lunes, 23 de diciembre de 2019

Nacimiento de Juan Bautista (Lc 1, 57-66)

P. Carlos Cardó SJ
El Nacimiento de San Juan el Bautista, fresco de Domenico Ghirlandaio (1486 - 1490), Capilla Tornabuoni, Santa María Novella, Florencia, Italia
Cuando le llegó a Isabel su día, dio a luz un hijo, y sus vecinos y parientes se alegraron con ella al enterarse de la misericordia tan grande que el Señor le había mostrado.Al octavo día vinieron para cumplir con el niño el rito de la circuncisión, y querían ponerle por nombre Zacarías, por llamarse así su padre.Pero la madre dijo: «No, se llamará Juan.»Los otros dijeron: «Pero si no hay nadie en tu familia que se llame así.»Preguntaron por señas al padre cómo quería que lo llamasen.Zacarías pidió una tablilla y escribió: «Su nombre es Juan», por lo que todos se quedaron extrañados.En ese mismo instante se le soltó la lengua y comenzó a alabar a Dios.Un santo temor se apoderó del vecindario, y estos acontecimientos se comentaban en toda la región montañosa de Judea.La gente que lo oía quedaba pensativa y decía: «¿Qué va a ser este niño?» Porque comprendían que la mano del Señor estaba con él.
Juan Bautista, figura clave del tiempo de Adviento, fue el hombre que recibió de Jesús el mayor de los elogios: «Yo les digo que, entre los hijos de mujer, no hay nadie mayor que Juan».
La narración de su nacimiento la hace San Lucas con pocas palabras, porque prefiere resaltar más la imposición de su nombre. Pero en esas pocas palabras, se expresa algo muy importante en la Biblia: la concepción y nacimiento de los personajes que van a tener una especial misión en la historia de Israel es un acontecimiento en el que Dios interviene. Esto se destaca de modo especial cuando la mujer que concibe es una estéril como Sara, esposa de Abraham y madre de Isaac (cf. Gen 16, 1; 17, 1), o como la esposa de Manoa, que concibió y dio a luz a Sansón (Cf. Jue 13, 2-5). Por esto, en el caso de Isabel, esposa estéril de Zacarías, los vecinos ven en su parto una acción de la misericordia y se alegran con ella.
Aparte de esto, es indudable que la antropología contenida en la Biblia considera la venida al mundo de toda persona humana no como un acontecimiento o fenómeno fortuito o puramente biológico. Cada nacimiento es un hecho querido por Dios, y responde siempre a un designio suyo de amor. “Tú formaste mis entrañas, me tejiste en el vientre de mi madre. Te doy gracias porque eres sublime y tus obras son prodigiosas” (Sal 139, 13-14).
El nombre Juan. En las culturas antiguas el nombre que se daba a las personas era siempre significativo. «Nomen est omen», (el nombre es presagio, pronóstico), decían los latinos; y para los hebreos el nombre señalaba algún atributo de Dios que en la vida del recién nacido se iba a manifestar, o el significado de la misión que le tocaba desempeñar al niño. «Su nombre es Juan» (Lc 1,63) dice Isabel y Zacarías lo confirma ante de los parientes maravillados, escribiéndolo en una tablilla.
El mismo Dios, por su ángel, había dado este nombre que significa «Dios es favorable». En la vida de Juan, Dios se mostrará favorable a su pueblo y a toda la humanidad. Pero no sólo en su vida: Dios siempre está en favor de todos sus hijos e hijas, en favor de toda vida humana aun antes de nacer. Mi propia vida, desde su concepción, demuestra que soy llamado por Él a la existencia. “El Señor me llamó desde el seno materno, desde las entrañas de mi madre pronunció mi nombre” (Is 49,1).
Juan nace con una misión que cumplirá cabalmente: vivirá dedicado a preparar la venida de Jesús Mesías. Como él, todos tenemos una misión que cumplir: la que nuestro Creador y Padre nos asigna aun antes de nacer. Ella confiere orientación y sentido a mi existencia. Percibida en mi interior como una llamada o atracción que aúna y orienta todos mis deseos, puedo libremente optar por ella como mi propio camino y elegir las actitudes que más me conduzcan a su cumplimiento, seguro de que en ello me juego mi realización personal y mi felicidad.

