martes, 19 de noviembre de 2024

Zaqueo (Lc 19, 1-10)

 P. Carlos Cardó SJ

Cristo llamando a Zaqueo a que baje del árbol, fresco de autor anónimo, iglesia de la Epifanía, Yaroslavl, Rusia


Jesús entró en Jericó y la fue atravesando, cuando un hombre llamado Zaqueo, jefe de recaudadores y muy rico, intentaba ver quién era Jesús; pero a causa del gentío, no lo conseguía, porque era bajo de estatura. Se adelantó de una carrera y se subió a una higuera para verlo, pues iba a pasar por allí.
Cuando Jesús llegó al sitio, alzó la vista y le dijo: "Zaqueo, baja aprisa, pues hoy tengo que hospedarme en tu casa".
Bajó a toda prisa y lo recibió muy contento. Al verlo, murmuraban todos porque entraba a hospedarse en casa de un pecador.
Pero Zaqueo se puso en pie y dijo al Señor: "Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la daré a los pobres, y a quien haya defraudado le devolveré cuatro veces más".
Jesús le dijo: "Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también él es hijo de Abraham. Porque este Hijo del Hombre vino a buscar y salvar lo perdido".

Por medio de Jesús, Dios busca lo perdido, busca dar vida, sostenerla, rehacerla. En Zaqueo, Dios se acuerda de todo ser humano, por pequeño que sea y lo restablece, lo purifica (Zaqueo significa el puro). Era jefe de publicanos y muy rico. Por ser publicano, estaba excluido de la salvación según la ley; por ser rico, lo está según el evangelio: difícil que un rico entre en el reino (Lc 18). Es un caso desesperado.

Pero trataba de ver quién era el Señor. Muchos, hasta Herodes, querían ver a Jesús por motivos diversos. Zaqueo quiere verlo simplemente porque quiere cambiar, ser otra persona, así, sin dobles intenciones. Y esto es lo que atrae al Señor, que le dice: Es necesario que me aloje en tu casa.

Pero la turba se lo impedía porque era pequeño. Toda persona es pequeña ante la gloria de Dios. Él nos pide que seamos lo que somos, que reconozcamos nuestra pequeñez. Como un padre siente ternura por sus hijos, así siente el Señor ternura por los que lo respetan. Porque Él sabe de qué estamos hechos, se acuerda de que somos de barro (Sal 103).

Por eso Zaqueo se subió a una higuera. No tenía otra opción... Subirse al balcón o a la terraza de una casa, imposible; no le habrían permitido entrar en ninguna por ser un publicano. Y allí, subido en su árbol, verá pasar debajo, a sus pies, a un necesitado que busca posada; verá la humildad salvadora del Mesías que quiere alojarse con los débiles y pequeños de este mundo. Entonces lo reconocerá, verá al Señor.

Llegado a aquel sitio, Jesús alzó los ojos. No ve a Zaqueo de arriba abajo, sino como los humildes que miran de abajo-arriba, porque se ha hecho pequeño para servir a todos. En Jesús, el Altísimo se ha inclinado para mirar la tierra, para levantar del polvo al desvalido y de la miseria al necesitado (cf. Sal 113, 6s). Por eso, cuanto más humildes nos hacemos, más capaces somos de encontrarnos con Dios, porque Dios es humilde. Y más auténticos somos, más humanos, pues las palabras humilde y humano derivan del latín, humus, que significa tierra.

Jesús le dice: Zaqueo. No sólo le dirige la palabra a un publicano, cosa que las personas decentes evitaban, sino que lo llama por su propio nombre, en señal de amistad y cercanía. Así trata Dios. Así nos llama Dios, por nuestro nombre. En las entrañas de mi madre pronunció mi nombre (Is 49, 1).

Zaqueo bajó en seguida y lo acogió en su casa muy contento. No podía hacer otra cosa, había sido tocado por el amor de Dios; tenía por su parte que acogerlo. Acoger es gesto esencial en el amor. Acoge en su casa a quien no tenía dónde reclinar la cabeza, al Buen Samaritano que dio posada al pobre caído en el camino, y ahora va a Jerusalén, donde lo matarán y hará brotar de su costado abierto la fuente inagotable de alegría (Zac 12,10s). Esa alegría llena ya el corazón de Zaqueo.

