miércoles, 22 de abril de 2026

Quien me come no tendrá hambre (Jn 6, 35-40)

 P. Carlos Cardó SJ 

Glorificación de la Eucaristía, óleo sobre lienzo de Ventura Salimbeni (fines del siglo XVI), Iglesia de San Pedro, Montalcino, Siena, Italia

Jesús les dijo: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí nunca tendrá hambre y el que cree en mí nunca tendrá sed. Sin embargo, como ya les dije, ustedes se niegan a creer aun después de haber visto. Todo lo que el Padre me ha dado vendrá a mí, y yo no rechazaré al que venga a mí, porque yo he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Y la voluntad del que me ha enviado es que yo no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite en el último día. Sí, ésta es la decisión de mi Padre: toda persona que al contemplar al Hijo crea en él, tendrá vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día». 

Continúa el discurso de Jesús sobre el pan de vida. De todos los símbolos con que ha querido identificar lo que es y la obra que realiza (la vid, la luz, el camino, la puerta, el pastor…), el pan es el que mejor lo designa como fuerza de vida inagotable, Dios que se entrega y se une íntimamente con quien lo acoge. El pan es símbolo de la vida; así como la falta de pan, el hambre, significa muerte. Jesús es el pan que el Padre da para que, quien lo coma, tenga su vida y esté unido a él para siempre. Esta misión de ser pan que se entrega, Jesús la acepta y la vive hasta el extremo de dar su propia vida en sacrificio para vencer la muerte con su resurrección. 

Todas las características del pan se realizan en él: es don del cielo y fruto de la tierra, humilde y disponible a la vez, sabroso y necesario, da fuerza a quien lo asimila y une entre sí a quienes lo comparten. Pan que ha bajado del cielo, Jesús es Dios que desciende para dar su vida a sus hijos. Por eso, quien se adhiere a él y hace suyo su modo de ser por medio de la fe, vive ya la vida que durará para siempre. 

Los judíos se niegan a aceptar su mensaje porque no comprenden cómo puede un hombre dar a comer su carne. Interpretan mal –quizá maliciosamente– las expresiones de Jesús, comer carne, beber sangre, y reaccionan escandalizados. Con su ejemplo de vida, él mismo nos demuestra que nunca somos más nosotros mismos, que cuando nos hacemos disponibles para el servicio de nuestros prójimos; entonces nos volvemos como él, pan para la vida del mundo. 

La acogida de Jesús por medio de la fe se asemeja a un ir a él, dejar la ubicación en que uno se encuentra para trasladarse a donde él está. Más adelante, en el mismo evangelio de Juan, Jesús hablará de esto como permanecer y habitar en él y él en nosotros. La fe genera un movimiento de salida que lleva a situarse en otro nivel de existencia, el nivel propio del Hijo. 

En ese nuevo ámbito de la existencia ya no es necesario buscar otros panes para vivir, otro alimento para alcanzar y sostener una vida plena, realizada y feliz. No tendrá más hambre… no tendrá más sed. Con su contenido simbólico, los términos “hambre” y “sed” son de una fuerza sugestiva verdaderamente inagotable. El “hambre” designa toda necesidad vital, todo cuanto la persona humana aspira poder realizar para vivir una vida plena y feliz. Eso sólo lo puede dar Dios que, con su sabiduría, infunde incluso el conocimiento inagotable de la verdad: Los que me comen tendrán más hambre, los que me beben tendrán más sed (Eclo 24,21). La “sed”, por su parte, designa en la Biblia el anhelo de Dios. La sed de los animales que buscan agua se hace imagen del anhelo del creyente, que tiene sed de Dios: Como suspira la cierva por corrientes de agua, así mi alma suspira por ti, mi Dios (Sal 42, 2s). 

