viernes, 12 de marzo de 2021

El amor a Dios y al prójimo (Mc 12,28b-34)

P. Carlos Cardó SJ

Sin techo, óleo sobre lienzo de Thomas Benjamin Kennington (1890), Galería de Arte Bendigo, Australia

En aquel tiempo, uno de los escribas se acercó a Jesús y le preguntó: "¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?".

Jesús le respondió: "El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor; amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay ningún mandamiento mayor que éstos".

El escriba replicó: "Muy bien, Maestro. Tienes razón, cuando dices que el Señor es único y que no hay otro fuera de él, y amarlo con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios".

Jesús, viendo que había hablado muy sensatamente, le dijo: "No estás lejos del Reino de Dios". Y ya nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

Un maestro de la ley plantea a Jesús un asunto fundamental: cuál es el mandamiento principal que ha de regir al creyente. Esta pregunta dividía a las escuelas rabínicas pues para muchos, sobre todo para los fariseos, el primer mandamiento del amor a Dios se cumplía en el culto del sábado, que valía tanto como los demás mandamientos.

Jesús le responde como respondería un judío fiel, que lleva grabado en su corazón y recita cada mañana el “Schemá Israel”: Acuérdate, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas fuerzas. Y añade Jesús que el segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Ambos preceptos se encontraban ya en la Biblia, en el Deuteronomio (6,4-9) y en el Levítico (19,18b), respectivamente.

El primero confesaba la unicidad de Dios y la disposición a amarlo con todo el ser. El segundo, sobre el amor al prójimo, había quedado medio enterrado bajo la enorme cantidad de preceptos, ritos y tradiciones que contiene el libro del Levítico, como código de leyes sobre el culto.

Los dos amores –a Dios y al prójimo– son indisociables ya desde el Antiguo Testamento. Ambos son una misma realidad vista en sus dos dimensiones. Además Jesús, con su palabra y con sus actitudes, manifiesta que el amor, que es la esencia misma de Dios, se nos ha revelado y nos ha abrazado a todos, haciéndonos capaces de amar como somos amados.

Por eso dirá: Éste es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros como yo los he amado (Jn 15,12). El amor de Dios llega a nosotros en su Hijo y se traduce en nuestro amor al prójimo. Nuestra relación con Dios se ha de manifestar en nuestra relación con los demás. Y el amor al prójimo se ha de extender a la tarea de establecer las condiciones necesarias para una convivencia humana en la sociedad.

Por eso se puede decir que la respuesta de Jesús al escriba deja en claro que el amor a Dios (primer mandamiento) no conduce en primer lugar a las prácticas religiosas (el culto del sábado) sino al comportamiento, a los valores éticos que han de reflejarse en las relaciones humanas. De esta manera Jesús recoge y perfecciona la enseñanza de los profetas que, como Oseas, habían afirmado el primado del amor y la misericordia por encima del culto: Porque misericordia quiero y no sacrificios (Os 6,6),

En esto ha consistido la originalidad de Jesús: no sólo en haber unido los dos mandamientos, sino en habernos amado y enseñado a amarnos unos a otros con hechos y gestos concretos. Quien se acerca a su persona experimenta que Dios, amor y fuente del verdadero amor, lo ha amado a él personalmente de manera desinteresada, incondicional e irreversible y, por eso, siente que puede amar, cualesquiera que hayan sido las carencias o infortunios sufridos en su historia personal.

En Jesús se ha manifestado de tal manera la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor a todos los seres humanos (Tit 3, 4), que ya nada podrá separarnos de ese amor (Rom 8,35.39).

Santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein, filósofa judía asesinada en el campo de concentración de Auschwitz en 1942 y canonizada en 1998 por el Papa Juan Pablo II, dejó entre sus escritos esta categórica declaración:

“Si Dios está en nosotros y si Él es el Amor, no podemos hacer otra cosa que amar a nuestros hermanos. Nuestro amor a nuestros hermanos es también la medida de nuestro amor a Dios. Pero éste es diferente del amor humano natural. El amor natural nos vincula a tal o cual persona que nos es próxima por los lazos de sangre, por una semejanza de carácter o incluso por unos intereses comunes. Los demás son para nosotros “extraños”, “no nos conciernen”… Para el cristiano no hay “hombre extraño” alguno, y es ese hombre que está delante de nosotros quien tiene necesidad de nosotros, quien es precisamente nuestro prójimo; y da lo mismo que esté emparentado o no con nosotros, que lo “amemos” o dejemos de amarlo, que sea o no “moralmente digno” de nuestra ayuda”. (Edith Stein, filósofa crucificada, Sal Terrae, Santander 2000).)

jueves, 11 de marzo de 2021

Poder de expulsar demonios (Lc 11, 14-23)

 P. Carlos Cardó SJ

Jesús expulsando a los demonios, ilustración del Códex Hidta (siglo XI), Abadía de Meschede, Westfalia, Alemania

Otro día Jesús estaba expulsando un demonio: se trataba de un hombre mudo. Apenas salió el demonio, el mudo empezó a hablar y la gente quedó admirada.

Pero algunos de ellos dijeron: «Este echa a los demonios con el poder de Belzebú, jefe de los demonios». Y otros, para ponerlo a prueba, le pedían una señal que viniera del cielo.

Jesús, que conocía sus pensamientos, les dijo: «Una nación dividida corre a la ruina, y los partidos opuestos caen uno tras otro. Si Satanás también está dividido, ¿podrá mantenerse su reino? ¿Cómo se les ocurre decir que yo echo a los demonios invocando a Belzebú? Si yo echo los demonios con la ayuda de Belzebú, los amigos de ustedes, ¿con ayuda de quién los echan? Ellos apreciarán lo que ustedes acaban de decir. En cambio, si echo los demonios con el dedo de Dios, comprendan que el Reino de Dios ha llegado a ustedes. Cuando el Fuerte, bien armado, guarda su casa, todas sus cosas están seguras; pero si llega uno más fuerte y lo vence, le quitará las armas en que confiaba y distribuirá todo lo que tenía. El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama».

Los adversarios de Jesús le han visto liberar a un pobre hombre que había perdido el habla a causa de un espíritu malo y le acusan de emplear una fuerza demoniaca para realizar tales acciones. Pero estas acciones visibilizan la presencia del reino de Dios que Él anuncia e inicia y por eso no puede dejar de realizarlas.

La fuerza de Dios, que creó todas las cosas y reordena el mundo, actúa en Él para liberar a todos los oprimidos y llevar a plenitud su obra creadora en el mundo. Los profetas lo habían anunciado para los tiempos últimos fijados por Dios. Por eso, en la sinagoga de Nazaret, Jesús había reivindicado para sí la posesión de ese mismo Espíritu, que le consagraba y sostenía para la misión que el Padre le había encomendado: El Espíritu del Señor sobre mí me ha ungido para anunciar la buena noticia a los pobres y me ha enviado a anunciar la liberación de los cautivos… (Lc 4, 18; Is 61, 1s).

En su respuesta a la acusación que le hacen, hace ver que esos signos que realiza lo acreditan como el enviado plenipotenciario y definitivo de Dios, portador de su Espíritu. Por eso afirma: Si yo expulso los demonios con el poder del Espíritu de Dios… es que ha llegado a ustedes el reino de Dios.

En las expulsiones de demonios se concentra de la manera mas gráfica el poder de Dios que actúa en Jesús venciendo al mal. Hoy no se acepta sin más, como en aquel tiempo, la posibilidad de una presencia y de una acción maciza del demonio en el mundo y en las personas, y se sabe que, en general, se atribuían los males físicos a demonios (dáimones) o espíritus malignos. Concretamente, enfermedades que hoy llamaríamos psiquiátricas, y algunas orgánicas que se manifiestan con síntomas impresionantes, como convulsiones violentas y pérdida del conocimiento, eran vistas como el efecto o presencia de un factor numinoso o sobrenatural.