Los fariseos murmuran. No entienden nada. No han acogido al débil, se han hecho incapaces de recibir el corazón nuevo, el corazón puro de los que ven a Dios (Mt 5, 8).

Zaqueo, en cambio, ya ha decidido cambiar. Sabe que su dinero proviene de la extorsión y la estafa y ha oído quizá a Jesús advertir que la riqueza puede ser perdición, porque lleva a olvidarse de los demás. Reconoce, pues, que debe usar de un modo nuevo su dinero. Y decide hacerlo: La mitad de lo que poseo se la daré a los pobres y si engañé a alguno le devolveré cuatro veces más. Mucho más de lo que la ley judía exigía. El encuentro con Jesús lo hace posible.

Jesús le responde con el anuncio gozoso de la buena noticia para él y su familia: Hoy la salvación ha venido a esta casa. Dios ha entrado en la vida de un hombre infeliz, considerado al margen de los destinados a la salvación. Dios hace partícipes de sus promesas hechas a Abraham y su descendencia a todos aquellos que se abren por la fe a su amor misericordioso. La justicia divina se ha hecho en Jesús búsqueda salvadora del perdido, como lo hace el buen pastor con la oveja extraviada o un padre con el hijo que se fue de casa. La vida se reconstruye. Jesús busca, llama, invita. Como Zaqueo podemos acogerlo en casa, y quedar transformados por su visita. En la Eucaristía, Él entra en nuestra casa interior, en nuestro corazón, y nos cambia. 

lunes, 18 de noviembre de 2024

El ciego de Jericó (Lc 18, 35-43)

 P. Carlos Cardó SJ

Jesús cura al ciego de nacimiento, óleo sobre lienzo de Vasily Ivanovich Surikov (1888), Academia Teológica de Moscú, Rusia

En aquel tiempo, cuando Jesús se acercaba a Jericó, un ciego estaba sentado a un lado del camino, pidiendo limosna. Al oír que pasaba gente, preguntó qué era aquello, y le explicaron que era Jesús el nazareno, que iba de camino. Entonces él comenzó a gritar: "¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!". Los que iban adelante lo regañaban para que se callara, pero él se puso a gritar más fuerte: "¡Hijo de David, ten compasión de mí!".
Entonces Jesús se detuvo y mandó que se lo trajeran. Cuando estuvo cerca, le preguntó: "¿Qué quieres que haga por ti?". Él le contestó: "Señor, que vea". Jesús le dijo: "Recobra la vista; tu fe te ha curado".
Enseguida el ciego recobró la vista y lo siguió, bendiciendo a Dios. Y todo el pueblo, al ver esto, alababa a Dios.

Jesús ha anunciado tres veces que va a padecer en Jerusalén a manos de los sumos sacerdotes y jefes del pueblo, pero a sus discípulos aquel lenguaje les resultaba totalmente oscuro (v. 34).

Llegan así a la ciudad de Jericó, cerca ya de la capital, y ocurre algo que va a servir para ejemplificar la necesidad de la fe para “ver” y comprender el camino de Jesús. Un ciego, que estaba sentado al borde del camino –y que en el texto paralelo de Marcos se le designa con el nombre de Bartimeo– oyó pasar gente y preguntó qué era aquello. Le dijeron que era Jesús de Nazaret, y se puso a invocarlo con el título mesiánico de Hijo de David, suplicándole a grandes voces que tuviera compasión de él.

La ceguera suele significar en los evangelios la falta de fe. El ciego del relato es presentado como prototipo de quien se deja iluminar por la Palabra y se convierte en discípulo de Jesús. Aparece al borde del camino, no en el camino propiamente, como quien puede estar muy cerca de la fe, pero no ha dado aún el paso a la adhesión libre. Ocurría así con los fariseos, sacerdotes y escribas, que se tenían por expertos en Dios, pero habían inmovilizado a la gente con su religión de la ley que mata la libertad. No entraban en el camino ni dejaban entrar a otros, quedándose fuera, al borde…

La fe supone un proceso, que se inicia por el oído. El ciego primero escucha que el hombre que va a pasar a su lado es Jesús, que significa Yahvé salva. Acoge de inmediato la buena noticia y lo invoca a grandes voces como el Hijo de David, como el Mesías esperado. Llamarlo por su nombre y poner en él la confianza es entrar en la relación personal propia de la fe que salva. Todo el que invoca el nombre del Señor se salvará (Hech 2,21). El ciego lo sabe y al Hijo de David le pide compasión y misericordia. Se ha encontrado con aquel que es la misericordia de Dios encarnada.

