jueves, 19 de diciembre de 2019

Nacimiento de Juan Bautista (Lc 1, 5-25)

P. Carlos Cardó SJ
El nacimiento de Juan el Bautista, óleo sobre lienzo de Tintoretto (1554), Museo del Hermitage, San Petersburgo, Rusia
Hubo en tiempo de Herodes, rey de Judea, un sacerdote llamado Zacarías, del grupo de Abías, casado con una descendiente de Aarón, llamada Isabel. Ambos eran justos a los ojos de Dios, pues vivían irreprochablemente, cumpliendo los mandamientos y disposiciones del Señor. Pero no tenían hijos, porque Isabel era estéril y los dos, de avanzada edad.Un día en que le correspondía a su grupo desempeñar ante Dios los oficios sacerdotales, le tocó a Zacarías, según la costumbre de los sacerdotes, entrar al santuario del Señor para ofrecer el incienso, mientras todo el pueblo estaba afuera, en oración, a la hora de la incensación.Se le apareció entonces un ángel del Señor, de pie, a la derecha del altar del incienso.Al verlo, Zacarías se sobresaltó y un gran temor se apoderó de él.Pero el ángel le dijo: "No temas, Zacarías, porque tu súplica ha sido escuchada. Isabel, tu mujer, te dará un hijo, a quien le pondrás el nombre de Juan. Tú te llenarás de alegría y regocijo, y otros muchos se alegrarán también de su nacimiento, pues él será grande a los ojos del Señor; no beberá vino ni licor y estará lleno del Espíritu Santo, ya desde el seno de su madre. Convertirá a muchos israelitas al Señor; irá delante del Señor con el espíritu y el poder de Elías, para convertir los corazones de los padres hacia sus hijos, dar a los rebeldes la cordura de los justos y prepararle así al Señor un pueblo dispuesto a recibirlo".Pero Zacarías replicó: "¿Cómo podré estar seguro de esto? Porque yo ya soy viejo y mi mujer también es de edad avanzada".El ángel le contestó: "Yo soy Gabriel, el que asiste delante de Dios. He sido enviado para hablar contigo y darte esta buena noticia. Ahora tú quedarás mudo y no podrás hablar hasta el día en que todo esto suceda, por no haber creído en mis palabras, que se cumplirán a su debido tiempo".Mientras tanto, el pueblo estaba aguardando a Zacarías y se extrañaba que tardara tanto en el santuario. Al salir no pudo hablar y en esto conocieron que había tenido una visión en el santuario. Entonces trató de hacerse entender por señas y permaneció mudo.Al terminar los días de su ministerio, volvió a su casa.Poco después concibió Isabel, su mujer, y durante cinco meses no se dejó ver, pues decía: "Esto es obra del Señor. Por fin se dignó quitar el oprobio que pesaba sobre mí".
Juan Bautista es prototipo de la persona bien dispuesta a acoger al Señor que viene. Deja su casa y se dedica a preparar en el desierto la pronta venida del Mesías, exhortando a la gente a cambiar de vida. Juan es una síntesis viviente del Antiguo Testamento, que en él culmina; manifiesta en su persona lo más característico del Israel fiel: la espera de la realización de las promesas de Dios en favor de su pueblo.
