miércoles, 20 de junio de 2018

La religiosidad verdadera (Mt 6, 1-6.16-18)

P. Carlos Cardó SJ
El Ángelus, óleo sobre lienzo de Jean Francois Millet (1857 – 1859), Museo De Orsay, París, Francia
Jesús dijo a sus discípulos: «Tengan cuidado de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos: de lo contrario, no recibirán ninguna recompensa del Padre que está en el cielo. Por lo tanto, cuando des limosna, no lo vayas pregonando delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser honrados por los hombres. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa. Cuando tú des limosna, que tu mano izquierda ignore lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Cuando ustedes oren, no hagan como los hipócritas: a ellos les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa. Tú, en cambio, cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Cuando ustedes ayunen, no pongan cara triste, como hacen los hipócritas, que desfiguran su rostro para que se note que ayunan. Les aseguro que con eso, ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno no sea conocido por los hombres, sino por tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará».
Si algo debe ser auténtico y sincero, sin nada de hipocresía ni de dobles intereses, es la práctica de la fe. Para inculcar este principio fundamental, Jesús habla de la limosna, la oración y el ayuno, que son como los tres pilares de la religión. Definen las relaciones con los otros (limosna), con Dios (oración) y con las cosas (ayuno). El modo como se viven, definen una existencia de hermanos que ven unos por otros o se desentienden de la necesidad de su prójimo, que buscan honrar a Dios con sus actos religiosos o que los demás los alaben, que son libres para usar o dejar las cosas cuanto convenga, o se esclavizan a ellas.
Lo que se dice de la limosna se repetirá para la oración y el ayuno: las prácticas religiosas han de ser en secreto, no para ser visto y recibir gloria vana de los hombres. Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha.
Limosna: El dar al necesitado no es una buena acción que está por encima o va más allá de lo obligatorio (supererogación), sino una obligación de justicia. Somos hijos de un mismo Padre, somos hermanos, la suerte de mi hermano me tiene que afectar. No podemos amar a Dios si no amamos a quien vemos (1Jn 4, 20).
El Hijo nos reconocerá o no si lo atendemos o no en el hermano que pasa necesidad. La solidaridad con los pobres –sean marginados, desocupados, sin techo, enfermos o ancianos– es expresión de la justicia social distributiva, mediante la cual se da cumplimiento a la destinación social que tienen los bienes de este mundo para que sirvan al sostenimiento de todos.
La solidaridad impulsa a buscar el bien de todas las personas, por el hecho mismo de que todos son iguales en dignidad, gracias a la realidad de la filiación divina. Sin ello, no hay fraternidad. El Antiguo Testamento está lleno de las bendiciones y recompensas que acompañan a la limosna: Quien da al pobre le hace un préstamo a Dios (Pr 19,17). El que da al pobre nunca sufrirá necesidad, pero el que cierra sus ojos tendrá muchas maldiciones (Pr 28,27).
Oración: La vida espiritual se expresa y alimenta por medio de la oración. Ese tiempo “perdido” que detiene las actividades y corta con el bullicio cotidiano es un reconocimiento de que el Señor es el dueño, el centro de todo, y el que realiza lo que debemos hacer por encima de cuanto podemos. No somos asalariados sino amigos, y debemos aprender a combinar trabajo y descanso. No todo se ha de guiar por criterios de eficacia y productividad, hay que aprender el sentido de lo gratuito.
Concretamente, debemos aprender a estar con el Señor, como un amigo con su amigo, o un hijo con su padre. Y para que este diálogo sea verdadero, el Señor nos alienta a presentarnos ante Él tal como somos. No es un encuentro verdadero el que se hace para ser vistos por los demás; no podemos ir a la oración para parecer buenos ante la gente o ante Dios, ni siquiera ante mí mismo; ni puedo orar para sentir que cumplo con lo que está mandado. Nada de esto tiene sentido en la amistad y el amor.
Ayuno: en la tradición espiritual judía estaba asociado al estudio de la Torá (Dt 8), porque agudiza el ingenio y hace ver que no sólo de pan vive el hombre. Aparte del  ayuno obligatorio en el día de expiación (Yom Kippur), los judíos practicaban ayunos privados por devoción. Daban fama de persona piadosa.
A Jesús le preguntan: por qué tus discípulos no ayunan (9,14). Jesús les contesta que su venida inaugura la fiesta anunciada por los profetas (Is 61, 1-3) y no tiene sentido entristecerse. El perdón no depende del ayuno penitencial y expiatorio, sino de la adhesión personal a Dios y de la nueva actitud que uno asume frente a los demás por sentirse acogido por Él. 
Si su motivación brota del corazón, el ayuno se convierte en lo que Dios quiere que sea: El ayuno que yo quiero es éste: que sueltes las cadenas injustas, que desates las correas del yugo, que dejes libres a los oprimidos, que acabes con todas las opresiones, que compartas tu pan con el hambriento, que hospedes a los pobres sin techo, que proporciones ropas al desnudo y que no te desentiendas de tus semejantes. Entonces brillará tu luz como aurora… y te seguirá la gloria del Señor” (Is 58, 6-8).