Vienen entonces las dificultades de la fe. Los que iban delante lo reprendían para que se callara. El camino de la fe no es llano y sin obstáculos, las dificultades pueden venir incluso de aquellos de quienes se podría esperar apoyo y comprensión. Se puede suponer que entre los que iban delante estaban los discípulos de Jesús. Las piedras de tropiezo pueden ser puestas aun por los representantes de la religión. Nunca ha sido fácil seguir a Jesús. Él nos lo ha advertido: los envío como corderos en medio de lobos (Lc 10, 3). Los odiarán por mi causa (Mt 10, 22). Se levantarán contra ustedes toda clase de sospechas (Mt 5, 11). El ciego demuestra la perseverancia en la fe: en vez de dejarse convencer por los que lo reprendían, él gritaba con más fuerza.

Jesús entonces mandó que se lo trajeran. Aunque ciegos, los discípulos pueden y deben conducir a Jesús a quien desea verlo. A pesar de sus propias contradicciones, el cristiano debe acercar a otros a Jesús. Es el misterio de las mediaciones humanas, siempre defectuosas, de las que se vale el Señor para atraer a sí a los que buscan una vida mejor.

La pregunta que Jesús le dirige –¿Qué quieres que haga por ti? – no es innecesaria: Aunque Dios conoce nuestra necesidad, es importante expresar el deseo. En él se contiene nuestra confesión de fe-confianza, y entonces todo lo que pidamos, él nos lo dará (Jn 14, 13). Es lo que hace el ciego del relato: llama Señor a Jesús. Ve en el Nazareno la gloria de Dios, ve en el hombre Jesús al Señor, al Kyrios, ungido por Dios para salvarnos.

Y Jesús hace que el ciego recobre la vista, con lo que da ocasión para que toda la gente estalle en gritos de alabanza a Dios. Al curarlo, Jesús afirma implícitamente que él es el hijo de David; y al dar vista al ciego, lleva a cumplimiento lo que se había dicho de él (Lc 4,18; 7,22; Is 61,1).

Tu fe te ha salvado. Es el milagro. La fe es luz verdadera, visión. Queda así claramente indicado el proceso de la fe: primero el oír, después el invocar el Nombre reconociendo la propia situación, para finalmente seguir al Señor con una vida nueva, plena de dignidad y sentido

domingo, 17 de noviembre de 2024

Homilía del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario – Entonces verán al Hijo del hombre (Mc 13, 24-32)

 P. Carlos Cardó SJ

Juicio final (detalle de Cristo), fresco de Giotto (1306), Capilla de los Scrovegni, Padua, Italia
Jesús les dijo: "Después de esa angustia llegarán otros días; entonces el sol dejará de alumbrar, la luna perderá su brillo, las estrellas caerán del cielo y el universo entero se conmoverá. Y verán venir al Hijo del Hombre en medio de las nubes con gran poder y gloria. Enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro puntos cardinales, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo.
Aprendan de este ejemplo de la higuera: cuando sus ramas están tiernas y le brotan las hojas, saben que el verano está cerca. Así también ustedes, cuando vean que suceden estas cosas, sepan que todo se acerca, que ya está a las puertas. En verdad les digo que no pasará esta generación sin que ocurra todo eso. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. Por lo que se refiere a ese Día y cuando vendrá, no lo sabe nadie, ni los ángeles en el Cielo, ni el Hijo, sino solamente el Padre".

Los contemporáneos de Jesús y después las primeras comunidades cristianas sentían la inquietud de saber “cuándo” iba a ocurrir el fin del mundo y cómo se iba a reconocer su venida. Jesús se niega a satisfacer esa curiosidad. Lo que hace es describir el destino final de la historia –a escala cósmica– empleando imágenes semejantes a las de la literatura apocalíptica judía (concretamente, del libro de Daniel), que fueron redactados en la última etapa del Antiguo Testamento.

