sábado, 8 de abril de 2023

“Ha resucitado y va por delante de vosotros a Galilea” (Mt 28,1-10)

P. Carlos Cardó SJ

La resurrección, óleo sobre lienzo de Pieter Lastman (1612), Museo Getty, Los Ángeles, Estados Unidos

Pasado el sábado, al aclarar el primer día de la semana, fueron María Magdalena y la otra María a visitar el sepulcro. De repente se produjo un violento temblor: el Angel del Señor bajó del cielo, se dirigió al sepulcro, hizo rodar la piedra de la entrada y se sentó sobre ella. Su aspecto era como el relámpago y sus ropas blancas como la nieve.
Al ver al Ángel, los guardias temblaron de miedo y se quedaron como muertos.
El Ángel dijo a las mujeres: «Ustedes no tienen por qué temer. Yo sé que buscan a Jesús, que fue crucificado. No está aquí, pues ha resucitado, tal como lo había anunciado. Vengan a ver el lugar donde lo habían puesto, pero vuelvan enseguida y digan a sus discípulos: Ha resucitado de entre los muertos y ya se les adelanta camino a Galilea. Allí lo verán ustedes. Con esto ya se lo dije todo».
Ellas se fueron al instante del sepulcro, con temor, pero con una alegría inmensa a la vez, y corrieron a llevar la noticia a los discípulos. En eso Jesús les salió al encuentro en el camino y les dijo: «Paz a ustedes». Las mujeres se acercaron, se abrazaron a sus pies y lo adoraron.
Jesús les dijo en seguida: «No tengan miedo. Vayan ahora y digan a mis hermanos que se dirijan a Galilea. Allí me verán».

Formamos parte de un pueblo con historia, una larga historia cargada de sentido. Tras el relato de la primera creación, del acontecimiento liberador del pueblo, y de las promesas de Dios por medio de sus profetas, hemos escuchado el relato del testimonio sobre la resurrección. “¡Ha resucitado!”

¡Alégrense! Nos dice el Resucitado, saliendo a nuestro encuentro. El mismo Jesús que habíamos visto crucificado y depositado en el sepulcro, ha vencido a la muerte y nos comunica su alegría.

Aconteció en la noche, sin testigos. El relato nos habla de las mujeres que van después al sepulcro. La tierra tiembla, como una parturienta, es el tránsito hacia una nueva creación. Pero en vez de una piedra que sella las sombras de la muerte, fulgura un resplandor celestial que invita a entrar en la tumba diciendo: “¡No está aquí!” el Jesús Crucificado.

La Palabra que anima a las mujeres a entrar, las impulsa también a anunciar a los discípulos que “¡Es verdad!”. Ha resucitado y los precederá en Galilea. Y mientras obedecen aquello que han oído, lo encuentran con alegría, lo abrazan, lo adoran. Pero el Señor, reconocido al fin, las envía nuevamente a sus hermanos; porque es ahí, justamente, en el ir hacia los otros, hacia el prójimo, donde se le encuentra.

“Vayan”, nos dice, con imperativo breve y tajante. La resurrección envía de nuevo a Cristo al mundo y manda a sus amigos ahora a encontrarse con Él en medio del mundo. Para encontrar al resucitado:

- es necesario ponerse en camino e ir a comunicar la buena noticia a los discípulos;

- es necesario volverse hacia donde Él se manifestará.

El lugar definitivo del Resucitado no está en los aledaños de la tumba, ni en el atrio del templo, ni en la ribera del Jordán, ni entre quienes comercian con la muerte. Regresen a sus labores, a sus familias, a su entorno, a su barrio, allí donde se encuentran los abatidos y los pobres, los que saben de las preferencias de Jesús.

No sabríamos que es la Pascua, ni tendríamos la experiencia de los testigos de la resurrección, si sólo quisiéramos recuperar el cadáver que nos dejaría encerrados en nuestro egoísmo, vencidos por la maldad y la injusticia de quienes han dado muerte a la Vida.

