domingo, 4 de marzo de 2018

Homilía del III Domingo de Cuaresma - Jesús y el templo (Jn 2, 13-25)


P. Carlos Cardó SJ

 
Cristo expulsando a los comerciantes del templo, óleo sobre lienzo de Domenikos Theotokópoulos “El Greco” (1600 aprox.), Galería Nacional de Londres
Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas. Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: "Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio".
Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: El celo por tu Casa me consumirá.  Entonces los judíos le preguntaron: "¿Qué signo nos das para obrar así?". 
Jesús les respondió: "Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar". 
Los judíos le dijeron: "Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?".
Pero él se refería al templo de su cuerpo. 
Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado.
Mientras estaba en Jerusalén, durante la fiesta de Pascua, muchos creyeron en su Nombre al ver los signos que realizaba. Pero Jesús no se fiaba de ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba que lo informaran acerca de nadie: él sabía lo que hay en el interior del hombre.
El templo era el principal lugar del culto judío, que tenía como centro la celebración anual de la Pascua con el sacrificio del cordero. Miles de corderos se inmolaban en el atrio del templo; se quemaba la grasa y la carne se dividía: una parte se llevaba a las casas para la comida pascual y otra se destinaba al santuario para ser vendida por los sacerdotes. Además, como los corderos tenían que ser puros, el templo garantizaba su pureza suministrando sus propios animales a un precio más caro.
Aparte de esto, todo israelita tenía que pagar al templo un impuesto de medio siclo de plata (Neh 10,33-35; Mt 17,23.24) en moneda nacional, no extranjera (considerada impura), para lo cual se habían instalado innumerables mesas de cambistas. Con el correr del tiempo, el templo se enriqueció: tenía campos, rebaños, carnicerías, curtiembres y talleres de hilados y confecciones de lana, con cientos de trabajadores. Llegó a ser una poderosa empresa administrada por los sacerdotes, que amasaron grandes fortunas con aquel negocio sucio.
Nadie criticaba esa corrupción: ni los nacionalistas celotes que veían el templo como el símbolo de la nación; ni los fariseos que exigían el cumplimiento de las leyes, ni los intelectuales escribas que las interpretaban, ni los ricos saduceos que se habían apoderado de la función sacerdotal.
Jesús no se deja impresionar por la riqueza y poder de aquella institución. Su conciencia crítica lo lleva a desenmascarar aquella perversión. Su gesto no es un simple arrebato de ira, sino que expresa la actitud valiente de los grandes profetas (Amós, Miqueas, Isaías, Jeremías) que habían denunciado la injusticia y dado su vida por la defensa de la verdadera religión.
Expulsando a los mercaderes, Jesús reprueba aquella corrupción abominable que consiste en usar la religión para obtener ganancias y oprimir a la gente. El templo, el mundo de lo religioso, no puede dividir a la gente, generando privilegios y poderes indefendibles.
El gesto de Jesús va acompañado de un anuncio: Destruyan el templo y en tres días lo construiré. Los judíos, tomando la frase al pie de la letra y aplicándola al templo de piedra, la usarán como la acusación formal para conseguir la sentencia de muerte contra Jesús. Los discípulos, por su parte, sólo la entenderán en la mañana de Pascua. Se acordaron de lo que había dicho, y creyeron..., es decir, que el edificio del templo podía caer (como de hecho ocurrió con la destrucción de Jerusalén por las tropas de Tito el año 70), pero que el cuerpo de Jesús, destruido en la cruz por el pecado del mundo, sería resucitado y levantado a lo alto por Dios, como el templo nuevo de su presencia continua en su pueblo, el santuario de la adoración en espíritu y en verdad (de que habló Jesús a la Samaritana – cf.  Jn 4,23), la perfecta “casa del Padre”.
Así mismo, el templo de Dios somos nosotros también. ¿No saben –dice san Pablo– que son templos de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él, porque el templo de Dios es santo y ese templo son ustedes (1 Cor 3,16). El mismo Pablo considera la vida cristiana como una construcción, cuya piedra fundamental es Cristo, que crece hasta formar un templo consagrado al Señor, del que formamos parte por medio del Espíritu (Cf. Ef 2,19-22) para ser morada de Dios.
El pecado y el mal de este mundo destruyen el templo santo que es la persona humana. Con nuestros desórdenes personales, llenamos el templo –que somos nosotros– con otros dioses, objetos de nuestro interés, que son indignos del lugar santo; convertimos nuestro templo en un lugar de comercio. El Señor viene y limpia, recupera y rehace.
San Pedro en su primera carta da un contenido comunitario a la imagen del templo y dice: ustedes como piedras vivas, van construyendo un templo espiritual dedicado a un sacerdocio santo, para ofrecer, por medio de Jesucristo, sacrificios espirituales agradables a Dios (1 Pe 2,4-5). 
La comunidad eclesial es “el nuevo templo”. En él, la ofrenda de nuestras vidas entregadas a la causa de Jesús y su Reino es el sacrificio espiritual agradable a Dios. En este templo, además, todos somos necesarios, como son necesarias todas las piedras del edificio. Formamos una unidad por encima de raza, lengua, o nación. No hay poderes sino servicios diversos, carismas y dones que Dios distribuye para que actúen en comunión y se pongan a disposición de los demás, a fin de constituir un cuerpo en el que no haya ninguna división.

