viernes, 22 de octubre de 2021

Saber discernir los signos (Lc 12, 54-59)

 P. Carlos Cardó SJ

La gran galaxia, óleo sobre lienzo de Rufino Tamayo (1978), Museo Tamayo de Arte Contemporánea, Ciudad de México
En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: Cuando ustedes ven que una nube se va levantando por el poniente, enseguida dicen que va a llover, y en efecto, llueve. Cuando el viento sopla del sur, dicen que hará calor, y así sucede. ¡Hipócritas! Si saben interpretar el aspecto que tienen el cielo y la tierra, ¿por qué no interpretan entonces los signos del tiempo presente? ¿Por qué, pues, no juzgan por ustedes mismos lo que les conviene hacer ahora?
Cuando vayas con tu adversario a presentarte ante la autoridad, haz todo lo posible por llegar a un acuerdo con él en el camino, para que no te lleve ante el juez, el juez te entregue a la policía, y la policía te meta en la cárcel. Yo te aseguro que no saldrás de ahí hasta que pagues el último centavo.

Jesús reprocha a la gente que saben muy bien discernir las cosas materiales, pero no conocen las espirituales. Saben lo que es necesario para la vida temporal, pero no saben lo que es necesario para la vida eterna. Conocen el aspecto del cielo, pero no saben discernir la presencia de Dios. De ellos dice san Pablo: Los mundanos no captan las cosas del Espíritu de Dios. Carecen de sentido para él y no pueden entenderlas porque sólo a la luz del Espíritu pueden ser discernidas. En cambio, quien posee el Espíritu lo discierne todo y no está sujeto al juicio de nadie (1Cor 2, 14-15).

Los criterios que mueven nuestras acciones no siempre son evangélicos. Esto se ve de manera particular a la hora de tomar decisiones, que es cuando debemos discernir. El discernimiento consiste en buscar y reconocer –siempre por medio de la oración– lo que Dios quiere de nosotros, para dejarnos conducir por Él, para que sea su voluntad y no la nuestra la que determine nuestras decisiones.

El discernimiento consiste en buscar y elegir lo que sea más conforme a los valores y enseñanzas de Jesucristo. Y la condición para poder elegir así es hacernos libres frente a todas las cosas, para poder optar por lo que más convenga en orden a cumplir la voluntad de Dios. Ustedes, hermanos, han sido llamados a la libertad. Pero no tomen la libertad como pretexto para satisfacer los apetitos desordenados; antes bien háganse servidores los unos de los otros por amor… (Gal 5,13).

Después de esa enseñanza sobre la necesidad de interpretar bien cada situación y discernir lo que se debe hacer, Lucas pone una parábola de Jesús, que podríamos llamar la parábola de la reconciliación. Contiene una llamada a elegir siempre lo que une, no lo que divide y enfrenta. En la base se puede apreciar un gran sentido común y también la sabiduría popular que se expresa en proverbios como éste: Comenzar una discusión es abrir una represa; antes que la pelea estalle, retírate (Prov 12,14).

Jesús dice: procura llegar a un arreglo con tu adversario para que no te lleve al juez y acabes en la cárcel. Todos sabemos que es mejor arreglar los asuntos por la vía pacífica de la conciliación, porque una vez entablado el litigio, las consecuencias pueden ser peores. En su sentido más exacto, la parábola contiene una advertencia de Jesús a sus oyentes para que se decidan a acoger su enseñanza. Es como si les dijera: ésta es la última oportunidad, decídanse antes de que sea demasiado tarde. Está incluido aquí el precepto sobre la reconciliación fraterna como condición para la reconciliación con Dios (cf. Mt 5, 25s).

Mientras estás de camino, dice Jesús. La vida es camino, su meta es la fraternidad del reino de Dios. Si no se pasa de la lógica de la venganza y del conflicto a la del perdón y la reconciliación, la vida simplemente no es humana.

Por eso venimos a la eucaristía, porque nos pone en el tiempo de la salvación, en el tiempo de la obra de Cristo en nosotros, nos da los criterios para discernir su presencia y lo que a Él le agrada. La eucaristía es signo de unión y reconciliación fraterna.

jueves, 21 de octubre de 2021

Fuego he venido a encender en la tierra (Lc 12, 49-53)

 P. Carlos Cardó SJ

Sodoma y Gomorra en llamas, óleo sobre lienzo de Jacob Jacobsz (James de Witt) (1680 aprox.), Museo Estatal de Hesse, Darmstadt, Alemania

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "He venido a traer fuego a la tierra, ¡y cuánto desearía que ya estuviera ardiendo! Tengo que recibir un bautismo, ¡Y cómo me angustio mientras llega!
¿Piensan acaso que he venido a traer paz a la tierra? De ningún modo. No he venido a traer la paz, sino la división. De aquí en adelante, de cinco que haya en una familia, estarán divididos tres contra dos y dos contra tres. Estará dividido el padre contra el hijo, el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra".