Muerte y Vida trabaron un singular combate y, muerto el que es la Vida, triunfante se levanta.

Proclamemos su Triunfo. Vivamos la alegría del Santo y Feliz Jesucristo. Digamos con las mujeres: Va por delante de nosotros, señalando el camino. “Lo verás en Galilea”, en todos esos lugares personales y sociales en los que Él quiere ser amado, seguido y servido.

“Alégrense... No tengan miedo”. La paz y la alegría son los signos inequívocos de la resurrección de Cristo, en la que hemos sido incluidos.

La vida atraviesa la muerte y empieza para nosotros una nueva vida.

viernes, 7 de abril de 2023

Viernes Santo – Pasión de N.S. Jesucristo según san Juan (Jn 18,1-19,42)

 P. Carlos Cardó SJ

Crucifixión, fresco de Altichiero de Zevio (1376 aprox.), Basílica de San Antonio de Padua, Verona, Italia

En aquel tiempo, salió Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, y entraron allí él y sus discípulos. Judas, el traidor, conocía también el sitio, porque Jesús se reunía a menudo allí con sus discípulos. Judas entonces, tomando la patrulla y unos guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos, entró allá con faroles, antorchas y armas. Jesús, sabiendo todo lo que venía sobre él, se adelantó y les dijo: «¿A quién buscan?».
Le contestaron: «A Jesús, el Nazareno».
Les dijo Jesús: «Yo soy».
Estaba también con ellos Judas, el traidor. Al decirles: «Yo soy», retrocedieron y cayeron a tierra. Les preguntó otra vez: «¿A quién buscan?».
Ellos dijeron: «A Jesús, el Nazareno».
Jesús contestó: «Les he dicho que soy yo. Si me buscan a mí, dejen marchar a éstos».
Y así se cumplió lo que había dicho: «No he perdido a ninguno de los que me diste». Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al criado del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Dijo entonces Jesús a Pedro: «Mete la espada en la vaina. El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?».
La patrulla, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, lo ataron y lo llevaron primero a Anás, porque era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año; era Caifás el que había dado a los judíos este consejo: «Conviene que muera un solo hombre por el pueblo». Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús. Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el palacio del sumo sacerdote, mientras Pedro se quedó fuera a la puerta. Salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló a la portera e hizo entrar a Pedro. La criada que hacía de portera dijo entonces a Pedro:
«¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?».
Él dijo: «No lo soy».
Los criados y los guardias habían encendido un brasero, porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos de pie, calentándose. El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de la doctrina. Jesús le contestó:
«Yo he hablado abiertamente al mundo; yo he enseñado continuamente en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas. ¿Por qué me interrogas a mí? Interroga a los que me han oído, de qué les he hablado. Ellos saben lo que he dicho yo».
Apenas dijo esto, uno de los guardias que estaban allí le dio una bofetada a Jesús, diciendo: «¿Así contestas al sumo sacerdote?».
Jesús respondió: «Si he faltado al hablar, muestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?».
Entonces Anás lo envió atado a Caifás, sumo sacerdote. Simón Pedro estaba en pie, calentándose, y le dijeron:
«¿No eres tú también de sus discípulos?».
Él lo negó, diciendo: «No lo soy».
Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro le cortó la oreja, le dijo: «¿No te he visto yo con él en el huerto?». Pedro volvió a negar, y enseguida cantó un gallo.
Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio. Era el amanecer, y ellos no entraron en el pretorio para no incurrir en impureza y poder así comer la Pascua. Salió Pilato adonde estaban ellos, y dijo:

