirlos, es ver que pronto o tarde se hacen objeto de críticas e incomprensiones. Cuando esto ocurre, el cristiano se acuerda de las palabras del Señor: En el mundo tendrán tribulaciones; pero tengan ánimo, yo he vencido al mundo (Jn 16,33). 

Las instrucciones a los setenta y dos discípulos se pueden sintetizar en dos actitudes fundamentales: vivir con sencillez y llevar la paz. A ejemplo del Señor y en solidaridad con los pobres, el cristiano asume un estilo de vida sobrio y sencillo, porque tiene puesta su confianza no en el dinero sino en Jesucristo. Sólo así la evangelización dará fruto. Porque si nuestra oración, nuestras celebraciones litúrgicas y nuestro hablar de Dios expresan nuestra fe, el estilo de vida que llevamos la hace creíble. 

No llevar bolsa ni morral ni sandalias significa no poner estorbos de ninguna clase a la tarea evangelizadora, que exige prontitud y libertad de movimientos, como corresponde a los obreros en tiempo de cosecha. Los discípulos deben aceptar que su misión no admite convencionalismos sociales ni busca la comodidad; no habrá tiempo para saludos, ni para exquisiteces en la comida, ni para alojamientos confortables. Tendrán, pues, que desterrar la ambición y poner toda su confianza en Dios y en la promesa de su reino. Así serán capaces de servir libre y desinteresadamente: libres de todo interés temporal para no entrar en componendas ni negociaciones que contradigan los valores que predican; libres para dirigirse a su meta sin siquiera detenerse a saludar a nadie por el camino; libres para no buscarse a sí mismos sino a Jesucristo y el bien de los demás. 

La segunda actitud que han de tener es la paz. El discípulo de Jesús no desea para la gente únicamente aquello que se expresa en los saludos convencionales; él proclama la paz salvífica, el Shalom, con todo el contenido que tiene en el Antiguo Testamento y con toda la gracia y salvación que Jesús –nuestra paz verdadera– trae para nosotros en el tiempo de la salvación. Los discípulos, identificados con el Señor, reciben dentro de sí esta paz y saben comunicarla de manera eficaz. El cristiano es pacífico y pacificador, siempre en misión de construir paz. Pero no una paz ingenua y barata, sino la que brota de la justicia y asume de manera práctica el nombre de solidaridad, desarrollo equitativo para todos, nuevo orden social. 

Las instrucciones de Jesús se cierran con una advertencia severa. Toda ciudad que no se abra a una sincera aceptación del mensaje evangélico y no se prepare para la cercana venida del Reino de Dios correrá peor suerte que la tristemente célebre Sodoma (cf. Gn 19,24). 

En síntesis, la misión a la que Jesús envía es consecuencia del bautismo y exige una identificación personal con su estilo de vida. Sin la puesta en práctica de sus enseñanzas no se puede ser seguidor suyo y colaborador de su misión.

miércoles, 2 de octubre de 2024

Las exigencias del seguimiento de Jesús (Lc 9, 57-62)

 P. Carlos Cardó SJ 

¡Vengan a mí!, acuarela opaca sobre grafito en papel tejido gris de James Tissot (entre 1886 y 1894), Museo de Brooklyn, Nueva York

En aquel tiempo, mientras iban de camino Jesús y sus discípulos, alguien le dijo: "Te seguiré a dondequiera que vayas".
Jesús le respondió: "Las zorras tienen madrigueras y los pájaros, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene en dónde reclinar la cabeza".
A otro, Jesús le dijo: "Sígueme".
Pero él le respondió: "Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre".
 Jesús le replicó: "Deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú ve y anuncia el Reino de Dios".
Otro le dijo: "Te seguiré, Señor; pero déjame primero despedirme de mi familia".
Jesús le contestó: "El que empuña el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios". 

Estos versículos de Lucas nos confrontan con el seguimiento radical de Jesús. Se trata de tres breves y cortantes escenas de seguimiento, que presentan las exigencias radicales que Jesús impone: el discípulo tiene que estar preparado para desligarse de todo apoyo establecido y entregarse de modo incondicional y por completo a la causa del evangelio. 