domingo, 22 de diciembre de 2019

IV Domingo de Adviento - Jesús nace de una madre virgen (Mt 1, 18-24)

P. Carlos Cardó SJ
Cristo vino al mundo de la siguiente manera: Estando María, su madre, desposada con José, y antes de que vivieran juntos, sucedió que ella, por obra del Espíritu Santo, estaba esperando un hijo.
José, su esposo, que era hombre justo, no queriendo ponerla en evidencia, pensó dejarla en secreto.Mientras pensaba en estas cosas, un ángel del Señor le dijo en sueños: "José, hijo de David, no dudes en recibir en tu casa a María, tu esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados".Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por boca del profeta Isaías: He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán el nombre de Emmanuel, que quiere decir Dios-con-nosotros.
Cuando José despertó de aquel sueño, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y recibió a su esposa.
Mateo explica la generación del Hijo de Dios, en la historia humana. Dios no puede ser hecho por el hombre, sólo puede ser esperado y acogido. De esto da ejemplo José, figura de todo hombre justo que se mantiene atento a su propio misterio personal y en él descubre y acoge el misterio de Dios; es ejemplo también de creyente que busca y acoge la voluntad de Dios en su vida aunque ésta contradiga sus puntos de vista.
Dice el evangelio que María estaba prometida a José, es decir, vivían el período del compromiso matrimonial, que duraba de seis meses a un año. La novia seguía viviendo con sus padres. Pero aquel compromiso exigía fidelidad; la infidelidad era adulterio y podía ser castigada.
Pues bien, resultó que (María) esperaba un hijo por acción del Espíritu Santo. Se subraya que José no interviene. No es José quien hace germinar en el seno de María al Hijo del Altísimo, eso sólo lo puede hacer Dios. Y la mayor obra que desde la creación del universo hizo Dios, la obra que ningún ser humano podía programar, ni pretender, la incorporación de Dios en la esfera humana, se realizó de la manera más simple y natural: Una joven resultó encinta, esperando un hijo. María concibe así al autor de la vida, engendra a quien la creó.
José, por su parte, atraviesa la prueba de la fe, como los grandes creyentes. No sabe cómo aceptar el plan de Dios que supera lo imaginable y siente la tentación de retirarse, decide sustraerse. Opta entonces por recurrir a la ley, que permite dar a la mujer un documento por el cual el marido alejaba y daba libertad a la mujer con la que no quería convivir, a fin de que pudiese casarse con otro y reincorporarse en la vida civil. Por respeto, no porque sospeche de ella, decide dejarla en secreto. No quiere para María un repudio público, como si fuese una adúltera. Y cavila en su interior, sin saber qué hacer, insatisfecho del recurso legal que ha pensado para salir del paso. Duerme intranquilo.