En la historia de la salvación, todo acontecimiento decisivo es iniciativa de Dios y toda figura significativa es objeto de una elección particular. Las madres de Isaac, de Sansón, de Samuel, eran  mujeres estériles. Dios, autor de la vida, les hace concebir un hijo, porque lo destina a una misión en favor de su pueblo. Así ocurre con Juan: nace de Zacarías, sacerdote ya viejo, y de Isabel, también de edad avanzada. Nace de la fe que prestan a la promesa de Dios.
En Lucas, el anuncio del nacimiento de Juan es solemne. Se realiza en el marco litúrgico del templo. Su llegada no pasará desapercibida y muchos se gozarán en su nacimiento (Lc 1, 14); será un niño consagrado –un nazir de Dios– y, como lo prescribe el libro de los Números (6, 1), no beberá vino ni licor fermentado. El Espíritu habita en él desde el seno de su madre. A su vocación de asceta se unirá la de guía de su pueblo (Lc 1, 17). Precederá al Mesías, cumpliendo la función que el profeta Malaquías (3, 23) atribuía a Elías.
Su nombre es Juan (Lc 1,63). Su circuncisión muestra también la elección divina: nadie en su parentela lleva el nombre de Juan (Lc 1, 61), pero el Señor quiere que se le llame así, cambiando las costumbres. Dios es quien lo ha elegido, es Él quien dirige todo. Estaba yo en el vientre, y el Señor me llamó, en las entrañas maternas y pronunció mi nombre (Is 49, 1). Dios nos conoce y ama aun antes de que nuestros ojos puedan contemplar las maravillas de la creación. Dios cuenta con nosotros y nos llama desde las raíces mismas de nuestra existencia, porque somos suyos.
Como María, Zacarías prorrumpe en un himno que es, a la vez, acción de gracias y descripción de la misión de Juan como precursor del Mesías. Juan Bautista es el signo de la irrupción de Dios en la historia de la humanidad como sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz. Su nacimiento permite intuir que el Señor visita a su pueblo para consolidar la alianza con Él, como lo había prometido. Trae designios de bendición y de vida, de liberación, de santidad y justicia. El Precursor tiene por misión preparar su venida (Is 40, 3), dando a su pueblo el “conocimiento de la salvación”.
Bendito sea el Señor, Dios de Israel
porque ha visitado y redimido a su pueblo,
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por la boca de sus santos profetas.
Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian:
realizando la misericordia
que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.
Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.
Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.
Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tinieblas
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.
Este poema, conocido tradicionalmente como Benedictus, lo canta la Iglesia cada día al final de la oración de la mañana, reavivando su acción de gracias por la salvación que Dios le ha dado y en reconocimiento de la misión que le tocó desempeñar a Juan de mostrar al mundo “el camino de la paz”.