Apocalipsis no significa desastre sino revelación de algo desconocido. Este género literario describía mediante símbolos la victoria de Dios sobre el mal. Empleaba un lenguaje lleno de colorido, de trazos y tintes fuertes, de imágenes impactantes y paradojas, que no se deben tomar en sentido literal, pero que tampoco nos deben extrañar pues, de hecho, la realidad del mundo hace estallar a diario ante nuestros ojos imágenes fuertes de hechos dolorosos y dramáticos que llenan de horror.

Jesús en su discurso no revela cosas extrañas ni ocultas, sino que da a conocer el sentido profundo de nuestra realidad presente, enseña que el mundo tiene su origen y su fin en Dios e invita a vivir el presente desde esta perspectiva, la única que da sentido a la vida.

El evangelio nos hace ver que no vamos hacia el “acabose” sino hacia “el fin”, que no nos espera la nada y el vacío sino el encuentro con Dios. Vamos hacia la disolución del mundo viejo y al nacimiento del nuevo. El universo, en la forma que hoy tiene, se habrá de acabar: lo que ha tenido un inicio, tiene un fin. Pero se nos dice también que hay una relación entre la meta final y el camino que llevamos. Por tanto, quienes no acepten el sentido y finalidad que deben tener sus vidas, podrán acabar mal, como acabará todo lo malo que hay en este mundo: de modo que así como no debemos tener miedo por el futuro, tampoco podemos convertirnos en unos ingenuos y triunfalistas.

El texto que comentamos retoma a escala cósmica las constantes negativas de la vida y de la historia que perduran hasta hoy y que, llevadas a extremo, pueden destruirlo todo. Este es el sentido de las imágenes del sol que deja de brillar, la luna que pierde su resplandor, y las estrellas y astros del cielo que caen.

Ahora bien, en el evangelio de Marcos, todo eso ocurre en la muerte de Jesús: allí acontece el primer cumplimiento de la victoria sobre el mal del mundo, que queda como anticipo y promesa de un futuro en el que la victoria llegará a su plenitud. Así, vemos que al momento de morir Jesús, el sol se oscureció desde el mediodía (15,33), el velo del templo –símbolo del cielo– se rasgó en dos (15,39) y apareció la gloria de Dios (15,39).

En el cuerpo muerto del Señor que carga sobre sí el pecado y el mal de este mundo, se realiza el juicio de Dios: la derrota de lo negativo y la liberación del amor que triunfa. En la realidad en que vivimos se desarrolla el misterio de la muerte y resurrección de Jesús, y el misterio del Reino de Dios que crece hasta lograr su plenitud.

 Por eso la descripción del fin del mundo contiene un anuncio esperanzador: la última palabra sobre el destino humano no es una palabra de muerte y destrucción total. Lo que desaparecerá será el mal del mundo y aparecerán los cielos nuevos y la tierra nueva (Is 25,8; Ap 21, 1-5). Una humanidad nueva surgirá: la humanidad nueva que nace con la muerte de Cristo en la cruz y que será conducida a su plenitud por el Hijo del hombre cuando venga con poder y majestad.  Entonces aparecerá la salvación de Dios.

Para el cristiano, la venida del Señor al final de los tiempos ha de significar consuelo y aliento para vivir el presente. El Señor viene a reunir de los cuatro vientos a sus elegidos… El momento final de la historia consistirá en la reunión de los “elegidos” en comunión gozosa con Dios, como manifestación plena de su reinado sobre todo lo creado. Y por eso, sea cual sea el fin temporal de la historia humana, incluida la posibilidad de una catástrofe mundial, el cristiano sabe que la creación entera ha sido confiada definitivamente a las manos de Dios, nuestro creador y padre, por Jesucristo su hijo, crucificado y resucitado, en quien el ser humano y todo lo creado ha hallado su forma de realización plena e irreversible.