- En la primera escena, un hombre, cuyo nombre no se menciona, se presenta ante Jesús y le dice: Yo te seguiré. Pero el seguimiento del Señor no es una pretensión humana, no depende sólo de una iniciativa humana. Es Dios quien llama y quien da su gracia, que capacita para poder asumir las exigencias que implica. Jesús opone el deseo a la realidad, la ilusión a la previsión. Y luego expone la otra exigencia de su seguimiento que tiene que ver con aquello en lo que el hombre suele oponer su seguridad. Jesús exige que su patria y protección no sean otros que el Padre y los hermanos, los dos valores fundamentales del Reino. De la misma manera que el Hijo del Hombre sólo encuentra reposo y hogar en el Padre de los cielos, no en los bienes de este mundo, así su seguidor está llamado a adoptar el mismo comportamiento de su Señor. El hombre pone su seguridad en los bienes materiales, necesarios para la vida. El que sigue a Jesús, en cambio, pone toda su seguridad en Dios. 

- En la segunda situación, la persona, antes de seguir a Jesús, quiere hacer otra cosa; una cosa muy buena, por cierto. Olvida que el Señor ha de ser el primero, si no, no es Señor. Y por eso, la exigencia de Jesús es tan grande: desliga al discípulo de cualquier otra obligación, por sagrada que sea. No le permite contraer otro compromiso que esté por encima de su persona. Sepultar a los muertos es una acción piadosa, es deber filial claramente expuesto en la ley (Dt 20,12; Lev 19,3), pero no es “lo primero”. Como no fue lo primero para Abraham su amor a su hijo Isaac, y por ello se mostró disponible a sacrificárselo al Señor. Todo afecto, por sublime que sea, deriva del afecto a Dios y a él tiene que ordenarse. Jesús antepuso su amor a María y a José –que angustiados lo buscaban–, a la necesidad que sentía de ocuparse de las cosas de su Padre (Lc 2,48s). Así mismo, en el plano humano, si no abandonas a tus padres no te haces adulto, no te casas. Si no abandonas todo afecto prioritario respecto a Dios y no ordenado a él, no eres libre, equivocas el sentido de tu vida. Vives en función de otros valores, que son tus prioridades y que pueden convertirse en tus ídolos y esclavizarte. 

Por eso, en el texto que comentamos, la entrega a Cristo es tan incondicional que, frente a ella, hasta el deber de enterrar al mismo padre cede su prioridad. Con este dicho Jesús se sitúa de forma soberana y con entera libertad por encima de todo lo que era venerado como precepto divino. Se coloca en el mismo plano de Dios. Deja a los muertos que entierren a sus muertos, significa, entonces, que nada, excepto lo referente a Dios, se puede absolutizar. No puede ponerse a la criatura antes que el Creador. Esto ocurre cuando queremos hacer nuestra voluntad y no la de Dios, cuando queremos que Dios haga lo que queremos, cuando queremos el fin –que es seguir a Jesús y los valores del evangelio- pero no ponemos los medios necesarios porque tenemos otras prioridades. 

- En la tercera situación, se repiten y condensan en cierto modo las actitudes anteriores. Al discípulo se le pide que valore en su justa medida de quién debe separarse, y que sepa a quién tiene que dirigirse sin dilación. La llamada del Señor exige prontitud, lleva consigo adoptar una disponibilidad sin restricción alguna, que muchas veces puede significar abandono de la propia seguridad. Se trata aquí ya no sólo de la disponibilidad frente a cosas y afectos, sino también frente a uno mismo, para poner enteramente la propia confianza en Dios. Mirar atrás es mirarse a sí mismo, buscar garantías y seguridades en sí mismo, en lo que soy, en mi pasado, en lo que he conquistado o en lo que represento. De todo ello nos puede liberar el Señor para hacernos ver que la garantía única está en el futuro, en lo que él –y sólo él– es capaz de hacer de mí.

martes, 1 de octubre de 2024

Tolerancia y respeto (Lc 9,51-56)

 P. Carlos Cardó SJ 

La llamada de los hijos de Zebedeo, óleo sobre madera de Marco Basaiti (1530 aprox.), Galería de la Academia, Venecia

Como ya se acercaba el tiempo en que sería llevado al cielo, Jesús emprendió resueltamente el camino a Jerusalén.
Envió mensajeros delante de él, que fueron y entraron en un pueblo samaritano para prepararle alojamiento. Pero los samaritanos no lo quisieron recibir, porque se dirigía a Jerusalén.
Al ver esto sus discípulos Santiago y Juan, le dijeron: «Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que los consuma?».
Pero Jesús se volvió y los reprendió.
Y continuaron el camino hacia otra aldea. 

