jueves, 4 de agosto de 2022

Anuncio de la pasión y reacción de Pedro (Mt 16, 13-23)

 P. Carlos Cardó SJ

Cristo entrega las llaves a Pedro, óleo sobre lienzo de Vincenzo Catena (1520 aprox.), Museo Nacional del Prado, Madrid, España

Jesús se fue a la región de Cesarea de Filipo. Estando allí, preguntó a sus discípulos: «Según el parecer de la gente, ¿quién soy yo? ¿Quién es el Hijo del Hombre?».
Respondieron: «Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros que eres Elías, o bien Jeremías o alguno de los profetas».
Jesús les preguntó: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?».
Pedro contestó: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo».
Jesús le replicó: «Feliz eres, Simón, porque esto no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos. Y ahora yo te digo: Tú eres Pedro (o sea Piedra), y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; los poderes de la muerte jamás la podrán vencer. 19.Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos: lo que ates en la tierra quedará atado en el Cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el Cielo».
Entonces Jesús les ordenó a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías. A partir de ese día, Jesucristo comenzó a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y que las autoridades judías, los sumos sacerdotes y los maestros de la Ley lo iban a hacer sufrir mucho. Que incluso debía ser muerto y que resucitaría al tercer día.
Pedro lo llevó aparte y se puso a reprenderlo: «¡Dios no lo permita, Señor! Nunca te sucederán tales cosas».
Pero Jesús se volvió y le dijo: «¡Pasa detrás de mí, Satanás! Tú me harías tropezar. Tus ambiciones no son las de Dios, sino las de los hombres».

Mientras suben a Jerusalén donde va a ser entregado, Jesús pregunta a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que soy yo? Ellos responden refiriendo las distintas opiniones que circulan: que es Juan Bautista vuelto a la vida, que es Elías, enviado a consagrar al Mesías (Mal 3, 23-24; Eclo 48, 10) y preparar el reino de  Dios (Mt 11, 14; Mc 9,11-12; cf. Mt 17, 10-11), o Jeremías, el profeta que quiso purificar la religión, o un profeta más.

¿Quién dicen ustedes que soy yo?, les dice. De lo que sientan en su corazón dependerá su fortaleza o debilidad para soportar el escándalo que va a significar su muerte en cruz.

Entonces Pedro toma la palabra y le contesta: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Estas palabras, con las que proclama que reconoce a Jesús como Mesías divino, no han podido nacer de su genial perspicacia; como los demás discípulos, él es un hombre sin mayor instrucción, un pobre pescador de Galilea. Sus palabras han sido fruto de una gracia especial. Por eso le dice Jesús: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque esto no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo.

Pedro tiene el germen de esa fe que irá madurando en él hasta que, vuelto de sus pruebas, sea capaz de confirmar a sus hermanos (cf. Lc 22, 31).  Por eso Jesús le dice: Tú serás llamado piedra, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, dándole como misión el servicio de la unidad, sobre la base de la conservación de la común fe revelada y el vínculo de la caridad.

Ahora ya todo cambia, Jesús puede manifestarles claramente el misterio de su persona y del destino que le aguarda. Él es el enviado del Padre, el Mesías Salvador, que entregará su vida por nosotros, será crucificado y resucitará por la fuerza de Dios su Padre.

Pero este padecer mucho remite a un misterio que se nos tiene que revelar. Tendrá que venir la luz de la Pascua para que los discípulos lleguen a entender que no es el sufrimiento por sí solo lo que salva, sino el amor y la confianza con que Jesús lo asume, haciendo presente a Dios en Él con todo el poder salvador de su amor. De este modo Jesús introduce el amor de Dios en toda situación humana de dolor, de pecado, de injusticia y de muerte para que en ella esté siempre presente en favor de los que sufren la fuerza del amor de Dios, que libera y salva. Los padecimientos y la muerte de Jesús hacen ver hasta qué extremos llega el amor que Dios nos tiene.

