lunes, 19 de febrero de 2018

El juicio final (Mt 25, 31-46)

P. Carlos Cardó SJ
Paraíso, fresco de Giusto de’ Menabuoi (1375-76), Cúpula del Baptisterio de la catedral de Padua, Italia
Jesús dijo a sus discípulos: "Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá a aquellas a su derecha y a estos a su izquierda. Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: 'Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver'. Los justos le responderán: 'Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?'. Y el Rey les responderá: 'Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo'. Luego dirá a los de su izquierda: 'Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles, porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer; tuve sed, y no me dieron de beber; estaba de paso, y no me alojaron; desnudo, y no me vistieron; enfermo y preso, y no me visitaron'. Estos, a su vez, le preguntarán: 'Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de paso o desnudo, enfermo o preso, y no te hemos socorrido?'. Y él les responderá: 'Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo'. Estos irán al castigo eterno, y los justos a la Vida eterna". 
El relato es una parábola o representación del juicio final. Gira en torno a la antítesis: “vengan-apártense”; “benditos-malditos”; “me dieron-no me dieron”. Quedan separados como el trigo y la cizaña, (Lc 13,24ss) o como los peces malos y los peces buenos (Lc 13, 47ss). Lo decisivo para ser acogido o rechazado es haber socorrido o no a mis hermanos más pequeños. Éstos están agrupados de dos en dos, conforme a tres necesidades de la vida humana: la alimentación, la inserción social  y la libertad.
El hambre y la sed, si no se satisfacen, hacen que la vida no subsista, sobreviene la muerte. El vestido y la patria hacen posible la inserción social, pues la persona que no tiene un vestido digno se siente incómoda, rechazada; y el forastero, forzado a vivir fuera de su patria, se siente un ser extraño. La enfermedad y la cárcel, en fin, atormentan al espíritu con la incomunicación, el aislamiento y la soledad.
Tanto los de la derecha como los de la izquierda se asombran de lo que les dice el Rey y preguntan: ¿cuándo te vimos hambriento...?  El rey responde afirmando su presencia en los necesitados: a mí me lo hicieron. La presencia de Cristo, misteriosa —de incógnito— pero real, en los pequeños de este mundo, da a nuestros encuentros con ellos un valor trascendente, eterno.
Tratar de reconocer, amar y servir al Señor en ‘estos pequeños’: de esta actitud depende el valor de nuestra vida, su radical realización o su radical fracaso. Por eso el juicio que hará de nosotros Cristo es el mismo juicio que hacemos ahora de los pobres y pequeños. Así, somos nosotros propiamente quienes lo juzgamos: al acogerlo o rechazarlo en los hambrientos y sedientos, en los desnudos y forasteros, en los enfermos y en los encarcelados.
El juicio no será más que la constatación de lo que hacemos. Al final quedará al descubierto lo que libremente vamos haciendo con nuestra vida. Jesús nos lo advierte con la parábola del juicio para que abramos los ojos y nos hagamos conscientes de lo que hacemos o dejamos de hacer hoy.
“¡El pobre es Cristo!”, solía decir San Alberto Hurtado. Con ello ponía énfasis a esta verdad del evangelio: en el pobre siempre está Cristo. Así, el mandamiento del amor a los pequeños de este mundo constituye el fundamento más firme y universal del obrar humano que conduce a la unión de todos los seres humanos, por encima de las diferencias. 
Con este mandamiento, Jesús establece un criterio de acción que va más allá de todos los cuadros religiosos y propuestas ideológicas. Y es un mandamiento evidente para todos. El amor a los necesitados expresa, en un lenguaje universal que todos comprenden, un mensaje que dice no sólo una verdad sobre la persona humana sino una verdad sobre el misterio mismo de Dios. Además, el amor al pobre es el que más manifiesta el modo como Dios ama, pues su amor incondicional, sanante y liberador muestra toda su eficacia cuando levanta del polvo al desvalido  ( 1 Sam 2, 8; Sal 113, 7) y a los hambrientos los colma de bienes (Lc 1, 53). 

domingo, 18 de febrero de 2018

Homilía del I Domingo de Cuaresma - Las Tentaciones de Jesús en el desierto (Mc 1, 12-15 )