sábado, 3 de marzo de 2018

El hijo pródigo (Lc 15, 1-32)


P. Carlos Cardó SJ
El regreso del hijo pródigo, óleo sobre lienzo de Michel-Martin Drölling (1806), Museo de Bellas Artes de Estrasburgo, Francia
Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: "Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos". Jesús les dijo entonces esta parábola: "Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo a su padre: 'Padre, dame la parte de herencia que me corresponde'. Y el padre les repartió sus bienes. Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida licenciosa. Ya había gastado todo, cuando sobrevino mucha miseria en aquel país, y comenzó a sufrir privaciones. Entonces se puso al servicio de uno de los habitantes de esa región, que lo envió a su campo para cuidar cerdos. El hubiera deseado calmar su hambre con las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba. Entonces recapacitó y dijo: '¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre! Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros'. Entonces partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente; corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó.
El joven le dijo: 'Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; no merezco ser llamado hijo tuyo'. Pero el padre dijo a sus servidores: 'Traigan en seguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado'. Y comenzó la fiesta. El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, ya cerca de la casa, oyó la música y los coros que acompañaban la danza. Y llamando a uno de los sirvientes, le preguntó que significaba eso. El le respondió: 'Tu hermano ha regresado, y tu padre hizo matar el ternero engordado, porque lo ha recobrado sano y salvo'. El se enojó y no quiso entrar. Su padre salió para rogarle que entrara, pero él le respondió: 'Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos. ¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado tus bienes con mujeres, haces matar para él el ternero engordado!'. Pero el padre le dijo: 'Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado'".
El cap. 15 del evangelio de Lucas contiene las parábolas de la misericordia, o parábolas de “lo perdido” que Dios recupera: la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo perdido. Su mensaje central es que Dios nos ama en Cristo de modo incondicional, no porque seamos buenos, sino porque Él es bueno y fuente de misericordia.
La parábola del hijo pródigo –uno de los textos más bellos del evangelio– debería llamarse del Padre misericordioso o parábola del amor del Padre. Él es el protagonista y, en función de él, se nos muestran los comportamientos del hijo pródigo y del hijo mayor.
Su valor central reside en la nueva figura de Dios que presenta, tan nueva que resulta escandalosa para los fariseos de todos los tiempos: un Dios padre, fiel hasta el final a su ser padre, con una misericordia incondicional, abierta, ilimitada, que no sólo se vuelca sobre el hijo arrepentido, sino también sobre el intransigente hijo mayor. En este sentido, la parábola sintetiza el núcleo del mensaje de Jesús: las puertas del Reino se abren al pecador arrepentido por la magnanimidad de Dios.
