martes, 4 de noviembre de 2025

Parábola del gran banquete (Lc 14, 15-24)

 P. Carlos Cardó SJ 

Invitación al gran banquete, grabado de Jan Luyken (1840 aprox.), publicado en La Biblia de Bowyer, conservado en el Museo Bolton, Manchester, Inglaterra

En aquel tiempo, uno de los que estaban sentados a la mesa con Jesús le dijo: "Dichoso aquel que participe en el banquete del Reino de Dios".
Entonces Jesús le dijo: "Un hombre preparó un gran banquete y convidó a muchas personas. Cuando llegó la hora del banquete, mandó un criado suyo a avisarles a los invitados que vinieran, porque ya todo estaba listo. Pero todos, sin excepción, comenzaron a disculparse. Uno le dijo: 'Compré un terreno y necesito ir a verlo; te ruego que me disculpes'. Otro le dijo: 'Compré cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas; te ruego que me disculpes'. Y otro más le dijo: 'Acabo de casarme y por eso no puedo ir'.
Volvió el criado y le contó todo al amo. Entonces el señor se enojó y le dijo al criado: 'Sal corriendo a las plazas y a las calles de la ciudad y trae a mi casa a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos'.
Cuando regresó el criado, le dijo: 'Señor, hice lo que me ordenaste, y todavía hay lugar'. Entonces el amo respondió: 'Sal a los caminos y a las veredas; insísteles a todos para que vengan y se llene mi casa. Yo les aseguro que ninguno de los primeros invitados participará de mi banquete' ". 

Es un sábado y Jesús está en casa de un jefe de fariseos que lo ha invitado a comer. Ha curado a un hidrópico haciendo ver a los allí presentes que el atender las necesidades de los demás está por encima de la obligación del descanso sabático. Y al observar que los fariseos pugnan por ocupar los primeros puestos en la mesa, les ha reprendido por su ambición y les ha hecho reflexionar sobre sus preferencias en el trato con los demás. Cuando des una comida o una cena, -les ha dicho- no invites a tus amigos, hermanos, parientes o vecinos ricos; no sea que ellos a su vez te inviten a ti, y con eso quedes ya pagado. No deben preferir a aquellos de quienes pueden sacar algo, sino a aquellos de los que nada se puede obtener, los pobres, los lisiados, los cojos y los ciegos. La búsqueda de reciprocidad la cambia Jesús por el espíritu de gratuidad, de amor desinteresado. 

Uno de los comensales manifiesta su adhesión al pensamiento de Jesús y expresa sus sentimientos en forma de una “bienaventuranza”: ¡Dichoso el que pueda participar en el banquete del Reino de Dios! Conforme a las enseñanzas proféticas, entiende la participación en el banquete como la salvación, la recompensa eterna que recibirán los justos. Seguramente ha oído decir a Jesús que los extranjeros del este y del oeste, del norte y del sur, tendrán acceso al Reino y se van a reunir con Abrahán, Isaac y Jacob y con todos los profetas (Lc 13,28-29). La participación en el banquete del reino no es exclusiva de los judíos. 

Jesús aprovecha la ocasión para ampliar su enseñanza sobre el banquete por medio de una parábola, que sintetiza todo lo que ha recomendado durante la comida. Como todas sus parábolas, no es difícil entender su significado. El hombre que organiza una gran cena representa a Dios que ofrece la salvación. Cuando ya todo está preparado manda llamar a los invitados, pero éstos uno tras otro se van excusando, alegando que tienen mucho que hacer en sus tierras o en sus negocios. Se buscan justificaciones, pero la razón de su rechazo a la invitación es que les interesa más el dinero y sus propiedades, los consideran más provechosos y les hacen disfrutar más. Rechazan la invitación y se privan definitivamente de la felicidad del banquete.  Ellos mismos se excluyen. El Señor no obliga a nadie, nadie puede participar en su mesa contra su propia voluntad. 