P. Carlos Cardó SJ
Las tentaciones de Cristo, fresco de Sandro Botticelli (1480-82), Capilla Sixtina, El Vaticano
En seguida el Espíritu llevó a Jesús al desierto, donde estuvo cuarenta días y fue tentado por Satanás. Vivía entre las fieras, y los ángeles lo servían. Después que Juan fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea. Allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo: "El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia". 
No cabe duda de que Jesús fue tentado en su realidad humana. No fue aparentemente tentado -como afirmaron algunos herejes-, sino de verdad y a lo largo de su vida, empezando por el tiempo que pasó en el desierto. Quiso someterse libremente a la tentación para estar cerca de los que son tentados.
Fue llevado por el Espíritu al desierto. En nuestra existencia, todos atravesamos por desiertos: son las crisis inevitables de toda vida humana. Y aunque la palabra crisis mueve a temor, no hay por qué verla como catástrofe. Enfrentada y sostenida por la fe, una crisis puede ser fuente de nuevas posibilidades, de consolidación de nuestra personalidad en humildad, aunque, de hecho, siempre produzca algún desequilibrio. Pero es ineludible pasar por la prueba que purifica el corazón humano del afán de posesión y de dominio, es decir, de lo que nos aleja de los verdaderos valores que muestra Jesús en el evangelio.
En el desierto, Satanás tentó a Jesús, nos dice Marcos. Satanás (palabra aramea) significa “el que acusa”, “el que divide”, el “adversario”. Crea división entre Dios y nosotros, rompe la unidad que debe haber entre las personas y nos deja solos. Nos hace caer y nos acusa.
En el “Fausto” de Goethe el espíritu diabólico se presenta como aquel que “siempre se niega” y que busca destruir lo que es y lo que está por nacer. Promueve desorden y ruptura en la creación. Las relaciones humanas se rompen. Y por eso, el No que destruye y el Sí que crea siempre están en lucha, uno contra otro.
Los cuarenta días no hay que entenderlos en sentido cronológico. Hacen referencia a los cuarenta años que pasaron los israelitas en el desierto (Dt 8,2.4), y simbolizan toda una generación, un período de experiencia particularmente intensa y decisiva.
¿En qué consistió la tentación de Jesús? Satanás tienta a Jesús en la forma de realizar su vocación mesiánica de salvar al mundo: no conforme a la voluntad de Dios, es decir, por el camino de un Mesías Siervo que redime con la solidaridad, la verdad, el servicio y el amor que le llevará hasta “dar la vida por todos” (10,45) muriendo en la cruz, sino “como piensan los hombres”, es decir, por el camino de un Mesías poderoso que domina y somete.
Fue una tentación que acosó a Jesús a lo largo de su vida; le vino una veces de parte de los poderosos de este mundo, otras veces de parte de sus propios discípulos como Pedro, que intentó disuadir a su Maestro de subir a Jerusalén donde iba a ser crucificado y recibió de Jesús una severa reprensión: Apártate de mí Satanás -le dijo Jesús-, tú piensas como los hombres no como Dios”. Llegada la hora de la pasión, esta tentación alcanzará su intensidad suprema, que le obligará a decir: Padre, todo te es posible: Aparta de mí este cáliz (14,36).
Podríamos decir que la tentación de Jesús es la de toda persona que pretende ser hijo o hija de Dios pero viviendo a su manera; tentación de pensar como los hombres y no como Dios. Es el mal que actúa en el corazón del ser humano desde Adán.
La corta narración de Marcos concluye con una enigmática constatación: vivía entre las fieras (en convivencia pacífica) y los ángeles le servían. Se puede ver aquí una referencia implícita a Adán que, antes de pecar, vivía entre los animales, en comunión con la creación entera, sin temer ningún peligro (Gn 2,20).
Jesús, viene a inaugurar los tiempos nuevos, a restablecer la armonía que había en el principio. Jesús enfrenta al mal y lo vence, dando origen al hombre nuevo, que vive en armonía consigo mismo, con sus semejantes, con la naturaleza y con Dios. Este Mesías, que atraviesa los desiertos del hombre, se revela como el Hijo, a cuyo servicio están los ángeles.
Superada la prueba, Jesús inicia su predicación, proclamando la instauración del reinado de Dios. Anunciado por los profetas, el reinado de Dios, consiste en el cambio del corazón del hombre, en la transformación de toda situación de injusticia y en el cumplimiento de la esperanza.
El reinado de Dios trae consigo la transformación plena de este mundo. Para acogerlo hay que convertirse: Conviértanse –dice Jesús- y crean en la Buena Noticia. Se trata de un cambio en el comportamiento personal y también en la actuación pública. La conversión a la que Jesús invita no se reduce a unas cuantas prácticas de piedad y penitencia: es la vida entera puesta al servicio del Señor y de los demás. 
Es acoger libre y responsablemente la Buena Noticia anunciada por Jesús. Y lo definitivo en la buena noticia de Jesús es que el ser humano alcanza su plenitud, cuando sale de sí mismo y se deja modelar por el amor divino. Nuestro compromiso en esta cuaresma lo podríamos sintetizar así: hacer con mi vida creíble el evangelio.