El hijo menor, que despilfarra la herencia, representa simbólicamente toda ruptura del hombre con Dios, que trae, como consecuencia, ruina. Pierde todos sus bienes y acaba perdiendo hasta su identidad de hijo. Se siente indigno de llamarse así: Volveré junto a mi Padre y le diré: he pecado, trátame como a uno de tus jornaleros.
Sabe que en justicia eso es lo que merece y acepta tener que ganarse la vida trabajando como un peón. Pero siempre será un hijo porque nada puede borrar ni anular o cambiar esta relación. Por su parte el padre siempre será un padre, aunque su hijo sea un pródigo. El amor del Padre supera las normas de la justicia.
El amor restablece y eleva. Por eso su prontitud para acogerlo y la fiesta que manda celebrar, que le parece excesiva al hijo mayor y le despierta celos y envidia. Para el padre es evidente que su hijo perdido no sólo ha malgastado su patrimonio sino que ha perdido aun la auténtica idea y valoración de sí mismo. Por eso dice: Había que hacer fiesta y alegrarse porque este hermano tuyo estaba muerto y ha resucitado, se había perdido y ha sido hallado.
En su libro-entrevista, El nombre de Dios es misericordia, el Papa Francisco recuerda que etimológicamente misericordia significa abrir el corazón al miserable. Y, hablando del Señor, añade: “misericordia es la actitud divina que abraza, es la entrega de Dios que acoge, que se presta a perdonar. Por eso se puede decir que la misericordia es el carné de identidad de Dios. Dios es misericordioso”.
Al igual que el hijo pródigo, el hijo mayor de la parábola tampoco imagina que un padre, por el amor que tiene a su hijo, sea capaz de ir más allá de lo que la justicia establece, es decir,  de “darle su merecido”.
Por eso, lleno de resentimiento, se niega a participar en la fiesta. Ya no ve al pródigo como hermano y reprocha a su padre la acogida que le ha brindado, mientras que a él, que siempre se ha portado bien, nunca lo haya premiado. Hace ya muchos años que te sirvo sin desobedecer jamás tus órdenes y nunca me diste un cabrito para celebrar una fiesta con mis amigos. Pero llega ese hijo tuyo, que se ha gastado tus bienes con prostitutas, y le matas el ternero gordo.
Este hijo tiene también que cambiar de actitud para con su padre y con su hermano. El banquete que su padre tiene dispuesto para todos los de casa no será del todo feliz, porque no será la fiesta de la familia completa. Tiene que pacificar su corazón, reconocer agradecido lo que su padre significa para él y, reconciliado con él y con su hermano, disponerse a disfrutar de la fiesta del reencuentro.
Todos nos podemos ver también en este hijo mayor. El pensar sólo en mí mismo, el entristecerme porque a otros les vaya bien y, peor aún, llenarme de enojo porque otros que son diferentes a mí sean admitidos en la asamblea de la Iglesia, todas esas actitudes excluyentes me hacen olvidar que Dios es padre de todos, y me impiden disfrutar de la alegría de fiesta que se siente por el triunfo del amor de Dios en nuestra historia personal. 
En definitiva, el hijo pródigo, que desea volver a sentir el abrazo del padre, somos cada uno de nosotros cuando descubrimos que nuestra vida puede cambiar. El hijo mayor somos también nosotros cuando advertimos que podemos servir de manera desinteresada y fomentar la unión sin egoísmos, ni celos ni prejuicios.

