viernes, 12 de enero de 2018

El paralítico (Mc 2, 1-12)

P. Carlos Cardó SJ
Jesús y el paralítico de Cafarnaúm, mosaico de autor anónimo (siglo VI), Basílica de San Apolinar en Classe, Rávena, Italia
Jesús volvió a Cafarnaún y se difundió la noticia de que estaba en la casa. Se reunió tanta gente, que no había más lugar ni siquiera delante de la puerta, y él les anunciaba la Palabra. Le trajeron entonces a un paralítico, llevándolo entre cuatro hombres. Y como no podían acercarlo a él, a causa de la multitud, levantaron el techo sobre el lugar donde Jesús estaba, y haciendo un agujero descolgaron la camilla con el paralítico. Al ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: "Hijo, tus pecados te son perdonados".  Unos escribas que estaban sentados allí pensaban en su interior: "¿Qué está diciendo este hombre? ¡Está blasfemando! ¿Quién puede perdonar los pecados, sino sólo Dios?".
Jesús, advirtiendo en seguida que pensaban así, les dijo: "¿Qué están pensando? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: 'Tus pecados te son perdonados', o 'Levántate, toma tu camilla y camina'? Para que ustedes sepan que el Hijo del hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados le dijo al paralítico: yo te lo mando, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa".El se levantó en seguida, tomó su camilla y salió a la vista de todos. La gente quedó asombrada y glorificaba a Dios, diciendo: "Nunca hemos visto nada igual".
La fama de Jesús se extendió por toda la Galilea (1,28) y la gente acudía a él (1,45), llevándole sus enfermos para que los curase. A la casa a la que llega, acuden tantos que ya nadie puede acercarse a Jesús. Aparece de pronto un paralítico llevado entre cuatro. Como no pueden entrar se las ingenian y abren un boquete en el techo para hacer descender por allí al enfermo y ponerlo a los pies de Jesús.
Había allí sentados unos maestros de la ley, estos profesionales de la religión, expertos en interpretar la Palabra de Dios, resultarán siendo los verdaderos paralíticos. Viven inmovilizados en los conocimientos que han adquirido, no quieren cambiar, no aceptan la presencia de Dios que les habla en Jesús.
Por su parte, el paralítico y sus amigos, que no tienen nombre ni dicen una palabra, aparecen en el texto de Marcos como figuras representativas. El paralítico personifica a aquellos que no pueden moverse por sus medios, han perdido su libertad de movimientos y yacen como muertos. Sus amigos simbolizan a quienes se esfuerzan por superar las dificultades que impiden llegar hasta Jesús. Jesús les alaba su fe: la confianza en Dios que demuestran. Ambas actitudes, la del paralítico y la de sus amigos, pueden darse en una misma persona. En mí.
Asimismo, la curación física y el perdón de los pecados podrían representar las dos caras de una misma moneda. La parálisis física alude a la invalidez que padece el espíritu humano cuando pesa sobre él un pasado vergonzoso, una vida desordenada, una culpa no resuelta. Por el perdón, el pecado pierde su carga mortífera y el hombre puede rehacer su vida, construirse una existencia reconciliada con Dios, con los demás y consigo mismo.
Las palabras de Jesús, Tus pecados te quedan perdonados, chocan con la mentalidad de los maestros de la ley. Se revuelven en sus asientos, pero no hablan, no se atreven a decir lo que piensan; juzgan y condenan en su interior, eso sí. Reflejan el efecto que tienen en las personas las ideologías, las doctrinas inducidas, las formas erróneas de pensar que se difunden y llegan a formar una conciencia colectiva. Las mentes de estas personas quedan condicionadas, como programadas para pensar sólo en una dirección. No piden explicaciones, sólo juzgan y condenan lo diferente, porque lo que han introyectado no se cuestiona y lo que no concuerda con su modo de pensar es blasfemia, como ofensa a Dios.
En el caso de los maestros de la ley, ellos saben bien que el poder de perdonar pecados es atributo de Dios solo. Pueden dirigirse a Él y pedírselo, pero nadie puede estar seguro de haber quedado libre de su culpa. Pero he aquí que Jesús se atreve a darle al paralítico esta seguridad: sus palabras le aseguran la cancelación de sus culpas, como sólo Dios podía hablarle.
Esto es lo que les escandaliza. Interpretan el gesto de Jesús como una pretensión insoportable. A sus ojos, Jesús usurpa el poder divino, insinúa que Dios está en Él y que sus palabras son del mismo Dios. 
Jesús intuye lo que están pensando. Los reprende y defiende su posición. La argumentación es clara: quien es capaz de levantar a un paralítico, de hacerle cargar su camilla y de enviarlo caminando a su casa, demuestra que puede hacer “lo más difícil” porque Dios está con Él. Por tanto, tiene también poder de dar a la persona una nueva vida. Curarlo de la parálisis y liberarlo de la carga de su pasado son los dos efectos de la obra liberadora que Jesús realiza por el Espíritu que habita en Él.