Dos veces más envía el señor de la parábola a sus criados a las plazas y calles de la ciudad y a las carreteras y caminos a invitar a otra gente. Los primeros, los de las plazas y calles, son los compatriotas de Jesús, pero concretamente los pobres, los inválidos, los ciegos y los cojos, es decir, los sectores marginados de la sociedad. Los otros, los de los caminos, son un grupo mucho más amplio, son los que están más allá de la ciudad, fuera del judaísmo, los extranjeros. Probablemente estas palabras de Jesús resonaban en la mente del evangelista Lucas cuando, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, las consigna como la motivación que llevó a Pablo y Bernabé a predicar primero a los judíos, pero luego a los extranjeros: A ustedes en primer lugar teníamos que anunciarles la palabra de Dios, pero ya que la rechazan y ustedes mismos no se consideran dignos de la vida eterna, nos dirigiremos a los paganos  (Hech 13,46) 

Volviendo al inicio del texto, podríamos decir que la exclamación del comensal que da motivo a Jesús para contar su parábola contiene en su versión original un detalle que vale la pena subrayar. Se suele traducir: ¡Dichoso el que pueda participar en el banquete del Reino de Dios!, pero el original griego del evangelio dice: ¡Dichoso el que comerá pan en el Reino de Dios! Y sabemos que, en la perspectiva cristiana, el pan del reino alude ciertamente al “pan de vida eterna”, al cuerpo del Señor que se nos da en la eucaristía como garantía de la vida eterna. No son muchos los que acogen la invitación del Señor a compartir su pan, es bajísimo el número de los que van a la eucaristía, pero nos debe animar la frase última de la parábola de Jesús: Anda a las carreteras y caminos y convence a la gente para que entre y se me llene la casa. Es lo que nos toca hacer: ofrecer, proponer, exhortar adecuadamente y con insistencia para que acepten, por fin, entrar a la sala del banquete. Y aunque no sabemos si la orden del anfitrión se ejecutó o no, la parábola hace suponer que su casa se llenó. Es lo que pedimos en la eucaristía: Reúne en torno a ti, Padre misericordioso, a todos tus hijos dispersos por el mundo.

lunes, 3 de noviembre de 2025

Bendito seas Padre (Mt, 11, 25-30)

 P. Carlos Cardó SJ 

Separación de las aguas, fresco de Miguel Ángel (1511), Capilla Sixtina, El Vaticano, Roma

En aquella ocasión Jesús exclamó: «Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque has mantenido ocultas estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, pues así fue de tu agrado. Mi Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquellos a quienes el Hijo se lo quiera dar a conocer».
Vengan a mí los que van cansados, llevando pesadas cargas, y yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy paciente y humilde de corazón, y sus almas encontrarán descanso. Pues mi yugo es suave y mi carga liviana». 

Este trozo del evangelio de San Mateo consta de dos partes. La primera contiene el llamado grito de júbilo de Jesús (11,25-27). Hay quien afirma que estos versículos son quizá los más importantes de los evangelios Sinópticos. La segunda parte se centra en la invitación de Jesús a participar en su experiencia vital del Padre, con la cual se aligera el yugo que podrían parecer sus enseñanzas y mandatos. (11,28-30). 

En la primera parte tenemos una típica oración de Jesús a su Padre. Resalta la intimidad con que se dirigía a Dios, llamándole Abbá. Pronunciada con toda su resonancia aramea, esta palabra expresa el gozo y la confianza del niño al comunicarse con su padre. Abbá, con esta palabra tierna y primordial para quien la pronuncia y para quien la escucha, Jesús expresa el misterio insondable de Dios con la máxima cercanía que un hombre es capaz de experimentar, la intimidad que le une a su padre. Con ella también Jesús expresa la conciencia que tiene de sí mismo como alguien que no se entiende sino en referencia a Dios como padre suyo. 

Jesús reconoce que su Padre tiene una voluntad que debe cumplirse. Consiste en el establecimiento de su reinado, que ya ha comenzado pero todavía no ha llegado a plenitud en su relación con nosotros y con la realidad del mundo. Lo podemos ver en la acción de quienes se dejan conducir por la fuerza del Espíritu, y es el objeto de nuestra esperanza, pues culminará al final de los tiempos cuando Dios sea todo en todos. 