«¿Qué acusación presentan contra este hombre?».
Le contestaron: «Si éste no fuera un malhechor, no te lo entregaríamos».
Pilato les dijo: «Llévenlo ustedes y júzguenlo según su ley».
Los judíos le dijeron: «No estamos autorizados para dar muerte a nadie».
Y así se cumplió lo que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir. Entró otra vez Pilato en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo:
«¿Eres tú el rey de los judíos?».
Jesús le contestó: «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?».
Pilato replicó: «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?».
Jesús le contestó: «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí».
Pilato le dijo: «Conque, ¿tú eres rey?».
Jesús le contestó: «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz».
Pilato le dijo: «Y, ¿qué es la verdad?».
Dicho esto, salió otra vez a donde estaban los judíos y les dijo: «Yo no encuentro en él ninguna culpa. Es costumbre entre ustedes que por Pascua ponga a uno en libertad. ¿Quieren que les suelte al rey de los judíos?».
Volvieron a gritar: «A ése no, a Barrabás».
El tal Barrabás era un bandido. Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar. Y los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le echaron por encima un manto color púrpura; y, acercándose a él, le decían: «¡Salve, rey de los judíos!». Y le daban bofetadas.
Pilato salió otra vez afuera y les dijo:
«Miren, lo saco afuera, para que sepan que no encuentro en él ninguna culpa».
Y salió Jesús afuera, llevando la corona de espinas y el manto color púrpura. Pilato les dijo: «Aquí lo tienen».
Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron: «¡Crucifícalo, crucifícalo!».
Pilato les dijo: «Llévenselo ustedes y crucifíquenlo, porque yo no encuentro culpa en él».
Los judíos le contestaron: «Nosotros tenemos una ley, y según esa ley tiene que morir, porque se ha declarado Hijo de Dios».
Cuando Pilato oyó estas palabras, se asustó aún más y, entrando otra vez en el pretorio, dijo a Jesús: «¿De dónde eres tú?».
Pero Jesús no le dio respuesta. Y Pilato le dijo: «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?».
Jesús le contestó: «No tendrías ninguna autoridad sobre mí, si no te la hubieran dado de lo alto. Por eso el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor».
Desde este momento Pilato trataba de soltarlo, pero los judíos gritaban: «Si sueltas a ése, no eres amigo del César. Todo el que se declara rey está contra el César».
Pilato entonces, al oír estas palabras, sacó afuera a Jesús y lo sentó en el tribunal, en el sitio que llaman "el Enlosado" (en hebreo Gábbata). Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia el mediodía. Y dijo Pilato a los judíos: «Aquí tienen a su rey».
Ellos gritaron: «¡Fuera, fuera; crucifícalo!»
Pilato les dijo: «¿A su rey voy a crucificar?».
Contestaron los sumos sacerdotes: «No tenemos más rey que al César».
Entonces se los entregó para que lo crucificaran. Tomaron a Jesús, y él, cargando con la cruz, salió al sitio llamado «de la Calavera» (que en hebreo se dice Gólgota), donde lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado, y en medio, Jesús. Y Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús, el Nazareno, el rey de los judíos.» Leyeron el letrero muchos judíos, porque estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús, y estaba escrito en hebreo, latín y griego.
Entonces los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato:
«No, escribas: "El rey de los judíos", sino: "Éste ha dicho: Soy el rey de los judíos"».
Pilato les contestó: «Lo escrito, escrito está».
Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo. Y se dijeron: «No la rasguemos, sino echemósla a suerte, a ver a quién le toca».
Así se cumplió la Escritura: «Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica». Esto hicieron los soldados.
Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre:
«Mujer, ahí tienes a tu hijo».
Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre».
Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa. Después de esto, sabiendo Jesús que todo había llegado a su término, para que se cumpliera la Escritura dijo: «Tengo sed».
Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: «Está cumplido». E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.
Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día solemne, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean.
Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: «No le quebrarán un hueso»; y en otro lugar la Escritura dice: «Mirarán al que atravesaron.»
Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo clandestino de Jesús por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mixtura de mirra y áloe. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo vendaron todo, con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.

El evangelista san Juan presenta la pasión de Jesús como la revelación del amor que triunfa sobre el mal del mundo y la muerte. En Jesús muerto en la cruz, la vieja humanidad, alejada de Dios por el pecado, muere y renace como una nueva humanidad, cuyo destino es el reino de Dios. Esta transformación acompaña toda la narración.

