jueves, 4 de mayo de 2023

Quien me ve a mí, ve al Padre (Jn 14, 6-14)

 P. Carlos Cardó SJ

Jesucristo recibe el mundo de manos de Dios Padre, óleo sobre lienzo de Antonio Arias Fernández (1657 aprox.), Museo del Prado, Madrid

En aquel tiempo, Jesús dijo a Tomás: "Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mí. Si ustedes me conocen a mí, conocen también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto".
Le dijo Felipe: "Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta".

Jesús le replicó: "Felipe, tanto tiempo hace que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conoces? Quien me ve a mí, ve al Padre. ¿Entonces por qué dices: 'Muéstranos al Padre'? ¿O no crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que yo les digo, no las digo por mi propia cuenta. Es el Padre, que permanece en mí, quien hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Si no me dan fe a mí, créanlo por las obras. Yo les aseguro: el que crea en mí, hará las obras que hago yo y las hará aún mayores, porque yo me voy al Padre; y cualquier cosa que pidan en mi nombre, yo la haré para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Yo haré cualquier cosa que me pidan en mi nombre".

Jesús, en la última cena, transmite a sus discípulos la confianza de que, por la fe, podrán experimentar que está siempre con ellos y no los abandona nunca. A partir de su resurrección, se inicia una nueva forma de presencia suya que se concreta en el amarnos unos a otros como Él nos amó y en la oración en su nombre.

Yo soy el camino, la verdad y la vida, les dice a todos lo que quieren saber quién es Él. Jesús es el camino porque Él mismo es la verdad y la vida. Es el camino hacia la fuente y plenitud de la verdad y de la vida, que es Dios, meta de nuestro caminar. Por eso añade: Nadie va al Padre sino por mí. Es la verdad, porque revela al Padre, de modo que quien lo conoce a Él conoce a Dios. Es la vida, porque vive en el Padre, hasta el punto de que quien lo ve a Él, ve al Padre (v.8).

Ha dicho también: Yo he venido para que tengan vida y la tengan plena (Jn 10,10) porque el Padre ha dado esta vida al Hijo y es el Hijo el único capaz de darla a los que creen en Él (Jn 10,18). Quien cree en mí, aunque muera, vivirá  (Jn 11,25). De modo que con estas palabras sobre su propia identidad, Jesús no se presenta simplemente como un guía moral, sino como el sentido único y la dirección cierta que conduce a la realización plena de la existencia humana, que es el encuentro con Dios. En Él conocemos a Dios y a nuestro yo más auténtico, que consiste en ser hijos e hijas de un Dios que es Padre.

Con toda ingenuidad Felipe pide a Jesús: Señor, muéstranos al Padre, y eso nos basta. Quizá está pensando en las teofanías que vieron Moisés y Elías en el Sinaí, o en las visiones de la corte celestial que tuvieron los profetas. No ha entendido que Jesús se ha referido a sí mismo como el Enviado definitivo del Padre, en quien el Padre realiza su plan de salvación, cuyo actuar es el actuar de Dios y cuya humanidad hace accesible a Dios. La respuesta de Jesús: Felipe, quien me ve a mí, ve al Padre insiste en la realidad de un Dios a quien nadie ha visto, pero que se ha revelado, encarnado y hecho presente en Él (1,18; 17,6).

En adelante es por la humanidad de la Palabra encarnada como los seres humanos se unen a Dios. No hay otro mediador. La humanidad de Jesús y, en particular, el modo como vivió la fraternidad, hace ver que todos tenemos un origen común y que Él es el Hijo de un Dios que es Padre. En sus palabras y obras, Dios se manifiesta y se da como amor. Por eso, también nosotros haremos lo que Él hizo y aun cosas mayores, porque su amor sigue en nosotros por el Espíritu Santo. Quien cree en mí hará las obras que yo hago e incluso otras mayores.

