martes, 22 de mayo de 2018

Hacerse como niños (Mc 9,30-37)

P. Carlos Cardó SJ
Jesús bendice a los niños, óleo sobre lienzo de Gebhard Fugel (1910), Museo Abtei Lierborn de Arte e Historia, Warendorf, Alemania
Al salir atravesaron la Galilea; Jesús no quería que nadie lo supiera, porque enseñaba y les decía: "El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo matarán y tres días después de su muerte, resucitará".Pero los discípulos no comprendían esto y temían hacerle preguntas. Llegaron a Cafarnaún y, una vez que estuvieron en la casa, les preguntó: "¿De qué hablaban en el camino?".Ellos callaban, porque habían estado discutiendo sobre quién de todos ellos era el más importante. Entonces, sentándose, llamó a los Doce y les dijo: "El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos".Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: "El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a aquel que me ha enviado". 
Jesús instruye a sus discípulos sobre su destino de cruz, pero no lo entienden. Se ponen más bien a discutir quién es el más importante en el grupo. El deseo de ser apreciado es natural; su realización asegura la confianza que la persona necesita para progresar y perfeccionarse. Más aún, Dios quiere que los talentos que Él nos da fructifiquen en las mejores formas de servicio que podamos ofrecer. Pero sobre este deseo natural y esta voluntad de Dios, se puede montar el afán de sobresalir, el arribismo, que ya no busca el mejor servicio sino la propia gloria y el propio beneficio.
Jesús aprovecha la ocasión para enseñar el modo cómo se ha de ejercer la autoridad. Sólo es lícito ejercerla como servicio, nunca para dominar a los demás, lucrar o servirse a sí mismo. A los ojos de Dios el primero es el que mejor sirve. Y si este servicio se hace a los débiles y a los últimos de la sociedad, tanto mejor.
Así se comportó Jesús y en su modo de actuar nos mostró cómo actúa Dios. Esta lógica del servicio, que invierte los valores del mundo, adquiere toda su densidad de significado en el hecho palpable de que Jesús, siendo el primero, prefiere aparecer y ser tenido como el último y el servidor de todos.
A continuación Jesús ilustra la relación que hay entre el poder y la salvación con el gesto de poner a un niño en el centro y afirmar: El que acoge a un niño como éste en mi nombre, a mí me acoge. En la sociedad judía, el huérfano, la viuda, el extranjero y el niño, estaban privados de derechos; para Jesús, son los más importantes. Los niños nada poseen. Son y llegan a ser lo que se les da.
A los niños y a quienes se les asemejan, les pertenece el Reino. Porque no tienen su seguridad en sí mismos y viven sin ambiciones, su vida está pendiente del don de Dios. Por no tener nada y necesitarlo todo, los niños son los últimos. Porque todo en sus vidas depende de Dios, son los primeros en su corazón. Nada poseen; Dios es todo para ellos. Por eso Jesús se identifica con los pequeños de este mundo: Quien acoge a uno de estos pequeños, a mí me acoge.
La lección es clara: La persona vale no por el poder que tiene, sino por su amor y servicio, sobre todo a los que más necesitan de su ayuda en la sociedad. Quienes así actúan tienen como norma de vida el ejemplo de Jesús que manifestó una atención preferencial para con los enfermos, los pobres y los pecadores, y una especial predilección por los pequeños.
Y convenzámonos: no hay nada más satisfactorio que saber que nuestra vida está entregada al bien de los demás. Por eso, quien quiera ser el mayor, que se sitúe en su familia, en su centro de trabajo, en la sociedad donde mejor pueda servir, porque muchos primeros serán últimos y muchos últimos serán primeros (Mc 10,31).
En la Iglesia, sobre todo allí donde ella es más lo que Cristo quiso, es decir, en la celebración de la Eucaristía, nos reunimos todos por igual. Allí no hay, no puede haber,  diferencias de rango ni de poder. Partimos juntos el pan y cobramos fuerzas para resistir a los escándalos que observamos en el ejercicio corrupto de la autoridad; nos ratificamos en nuestro rechazo a todas las concepciones de la autoridad que desde la familia, la escuela, la empresa, el Estado y aun la misma Iglesia, generan abusos y sufrimientos; y aprendemos a fiarnos del Espíritu que transforma nuestros corazones en el amor fraterno. 
Por el camino venían discutiendo acerca de quién era el más importante. Jesús les dijo: El que quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos. Mucho hay que trabajar –como el Papa Francisco lo hace y nos exhorta– para reparar lo que la mentalidad del mundo ha dañado en la Iglesia, para recuperar aquello que se ha alejado del evangelio, para purificar o fortalecer lo que se ha corrompido o debilitado, para cambiar todo lo que sea necesario a fin de que la Iglesia sea en verdad la comunidad de hermanos y hermanas que Cristo quiere.

