martes, 20 de enero de 2026

El señor del sábado (Mc 2, 23-28)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo defiende arrancar las espigas en sábado, óleo sobre lienzo de Maten van Valckenborch (1580 – 1590), Museo de Historia del Arte, Viena, Austria

Un sábado, Jesús iba caminando entre los sembrados, y sus discípulos comenzaron a arrancar espigas al pasar.
Entonces los fariseos le preguntaron: "¿Por qué hacen tus discípulos algo que no está permitido hacer en sábado?".
Él les respondió: "¿No han leído acaso lo que hizo David una vez que tuvo necesidad y padecían hambre él y sus compañeros? Entró en la casa de Dios, en tiempos del sumo sacerdote Abiatar, comió de los panes sagrados, que sólo podían comer los sacerdotes, y les dio también a sus compañeros".
Luego añadió Jesús: "El sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado. Y el Hijo del hombre también es dueño del sábado". 

El marco del relato es el siguiente: los discípulos de Jesús atraviesan un campo y sienten hambre. Recogen unas espigas de trigo, las restriegan entre las manos y comen los granos. Este simple hecho escandaliza a los fariseos: ¡hacen en sábado lo que no está permitido! Jesús aprovecha la ocasión para defender la libertad y amplitud de espíritu que quiere que tengan sus discípulos. 

La ley está al servicio de la persona humana, no está dada para oprimir. Por eso, ante la necesidad, la ley cede; no es un absoluto. Para demostrarlo, Jesús argumenta poniendo el ejemplo de David que entró en el santuario, tomó los panes consagrados –que sólo podían comer los sacerdotes– y comió él y sus soldados porque tenían hambre (Cf. 1Sam 21, 2-7). Recordaba así a los fariseos que la necesidad humana estaba por encima incluso del culto y de lo referente al templo. Puede dejarse el sentido literal de la ley cuando lo exige una necesidad más elevada. Las normas son para orientar en las relaciones con Dios y con los demás, pero por encima están las necesidades vitales. 

A partir de esa enseñanza, Jesús pasa a tratar el tema del sábado. Moisés, inspirado por Dios, había dejado a los israelitas este precepto: Durante seis días trabajarás y harás todos tus trabajos. Pero el día séptimo es día de descanso en honor del Señor tu Dios. No harás en él trabajo alguno ni tú, ni tus hijos, ni tus siervos, ni tu ganado, ni el extranjero que habita contigo. El descanso, por tanto, no había sido impuesto como una prueba, como un deber riguroso, sino como un recurso humano para asegurarle a todos, judíos y no judíos, libres o esclavos que pudieran tener un día semanal para reparar las fuerzas, estar en familia, y, sobre todo, honrar a Dios recordando el descanso que tuvo el Creador al concluir su obra (Ex 20, 8-11), y acordándose de que fueron esclavos en Egipto y el Señor los liberó (Dt 5,12-15). 

Por su significación y por su contenido de memorial, el sábado pasó a convertirse en un elemento fundamental de la espiritualidad judía, hasta hoy, la espiritualidad del Shabat. El descanso sabático es una solemne proclamación de la identidad del judío y de su nación: identidad de hijos y pueblo de la alianza, que vale no por lo que produce o posee sino por lo que es. El sábado recuerda a los israelitas que no son simples ciudadanos, trabajadores, o consumidores. El Shabat no es una simple costumbre ni un simple medio para el ordenamiento social del trabajo mediante el descanso obligatorio, sino la afirmación pública y rotunda de que Israel es el pueblo de Dios, que obra según Dios. 

Sin embargo, en tiempos de Jesús la espiritualidad del Shabat había quedado deformada por el rigorismo y la intransigencia de los rabinos fariseos. El precepto del sábado que en su origen había tenido un fuerte sentido liberador, al asegurar a todos el descanso semanal, y que era día santo para honrar a Dios, se había convertido en una ley opresora. Jesús no sólo devuelve a la práctica del descanso sabático su verdadero sentido, sino que con su afirmación: El sábado está hecho para el hombre, pone al sábado en relación y al servicio del hombre. Como todas las observancias morales, ritos, celebraciones liturgias y prácticas religiosas, por medio de las cuales se expresa la fe, tampoco el sábado es un fin en sí mismo. Todo ello es medio al servicio del ser humano. 

