sábado, 24 de enero de 2026

Sus parientes decían que estaba loco (Mc 3,20-21)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo predicando (o La Impresión de los Cien Florines), grabado y punta seca de Rembrandt (1649 aprox.), Museo Metropolitano de Arte, Nueva York

Vuelto a casa, se juntó otra vez tanta gente que ni siquiera podían comer. Al enterarse sus parientes de todo lo anterior, fueron a buscarlo para llevárselo, pues decían: «Se ha vuelto loco». 

Regresó a casa. Probamente a la de Pedro en Cafarnaum, donde le curó a su suegra. En la actual Cafarnaum, pueden verse unos descubrimientos arqueológicos –aún no del todo convalidados–, designados como la casa de Pedro, que podrían haber sido el lugar donde Jesús solía alojarse, donde se reunía con sus discípulos y adonde acudía la gente para oír sus enseñanzas y ser curados de sus enfermedades. Refrenda la autenticidad histórica del lugar el hecho de que en torno a esta casa se reunió un conjunto de familias cristianas, que formaron un núcleo de viviendas –una insula la llamaban los romanos­ con claros vestigios del modo de vida de las primitivas comunidades cristianas. 

El hecho es que en el evangelio de Marcos, la “casa” se convierte en símbolo del lugar del encuentro con Dios y símbolo de la Iglesia, donde Jesús sigue realizando su obra. Por lo demás, la “casa” es el lugar donde uno encuentra a Dios próximo. 

Se reunió mucha gente, al punto que no podían ni comer. La multitud lo necesita y él no puede dejar de atenderla. Pero las críticas lo persiguen también. Los escribas y fariseos, guardianes de la Ley y de la religión, lo siguen mezclados entre la gente porque les inquieta lo que enseña y porque las autoridades de Jerusalén los envían a espiarlo. Ese Nazareno era un peligro para sus instituciones. 

Aparecen de pronto sus parientes. También entre ellos hay quienes lo traicionan. A su llamada a seguirlo, ellos responden con el “sentido común” y la falsa compasión, que les hace decir: ‘está loco, pobre, es un enfermo’. Les pesa el ser parientes suyos, temen las consecuencias; por eso no se han convertido a él ni han pasado a formar parte de sus discípulos. Son los que están fuera; en cambio, la multitud de los pobres está dentro de casa. 

No se puede dejar de observar que tales ‘parientes de Jesús’ se reproducen aun hoy en quienes, perteneciendo a su Iglesia, escuchan pero no ponen en práctica su palabra, sino que pretenden “llevárselo”, en nombre del sentido común, de la prudencia, de la sensatez que el mundo les enseña. Basan su vida en la sabiduría del mundo, no en la de Dios. Olvidan que la “la locura de Dios es más sabia que los hombres y la debilidad de Dios es más fuerte que los hombres” (1Cor 1,25). En el cuadro de la narración aparece clara la contraposición entre los prudentes de este mundo y los sencillos. Entre éstos últimos, que escuchan la Palabra, Jesús hallará a sus verdaderos parientes, su verdadera familia. 

La incomprensión que sufre Jesús se reproduce de algún modo en la experiencia de muchos cristianos cuyo compromiso de fe y los valores que guían su conducta resultan incómodos a sus familiares, que los critican y quieren hacerlos cambiar de vida. Personas que se mueven con criterios éticos definidos, que mantienen una conducta incorruptible o manifiestan una clara conciencia social, pueden revivir la soledad que Jesús sufrió por ser fiel a los valores del Reino. 

Finalmente, quedan expuestos en el pasaje los motivos por los cuales condenarán a Jesús y los diversos comportamientos que se tienen con él: o es un loco y hay que llevárselo, o es un mentiroso falso profeta y hay que condenarlo, o un blasfemo y es reo de muerte, o un endemoniado y hay que huir de él. Porque si es justo y veraz, no queda sino creer en él y seguirlo.

viernes, 23 de enero de 2026

Llamamiento de los doce (Mc 3, 13-19)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo hablando a sus discípulos, grabado de Georg Pencz publicado en La Historia de Cristo (1534 – 1535 aprox.), Museo Metropolitano de Nueva York, Estados Unidos

Jesús subió al monte y llamó a los que él quiso, y se reunieron con él.
Así instituyó a los Doce (a los que llamó también apóstoles), para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar, dándoles poder para echar demonios.
Estos son los Doce: Simón, a quien puso por nombre Pedro; Santiago y su hermano Juan, hijos de Zebedeo, a quienes puso el sobrenombre de Boanerges, es decir, hijos del trueno; Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago, el hijo de Alfeo, Tadeo, Simón el Cananeo, y Judas Iscariote, el que después lo traicionó
. 

