jueves, 26 de marzo de 2026

Jesús superior a Abraham (Jn 8, 51-59)

 P. Carlos Cardó SJ 

Abraham, Sara y el ángel, óleo sobre lienzo de Jan Provoost (1525 – 1529), Museo del Louvre, París

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: "Yo les aseguro: el que es fiel a mis palabras no morirá para siempre".
Los judíos le dijeron: "Ahora ya no nos cabe duda de que estás endemoniado. Porque Abraham murió y los profetas también murieron, y tú dices: 'El que es fiel a mis palabras no morirá para siempre'. ¿Acaso eres tú más que nuestro padre Abraham, el cual murió? Los profetas también murieron. ¿Quién pretendes ser tú?".
Contestó Jesús: "Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada. El que me glorifica es mi Padre, aquel de quien ustedes dicen: 'Es nuestro Dios', aunque no lo conocen. Yo, en cambio, sí lo conozco; y si dijera que no lo conozco, sería tan mentiroso como ustedes. Pero yo lo conozco y soy fiel a su palabra. Abraham, el padre de ustedes, se regocijaba con el pensamiento de verme; me vio y se alegró por ello".
Los judíos le replicaron: "No tienes ni cincuenta años, ¿y has visto a Abraham?".
Les respondió Jesús: "Yo les aseguro que desde antes que naciera Abraham, Yo Soy".
Entonces recogieron piedras para arrojárselas, pero Jesús se ocultó y salió del templo. 

El texto recoge un tema clásico del evangelio de Juan: la presentación de Jesús como revelador de la gloria del Padre en contraposición con el templo, símbolo de la religión de la antigua alianza, lugar donde habitaba la gloria de Yahvé, pero que ha quedado oscurecido, sin capacidad reveladora bajo los signos de la grandeza y del poder opresor que los jefes religiosos han querido imponerle. Desde el Prólogo del evangelio viene subrayada esta oposición: la Palabra vino a los suyos, pero justamente allí donde debía ser acogida, fue rechazada. La gloria de Dios se revela ahora en la persona de Jesús y en el ofrecimiento de salvación que hace. Ha llegado la hora de los verdaderos adoradores que adoran a Dios no en el templo, sino en espíritu y en verdad (cf. Jn 4,23). 

Jesús se defiende y acusa, pero no da sentencia: a todos les ofrece la vida. Su palabra da la vida. En verdad, en verdad les digo: si uno observa mi palabra no verá la muerte. Llevar a la práctica su palabra, eso los hará libres hijos e hijas de Dios y los librará de la muerte. La vida que Jesús comunica no conoce fin. Tal es el designio de Dios, su Padre. 

Los jefes de los judíos no responden a la invitación de Jesús. Ellos son incapaces de comprender una promesa de vida. Se precian de ser hijos de Abraham, pero para ellos Abraham no es más que un pasado; no lo recuerdan como receptor de una promesa, él ya no es para ellos una promesa. Tampoco los profetas, sobre cuyos escritos se había edificado la esperanza, les abren a ningún futuro. Todos han muerto. Para ellos sólo vive Moisés, de quien se profesan discípulos; pero han deformado sus escritos, cercenando de ellos la esperanza que anunciaban, utilizando su Ley para oprimir. 

¿Quién pretendes ser?, le preguntan a Jesús. Y Jesús apela a su Padre, que es quien le da gloria, haciendo brillar en él su amor y lealtad (Jn 1,14). Él sabe quién es Dios, se identifica con él como su hijo por la comunión del mismo Espíritu y porque cumple su palabra. Yo sé quién es y cumplo su palabra. Por eso, su actividad manifiesta la obra de Dios: dar libertad y vida. He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia (Jn 10,10). Ese es el designio que ha recibido del Padre. 

Jesús no duda en declararse superior a Abraham y afirma que Abraham saltó de gozo porque iba a ver este día mío, lo vio y se llenó de alegría. El patriarca se alegró al ver realizada la bendición prometida en la obra de Jesús Mesías, que según San Juan se desarrolla en un día, en el día de la nueva humanidad, y se inició en Caná, cuando Jesús manifestó su gloria y creyeron en él sus discípulos (Jn 2,11). 