sábado, 17 de febrero de 2018

Comida con pecadores (Lc 5, 27-32)

P. Carlos Cardó SJ
Llamamiento de San Mateo, óleo sobre lienzo de Hendrik Terbrugghen (1621), Centraal Museum, Utrecht, Países Bajos
Jesús salió y vio a un publicano llamado Leví, que estaba sentado junto a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: "Sígueme". El, dejándolo todo, se levantó y lo siguió. Leví ofreció a Jesús un gran banquete en su casa. Había numerosos publicanos y otras personas que estaban a la mesa con ellos. Los fariseos y los escribas murmuraban y decían a los discípulos de Jesús: "¿Por qué ustedes comen y beben con publicanos y pecadores?". Pero Jesús tomó la palabra y les dijo: "No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, para que se conviertan".
Jesús realiza un gesto provocador. Llama a un publicano a formar parte de su comunidad. Un judío decente evitaba el trato con los publicanos, porque eran considerados pecadores públicos y descreídos por dedicarse al vil oficio de recaudar impuestos para los romanos y ejercerlo de manera fraudulenta.
La sorpresiva distinción de que ha sido objeto, provoca en el publicano Leví el deseo de celebrarlo y organiza un banquete. Quiere agradecer a ese Maestro galileo que haya tenido para con él esa deferencia tan inesperada, y tan contraria a las costumbres y creencias de los judíos, de contarlo entre sus discípulos. Naturalmente invita a muchos otros publicanos. Y Jesús acepta la invitación a sentarse a la mesa con esa gente. Sorprendente.
La expectativa del Reino de Dios como un banquete que reunirá a los justos y elegidos había cargado de simbolismo el acto natural del comer: no sólo se celebraba el memorial del éxodo con el banquete del cordero pascual, sino que el comer juntos solía ser expresión de valores compartidos, alianzas, amistades.
Pero como en la mesa del reino Dios comía sólo con sus elegidos y los otros quedaban excluidos, el judío sólo podía sentarse a la mesa con gente considerada honesta, justa, fieles a su religión. Por eso en la regla de la comunidad esenia, grupo especialmente excluyente y rigorista, estaba establecido: Que ningún pecador o gentil, ni cojo o manco o herido por Dios en su carne tenga parte en la mesa de los elegidos (regla de Qumram).
Jesús cambia esta mentalidad. Los pecadores no se han de evitar como apestados. El médico cura a los enfermos. En Jesús, Dios se acerca a los excluidos, despreciados, no practicantes, traidores –como los publicanos que trabajaban en favor de los romanos– y pecadores públicos.
La comunidad cristiana toma conciencia. El Dios de Jesús no es el dios de la sociedad judía puritana, excluyente y discriminador. Es Dios de misericordia, que ofrece a todos la posibilidad de rehabilitarse. La comunidad cristiana toma conciencia de lo que es: pecadores que han sido tocados por la gracia en Jesucristo. Cada uno puede verse en Leví, o entre los invitados al banquete. Por consiguiente no caben las discriminaciones.
No necesitan médico los sanos sino los enfermos. No he venido a llamar a justos sino a pecadores. Pablo dirá: Miren, hermanos, a quienes eligió Dios: no hay entre ustedes sabios, ni poderosos…, lo débil del mundo escogió Dios… (1 Cor 1, 26). 
En la mesa del Señor nos sentamos los pecadores. Es él quien nos congrega de toda raza, lengua y cultura. Reúne a todos los hijos e hijas de Dios dispersos. Y le damos gracias porque nos hace dignos de servirlo en su presencia. Indignos todos; la gracia es la que nos dignifica. 