Finalmente, la declaración: El Hijo del hombre es señor también del sábado, debió sonar a los oídos de los dirigentes del pueblo como una pretensión insoportable. En el evangelio de Juan aparece claro: perseguían a Jesús porque hacía obras como éstas (curar a un paralítico) en día sábado, pero Jesús les replicó: Mi Padre no cesa de trabajar hasta ahora y yo también trabajo. En vista de esto trataban de matarlo porque no sólo no respetaba el sábado sino que además decía que Dios era su Padre, y se hacía igual a Dios (Jn 5,19). Jesús, por tanto, no trasgrede el sábado sino que lo supera, haciendo lo que hace Dios su padre. En adelante, Jesús es quien transmite la identidad al nuevo pueblo de Israel y quien realiza la verdadera y plena liberación. Queda atrás el sábado como signo y recuerdo. Se ha hecho realidad aquello de lo que el sábado era signo. Se ha inaugurado con Jesús el definitivo séptimo día, día del encuentro de Dios con sus hijos, sábado eterno, tiempo de gracia y salvación en que se cumple lo anunciado: Habitaré en ellos y caminaré junto a ellos (Lv 26,12; 2Cor 6,16).

lunes, 19 de enero de 2026

Vino nuevo en odres nuevos (Mc, 2, 18-22)

 P. Carlos Cardó SJ 

Escultura en relieve representando una bodega con ánforas de vino (siglo II A.C), excavaciones pertenecientes al periodo Helenístico, Grecia

En una ocasión, en que los discípulos de Juan el Bautista y los fariseos ayunaban, algunos de ellos se acercaron a Jesús y le preguntaron: "¿Por qué los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan, y los tuyos no?".
Jesús les contestó: "¿Cómo van a ayunar los invitados a una boda, mientras el novio está con ellos? Mientras está con ellos el novio, no pueden ayunar. Pero llegará el día en que el novio les será quitado y entonces sí ayunarán.
Nadie le pone un parche de tela nueva a un vestido viejo, porque el remiendo encoge y rompe la tela vieja y se hace peor la rotura. Nadie echa vino nuevo en odres viejos, porque el vino rompe los odres, se perdería el vino y se echarían a perder los odres. A vino nuevo, odres nuevos". 

Los fariseos están al acecho para ver de qué pueden acusar a Jesús. Seguramente lo han visto a él y a sus discípulos comiendo en casa del publicano Leví. Por eso le preguntan: ¿Por qué razón tus discípulos no ayunan? Jesús les contesta indirectamente haciéndoles ver el significado de su presencia. Él trae consigo la realización de aquello que se esperaba para el tiempo del Mesías. Su venida inaugura la fiesta anunciada por los profetas: “El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido. Me ha enviado… para consolar a los afligidos…; para cambiar su ceniza en corona, su luto en perfume de fiesta, su abatimiento en traje de gala” (Is 61, 1.3). 

Jesús dice de sí mismo que es el novio y que sus seguidores son los amigos del novio. La metáfora del “novio” o del “esposo” la usaban los profetas para designar a Dios, que se había unido a su pueblo Israel con una alianza de amor y fidelidad. Jesús se la aplica. Afirma con ello que ocupa el lugar de Dios y que la antigua alianza da paso a la nueva, que consiste ahora en vincularse a Dios presente en su persona. La relación con Dios es directa, la presencia de Dios se ha hecho inmediata. Por tanto, el perdón no depende del ayuno penitencial y expiatorio, sino de la adhesión personal a Jesús. De eso se trata, de adherirse a él, de seguirlo por medio de una relación de amistad (como amigos del novio) y no como un sometimiento a normas venidas del exterior. Jesús pasa a ser la norma interior de vida. Su persona, su tarea, su modo de proceder, sus actitudes e ideales se convierten en el referente del cristiano en todo su comportamiento. 

En esto consiste la novedad que trae consigo el evangelio. Para reforzar la idea, Marcos añade dos parábolas sobre el remiendo del vestido viejo con tela nueva, que acaba por romperlo más, y el vino nuevo que se guarda en cueros viejos y los hace reventar. La advertencia es clara: son inconciliables lo nuevo y lo viejo, es peligroso intentar acomodarlos. Los valores del reino que Jesús transmite son incompatibles con el tejido de la antigua ley y religión. Es necesaria la renovación, a la que el mismo Jesús exhorta desde el inicio de su predicación: ¡Cambien de vida y crean en el evangelio! (Mc 1, 15). 

La conversión a Cristo es lo que hace posible mantener el sentido de la fiesta y de la alegría como característica de la vida del cristiano. Jesús, el Novio, nos hace imaginar un “estado permanente de boda”, una existencia en la que es posible experimentar de continuo el amor incesante del Padre por nosotros, por nuestro mundo y por nuestra historia. Además, el Novio nunca se irá. Por eso la fiesta tiene rango de valor cristiano permanente. Tendrán una alegría que nadie les podrá quitar (Jn 16,22). 