Subió al monte – Tanto en Israel como en las culturas paganas, el monte era lugar teofánico: en él actuaba la divinidad o tenía su morada. En el monte Sinaí se reveló Dios a Moisés y le dio la Ley. En el monte Sión se construyó el templo, habitación de Dios y lugar de su culto. Con Jesús, el monte (cuya localización geográfica no aparece) adquiere un significado teológico más específico: Jesús, sustituyendo a Moisés, sube al monte para traernos la revelación última de Dios, la nueva Ley, y fundar el nuevo Israel, que renovará al antiguo. Moisés subía al monte para encontrarse con Dios; ahora, los que Jesús llama subirán a donde él está, pues encontrarse con él es encontrarse con Dios, Dios-con-nosotros, Dios en lo humano. 

Llamó a los que quiso. La llamada es iniciativa del Señor. Nace del amor con que ama al pueblo que Dios escogió como instrumento para darse a conocer a la humanidad y ofrecer a todos su salvación. Ahora, en Jesús, esa misma llamada se hace extensiva a todos, por encima de su origen racial o su ubicación social. A todos ama el Señor y para todos tiene una llamada especial que da a sus vidas un sentido. Les marca el camino. 

Y se vinieron donde él. La respuesta implica cambio de ubicación, reorientación. Quien siente la llamada del Señor ve que se le ofrece una nueva forma de ser, que consiste en imitarlo. Ve, por ello, que lo importante es estar con él, en comunión de vida, aspiraciones y trabajo. Jesús llama de esta manera plena e incondicional porque quiere prolongarse en el mundo por medio de sus discípulos, los de ayer y los de hoy: Como el Padre me ha enviado, así los envío yo (Jn 20,21). Serán sus enviados (apóstoles). 

Designó Doce. El verbo que emplea el evangelista Marcos es solemne: constituyó. Los primeros llamados por él en número de doce, como eran doce las tribus de Israel, representan al Israel definitivo que Jesús va a fundar y que nace de la nueva alianza de Dios con los hombres. 

Esos doce primeros varones son figura o expresión de todos los seguidores y seguidoras de Jesús que escucharán su llamada a estar con él y enviarlos a predicar. Ambas cosas, porque una lleva a la otra. La identificación con él y el colaborar con él en su obra evangelizadora. El amor se pone en obras, pero éstas han de ser las mismas que el Señor realiza y al modo como él las realiza. En el evangelio de Juan la llamada del Señor se define como permanecer en él, en su amor (Jn 15,9) porque sin mí no pueden hacer nada (Jn 15, 5). 

Para su misión, que es la de Jesús, reciben sus mismos poderes: les dio poder de expulsar a los demonios. La predicación de la buena noticia del Reino tendrá que ir siempre acompañada de las obras liberadoras que Jesús realizaba para dar vida y crear una sociedad nueva en la que se manifieste el reinado de Dios. 

Son pocos para llevar el mensaje a toda la tierra. Pero es el estilo de Dios que actúa en la debilidad y pequeñez, y no se impone porque quiere que se le ame libremente. Es además un grupo heterogéneo y difícil: Simón, llamado “Pedro”, Santiago y su hermano Juan, conocidos como los “violentos”, Andrés y Felipe, Bartolomé y Mateo que era un publicano, Santiago hijo de Alfeo, Tadeo, Simón apodado el “fanático” y finalmente el tristemente célebre Judas Iscariote que traicionó a Jesús. 

Ellos y toda la multitud de testigos que a lo largo de los siglos se identificarán con Jesús en la vida y en la muerte, no sólo empeñarán sus personas en su obra, sino que buscarán que sus palabras, su modo de pensar y actuar pase a hacerse carne y sangre en ellos, hasta poder adoptar en toda circunstancia el modo de proceder de Jesús; más aún, hasta ser hallados dignos de compartir también su destino redentor, dando como él su propia vida por la salvación del mundo.

jueves, 22 de enero de 2026

Lo seguía una gran multitud (Mc 3, 7-12)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo predicando a la multitud, óleo sobre lienzo de Tintoretto (siglo XVI), colección privada

En aquel tiempo, Jesús se retiró con sus discípulos a la orilla del mar, seguido por una muchedumbre de galileos.
Una gran multitud, procedente de Judea y Jerusalén, de Idumea y Transjordania y de la parte de Tiro y Sidón, habiendo tenido noticias de lo que Jesús hacía, se trasladó a donde él estaba. Entonces rogó Jesús a sus discípulos que le consiguieran una barca para subir en ella, porque era tanta la multitud, que estaba a punto de aplastado.
En efecto, Jesús había curado a muchos, de manera que todos los que padecían algún mal, se le echaban encima para tocarlo. Cuando los poseídos por espíritus inmundos lo veían, se echaban a sus pies y gritaban: "Tú eres el Hijo de Dios". Pero Jesús les prohibía que lo manifestaran. 