El vacío dejado por su partida lo llena su presencia en nosotros. Es la promesa que Jesús hace y que se cumple para el que cree en Él. La fe realiza la unión de Jesús con el discípulo, semejante a la unión de Jesús con el Padre. Y la fe se expresa de manera privilegiada en la oración en su Nombre, que significa orar unido a Jesús. Y por eso, porque Jesús está unido al Padre, no cabe duda de que la oración será escuchada: Les concederé todo lo que pidan en mi nombre.

Este “todo” que Jesús promete conceder se refiere a la obra que Dios ha realizado en el mundo por medio de Él, y de la que los creyentes se han convertido en actores e instrumentos. Por eso dice Jesús que lo que concede es para que el Padre sea glorificado. La oración cristiana en nombre de Jesús expresa, pues, el deseo de ser su instrumento eficaz. Esa ha de ser la motivación de todas nuestras peticiones.

miércoles, 3 de mayo de 2023

Levantado a lo alto atraeré a todos hacia mí (Jn 12, 31-36)

 P. Carlos Cardó SJ

Crucifixión (o Cristo Hipercubicus), óleo sobre lienzo de Salvador Dalí (1954), Museo Metropolitano de Arte, Nueva York
Ahora es el juicio de este mundo, ahora el que gobierna este mundo va a ser echado fuera, y yo, cuando haya sido levantado de la tierra, atraeré a todos a mí».
Con estas palabras Jesús daba a entender de qué modo iba a morir.
La gente le replicó: «Escuchamos la Ley y sabemos que el Mesías permanece para siempre. ¿Cómo dices tú que el Hijo del Hombre va a ser levantado? ¿Quién es ese Hijo del Hombre?».
Jesús les contestó: «Todavía por un poco más de tiempo estará la luz con ustedes. Caminen mientras tienen luz, no sea que les sorprenda la oscuridad. El que camina en la oscuridad no sabe adónde va. Mientras tengan la luz, crean en la luz y serán hijos de la luz».
Así habló Jesús; después se fue y ya no se dejó ver más.

Cercana ya su muerte, Jesús se ha sentido conmovido en su interior, pero se ha ratificado en su voluntad de aceptar esa hora crucial, la hora de su paso (pascua) de este mundo al Padre que lo ha enviado. Entonces, dice Juan, se oyó una voz venida del cielo: Lo he glorificado y lo volveré a glorificar (Jn 12, 27-28). Se enuncia el significado de la hora: consistirá en el juicio de este mundo, con la derrota del príncipe de este mundo, y culminará en la «elevación» de Jesús en la cruz. Se nos invita, pues, a penetrar en el significado salvador y universal de la cruz: Elevado por la fuerza del amor de Dios al mundo y por su propio amor, atrae consigo a todos los que ponen en Él su confianza y se dejan guiar por Él como la luz.

Ya Jesús había declarado por qué será juzgado el mundo que lo rechaza: porque la luz vino al mundo pero los hombres prefirieron la oscuridad a la luz, pues su conducta era mala. Así, pues, el juicio en el evangelio de Juan no coincide exactamente con la idea del juicio final, entendido como una discriminación entre los muertos buenos y malos. En el cuarto evangelio el «juicio» es siempre actual, porque es el resultado del rechazo de la luz que llevaría al ser humano a vivir eternamente con Dios.

Al mismo tiempo, el triunfo de Cristo trae consigo la derrota absoluta del príncipe de este mundo. Éste ya no tiene ningún poder sobre los que han puesto su confianza en Jesús. Es verdad que el misterio del mal todavía ha de desplegar su fuerza engañosa y homicida, y que va a tener su hora –la hora del poder de las tinieblas (Lc 22,53). Pero Jesús le pedirá al Padre que guarde a sus discípulos del Malo (17, 15) y su petición será escuchada. Por los méritos de la entrega de Jesús en la cruz, el Malo ya no tendrá poder alguno sobre los que han nacido de Dios por la fe (1 Jn 5, 18s), ya no es capaz de obligar a nadie a obrar como Él quiere.