lunes, 21 de mayo de 2018

Curación de un epiléptico sordomudo (Mc 9, 14-29)

P. Carlos Cardó SJ
Jesús curando un enfermo, grabado de Gustavo Doré (1865) en La Biblia Ilustrada, Publicada en francés por Alfredo Mame e hijos
Cuando volvieron a donde estaban los otros discípulos, los encontraron en medio de una gran multitud, discutiendo con algunos escribas. En cuanto la multitud distinguió a Jesús, quedó asombrada y corrieron a saludarlo. Él les preguntó: "¿Sobre qué estaban discutiendo?".Uno de ellos le dijo: "Maestro, te he traído a mi hijo, que está poseído de un espíritu mudo.  Cuando se apodera de él, lo tira al suelo y le hace echar espuma por la boca; entonces le crujen sus dientes y se queda rígido. Le pedí a tus discípulos que lo expulsaran pero no pudieron". "Generación incrédula, respondió Jesús, ¿hasta cuándo estaré con ustedes? ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos? Tráiganmelo".Y ellos se lo trajeron. En cuanto vio a Jesús, el espíritu sacudió violentamente al niño, que cayó al suelo y se revolcaba, echando espuma por la boca. Jesús le preguntó al padre: "¿Cuánto tiempo hace que está así?".
"Desde la infancia, le respondió, y a menudo lo hace caer en el fuego o en el agua para matarlo. Si puedes hacer algo, ten piedad de nosotros y ayúdanos".":¿Qué es eso de ‘¿si puedes...?’", respondió Jesús. "Todo es posible para el que cree".
Inmediatamente el padre del niño exclamó: "Creo, ayúdame porque tengo poca fe". Al ver que llegaba más gente, Jesús increpó al espíritu impuro, diciéndole: "Espíritu mudo y sordo, yo te lo ordeno, sal de él y no vuelvas más".
El demonio gritó, sacudió violentamente al niño y salió de él, dejándolo como muerto, tanto que muchos decían: "Está muerto".Pero Jesús, tomándolo de la mano, lo levantó, y el niño se puso de pie. Cuando entró en la casa y quedaron solos, los discípulos le preguntaron: "¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo?". El les respondió: "Esta clase de demonios se expulsa sólo con la oración".
Después del anuncio de la pasión y de las reacciones contrarias de los discípulos, Marcos incluye este pasaje para mostrar la victoria de Jesús en su lucha contra el mal hasta en su último reducto, que es la muerte. El niño epiléptico es presentado como muerto. Los discípulos tienen que pedir la fe que los capacita para creer en la resurrección.
La impotencia de los discípulos para curar al muchacho proviene de su falta de fe. Recuerda lo ocurrido en la tempestad, cuando Jesús dormía y ellos se aterrorizaron y Jesús les dijo: ¿Por qué son tan cobardes? ¿Todavía no tienen fe? (Mc 8,40). Hace pensar también en la situación de la primitiva Iglesia después de la resurrección, cuando no sentían la presencia de Jesús en medio de las tribulaciones y persecuciones. El mensaje del relato va a ser claro: el sentimiento de impotencia sólo es superable con la fe, y ésta se ha de alimentar con la oración.
Literariamente, el pasaje está compuesto por cuatro escenas concatenadas. La primera (vv. 14-19) muestra a la multitud, dentro de la cual están los discípulos y los doctores de la ley. Se destaca en ella la incredulidad que irrita a Jesús y le hace exclamar: ¡Generación incrédula! ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos?