La determinación de Jesús de dar su vida a todo aquel que lo acoja y a no dejar a nadie fuera, corresponde a la voluntad salvadora del Padre, que no quiere que ninguno de sus hijos se pierda. Todos los que el Padre me dio vendrán a mí. Y yo no rechazaré nunca al que venga a mí. No dejará que se pierda ninguno de sus hermanos que creen a él, porque el Padre se los ha dado. Es la base de nuestra más honda confianza: pertenecemos a Cristo, el Padre nos ha dado a él y él da su vida por nosotros. Hemos sido, pues, destinados al Hijo, predestinados, y este el sentido y dirección de nuestra vida: ir al Hijo, identificarnos con él, hasta que él se reproduzca en nosotros. San Pablo dirá: Nos predestinó por decisión gratuita de su voluntad, a ser sus hijos de adopción por medio de Jesucristo (Ef 1,5)... a reproducir la imagen de su Hijo para que también fuera él el primogénito entre muchos hermanos (Rom 8,29s). Cristo, Hijo de Dios, restituye en el ser humano la imagen de Dios perdida por la culpa y lo hace imprimiéndole la imagen perfecta de hijo de Dios, con derecho a la gloria. Esta gloria, que en Juan es la propia del Hijo unigénito del Padre lleno de gracia y de verdad (In 1, 14), reviste cada vez más al cristiano, hasta el día en que todo él, espíritu y cuerpo, resplandezca con la imagen del hombre celeste (1Cor 15, 49). Es lo que obtendrá Cristo para cada uno de nosotros: Lo resucitaré.

Pan del cielo (Jn 6, 30-35)

 P. Carlos Cardó SJ 

Jesús y la samaritana, pintura al temple sobre tabla que forma parte del retablo La Maestá de Duccio di Buoninsegna (1308 – 1311), Museo dell’Opera del Duomo, Siena, Italia

Le dijeron a Jesús: "¿Qué puedes hacer? ¿Qué señal milagrosa haces tú, para que la veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros antepasados comieron el maná en el desierto, según dice la Escritura: Se les dio a comer pan del cielo".
Jesús contestó: "En verdad les digo: No fue Moisés quien les dio el pan del cielo. Es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo. El pan que Dios da es Aquel que baja del cielo y que da vida al mundo".
Ellos dijeron: "Señor, danos siempre de ese pan".
Jesús les dijo: "Yo soy el pan de vida. El que viene a mí nunca tendrá hambre y el que cree en mí nunca tendrá sed". 

Los oyentes de Jesús le piden un signo para creer en él, que les demuestre de manera visible la eficacia de la obra que realiza. Argumentan que no necesitan a Jesús porque ya siguen a Moisés, cuya autoridad quedó demostrada con el signo del maná que comieron sus antepasados en el desierto. Así como la mujer Samaritana consideró a Jesús de menor autoridad que Jacob –¿acaso te consideras más importante que nuestro padre Jacob, que construyó ese pozo, del que bebió él, sus hijos y sus ganados?–, así también los galileos de Cafarnaúm ven más seguro a Moisés, pero sin advertir que Moisés se ha convertido para ellos en una hecho del pasado, no del presente, una ideología, que ha servido de soporte a una religión falseada, y a una moral de conveniencia. Jesús procurará hacerlos pasar de Moisés al Padre Dios, que ofrece el don de su amor salvador en el presente y da lo que necesitamos para una vida plena y feliz. Ofrece el paso de la Antigua a la Nueva Alianza, de la Ley antigua a la ley del amor solidario que resuelve el problema de la vida, simbolizado en el hambre de pan y de evangelio. Como a la Samaritana que la hizo pasar del deseo del agua material al del agua viva que sacia toda sed y conduce a la vida eterna, así también a los galileos los quiere hacer pasar del único pan que les interesa, el que comieron hasta saciarse, al alimento nuevo, que se comparte para dar de comer a la multitud, y cuyo significado ellos no han querido comprender. 

Les aseguro que no fue Moisés quien les dio el pan del cielo. Es mi Padre quien les da el verdadero pan del cielo. El pan de Dios viene del cielo y da la vida al mundo. 

Claramente Jesús se identifica con el pan del cielo, es decir, el pan de Dios. El pan es símbolo de la vida. Con lenguaje metafórico, los libros sapienciales (Sabiduría y Salmos, sobre todo) hablan del pan de la palabra de Dios y concretamente de la ley como alimento que viene del cielo (Dt 8, 3; Sab 16, 20; Sal 119,103). Jesús supera radicalmente este simbolismo presentándose a sí mismo, y no sólo a su enseñanza, como el pan de Dios para la vida del pueblo de Israel y de toda la humanidad. Es Dios que desciende y se hace pan para hacernos compartir su vida divina. 