Al final del texto hay como un cambio de escenario. Se alude implícitamente a la tierra santa de Moisés, al lugar de la zarza ardiente y de la revelación del Nombre de Dios (Ex 3,6ss). La frase de Jesús lo evoca: desde antes que existiera Abraham, soy yo lo que soy. Al revelar su Nombre, Yahweh, Yo soy el que soy, Dios no quiso designar con un concepto abstracto su esencia, sino asegurar a Israel su lealtad, ayuda y protección continua. Al retomar Jesús esta palabra de Dios invita a que se le escuche como aquél en quien el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob se ha hecho cercano para salvar. Lo que es Dios, lo vemos en Jesús. En él, Dios es y estará con nosotros. 

Los judíos no pudieron soportar esto, cogieron piedras para tirárselas, pero Jesús se ocultó saliendo del Templo. La presencia del Dios con nosotros, abandona el templo, dejándolo vacío. Dios no ha querido manifestar su gloria en los signos de grandeza y de poder con los que los jefes religiosos querían representarla. Su gloria se opera en la vida digna, libre y fraterna, que Jesús ofrece para antes y después de la muerte, como la realización de la más perfecta felicidad del ser humano. 

Los signos de esta vida verdadera siguen apareciendo hoy ante nosotros, mezclados con otros signos que, como Abraham, Moisés y los profetas para los judíos interlocutores de Jesús, ya no transmiten esperanza. Nos toca saber discernirlos.

miércoles, 25 de marzo de 2026

La anunciación del Señor (Lc 1, 26-38)

 P. Carlos Cardó SJ 

La anunciación, témpera en madera de Benvenuto Tisi da Garofalo (1550), Pinacoteca de Brera, Milán, Italia

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de la estirpe de David, llamado José. La virgen se llamaba María.
Entró el ángel a donde ella estaba y le dijo: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo".
Al oír estas palabras, ella se preocupó mucho y se preguntaba qué querría decir semejante saludo.
El ángel le dijo: "No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios. Vas a concebir y a dar a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y él reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reinado no tendrá fin".
María le dijo entonces al ángel: "¿Cómo podrá ser esto, puesto que yo permanezco virgen?".
El ángel le contestó: "El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso, el Santo, que va a nacer de ti, será llamado Hijo de Dios. Ahí tienes a tu parienta Isabel, que a pesar de su vejez, ha concebido un hijo y ya va en el sexto mes la que llamaban estéril, porque no hay nada imposible para Dios".
María contestó: "Yo soy la esclava del Señor; cúmplase en mí lo que me has dicho".
Y el ángel se retiró de su presencia. 

Contemplar a María de Nazaret es contemplar la imagen de una persona humana plenamente realizada en Dios. Ella nos muestra aquello que podemos llegar a ser si acogemos la palabra de Dios en nuestra vida. Porque la grandeza de María consiste en haber obedecido la palabra del Padre, hasta engendrar en su carne al Hijo de Dios. 

Dice San Lucas, que fue enviado el ángel Gabriel a una joven prometida como esposa a un hombre descendiente de David, llamado José; la joven se llamaba María. Dios se ha determinado a entrar en la historia humana para dársenos a conocer y realizar nuestra redención. Para ello se ha fijado en María, una muchacha judía que se preparaba para celebrar su boda con José, el carpintero del pueblo. La encarnación de Dios no va a ser un acontecimiento espectacular, se hará en el silencio y la pobreza, en lo oculto y lo sencillo. Así actúa Dios, así se nos manifiesta. 

Todo en María ha sido predestinado por Dios con vistas al cumplimiento de su voluntad de salvar a la humanidad enviando a su Hijo al mundo. Dios ha buscado a María, ha querido encontrarse con ella desde su eternidad. El sueño de Dios en favor de sus hijos puede al fin realizarse. Y Dios viene, se une a nosotros, se incorpora en nuestra historia, sella su alianza con nosotros para siempre. 

...darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús... será llamado Hijo del Altísimo, Dios le dará el trono de David... Todos los títulos mesiánicos que se le van a atribuir al Hijo de María se resumen en lo que proclama el ángel. El Hijo de María es el Hijo de Dios Altísimo. Sin embargo, pasará treinta años en una aldea, y luego como predicador itinerante en un país pobre, rodeado siempre de gente sencilla, realizará su obra lejos de las esferas de la riqueza y del poder de este mundo. El Reino de Dios es diferente. Al lado de María aprendemos los valores del Reino. Ella nos acoge en la escuela de Nazaret, para que Jesús nos enseñe los caminos del Reino y podamos tener los mismos criterios que Jesús enseñó y vivió. 

¿Cómo será esto...?, preguntó María. María no se intimida ante el Altísimo, se atreve a dirigirle esta pregunta espontánea y natural. El Dios de María no infunde temor, sino confianza; se puede ser uno mismo ante él. Por eso, como todos aquellos que se han sentido llamados a una gran misión, ella expresa sus dudas, su turbación, su sentimiento de incapacidad. La obediencia de la fe lleva primero a remontar las dificultades del creer. María no teme, pues, reconocer ante su Dios su propia incapacidad frente al designio divino que trasciende toda humana razón: ¿cómo podrá ser esto si no tengo relación con ningún varón? 

Muchas Marías se han sucedido desde entonces, muchas hermanas y hermanos nuestros a lo largo de la historia han experimentado, a diferentes niveles, la emoción de ser enviados a realizar algo grande, superior a los que creían posible. Lo hicieron porque confiaron en Dios como si todo dependiera de él y no de ellos y, al mismo tiempo, pusieron todo de su parte como si todo dependiese de ellos. 

Hágase en mí según tu palabra, es la respuesta de María al ángel. Acoge el plan de Dios en total obediencia. Dios ha encontrado una madre que le haga nacer entre nosotros. Con su fe, que le hace referir toda su existencia al Dios que todo lo puede, María no duda en responder: Hágase. En su palabra halla eco el Hágase divino, por el que fueron creadas todas las cosas. Su Hágase anuncia la nueva creación. María pone a disposición del Padre su cuerpo virginal, para que su Hijo pueda tener un cuerpo humano por obra del Espíritu Santo. Lo imposible se hace posible. Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

martes, 24 de marzo de 2026

Cuando sea levantado conocerán que Yo-soy (Jn 8, 21-30)

 P. Carlos Cardó SJ 

Jesús con la cruz a cuestas, óleo sobre lienzo de Michiel Cocxie (1555 aprox.), Museo del Prado, Madrid, España

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: "Yo me voy y ustedes me buscarán, pero morirán en su pecado. A donde yo voy, ustedes no pueden venir".
Dijeron entonces los judíos: "¿Estará pensando en suicidarse y por eso nos dice: 'A donde yo voy, ustedes no pueden venir'?".
Pero Jesús añadió: "Ustedes son de aquí abajo y yo soy de allá arriba; ustedes son de este mundo, yo no soy de este mundo. Se lo acabo de decir: morirán en sus pecados, porque si no creen que Yo Soy, morirán en sus pecados".
Los judíos le preguntaron: "Entonces ¿quién eres tú?".
Jesús les respondió: "Precisamente eso que les estoy diciendo. Mucho es lo que tengo que decir de ustedes y mucho que condenar. El que me ha enviado es veraz y lo que yo le he oído decir a él es lo que digo al mundo".
Ellos no comprendieron que hablaba del Padre.
Jesús prosiguió: "Cuando hayan levantado al Hijo del hombre, entonces conocerán que Yo Soy y que no hago nada por mi cuenta; lo que el Padre me enseñó, eso digo. El que me envió está conmigo y no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que a él le agrada".
Después de decir estas palabras, muchos creyeron en él. 

En la cruz se revela la identidad humana y divina de Jesús. Rechazado por sus hermanos, humillado y condenado por las autoridades de su pueblo, será allí mismo reconocido por Dios, su Padre, que garantizará la verdad de su causa, lo revelará como su Hijo, y hará que brille en él su gloria, resplandor de su ser divino, la gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad (1,14), amor y lealtad. 