Sin embargo, debemos decir que estos textos no han perdido el valor profundo que tienen para nosotros hoy porque la intención que tuvieron los primeros testigos al consignarlos en los evangelios es hacernos ver que, en Cristo, los poderes temibles del mal y de la muerte han dejado ya de ser invencibles. Jesús exorciza, “desdemoniza” el mundo, libera a los hijos e hijas de Dios de todo demonio personal o social, de toda sumisión fatalista a las fuerzas de la división, injusticia, odio y perdición, sana la creación que ha sido dañada por la maldad humana y abre para todos el reino de Dios su Padre.

Jesús es el más fuerte que viene y vence. Su victoria está asegurada. El reino de Satanás no pude mantenerse en pie. Pero esta victoria todavía debe extenderse en el plano personal y abrazar la vida de cada uno. Hasta su derrota final, el mal sigue actuando en el mundo. Nuestra vida cristiana está siempre amenazada. Quien se sienta seguro, tenga cuidado de no caer, advierte Pablo (1 Cor 10,12). Por eso pedimos al Padre que no nos deje caer en la tentación y que siga librándonos del mal y del maligno.

La lucha contra el mal continúa y la podemos sostener porque nos conduce y fortalece el Espíritu que hemos recibido en el bautismo. Él nos hace vivir como hijos e hijas, capaces de llamar Abba a Dios, nos libra del temor y nos capacita para discernir cuáles son sus divinas inspiraciones y cuáles son las del enemigo.

miércoles, 10 de marzo de 2021

Una justicia superior (Mt 5, 17-19)

P. Carlos Cardó SJ

El juicio final, óleo y oro sobre roble de Stefan Lochner (1435 aprox.), Museo Wallraf-Richartz, Colonia, Alemania 

No crean que he venido a suprimir la Ley o los Profetas. He venido, no para deshacer, sino para llevar a la forma perfecta. En verdad les digo: mientras dure el cielo y la tierra, no pasará una letra o una coma de la Ley hasta que todo se realice. Por tanto, el que ignore el último de esos mandamientos y enseñe a los demás a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cielos. En cambio el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los Cielos.

Jesús no pretende abolir la ley mosaica, con cuyo cumplimiento los judíos demostraban su fidelidad al amor preferencial con que Dios había hecho de Israel su pueblo escogido. Lo que pretendía era llevarla a plenitud. Con el ejemplo de su vida y con su enseñanza, Jesús orientaba a sus oyentes hacía una observancia más sincera de las normas morales, liberándolos de la actitud farisaica, que se fijaba en lo secundario y exterior y dejaba de lado lo importante y lo que nace del corazón de las personas.

En este sentido, volvía más radical la ley con las exigencias propias del amor, que no oprimen sino liberan a la persona para que dé lo mejor de sí. Las palabras “dar cumplimiento”, del versículo 17, significan darle su forma nueva y definitiva en la perspectiva del espíritu del evangelio.

Las comunidades cristianas primitivas recordaron claramente que Jesús subordinó los numerosos preceptos de la Torá al precepto del amor. Vieron, asimismo, sobre todo Pablo, que la ley de Moisés no posee autoridad por sí misma, sino por Jesús. La ley es guía –preceptor o pedagogo– hacia Cristo (Gal 3,24), quien, por medio de su Espíritu infundido en nuestros corazones, nos impulsa a la justicia mayor del amor.

Los rabinos fariseos y los doctores de la ley habían inculcado en la gente la idea de que el cumplimiento de la ley mediante la práctica de las buenas obras hacía justa a la persona humana y le aseguraba la salvación. Sobre esta interpretación habían construido una moral rigorista, hecha de casuística sobre lo lícito y lo ilícito, lo puro y lo impuro, determinado por el cumplimiento o incumplimiento de los 350 preceptos en que habían desmenuzado la ley de Moisés.