Un lenguaje así choca con la manera habitual de pensar de los hombres. Por eso, Pedro en particular no lo entiende. Ha reconocido a su señor como el Mesías, Hijo de Dios vivo, pero no ha sido capaz de incluir en su confesión de fe su aceptación del camino de cruz que Jesús debe recorrer. Por eso, con la misma impulsividad con que se lanzó a confesar, a nombre de todos, su fe en Jesús Mesías, ahora, llevando aparte a Jesús, comenzó a reprenderlo. Pero recibe de Jesús la más severa reprimenda: Ponte detrás, Satanás…, tú no piensas como Dios, sino como los hombres. Están los pensamientos de Dios y los pensamientos de los hombres; el discípulo preferido aún no ha dado el paso.

miércoles, 3 de agosto de 2022

La mujer pagana (Mt 15, 21-28)

P. Carlos Cardó SJ

Milagro de la mujer cananea, óleo sobre lienzo de autor anónimo (principios del siglo XVII), Museo de los Agustinos, Toulouse, Francia

Jesús se fue en dirección a las tierras de Tiro y Sidón.
Una mujer cananea, que llegaba de ese territorio, empezó a gritar: «¡Señor, hijo de David, ten compasión de mí! Mi hija está atormentada por un demonio».
Pero Jesús no le contestó ni una palabra. Entonces sus discípulos se acercaron y le dijeron: «Atiéndela, mira cómo grita detrás de nosotros».
Jesús contestó: «No he sido enviado sino a las ovejas perdidas del pueblo de Israel».
Pero la mujer se acercó a Jesús; y, puesta de rodillas, le decía: «¡Señor, ayúdame!»
Jesús le dijo: «No se debe echar a los perros el pan de los hijos».
La mujer contestó: «Es verdad, Señor, pero también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos»
Entonces Jesús le dijo: «Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla tu deseo».
Y en aquel momento quedó sana su hija."

Texto provocador. Jesús ha estado antes discutiendo sobre las tradiciones religiosas de los judíos y ha dejado sentado el principio de que la verdadera religión brota del corazón: Lo que entra por la boca no mancha al hombre… Lo que sale de la boca viene del corazón… y eso es lo que mancha. Ahora, en gesto provocador, se va a una región impura, a Tiro y Sidón, al sur del Líbano.

En el relato se destaca el diálogo de Jesús con una mujer pagana, cananea o sirofenicia. En la primera comunidad cristiana a la que escribe Mateo su evangelio, los de origen judío tenían dificultad para reconocer los derechos de los paganos a entrar por medio de la fe a formar parte del nuevo Israel.

Una gran carga de prejuicios étnicos pesaba sobre la conciencia de los judíos; muestra de ello era  llamar “perros” a los extranjeros. “Quien come con un idólatra es como quien come con un perro”, se lee en la Mishná, uno de los libros del Talmud, colección de enseñanzas rabínicas sobre leyes y tradiciones judías. El cristianismo derriba los muros de separación y prohíbe como ofensa grave a Dios toda forma de prejuicio y segregación de la índole que sea. Los judeocristianos han de recordar que su padre Abraham era un pagano que por la fe se hizo heredero de la promesa y padre del pueblo de Israel. Pablo dirá: Entiendan, pues, que los que viven de la fe, ésos son hijos de Abraham... reciben la bendición junto con Abraham, el creyente (Gal 3, 7.9).

El texto reconoce que la misión de Jesús tiene por primer destinatario a Israel, por ser el pueblo elegido para transmitir la promesa de salvación a todos las naciones. La mujer sirofenicia, junto con el centurión pagano, cuya fe atrajo de Jesús la salud para su criado, son el anticipo del ingreso de los no judíos a la Iglesia.

El diálogo entre Jesús y la sirofenicia es duro, dramático. Está redactado de tal modo que sobresalga la justicia de la mujer, que con su hija representa a todos los no judíos. La incomprensión que contiene la respuesta dura de Jesús contrasta con la fe de la mujer. Y es la fe la que hace intervenir el poder de Dios por encima de las barreras de separación que erigen los hombres entre ellos.

Hábilmente la mujer retuerce la imagen del pan de los hijos empleada por Jesús y la pone a su favor: hasta los perritos comen las migajas que caen... Los hijos no aceptan el pan; los extranjeros, en cambio, por su fe se sacian. En la multiplicación de los panes, Jesús ofreció el pan a los israelitas. Ahora, en el relato de la sirofenicia, el pan es para paganos. A todos se les da acceso al pan de los hijos, sea un creyente judío o uno venido del paganismo. Por eso, la respuesta de Jesús: Mujer, grande es tu fe. ¡Anda y que te suceda lo que pides! La mujer cree, sin siquiera pedir una prueba de que el favor le ha sido concedido. Por este gesto de la mujer Jesús anticipa la misión a los paganos, admitidos ya a la mesa, al pan.