Pero hay que entenderla bien. Fruto de la alegre noticia que es el evangelio, la alegría cristiana no es simplemente el sentimiento natural de optimismo, ni menos aún el cinismo o frivolidad de quien no percibe que hay muchas cosas en el mundo que deben ser negadas, suprimidas o cambiadas radicalmente porque causan dolor y sufrimiento. Siempre la alegría cristiana, más que cualquier otra virtud, puede ser mal empleada y manipulada. Pero si es auténtica, es todo un programa de vida. La alegría del evangelio incluye afirmar que la vida humana, la propia y la de los demás, es digna de aceptación, debe ser respetada y servida, y puede así convertirse en fuente de gratitud. Por eso, no se da sin amor: la alegría sin el interés práctico propio del amor, no es más que una vana ilusión; así como el amor, sin la amabilidad de la alegría, degenera en un frío deber o en una actitud de dominio. Por ahí es por donde adquieren sentido válido y eficiente para nosotros hoy las palabras de Jesús: ¿Pueden acaso ayunar los invitados a la boda mientras el novio está con ellos?

domingo, 18 de enero de 2026

II Domingo del Tiempo Ordinario – El Cordero de Dios (Jn 1, 29-34)

 P. Carlos Cardó SJ 

Bautismo de Jesús, fresco de Domenico Ghirlandaio (1486 – 1490), basílica de Santa María Novella, Florencia, Italia

En aquel tiempo, vio Juan el Bautista a Jesús, que venía hacia él, y exclamó: "Éste es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. Éste es aquel de quien yo he dicho: 'El que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí, porque ya existía antes que yo'. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua, para que él sea dado a conocer a Israel".
Entonces Juan dio este testimonio: "Vi al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y posarse sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: 'Aquel sobre quien veas que baja y se posa el Espíritu Santo, ése es el que ha de bautizar con el Espíritu Santo'. Pues bien, yo lo vi y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios". 

Juan Bautista señala a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, y lo reconoce como el portador del Espíritu divino, que va a bautizar con Espíritu Santo (Jn 1,33), y fuego, añaden Mateo y Lucas (Mt 3,11; Lc 3, 16). 

¿Qué significado tiene la metáfora del Cordero? El cordero era la víctima del sacrificio de expiación y comunión de los judíos. En la pascua, cuando celebraban la liberación de Egipto, la comida del cordero evocaba la sangre de los corderos que salvó a Israel del exterminio (Ex 12, 7.12-13). Asimismo, no cabe duda de que la designación de Jesús como el “cordero que quita el pecado” alude a los cánticos de Isaías sobre el Siervo de Yahvé (Is 52,13-53,12), que cargará sobre sí el pecado del pueblo, y entregará su vida en expiación como cordero llevado al matadero, para traer a muchos la salvación. 

La idea recorre todo el Nuevo Testamento: “Los han rescatado... con la preciosa sangre de Cristo, cordero sin mancha” (1 Pe 1,18-20); “vi un cordero como sacrificado... porque fuiste degollado y con tu sangre compraste para Dios hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación...” (Ap 5,6ss); “nuestra cordero pascual, Cristo, ha sido inmolado” (1 Cor 5,7). El evangelista Juan refuerza este significado al señalar que Jesús fue crucificado la víspera de Pascua (Jn 13,1; 18,28.39- 19,14.31.42), en el día y casi a la misma hora en que eran inmolados los corderos en el templo y que, en vez de romperle las piernas, como solían hacer con los crucificados, a Jesús no le rompieron ningún hueso –como estaba mandado para el cordero pascual (Ex 12,46; Num 9,12)– sino que un soldado le atravesó el costado con una lanza (Jn 19,36). 

Volviendo al testimonio de Juan Bautista, vemos que declara haber visto que el Espíritu descendió sobre Jesús y se quedó en él (Jn 1, 32). En su bautismo en el Jordán, el Hijo de Dios se sumerge en la condición humana y Juan ve que se cumple en él lo que había anunciado Isaías sobre el Mesías: Sobre él reposará el Espíritu de Yahvé, espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor del Señor (Is 11,2). 

Por eso los evangelios afirman reiteradamente que la razón por la que Jesús habló y actuó como lo hizo fue que estaba lleno del Espíritu divino. Jesús es concebido por obra y gracia del Espíritu Santo (Lc 1,35); es conducido al desierto por el Espíritu (Lc 4,1); expulsa los demonios por el Espíritu de Dios (Mt 12,28); en su muerte entrega el Espíritu (Jn 19,30), y en su Resurrección es elevado al Padre, desde donde envía a nosotros el Espíritu: Reciban el Espíritu Santo (Jn 20,22). Por esto es él quien nos bautiza con Espíritu Santo, es decir, nos sumerge en la vida misma de Dios. 