miércoles, 18 de diciembre de 2019

Jesús nace de una madre virgen (Mt 1, 18-24)

P. Carlos Cardó SJ
El sueño de San José, óleo sobre lienzo de Phillipe de Champaigne (1642), Galería Nacional de Londres
Cristo vino al mundo de la siguiente manera: Estando María, su madre, desposada con José, y antes de que vivieran juntos, sucedió que ella, por obra del Espíritu Santo, estaba esperando un hijo.José, su esposo, que era hombre justo, no queriendo ponerla en evidencia, pensó dejarla en secreto.Mientras pensaba en estas cosas, un ángel del Señor le dijo en sueños: "José, hijo de David, no dudes en recibir en tu casa a María, tu esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás el nombre de Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados".Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por boca del profeta Isaías: He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán el nombre de Emmanuel, que quiere decir Dios-con-nosotros.Cuando José despertó de aquel sueño, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y recibió a su esposa.      
Mateo explica la generación del Hijo de Dios, en la historia humana. Dios no puede ser hecho por el hombre, sólo puede ser esperado y acogido. De esto da ejemplo José, figura de todo hombre justo que se mantiene atento a su propio misterio personal y en él descubre y acoge el misterio de Dios; es ejemplo también de creyente que busca y acoge la voluntad de Dios en su vida aunque ésta contradiga sus puntos de vista.
Dice el evangelio que María estaba prometida a José, es decir, vivían el período del compromiso matrimonial, que duraba de seis meses a un año. La novia seguía viviendo con sus padres. Pero aquel compromiso exigía fidelidad; la infidelidad era adulterio y podía ser castigada.
Pues bien, resultó que (María) esperaba un hijo por acción del Espíritu Santo. Se subraya que José no interviene. No es José quien hace germinar en el seno de María al Hijo del Altísimo, eso sólo lo puede hacer Dios. Y la mayor obra que desde la creación del universo hizo Dios, la obra que ningún ser humano podía programar, ni pretender, la incorporación de Dios en la esfera humana, se realizó de la manera más simple y natural: Una joven resultó encinta, esperando un hijo. María concibe así al autor de la vida, engendra a quien la creó.
José, por su parte, atraviesa la prueba de la fe, como los grandes creyentes. No sabe cómo aceptar el plan de Dios que supera lo imaginable y siente la tentación de retirarse, decide sustraerse. Opta entonces por recurrir a la ley, que permite dar a la mujer un documento por el cual el marido alejaba y daba libertad a la mujer con la que no quería convivir, a fin de que pudiese casarse con otro y reincorporarse en la vida civil. Por respeto, no porque sospeche de ella, decide dejarla en secreto. No quiere para María un repudio público, como si fuese una adúltera. Y cavila en su interior, sin saber qué hacer, insatisfecho del recurso legal que ha pensado para salir del paso. Duerme intranquilo.
Entonces, un ángel del Señor se le apareció en un sueño. José es un hombre de puro corazón, de aquellos de quienes Jesús dirá: Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios (Mt 5,8). El hombre de corazón puro tiene a Dios dentro de sí y su palabra le habla en la profundidad de su ser. José lleva a Dios en su interior y su palabra le habla en el sueño, en la hondura de su ser profundo.
No temas aceptar a María, le dice su ángel de parte de Dios. “No temas” es la primera palabra de Dios al hombre. El miedo es contrario a la fe. No temas aceptar a la madre y al fruto bendito de su vientre. Quien  rechaza a la madre, rechaza también al hijo. Y no se puede rechazar el plan de Dios que incluye la mediación histórica de la mujer bendita entre las mujeres, para realizar su plan de salvación de la humanidad.
Le pondrás por nombre Jesús, ordena el ángel al pobre carpintero José. Va a tener que ponerle nombre al Innombrable. ¡El hombre le pone nombre a Dios! Adán afirmaba su soberanía sobre lo creado poniéndoles nombre a todas las cosas. Dios ha querido hacérsenos cercano y accesible, hasta dejar que le nombremos con su nombre: Jesús, Yahvé salva.
Así se cumplió lo que había anunciado el Señor por el profeta: La virgen concebirá y dará a luz un hijo, garantía de la fidelidad de Dios, que será llamado Dios-con-nosotros. Se insiste en la cercanía del Dios encarnado. Jesús es Dios que salva porque es Dios con nosotros: siempre con nosotros en relación de unión que hace posible el tú a tú, él conmigo y yo con Él; Dios junto a nosotros para darnos su fuerza, en su compañía siempre. Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28), nos dirá.
José aceptó el mandato del ángel y recibió a su esposa. Esta es la gloria de San José. Padre adoptivo es ser padre por decisión libre y amorosa. El padre adoptivo sostiene y protege al niño, lo educa con ternura y firmeza, le proporciona los medios de que requiere para crecer en todas sus facultades. Y eso son años y años de dedicación, de donación generosa y olvido propio para que el hijo se valga por sí mismo.
Eso es José para Jesús, eso hizo por Jesús, y por eso lo alabamos junto a María. En un país como el nuestro, en el que la paternidad, por tanto descuido, irresponsabilidad y traición, está a veces tan venida a menos, la figura de José puede mover a los jóvenes a desear vivirla y ejercerla como una de las más sublimes realizaciones del ser humano y a aceptar el don de la vida, como un misterio que los trasciende y sobrepasa, pero que no deben temer si lo aceptan con amor, porque el amor desecha el temor. Un hijo es un misterio que se acoge como un regalo y se cuida con plena responsabilidad.

martes, 17 de diciembre de 2019

Genealogía de Jesús (Mt 1, 1-16. 18-23)