Con este texto comienza una parte muy significativa del evangelio de San Lucas, que corresponde al viaje de Jesús a Jerusalén (9,51-19,28). 

El camino más rápido y directo de Galilea a Jerusalén atraviesa de norte a sur el centro de Palestina, que corresponde a la región de Samaría. Pero desde la división de Israel en los reinos de Judea y Samaría, los judíos trataban a los samaritanos de réprobos, herejes y cismáticos y había hostilidad e intolerancia entre los dos grupos. Por eso, al decidir Jesús pasar por esa región y enviar por delante a unos mensajeros para prepararle alojamiento en un pueblo, no los recibieron porque se dirigía a Jerusalén. La reacción de Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, conocidos como los violentos (Boanergés) o hijos del trueno, es inmediata y concentra el odio racial, religioso y político que se tenían ambos pueblos: ¿Quieres que mandemos que baje fuego del cielo y los consuma?, proponen a Jesús. Apelan a la violencia en nombre de Dios para resolver las diferencias y problemas de la convivencia humana. Jesús reacciona como lo hizo frente al tentador en el desierto. Su camino no coincide con las expectativas humanas de éxito y supremacía, que generan muchas veces hostilidad entre los grupos humanos. No admitió ninguna forma de violencia. Al contrario, quiso eliminarla de raíz. Él no trae un fuego que extermina a los enemigos y adversarios, sino el amor que perdona y une a las personas. El celo sin discernimiento es el principio de todas las hogueras de todos los tiempos, contradice al espíritu de Cristo y destruye su obra. Hay aquí, por tanto, una clara llamada de Jesús a la tolerancia, a la amplitud de miras y a lo que hoy llamamos el espíritu de ecumenismo. 

Probablemente Lucas escribe este texto pensando en las dificultades y polémicas que surgieron en la primitiva Iglesia. Quiere exhortarnos a evitar que las diferencias se conviertan en causa de división y a que procuremos forjar la unión verdadera, que se da con el respeto a las diferencias. Jesús es el único Maestro y todos somos discípulos. Es él quien debe crecer y no mi grupo, mi corriente, mi modo de pensar. Apropiarse de Cristo, creer que sólo quienes piensan como nosotros lo hacen rectamente, eso suele ser causa de actitudes de intolerancia, exclusión y acepción de personas, que dañan profundamente el ser de la Iglesia. El evangelio nos cura de toda tendencia al ghetto, al círculo cerrado, a la crispación sectaria, a la postura intransigente y al gesto discriminador. Libre, por encima de todo aquello que a los hombres nos apasiona y divide en bandos, Jesús alienta en nosotros la verdadera tolerancia, que es amplitud de corazón, espíritu universal para abrazar, respetar y estimar a todos los que, aun sin pensar como yo, buscan servir con buena voluntad. Tolerancia, amplitud de miras, respeto, diálogo, colaboración…, son pues virtudes eminentemente eclesiales, constituyen el ser íntimo de la comunidad de la Iglesia. Y no debemos olvidar que: «Sólo hay una cosa que en el plano humano puede establecer la unidad en la Iglesia: el amor, que permite al otro ser de otra manera, aunque no logre “comprenderlo”» (Karl Rahner). 

El mensaje del texto es claro y conciso. Si la norma básica de la comunidad cristiana es el amor fraterno universal, porque todos son hijos o hijas de Dios, automáticamente queda anulado todo integrismo intolerante y excluyente frente a “los otros”. El cristiano, que rige su conducta con el mandamiento del amor, se muestra libre para reconocer y apreciar con agrado los valores y talentos que ve en los miembros de otros grupos o familias religiosas y, sobre todo, para dar gracias a Dios por el bien que hacen.