Una persona extraña, una mujer, que no tiene derecho a estar en la comunidad, aparece comportándose mejor que aquellos que dicen ser miembros de la Iglesia y presumen de ser buenos cristianos. Dios no hace distinción de personas, sino que acepta a quien lo honra y obra rectamente sea de la nación que sea (Hech 10, 34s). Jesús no dice que los paganos (representados en aquella mujer) sean mejores que los judíos. Lo que Él alaba es la fe de una pagana. La sirofenicia no esgrime argumentos ni derechos ante Jesús, simplemente reconoce que Jesús es el Kyrios, el Señor, el Mesías, y esa fe es la que atrae para ella la gracia que desea alcanzar.

El texto contiene, pues, una clara llamada de atención contra los prejuicios, divisiones y exclusiones que pueden darse en todo grupo humano y, en particular, en la Iglesia, como ocurrió desde sus primeros tiempos.

Mirar con desconfianza a los que son diferentes, y excluir a los “sirofenicios” o “sirofenicias”, cualesquiera que sean, sin advertir lo positivo que pueden aportar y de hecho aportan, eso simplemente no es cristiano. Racismo, prejuicios religiosos, sociales, culturales o de género, odios nacionalistas, desprecio y exclusión por el nivel económico, todo eso atenta gravemente contra la unidad en la diversidad que debe haber en una sociedad verdaderamente humana y, obviamente, en la Iglesia. Y como cristianos, lo que nos toca reconocer es que la fe es el único título de pertenencia a la comunidad. Ella a todos iguala y congrega fraternalmente en la única mesa del Señor.

martes, 2 de agosto de 2022

La tempestad calmada (Mt 14, 22-36)

 P. Carlos Cardó SJ

Cristo camina sobre las aguas, óleo sobre lienzo de Phillip Otto Runge (1806), Galería de Arte de Hamburgo, Alemania

Inmediatamente después Jesús obligó a sus discípulos a que se embarcaran; debían llegar antes que él a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Jesús, pues, despidió a la gente, y luego subió al cerro para orar a solas. Cayó la noche, y él seguía allí solo.
La barca en tanto estaba ya muy lejos de tierra, y las olas le pegaban duramente, pues soplaba el viento en contra. Antes del amanecer, Jesús vino hacia ellos caminando sobre el mar.
Al verlo caminando sobre el mar, se asustaron y exclamaron: «¡Es un fantasma!» Y por el miedo se pusieron a gritar.
En seguida Jesús les dijo: «Animo, no teman, que soy yo».
Pedro contestó: «Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti caminando sobre el agua».
Jesús le dijo: «Ven».
Pedro bajó de la barca y empezó a caminar sobre las aguas en dirección a Jesús. Pero el viento seguía muy fuerte, tuvo miedo y comenzó a hundirse. Entonces gritó: «¡Señor, sálvame!».
Al instante Jesús extendió la mano y lo agarró, diciendo: «Hombre de poca fe, ¿por qué has vacilado?». Subieron a la barca y cesó el viento, y los que estaban en la barca se postraron ante él, diciendo: «¡Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios!».
Terminada la travesía, desembarcaron en Genesaret. Los hombres de aquel lugar reconocieron a Jesús y comunicaron la noticia por toda la región, así que le trajeron todos los enfermos. Le rogaban que los dejara tocar al menos el fleco de su manto, y todos los que lo tocaron quedaron totalmente sanos.

Después de la multiplicación de los panes (Mt 14,13-22), Jesús despide a la gente y ordena a sus discípulos que suban a una barca y crucen el lago, mientras Él se retira solo a un monte para orar. Se retiraba a menudo a rezar. Era consciente de que vivía en plena comunión con Dios, su Padre, pero sabía reservarse en medio de su actividad momentos determinados para estar a solas con Él.

El solo recuerdo de la importancia que daba Jesús a la oración en su vida personal debería bastarnos para dedicar nosotros también un tiempo diario a la oración, aunque andemos llenos de actividades y preocupaciones. La fe cristiana no es una ideología, ni una simple moral, sino una experiencia de amistad y amor que Dios ofrece y que debemos acoger y cultivar. Por medio de la oración, la fe irá dando coherencia y sentido a lo que somos y hacemos, irá configurando nuestro ser con el de Jesucristo.

Mientras Jesús ora, los discípulos reman trabajosamente en medio del “mar”, es ya noche y están solos. Sopla el viento y la barca es zarandeada por las olas todavía muy lejos del lugar a donde se dirigen. Se sienten suspendidos sobre las aguas que se los pueden tragar. Jesús les había hablado en una de sus parábolas del viento que es capaz de derrumbar una casa que no está bien construida (Mt 7, 27). Asimismo, en la Biblia, que ellos conocen, el mar representa el peligro más temible, el lugar en el actúan las fuerzas caóticas amenazadoras (Jn 1,4-16), el abismo donde habitan los monstruos feroces (Dn 7,2ss).