La segunda escena (vv.20-24) corresponde al diálogo de Jesús con el padre del muchacho y la exhortación a creer más. La tercera (vv. 25- 27) es el enfrentamiento con el espíritu inmundo que concluye con la victoria de Jesús, presentada como un anticipo de la resurrección (muchos creían que el muchacho estaba muerto). Y la cuarta escena (28-29) enfoca la reunión privada con los discípulos. En ella Jesús les hace ver que para ser verdadero discípulo y poder continuar su obra es imprescindible mantener un relación personal con Dios, basada en la confianza, que se expresa y alimenta en la oración
El espíritu es mudo y sordo, como se queda el discípulo por su repugnancia y miedo a la cruz del Señor, que le impide incluso preguntarle sobre su sentido: Ellos no entendían lo que quería decir y les daba miedo preguntarle (Mc 9, 32).
El padre del muchacho, por su parte, vive un proceso que es propio de todo cristiano en su camino de fe: Si puedes hacer algo, compadécete de nosotros y ayúdanos, dice en primer lugar, manifestando una fe imperfecta por medio de una plegaria condicionada: si puedes…No sabe hasta dónde llega el poder de Jesús o duda de que pueda resolverle un problema humanamente imposible. Además, los amigos de Jesús (los cristianos, miembros de su comunidad) no han podido y él ha perdido confianza.
Jesús le responde: ¿Qué es eso de ‘si puedes’? Todo es posible para el que tiene fe. Y esta respuesta mueve al hombre a dar el paso a la fe verdadera y a la oración perfecta, que abren el espacio para que se manifieste la acción de Dios. El poder de Jesús no tiene límite pero depende del hombre que ese poder tenga efecto. Y el hombre responde: Creo, Señor, pero ayúdame a tener más fe.
Ahora el objeto de su petición es la fe que salva. Es la oración perfecta, pide justamente aquello sin lo cual no se recibe ningún favor, que es la fe misma. Parte de la humilde confesión de la propia incredulidad y desemboca en la confesión del poder de Dios, en la apertura a su señorío sobre todas las cosas y en el abandono completo en su voluntad; las tres primeras peticiones del padrenuestro, que deben estar presentes de alguna manera en todas nuestras plegarias.
Entonces viene el milagro. El muchacho que estaba sin vida, muerto, se despertó, es decir, resucitó. Los verbos que se emplean: lo levantó y se puso en pie, son justamente los verbos característicos del triunfo de Jesús sobre la muerte y de las primeras fórmulas de la fe pascual. La curación del muchacho epiléptico está puesta como un anticipo de la resurrección de Cristo.
Finalmente, Jesús se reúne en privado con sus discípulos en la casa. Allí, en el espacio más propicio para el encuentro con Él y para la escucha de su palabra, Jesús les hace ver que hay ciertos demonios que no pueden ser expulsados sino con la oración. Se describe gráficamente la opresión extrema que causan estos “demonios”: hacen que las personas se sientan por los suelos (cada vez que se apodera de él, lo tira por tierra) y pierdan su capacidad de valerse por sí mismas (el muchacho era sordomudo, convulsionaba, arrojaba espuma, le chirriaban los dientes). 
Frente a tales situaciones, la fe hace confesar la propia impotencia y la confianza en el poder superior, que pertenece sólo a Dios y a quien hay que recurrir mediante la oración.