Y yo, una vez que haya sido elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí. El ser elevado significa ser puesto en lo alto de la cruz, y también ser glorificado. Ya lo había intuido el profeta Isaías en su IV Cántico del Siervo sufriente de Yahvé: Será puesto arriba, elevado, exaltado... yo le concederé muchedumbres (Is 52, 13.15). La cruz deja de ser patíbulo infame y se convierte en trono del rey, lugar e instrumento de su exaltación. Desde ella, el Hijo inicia su subida al Padre y atrae a todos sin excluir a nadie. El amor que salva, gloria del Hijo único del Padre lleno de gracia y de verdad (Jn 1, 14), resplandece más que nunca con todo su poder redentor.

Pero los oyentes de Jesús no lo entienden. ¿Cómo dice que será levantado? No aceptan un Mesías que muere crucificado. No pueden entender que es en la cruz donde se revela el amor de Dios. Ellos esperan un Mesías, cuyo reino de justicia y de felicidad se realizará en Israel y no tendrá fin. Un Mesías que muere crucificado no tiene ningún sentido para ellos. Dios no puede realizar así sus promesas. Nuevamente Jesús corrige la imagen que los hombres se forman de Dios.

¿Qué quieres decir con eso de que el Hijo del hombre tiene que ser levantado? ¿Quién es ese Hijo del hombre?, preguntan, pero sin ninguna disponibilidad para creer. Cuando no se da una búsqueda sincera de la verdad, no hay forma de entenderse. Jesús no puede hacerse comprender. Se limita a repetir lo que ya tantas veces ha dicho, que Él ha venido como luz de la que hay que dejarse guiar confiadamente, y añade que esta luz que tienen delante poco después desaparecerá como el grano que cae en tierra y muere para dar fruto.

Nuevamente el contraste de luz y tiniebla. Jesús invita a caminar a la luz, es decir, a avanzar hacia la fe, acceder al amor que da sentido y dirección a la vida. Porque el que camina en la oscuridad no sabe a dónde se dirige. Así alcanza el ser humano la realización plena de su existencia. Llega a ser luz e hijo de la luz porque accede a la fuente de aguas vivas, el Espíritu. Lo mismo que el creyente puede convertirse en una fuente de agua viva que fluye hasta la vida eterna (4, 14; 7, 37s), así también puede hacer de su persona un referente, un testimonio vivo de la verdad que libera al mundo de toda maldad opresora y cambia los corazones de las personas.

martes, 2 de mayo de 2023

Mis ovejas escuchan mi voz (Jn 10, 22- 30)

 P. Carlos Cardó SJ

La puerta del rebaño, óleo sobre lienzo de Sybil Parker (1895), colección privada

Era invierno y en Jerusalén se celebraba la fiesta de la Dedicación del Templo.
Jesús se paseaba en el Templo, por el pórtico de Salomón, cuando los judíos lo rodearon y le dijeron: «¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo claramente».
Jesús les respondió: «Ya se lo he dicho, pero ustedes no creen. Las obras que hago en el nombre de mi Padre manifiestan quién soy yo, pero ustedes no creen porque no son ovejas mías. Mis ovejas escuchan mi voz y yo las conozco. Ellas me siguen, y yo les doy vida eterna. Nunca perecerán y nadie las arrebatará jamás de mi mano. Aquello que el Padre me ha dado es más fuerte que todo, y nadie puede arrebatarlo de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos una sola cosa.»

¿Cómo pudo amar Jesús con la solicitud y entrega tan plena que describe cuando habla de sí mismo como el buen pastor? La respuesta nos la da en su última frase: El Padre y yo somos uno. Aparte de las deducciones que podemos sacar sobre la unión esencial del Padre y el Hijo en la vida trinitaria, lo que esta frase nos dice es que si Jesús fue el hombre totalmente entregado a los demás, lo fue por su íntima unión con Dios, por su armonía plena de voluntades y comportamiento. Precisamente por estar unido a Dios, Jesús estaba unido a todos los hijos e hijas de Dios, su Padre.