Entonces, un ángel del Señor se le apareció en un sueño. José es un hombre de corazón puro, de aquellos de quienes Jesús dirá: Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios (Mt 5,8). El hombre de corazón puro tiene a Dios dentro de sí y su palabra le habla en la profundidad de su ser. José lleva a Dios en su interior y su palabra le habla en el sueño, en la hondura de su ser profundo.
No temas aceptar a María, le dice su ángel de parte de Dios. “No temas” es la primera palabra de Dios al hombre. El miedo es contrario a la fe. No temas aceptar a la madre y al fruto bendito de su vientre. Quien  rechaza a la madre, rechaza también al hijo. Y no se puede rechazar el plan de Dios que incluye la mediación histórica de la mujer bendita entre las mujeres, para realizar su plan de salvación de la humanidad.
Le pondrás por nombre Jesús, ordena el ángel al pobre carpintero José. Va a tener que ponerle nombre al Innombrable. ¡El hombre le pone nombre a Dios! Adán afirmaba su soberanía sobre lo creado poniéndoles nombre a todas las cosas. Dios ha querido hacérsenos cercano y accesible, hasta dejar que le nombremos con su nombre: Jesús, Yahvé salva.
Así se cumplió lo que había anunciado el Señor por el profeta: La virgen concebirá y dará a luz un hijo, garantía de la fidelidad de Dios, que será llamado Dios-con-nosotros. Se insiste en la cercanía del Dios encarnado. Jesús es Dios que salva porque es  Dios con nosotros: siempre con nosotros en relación de unión que hace posible el tú a tú, él conmigo y yo con él; Dios junto a nosotros para darnos su fuerza, en su compañía siempre. Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28), nos dirá.
José aceptó el mandato del ángel y recibió a su esposa. Esta es la gloria de San José. Padre adoptivo es ser padre por decisión libre y amorosa. El padre adoptivo sostiene y protege al niño, lo educa con ternura y firmeza, le proporciona los medios de que requiere para crecer en todas sus facultades. Y eso son años y años de dedicación, de donación generosa y olvido propio para que el hijo se valga por sí mismo.
Eso es José para Jesús, eso hizo por Jesús, y por eso lo alabamos junto a María. En un país como el nuestro, en el que la paternidad, por tanto descuido, irresponsabilidad y traición, está a veces tan venida a menos, la figura de José puede mover a los jóvenes a desear vivirla y ejercerla como una de las más sublimes realizaciones del ser humano y a aceptar el don de la vida, como un misterio que los trasciende y sobrepasa, pero que no deben temer si lo aceptan con amor, porque el amor desecha el temor. Un hijo es un misterio que se acoge como un regalo y se cuida con plena responsabilidad.