P. Carlos Cardó SJ
Virgen Maria con el Niño Jesús, óleo sobre lienzo de Antonio da Corregio (1526), galería de los Uffici, Florencia, Italia
Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham: Abraham engendró a Isaac, Isaac a Jacob, Jacob a Judá y a sus hermanos; Judá engendró de Tamar a Fares y a Zará; Fares a Esrom, Esrom a Aram, Aram a Aminadab, Aminadab a Naasón, Naasón a Salmón, Salmón engendró de Rajab a Booz; Booz engendró de Rut a Obed, Obed a Jesé, y Jesé al rey David.David engendró de la mujer de Urías a Salomón, Salomón a Roboam, Roboam a Abiá, Abiá a Asaf, Asaf a Josafat, Josafat a Joram, Joram a Ozías, Ozías a Joatam, Joatam a Acaz, Acaz a Ezequías, Ezequías a Manasés, Manasés a Amón, Amón a Josías, Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos durante el destierro en Babilonia.Después del destierro en Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel, Salatiel a Zorobabel, Zorobabel a Abiud, Abiud a Eliaquim, Eliaquim a Azor, Azor a Sadoc, Sadoc a Aquim, Aquim a Eliud, Eliud a Eleazar, Eleazar a Matán, Matán a Jacob, y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo. De modo que el total de generaciones, desde Abraham hasta David, es de catorce; desde David hasta la deportación a Babilonia, es de catorce, y desde la deportación a Babilonia hasta Cristo, es de catorce.
¿Qué interés pudo tener el evangelista al consignar esa larga lista de nombres y números de los antepasados de Jesús? Con la genealogía como recurso literario, quiso explicar el origen divino y humano de Jesús, y su misión de Mesías. Presenta a Jesús como Hijo de David según la carne e Hijo de Dios por el Espíritu. Hecho hombre, se incorpora en la historia humana tal como es, con sus grandezas y miserias. Vinculado a Abraham y David, depositarios de la promesa de Dios, Jesucristo manifiesta el amor salvador con que Dios sostiene, dirige la historia, abriéndola más allá del tiempo a la realidad nueva que Él mismo ha prometido a la humanidad.
El género literario de las genealogías, conocido ya en el Antiguo Testamento, servía para explicar los orígenes de los personajes más célebres y ponía de relieve la relación de éstos con los designios de Dios. Con este fin, Mateo construye una genealogía que parte de Abraham, padre del pueblo, y pasa por David, el rey más famoso, para indicar que todo lo que Dios quiso realizar en favor de Israel y, por su intermedio, en favor de la humanidad, se cumplió plenamente en Jesús.
Llama mucho la atención que no se mencionen a las cuatro mujeres que anticipan a María, la madre de Jesús, y que son las más afamadas en la historia judía: Sara (mujer de Abraham), Rebeca (esposa de Isaac), Lía y Raquel (mujeres de Jacob). Las cuatro eran estériles y son sustituidas por cuatro extranjeras que harán de madres: Tamar, una aramea, finge ser prostituta para tener un hijo de Judá (Génesis 38, 1-30); Rahab, cananea, prostituta de Jericó, acoge a los espías de Josué y hace posible la conquista de la ciudad de Jericó, pasando por ello a ser contada como miembro del pueblo escogido (Josué 2, 1-24); Rut, moabita, deja su casa para vivir con la hebrea Noemí (Rut cap.1) y tiene la suerte de ubicarse entre los antepasados de David; y Betsabé, la mujer de Urías el hitita, a la que el rey David sometió y dejó embarazada, fue la madre de Salomón (2 Samuel cap.11).
Todas ellas hacen ver que para realizar su designio de salvación la providencia se vale de la historia humana, incluso de gente excluida y mal vista, para que resalte su poder salvador. Por encima de la debilidad e impotencia de la carne, el poder de la gracia actúa como base y sostén de la historia de la salvación, que tiende hacia Jesucristo.
La genealogía aparece marcada rítmicamente por la repetición de la palabra engendró. Pero este ritmo se interrumpe con José: él no engendra, se le incluye por ser esposo de María. No es él quien hace germinar en el seno de esta mujer al Hijo de Dios, eso sólo lo puede hacer Dios. María concibe al inconcebible, engendra a quien la creó, da carne a Dios, lo hace nacer en las esferas humanas. Y así el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
Termina el texto con una conclusión, precedida por un significativo por tanto…De Abraham a Cristo se suceden tres grupos de catorce generaciones cada uno. No se trata de un dato de certeza numérica, sino teológica. Lo que quiere decir es que Jesús, y no otra persona ni nadie más, constituye el punto de confluencia de toda la historia de las promesas de Dios a la humanidad. Sólo Él es el Mesías. El futuro de la humanidad no podrá prescindir de su persona.

lunes, 16 de diciembre de 2019

La autoridad de Jesús cuestionada (Mt 21, 23-27)