Jesús se retiró con sus discípulos a orillas del lago. Podría pensarse que huye porque los fariseos y los partidarios de Herodes se han confabulado para darle muerte, pero lo hace para manifestar más claramente su identidad, su mensaje y su obra a sus discípulos y a quienes lo siguen. Por eso, será un retiro fructífero porque de ahí nacerá la Iglesia, no como un instrumento de poder, sino como una barca pequeña, desde la cual Jesús anuncia a las multitudes su mensaje. Este es el sentido de este pasaje que sintetiza la actividad de Jesús. 

Se hace mención de las siete regiones de donde procede la multitud que se congrega para seguir a Jesús. Se destaca con ello, por una parte, la centralidad de la persona de Jesús, que convoca y reúne entorno a sí, y, por otra parte, la universalidad de su mensaje y acción salvadora que llega no sólo a los judíos sino también a los extranjeros de Tiro y Sidón. Esta afluencia incontenible de gentes venidas de todas partes simboliza la humanidad necesitada de salvación y evoca también aquella multitud de diversas lenguas y culturas que, según San Lucas, confluirá en Jerusalén para Pentecostés, donde nacerá la Iglesia (Hech 2. 9-11). 

La muchedumbre que ha acudido a Jesús es tan grande que él debe subir a una barca para que no lo atropellen. El tema de la barca tiene en Marcos un gran significado teológico. Esta pequeña lancha, que no llega siquiera a la categoría de barco, será el escenario de buena parte de la actividad de Jesús. Desde ella predica a la gente por medio de parábolas que todos entienden, de ella baja para curar enfermos, en ella se reúne con los Doce para formarlos en los secretos del Reino y advertirles que no se dejen corromper por la levadura de los fariseos y de Herodes, en ella los protege contra la tempestad y puede estar dormido mientras ellos se mueren de miedo porque no tienen fe. Pequeña como el grano mostaza que crece más que las hortalizas, o como la porción de levadura que fermenta toda la masa, la pequeña barca atrae la mirada cargada de angustia y esperanza de los pequeños y de los pobres, junto con la de quienes se saben aquejados por cualquier necesidad y se muestran dispuestos a recibir la buena noticia de la venida del Reino. 

No hay en la barca de Jesús ni entre la multitud gente de las altas esferas, sabios, ricos o poderosos, todos son pequeños y sencillos campesinos, artesanos y pescadores que buscan tocarlo para ser curados de sus males. El tocar es muy significativo. Jesús no teme tocar a los enfermos para curarlos, incluso a los leprosos, aunque estaba prohibido porque se contraía impureza; tocaba a los débiles y a los niños, demostrando su ternura; y se dejaba tocar por la gente, como la mujer enferma de hemorragias que se acercó por detrás y le tocó el manto. Todos necesitan hacerlo para sentir que les transmite vida. Todos quieren ser tocados por su misericordia. 

Los espíritus impuros se postran y lo proclaman Hijo de Dios, pero él se lo prohíbe para evitar que la gente se engañe y quieran seguirlo por falsas expectativas. Para reconocerlo como Hijo de Dios se requiere la fe y la conversión personal, que mueve a seguirlo. 