sábado, 21 de diciembre de 2019

La Visitación de María a Isabel (Lc 1, 39-45)

P. Carlos Cardó SJ
Visitación, óleo sobre lienzo de Pellegrino Tibaldi (siglo XVI), Palacio Nacional de Urbino, Las Marcas, Italia
En aquellos días, María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea y, entrando en la casa de Zacarías, saludó a Isabel.En cuanto ésta oyó el saludo de María, la criatura saltó en su seno.Entonces Isabel quedó llena del Espíritu Santo y, levantando la voz, exclamó: "¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a verme? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno. Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor".
El Evangelio nos habla de la visita de María a su pariente Isabel. San Lucas, que escribe a cristianos no judíos, provenientes del paganismo, quiere con este pasaje darles a conocer el significado que tiene Israel en la historia de la salvación. Para ello, hace que los personajes del relato tengan un carácter de símbolo de la relación que tiene el Antiguo Testamento con el Nuevo Testamento.
Por medio de María, la mujer obediente a la Palabra, Dios visita a su pueblo y hace que su pueblo, simbolizado en Isabel y en el hijo que lleva en su seno, lo reconozca. Llega así a su fin la larga espera de dos mil años: Israel ve cumplidos sus anhelos, Dios se demuestra fiel a su promesa. María viene a Isabel llevando en su seno al Eterno, al esperado de las naciones. Isabel y María se saludan, promesa y cumplimiento se besan. Con la venida de Cristo, Salvador definitivo de la humanidad, Dios y la humanidad se unen. Israel (Isabel) y María (la Iglesia) se encuentran, Dios en María viene a visitar a su pueblo y en él a toda la humanidad. 
Desde otra perspectiva, se ven en el pasaje de la visitación las dos actitudes más características de María, que la hacen ser figura y madre de la Iglesia: su actitud de servicio y su actitud de fe. Dice el texto de Lucas que María “va de prisa”, movida por la caridad, para ofrecer a Isabel la ayuda que en esos casos necesita una mujer en avanzado estado de gravidez, y para compartir con ella la alegría que cada una, a su modo, ha tenido de la grandeza de Dios. María se pone en camino con prontitud; no va a comprobar las palabras del ángel, ella cree en lo que se le ha dicho sobre Isabel. Va a ayudar. Y el servicio que María aporta a Isabel integra el anuncio de Jesús, comporta la salvación prometida. María lleva a casa de Isabel la presencia salvífica de Jesús: “Isabel quedó llena del Espíritu Santo” y “el niño que llevaba en su seno saltó de gozo”.
“Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre”, es el saludo de Isabel a María.  “Bendita entre las mujeres” era el saludo de Israel a las grandes mujeres de su historia, de las que hablan los libros de Jueces, c. 4, y de Judit, c.13, que jugaron un gran papel en la victoria de Israel sobre sus enemigos. María, con su obediencia a la Palabra, contribuye a la victoria sobre el enemigo de la humanidad: lleva en su seno al fruto de la descendencia de Eva, que pisotea la cabeza de la serpiente, como estaba predicho en el relato del Génesis (cap. 3).
En su respuesta, Isabel proclama a María: ¡Bienaventurada tú, que has creído!”. Es la primera bienaventuranza del Evangelio, que Jesús confirmará después, cuando diga: “¡Bienaventurados los que oyen la palabra de Dios y la llevan a cumplimiento!”. “Éstos son mi madre y mis hermanos, los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen”.
Pocos títulos atribuidos a María expresan mejor que éste la función tan excepcional que le tocó desempeñar dentro del plan de salvación realizado en su Hijo Jesucristo. “Porque, si la maternidad de María es causa de su felicidad, la fe es causa de su maternidad divina” (Teilhard de Chardin).
Lucas recalca aquí que María es dichosa por fiarse plenamente de Dios, actitud básica de la fe verdadera. Se valora el testimonio de una mujer creyente, “modelo”, “referente” para hombres y mujeres. María es la creyente, la que escucha la palabra de Dios y la lleva a cumplimiento. Por eso, la llena de gracia, Madre del Salvador, es también Madre y figura de la Iglesia, comunidad de los creyentes.
Desde la anunciación, María vive inmersa en el misterio de Dios. En la Encarnación María inicia un camino de fe y, a partir de ahí, toda su vida será un caminar en la “obediencia de la fe”. Abrahán, nuestro padre en la fe, creyó y esperó contra toda esperanza. María, nuestra madre, creyó y esperó contra toda apariencia. Creyó a la palabra que el ángel le había revelado: “concebirás y darás a luz…, será grande, será Hijo del Altísimo... heredará el trono de David su Padre”. Esperó contra la apariencia: incluso al ver que el Hijo del Altísimo habría de nacer en un establo “porque no hubo para ellos lugar en la posada”. Cuando llegue la hora del parto, cuando tenga en sus brazos al fruto bendito de su vientre, todavía María continuará en el camino de fe, inmersa en el misterio de la voluntad del Padre.
La fe y el servicio que María demuestra en su visita a Isabel han de ser, pues, las actitudes con que esperemos la venida ya próxima de su Hijo. Así, la navidad será en verdad la fiesta de la alegría y de la unión porque la viviremos tal cual es: como la aparición de la bondad de Dios y su amor a nosotros (Tito 3, 4).

viernes, 20 de diciembre de 2019

Encarnación (Lc 1, 26-38)