P. Carlos Cardó SJ
San Juan Bautista bautizando, óleo sobre lienzo de Nicolás Poussin (1635), Museo del Louvre, París, Francia
Jesús entró en el templo y se puso a enseñar. Se le acercaron los sumos sacerdotes y los senadores del pueblo y le preguntaron: “¿Con qué autoridad haces eso? ¿Quién te ha dado tal autoridad?”. Jesús les contestó: “Yo a mi vez les haré una pregunta, si me la responden, les diré con qué autoridad hago esto: El bautismo de Juan, ¿de dónde procedía?, ¿de Dios o de los hombres?”.Ellos discutían la cuestión: “Si decimos que de Dios, nos dirá que por qué no le creímos; si decimos que de los hombres, nos asusta la gente, porque todos tienen a Juan por profeta”.Así que respondieron a Jesús: "No sabemos". Él les replicó: "Pues tampoco yo les digo con qué autoridad lo hago".
El texto se inserta inmediatamente después de la acción profética que es realizada por Jesús para purificar el templo. Causa indignación en los sacerdotes y ancianos, garantes del culto en el templo. Por eso lo encaran y preguntan sobre la autoridad con que ha hecho eso.
Sobre todo la autoridad de su palabra eficaz que hace lo que significa: produce el perdón, reconcilia con Dios, pone al hombre con Dios, le hace recibir la gracia/amor de Dios, da salud física y espiritual, anticipa la venida del reino de Dios.
Lo que más choca a sus oyentes, en especial a fariseos y escribas, es que habla en primera persona: Han oído que se dijo… Pues bien, Yo les digo. Se pone en el lugar de Dios. Igualmente cuando se refiere al templo, al sábado y a las purificaciones culturales: se pone encima de la Ley y de las tradiciones religiosas. Esa autoridad sólo de Dios le podía venir. O era Hijo de Dios y con razón reivindicaba el espíritu divino y había que seguirlo, o era un embustero y había que castigarlo por blasfemo y falso profeta.
Además, los escribas, sumos sacerdotes y fariseos ven amenazados sus privilegios y la autoridad que detentan. Jesús no sólo tiene una autoridad mayor que la de ellos, sino que ejerce la autoridad de manera nueva y enseña a ejercerla así: El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido sin o a servir…
Jesús, por su parte, no se echa atrás a pesar de la hostilidad que despierta. Reivindica abiertamente para sí el espíritu y poder de Dios como el Ungido: El espíritu de Dios sobre mi, me ha ungido, me ha enviado… Si expulso los demonios con el poder de Dios es que el reino de Dios ha venido ya…
Jesús responde con otra pregunta. Así se responde a quien no desea realmente oír la respuesta. El diálogo entonces es inútil e imposible. Jesús alude al Bautista, con lo cual retuerce la pregunta y la pone en contra de los mismos que la han hecho, provocándolos. Jesús obliga a tomar posición respecto a él, claramente: o se está a favor de él o se está en contra. No hay término medio.
El bautismo de Juan, ¿de dónde provenía?, les pregunta. Juan era el punto de llegada de los profetas. Juan, el mayor de los profetas, anunció la venida del Mesías y denunció las injusticias que se oponían al reinado de Dios. Llamó a la conversión y anunció el perdón. Juan no dudó en considerar a Jesús como el más fuerte que venía detrás de Él, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, el portador del espíritu de Dios. Juan invitó a sus propios discípulos a ir tras Jesús; los movió a cerciorarse ellos mismos de que Jesús era el que había de venir.
Pero las autoridades del pueblo y los fariseos no quisieron seguir a Juan. Ahora, por la pregunta de Jesús, se sienten sin salida. Están en un dilema. Si dicen que Juan era enviado de Dios, se condenarían a sí mismo, perderían prestigio, se le podría preguntar: ¿y por qué no lo siguieron? Si dicen que su bautismo era obra puramente humana, afirman que Juan era un falso profeta, con lo cual se pondrían con contra del pueblo que creyó como un hombre enviado por Dios. 
Dios nos pone así a veces, en dilemas: aparecen nuestras resistencias y se hace necesario pedir: “Señor, que vea, Señor, conviérteme a tus caminos”.
Jesús revela la verdad del hombre, interpela, conmueve. Su palabra es espada de dos filos, corta y deja al descubierto. Ha sido puesto como signo de contradicción, ha venido a poner de manifiesto los pensamientos de los corazones. Júzgame Señor y ponme a prueba, conoce mi interior… (Sal 139).