martes, 19 de junio de 2018

El amor a los enemigos (Mt 5, 43-48)

P. Carlos Cardó SJ
El buen samaritano, óleo sobre lienzo de Giacomo Conti (Siglo XVIII), Iglesia de la Medalla Milagrosa de Mesina, Italia
Jesús dijo a sus discípulos: «Ustedes han oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos. Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos? Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo».
Toda la enseñanza moral de Jesús se resume en: Ama a tu prójimo como a ti mismo. Ama a tu prójimo tal como es porque tú y él son iguales hijos e hijas queridos de Dios. 
Quien no ama a su hermano no ama a Dios. No puede nombrar a Dios como Padre ni tomar parte en el banquete de la fraternidad quien primero no perdona a su  hermano o no hace lo posible para restablecer la relación que se ha roto.
Para llegar a estos principios morales Israel tuvo que recorrer un largo camino. En la Biblia Dios habla en lenguaje humano, se adapta al proceso de maduración de su pueblo y emplea una pedagogía gradual para educarlo y, por medio de él iluminar a la humanidad.
Se parte del principio de la reciprocidad: si Abraham, padre de la raza, fue un extranjero de origen pagano, Israel tiene que abrirse al amor al extranjero. Debe imitar a Dios en su amor misericordioso.
El libro de Jonás describe vivamente lo difícil que fue para los hebreos aceptar la universalidad del mensaje de salvación. Y la culminación del largo recorrido hacia el amor universal se alcanza con la enseñanza de Isaías, concretamente con el horizonte que él despliega para el anhelo de la paz: llegará el día en que todos los pueblos acogerán la palabra del Señor, de la que Israel es portador, se guiarán por sus enseñanzas y entonces de sus espadas forjaran arados y de sus lanzas podaderas. Ya no alzará la espada nación contra nación, ni se entrenarán más para la guerra.  (Is 2,4).
El amor universal hecho norma de vida conduce a establecer relaciones de justicia a todos los niveles, de las que nace la paz, el desarme mundial y la conversión de los gastos de guerra en inversiones para el desarrollo humano.
El amor a todos los semejantes, hasta al enemigo, es una característica esencial del cristianismo frente a otras religiones. Es una tendencia común a todo grupo social el emplear el odio y la aversión al enemigo como medio para reforzar la conciencia colectiva, definir la identidad común y reforzar la solidaridad entre sus miembros: se ataca y condena a los extraños, se defiende y apoya a los que son del grupo.
Por esta razón el amor a los enemigos, predicado por Jesús, debió significar para sus contemporáneos judíos una exigencia radical. La primitiva iglesia la recogió íntegramente y con la teología de Juan dejó establecido que, conforme al pensamiento de Jesús, el amor universal, sin excepciones, significa haber conocido a Dios. Si no se ama, no se tiene fe (Cf. 1Jn 4, 7-8; 3, 11-17).
La lenta y progresiva comprensión bíblica del amor de Dios a todos alcanza en el Nuevo Testamento su culminación: Dios no tiene enemigos sino hijos; el cristiano no tiene enemigos, sino hermanos. Una religión que no llegue a esto, aún tiene camino por recorrer. Matar en nombre de Dios es la más abominable acción criminal porque va contra el hermano y contra Dios. Lo propio del cristianismo es morir perdonando, como Esteban el primer mártir.
Todos podemos emplear mal nuestra libertad y hacer sufrir con nuestras acciones. Más aún, todos –desde Caín– tenemos una cierta inclinación a la maldad y la hemos cometido, grande o pequeña alguna vez. Pero es innegable que el odio es una enfermedad del alma. Allí donde se desencadenan el odio y la venganza como reacción a frente a una violencia, un ultraje, o una injusticia padecida, allí triunfa el mal.
La víctima inocente se ha dejado afectar por la enfermedad del mal y lo devuelve, generándose la espiral de la violencia. Etty Hillesum, mártir judía de Auschwitz que acogió en su corazón el mensaje de paz y de perdón del cristianismo, dice a este propósito: “No veo más solución sino que cada cual se examine retrospectivamente su conducta y extirpe y aniquile en sí todo cuanto crea que hay que aniquilar en los demás. Y convenzámonos de que el más pequeño átomo de odio que añadamos a este mundo lo vuelve más inhóspito de lo que ya es” (Journal, p. 205). 
Personas así se han aventurado en “un camino que es más excelente que todos los demás” (1Cor 12,31): el del amor incondicional a este mundo, a la humanidad pecadora y sufriente y al Dios de infinita misericordia. Imitarlo a Él es tender a la perfección. Sean perfectos como su Padre celestial, dice San Mateo. Sean misericordiosos como el Padre, dice San Lucas.