En el evangelio de Juan, cruz y resurrección son dos caras de un mismo misterio. Por eso, “levantado” significa a la vez crucificado y resucitado. Juan ve la pasión como glorificación. Ya antes Jesús había dicho que convenía que el Hijo del hombre fuera levantado como la serpiente de Moisés en el desierto, para que quienes lo vean sean salvados (Jn 3,15ss). Dirá, asimismo: Una vez que haya sido elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí (12,31). 

San Juan no ve en la muerte de Jesús un simple hecho natural, ni un simple asesinato político-religioso o una tragedia incomprensible. Para el evangelista, Jesús realiza en la cruz su vuelta al Padre. Pero como los contemporáneos de Jesús no conocen a Dios, tampoco reconocen al Hijo. Sus mismos discípulos, antes de vivir la experiencia de su resurrección, quedarán abrumados pensando que su muerte ha sido su más radical fracaso. Y en cierto modo nos ocurre a nosotros también algo semejante cuando pensamos en nuestra muerte no como una vuelta y encuentro definitivo con Dios, sino como mera separación y privación de la vida, como el fin irremediable de lo que somos, que hace inútil toda tentativa de ponernos a salvo. 

El que me envió está conmigo y no me deja solo, porque yo hago siempre lo que le agrada. Con esta certidumbre interior vive y muere Jesús. Su absoluta identificación con la voluntad de su Padre –que lo ha enviado para demostrar hasta dónde es capaz de llegar el amor que salva– hace que su aceptación de la muerte no sea pasiva, sino activa, como un acto supremo de entrega de la propia vida. Por eso los cristianos hablamos de la cruz de Jesús como una ofrenda y un sacrificio que nos salva. En la muerte de Jesús, culminación de una misión recibida, su Padre lo glorifica y da cumplimiento al proceso de revelarse al mundo como un Dios cercano. Por eso, el evangelio de San Juan ve en el Jesús levantado en la cruz la revelación de Yo-soy: Cuando levanten en alto al Hijo del hombre, entonces reconocerán que yo soy. 

Levantado en la cruz, Jesús revela quién es Dios y quien es él. Ya no se puede dudar, el Dios que en la persona de Jesús se ha acercado a nosotros es el Dios amor, capaz de cargar sobre sí el mal de sus hijos e hijas a quienes ama, capaz de perdonar y dar su vida a quienes lo llevan a la muerte. Sólo en la cruz conocemos en verdad quien es «Yo-soy» (Ex 3, 149. Por eso, Pablo dirá que el mensaje de la cruz es sabiduría y poder de Dios (1Cor 1,18ss). En la cruz se revela el Dios que libera de toda esclavitud. El abismo del mal es llenado por Dios con su amor incondicionado y sin límites, con el que vence al mal y quita el pecado del mundo. 

Se cumple así en sentido pleno la paradoja que José les hizo ver a sus hermanos en las consecuencias de su mala acción cometida contra él de venderlo como esclavo a los egipcios: Ustedes habían pensado hacerme el mal, pero Dios ha querido cambiarlo en bien, para hacer lo que estamos viendo: dar vida a un gran pueblo (Gen 50,20).

lunes, 23 de marzo de 2026

La mujer adúltera (Jn 8, 1-11)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo y la mujer sorprendida en adulterio, óleo sobre lienzo de Vasily Polenov (1888), Museo Estatal de Rusia, San Petersburgo

Jesús se dirigió al monte de los Olivos. Por la mañana volvió al templo. Todo el mundo acudía a él y, sentado, los instruía. Los escribas y fariseos le presentaron una mujer sorprendida en adulterio, la colocaron en el centro, y le dijeron: "Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés ordena que dichas mujeres sean apedreadas; tú, ¿qué dices"?
Decían esto para ponerlo a prueba, y tener de qué acusarlo. Jesús se agachó y con el dedo se puso a escribir en el suelo.
Como insistían en sus preguntas, se incorporó y les dijo: "Quien de vosotros esté sin pecado tire la primera piedra".
De nuevo se agachó y seguía escribiendo en el suelo. Los oyentes se fueron retirando uno a uno, empezando por los más ancianos hasta el último.
Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí de pie en el centro. Jesús se incorporó y le dijo: “Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?”.
Ella contestó: “Nadie, Señor”.
Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno. Ve, y en adelante, no peques más”.