Sin llegar a comprender el significado del don que Jesús prometía, la Samaritana le pidió: Señor, dame de esa agua para que no tenga más sed y no tenga que venir hasta aquí para sacarla. Los galileos, por su parte, han hecho un cierto proceso en su diálogo con Jesús y han llegado a situarse en el plano espiritual de las obras de la ley que había que cumplir (6, 28) y han evocado el pan que Dios dio en el desierto (6, 31). Piensan por tanto que Jesús puede ser un rabí extraordinario capaz de asegurarles el alimento de una enseñanza de la ley que no les falle y los enrumbe en el camino del bien. En una palabra, se muestran dispuestos para acoger su enseñanza. Y le piden: Danos siempre de ese pan. Sin embargo, todavía no comprenden que lo que Jesús les ofrece como alimento para la vida auténtica no es una simple enseñanza de preceptos morales ni un conjunto de conocimientos religiosos, sino su propia vida, su modo de vivir entregado al bien de los demás. Comerlo, asimilar su ser, conduce a estar con él, a situarse en la vida como él lo hace, a mostrar con el testimonio personal la existencia del Hijo que se hace pan para los hermanos.

El pan que da vida eterna (Jn 6, 22-29)

 P. Carlos Cardó SJ 

Fundación y adoración de la Eucaristía, óleo sobre lienzo de Juan del Castillo (siglo XVII), casa profesa del Compañía de Jesús, Sevilla, España

Al día siguiente, la gente que se había quedado al otro lado del lago se dio cuenta que allí no había habido más que una barca y que Jesús no había subido con sus discípulos en la barca, sino que éstos se habían ido solos.
Mientras tanto algunas lanchas de Tiberíades habían atracado muy cerca del lugar donde todos habían comido el pan. Al ver que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, la gente subió a las lanchas y se dirigieron a Cafarnaún en busca de Jesús. Al encontrarlo al otro lado del lago, le preguntaron: "Rabbí (Maestro), ¿cómo has venido aquí?".
Jesús les contestó: "En verdad les digo: Ustedes me buscan, no porque han visto a través de los signos, sino porque han comido pan hasta saciarse. Trabajen, no por el alimento de un día, sino por el alimento que permanece y da vida eterna. Este se lo dará el Hijo del hombre; él ha sido marcado con el sello del Padre".
Entonces le preguntaron: "¿Qué tenemos que hacer para trabajar en las obras de Dios?".
Jesús respondió: "La obra de Dios es ésta: creer en aquel que Dios ha enviado". 

Llegados a Cafarnaúm, después de la multiplicación de los panes, Jesús y los discípulos ven que se vuelve a reunir mucha gente. Le llevan sus enfermos para que los cure y porque han oído que ha dado de comer a cinco mil hombres. Quieren asegurarse la vida material; todavía no han comprendido que la vida verdadera consiste en estar con él y vivir como él, que se hace pan de vida eterna. 

Sin embargo, el título de Maestro que le atribuyen refleja el respeto con que lo tratan por la autoridad con que enseña. Rabbí, sabemos que Dios te ha enviado para enseñarnos, porque nadie, en efecto, puede realizar los signos que tú haces si Dios no está con él, había declarado el maestro fariseo Nicodemo cuando lo fue a ver de noche (Jn 3, 2). 

Jesús acepta el título de Rabbí y ejerce como tal. En este caso se pone rápidamente a explicar a la gente que no pueden quedarse en la admiración del aspecto físico del signo del pan, ni en el mero hecho de haber comido hasta saciarse. Eso los lleva a tratarlo como un personaje poderoso del cual dependen y a establecer con él una relación meramente política, razón por la cual quisieron proclamarlo rey. Por eso les aclara: Les aseguro que no me buscan por los signos que vieron, sino porque comieron pan hasta saciarse. Esfuércense por conseguir no el alimento transitorio, sino el permanente, el que da la vida eterna. 

Con el largo discurso sobre el Pan de Vida, que vendrá a continuación, quedará claro que la multiplicación de los panes fue un signo de su poder de dar vida, pero sobre todo fue el signo de su palabra y de su carne ofrecida como alimento que da vida eterna. Se puede buscar a Jesús para pedirle el pan material o porque se ha visto en el “pan” el “signo” del Enviado del Padre que ha descendido del cielo para darse a sí mismo, a fin de que quien lo coma tenga vida eterna. Y que tiene poder para ello, el mismo Jesús lo explica: porque Dios su Padre lo ha acreditado con su sello. 