lunes, 18 de junio de 2018

Devolver bien por mal (Mt 5, 38-42)

P. Carlos Cardó SJ
Dos niños campesinos, óleo sobre lienzo de Bartolomé Esteban Murillo (1668-1670), Galería de Arte Dulwich, Londres, Inglaterra
Jesús, dijo a sus discípulos: «Ustedes han oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente.  Pero yo les digo que no hagan frente al que les hace mal: al contrario, si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiere hacerte un juicio para quitarte la túnica, déjale también el manto; y si te exige que lo acompañes un kilómetro, camina dos con él. Da al que te pide, y no le vuelvas la espalda al que quiere pedirte algo prestado».
Los criterios de conducta que Jesús transmite en el discurso del monte revelan cómo juzga Dios, quiénes entrarán en su reino. Pero son criterios normativos que nos pueden hacer pensar: duro es este lenguaje, quién podrá cumplirlo. Estamos condicionados por la lógica del mundo. Por eso nos cuesta tanto el devolver bien por mal, porque estamos continuamente bombardeados por la ideología de la venganza que los medios, el cine sobre todo, propagan, con el falso presupuesto de que con ella se vence al mal y se da una justa reparación a los perjudicados. Pero no es así.
Jesús reacciona contra la antigua ley del talión (ojo por ojo, diente por diente) que pretendía restablecer el orden poniendo un límite a la sed de venganza mediante la búsqueda de una cierta paridad (Gen 4,23). En el fondo había la creencia de que al mal se le vence mediante el miedo a un castigo equivalente o incluso mayor que el daño causado con la ofensa. Pero la aplicación de tal norma no resuelve el mal; lo que consigue en todo caso es duplicarlo.
Jesús se sitúa en otra óptica, en la de Dios, su Padre, cuya justicia está siempre cargada de misericordia. En el plano humano, la búsqueda de ese horizonte de la justicia perfecta se cumple en el mandamiento del amor, que extrae el bien de todas las formas del mal. Esta justicia es la que llevará al Hijo de Dios a cargar sobre sí en la cruz la maldad de sus hermanos para vencerla mediante el amor que triunfa sobre la muerte, último reducto y logro del mal en el mundo.
Atacar al mal, no al malvado, es lo que se ha de buscar. El mal, en efecto, hace daño en primer lugar a quien lo comete, es su primera víctima. Y ese malvado que me ha hecho daño es, a pesar de todo, hermano mío, a quien debo amar como tal. Hasta ahí extiende su comprensión el amor cristiano. Comprende sí, no condena. Tiene en cuenta que son muchos y muy complejos los factores que intervienen en la conducta humana.
Por ello la Iglesia ha repetido tantas veces que hay estructuras sociales de pecado que influyen en las personas volviéndolas malas, a veces sin que se den cuenta. Así, detrás de un delito cometido se puede comprobar muchas veces una historia personal de frustración, humillación, abandono, o exclusión. Y el hombre que ha vivido así hasta dar con su vida en el horror del delito cometido es mi hermano. Quiero, por tanto, que el mal no triunfe ni en mí ni en él, que no triunfe en nadie.
La lógica del mundo, en cambio, me incita a la venganza. Me lleva a no darme cuenta de que al pedir el mal contra el que me ha ofendido, y desear incluso su muerte, permito que el mal dirija mis sentimientos y actitudes; quiero hacerle al otro el mal que condeno en él, le doy a la acción mala categoría de bien necesario, opto por el mal al odiar a quien lo ha cometido. El odio y el deseo de venganza es connivencia con el mal que se intenta resolver.
Jesús nos invita a superar esa manera de pensar: Él ama al pecador y odia el mal, lucha contra él y no quiere que triunfe en ninguno de sus hermanos. Por eso, la gente de mal vivir y los excluidos fueron objeto de su compasión. Para nosotros, en cambio, son objeto de reprobación: ¡lo que ellos han  hecho, hay que hacérselo! Pero eso no resuelve nada y puede hacer incluso que el mal se propague. Ocurre así en todos los niveles de las relaciones humanas: el matrimonio, la amistad, toda asociación de personas se rompen si lo que se busca es hacer sentir al ofensor el mismo dolor que él infringió.
Por eso, todo ha de intentarse: diálogo, acuerdo, negociación, discusión incluso y reprensión, todo menos usar el mal contra el mal. Y convenzámonos, hasta que la misma administración de justicia, no sea capaz de integrar en sus juicios el “principio misericordia”, para buscar el bien de la persona y no sólo el castigo, nunca será posible la regeneración o la reeducación de los sentenciados. 
Y así, por el bien mayor que se puede desear, para que triunfe el amor que rehabilita, para que la fraternidad llegue a normar la vida en sociedad, y para desmentir la lógica de la venganza, el cristiano que sigue con radicalidad a su Señor se hace capaz de renunciar aun a su propio derecho, muestra la otra mejilla, entrega capa y manto, y camina con el otro no una milla sino dos.