La traición y arresto de Jesús en el Huerto de los Olivos, las afrentas en casa del sacerdote Caifás y en el pretorio de Pilato, la tortura de la flagelación, la corona de espinas y el manto púrpura, la proclamación que hace de Él Pilato: ¡He ahí al Hombre!, Aquí tienen a su Rey!,  todos son preparativos de su entronización. En su cruz se ha escrito su título de rey.

Levantado en alto, se cumple lo que había dicho: Cuando sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí (Jn 12,32). De este modo la cruz, patíbulo infame, se convierte en el trono del Hijo de Dios, desde el que juzga y derrota a la maldad del mundo (cf. Jn 12,31). San Pablo dirá: Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (Rom 5, 20). Toda la injusticia y maldad del mundo se concentran para dar muerte al inocente. Todo el amor con que Dios y su Hijo aman al mundo llega hasta el extremo de aceptar este destino y vencer esa misma maldad con el perdón, la bondad y la misericordia.

Jesús convierte su muerte, de asesinato perverso, en ofrenda voluntaria de su cuerpo entregado y de su sangre derramada como la prueba suprema de cuánto es capaz de hacer Dios para que nadie se pierda, para que la maldad no triunfe en ninguno de sus hijos e hijas. Mirando la cruz no podemos dejar de ver ¡cuánto nos ama Dios!

La pasión y muerte de Jesús son el triunfo del amor. Por eso, Juan nos hace advertir la serie de pequeños y grandes ac­tos del amor misericordioso de Jesús que se suceden durante su pasión. Todo es don en la pasión y muerte del Señor: continúa preocupándose por los suyos y pide que lo arresten a Él solo, confía su madre al discípulo... Y, con la convicción de haber realizado plenamente la misión que el Padre le ha encomendado, inclina la cabeza y nos da el Espíritu.

Finalmente, de su costado traspasado por la lanza, sale sangre y agua, signos de la Iglesia ahí representada en el agua del bautismo y la sangre de la eucaristía. La sobreabundancia de mal es cambiada por el amor del Padre, por Jesús y con el Espíritu, en sobreabundancia de bien.

Se nos invita, pues, a contemplar la cruz del Señor y admirarnos del amor de Dios por la humanidad, por cada ser humano en concreto, por ti, por mí. Se nos invita a creer en el valor de la vida humana que ha sido amada por Dios hasta este punto. Se nos invita a mirar el Corazón traspasado de Cristo – Mirarán al que atravesaron para que sea Él quien marque la dirección y sentido del camino por donde se alcanza la vida verdadera: camino del amor que mueve a amar como somos amados. Así nos haremos fuertes para llevar nuestra cruz, como Jesús llevó la suya, para hacer de ella una ocasión recóndita de entrega y ofrecimiento.

Con estos sentimientos, adoremos la cruz salvadora. Contemplemos al Señor levantado a lo alto y supliquémosle que nos mire como miró a su bendita madre o al discípulo al que tanto quería y digámosle: 

«Acuérdate de mí, Señor, con misericordia, no recuerdes mis pecados, sino piensa en tu cruz; acuérdate del         amor con que me amaste hasta dar tu vida por mí; acuérdate en el último día de que durante mi vida yo sentí     tus sentimientos y compartí tus sufrimientos con mi propia cruz a tu lado. Acuérdate entonces de mí y haz que     yo ahora me acuerde de ti» (San John Henry Newman).

jueves, 6 de abril de 2023

Jueves Santo – La Cena del Señor (Jn 13, 1-15)

 P. Carlos Cardó SJ

Lavatorio de los pies, óleo sobre lienzo de Bernhard Strigel (1535 – 1540), Galería de Arte Estatal, Karlsruhe, Alemania

Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que le había llegado la hora de salir de este mundo para ir al Padre, como había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el extremo.
Estaban comiendo la cena y el diablo ya había depositado en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle.
Jesús, por su parte, sabía que el Padre había puesto todas las cosas en sus manos y que había salido de Dios y que a Dios volvía. Entonces se levantó de la mesa, se quitó el manto y se ató una toalla a la cintura. Echó agua en un recipiente y se puso a lavar los pies de los discípulos; y luego se los secaba con la toalla que se había atado.
Cuando llegó a Simón Pedro, éste le dijo: «¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?».
Jesús le contestó: «Tú no puedes comprender ahora lo que estoy haciendo. Lo comprenderás más tarde».
Pedro replicó: «Jamás me lavarás los pies».
Jesús le respondió: «Si no te lavo, no podrás tener parte conmigo».
Entonces Pedro le dijo: «Señor, lávame no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza».
Jesús le dijo: «El que se ha bañado, está completamente limpio y le basta lavarse los pies. Y ustedes están limpios, aunque no todos».
Jesús sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos ustedes están limpios».
Cuando terminó de lavarles los pies, se puso de nuevo el manto, volvió a la mesa y les dijo: «¿Comprenden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, siendo el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Yo les he dado ejemplo, y ustedes deben hacer como he hecho yo».

Celebramos hoy aquella misma Cena que el Señor, antes de padecer, quiso tener con sus amigos. Es la víspera de su pasión. Jesús entra en ella consciente y voluntariamente. Quiere hacer de su muerte en cruz la expresión máxima de su amor por nosotros: “Habiendo amado a lo suyos… los amó hasta el extremo”. Sabe que va a ser traicionado, abandonado y condenado injustamente a la muerte. Quiere anticipar estos acontecimientos en su Cena para preparar el ánimo de sus discípulos y recordarles que no vino a ser servido sino a servir y dar su vida. Por eso les lava los pies, en un gesto propio de esclavos que prefigura su muerte en la cruz. Por eso transforma la cena pascual judía en el don de su amor y en el sello de un nuevo pacto de Dios con nosotros, que nada podrá romper.

En la Cena que Jesús celebra con sus discípulos cambia los sacrificios que ofrecían los judíos –el cordero inmolado, los panes sin levadura, las hierbas amargas–, por la comida de su propio cuerpo con la sangre salvadora. En el simple acto de partir el pan y beber una copa de vino, y en las sencillas palabras: “Esto es mi cuerpo..., mi sangre”, se concentra todo lo que Jesús es y todo lo que nos da. Ahí está simbólicamente expresada la prueba máxima de su amor: el sacrificio de su vida y su glorificación.

La Iglesia, reunida allí en el Cenáculo, recibe este gesto del Señor como un mandato. “Hagan esto en memoria mía, dijo Jesús. Por eso, desde aquella noche los cristianos nos reunimos en la eucaristía, conscientes de que cada vez que comemos juntos el pan y bebemos la copa anunciamos la muerte del Señor, proclamamos su resurrección y expresamos nuestro anhelo más profundo: ¡Ven Señor, Jesús! La Iglesia sabe que la Eucaristía condensa todo lo que ella es y todo lo que ella cree; por eso, la Eucaristía es norma de vida del cristiano y de la comunidad.

Por todo esto no debemos olvidar que lo que Jesús hizo en su Última Cena no fue un simple rito, una ceremonia, una representación. No tiene sentido celebrar la eucaristía como un simple rito obligatorio, sin hacer de nuestra vida una memoria viva de su amor por nosotros. Toda la vida ha de hacerse “eucaristía”, comunión con Dios en Cristo y comunión entre nosotros, acción de gracias por los bienes que Dios nos da y que debemos repartir entre nosotros, servicio generoso regido por el mandamiento nuevo del amor. Esto es lo que nos mandó hacer Jesús cuando, después de lavar los pies de sus discípulos y después de partir el pan y ofrecer el cáliz, les dijo “¡Hagan esto!”.