A los primeros cristianos que preguntaban ansiosos cuándo iba a ser el fin del mundo, el evangelio les decía cómo debían esperarlo. A los de hoy, que piensan con temor en el fin del mundo o ya no les interesa, el evangelio les dice qué sentido tiene el esperarlo y cómo encaminar nuestra historia actual hacia la verdadera esperanza que no defrauda.

sábado, 16 de noviembre de 2024

Parábola del juez y la viuda (Lc 18,1-8)

 P. Carlos Cardó SJ

La viuda insistente, icono de autor anónimo (siglo I), Monasterio de Iviron, Monte Athos, Grecia

En aquel tiempo, Jesús, para explicar a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: «Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: "Hazme justicia frente a mi adversario"; por algún tiempo se negó, pero después se dijo: "Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esa viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara"».
El Señor añadió: "Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?, ¿o dejará que esperen? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?".

A veces nos preguntamos por qué Dios no escucha nuestras oraciones y no interviene para resolver nuestros problemas o cambiar nuestra suerte. La parábola del juez y la viuda hace ver la eficacia de la oración que alimenta la confianza del creyente.

Esta parábola es similar a la del hombre que va a medianoche a casa de su amigo para pedirle tres panes, porque le ha llegado un huésped y no tiene con qué atenderlo (Lc 11,5-8). Si el dueño de casa no se levanta a dárselos por ser su amigo, lo hará al menos para que no siga molestando. Asimismo, en el presente texto, el juez inicuo que hacía oídos sordos a las súplicas de la pobre viuda, le hará justicia al menos para que no vuelva a buscarlo. Con ambas parábolas Jesús inculca la necesidad de orar siempre con confianza y perseverancia (Flp 1,4; Rom 1,10; Col 1,3; 2 Tes 1,11).

Un dato significativo es que se trata de una viuda, que en la Biblia representa el estamento más desamparado de la sociedad (Ex 22,21-24; Is 1,17.23; Jr 7,6). En este caso, la viuda, sin esposo ni hijos que la defiendan, enfrenta a un enemigo. La pobre no puede hacer otra cosa que suplicar con insistencia que se le haga justicia. La parábola concluye: si un juez inmoral termina por atender a la viuda, ¿qué no hará Dios por sus hijos e hijas que claman  a él día y noche? (Dt 10,17-18; Eclo 35,12-18).

La parábola no puede ser interpretada como una invitación a la pasividad. La viuda pone todo de su parte para resolver su problema, insiste hasta la saciedad ante el juez, reclamándole justicia. Por consiguiente, la fe y la oración no consisten en endosarle a Dios lo que corresponde a la propia responsabilidad y esfuerzo. La fe y la oración no nos eximen de tener que poner los medios a nuestro alcance para solucionar nuestras necesidades; tampoco nos retiran del mundo que debemos procurar transformar. 

La fe y la oración nos llevan a enfrentar los problemas, a poner solidariamente nuestros talentos al servicio del prójimo que nos necesita y al servicio de la sociedad, a leer desde el evangelio nuestra realidad y a inspirar nuestras acciones con los criterios y valores del reino proclamado por Jesús. Oración y esfuerzo personal son inseparables y se determinan por entero a la consecución de su objetivo: ver a Dios en todo y verlo todo en Dios, vivir unido a él en el propio interior, en las relaciones con los demás y en la actuación y trabajo.

De este modo, la fe es el fundamento de la oración y la oración robustece la fe. Por eso el creyente sabe que, después de haber puesto todo lo que está de su parte para hallar solución a los problemas, como si todo dependiera de él, debe abandonarlo todo en manos de Aquel que ve finalmente lo que más nos conviene y hará mucho más que lo que nuestras débiles fuerzas pueden lograr.  

Leyendo páginas bíblicas como ésta se puede ver que Dios no es un omnipotente impasible, sino un ser que se inclina y hace suya la suerte de sus hijos e hijas que levantan los ojos a él esperando su misericordia (cf. Salmo 122). Dios escucha sus súplicas. Por eso el pasaje que comentamos se cierra con esta frase lapidaria de Jesús: ¿Dios no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche? ¿Los hará esperar? Les digo que les hará justicia sin tardar (Lc 18,7).

El cristiano, consciente de la compañía y providencia de Dios, no debe desfallecer sino insistir en la oración, pidiendo fuerza para perseverar. Sólo la oración lo mantendrá firme en la esperanza.