De madrugada Jesús va a su encuentro andando sobre el agua. Su silueta, apenas visible por la bruma, les parece un fantasma. Atemorizados, se ponen a gritar. Pero Jesús los tranquiliza: ¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo! La presencia de Jesús, sus palabras “YO SOY” y su exhortación a la confianza, evocarían en ellos escenas bíblicas de revelación de Dios (Ex 3,14; Dt 32,39; Is 43,10-12). Jesús aparecía ante ellos como su salvación.

Pedro, impetuoso como siempre, le pide llegar hasta Él caminando sobre el agua. Jesús se lo concede, pero un golpe de viento lo hace tambalear, comienza a hundirse y grita: Señor, sálvame. Jesús le dice: Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste? Subieron juntos a la barca, el viento amainó y todos se postraron ante Jesús confesando: Realmente eres Hijo de Dios.

El miedo paraliza y confunde. Es una experiencia que todos hemos tenido en mayor o menor grado. Aquí tiene un contenido eclesial, porque la barca de Pedro con los discípulos simboliza a la Iglesia. En ella nos puede sobrevenir el temor y la duda de fe cuando no podemos compaginar esas dos imágenes bíblicas de la Iglesia: la de la casa construida sobre roca, que sugiere estabilidad y seguridad, y la de la barca, que se mueve y navega no siempre por mares tranquilos sino encrespados, golpeada por los vientos. A veces en la Iglesia las cosas no son como deberían ser, y podemos olvidar que es la casa de Cristo, construida sobre roca, y la barca en la está siempre Jesús a pesar de las tormentas.

El relato hace referencia también al camino de la fe, en general, que no es un camino llano sino sembrado a veces de agitaciones, dudas y caídas. La duda está en medio entre la incredulidad y la fe. Y de una u otra forma todos pasamos por ella.

La experiencia de Pedro se reproduce igualmente en nuestro camino de fe. Como él, hemos oído el llamamiento del Señor y lo hemos seguido. Como él, confiando en la gracia del Señor hemos podido avanzar a pesar de obstáculos y dificultades. Pero como Pedro también sentimos a veces la necesidad de agarrarnos del Señor, o incluso la necesidad de implorar: ¡Señor, sálvame! Reconocemos que sólo el Señor puede librarnos y esta experiencia abre en nuestro interior el espacio para que su gracia actúe.

Jesús, que camina sobre las aguas, vencedor de todas las fuerzas del mal, está con nosotros en su palabra y en su pan. Pero lo podemos sentir como ausente o interpretar su presencia como si fuera un fantasma, y no nos fiamos de su palabra. Mantener el sentido de su presencia y confiar en Él es elevarse por encima de toda adversidad y superarla.

¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!, es el mensaje central de Jesús en este evangelio. Cualesquiera que sean los problemas, miedos y fantasmas que nos envuelvan hasta hacer tambalear nuestra fe, siempre nos llegan sus palabras de aliento: ¡Ánimo, Yo soy, no tengan miedo! Entonces tenemos que agarrarnos a Él. Y tenemos también que alargar la mano y ayudar a tantas personas que nos necesitan.

lunes, 1 de agosto de 2022

Multiplicación de los panes (Mt 14, 13-21)

P. Carlos Cardó SJ

Mosaico de autor anónimo representando la multiplicación de los panes y de los peces (siglo IV), iglesia Benedictina, donde según la tradición se produjo el milagro, Tabgha, Israel 

Jesús se alejó discretamente en una barca y fue a un lugar despoblado. Pero la gente lo supo y en seguida lo siguieron por tierra desde sus pueblos. Al desembarcar Jesús y encontrarse con tan gran gentío, se le conmovieron las entrañas y sanó a sus enfermos.
Cuando ya caía la tarde, sus discípulos se le acercaron, diciendo: «Estamos en un lugar despoblado, y ya ha pasado la hora. Despide a esta gente para que se vayan a las aldeas y se compren algo de comer».
Pero Jesús les dijo: «No tienen por qué irse; denles ustedes de comer».
Ellos respondieron: Aquí sólo tenemos cinco panes y dos pescados.
Jesús les dijo: «Tráiganmelos para acá».Y mandó a la gente que se sentara en el pasto. Tomó los cinco panes y los dos pescados,
levantó los ojos al cielo, los bendijo, los partió y se los dio a los discípulos para que los repartieran
. Y los discípulos los daban a la gente.
Todos comieron y se saciaron, y se recogieron los pedazos que sobraron: ¡doce canastos llenos! Los que habían comido eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños."

