domingo, 24 de mayo de 2026

Homilía del Domingo de Pentecostés - Venida del Espíritu Santo (Jn 20,19-23)

 P. Carlos Cardó SJ 

Pentecostés, fresco de Giotto di Bondone (1304 – 1306) Capilla de los Scrovegni, Venecia, Italia

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: "Paz a ustedes". Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
Jesús repitió: "Paz a ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo". Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: "Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos."
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: "Hemos visto al Señor".
Pero él les contestó: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo".
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomas con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y les dijo: "Paz a ustedes". Luego dijo a Tomás: "Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente".
Contestó Tomás: "Señor mío y Dios mío!".
Jesús le dijo: "¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto".
Muchas otras señales milagrosas hizo Jesús en presencia de sus discípulos, que no están escritas en este libro. Estas han sido escritas para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios. Crean, y tendrán vida por su Nombre. 

Jesús, fiel a su promesa, envía desde su Padre al Espíritu Santo (Jn 14,2.15-17.25-26;15,26-27;16,4b-11.12-15). Por medio de él hace posible su presencia secreta en la historia, en la vida de todos nosotros, en todas las circunstancias que nos toque vivir. 

Pero ¿qué es, o mejor, quién es el Espíritu Santo? Podemos tener de él una idea equivocada, como si fuese algo, una cosa abstracta y sutil, un concepto o una fórmula, y no como nos enseñó a entenderlo Jesús, es decir, como un ser personal. 

Porque Jesús fue, en efecto, quien nos hizo comprender a Dios como comunidad de tres personas. Primero a Dios como Padre suyo y nuestro, creador y fuente de vida, con quien mantuvo una cercanía tan peculiar que le permitía llamarlo Abba, Padre. Por vivir en permanente comunión de vida con él, Jesús pudo ser reconocido no sólo como el mayor de los profetas y santos, sino como el Hijo de Dios y Dios con nosotros. Y finalmente, nos envió desde su Padre una nueva presencia suya y del Padre con nosotros y en nosotros, y la llamó Espíritu Santo. En el Espíritu vienen a nosotros el Padre y el Hijo, en él nos unimos a Dios y es el amor que ha sido derramado en nuestros corazones. 

Es el Espíritu que fecundó a María, realizando la encarnación de Dios. Es el Espíritu que condujo a Jesús al desierto y descendió después sobre él en el Jordán. El Espíritu que le acompañaba siempre, porque el Padre se lo había comunicado plenamente (Jn 3,34). Jesús lo llamó Paráclito –defensor y consolador- (Jn 14,16.25; 15,26; 16,7) y también Espíritu de la verdad (Jn 14,17; 15,26; 16,13), que nos asistirá en los peligros y nos llevará al conocimiento de la verdad plena, convirtiéndonos en “testigos” (15,27). 

El evangelio de Juan relata la venida del Espíritu Santo señalando la acción que realiza en la Iglesia. Cristo Resucitado se apareció a los discípulos, les dio su paz y, después de mostrarles sus llagas y costado, sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo…

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