domingo, 20 de mayo de 2018

Homilía del Domingo de Pentecostés - Reciban el Espíritu Santo (Jn 20,19-23)

P. Carlos Cardó SJ
Pentecostés, óleo sobre lienzo de Juan Bautista Mayno (1612 – 1614), Museo del Prado, Madrid
Ese mismo día, el primero después del sábado, los discípulos estaban reunidos por la tarde, con las puertas cerradas por miedo a los judíos.Llegó Jesús, se puso de pie en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!». Dicho esto, les mostró las manos y el costado.
Los discípulos se alegraron mucho al ver al Señor.Jesús les volvió a decir: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envío a mí, así los envío yo también.»Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo: a quienes descarguen de sus pecados, serán liberados, y a quienes se los retengan, les serán retenidos.»
En la tarde del mismo domingo de su resurrección, estando sus discípulos en una casa con las puertas atrancadas por miedo a los judíos, Jesús se les hizo presente. No habían creído el anuncio que María Magdalena les había hecho: ¡He visto al Señor!  Pero a pesar de la barrera de sus dudas y temores, el Resucitado se presentó en medio de ellos, haciéndoles sentir la paz, la alegría y la unión que reconcilia y alienta, signos de su presencia viva.
A continuación, les mostró las manos y el costado: haciéndoles referencia a su historia, a la obra realizada por la salvación del mundo. Siempre se manifiesta por lo que hace por nosotros. Y los discípulos se alegraron mucho al ver al Señor (v. 20). Se cumple en ellos la promesa que les había hecho: Volveré a verlos y de nuevo se alegrarán con una alegría que ya nadie les podrá arrebatar (Jn 16,22), porque es la alegría perfecta
(Jn 15,11). La Iglesia vive de esa alegría y nos la transmite al comunicarnos la certeza de que el Señor está con nosotros y no nos abandona nunca. La alegría perfecta del cristiano es la afirmación refleja de esta verdad.
De nuevo Jesús les dijo: La paz esté con ustedes. Y añadió: Como el Padre me envió, yo también los envío a ustedes. La paz, la alegría y el amor que Él crea en ellos los saca de sí mismos, los pone en una relación con Él que fundamenta su más auténtica identidad de apóstoles, es decir, de enviados. Esa será su vida, la misión que Él les da. Y en eso mismo quedarán identificados con Él porque es su misma misión, la que Él recibió de su Padre, la que les encomienda. 
Jesús entonces realizó un gesto simbólico que evoca el gesto creador de Dios sobre Adán: sopló sobre ellos. Les dio el Espíritu Santo prometido, que les hará renacer como criaturas nuevas, capaces de transmitir a los demás el mensaje de que el pecado, es decir, la carga opresora del hombre, puede perder su fuerza mortífera, si se acepta estar con Cristo y se acepta su perdón, que reconcilia y transforma a quien lo recibe.
Por medio de su Espíritu, que también ha venido a nosotros en nuestro bautismo, Cristo sigue viviente en su Iglesia y en cada uno de nosotros de manera personal y efectiva. No nos ha dejado solos, vuelve a nosotros, y por su Espíritu establece una comunión de amor con Él, con su Padre y entre nosotros.
Es el Espíritu que consuela y defiende, que recuerda todo lo que Jesús nos enseñó y nos conducirá hacia la verdad completa. La comunidad de los apóstoles y de los primeros cristianos quedó transformada por su venida y nosotros también podemos permitirle que realice nuestra transformación. Él nos hace capaces de la constante renovación, cambia nuestra manera de pensar, nos da disponibilidad para lo que el Señor nos quiera pedir, nos mueve a encontrarnos y comprendernos por encima de las diferencias porque crea entre nosotros la unión perfecta.
El Espíritu Santo procede de Dios, no es un concepto, ni una fórmula, sino el mismo ser divino que ha dado la existencia a todo cuanto existe y conduce la historia humana a su plenitud. Lo reconocemos en la fuerza interior que impulsa el dinamismo de los hombres y mujeres de buena voluntad que buscan transformar el mundo conforme al plan de Dios.
El Señor cuenta con nuestra colaboración para que su palabra llegue a todas partes. Para ello nos da su Espíritu, que nos hace obrar como hijos, no como esclavos, por amor y no por temor ni por la simple obligación de la ley, y nos da inteligencia y fuerza, conocimiento de Dios y de sus caminos (Ef 1,17; Col 1, 9).
Debemos dejar que surja de nuestro interior el deseo: Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende ellos el fuego de tu amor. Su acción sobre nosotros, efusión del amor que es el ser de Dios, pondrá en nosotros un corazón nuevo (Ez 36,26; Is  59, 21), para que vivamos según las enseñanzas del Señor y, sobre todo, nos amemos unos a otros como Él nos amó. 

sábado, 19 de mayo de 2018

Destino del discípulo amado (Jn 21, 20-25)

P. Carlos Cardó SJ

Detalle de La última cena, óleo sobre lienzo de Valentin de Bolougne (1625 – 1626), Galería Nacional de Arte Antiguo, Roma