jueves, 11 de enero de 2018

El leproso curado (Mc 1, 40-45)

P. Carlos Cardó SJ
Curación del leproso, fresco del Maestro de Tahull (Siglo XII), Museo Nacional de Arte de Cataluña, Barcelona
Se acercó a Jesús un leproso para pedirle ayuda y, cayendo de rodillas, le dijo: "Si quieres, puedes purificarme". Jesús, conmovido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: "Lo quiero, queda purificado". En seguida la lepra desapareció y quedó purificado. Jesús lo despidió, advirtiéndole severamente: "No le digas nada a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio". Sin embargo, apenas se fue, empezó a proclamarlo a todo el mundo, divulgando lo sucedido, de tal manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en ninguna ciudad, sino que debía quedarse afuera, en lugares desiertos. Y acudían a él de todas partes.
En los milagros de Jesús se muestra el poder de Dios que defiende y sana la vida, reordena el mundo y hace presente su reino. En este sentido, la curación de un leproso era especialmente significativa porque para los judíos era comparable a la resurrección un muerto. Según la ley (Lev 13-14), los leprosos eran personas impuras que volvían impuro a quien los tocaba, igual que cuando se tocaba un cadáver. Inhabilitados para la vida social, tenían que vivir en despoblado y gritar: “¡Impuro, impuro!”, a la distancia, para que la gente no se les acercase.
Uno de estos enfermos se acercó a Jesús y le suplicó de rodillas: Si quieres, puedes limpiarme. Y Jesús sintió compasión. Es la palabra clave que hace comprender la misión de Jesús. Él no sólo siente el dolor de aquel hombre, dañado en su cuerpo y herido en su dignidad, sino que reacciona de inmediato para llevar a la práctica su misión de salvar lo que está perdido. Y esta misión es tan sagrada para Él, que –en éste y en otros casos de dolor y desesperanza–  Jesús no se detendrá, ni aunque tenga que dejar de lado algunas normas: extendió la mano, lo tocó y le dijo: Quiero, queda limpio.
Y aquel que según la ley era un inmundo, excluido de la convivencia social por un sistema religioso marginador, queda libre de su impureza, su carne se regenera, recobra la dignidad perdida y se vuelve apto para ir a presentarse a los sacerdotes y pagar la ofrenda que mandó Moisés “para que les sirva de testimonio”.
Esta acción servirá, por tanto, para que se le declare curado y “para que les conste” (como traducen algunos), que una institución religiosa discriminadora no acerca al Dios verdadero. No se puede marginar a nadie en nombre de Dios; ese Dios no es el Padre de nuestro Señor Jesucristo que ofrece a todos su amor y nos hace vivir unidos como hermanos.
Los sacerdotes eran los custodios de la ley mosaica; eso les hacía sentirse con el poder de dictaminar lo que era lícito o ilícito y juzgar quién era puro o impuro, justo o pecador. Jesús es tajante en su enseñanza: No juzguen para que Dios no los juzgue (Mt 7,1). Todos son iguales o, en todo caso, todos son pecadores necesitados de perdón.
No se lo digas a nadie, ordenó Jesús al leproso curado, pero éste no podía quedarse callado después de haber experimentado una prueba tan grande de la misericordia divina. Y en vez de guardar silencio, se puso a divulgar por todas partes lo sucedido; se convirtió en un anunciador de la obra salvadora de Jesús.
Toda la existencia de Jesús está determinada por el ser divino que es amor y misericordia. En contacto con Él, los que se sienten perdidos ven que se les abre una nuevo porvenir, los que se sienten en las últimas ven que vuelven a la vida, los que han perdido su dignidad se revisten de honor, los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena noticia (Lc 7,22). 
Solemos pensar que nuestro deber fundamental es buscar a Dios. Y es verdad, sin duda. Pero el evangelio nos hace ver que, en Jesús, Dios sale al encuentro de todos, aunque uno sea un hijo pródigo alejado de casa, o no vea posible su recuperación como el leproso, el publicano o la pecadora pública. Este amor preferencial de Jesús por los excluidos debe reflejarse en nuestro comportamiento para con todos aquellos frente a los cuales la sociedad de hoy puede ser tan cruel como lo era la sociedad judía en tiempos de Jesús con los leprosos. 