Todo se volvía imprescindible para poder tener la seguridad de la salvación, hasta las tareas domésticas más ordinarias como lavar jarros y  platos. Jesús echa por tierra esta moral y propone otra, que brota de convicciones profundas, sobre la base de una relación amorosa y confiada con el Padre. Esta nueva moral orienta a la persona y le ayuda a discernir en todo la voluntad de Dios, que se expresa en sus preceptos –que ningún principio de moralidad, por “perfecto” que sea puede eludir–, pero que abre el horizonte de la generosidad propia del amor, materia del único y principal mandamiento que Él nos dejó. Obrando así, la práctica de la fe, que se define como seguimiento de Cristo, no lleva a sentirse agobiado y cansado por el peso de la ley, sino libre –como dice Pablo– para discernir en todo momento cuál es lo bueno, lo agradable a Dios y lo perfecto que se ha de buscar (Rom 12, 2).

El ejemplo de Jesús ilumina. Cumple la ley, como judío fiel que es y por su adhesión a la voluntad de su Padre, pero no duda en mostrarse libre frente a la materialidad de la ley para dar paso a las exigencias del amor: como en el caso de los enfermos que cura en día sábado, infringiendo a los ojos de los fariseos y escribas el precepto del descanso sabático, o cuando libera a sus discípulos de las exigencias tradicionales de las purificaciones y de los ayunos.

En los versículos siguientes de este capítulo 5 de Mateo se verá a Jesús atribuyéndose una autoridad que sólo de Dios le podía venir: la de modificar el núcleo mismo de la ley, los diez mandamientos, para superar el literalismo legal y enseñar a sus discípulos una justicia más elevada, que brota del interior de la persona y se manifiesta más en una actitud y un estilo de vida, que en un cumplimiento mecánico de normas.

Cuando Jesús dice: ¡No piensen que yo he venido a echar abajo la ley y los profetas! No he venido a echar abajo sino a dar cumplimiento, no propone un incremento cuantitativo de los preceptos de la Torá, sino una intensificación cualitativa –en términos de amor– que configura un estilo de vida ante Dios y el prójimo.

martes, 9 de marzo de 2021

La parábola del perdón (Mt 18, 21-35)

P. Carlos Cardó SJ

El sirviente despiadado, óleo sobre lienzo de Rembrandt Harmenszoon van Rijn (1660 aprox.), colección Wallace, Londres

Entonces Pedro se acercó con esta pregunta: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas de mi hermano? ¿Hasta siete veces?».

Jesús le contestó: «No te digo siete, sino setenta y siete veces».

«Aprendan algo sobre el Reino de los Cielos. Un rey había decidido arreglar cuentas con sus empleados, y para empezar, le trajeron a uno que le debía diez mil monedas de oro. Como el hombre no tenía con qué pagar, el rey ordenó que fuera vendido como esclavo, junto con su mujer, sus hijos y todo cuanto poseía, para así recobrar algo. El empleado, pues, se arrojó a los pies del rey, suplicándole: «Dame un poco de tiempo, y yo te lo pagaré todo». El rey se compadeció y lo dejó libre; más todavía, le perdonó la deuda. Pero apenas salió el empleado de la presencia del rey, se encontró con uno de sus compañeros que le debía cien monedas. Lo agarró del cuello y casi lo ahogaba, gritándole: «Págame lo que me debes». El compañero se echó a sus pies y le rogaba: «Dame un poco de tiempo, y yo te lo pagaré todo». Pero el otro no aceptó, sino que lo mandó a la cárcel hasta que le pagara toda la deuda. Los compañeros, testigos de esta escena, quedaron muy molestos y fueron a contárselo todo a su señor. Entonces el señor lo hizo llamar y le dijo: «Siervo miserable, yo te perdoné toda la deuda cuando me lo suplicaste. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero como yo tuve compasión de ti?». Y hasta tal punto se enojó el señor, que lo puso en manos de los verdugos, hasta que pagara toda la deuda».

Y Jesús añadió: «Lo mismo hará mi Padre Celestial con ustedes, a no ser que cada uno perdone de corazón a su hermano».

Jesús ha hablado del perdón y de la corrección fraterna, pero Pedro no quiere entender, pregunta hasta dónde tiene que mantener abierta la posibilidad de llegar a un acuerdo y busca un límite razonable al deber de perdonar. Parte del supuesto de que él es el agraviado y no tiene necesidad de perdón; como si hubiera dos varas de medir: una cuando me afecta a mí y otra cuando soy yo el que hiere y agravia. Hay que perdonar siempre, es la respuesta de Jesús. Y le propone una parábola.