Pedro, volviéndose, vio que lo seguía el discípulo al que Jesús amaba, el mismo que durante la Cena se había reclinado sobre Jesús y le había preguntado: "Señor, ¿quién es el que te va a entregar?". Cuando Pedro lo vio, preguntó a Jesús: "Señor, ¿y qué será de este?". Jesús le respondió: "Si yo quiero que él quede hasta mi venida, ¿qué te importa? Tú sígueme".  Entonces se divulgó entre los hermanos el rumor de que aquel discípulo no moriría, pero Jesús no había dicho a Pedro: "El no morirá", sino: "Si yo quiero que él quede hasta mi venida, ¿qué te importa?".Este mismo discípulo es el que da testimonio de estas cosas y el que las ha escrito, y sabemos que su testimonio es verdadero.
Jesús hizo también muchas otras cosas. Si se las relata detalladamente, pienso que no bastaría todo el mundo para contener los libros que se escribirían.
Después del diálogo de Jesús Resucitado con Pedro, en el que le ha ratificado en la misión de apacentar su rebaño, aparece en escena el discípulo a quien tanto quería. Lo que sigue va a ser una constatación de que en la comunidad eclesial hay distintas formas de seguimiento de Jesús y distintas funciones y carismas que deben coexistir en armonía. Pedro representa a la iglesia jerárquica, el discípulo amado simboliza a los cristianos que, mediante el trato personal con el Señor y la entrega a los demás, testimonian hasta el fin de los siglos el amor salvador con que Dios nos ha amado en su Hijo.
Pedro miró alrededor y vio que, detrás de ellos, venía el otro discípulo al que Jesús tanto amaba. Su triple confesión de amor, que ha anulado su triple negación y ha hecho posible que el Señor le confiera la misión de pastorear a su rebaño, ha concluido con la orden: Sígueme. Se ha abierto para él un futuro nuevo, el inicio de un auténtico seguimiento de Jesús que le ha de llevar hasta la aceptación de su mismo destino de cruz.
Pedro mira alrededor y ve que el discípulo a quien Jesús tanto quería, viene siguiendo, porque él nunca ha dejado de seguir al Señor. Advierte entonces la importancia que tiene este discípulo: no ejerce un cargo de autoridad, pero sí testimonia un hondo conocimiento de Jesús y un profundo amor a su persona y a su obra.
Es el discípulo que, durante la cena, apoyó su cabeza sobre el pecho de Jesús, el que estuvo con la Madre al pie de la cruz y miró al que atravesaron (19,35). Este discípulo tiene la capacidad de escuchar al Señor y de reconocerlo allí donde no es reconocido por los demás, como hizo en la barca cuando dijo a Pedro: Es el Señor. Él representa a la comunidad donde se gestó y escribió el cuarto evangelio (21, 24) y personifica al mismo tiempo al auténtico seguidor de Cristo, que, porque al haber sido amado primero (13,23; cf. 1 Jn 4,19) tiene un gran amor al Señor y ama a los demás con el amor con que Cristo los amó.
La condición de este discípulo, llevada al nivel de lo emblemático, nunca tendrá que faltar en la Iglesia. Las palabras de Jesús a Pedro: Si yo quiero que él permanezca hasta que yo vuelva, ¿a ti qué? Tú sígueme, no se refieren a la vida temporal que iba a tener el autor del cuarto evangelio, sino al amor que ha de mostrarse en la comunidad como prueba y testimonio de que con la entrega de Jesús en la cruz y su resurrección, el amor salvador de Dios ha vencido al pecado y a la muerte.
Cristo Resucitado sigue actuando en su Iglesia a través del servicio que Pedro como vicario suyo debe ejercer; pero actúa también en el servicio del discípulo, cuya intimidad con él le mueve a actuar con aquel amor que es el testimonio más creíble de la salvación que Dios ofrece. 
Queda claro, pues, que lo más importante en la Iglesia es la demostración del amor en todos los servicios, funciones y misiones que en ella se ejerzan. Eso es lo que nunca puede faltar, lo que debe permanecer. Especialmente usado y valorado por Juan, el verbo permanecer, y su sinónimo habitar, recuerdan a la Iglesia que lo decisivo para poder dar fruto es la unión con Cristo y con los hermanos. 
Ese es el “espacio” donde debe permanecer. Por su parte el creyente recuerda también que el vínculo personal con el Señor es fundamental, cualquiera que sea el camino que debe recorrer y afrontar en su seguimiento. Pero en definitiva uno solo es el camino, el del amor que sostiene el aliento del discípulo a lo largo de la historia: ¡Ven, Señor, Jesús! Ven a dar cumplimiento a la unión perfecta que esperamos, para que seas uno en nosotros como el Padre y tú son uno.