miércoles, 10 de enero de 2018

Marta y María (Lc 10, 38-42)

P. Carlos Cardó SJ
Jesús en casa de Marta y María, óleo sobre lienzo de Matthijs Musson (1640-50), Colección de la Fundación BBVA, España
Yendo Jesús y sus discípulos de camino, entraron en un pueblo y una mujer, llamada Marta, les recibió en su casa. Tenía ella una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra, mientras Marta estaba atareada en muchos quehaceres.
Acercándose, pues, le dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude.»
Le respondió el Señor: «Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada.»
Inmediatamente antes de este pasaje de Lucas está la parábola en la que Jesús se identifica con el Samaritano que tuvo compasión del hombre caído en el camino y le buscó una posada. En el camino hacia Jerusalén, el Buen Samaritano busca alojamiento en casa de dos mujeres, Marta y María. Ahora hay una casa que le aloja. El que enseña a acoger, ahora es acogido.
Poco sabemos de estas dos mujeres que lo reciben: sólo que son las hermanas de Lázaro (cf. Jn 11, 1-5). María podría ser la mujer que, en Betania, ungió al Señor antes de su pasión (Mc 14,3-9; Mt 26,6-13). Y algunos comentaristas creen que es la misma mujer que –según Lc 7, 36ss– se acercó a Jesús con un vaso de alabastro lleno de un perfume precioso que derramó sobre sus pies.
Marta critica a su hermana porque no la ayuda en los trabajos materiales, en que ella se afana para acoger a Jesús, como cree que debe hacerlo. Pero Jesús le replica, invitándola a hacer suya la actitud de María que, a sus pies, escucha con atención su palabra. Sin la palabra del Señor todo pierde su auténtico valor e incluso “sabor”.
Se ha dicho tradicionalmente que Marta representa la actividad y María la oración. Pero no hay que contraponer a Marta con María ni a la acción con la oración, hay que integrarlas. Lo que enseña el texto de Lucas es que se ha de purificar la acción por medio de la oración y escucha del Señor porque, sin esto, la acción –aunque sea buena y prolífera– puede perder orientación y convertirse en búsqueda de uno mismo. Con la oración, que nos hace escuchar la Palabra, nuestra acción se ahonda y purifica.
María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán. Jesús elogia la sencilla y sincera receptividad para la escucha. Con esa disposición, la persona deja entrar en su corazón el amor, que es lo que confiere sentido a todo lo que hace por los demás. “Lo único necesario” es experimentar vitalmente el ser amado sin condiciones. Esto, y sólo esto, da al cristiano la íntima certidumbre de la que brota la calma y la quietud frente a toda circunstancia. El deber no basta. Hay que descubrir el valor de lo gratuito. Ya los profetas lo habían intuido: “Se salvarán si se convierten y se calman; pues en la confianza y la calma esta su fuerza”, dice Isaías (30,15).
Necesitamos integración personal y calma interior porque andamos divididos y ansiosos. Los quehaceres materiales y los negocios del mundo ahogan en nosotros, como zarzas y malezas, la semilla sembrada en nuestra tierra. Necesitamos parar, recogernos en nuestro interior y ponernos a los pies del Maestro cada día. Él nos recordará: Busquen, más bien, el Reino y todas las cosas se les darán por añadidura (Mt 6,33; Lc 12,31).
Dejar de escuchar la palabra del Señor, por muchas pretendidas obras buenas e importantes que se hagan, significa tanto como apartarse del reino y correr el riesgo de echarse a perder. Pensemos, pues, en lo importante que es saber integrar el servicio a los demás con la escucha de la palabra de Jesús, sin tratar de rebajar ésta con falsos pretextos.
Al mismo tiempo, el pasaje de Marta y María nos recuerda que Dios está llamando continuamente a nuestra puerta. Lo que pasa es que no queremos oír su llamada, o no sabemos cómo acogerlo.
Pero hay algo que el texto evangélico hace evidente: Cuando Cristo llama a mi puerta en la forma de un hombre o una mujer que necesita mi ayuda, lo que debo hacer no puede consistir solamente en darle cosas (por valiosas que sean, y que a fin de cuentas es Él mismo quien nos las da), sino ante todo hacerme consciente de que es Él quien viene a mí como un regalo en ese hermano o hermana que ha tocado a mi puerta. 
Esto, pues, debe reflejarse en el trato que le doy. Quien a ustedes acoja a mí me acoge (Mt 10,40). “Hospes sicut Christus”, al huésped se le recibe como a Cristo, dice la regla benedictina: “Recíbanse a todos los huéspedes que llegan como a Cristo. …Y al recibir a pobres y peregrinos se tendrá el máximo de cuidado y solicitud, porque en ellos se recibe especialmente a Cristo, pues cuando se recibe a ricos, el mismo temor que inspiran, induce a respetarlos” (Regla de San Benito).

martes, 9 de enero de 2018

Enseñaba con autoridad (Mc 1, 21-28)

P. Carlos Cardó SJ
Cristo en la sinagoga, óleo sobre lienzo de Gerbrand Van Den Eeckhout (1658), Galería Nacional de Dublin, Irlanda
Jesús entró a Cafarnaún, y cuando llegó el sábado, fue a la sinagoga y comenzó a enseñar. Todos estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas. Y había en la sinagoga un hombre poseído de un espíritu impuro, que comenzó a gritar: "¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios".
Pero Jesús lo increpó, diciendo: "Cállate y sal de este hombre". El espíritu impuro lo sacudió violentamente y, dando un gran alarido, salió de ese hombre.Todos quedaron asombrados y se preguntaban unos a otros: "¿Qué es esto? ¡Enseña de una manera nueva, llena de autoridad; da órdenes a los espíritus impuros, y estos le obedecen!". Y su fama se extendió rápidamente por todas partes, en toda la región de Galilea.
La autoridad con que Jesús predicaba admiraba a la gente sencilla pero enfurecía a los fariseos y doctores de la ley. Ellos no hacían más que repetir frases de otros, Jesús hablaba en primera persona, haciendo ver que su autoridad venía de Dios. Por eso lo juzgaban como blasfemo que pretendía ponerse al nivel de Dios. Pero Jesús no se intimidaba, y llegaba a decir: Las palabras que yo les digo no son mías, sino del Padre que me ha enviado (Jn 7,16).
Su autoridad, además, se cimentaba en la unidad inquebrantable que había entre su palabra y su conducta. Transmitía un mensaje que Él mismo vivía, y esto era tan evidente, que llevó hasta a sus más encarnizados enemigos a reconocer: “Maestro, sabemos que eres sincero, que enseñas con verdad el camino de Dios, y que no te dejas influenciar por nadie, pues no miras las apariencias de las personas” (Mt 22,16).
Al mismo tiempo, Jesús acompañaba su palabra con “signos” en favor de la vida, sobre todo de los más necesitados y de aquellos que para la sociedad eran (y sigue siendo hoy) “los perdidos”, condensaban su poder sobre el mal de este mundo, demostraban lo más característico de su misión salvadora y anticipaban la presencia del reinado de Dios. Así lo afirmó él mismo: “Si yo expulso los demonios con el dedo (o poder) de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a ustedes” (Lc 11, 20; Mt 12,28; cf. Mc 3,22-30).
La gente se da cuenta de que Jesús no se limita a pronunciar discursos, sino que sus palabras producen salvación, hacen ver la vida con una nueva luz, liberan de lo que esclaviza y oprime. Esta es la novedad de la autoridad de Jesús.
En ese tiempo, las enfermedades, sobre todo las mentales y algunas funcionales como la epilepsia, se atribuían a “espíritus inmundos”. En el fondo de tal creencia estaba la convicción de que la enfermedad es algo no querido por Dios porque trastorna el orden de su creación y daña a sus criaturas. El adjetivo “inmundo” señalaba la idea de algo que está en oposición a Dios. Hoy llamaríamos a tales “endemoniados” enfermos psiquiátricos, pero no por ello dejan de ser un signo especialmente sugerente de los efectos del mal de este mundo sobre la integridad, libertad y salud de las personas.
En el evangelio de hoy, Jesús demuestra su autoridad realizando una de estas curaciones en un día sábado y en la sinagoga. Fue en favor de uno de sus oyentes, que interrumpió de pronto su enseñanza y se puso a gritar: ¿Qué tienes tú contra nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres, el Consagrado de Dios.
Pudo ser un fanático que reaccionó enfurecido contra la nueva enseñanza de Jesús y el entusiasmo que despertaba en la gente. Provoca a Jesús para defina ante el auditorio qué tipo de mesías encarna, si realmente es el salvador esperado. Jesús no enfrenta al sujeto sino al mal que lo atormenta. No da oídos a sus insinuaciones sobre su condición de Mesías, sino que lo libera de su esclavitud interior.
¡Cállate y sal de él!, ordenó. Y el espíritu inmundo, retorciéndolo y dando un alarido, salió de él. Jesús, vencedor del mal, hace que “los perdidos” sientan que sus vidas, llenas de desesperanza y rencor, se restablezcan en el camino del bien.
Ahora bien, por el hecho de ser miembros de la Iglesia, cuerpo de Cristo, a nosotros se nos encomienda hoy la misión de “exorcizar” todos esos demonios que despersonalizan, humillan y enferman a la gente, o deshumanizan las relaciones en sociedad. A ello se refieren nuestros obispos y el Papa Francisco cuando enfrentan el gravísimo problema de la corrupción que, como verdadero espíritu inmundo, invade todos los campos.
El uso indebido del poder en lo burocrático y político, las argollas de funcionarios públicos coludidos con intereses privados, la normalización del soborno y de la coima, son un proceso de muerte, que “se ha vuelto natural, al punto de llegar a constituir un estado personal y social ligado a la costumbre, una práctica habitual en las transacciones comerciales y financieras, en las contrataciones públicas, en cada negociación que implica a agentes del Estado... e interfiere al ejercicio de la justicia con la intención de los propios delitos o de terceros” (Papa Francisco a la Asociación Internacional de Derecho Penal, 23.10.2014). 
Tales fenómenos cristalizan la acción del mal en el mundo de hoy. Contra él hay que actuar con la autoridad y eficiencia que Jesús muestra en el evangelio, fruto principalmente de su autenticidad y coherencia moral.