P. Carlos Cardó SJ
Anunciación, óleo sobre lienzo de Filipino Lippi (1490 – 1496), Museo del Hermitage, San Petersburgo, Rusia
En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de la estirpe de David, llamado José. La virgen se llamaba María.Entró el ángel a donde ella estaba y le dijo: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo".Al oír estas palabras, ella se preocupó mucho y se preguntaba qué querría decir semejante saludo.El ángel le dijo: "No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios. Vas a concebir y a dar a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y él reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reinado no tendrá fin".María le dijo entonces al ángel: "¿Cómo podrá ser esto, puesto que yo no conozco varón?".El ángel le contestó: "El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso, el Santo, que va a nacer de ti, será llamado Hijo de Dios. Ahí tienes a tu parienta Isabel, que a pesar de su vejez, ha concebido un hijo y ya va en el sexto mes la que llamaban estéril, porque no hay nada imposible para Dios".María contestó: "Yo soy la esclava del Señor; cúmplase en mí lo que me has dicho".Y el ángel se retiró de su presencia.
Adviento nos presenta la figura de María como la Virgen fiel, atenta a la Palabra de Dios que se encarna en su seno. Ella es modelo de oración, vigilancia y espera, actitudes que se nos piden en adviento. Hay, pues, motivos muy válidos para la admiración, gratitud y amor que profesamos a la Madre de Dios. Ella nos ayuda con su ejemplo y su intercesión a acoger a su Hijo que viene a nosotros. Ella nos pone con Él.
Para toda mujer, el nacimiento de su hijo supone una fiesta extraordinaria, que cambia su vida para siempre; pero la espera del hijo es un tiempo excepcional, en el que se genera entre la madre y su hijo una intimidad verdaderamente indisociable. Por eso, si la navidad es la fiesta que exalta la maternidad de María, el adviento exalta la fe con que María acepta su vocación de madre del Redentor.
El texto de Lucas sobre la anunciación a María (Lc 1,26-38) refleja la alegría de Dios en su encuentro, por medio del ángel, con María, la llena de gracia…, bendita entre todas las mujeres. Y esta alegría que Dios le transmite abre la espera de la virgen madre. En María, la humanidad acoge el ofrecimiento de salvación hecho por Dios. Dios ha hallado una madre que le haga nacer entre nosotros.
Todo en María ha sido predestinado por Dios con vistas al cumplimiento de su voluntad de revelarse a la humanidad y salvarla enviando a su Hijo al mundo. Dios ha querido encontrarse con ella desde su eternidad. El sueño de Dios en favor de sus hijos puede al fin realizarse. Y Dios viene, se incorpora en nuestra historia, sella su alianza con nosotros para siempre.
María acoge el plan de Dios con la actitud de obediencia propia de la fe. Pero esta obediencia lleva primero a remontar las dificultades del creer. María, como los grandes creyentes de la historia, no teme expresar ante su Dios su propio sentimiento de incapacidad frente al designio divino que trasciende toda humana razón: ¿cómo podrá ser esto si no tengo relación con ningún varón?
Y en virtud de esa misma fe confiada que le hace al mismo tiempo referir toda su existencia al Dios que todo lo puede, no duda en responder al anuncio: Hágase en mí lo que has dicho. En su respuesta halla eco el Hágase divino, por el que fueron creadas todas las cosas. Su acogida de la gracia anuncia la nueva creación. María pone a disposición del Padre su cuerpo virginal, para que su Hijo pueda tener un cuerpo humano por obra del Espíritu Santo, y se convierta en hermano nuestro. Lo imposible se hace posible. Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
En la Encarnación, María inicia un camino de fe y ya toda su vida será un caminar en la “obediencia de la fe”, un continuo adviento de esperanza en el silencio de la oración, en la oscuridad de la fe, en la sorpresa del misterio de Dios. María conservaba todas estas cosas en su corazón.
El espíritu propio del adviento nos lleva, pues, a considerar la fe, esperanza y amor con que la Virgen Madre esperó a su Hijo. Como ella nos sentimos movidos a prepararnos, “vigilantes en la oración y… alegres en la alabanza”, para salir al encuentro del Salvador que viene, a no hacer resistencia a su venida aunque venga a cambiarnos, aunque cambie nuestros planes. Con María nos fiamos de Dios y decimos: Hágase en mí según tu palabra.