viernes, 2 de marzo de 2018

Parábola de los viñadores homicidas (Mt 21, 33-43)


P. Carlos Cardó SJ

Parábola de los viñadores malvados, óleo sobre lienzo de Diego Quispe Tito (1667 aprox.), Museo de Arte Religioso, Cusco, Perú

Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «Escuchen otra parábola: Un hombre poseía una tierra y allí plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero. Cuando llegó el tiempo de la vendimia, envió a sus servidores para percibir los frutos. Pero los viñadores se apoderaron de ellos, y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y al tercero lo apedrearon. El propietario volvió a enviar a otros servidores, en mayor número que los primeros, pero los trataron de la misma manera. Finalmente, les envió a su propio hijo, pensando: "Respetarán a mi hijo". Pero, al verlo, los viñadores se dijeron: "Este es el heredero: vamos a matarlo para quedarnos con su herencia". Y apoderándose de él, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando vuelva el dueño, ¿qué les parece que hará con aquellos viñadores?». Le respondieron: «Acabará con esos miserables y arrendará la viña a otros, que le entregarán el fruto a su debido tiempo.»
Jesús agregó: «¿No han leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: esta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos? Por eso les digo que el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos.» Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír estas parábolas, comprendieron que se refería a ellos. Entonces buscaron el modo de detenerlo, pero temían a la multitud, que lo consideraba un profeta.
En esta parábola se nos muestra cómo ve Dios la historia humana. Desde el origen del mundo manifiesta su amor indulgente y misericordioso, que llega a su plenitud en la entrega de su propio Hijo.
La parábola pone de relieve el cuidado que tiene el Señor con su viña, que es la humanidad: la plantó... la rodeó con una cerca... cavó... construyó un lagar...la arrendó... se marchó. Detrás de estos verbos resuena la canción de la viña del cap. 5 de Isaías (1ª lectura de hoy): A nosotros, que somos su viña, Dios muestra en obras el amor que nos tiene y espera que, de nuestra parte, demos los frutos que nos hacen semejantes a él.
Pero a la bondad de Dios, la humanidad responde con gestos de maldad. Nos puso en la vida para que vivamos con la alegría del compartir y perdonar, pero endurecemos nuestro corazón y lo llenamos de hostilidad, envidia y avaricia.
La respuesta de los labradores a los enviados del señor fue de una violencia tremenda: a uno lo apalearon, a otro lo mataron, al tercero lo apedrearon. El señor envío a más criados, pero los campesinos reaccionaron con igual ingratitud y prepotencia. El dueño de la viña se juega la última carta que le queda: enviar a su propio hijo, con la esperanza de que lo respetarán. ¡Pero nada de eso! Los labradores lo arrojan fuera de la viña, le dan muerte y deciden quedarse con la herencia.
Los oyentes de Jesús, interpelados por Él, reaccionan a la parábola diciendo que el delito cometido por aquellos viñadores merece la más severa condena. Y así es como leemos la historia: pensamos que Dios puede ser más violento que los malvados y que la venganza triunfa. Pero Dios no piensa así. No es un Dios vengativo, no devuelve mal por mal, sino que lo restaura todo con su amor que salva.
En este sentido, la parábola encierra el mensaje central de nuestra fe: la entrega de Jesús demuestra el amor incondicional de Dios por nosotros. En la cruz de Jesús se revela hasta qué horrores puede llegar la maldad humana y hasta que extremos de bondad puede llegar el amor de Dios para vencer el mal con el bien y restaurarlo todo con su amor que triunfa sobre el pecado y la injusticia de los hombres. Nuestro mal descarga toda su carga mortífera quitándole la vida al Autor de la vida. Dios se manifiesta como el amor omnipotente que da su vida a quienes se la quitan.
Israel no aceptó el mensaje de Jesús, no se convirtió, no lo siguió. Pero la consecuencia de esto no fue la de un castigo divino, como podía esperarse por algunos pasajes del Antiguo Testamento. Lo que ocurre más bien es que a su pueblo que lo rechaza, Dios le hace la “oferta” más radical: le entrega a su “Hijo querido” como la expresión de su amor.
Por su parte, el mismo Jesús, con la confianza absoluta que mantuvo en Dios, y que le hizo estar en profunda sintonía con Él para asumir su voluntad como propia, nos hace ver que su muerte no fue un simple asesinato ni el resultado de un destino ciego. En su pasión, voluntariamente aceptada, Jesús revela hasta dónde es capaz de llegar el amor solidario de Dios su Padre, y el suyo propio, porque está dispuesto a ir hasta lo más alejado de sí mismo, para salvar a todos, sin excluir ni al más abandonado y perdido de sus hermanos.
Esta adhesión de Jesús al plan de salvación del Padre se muestra de modo claro en las  palabras que pronunció antes de su pasión, tal como están recogidas en el evangelio de Juan: Ahora me encuentro profundamente angustiado, ¿pero qué puedo decir? ¿Padre, líbrame de esta hora? De ningún modo; porque he venido precisamente para aceptar esta hora. Padre glorifica tu nombre. Entonces se oyó una voz venida del cielo: - Yo lo he glorificado y lo volveré a glorificar” (Jn 12, 27-28).  Y con esta confianza de que el Padre pondría de manifiesto el valor salvador de su entrega por nosotros, Jesús morirá exclamando: Todo está cumplido (Jn 19,30). Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23,46).
El itinerario de la cuaresma nos conduce al encuentro con un Dios Crucificado, un Dios que sufre como y con sus hijos e hijas que sufren. La cuaresma, preparación para vivir el misterio de la muerte y resurrección del Señor, nos enseña a ver la vida como Él la ve, a llenar de amor toda situación de dolor, y a enfrentar y vencer el mal como Él enseñó.

jueves, 1 de marzo de 2018

El rico epulón (Lc 16, 19-31)