El pan es el símbolo con el que Jesús quiso identificarse en lo más característico de su persona y de su obra por nosotros: hombre para los demás, entrega su vida por la vida del mundo como pan de vida eterna. Al mismo tiempo, el pan es el alimento en nuestra vida temporal y la garantía del banquete eterno, que Dios nuestro Padre celebrará con nosotros cuando su reino se haya realizado plenamente.

Los primeros cristianos consideraron especialmente importante el pasaje de la multiplicación de los panes y, por la forma como lo redactaron, hicieron ver a través de él la importancia que tenía para ellos la Eucaristía, signo realizador de su unión con Cristo y de la unión que debía existir entre ellos. Por eso el texto emplea palabras de la Eucaristía. Jesús tomó los panes, levantó los ojos al cielo, los bendijo, los partió y se los dio a los discípulos para que los repartieran.

La comunidad tiene su centro en la Eucaristía. Vive del don de su Señor, ofrecido y recibido como el pan de vida. Vive también el anhelo del Señor de servir a los demás y ayudar a resolver el problema de la vida, significado en el hambre de la multitud: hambre de pan y de evangelio. Todo el ser de Jesús y su mensaje, todo lo que nosotros creemos y esperamos, se sintetiza en el gesto de compartir con los demás lo que uno tiene y lo que uno es. Eso significa partir juntos el pan.

El pan está hecho para ser compartido. Cuando el pan se acumula en pocas manos y se queda gente con hambre, ahí la celebración de la Eucaristía está incompleta. Por eso, cuando los primeros cristianos celebraban la Cena del Señor, hacían que en su única e indivisible celebración se efectuara la distribución de los bienes –para que no hubiera pobres entre ellos (Hech 4,32-35) – y el comer juntos el Cuerpo del Señor, pan de la unidad, que les hacía tener “un solo corazón y una sola alma” (Hech 4,32). Por eso, “no se puede separar el sacramento del Cuerpo de Cristo del sacramento del hermano” (Papa Benedicto XVI).

Mezclados entre la multitud hambrienta, mostrémonos dispuestos a recibir el pan que Jesús nos da manifiesta en el milagro de los panes. Y dejemos que Jesús nos señale el camino que debemos dar a nuestras vidas. Conmovido por el hambre de la gente, Jesús nos dirá: Denles ustedes de comer. No podemos decir como los discípulos: “que vayan y se compren” lo que necesitan para sobrevivir. En las palabras de Jesús hay un imperativo a sus discípulos de entonces y de ahora a identificarse con Él, que es cuerpo entregado, pan, alimento que se recibe y se comparte.

El relato tiene 3 escenas:

La primera escena es la presentación de Jesús misericordioso que, movido a compasión, toma la iniciativa para resolver el problema de la vida, representado en el hambre de la multitud. Al ver al gentío, se le conmovieron las entrañas. La misericordia es cualidad fundamental del ser de Dios, que es amor, amor de padre y de madre.

En la segunda escena, los discípulos piden a Jesús que despida a la gente para que se busquen qué comer. Ellos siguen pensando con la lógica del comprar y del poder. Jesús les ordena pasar a la lógica del compartir: que traigan lo que tienen. Y aunque los medios con que cuentan son insuficientes (no tenemos más que cinco panes y dos peces), Jesús se valdrá de ellos para que a nadie le falte.

En la tercera escena, Jesús toma los panes de la comunidad, hace que la comunidad participe. Pronuncia sobre ellos la bendición, es decir, hace que baje sobre el pan de la comunidad la gracia de Dios. Con ella, los bienes se transforman y readquieren la finalidad para la que el Creador los hizo, que es la de servir al sostenimiento de todos. Entonces, esos panes, ya dispuestos para ser compartidos, se los da Jesús a los discípulos para que los repartan. Pongamos lo nuestro a disposición de quien lo necesite y veremos que alcanza hasta sobrar: Con lo que sobró llenaron doce canastas.

Los primeros de la primitiva Iglesia partían el pan en las casas y repartían sus bienes para que a nadie le faltara nada y no hubiera pobres entre ellos. Ese ideal de la Eucaristía de los primeros cristianos, de comulgar en el ser mismo del Señor y manifestarlo en el amor fraterno y en el servicio a los demás es la dirección fundamental hacia la que han de apuntar nuestros trabajos, nuestro estilo de vida y nuestras decisiones.