La revelación de su ser Padre y la venida de su reino, Dios las ofrece como un don (gracia). La reciben los pequeños y los pobres, los de corazón sencillo y los humildes, pero permanece oculta a los sabios y entendidos de este mundo. Los pequeños y los pobres de espíritu son los que viven del deseo de la ternura de Dios, anhelan que se vuelva a ellos y los salve. Los sabios y entendidos, en cambio, no esperan más que lo que ellos son capaces de producir, no reconocen su necesidad de reconciliarse, se quedan llenos de sí mismos pero no de Dios. 

Jesús se alegra de que el amor del Padre por todos sus hijos se ha revelado ya y todo aquel que lo acoge alcanza el poder de realizarse plenamente como hijo de Dios. 

En ese contexto, dice Jesús: “¡Vengan a mí los que están cansados y agobiados que yo los aliviaré!” Cansados y agobiados vivían los judíos a causa de la religión de la ley, sin la libertad de los hijos de Dios. Agobiado está quien no tiene otra actitud que la del temor servil, que lleva a cumplir la ley moral por el temor al castigo o la esperanza de premios. Una religión legalista es fatiga y opresión y se convierte en muerte porque degenera en la hipocresía y en el orgullo del hombre por sus obras. El amor cristiano, en cambio, lleva incluso a curar a un enfermo en día sábado y a sentarse a la mesa con publicanos y pecadores. Este amor produce gozo y descanso, es justicia nueva, hace posible vivir la vida misma de Dios que es amor. 

Y yo los aliviaré”. Él dará reposo a nuestras mentes y corazones agitados. El reposo de saberme amado por Dios tal como soy; el sosiego de saber que tenemos un lugar en la casa del Padre; la seguridad de que donde mis fuerzas terminan, ahí comienza el trabajo de Dios; la certeza de que ni siquiera el poder de la injusticia y de la  muerte de que es capaz el ser humano sobre la tierra podrá impedir la llegada del reino, porque el mundo, creado bueno por Dios, pero maltratado y herido por la maldad humana, ha sido amado, salvado y asumido en la carne de ese hombre perfecto, que es Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios resucitado. 

La ley del amor que él nos da no es carga que oprime. Mi yugo es suave y mi carga es ligera, nos dice. Su nueva ley del amor es la verdad que libera, porque nos hace vivir en autenticidad, capaces de alegría y creatividad, de grandeza de ánimos y corazón ensanchado. 

Vengan a mí… aprendan de mí que soy sencillo y humilde de corazón y yo les daré descanso. Responder a su llamada es aprender del corazón de Jesús man­sedumbre, humildad, sencillez, amabilidad. 

Corazón de Jesús haz nuestro corazón semejante al tuyo.

domingo, 2 de noviembre de 2025

Conmemoración de los Fieles Difuntos (Mc 15, 33-39; 16, 1-6)

 P. Carlos Cardó SJ 

El crucificado, óleo sobre lienzo de Anthony Van Dick (Siglo XVII), Museo Real de Bellas Artes de Amberes, Bélgica

Llegado el mediodía, la oscuridad cubrió todo el país hasta las tres de la tarde, y a esa hora Jesús gritó con voz potente: «Eloí, Eloí, lammá sabactani», que quiere decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».
Al oírlo, algunos de los que estaban allí dijeron: «Está llamando a Elías». Uno de ellos corrió a mojar una esponja en vinagre, la puso en la punta de una caña y le ofreció de beber, diciendo: «Veamos si viene Elías a bajarlo». Pero Jesús, dando un fuerte grito, expiró.
En seguida la cortina que cerraba el santuario del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo. Al mismo tiempo el capitán romano que estaba frente a Jesús, al ver cómo había expirado, dijo: «Verdaderamente este hombre era hijo de Dios».

