martes, 21 de agosto de 2018

El uso de los bienes (Mt 19, 23-30)

P. Carlos Cardó SJ
La gloria, o Adoración del nombre de Dios, pintura al fresco de Francisco de Goya (1772), Basílica del Pilar, Zaragoza, España
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Yo les aseguro que un rico difícilmente entrará en el Reino de los cielos. Se lo repito: es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los cielos".Al oír esto, los discípulos se quedaron asombrados y exclamaron: "Entonces ¿quién podrá salvarse?".Pero Jesús, mirándolos fijamente, les respondió: "Para los hombres eso es imposible, más para Dios todo es posible".Entonces Pedro, tomando la palabra, le dijo a Jesús: "Señor, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido, ¿qué nos va a tocar?".Jesús les dijo: "Yo les aseguro que en la vida nueva, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, ustedes, los que me han seguido, se sentarán también en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel. Y todo aquel que por mí haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o padre o madre, o esposa o hijos, o propiedades, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna. Y muchos primeros serán últimos y muchos últimos, primeros".
El texto es la continuación del pasaje del joven rico. Expone, en forma de diálogo de Jesús con sus discípulos, su enseñanza sobre la relación con los bienes materiales. Como el caso del matrimonio indisoluble, la práctica de esta doctrina no va a ser fácil. Por eso el texto busca motivar a los cristianos para que acepten la enseñanza de Jesús, valorando lo que con ella se obtiene.
No se interpretan bien sus palabras si se las ve como una exhortación a privarse de bienes como si la renuncia fuera un bien en sí misma. Motivaciones puramente ascéticas y voluntaristas de la pobreza evangélica amargan y estrechan muchas veces el corazón de la personas, haciéndolas caer en mezquindades. Se trata de valorar lo positivo de la enseñanza de Jesús sobre el uso de los bienes y verla a la luz de su persona, que pasó haciendo el bien, nos enseñó que hay más felicidad en dar que en recibir (Hech 20,35) y habló del tesoro escondido y de la perla, cuyo hallazgo produce tal alegría que uno se mueve a venderlo todo para adquirirlo.
El joven rico no se animó a seguir a Jesús. La riqueza le tenía agarrado el corazón; no entendió cómo Dios podía ser su tesoro y cómo podía él situarse ante sus bienes con libertad para repartirlos y seguir a Jesús. El desenlace fue que se fue muy triste porque tenía muchos bienes. Pero Jesús no entra en componendas y dice a sus discípulos: ¡Yo les aseguro: Es difícil que un rico entre en el reino de los cielos!
Como en el caso del matrimonio indisoluble (Mt 19, 10), también aquí los discípulos se espantaron: ¡Quién podrá salvarse!, protestaron. Al igual que la mayoría de la gente piensan que la riqueza no tiene por qué ser un obstáculo para la salvación. Pero están engañados y Jesús quiere hacerles ver que cuando el corazón está lleno de egoísmo, el hombre usa mal los bienes que posee y los convierte en males.
Los bienes de este mundo son bendición y vida si se comparten, pero se tornan maldición y muerte si se acumulan para el propio confort. Lo que se retiene con ambición, divide; lo que se comparte, une. El apego egoísta a la riqueza lleva a ignorar las necesidades del prójimo y a cometer injusticias. En cambio, emplear el dinero para llevar una vida digna y contribuir al desarrollo, generando fuentes de trabajo, compartiendo las ganancias con equidad y ayudando a resolver el problema de la pobreza, eso significa no darle al dinero el valor de un dios, sino usarlo según el plan del Creador en favor de la vida y tener en cuenta la soberanía de Dios sobre todas las cosas.
La enseñanza que da Jesús a los discípulos, se refuerza solemnemente con su frase complementaria: ¡Qué difícil es entrar en el reino de Dios!  Le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios.
No tiene ningún sentido discutir si se refiere al ojo de una aguja de coser o a la “aguja” o chapitel que se usaba como remate de torres y arcos. Lo que está claro es que con esa frase Jesús declara la imposibilidad absoluta de que una persona apegada a la riqueza pueda alcanzar la meta de la vida eterna; y la razón es que el dinero tiene un extraordinario poder de cautivar el corazón del hombre hasta convertirse en un ídolo que suplanta a Dios y al prójimo.
El apego al dinero es una idolatría, que atrae y lleva a los hombres a adorarlo como el bien supremo, ya sean cristianos, judíos, musulmanes o ateos, en todas partes del mundo. Por eso Jesús emplea este lenguaje gráfico y tajante: porque quiere hacer comprender que sólo teniendo a Dios como lo más importante en la vida y rechazando a los ídolos, entre los que la riqueza se encuentra en primer lugar, se puede acoger con gozo la salvación del Reino.
Sólo la gracia es capaz de lograr que el rico rompa con la riqueza, se haga discípulo de Jesús y se salve. La liberación interior frente a todas las cosas es acción de Dios por excelencia. Se produce en el encuentro con Jesús que revela dónde está puesto el corazón. Donde está tu tesoro, allí está tu corazón.
El evangelio nos abre los ojos a lo que ocurrió entre los primeros cristianos y sigue ocurriendo hoy: las personas se corrompen cuando entre ellas y Dios, entre ellas y el prójimo, entre ellas y el bien del país, está de por medio el dinero. Por eso, hay que recordar que el mismo Señor que nos da todos los bienes que poseemos, materiales, espirituales, intelectuales y morales, nos da también la capacidad de usarlos con libertad responsable para servirlo a Él y a los hermanos. 