En la Eucaristía, el mismo Jesús se nos da como alimento. Tomen, coman, esto es mi cuerpo. La comunión es un encuentro entre dos personas, es la asimilación de mi vida con la suya, mi transformación y configuración con Aquel que recibimos. Asimismo, el comulgar con Cristo es comulgar con todos sus miembros, de los que Él es la cabeza, es vivir el ideal al que tendían las primeras comunidades cristianas que, junto con el compartir un mismo pan y una misma copa, lo tenían todo en común y se unían entre sí formando solo corazón y una sola alma. Por eso no se puede separar lo que Jesús ha unido: el “sacramento del altar” y el “sacramento del hermano”. 

Jesús, el amigo que va a morir, se despide de sus seres queridos. Impresionan los sentimientos de Jesús al lavarles los pies a los discípulos e instituir la Eucaristía, las palabras que les dice, las recomendaciones últimas que les da y su oración por ellos. No quiere dejarlos tristes; les promete el Espíritu Consolador. No quiere dejarlos solos pues sabe que los expone a la tentación: les deja su cuerpo como alimento y como signo eficaz de su presencia real entre ellos: No es posible imaginar una unión mayor y más estrecha.

En esta noche santa hagamos nuestros los sentimientos que tuvo el Señor en su Cena y expresemos también nosotros nuestra acción de gracias.

“Gracias, Padre, por el pan que nos das.
Creador de todo, eres fuente de vida.
Padre Nuestro, tú alimentas a todas tus criaturas.
Te damos gracias porque, por medio de este pan y de este vino podemos asociarnos a tu obra creadora e imitar tu generosidad, compartiendo nuestro pan con nuestros hermanos más necesitados”.
“Gracias, Padre, porque por medio de este pan que recibimos, nosotros mismos nos convertiremos en pan para la vida del mundo.
Gracias por haberme dado la vida, que puedo transformar en una vida al servicio de los demás.
Gracias porque puedo establecer alianza contigo y con todos mis hermanos”.
“Somos muchos y recibimos un solo pan; un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un mismo pan”.
Cristo, maestro, ayúdanos a realizar tu deseo supremo: que seamos uno para que el mundo crea.
Para que sea efectiva la unidad, enséñanos, Jesús, a compartir generosamente los bienes espirituales y materiales en verdadero amor fraterno.
Fortalécenos en nuestra lucha por la justicia, en nuestro diario quehacer por superar tantas diferencias que humillan a nuestros hermanos pobres frente a los demás y contradicen el amor que decimos tenerte y la unidad en tu Iglesia.
Te adoramos en la Eucaristía, confesamos que en ella estás, conmoviendo nuestro corazón, cambiando nuestras actitudes, uniéndonos íntimamente a ti, hermano y Señor de todos. 

miércoles, 5 de abril de 2023

Cena pascual y anuncio de la traición (Mt 26, 14-25)

 P. Carlos Cardó SJ

Judas, óleo sobre lienzo de Nikolai Gé (1891), Galería Tretyakov, Moscú, Rusia

Entonces uno de los Doce, que se llamaba Judas Iscariote, se presentó a los jefes de los sacerdotes y les dijo: «¿Cuánto me darán si se lo entrego?»
Ellos prometieron darle treinta monedas de plata.
Y a partir de ese momento, Judas andaba buscando una oportunidad para entregárselo. El primer día de la Fiesta en que se comía el pan sin levadura, los discípulos se acercaron a Jesús y le dijeron: «¿Dónde quieres que preparemos la comida de la Pascua?».
Jesús contestó: «Vayan a la ciudad, a casa de tal hombre, y díganle: El Maestro te manda decir: Mi hora se acerca y quiero celebrar la Pascua con mis discípulos en tu casa».
Los discípulos hicieron tal como Jesús les había ordenado y prepararon la Pascua. Llegada la tarde, Jesús se sentó a la mesa con los Doce. Y mientras comían, les dijo: «En verdad les digo: uno de ustedes me va a traicionar.»
Se sintieron profundamente afligidos, y uno a uno comenzaron a preguntarle: «¿Seré yo, Señor?».
El contestó: «El que me va a entregar es uno de los que mojan su pan conmigo en el plato.
El Hijo del Hombre se va, como dicen las Escrituras, pero ¡pobre de aquel que entrega al Hijo del Hombre! ¡Sería mejor para él no haber nacido!».
Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó también: «¿Seré yo acaso, Maestro?»
 Jesús respondió: «Tú lo has dicho.»