La Iglesia, obligada a transitar por los caminos de este mundo, siente el influjo de los malos espíritus que tienden a alejarla de lo quiso su Señor. Santa pero necesitada de continua conversión, siente también de continuo la presencia del Señor en ella que le recuerda sus orígenes de pequeña barca que atrae a los más necesitados y ha de navegar por mares no siempre pacíficos, poniendo sólo en Él su confianza.

miércoles, 21 de enero de 2026

El hombre de la mano seca (Mc 3,1-6)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo sana al hombre de la mano marchita, grabado de J. Barlow (1813), colección Wellcome

En aquel tiempo, Jesús entró en la sinagoga, donde había un hombre que tenía tullida una mano.
Los fariseos estaban espiando a Jesús para ver si curaba en sábado y poderlo acusar.
Jesús le dijo al tullido: "Levántate y ponte allí en medio". Después les preguntó: "¿Qué es lo que está permitido hacer en sábado, el bien o el mal? ¿Se le puede salvar la vida a un hombre en sábado o hay que dejarlo morir?".
Ellos se quedaron callados. Entonces, mirándolos con ira y con tristeza, porque no querían entender, le dijo al hombre: "Extiende tu mano". La extendió, y su mano quedó sana. Entonces se fueron los fariseos y comenzaron a hacer planes con los del partido de Herodes, para matar a Jesús. 

Este pasaje condensa la enseñanza de Jesús respecto a la libertad de espíritu frente al rigorismo legal y, concretamente, respecto al precepto del sábado. El sábado es para el hombre: en Jesús llega el sábado perfecto, tiempo de la gracia y amor salvador de Dios. 

Jesús está en una sinagoga. Como siempre, los fariseos aparecen al acecho para acusarlo: no se muestran dispuestos a reconocer a Dios en el hombre y sus defensas de los preceptos de la ley corresponden a la imagen que tienen de Dios: alejado, extraño a la vida y a las reales necesidades humanas. 

Aparece en escena un hombre que tiene la mano atrofiada. No es un enfermo que está en las últimas, pero es un ser humano inhabilitado para muchas acciones. Según la mentalidad judía, además, lleva en su cuerpo la huella del pecado. Jesús invita al enfermo a ponerse de pie y a colocarse en el centro. Hace que la atención de toda la comunidad se dirija a este ser humano. 

La atención de Jesús al enfermo no se va a limitar a su salud física; apunta a la libertad interior que él quiere que tenga la gente respecto del sábado y de la ley. Quiere liberar de la opresión legalista a que someten los fariseos y dirigentes a los fieles. Al mismo tiempo, por medio del signo de la curación del enfermo va a manifestar que, con su venida y por la fe en él, el amor de Dios despliega su fuerza salvadora, la creación es liberada del mal y de la muerte y se inaugura el verdadero sábado de la presencia de Dios entre los hombres. Todo esto sugiere Jesús con su pregunta: ¿Qué está permitido en sábado salvar la vida o destruirla? El sábado, el culto, la moral y, en general, la religión auténtica, son para dar vida, no lo contrario. 

Ellos no respondieron nada. Y Jesús sintió ira. El evangelista Marcos se vale de esta expresión fuerte para afirmar que el pesar que siente Jesús es la conmoción del Hijo de Dios ante la dureza de los corazones de los hombres. Es el mismo sentimiento que, según los profetas, llevaba a Dios a lamentarse por el corazón endurecido, expresión suprema de la incredulidad (cf. Jer 3, 17; 7, 24; 9,13; 11,18; 13, 10; 16, 12; 18, 12; 23, 17; Sal 81,13; Dt 29,18). 

El milagro va a ser signo del don de la vida nueva, liberada, que ya Ezequiel había prefigurado como el don del corazón nuevo, que reemplaza al corazón seco, de piedra (cf. Ez 36,26). La humanidad, representada en el hombre de la mano seca, extiende la mano para acoger el don del agua de la nueva vida, del espíritu que vivifica y hace vivir en la libertad de los hijos de Dios. 

Los fariseos ven lo ocurrido y se retiran como habían venido, con todas sus resistencias a la vida y a la libertad, con su aferrarse a la ley que mata y su rechazo al espíritu de Jesús que los invita a olvidarse de sí y abandonar su futuro en manos de Dios. Ellos, a diferencia del hombre de este pasaje, no abren la mano «seca», se quedan fosilizados en sus leyes y en sus méritos para siempre; su corazón endurecido no palpita de alegría ante el don de la salvación que Jesús ofrece. Y ellos, que no permiten hacer el bien y salvar una vida en sábado, se permiten a sí mismos el mal, tomando en sábado la decisión de asesinar a Jesús. La dureza de corazón es la causa de la muerte de Jesús y del hombre. Contrapuesta a esta dureza de corazón aparecerá el gozo y maravilla de los sencillos por la autoridad con que Jesús enseñaba y por la curación de los enfermos (cf. 1,22.27). Queda claro que una religión, que no abre los ojos a la fe que libera, es la peor enemiga del evangelio. Y es un peligro constante contra el que Pablo advierte a los Gálatas y a los Romanos.