Quienes en la Eucaristía comen la carne y beben la sangre del Cordero que quita el pecado del mundo, quedan llenos de su Espíritu que forja unidad fraterna y enciende en ellos el fuego de su amor. «Llamó al pan su cuerpo viviente, lo llenó de sí mismo y de su Espíritu [...], y quien lo come con fe, come Fuego y Espíritu. [...]. Tomen, coman todos de él, y coman con él al Espíritu Santo…, el que lo come vivirá eternamente» (San Efrén [+ 373], Doctor de la Iglesia, Sermón 4, n.4).

sábado, 17 de enero de 2026

Vocación de Leví y comida con pecadores (Mc 2, 13-17)

 P. Carlos Cardó SJ 

El llamado de San Mateo, óleo sobre lienzo de Lucca Giordano (1685 aprox.), colección de arte universal de la Universidad de Georgetown, Washington DC, Estados Unidos

En aquel tiempo, Jesús salió de nuevo a caminar por la orilla del lago; toda la muchedumbre lo seguía y él les hablaba. Al pasar, vio a Leví (Mateo), el hijo de Alfeo, sentado en el banco de los impuestos, y le dijo: "Sígueme".
Él se levantó y lo siguió.
Mientras Jesús estaba a la mesa en casa de Leví, muchos publicanos y pecadores se sentaron a la mesa junto con Jesús y sus discípulos, porque eran muchos los que lo seguían. Entonces unos escribas de la secta de los fariseos, viéndolo comer con los pecadores y publicanos, preguntaron a sus discípulos: "¿Por qué su maestro come y bebe en compañía de publicanos y pecadores?".
Habiendo oído esto, Jesús les dijo: "No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Yo no he venido para llamar a los justos, sino a los pecadores". 

Jesús ha venido a formar una comunidad unida, que integre a todos, que no permita que nadie se sienta excluido ni nadie se sienta superior a los demás; todos unidos, con él en el centro, en la misma casa, en la misma mesa. 

Leví estaba en su banco de publicano, inmóvil como el paralítico (del pasaje anterior, Mc 2, 1-12), inmerso en su trabajo sucio: cobraba impuestos y se enriquecía haciendo trampas. Es difícil que un rico entre el reino. Pero para Dios nada es imposible. La mirada de Jesús rehabilita a Leví, le hace sentirse valioso, que cuenta con él. 

Pero este gesto de Jesús, tan humano, resulta provocador. Ningún judío decente se juntaba con publicanos. Sin embargo, Jesús no sólo se acerca a Leví sino que lo llama a formar parte de su grupo de íntimos. Y, lo que es peor, va a aceptar ir, junto con sus discípulos, a sentarse a la mesa con “muchos publicanos y gente de mal vivir”. Los seguidores de Jesús toman conciencia de que el Dios que viene a ellos en la persona de Jesús no es el dios excluyente y discriminador del judaísmo fariseo. El Dios revelado en Jesús es un Dios de misericordia, que acoge a los perdidos y los rehabilita. 

El relato se centra luego en el símbolo del banquete. El anuncio profético del Reino como un banquete que Dios tendrá preparado para sus elegidos había cargado de simbolismo el acto natural del comer en la cultura judía: no sólo celebraban anualmente la comida del cordero como el memorial de la liberación de Egipto, sino que los banquetes festivos en general eran expresión de valores compartidos; en ellos se oraba, se establecían alianzas, se restablecían amistades, se forjaba la unión y, sobre todo, se hacía presente el Reino mesiánico. En él Dios comía con sus elegidos, lo otros quedaban excluidos. Pensando en esto, el judío sólo podía sentarse a la mesa con aquellos que podían ser contados entre los elegidos por Dios para su banquete. “Que ningún pecador o gentil, ni cojo o manco o herido por Dios en su carne tenga parte en la mesa de los elegidos”, decía la regla puritana de Qumram. 

Jesús cambia esta mentalidad. Los pecadores no se han de evitar como si fuesen apestados. Jesús es enviado para reconciliar, integrar y unir. Más aún, en su forma de actuar se ve que Dios se acerca a los excluidos, incluso a los pecadores públicos. Entre estos últimos destacan sin duda los publicanos por su odioso oficio de recaudadores de los impuestos para los romanos y porque, generalmente, lo practicaban de manera fraudulenta. 

Los seguidores de Jesús toman conciencia: la comunidad cristiana está formada por pecadores que han sido tocados por la misericordia de Dios en Jesucristo. Cada miembro de la comunidad puede verse en Leví el publicano, o entre los pecadores invitados a la mesa. La comunidad, por tanto, no puede excluir ni hacer discriminaciones; debe revelar siempre el rostro misericordioso del Dios de Jesús. 

El relato acaba con estas palabras: Yo no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores. Los “justos”, satisfechos de sí mismos, no quieren cambiar. Los pecadores, que reconocen que su pasado los oprime, y se muestran dispuestos a iniciar una nueva vida, a esos los busca el Señor. 

El contenido simbólico del banquete lo revive el cristiano en la Eucaristía, en la que Cristo se hace presente, y se anticipa de manera eficaz la nueva humanidad reconciliada.