lunes, 20 de agosto de 2018

El joven rico (Mt 19, 16-22)

P. Carlos Cardó SJ
Jesús y el joven rico, pintura de autor anónimo (1879), Iglesia del Salvador, Beijing, China
En aquel tiempo se acercó a Jesús un joven y le preguntó: "Maestro, ¿qué cosas buenas tengo que hacer para conseguir la vida eterna?".Le respondió Jesús: "¿Por qué me preguntas a mí acerca de lo bueno? Uno solo es el bueno: Dios. Pero, si quieres entrar en la vida, cumple los mandamientos".
Él replicó: "¿Cuáles?".Jesús le dijo: "No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, ama a tu prójimo como a ti mismo".Le dijo entonces el joven: "Todo eso lo he cumplido desde mi niñez, ¿qué más me falta?".Jesús le dijo: "Si quieres ser perfecto, ve a vender todo lo que tienes, dales el dinero a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego ven y sígueme".
Al oír estas palabras, el joven se fue entristecido, porque era muy rico.
¿Qué debo hacer para alcanzar la vida eterna? Mateo dice que quien hizo esta pregunta a Jesús fue un joven, pero Marcos dice simplemente que uno se le acercó, y Lucas añade que fue un hombre importante. De modo que se trata de la pregunta que, en el fondo, se plantea todo aquel que piensa en lo que va a hacer con su vida.
El joven del relato quiere que se le diga cuál debe ser la dirección hacia la cual debe orientar su futuro y la actitud práctica y concreta que debe asumir para lograrlo. Y como es un judío piadoso lo piensa en términos religiosos: cómo puede estar bien con Dios para participar en su reino futuro y salvarse.
Las formas de expresar esta cuestión capital pueden variar, pero tarde o temprano toda persona se la plantea: ¿Qué debo hacer para alcanzar la felicidad y realizarme plenamente? Además, si es sincero, reconoce por experiencia que no todas sus acciones han estado bien dirigidas, que no puede guiarse sólo por los impulsos de sus instintos, y que algunas veces se ha equivocado porque su mente no puede abarcar todos los aspectos de la realidad. Advierte, en fin, que en su corazón se anidan afectos y pasiones que le impiden tomar decisiones acertadas y con verdadera libertad.
La respuesta de Jesús tiene dos partes, conforme a la reacción del joven. Le dice primero que la condición indispensable es el cumplimiento de los mandamientos de la ley de Dios, y le enumera cinco que tienen que ver con los deberes para con el prójimo, (cf. Gén 20, 12-16; Dt 16,20), añadiendo: ama a tu prójimo como a ti mismo (Lv 19, 18) como para reforzar la idea de que la salvación depende del amor a los demás (cf. Rom 13,9; Gal 5, 14). A continuación, al oír que el joven afirma haber cumplido todo eso y que quiere saber concretamente qué le falta, Jesús le dice: Si quieres ser perfecto, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres –así tendrás un tesoro en el cielo– y luego ven y sígueme.