P. Carlos Cardó SJ
 
Lázaro y el rico Epulón, óleo sobre lienzo de Leandro Bassano (1570 aprox.), Museo del Prado, Madrid
Jesús dijo a los fariseos: "Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes. A su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro, que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros iban a lamer sus llagas.
El pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. El rico también murió y fue sepultado. En la morada de los muertos, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro junto a él. Entonces exclamó: 'Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan'. 'Hijo mío, respondió Abraham, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento. Además, entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo. De manera que los que quieren pasar de aquí hasta allí no pueden hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí'. El rico contestó: 'Te ruego entonces, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos: que él los prevenga, no sea que ellos también caigan en este lugar de tormento'. Abraham respondió: 'Tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen'. 'No, padre Abraham, insistió el rico. Pero si alguno de los muertos va a verlos, se arrepentirán'. Pero Abraham respondió: 'Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán'".
El mensaje de esta parábola es claro: despilfarrar el dinero, sin pensar en el bien común y en contribuir a remediar las necesidades de los prójimos, es obrar de manera egoísta e injusta. Así procedía el rico, que banqueteaba espléndidamente, sin importarle la suerte del pobre que estaba a su lado. Llega el día en que ambos personajes se encuentran ante la realidad ineludible de la muerte, y sus destinos cambian: el pobre es llevado al “seno de Abraham”, el cielo, mientras el rico va a caer en el infierno, que la imaginación judía describía como un lugar de llamas y tormentos.
El mensaje de la parábola no es que los pobres que sufren en este mundo tendrán después sus gozos en el cielo; lo que se subraya no es la suerte del pobre, sino la condena del rico. Por otra parte, la parábola no presenta a los dos personajes desde un punto de vista moralista. No dice que el rico haya sido un inmoral, ni que el pobre sea un creyente piadoso. No cabe, pues, la conclusión maniquea de que los ricos por ser ricos son malos y los pobres por ser pobres son buenos.
La razón por la que el rico echa a perder su vida es por haberse mostrado indiferente a la necesidad del pobre que estaba tendido junto a su puerta. Y en esto la parábola insiste gráficamente, detallando el modo de proceder del rico, que lo conduce a la perdición: dedicado a sus placeres, a vestir lujosamente  y a comer deliciosamente con sus amigos, se ha hecho incapaz de advertir la necesidad del pobre que está a su lado. Olvida, por tanto, el mandamiento principal: el amor al prójimo. Y es precisamente en esta dirección, en la que el evangelista saca de la parábola de Jesús la enseñanza debida.
El rico llama a Abraham “padre”. Se puede suponer, pues, que era un hebreo creyente. Pero ser miembro del pueblo elegido no basta para alcanzar la salvación. El rico pide a Abraham que el pobre Lázaro venga a mojarle con agua para refrescarlo. La respuesta de Abraham es tajante. La comunicación era posible en la tierra, ahora ya no. El momento para la generosidad y la solidaridad con los pobres es el hoy de cada día.
El rico pide luego que Lázaro vaya a casa de su padre a advertir a “sus cinco hermanos” para que no caigan también ellos en ese lugar de tormento. Pero esos “cinco hermanos”, ricos como él, eran el círculo cerrado en que había vivido y por eso nunca trató al pobre  como un “hermano”. Su riqueza le impidió comprender que todos los seres humanos, sobre todo los más pobres como Lázaro, eran sus hermanos.
Además, no se puede llamar padre a Abraham si no se trata como hermano al pobre que está a la puerta de casa. La respuesta de Abraham es clara: Tienen a Moisés y a los profetas, que los escuchen (v. 29). Es el único camino a seguir. No se trata de cosas extraordinarias, como ver resucitado a un muerto, sino de escuchar la palabra de Dios.
De la parábola se desprende, además, una enseñanza importante: que las decisiones que tomamos aquí en la tierra, van conformando una unidad y tienen sus repercusiones después de la muerte. Con ellas vamos dando unidad y sentido a nuestra vida.
El rico de la parábola opta por un estilo de vida, que lo lleva a tratar a los demás de una manera determinada. Su persona queda marcada por su estilo de vida y eso le trae consecuencias que van más allá de la muerte, porque la persona es una unidad, antes y después de la muerte.
Para el creyente, la dirección y el sentido de la vida se encuentra en la asimilación y puesta en práctica de los valores del evangelio. Vivir en contradicción con esos valores, como el rico de la parábola, es echar a perder la vida.
Quien piensa en los demás y vive para servir se hace pobre en espíritu y se humaniza. Esto según el evangelio es vivir para Dios y estar en Dios. Por el contrario, quien vive pensando únicamente en sí mismo, en su propio interés y confort, se deshumaniza. Esto, según el evangelio, es estar fuera de Dios, es infierno. Lo que salva es el corazón pobre, que ya no vive para sí sino para Él, que por nosotros murió y resucitó y, quiere que lo sirvamos en sus hermanos, sobre todo en los más pequeños, con quienes Él se identifica.