En el diálogo con la Samaritana (Jn 4) Jesús señaló el contrate entre el agua que calma la sed temporalmente y el agua que se convertirá en el interior de quien la beba en un manantial que salta hasta la vida eterna (Jn 7). Asimismo, en el presente texto, Jesús contrapone el alimento transitorio y el permanente, el que da la vida eterna. 

El agua con que Dios sacia gratuitamente a los sedientos y el alimento exquisito que no se compra con dinero aparecen en Isaías (55, 1-5) como símbolos de la alianza que une a Dios con su pueblo y del amor fiel que tiene al pueblo de David. En labios de Jesús dichos símbolos remiten a la vida divina que se transmite por medio de la fe y al don del Hijo del hombre que es su cuerpo entregado por nuestra salvación. 

Jesús ha llevado a sus oyentes a comprender que deben pasar de la preocupación por el alimento que sostiene la vida material al deseo del pan que da una vida sin término al que lo coma. Le preguntan qué deben hacer para lograrlo y él les responde que deben tener fe. Los Hechos de los Apóstoles (16, 23-31) refieren un hecho semejante, ocurrido en la naciente Iglesia. Pablo y Silas están en la cárcel. De pronto un terremoto abre las puertas y hace saltar las cadenas de todos los presos. El carcelero al ver lo ocurrido ha querido suicidarse por miedo a las consecuencias, pero Pablo y Silas se lo han impedido. Entonces, temblando, se arroja a sus pies y les dice: Señor, ¿qué debo hacer para salvarme? Ellos le respondieron: Si crees en el Señor Jesús te salvarás tú y tu familia. Los oyentes de Jesús le preguntan ¿Qué debemos hacer para actuar como Dios quiere? Y él les responde: Esto es lo que Dios espera de ustedes: que crean en aquel que él envió. 

Creer en Jesús es adherirse a él, asimilar su vida, su modo de proceder. Su persona se convierte en el motivo central de todas las búsquedas y proyectos personales, el horizonte de la propia realización personal y de las relaciones en sociedad. Jesús se hace el centro, lo más importante en la vida, se vive de él. Por eso Jesús se identificó con el pan y el pan que se comparte se hace el símbolo de la vida verdadera.

domingo, 19 de abril de 2026

III Domingo de Pascua - Emaús (Lc 24, 13-35)

 P. Carlos Cardó SJ 

Camino de Emaús, óleo sobre lienzo de Elio Orsi (1560 – 1565), Galería Nacional de Londres, Inglaterra

Aquel mismo día dos discípulos se dirigían a un pueblecito llamado Emaús, que está a unos doce kilómetros de Jerusalén, e iban conversando sobre todo lo que había ocurrido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se les acercó y se puso a caminar con ellos, pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran.
El les dijo: «¿De qué van discutiendo por el camino?».
Se detuvieron, y parecían muy desanimados. Uno de ellos, llamado Cleofás, le contestó: «¿Cómo? ¿Eres tú el único peregrino en Jerusalén que no está enterado de lo que ha pasado aquí estos días?».
«¿Qué pasó?», les preguntó.
Le contestaron: «¡Todo el asunto de Jesús Nazareno!». Era un profeta poderoso en obras y palabras, reconocido por Dios y por todo el pueblo. Pero nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes renegaron de él, lo hicieron condenar a muerte y clavar en la cruz. Nosotros pensábamos que él sería el que debía libertar a Israel. Pero todo está hecho, y ya van dos días que sucedieron estas cosas. En realidad, algunas mujeres de nuestro grupo nos han inquietado, pues fueron muy de mañana al sepulcro y, al no hallar su cuerpo, volvieron hablando de una aparición de ángeles que decían que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y hallaron todo tal como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron».
Entonces él les dijo: «¡Qué poco entienden ustedes, y qué lentos son sus corazones para creer todo lo que anunciaron los profetas! 26.¿No tenía que ser así y que el Mesías padeciera para entrar en su gloria?». Y les interpretó lo que se decía de él en todas las Escrituras, comenzando por Moisés y luego todos los profetas.
Al llegar cerca del pueblo al que iban, hizo como que quisiera seguir adelante, pero ellos le insistieron diciendo: «Quédate con nosotros, ya está cayendo la tarde y se termina el día». Entró, pues, para quedarse con ellos.
Y esto sucedió. Mientras estaba en la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, y en ese momento se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero ya había desaparecido.
Entonces se dijeron el uno al otro: «¿No sentíamos arder nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?».
De inmediato se levantaron y volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once y a los de su grupo. Estos les dijeron: «Es verdad. El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón». Ellos, por su parte, contaron lo sucedido en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
 