El Hijo de Dios no ha venido para condenar sino para salvar (Jn 3,17). Su modo de ser choca con el modo de ser de los que se creen puros y juzgan a los demás. 

Éstos, los fariseos y doctores de la ley, le traen a una mujer que han sorprendido en adulterio. Según la ley (Lev 20,10), era un delito que se castigaba con la pena de muerte. Pero lo que ellos quieren realmente es juzgar a Jesús. Por eso le preguntan: Señor, esta mujer ha sido atrapada en adulterio. ¿Qué dices sobre ello? Si Jesús se opone al castigo, desautoriza la ley de Moisés; si lo aprueba, echa por tierra toda su enseñanza sobre la misericordia y contradice la autoridad con que él mismo ha perdonado a los pecadores. Al mismo tiempo, si afirma que se debe apedrear a la mujer, entra en conflicto con los romanos que prohíben a los judíos aplicar la pena de muerte; y si se opone, aparece en contra de las aspiraciones de los judíos de ejercer con autonomía sus derechos. La pregunta era capciosa por donde se la viera. 

Pero Jesús hace presente a Aquel que da la ley y es la fuente de toda justicia. Con esa autoridad tiene que hacer ver que el amor misericordioso ha de ser la norma de todo comportamiento humano. Por eso guarda silencio y con su gesto de ponerse a escribir con el dedo en el suelo, parece no interesarse en la cuestión planteada. 

La mujer, por su parte, con su dignidad por los suelos, no puede aducir nada; sólo aguarda la terrible condena. Pero ella no imagina que a su lado está quien personifica la misericordia. Sabe, sí, que su vida está en manos de ese rabí galileo llamado Jesús, que recorre los pueblos haciendo el bien a la gente y es amigo de pecadores y publicanos. No puede adivinar que él la conoce mejor que quienes la acusan, que ya la ha mirado con profunda compasión y que está dispuesto incluso a dar su vida por ella, como el pastor bueno que sale a buscar a la oveja perdida. De pronto, se escucha la voz de Jesús: indulta a la mujer, le otorga la remisión de la pena que podría corresponderle. Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra, dice a los escribas y fariseos. Y se van retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos. 

Se quedan solos Jesús y la mujer. “Quedaron frente a frente la mísera y la misericordia”, dice San Agustín. ¿Mujer, dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te ha condenado?, pregunta Jesús. Ninguno, Señor, responde ella con estupor por lo sucedido. Tampoco yo te condeno, añade Jesús. Puedes irte, pero no vuelvas a pecar. Un futuro de dignidad, de vida rehecha y transformada se abre para ella. 

Hay que detenerse a contemplar esta imagen de Jesús. A todos nos conviene porque a veces podemos ser duros e insensibles. El amor está por encima de la intransigencia, resuelve el pecado, vence al castigo. El amor integra, no discrimina, no excluye. 

Pensando en la pobre Iglesia de los pecadores, el P. Karl Rahner dejó esta reflexión: «Esta Iglesia está ante Aquel al que ha sido confiada, ante Aquel que la ha amado y se ha entregado por ella para santificarla, ante Aquel que conoce sus pecados mejor que los que la acusan. Pero él calla. Escribe sus pecados en la arena de la historia del mundo que pronto se acabará y con ella su culpa. Calla unos instantes que nos parecen siglos. Y condena a la mujer sólo con el silencio de su amor, que da gracia y sentencia libertad. En cada siglo hay nuevos acusadores de ‘esta mujer’ y se retiran una y otra vez comenzando por el más anciano. Uno tras otro. Porque no había ninguno que estuviese sin pecado. Y al final el Señor estará solo con la mujer. Y entonces se levantará y mirará a la adúltera, su esposa, y le preguntará: ¿Mujer, dónde están los que te acusaban?, ¿ninguno te ha condenado? Y ella responderá con humildad y arrepentimiento inefables: Ninguno, Señor. Y estará extrañada y casi turbada porque ninguno lo ha hecho. El Señor empero irá hacia ella y le dirá: Tampoco yo te condenaré. Besará su frente y le dirá: Esposa mía, Iglesia santa». (Karl Rahner, Iglesia de los pecadores).