Con la traición de Judas, uno de los más íntimos de Jesus, el evangelista Mateo acentúa la atroz oscuridad en que va a desarrollarse la historia de la pasión del Señor. Es verdad que deja constancia de que todo iba a suceder conforme lo había ya predicho Jesús y de acuerdo a un designio de Dios (26, ls); sabe también, cuando escribe su evangelio, que de la oscuridad de la pasión brotará la luz de la resurrección, (16, 21; 17,23; 20, 19), pero lo que nos narra mantiene todo el carácter enigmático, sobrecogedor y nunca dominable del todo que tuvieron los acontecimientos de la pasión y muerte del Señor para los primeros testigos.

Jesús había anunciado que el Hijo del hombre dentro de dos días iba a ser entregado e iba a sufrir muerte de cruz (26, 2). Ahora asegura que ha llegado ya «la hora» (26, 45s), «su tiempo». Habla de ello con toda conciencia, empeñándose a sí mismo, y como quien se ha determinado a dar cumplimiento a la obra que se le ha encomendado. No va pasivamente. El Hijo del hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por todos, había dicho claramente (Mt 20,28) Y en el evangelio de Juan es más enfático aún: A mí nadie me quita la vida, sino que yo la doy por mi propia voluntad. Tengo poder para darla y para recuperarla (Jn 10,18).

Este señorío personal y determinación con que procede Jesús se muestra también en la orden que da a continuación a sus discípulos para que preparen su cena pascual y en la forma como dispone de la casa de un desconocido de Jerusalén para celebrarla. Los discípulos obedecen. Consciente o inconscientemente, realizan lo propio del discípulo que es cumplir lo que el Maestro les dice o lo propio de los familiares de Jesús que es cumplir la voluntad de su Padre que está en los cielos (12, 50).

Al atardecer, se puso a la mesa con los Doce. Cae la noche del poder del mal y de la tiniebla. Y Jesús anuncia que uno de sus discípulos lo va a entregar. El clima se ensombrece aún más por el desánimo y la tristeza que embarga a los discípulos. Consternados, uno a uno le preguntan: ¿Acaso soy yo, Señor? Nunca han pensado una cosa así y, naturalmente esperan una respuesta negativa. Pero la situación es tan dramática que los ha puesto inseguros.

El cristiano puede identificar dentro de sí la inseguridad que sienten los discípulos y puede ver reflejadas en su pregunta sus propias inquietudes sobre la baja calidad de su relación con Jesús, sobre sus incoherencias y la posibilidad de traicionar al Señor por la inestable fragilidad de la naturaleza humana. No hay razón para identificarse con el Iscariote, pero es indudable que lo rodea. El ambiente sombrío habla de la realidad que nos cuesta admitir: el pecado del mundo que actúa en nosotros.

De ese mundo nos salva el Señor. Y quiere salvar a su discípulo. Es impresionante el modo como Jesús trata a Judas. No lo avergüenza, no profiere contra él insulto alguno ni lo censura abierta y drásticamente. Se limita simplemente a decirle: Tú lo has dicho. No es una expresión agresiva, es una afirmación confirmatoria que encierra tal vez una amonestación indulgente, como esperando que se arrepienta. Pero la distancia está trazada, la separación se ha consumado. El amor de Jesús por su discípulo no se contradice con la calificación del pecado de Judas. El Hijo del hombre se va, tal como está escrito de él, pero ¡ay de aquel que entrega al Hijo del hombre! ¡Más le valdría  no haber nacido!

Mateo, a diferencia de Juan, no dice si Judas salió inmediatamente de la sala, pero se supone. Volverá aparecer en el Huerto de los Olivos para entregar con un beso al Señor.