El término perfecto llevó a pensar durante mucho tiempo que estaba allí el fundamento de la vocación a la vida religiosa, considerada como “estado de perfección”, por la práctica de los votos de pobreza, castidad y obediencia. Pero Jesús no designa con ser perfecto ninguna actitud moral, ni virtud reservada solamente a unos cuantos llamados, sino a la integridad de las condiciones que ha de cumplir todo aquel que quiere alcanzar la vida eterna.
Perfecto significa completo, acabado, pleno. Y en este sentido, hay allí una alusión a lo imperfecto de la ley judía que debe perfeccionarse con el seguimiento de Jesús y la adhesión a su persona. La ley antigua, los mandamientos, son necesarios pero no bastan. Al cristiano se le pide seguir e imitar a Jesús en su libertad frente a todas las cosas, para poder mantenerse disponible a la voluntad del Padre, usar los bienes tanto cuanto convenga para no estar atado a nada, solidarizarse con los necesitados, compartir con ellos sus bienes y tener a Dios como lo más importante de todo.
Eso significa tendrás un tesoro en el cielo, que ha de entenderse como: Dios será tu tesoro. Y como donde está tu tesoro, allí está tu corazón, equivale en definitiva a tener a Dios en el centro y en lo más vital de la persona.
El camino que Jesús le muestra al joven rico –que a todos nos representa– no es, pues, una disciplina ascética de renuncia de los bienes que tenemos o podemos desear a fin de lograr un equilibrio interior, libre de ansias de posesión o de disfrute. Lo que él quiere hacer ver es que seguirlo e imitarlo es vivir en Dios y para Dios; es experimentar ya en la tierra la felicidad –bienaventuranza– de los que, libres frente a todo, pobres hasta de sí mismos¸ se sienten colmados perfectamente y dan a su propia vida una calidad que Dios reconoce eternamente. Pablo dirá: Si con él morimos, viviremos con él; si con él sufrimos, reinaremos con él… (2 Tes 2, 11-12).
El joven rico después de oír a Jesús, se entristeció porque tenía muchos bienes y se fue. Le pareció imposible lo que Jesús le proponía y ni siquiera se detuvo a preguntarle cómo se podía lograr, ni tampoco reconoció: Creo, Señor, pero aumenta mi fe. Se fue, simplemente, y nunca más se supo de él. Y da pena en verdad porque dice Marcos (10, 21) que Jesús lo había mirado con especial afecto…

domingo, 19 de agosto de 2018

Homilía del Domingo XX del Tiempo Ordinario - Yo soy el pan vivo bajado del cielo (Jn 6, 51-58)