Jesús avanza hacia Jerusalén y el horizonte se le vuelve cada vez más sombrío. Los que caminan con Él advierten que sus palabras se hacen cada vez más exigentes y comprometedoras.

Fuego he venido a encender en la tierra, les dice. Es el fuego de su Espíritu, de su vida, con el que nos ha bautizado. Es el fuego de la conversión, que transforma en nosotros aun aquello que no podemos cambiar. Es ardor espiritual, mística, entusiasmo, es decir, lo propio del amor. El Cantar de los Cantares (8,6s) habla justamente del amor como centella de fuego, llamarada divina, inextinguible, más fuerte que la muerte. El amor con que Dios nos ama enciende ese fuego; pero el problema es que nos resistimos a que arda en nosotros.

Con la pasión de su amor por nosotros, habla luego Jesús de lo que va a sufrir, y lo siente como una terrible prueba. La espera de una muerte tan cruel llena de ansiedad su interior y lo fuerza a decir: ¡que angustiado estoy hasta que se cumpla! Ante el destino de cruz, la condición humana se estremece. Su voluntad de entregar su vida por nuestra salvación le lleva a tener que pasar por donde no quiere, con la confianza de que su Padre no lo abandonará. Se siente internamente dividido entre un deseo y una angustia, es la lucha interior que en el huerto de Getsemaní le hará sudar sangre, la lucha del amor que vence en la prueba suprema.

Jesús es consciente de que su proclamación del reino, como triunfo del amor y de la justicia de Dios en el mundo, ha sido acogida por algunos, pero ha chocado desde el inicio de su predicación con la incomprensión de la mayoría, aun de sus propios familiares, y la oposición cada vez más hostil de las autoridades del pueblo.

La fidelidad a su proyecto, en perfecta sintonía con los designios del Padre, le ha creado enemigos, que se muestran más poderosos y violentos a medida que se acerca a Jerusalén, capital del poder político y religioso. Por eso sus palabras se vuelven cada vez más exigentes: no puede dejar de advertir a sus discípulos que su mensaje produce divisiones en la sociedad y confrontación hasta en la propia familia.

Hoy también Jesucristo sigue llamando a la radicalidad de su seguimiento, que puede llevar a posponer, de forma más o menos espinosa y difícil, otros valores –tan amados como el valor familia– para que el evangelio prevalezca en la orientación de la propia conducta. Él ha venido a traer la paz de unidad y de justicia. No una paz barata, sin mayores exigencias y alcances. El compromiso por la justicia, que el reino de Dios exige, puede producir a veces separación o incomprensión de los otros. El cristiano las asumirá con la firmeza de sus convicciones, detrás de las cuales actúa siempre el amor de Dios que triunfa.

El mensaje cristiano siempre podrá parecer crítico porque busca, interroga, conmueve. La palabra del Señor enfrenta a toda sociedad mal organizada e interpela también a la Iglesia por las adherencias que se le pegan en su labor por el reino. El evangelio es actual y lúcido; utiliza códigos culturales de hoy, pero no concuerda con proclamas ideológicas. Es esperanzador, libera, comunica el Espíritu de Dios que siempre alienta e impulsa, no desanima ni humilla; pero propone el ejemplo de Jesús, que  nunca  pretendió estar de acuerdo con todos ni a cualquier precio, ni quiso poner su vida a salvo sino entregarla.

El evangelio es el sueño de Jesús de una humanidad realmente fraterna, un mundo donde sea posible la justicia. Ese es el fuego interior que le mueve, el fuego que ha venido a traer a la tierra, y cómo desearía que estuviera ya propagándose. ¡Ojalá estuviera ya ardiendo! Pero nos da miedo ese fuego de amor y justicia, y no permitimos que prenda en nosotros. Olvidamos lo que dice San Pablo: Es cierta esta verdad: Si con él morimos, viviremos con él; si con él sufrimos, reinaremos con él; si lo negamos, también él nos negará; si le somos infieles, él permanece fiel porque no puede negarse a sí mismo (2 Tim 2, 12-14).