La parábola contrapone la magnanimidad de un señor que perdona una deuda incalculable a un empleado, y la impiedad de éste que no perdona a un compañero una deuda pequeña. Diez mil talentos le han perdonado, pero es incapaz de perdonar cien denarios. Según el historiador Flavio Josefo (+ 101 d.C.) el talento valía diez mil denarios; luego pues diez mil talentos suman cien millones de denarios. Si se tiene en cuenta que el jornal de un obrero era un denario al día, aunque trabajase sin parar toda su vida, el empleado de la parábola no podría pagar la deuda.

Esta cifra tan desmesurada da una idea de lo que Dios ha hecho por nosotros. Nos creó por amor, nos dio todo lo que tenemos para que le sirvamos, reconociendo su amor y sirviendo a nuestros prójimos; nos alejamos de Él y de su voluntad, y corrimos el grave riesgo de sucumbir al poder del pecado y de la muerte, pero Él, en el colmo de su amor misericordioso, envió a su propio Hijo que cargó con nuestros pecados y nos reconcilió por su sangre derramada en la cruz. Así, pues, la deuda que tengo con Dios es mi propio ser, yo mismo soy la deuda que tengo contraída con Él. Pero más que deuda es un regalo, un don infinito que Él me ha dado sin calcular. Por consiguiente, el perdón que debo dar nace del perdón que he recibido.

Mucho queda por hacer para inculcar la importancia del perdón para la formación de una personalidad sana, condición básica para una convivencia humana en sociedad. Se piensa neciamente que el perdón es algo propio de débiles o una actitud puramente religiosa. Pero el perdón es necesario para vivir de una manera sana, para poder humanizar los conflictos y para romper con la espiral de la violencia. No es dejar de lado la justicia, no es echar tierra sobre la historia; es no tomarte la justicia por tu mano, no practicar la ley del talión.

El perdón no niega la realidad del mal cometido. Lo supone. Al mismo tiempo supone los sentimientos naturales de disgusto, enfado e indignación ante la injusticia, pero no da cabida al odio, al rencor y la venganza porque son instintos de muerte que dañan a quien se deja llevar por ellos y no construyen nada sino destruyen. Las relaciones humanas sólo se restablecen cuando se pone fin a la persistente amenaza, y esto sólo se obtiene con la reconciliación. El odio y la venganza, por el contrario, mantienen en el otro la voluntad de seguir haciéndonos daño, y la herida nunca cicatriza.

Pero es de justicia, se suele argüir. En efecto, lo es pero según la justicia vindicativa que se rige por la norma: quien la hace la paga. No según la justicia que Jesús enseña. Si no leemos mal su evangelio, no nos cabe sino aceptar que el cristiano ama a todos, incluso a su enemigo, se siente en deuda con todos porque es responsable de su hermano, a su adversario le debe reconciliación, al pequeño y al pobre solidaridad, al perdido el salir en su búsqueda, al culpable la corrección, al deudor la condonación de la deuda. Es la disparidad de la justicia divina, hecha de misericordia y amor. Es la justicia que lleva en definitiva a creer en la persona y en su capacidad de redención y de cambio, porque el otro es mi hermano, hijo del mismo Padre. Esta justicia nos hace ser misericordiosos como el Padre. Nos asemeja a Jesús, que no solo habló de perdón, sino que lo practicó y en la cruz oró por sus verdugos.

Formamos la comunidad de la Iglesia de Cristo no porque no cometamos errores o seamos incapaces de ofendernos mutuamente, sino porque somos perdonados y por eso nos perdonamos. Y aunque no hayamos tenido que hacer nunca un acto heroico de perdón y, con la ayuda de Dios, no tengamos que vernos en ese trance, siempre  podemos perdonar las humillaciones, decepciones, malentendidos, ingratitudes, abusos, que la vida ordinaria trae consigo. Por eso nos juntamos a rezar y decimos juntos como el Señor nos enseñó: perdónanos nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido.