lunes, 25 de diciembre de 2017

El Verbo se hizo carne (Jn 1, 1-18) NAVIDAD

P. Carlos Cardó SJ
La adoración del niño, óleo sobre lienzo de Antonio da Corregio (1524-26), Galería de los Uffici, Florencia, Italia
Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Al principio estaba junto a Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe. En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron. Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. El no era la luz, sino el testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre. Ella estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios. Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios. Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él, al declarar: "Este es aquel del que yo dije: El que viene después de mí me ha precedido, porque existía antes que yo". De su plenitud, todos nosotros hemos participado y hemos recibido gracia sobre gracia: porque la Ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. Nadie ha visto jamás a Dios; el que lo ha revelado es el Hijo único, que está en el seno del Padre. 
Cada año la fiesta de Navidad nos hace meditar con profunda admiración las palabras del prólogo del evangelio de San Juan: “El verbo de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1). Dios no ha querido únicamente mirar desde lo alto el mundo creado por Él, sino que ha descendido, hasta hacerse uno de nosotros para elevarnos hasta Él.
A Dios nadie lo ha visto nunca, pero se ha querido incorporar en nuestro mundo y en nuestra historia por medio de su Hijo Jesucristo para habitar entre nosotros. Nos había hablado antiguamente por medio de los profetas, pero ahora nos ha hablado en su propio Hijo, hecho Emmanuel, Dios-con-nosotros, cercano y prójimo nuestro.
Esto es lo que celebramos en la Navidad: un acontecimiento histórico, real, que sigue afectando profundamente nuestras personas, y no sólo nuestros sentimientos o nuestra admiración estética o nuestro gusto festivo…, porque toca a lo más íntimo de nuestro corazón y, sobre todo, porque ha pasado a ser parte de nuestra historia, dándole una característica especial a nuestra identidad.
Celebramos el nacimiento del Niño, del Niño por excelencia y con mayúscula, sin el cual nuestra vida simplemente no tiene sentido; no seríamos lo que somos ni pensaríamos el futuro como lo pensamos. El mundo, la historia y nuestras propias vidas son ya otra cosa desde que Dios quiso nacer para nosotros en Belén y porque, al hacerlo, Él comparte nuestro destino y lo asegura para toda la eternidad.
Dice San Juan que vino a los suyos y los suyos no lo recibieron, pero a cuantos lo recibieron, a los que creyeron en Él, les dio la capacidad de ser hijos de Dios. En efecto, se requiere la gracia de la fe para entender y aceptar la identidad del Niño que nace en Belén. Reconocer en Él al Eterno que se ha hecho tiempo, al Hijo de Dios que se ha hecho hombre, al Creador, ley y razón universal, que ha tomado para sí carne humana, sin dejar de ser al mismo tiempo Verbo y Palabra divina con toda su gloria y el abismo insondable de su amor y poder infinitos, eso no nos lo puede revelar ni la carne ni la sangre, ni mortal alguno sobre la tierra (Mt 16, 17), sino Dios su Padre que está en los cielos.
Un antiguo himno litúrgico canta la paradoja increíble de la grandeza del Salvador del mundo que se descubre en la pequeñez de un recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre:
Hoy ha nacido de la Virgen María
Aquel que mantiene en su mano el universo.
Ha sido envuelto en pañales,
Aquel que por esencia es invisible.
Siendo Dios, ha sido recostado en un pesebre,
Aquel que ha afirmado sobre los cielos su trono.
Que la inmensa majestad de Dios haya aparecido en la estrechez de este mundo maltrecho, que el Santo y feliz comparta las tristezas y lágrimas de esta tierra nuestra, que la Vida eterna asuma vida temporal para morir en la cruz… ¡y todo esto por mí!, esta es la verdad inabarcable, la belleza espléndida, la bondad más tierna y profunda que tiene para nosotros la Navidad.
Es, pues, mucho más que una fiesta familiar, por bella y tierna que sea. Navidad es el día en que declaro mi adhesión personal a la Palabra de Dios, que ha querido decírseme en el pequeño Niño de Belén como la increíble bondad y amor inmerecido de Dios por mí, y yo acojo esa Palabra para que nazca en mí y me transforme, hasta el punto de que pueda realizarse en cada uno de nosotros lo que deseaba San Pablo: que Cristo nazca por la fe en nuestros corazones (Ef 3,17), que Cristo se forme en nosotros (Gal 4,19). 
Y eso es posible y deseable, como no dudaron en afirmarlo los grandes maestros del espíritu: que Dios mismo entra en nuestros corazones como entró en Belén, como vino al mundo en la primera Navidad, y que lo hace de manera real y verdadera, y con mayor intensidad e intimidad aún que entonces.

domingo, 24 de diciembre de 2017

Homilía del IV Domingo de Adviento - La anunciación a María (Lc 1, 26-38)

P. Carlos Cardó SJ

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de la estirpe de David, llamado José. La virgen se llamaba María.Entró el ángel a donde ella estaba y le dijo: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo". Al oír estas palabras, ella se preocupó mucho y se preguntaba qué querría decir semejante saludo.El ángel le dijo: "No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios. Vasa concebir y a dar a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y él reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reinado no tendrá fin".María le dijo entonces al ángel: "¿Cómo podrá ser esto, puesto que yo permanezco virgen?". El ángel le contestó: "El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso, el Santo, que va a nacer de ti, será llamado Hijo de Dios. Ahí tienes a tu parienta Isabel, que a pesar de su vejez, ha concebido un hijo y ya va en el sexto mes la que llamaban estéril, porque no hay nada imposible para Dios". María contestó: "Yo soy la esclava del Señor; cúmplase en mí lo que me has dicho". Y el ángel se retiró de su presencia.
María nos enseña a esperar la venida de Jesús. Ella nos hace ver lo que podemos llegar a ser si acogemos la palabra de Dios. Porque la grandeza de María consiste en haber obedecido la palabra del Padre, hasta engendrar en su carne al Hijo de Dios.
Dice San Lucas que fue enviado el ángel Gabriel a una joven prometida como esposa a un hombre descendiente de David, llamado José; la joven se llamaba María. Dios se ha determinado a entrar en la historia humana para dársenos a conocer y realizar la redención del género humano. Para ello se ha fijado en María, una muchacha judía que se preparaba para celebrar su boda con José el carpintero del pueblo. La encarnación de Dios no va a ser un acontecimiento espectacular, se hará en el silencio y la pobreza, en lo oculto y lo sencillo. Así actúa Dios, así se nos manifiesta.
Todo en María ha sido predestinado por Dios con vistas al cumplimiento de su voluntad de salvar a la humanidad enviando a su Hijo al mundo. Dios ha buscado a María, ha querido encontrarse con ella desde su eternidad. El sueño de Dios en favor de sus hijos puede al fin realizarse. Y Dios viene, se une a nosotros, se incorpora en nuestra historia, sella su alianza con nosotros para siempre.
...darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús... será llamado Hijo del Altísimo, Dios le dará el trono de David... Todos los títulos mesiánicos que se le van a atribuir al Hijo de María se resumen en lo que proclama el ángel. El Hijo de María es el Hijo de Dios Altísimo. Sin embargo, pasará treinta años en una aldea, y luego como predicador itinerante en un país pobre, rodeado siempre de gente sencilla, y realizará su obra  lejos de las esferas de la riqueza y del poder de este mundo. El Reino de Dios es diferente. Al lado de María aprendemos los valores del Reino, los criterios que Jesús enseñó y vivió.
¿Cómo será esto...?, preguntó María. María no se intimida ante el Altísimo, se atreve a dirigirle esta pregunta espontánea y natural. El Dios de María no infunde temor, sino confianza; se puede ser uno mismo ante Él. Por eso, como todos aquellos que se han sentido llamados a una gran misión, ella expresa sus dudas, su turbación, su sentimiento de incapacidad. La obediencia de la fe lleva primero a remontar las dificultades del creer. María no teme, pues, reconocer ante su Dios su propia incapacidad frente al designio divino que trasciende toda humana razón: ¿cómo podrá ser esto si no tengo relación con ningún varón?
También nosotros nos sentimos a veces llamados a preguntar ¿cómo podrá ser esto?, ¿qué podremos hacer? Y el ángel del Señor nos dice: para Dios nada es imposible. Muchas Marías se han sucedido desde entonces, muchas hermanas y hermanos nuestros a lo largo de la historia han experimentado, a diferentes niveles, la emoción de ser enviados a realizar algo grande, superior a lo que creían posible. Lo hicieron porque confiaron en Dios como si todo dependiera de Él y no de ellos y, al mismo tiempo, pusieron todo de su parte como si todo dependiese de ellos.
Hágase en mí según tu palabra, es la respuesta de María al ángel. Acoge el plan de Dios en total obediencia. Dios ha encontrado una madre que le haga nacer entre nosotros. Con su fe, que le hace referir toda su existencia al Dios que todo lo puede, María no duda en responder: Hágase.
En su palabra halla eco el Hágase divino, por el que fueron creadas todas las cosas. Su Hágase anuncia la nueva creación. María pone a disposición del Padre su cuerpo virginal, para que su Hijo pueda tener un cuerpo humano por obra del Espíritu Santo. Lo imposible se hace posible. Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
Al final de la meditación del misterio de la Encarnación, san Ignacio recomienda en sus Ejercicios Espirituales que se haga un coloquio o diálogo con el Verbo eterno encarnado o con la Madre y Señora nuestra, pidiendo lo que sintiere, para seguir e imitar más al Señor así nuevamente encarnado.

sábado, 23 de diciembre de 2017

Nacimiento de Juan Bautista (Lc 1, 57-66)

P. Carlos Cardó SJ

El nacimiento de Juan Bautista, óleo sobre lienzo de Esteban Murillo (1655), Museo Norton Simon, Pasadena, California, Estados Unidos
Cuando llegó el tiempo en que Isabel debía ser madre, dio a luz un hijo. Al enterarse sus vecinos y parientes de la gran misericordia con que Dios la había tratado, se alegraban con ella. A los ocho días, se reunieron para circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre dijo: "No, debe llamarse Juan". Ellos le decían: "No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre". Entonces preguntaron por señas al padre qué nombre quería que le pusieran. Este pidió una pizarra y escribió: "Su nombre es Juan". Todos quedaron admirados. Y en ese mismo momento, Zacarías recuperó el habla y comenzó a alabar a Dios. Este acontecimiento produjo una gran impresión entre la gente de los alrededores, y se lo comentaba en toda la región montañosa de Judea. Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: "¿Qué llegará a ser este niño?". Porque la mano del Señor estaba con él.
Juan Bautista, figura clave del tiempo de Adviento, fue el hombre que recibió de Jesús el mayor de los elogios: Yo les digo que, entre los hijos de mujer, no hay nadie mayor que Juan.
La narración de su nacimiento la hace san Lucas con pocas palabras, porque prefiere resaltar más la imposición de su nombre. Pero en esas pocas palabras, se expresa algo muy importante en la Biblia: la concepción y nacimiento de los personajes que van a tener una especial misión en la historia de Israel es un acontecimiento en el que Dios interviene.
Esto se destaca de modo especial cuando la mujer que concibe es una estéril como Sara, esposa de Abraham y madre de Isaac (cf. Gen 16, 1; 17, 1), o como la esposa de Manoa, que concibió y dio a luz a Sansón (Cf. Jue 13, 2-5). Por esto, en el caso de Isabel, esposa estéril de Zacarías, los vecinos ven en su parto una acción de la misericordia y se alegran con ella.
Aparte de esto, es indudable que la antropología contenida en la Biblia considera la venida al mundo de toda persona humana no como un acontecimiento o fenómeno fortuito o puramente biológico. Cada nacimiento es un hecho querido por Dios, y responde siempre a un designio suyo de amor. Tú formaste mis entrañas, me tejiste en el vientre de mi madre. Te doy gracias porque eres sublime y tus obras son prodigiosas (Sal 139, 13-14).
El nombre Juan. En las culturas antiguas el nombre que se daba a las personas era siempre significativo. «Nomen est omen», (el nombre es presagio, pronóstico), decían los latinos; y para los hebreos el nombre señalaba algún atributo de Dios que en la vida del recién nacido se iba a manifestar, o el significado de la misión que le tocaba desempeñar al niño.
Su nombre es Juan (Lc 1,63) dice Isabel y Zacarías lo confirma ante de los parientes maravillados, escribiéndolo en una tablilla.
El mismo Dios, por su ángel, había dado este nombre que significa Dios es favorable. En la vida de Juan, Dios se mostrará favorable a su pueblo y a toda la humanidad. Pero no sólo en su vida: Dios siempre está en favor de todos sus hijos e hijas, en favor de toda vida humana aun antes de nacer. Mi propia vida, desde su concepción, demuestra que soy llamado por Él a la existencia. El Señor me llamó desde el seno materno, desde las entrañas de mi madre pronunció mi nombre (Is 49,1). 
Juan nace con una misión que cumplirá cabalmente: vivirá dedicado a preparar la venida de Jesús Mesías. Como él, todos tenemos una misión que cumplir: la que nuestro Creador y Padre nos asigna aun antes de nacer. Ella confiere orientación y sentido a mi existencia. Percibida en mi interior como una llamada o atracción que aúna y orienta todos mis deseos, puedo libremente optar por ella como mi propio camino y elegir las actitudes que más me conduzcan a su cumplimiento, seguro de que en ello me juego mi realización personal y mi felicidad.

viernes, 22 de diciembre de 2017

El cántico de María (Lc 1, 46-56)

P. Carlos Cardó SJ
Virgen de la Anunciación, óleo sobre lienzo de Antonello da Messina (1476), Museo Nacional de Palermo, Italia
En aquel tiempo, dijo María: "Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava. Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones, porque ha hecho en mí grandes cosas el que todo lo puede. Santo es su nombre, y su misericordia llega de generación en generación a los que lo temen.Ha hecho sentir el poder de su brazo: dispersó a los de corazón altanero, destronó a los potentados y exaltó a los humildes. A los hambrientos los colmó de bienes y a los ricos los despidió sin nada. Acordándose de su misericordia, vino en ayuda de Israel, su siervo, como lo había prometido a nuestros padres, a Abraham y a su descendencia, para siempre". María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa.
Después de oír el saludo de su pariente Isabel, que la proclamó bendita entre las mujeres por el fruto bendito de su vientre y dichosa por haber creído, María dirigió la mirada a su propia pequeñez, fijó luego sus ojos en Dios, de quien procede todo bien, y entonó un cántico de alabanza.
Celebra todo mi ser la grandeza del Señor. María es consciente de que toda su persona, su yo personal, su ser mujer, es un don de Dios y a Él lo devuelve en un canto de alabanza. Ella es consciente de que las generaciones la llamarán bienaventurada, no por sus méritos propios, sino por las obras grandes que el Poderoso ha hecho en ella al darle la vida y elegirla para ser madre del Salvador. Por eso no duda en recalcar el contraste que hay entre su pequeñez de sierva y la grandeza, poder y misericordia de Dios, a quien ve como el santo, el todopoderoso, el misericordioso.
El Magnificat de María se sitúa en línea con la corriente espiritual de los salmos, con el mismo estilo poético de su pueblo, henchido de sentimientos de auténtica fe, alegría y gratitud. Es un himno personal y a la vez universal, cósmico. En María canta toda la humanidad y la creación entera que ve la fidelidad del amor de Dios. Es el cántico nuevo que entona la criatura nueva, hecha nueva por la muerte de Cristo y por la efusión del Espíritu Santo.
El Magnificat es también una síntesis de la historia de la salvación, contemplada del lado de los pobres y de los humildes, a quienes se les revela el misterio del Reino y sienten a Dios a su favor. Con el pueblo fiel de Israel, en la línea de los grandes profetas, María no duda en alabar a Dios por sus preferencias, porque dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos, enaltece a los humildes, colma de bienes a los hambrientos y despide vacíos a los ricos.
María nos ayuda a descubrir a Dios en nuestra vida. Por eso, la Iglesia entona todas las tardes el Magnificat, como el reconocimiento de que Dios cumple siempre su promesa. En el canto de María laten los corazones agradecidos, que reconocen la acción de Dios en los acontecimientos de la propia historia personal y en la historia de la humanidad.