P. Carlos Cardó SJ
La santa comunión, óleo sobre cobre de Eugenio Lucas Velásquez (1855), Museo del Prado, Madrid
En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: "Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo."Disputaban los judíos entre sí: "¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?".Entonces Jesús les dijo: "Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre."
Los judíos no entienden. Que Jesús se llame así mismo “pan del cielo” les parece una blasfemia: se hace Dios. Decir que quien lo come tiene vida eterna les resulta inadmisible porque se pone así por encima de la Ley de Moisés, del templo, del sábado, es decir de aquello que, según la fe judía, les obtiene la salvación. Además, eso de comer les resulta demasiado chocante y lo de beber sangre va directamente en contra de lo establecido en el libro del Levítico (Lev 17, 10-12).
Pero Jesús no da marcha atrás, antes bien refuerza su afirmación: Yo les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes. Expresiones sin duda duras, crudas, incluso chocantes, por medio de las cuales Jesús afirma que la fe verdadera consiste en alimentarse de su persona, nutrirse de sus actitudes y de su modo de vivir. Eso es lo que da al hombre la vida plena, que consiste en la participación de la misma vida-amor de Dios.
El que come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él. Lo propio del amor entre las personas es que las hace vivir en comunión. Es un recíproco permanecer en el otro, como vivir el uno en el otro, comprobando que uno ya no se entiende a sí mismo sino en su relación con la persona a la que ama. Ya no dos sino uno solo, como en el amor conyugal. Ya no vivo yo, es Cristo que vive en mí, dirá San Pablo (Gal 2,20).
La terminología eucarística de este discurso de Jesús es clara. La comunidad que escribió el evangelio y todos los primeros cristianos tenían por cierto que lo que Jesús les mandó realizar en la Última Cena antes de padecer fue el memorial de su muerte y resurrección, en el que comían la carne y bebían la sangre del Hijo de Dios, hecho presente de manera real, activa y eficaz. Proclamaban su muerte y resurrección, y el anhelo más profundo que orientaba sus vidas: Marana-tha! Ven, Señor Jesús.
San Juan en su evangelio, no trae el pasaje de la institución de la Eucaristía como lo hacen los otros evangelistas y Pablo; pero trae a cambio este discurso sobre el pan de vida y el pasaje del lavatorio de los pies de los discípulos, pasajes en los que está explicado el significado de la eucaristía en toda su profundidad. Por eso, no cabe duda que Jesús dio a este discurso, pronunciado después de la multiplicación de los panes, un  sentido eucarístico total. Y es que la fe desemboca necesariamente en la eucaristía.
Los cristianos aceptamos por la fe que en la eucaristía Jesucristo se nos da, haciéndose eficazmente presente y actuante de modo salvador. En ella está el Señor con todo lo que Él es y todo lo que Él hace por nosotros: su Encarnación, su Muerte y su Resurrección. Las palabras del Señor en su discurso sobre el Pan de Vida y en su Última Cena nos llevan, pues, a apreciar el don del amor del Hijo de Dios, que por nosotros se hizo hombre, se inmoló en la cruz y resucitó para que también nosotros resucitemos con Él.
Es importante redescubrir la conciencia que tenían los primeros cristianos de la unión tan peculiar que se establece con Cristo y en Cristo. Comulgamos con Cristo, con todo lo que Él es, su persona y su misión; y comulgamos en Cristo con todos los que Él ama, miembros de su cuerpo, a los que entrega su vida. Por eso, quien comulga con Jesús vive la inquietud por crear comunión, deseo supremo suyo.
El hacer comunidad se convierte en la piedra de toque de nuestra comunión con Cristo, con todas sus consecuencias prácticas en todos los órdenes de la vida humana, personal y social. Sacramento de unidad, la Eucaristía incita a las comunidades a superar las divisiones. Por eso pedimos: “Reúne en torno a Ti, Padre misericordioso, a todos tus hijos dispersos por el mundo”. Nos acercamos a comulgar y pronunciamos nuestro Amén a lo que significa el sacramento del Cuerpo de Cristo, que el sacerdote nos muestra y nos entrega. Dicho “amén” proclama nuestra disposición para ser transformados en lo que recibimos. 

sábado, 18 de agosto de 2018

Jesús bendice a los niños (Mt 19, 13-15)