viernes, 16 de febrero de 2018

El ayuno (Mt 9, 14-15)

P. Carlos Cardó SJ
Pobres gentes, óleo sobre lienzo de André Collin (1896), Museo de Bellas Artes de Tournai, Bélgica
Se acercaron a Jesús los discípulos de Juan y le dijeron: "¿Por qué tus discípulos no ayunan, como lo hacemos nosotros y los fariseos?". Jesús les respondió: "¿Acaso los amigos del esposo pueden estar tristes mientras el esposo está con ellos? Llegará el momento en que el esposo les será quitado, y entonces ayunarán. 
Antes de este pasaje aparece Jesús y sus discípulos comiendo en casa de un publicano; ahora los discípulos de Juan Bautista los sorprenden comiendo en un día de ayuno. Juan los ha enviado a seguir a Jesús, desde que lo señaló como el que era más grande que él, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Pero estas actitudes de Jesús y lo que enseña a sus discípulos los desconciertan. Por eso le preguntan: ¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos y tus discípulos no ayunan? 
Jesús responde situando la cuestión en otra esfera de pensamiento: en la esfera de la revelación del amor salvador de Dios ofrecido como gracia a todos los que escuchan su palabra y lo siguen. Su presencia señala el cumplimiento del tiempo mesiánico, la venida del reino de Dios, el tiempo nuevo de la realización de las promesas hechas por Dios a Israel, tiempo de la fiesta de la nueva humanidad reconciliada.
Se debe, por tanto, celebrar y hacer fiesta. Jesús lo dice con el proverbio: ¿Pueden acaso llevar luto los amigos del novio mientras el novio está con ellos? La situación de una fiesta nupcial excluye perentoriamente toda forma penitencial. Los profetas previeron este tiempo y su corazón se llenó de alegría. Recordemos, por ejemplo, a Isaías: “El espíritu de Yahvé sobre mí porque me ha ungido; me ha enviado... para alegrar a todos los afligidos de Sión y ponerles una corona en vez de cenizas, perfume de fiesta en vez de trajes de luto, cantos de alabanza en vez de un corazón abatido” (Is 61, 1-3)
Llegará un día en que les quitarán al novio, entonces ayunarán, añade Jesús, anunciando su final. Les quitarán al novio cuando sea levantado en la cruz y elevado al cielo. Entre la alegría primera de su presencia en la tierra y la consumación de la unión perfecta de la humanidad salvada con Dios en el banquete nupcial del reino, transcurre el tiempo de la espera.
Es tiempo de la vivencia de su presencia interior resucitada, que alienta la espera de la pascua eterna. De momento queda el símbolo de su cruz: en los crucificados. Y el signo eficaz de su presencia viva en el partir el pan. Esos símbolos nos guían a la práctica de la religión verdadera, y en particular al ayuno que quiere el Señor, que consiste en partir el pan con el hambriento, dar casa al sin techo, vestir al desnudo, romper las cadenas, quebrar todo yugo (Is 58, 6s.). Así nos encontramos con el esposo, hecho el último y el servidor de todos.
Las pequeñas parábolas sobre lo viejo y lo nuevo: no se puede coser un pedazo de tela nueva en un vestido viejo porque, al encoger, hará un desgarrón mayor, ni se puede guardar vino nuevo en odres viejos porque al seguir fermentando reventará los odres y todo se perderá, vienen a subrayar la idea de que son incompatibles la religión nueva del corazón, que Jesús enseña, y la religión legalista y puramente exterior del judaísmo. 
El reino viene; a la novedad del anuncio debe responder la novedad de la respuesta humana. Ésta no puede consistir en un simple reformismo sino en una renovación radical y plena. Conviértanse, cambien de vida, porque el reino de los cielos ya está cerca (4,17): este cambio profundo implica despojarse de las seguridades del pasado y abrirse a la perspectiva de la fe que actúa en el amor.