Presencia viva del Señor en circunstancias concretas: cuando dos o tres nos reunimos en su nombre; cuando meditamos la Palabra de Dios que ilumina nuestra vida; cuando llevamos a la práctica la Palabra y acogemos al sin techo o compartimos el pan con el hambriento; y cuando celebramos la eucaristía. 

Era el mismo día de la Pascua, cuando dos discípulos, abatidos por la decepción y la pena que les causó verlo morir en cruz, se marcharon a su vida de antes, sin esperanza. 

No obstante, algo inexplicable hace que se reúnan para hacer el camino juntos. Y conversan y discuten sobre lo que ha pasado, cuando en realidad no tendrían ya nada de qué hablar una vez que lo enterraron y el grupo se disolvió. De pronto, sin embargo, sin que ellos se dieran cuenta, Jesús en persona se puso a caminar con ellos. Y aquí está lo primero que el texto evangélico dice a nuestra realidad: ¿hacemos eso nosotros, nos buscamos unos a otros cuando nos ocurre algo que no esperábamos y estamos tentados a pensar que Dios no ha sido buenos con nosotros? ¡Ay del solo si cae: no tiene quien lo levante! dice también la Escritura (Ecl 4,10). En cambio quien reacciona contra la crisis por la que esté pasando y busca la comunidad, hallará allí mismo la compañía del Señor. 

¿Qué conversación es esa que traen en el camino?, les dice, mostrando interés por lo que les pasa. Ellos se detuvieron con la cara triste. La tragedia vivida se refleja en sus rostros y, con ella, la tristeza que es mala consejera. Uno de ellos, llamado Cleofás, confiesa: Nosotros esperábamos que Jesús iba a ser el libertador de Israel. Y, sin embargo, ya hace tres días que ocurrió esto... Cuántas veces lo que esperamos no resulta y es duro reconocer que los caminos del Señor no son nuestros caminos. Y lo que uno planifica o proyecta, ¿saldrá finalmente? Siempre puede haber motivo para la decepción y el desánimo. ¿Pero buscamos entonces, una y otra vez, en la Escritura la Palabra que puede iluminar lo que ha ocurrido? Eso fue lo que hizo Jesús con los discípulos de Emaús, los remitió a la Escritura: ¡Qué torpes son y qué lentos para creer!... y comenzando por Moisés y siguiendo por los Profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura. 

Como el reconocer a Cristo resucitado es un proceso progresivo, ellos lo ven todavía como un extranjero. Y llegan así a Emaús, donde él hace ademán de seguir adelante, pero ellos lo presionaron: Quédate con nosotros… porque cae la noche ¿Es éste el deseo que brota en nosotros cuando nos encaminamos a nuestro “Emaús” y nos cae la noche? Lo presionaron, dice el texto. ¿Insistimos, imploramos? Ellos pensaban huir, abandonándolo todo, pero él les ha dado alcance. Ahora lo invitan a sentarse a la mesa y ocurre lo sorprendente: él, de invitado, se convierte en anfitrión, se hace el centro de la mesa. 

Entonces Jesús tomó el pan, pronunció la bendición [euxaristeia], lo partió y se lo dio. Son las mismas palabras centrales de la eucaristía, que seguimos repitiendo en el momento de la consagración. Y a ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. De modo que es en la eucaristía donde le encontramos y reconocemos mediante la fe. 

Pero él desapareció. Lo hace tal como se lo había advertido: Voy a prepararles un lugar (Jn 14,2). Conviene que yo me vaya (Jn 16,7). Por eso su desaparición física no los vuelve a hacer caer en la tristeza. Ellos tienen ya la certidumbre de que no los abandona nunca, pues les ha dejado su Espíritu que les hace ver al Señor en toda circunstancia, sobre todo en la práctica de la caridad para con el prójimo y en la celebración de la eucaristía.