Vivía en cada instante con la conciencia de ser amado, acogido y sostenido por Dios y esta confianza absoluta le hizo libre de sí mismo y libre de toda motivación egoísta, no sólo para no situarse ante los demás en actitud competitiva o dominadora, sino para amar sin buscar otro interés que el de servir y procurar para sus hermanos la mejor vida que podían vivir.

De su pertenencia a Dios brotó aquella apertura suya que lo llevaba a aceptar a todos por igual, a dejar que las personas fueran ellas mismas, a dar de lo que tenía y compartir su propio ser con los demás: con hombres, mujeres, niños y gente de toda condición, judíos y no judíos, sanos y enfermos, pobres y ricos, incluso con aquellos que eran tenidos por impuros y gente de mal vivir. (Mc 7,15; 2,16s; Lc 15, ls). El amor de Dios por nosotros se hizo realidad palpable en Él y Él se realizó a sí mismo como persona en ese mismo amor.

Por eso Jesús fue un hombre diferente: en su sensibilidad y compasión hacia el dolor de los demás, en su simpatía activa hacia ellos (cf. Mt 9,36; 15,32) y en su compromiso incansable en su favor. Al tratar con Él, los pobres se sentían partícipes de la buena nueva (Lc 4,18-21; Mt 11,4s), los necesitados se percibían objeto de la misericordia (Mt 25,31-45), los enfermos experimentaban la cercanía de Dios, los discriminados y oprimidos se beneficiaban de su solidaridad y amistad, se sentían aliviados y capaces de desarrollar el sentimiento de la propia valía (Mt 11,19 par; Mc 2,14-17).

Al verlo, los discípulos -y más tarde las comunidades cristianas- aprendieron a establecer relaciones nuevas entre sí y a ejercitarse en una convivencia sin violencia y en reconciliación (Mc 2,15-17; 3,18s; Mt 5,43-48 par). La solidaridad de Jesús crea relaciones, forja vínculos de unión y permite reconocer que las relaciones solidarias en justicia y amor constituían los deseos más profundos de su corazón.

Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Nada aleja a la gente de Jesús. Todos se sienten conocidos por dentro y comprendidos; el pastor no juzga, llama a cada oveja por su nombre y las acepta como son. Por eso lo siguen y se dejan guiar por sus enseñanzas en el quehacer diario. Esta solicitud por los suyos constituye la fuente de inspiración de sus seguidores, que se sienten llamados a adoptar su estilo de vida en el trato con los demás.

Yo les doy vida eterna y no perecerán para siempre, nadie me las podrá quitar. Si algo desea Jesús es que los suyos tengan vida en abundancia, una vida que nada ni nadie les pueda quitar. Todo el mundo anhela una vida plena, cargada de sentido, útil y fecunda, libre de amenazas, en una palabra: capaz de ser feliz siempre y no sólo hasta la muerte. Una vida así es la vida salvada, que sólo puede venirnos de Dios como el don por excelencia.

Ahora bien, Jesús nos hace ver que ese don es ya ahora una realidad ofrecida: quien cree en Él, es decir, quien hace propia la vida que Él nos muestra en su persona, experimenta la dicha de una existencia bien encaminada, con un valor de eternidad que Dios reconoce. No perecerán para siempre y nadie me los podrá quitar. El Padre es glorificado en esta vida que nos da con su Hijo. Y porque el Padre todopoderoso –que está por encima de todo lo creado– nos ha confiado a su Hijo, nada ni nadie podrá arrebatarnos de su mano. 

lunes, 1 de mayo de 2023

El Buen Pastor (Jn 10, 1-10)

 P. Carlos Cardó SJ

Ovejas, óleo sobre lienzo de Alberto Pla y Rubio (siglo XIX), colección privada, España

«En verdad les digo: El que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino que salta por algún otro lado, ése es un ladrón y un salteador. El que entra por la puerta es el pastor de las ovejas. El cuidador le abre y las ovejas escuchan su voz; llama por su nombre a cada una de sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas sus ovejas, empieza a caminar delante de ellas, y las ovejas lo siguen porque conocen su voz. A otro no lo seguirían, sino que huirían de él, porque no conocen la voz de los extraños».
Jesús usó esta comparación, pero ellos no comprendieron lo que les quería decir.
Jesús, pues, tomó de nuevo la palabra: En verdad les digo que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido eran ladrones y malhechores, y las ovejas no les hicieron caso. Yo soy la puerta: el que entre por mí estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará alimento. El ladrón sólo viene a robar, matar y destruir, mientras que yo he venido para que tengan vida y la tengan en plenitud».