domingo, 17 de junio de 2018

Homilía del XI Domingo del Tiempo Ordinario - La semilla que crece día y noche y el grano de mostaza (Mc 4, 26-34)

P. Carlos Cardó SJ
Parábola del grano de mostaza, vitral de autor anónimo de la Catedral Episcopal Nacional, Washington D.C., Estados Unidos
Y decía: «El Reino de Dios es como un hombre que echa la semilla en la tierra: sea que duerma o se levante, de noche y de día, la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra por sí misma produce primero un tallo, luego una espiga, y al fin grano abundante en la espiga. Cuando el fruto está a punto, él aplica en seguida la hoz, porque ha llegado el tiempo de la cosecha».  También decía: «¿Con qué podríamos comparar el Reino de Dios? ¿Qué parábola nos servirá para representarlo? Se parece a un grano de mostaza. Cuando se la siembra, es la más pequeña de todas las semillas de la tierra, pero, una vez sembrada, crece y llega a ser la más grande de todas las hortalizas, y extiende tanto sus ramas que los pájaros del cielo se cobijan a su sombra».Y con muchas parábolas como estas les anunciaba la Palabra, en la medida en que ellos podían comprender. No les hablaba sino en parábolas, pero a sus propios discípulos, en privado, les explicaba todo.
La primera parte del texto corresponde a la parábola de la semilla que crece de día y de noche. Subraya el contraste entre la venida del Reino de Dios, simbolizado en la semilla sembrada, y la impotencia del labrador para hacerla germinar y crecer. El Reino es la semilla que crece por sí misma sin que el campesino sepa cómo.
Se afirma la soberanía de Dios, frente a la cual no tiene sentido pensar que su Reino depende de la actividad humana, o que se rige según los criterios que regulan las relaciones de producción. El cristiano sabe que, después de poner lo que está de su parte para colaborar en el crecimiento del Reino, ha de abandonarlo todo en manos de Dios que hace mucho más que lo que nosotros podemos realizar. Es conocida la frase atribuida a S. Ignacio: «Pon de tu parte como si todo dependiera de ti y no de Dios, pero confía como si todo dependiera de Dios y no de ti».
Dejarle el resultado final a Dios, después de haber obrado con firmeza y perseverancia,  aunque muchas veces no sea posible conocer los resultados, es el modo de proceder que Jesús enseña. La actitud de responsabilidad es imprescindible, pero no basta; tiene que ir acompañada de la confianza, de lo contrario degenera en voluntarismo.
La confianza absoluta en el poder de Dios, que obra muy por encima de lo que nuestras débiles fuerzas pueden lograr, libera de todo voluntarismo ingenuo y de la angustia que proviene de creer que el éxito depende únicamente de la propia capacidad. Dios es quien hace germinar y crecer y fructificar la semilla que el hombre siembra.
En un mundo que exacerba el sentido de la propia eficacia y del éxito personal, es fácil caer en el cansancio y en el desaliento. Se vive para el trabajo y la producción, y otras realidades de la vida humana, como la atención a la familia y el cultivo de la vida espiritual, pierden valor y se descuidan. El resultado es la incomunicación, la falta del sentido de lo gratuito, es decir, de aquellas cosas cuyo valor no es económico pero que son imprescindibles para poder mantener unas relaciones verdaderamente humanas con los demás, con nuestro propio interior y con Dios.
La segunda parte del texto es la parábola del granito de mostaza, símbolo del Reino en acción. Como la semilla de mostaza, el Reino tiene apariencia casi insignificante, casi invisible, y hay que discernir para reconocerlo. Actúa en la historia como actuó Jesús: en pobreza, sin poder religioso ni político. Su conocimiento está reservado a los pequeños y sencillos.
La parábola hace pensar en Cristo, grano caído en tierra, Dios que se abaja para asumir nuestra condición humana y se revela haciéndose un Niño que nace en un pesebre. Hay aquí una invitación a entrar por los caminos de Dios, por la lógica del Reino: según la cual, el mayor es quien se ha hecho el más pequeño de todos (Lc 9,48; 22,26ss). La parábola nos libra de todo delirio de grandeza.
De manera directa el símbolo del grano de mostaza apunta a la dinámica de la comunidad de Jesús, la Iglesia, que se inicia como un grupo pequeño, casi imperceptible dentro de la sociedad, y se desarrolla y crece como comunidad abierta, haciéndose servidora de todos los pueblos y culturas sin exclusión, sin ambición de poder y sin búsqueda de éxito según el mundo.