miércoles, 20 de octubre de 2021

Sean como el administrador fiel - Lc 12, 39-48

P. Carlos Cardó SJ

Ascensión de Cristo, óleo sobre lienzo de Jan Matejko (1884), Museo Nacional de Varsovia, Polonia
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Fíjense en esto: Si un padre de familia supiera a qué hora va a venir el ladrón, estaría vigilando y no dejaría que se le metiera por un boquete en su casa. Pues también ustedes estén preparados, porque a la hora en que menos lo piensen, vendrá el Hijo del hombre".
Entonces Pedro le preguntó a Jesús: "¿Dices esta parábola sólo por nosotros o por todos?".
El Señor le respondió: "Supongan que un administrador, puesto por su amo al frente de la servidumbre con el encargo de repartirles a su tiempo los alimentos, se porta con fidelidad y prudencia. Dichoso ese siervo, si el amo, a su llegada, lo encuentra cumpliendo con su deber. Yo les aseguro que lo pondrá al frente de todo lo que tiene. Pero si ese siervo piensa: 'Mi amo tardará en llegar' y empieza a maltratar a los otros siervos y siervas, a comer, a beber y a embriagarse, el día menos pensado y a la hora más inesperada llegará su amo y lo castigará severamente y le hará correr la misma suerte de los desleales.
El siervo que conociendo la voluntad de su amo, no haya preparado ni hecho lo que debía, recibirá muchos azotes; pero el que, sin conocerla, haya hecho algo digno de castigo, recibirá pocos.
Al que mucho se le da, se le exigirá mucho; y al que mucho se le confía, se le exigirá mucho más.

Estén atentos porque no saben a qué hora llegará el Señor, es la respuesta de Jesús a sus discípulos que le preguntan “cuándo” será el fin del mundo. Hace ver que el “cuándo” es siempre, el tiempo de lo cotidiano, porque es allí donde se realiza el juicio de Dios. No en acontecimientos extraordinarios, sino en nuestra existencia de todos los días se decide nuestro destino futuro en términos de salvación o perdición, de estar con el Señor o estar lejos de Él. Al final se recoge lo que se ha sembrado.

El trasfondo de estas parábolas y dichos de Jesús sobre la necesidad de estar preparados y vigilantes puede ser la situación de la Iglesia primitiva en la que, después de creer que la segunda venida de Jesucristo era inminente, entendieron que no era así y la larga espera hizo que bajara el fervor de las comunidades e incluso comenzaran a sufrir una cierta relajación de costumbres. A ellas en particular dirigieron los evangelistas sinópticos estos pasajes.

Estén preparados, vigilantes, significa discernir las cosas y distinguir las que nos sirven para estar con Dios en la vida de todos los días. Quien lo busca, lo encuentra. De lo contrario, viene como el ladrón que desvalija la casa. Hay que estar con los ojos abiertos.

El amo de casa puede aludir a los dirigentes: son los que el Señor ha puesto al frente de su casa y son ellos los primeros que han de cultivar la actitud de vigilancia, obrando con justicia y caridad. Si el dueño de casa es previsor y prudente no se deja sorprender por el ladrón que asalta las casas que no están bien guardadas. La imagen del ladrón nocturno representa la venida de improviso del Hijo del hombre como juez y salvador. Saben que el día del Señor vendrá como un ladrón en plena noche, dice Pablo (1 Tes 5,2; ver también 2 Pe 3, 10 y Ap 3, 3)

La parábola del administrador va dirigida, en primer lugar, a los que tienen oficio de presidir o dirigir la comunidad. Por ser hombre de su confianza, el señor le confía al administrador durante su ausencia la responsabilidad de todo su personal de servicio. Tiene que ver para que nada les falte: tiene que distribuirles a su debido tiempo la ración de trigo.  Si es fiel y prudente se hará merecedor de una recompensa que nadie puede imaginar: lo pondrá al frente de todos sus bienes (cf. Lc 19, 17-19). Pero si piensa: Mi Señor tarda en venir, y se pone a golpear a los criados y criadas, a beber y a emborracharse, traicionando la confianza de su patrón y obrando de manera prepotente con sus subordinados, vendrá el señor y lo castigará con todo rigor.

La Iglesia sólo tiene un jefe y señor: Jesucristo (cf. Mt 23, 8-10). Todos los demás somos hermanos y servidores, incluso cuando a uno se le confía una responsabilidad en la Iglesia. Pero en cierto sentido, todos somos administradores porque los bienes de los que disponemos o gerenciamos no son propios. Todo lo que somos y tenemos es don de Dios y debemos considerarlo así para cuidarlo bien. Al mismo tiempo todos somos siervos, como el mismo Señor que se hizo siervo de todos. Recibimos la misma responsabilidad de servir la vida de los demás haciendo oportunamente lo que se debe.