La parábola del Buen Pastor condensa el modo de proceder de Jesús en su relación con los demás: en todo momento se esforzó por unir a las personas, hacerles sentir el amor de su Padre para que se trataran fraternalmente, por encima de toda diferencia natural, social o cultural. Su amor es universal, abarca también a las otras ovejas que no son de este redil. Y como el mismo evangelio de Juan señala más adelante, Jesús moriría por toda la nación y no solamente por la nación judía, sino para conseguir la unión de todos los hijos de  Dios que estaban dispersos (11,51s).

Ser pastor, para Jesús, consiste en manifestar el amor que Dios su Padre tiene a todos y a cada uno de los seres humanos, sin distinción, pero mostrando al mismo tiempo una especial solicitud por las ovejas débiles, por las perdidas y descarriadas. La parábola de la oveja perdida que traen los otros evangelistas (Mt 18,12-14; Lc 15,4-7) hace ver, precisamente, de qué manera, en el comportamiento de Jesús con los pobres, con los pecadores y con los excluidos, se refleja el deseo irrenunciable de Dios de salir en busca de lo que está perdido para que no se pierda ninguno de sus hijos e hijas. Este Dios expresa una gran alegría en el cielo cuando los descarriados y excluidos son integrados realmente y pueden vivir en la comunidad el amor que Él les tiene.

Vista en dimensión eclesial, la parábola del Pastor recuerda a la comunidad de los cristianos que tiene el deber de hacer visible el estilo de Dios como Jesús lo ha manifestado y subraya la responsabilidad de sus autoridades de promover la integración de los “pequeños”, es decir de los débiles. Jesús es el pastor que nunca lucra con el rebaño. Él conoce a sus ovejas y éstas lo conocen a Él y lo siguen, porque saben que está dispuesto a todo por ellas, incluso a dar su propia vida para que tengan vida.

La convivencia social necesita de personas que velen por los intereses de todos. No se les llama pastores, como en la antigüedad grecolatina, sino líderes, jefes, representantes y, mediante la ley, se les asignan y controlan los poderes que se les delegan. Estas personas saben bien que la autoridad les viene por delegación, que no hay otra forma válida de asumirla y que en su ejercicio debe primar siempre el derecho y la justicia. Lo contrario significa suplantar a la sociedad que los elige, disponer de las personas, decidir sin contar con ellas y aun contra ellas; en una palabra, llevar la sociedad por los trágicos caminos del autoritarismo y de la corrupción moral. La historia está llena de las tragedias que todo esto ha producido a lo largo de los siglos. Pero la sociedad no puede dejar de aspirar a contar con verdaderos servidores de la comunidad.

La visión fraterna, la actitud de servicio y el respeto son componentes esenciales de la vida cristiana; más aún, son la manera de vivir humanamente en sociedad. Los valores del evangelio nos hacen salir de la cultura de la violencia, de la ambición y del libertinaje, a la cultura de la paz, del respeto a todos y de la responsabilidad social solidaria.

Todos somos pastores, todos ejercemos alguna autoridad y disponemos, mandamos, enseñamos. Desde el padre y la madre de familia, hasta el empresario, el jefe de sección, el político, cualquiera que sea el nivel de cada uno, siempre ejercemos algún influjo en un círculo de personas. Jesús Pastor nos enseña a superar errores y hacer más humana nuestra vida. Hay que aprender de Él. Sus actitudes han de inspirar el ejercicio del servicio de autoridad que nos toca cumplir.