P. Carlos Cardó SJ
Cristo y la Virgen como protectores de la infancia, óleo sobre lienzo de Esteban Márquez de Velasco (1693), Universidad de Sevilla, España
En aquel tiempo, le acercaron unos niños a Jesús para que les impusiera las manos y rezara por ellos; pero los discípulos los regañaban.Jesús dijo: " Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan, porque de los que son como ellos es el reino de los cielos".
Les impuso las manos y se marchó de allí.
En este breve texto se describe una actitud que debió de ser habitual en Jesús: acogía con ternura a los niños, los bendecía, los ponía de ejemplo y les prometía el reino de los cielos. Era, además, un actitud profética, crítica, porque los niños no eran muy tenidos en cuenta en la sociedad semita de ese tiempo. Carentes de toda grandeza, no contaban, no tenían derechos propios, eran –al igual que la mujer– propiedad del varón y eran símbolo de debilidad e insignificancia. Sin embargo, no era raro que los judíos llevaran a los niños ante los rabinos para que los bendijeran imponiéndoles las manos sobre la cabeza; y eso mismo hacían con Jesús probablemente de manera habitual.
Pero Él no se quedó en el simple trato cariñoso y tierno, sino que hizo pasar a los niños del último lugar en la escala social, al primero, y amplió el concepto de “niño” para abarcar también en él a quienes, rechazando toda actitud orgullosa y autosuficiente, se hacen pequeños y humildes ante Dios y ante los demás para servir, y por eso vienen a ser los destinatarios principales del reino de los cielos.
Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan, porque de los que son como ellos es el reino de los cielos. Lo que aquí es una declaración y una promesa, en el pasaje anterior del cap. 18, 1-5 de Mateo había sido una exhortación. La razón es que tanto en el grupo de los apóstoles como actualmente en la Iglesia hubo búsqueda de poder, arribismos y rivalidades; disputaban entre sí para ver quién era el más importante y quiénes iban a ocupar los primeros puestos en su reino.
Cuando se lo preguntaron, Él llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: Les aseguro que si no cambian y se hacen como los niños no entrarán en el reino de los cielos. Estableció así el criterio que determina la calidad de las personas en la comunidad. Uno se hace grande cuando se hace como los niños, es decir, cuando reconoce su propia indigencia ante Dios y asume la actitud de servicio como lo característico de su manera de ser. Fue un cambio radical de lógica: los que ocupan la última posición en la escala social pasan a ser los primeros. Y el fundamento de esta nueva manera de pensar es que Dios piensa y obra así: él reina en las alturas y sin embargo se inclina para mirar el cielo y la tierra. Él levanta del polvo al desvalido y alza de la miseria al pobre para sentarlo con los príncipes (Sal 113, 7).
No se trata de soñar con el ideal de belleza e inocencia de los niños, sino de dejar de pensar como los grandes de este mundo y como los que buscan el éxito de la riqueza y del poder. Los niños son lo que los adultos, en especial sus padres, les hacen ser. De ellos todo lo esperan, se desarrollan si alguien los toma bajo su cuidado y no corren peligro cuando hay alguien que los protege.
Lo que son los niños para los adultos, eso han de ser los adultos en su relación con Dios si reconocen que todo les viene de Él, comenzando por el don de la vida. Es como volver a nacer para alcanzar la madurez y autenticidad de quien sólo busca hacer la voluntad de Dios, que se condensa en el mandamiento del amor, y en cuyo cumplimiento está la clave del continuo crecimiento personal en libertad y autonomía.
A esta “infancia espiritual”, ejercicio pleno y costoso de nuestra libertad, se refirió Jesús cuando dijo: Dejen que los niños se acerquen a mí…, porque de los que son como ellos es el reino de los cielos. Estos adultos convertidos en niños han descubierto el secreto de la sencillez de vida, de la riqueza personal de quien comparte lo que tiene, el poder de quien capacita a otros en vez de ponerse él por encima, de quien acoge porque se siente acogido y sabe que por haberlo recibido todo debe devolverlo con gratitud.
Estos niños, pobres y humildes según el evangelio, viven en paz, lejos del ansia y de la pugna continua por ganar y ascender sobre los demás, la paz de quien en definitiva sabe que su tesoro no es de esta tierra, donde la polilla y el óxido echan a perder las cosas y los ladrones abren boquetes y roban (Mt 6, 19), la tranquilidad de saber que sus nombres están escritos en el cielo (cf. Lc 10, 20).