Somos siervos fieles si actuamos según la voluntad del Señor; prudentes si la preferimos por encima de cualquier otro interés o motivación para poder acertar. Finalmente, quien ha recibido la misión de presidir la comunidad sólo podrá cumplirla bien si se mantiene como servidor de los servidores y no se transforma en patrón. Entonces reproduce en su vida la del siervo malo y traidor que golpea a los otros; ya no sirve ni a Dios ni a los demás y no reconoce al Señor que viene continuamente. Ese tal recibirá una pena que supera toda comparación: lo castigará con todo rigor, que literalmente se traduce: será partido en dos. Porque, en efecto, su existencia está dividida, lejos de sí mismo, de Dios y de los demás. Por eso el Señor no lo reconoce, porque él no ha reconocido a nadie.

Siempre que Jesús habla de nuestro destino final lo hace en tono serio, grave, pero no de amenaza, no hay que leerlo así; es para motivar la responsabilidad que tenemos de nosotros mismos y para que aprovechemos el presente, que es el tiempo de su venida. Y recordando siempre que a quien mucho se le dio, mucho se le exigirá; y a quien mucho se le confió, más se le pedirá. 

martes, 19 de octubre de 2021

Estén preparados (Lc 12, 35-38)

P. Carlos Cardó

La vigilia, óleo sobre lienzo de Vincent van Gogh (1889), Museo Van Gogh, Ámsterdam, Países Bajos

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Estén listos, con la túnica puesta y las lámparas encendidas. Sean semejantes a los criados que están esperando a que su señor regrese de la boda, para abrirle en cuanto llegue y toque. Dichosos aquellos a quienes su señor, al llegar, encuentre en vela. Yo les aseguro que se recogerá la túnica, los hará sentar a la mesa y él mismo les servirá. Y si llega a medianoche o a la madrugada y los encuentra en vela, dichosos ellos".

Con imágenes tomadas de la vida cotidiana Jesús propone a sus discípulos un estilo de vida caracterizado por la apertura y tensión al futuro, la espera atenta y vigilante y la responsabilidad en el trabajo.

El cristiano espera, es un ser que siempre espera y vigila. No espera la muerte, porque eso le quita ánimos para vivir y le hace terminar esclavo del miedo. Espera la vida, porque espera a su Señor. Vive de este anhelo interior: Marana tha, ven, Señor Jesús.

El cristiano mira al futuro que le trae la salvación, la realización feliz de su existencia. Y esto tiene un nombre: es el Señor Jesús que viene.

El presente es el tiempo de la espera responsable. Se vive en alerta, pronto a partir en viaje o ponerse al trabajo.

La espera puede hacerse larga y tediosa, un largo período sin que nada suceda. Entonces la vigilancia y la responsabilidad pueden decaer y el cristiano corre el riesgo de la desilusión, la desconfianza o el cansancio. Debe entonces retomar la actitud del servidor despierto que mantiene su lámpara encendida toda la noche, a la espera de que su señor regrese de la fiesta de bodas a la que partió.

Estar preparado es como estar con la cintura bien ajustada. Así celebraban los judíos su cena pascual. Aunque la liberación se había realizado en el acontecimiento pasado del éxodo de Egipto, veían la vida como una búsqueda constante de liberación por medio de la práctica de la ley, que los preparaba como un pueblo bien dispuesto para la venida del mesías prometido. Los cristianos, por su parte, aguardan a su Señor celebrando su cena eucarística y sirviendo a los demás, a ejemplo de Jesús que no vino a que le sirvan sino a servir (Mt 20, 28) y pasó haciendo el bien (Hech 10, 38).

En muchos aspectos la vida en el mundo es como estar en la noche. El cristiano puede ver en la oscuridad por la luz que le viene del Señor; más aún, sabe que tiene que dejarse iluminar para poder él también dar luz a los demás. Por eso no puede quedarse dormido. Siente en su corazón la palabra que le dice: Despierta tú que duermes y te iluminará Cristo (Ef 5,14).

El Señor vendrá, tanto al final de la larga espera de la historia, como en sus incesantes venidas cotidianas, cuando el cristiano y la comunidad prestan oído a sus llamadas. Él les dice: Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y me abre, entraré a su casa y cenaremos juntos (Ap 3, 20).

Finalmente, la forma de hacerse presente el Señor, tanto en el presente como en su venida futura es y será la de quien, siendo el Maestro y el Señor, se pone a servirnos. Es la característica más esencial de su persona y el sentido de toda su vida: Yo estoy entre ustedes como el que sirve (Lc 22, 27).

Con su presencia, la vida del cristiano se llena de una íntima alegría (¡Dichosos!), la alegría propia de una cena de hermanos y amigos, con el Señor Jesús en el centro. La vida se vuelve eucaristía. Comemos juntos su pan, que nos une en comunión, y aguardamos su dichosa venida compartiendo unos con otros nuestro pan.