Pasado el sábado, María Magdalena, María, la madre de Santiago, y Salomé, compraron aromas para embalsamar el cuerpo. Y muy temprano, el primer día de la semana, llegaron al sepulcro, apenas salido el sol.
Se decían unas a otras: «¿Quién nos quitará la piedra de la entrada del sepulcro?». Pero cuando miraron, vieron que la piedra había sido retirada a un lado, a pesar de ser una piedra muy grande. Al entrar en el sepulcro, vieron a un joven sentado al lado derecho, vestido enteramente de blanco, y se asustaron. Pero él les dijo: «No se asusten. Si ustedes buscan a Jesús Nazareno, el crucificado, no está aquí, ha resucitado; pero éste es el lugar donde lo pusieron».
 

En el Día de la Conmemoración de los difuntos, la liturgia propone este texto de Marcos sobre la muerte y resurrección de Jesús. El cristiano ve la muerte de sus seres queridos y, en general, toda muerte, a la luz de la pascua del Señor que quiso asumir nuestra condición de seres mortales, para asegurarnos un destino eterno por medio de su resurrección. Se hizo semejante a nosotros hasta en la muerte para que estemos unidos a él también “en la semejanza de su resurrección”, como dice San Pablo. Porque el que ha muerto, ha sido liberado del pecado. Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él, sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de entre los muertos, no volverá a morir; ya la muerte no tiene dominio sobre él (Rom 6, 8-9). 

En el relato de la pasión según San Marcos, la muerte del Señor corresponde a la hora de la máxima revelación de Dios, que supera todas las precedentes. Un nuevo rostro de Dios se revela en el Crucificado, de quien el capitán pagano confiesa: Verdaderamente este hombre es el Hijo de Dios. El Dios que está con nosotros es el Dios que no nos abandona nunca, ni siquiera en el trance supremo de la muerte, trance que cada cual experimenta en la más completa soledad. En su hijo Jesús clavado en cruz, Dios quiso compartir con nosotros esa experiencia tan característica de nuestra existencia. 

Abandonado por todos, Jesús llega en la cruz a sentirse abandonado por Dios hasta el punto de gritar su soledad a quien sabe, por la confianza que mantiene en él, que no abandonará a su hijo. Esta convicción de que Dios no se aleja del afligido que clama a él, la expresó Jesús de manera dramática antes de morir, con las palabras del salmo 22. San Juan de la Cruz comenta: “Al punto de la muerte, quedó (el Señor) también aniquilado en el alma, sin consuelo y alivio ninguno, dejándole el Padre así en íntima sequedad según la parte inferior. Por lo cual fue necesitado de clamar diciendo: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? Lo cual fue el mayor desamparo sensitivamente que había tenido en su vida. Y así en él hizo la mayor obra que en toda su vida con milagros y obras había hecho, ni en la tierra ni en el cielo, que fue reconciliar y unir el género humano por gracia con Dios” (Juan de la Cruz, Subida al Monte Carmelo, II, 7, n.11). 

Asimismo, la carta a los Hebreos habla de la solidaridad de Jesús con nosotros, que le lleva a experimentar en su propia persona la soledad, el desaliento, el sufrimiento y el miedo que la muerte produce, para así convertirse en salvador de todos, glorificado y proclamado pontífice, puente de unión de la humanidad con Dios. En los días de su vida mortal, Jesús ofreció oraciones y súplicas con fuerte clamor y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su reverente sumisión (Hebr 5, 7). En la cruz de su Hijo, Dios se coloca para siempre a nuestro lado, haciendo de  nuestra muerte –como lo hizo con la de su Hijo– la puerta de entrada a nuestra glorificación. Esta revelación hace nacer en nosotros una absoluta confianza. En su Hijo, Dios ha vivido y conoce la raíz de nuestros sufrimientos, de nuestros fracasos y de nuestra muerte. Por eso ofrece en cada momento y a cada persona el don oportuno para convertir la oscuridad de la muerte en aurora de vida. En una muerte tan solidaria como la de Jesús, Dios su Padre se revela como el amor crucificado que estará presente en nuestra muerte, compartiéndola y llenándola de esperanza de una vida nueva. 

El final del camino de Jesús, y de nuestro camino, no es la cruz, sino su resurrección de la muerte. A partir de este momento Jesús vive junto a Dios. La piedra del sepulcro ha sido retirada, se ha quebrado el poder de la muerte. El mensaje del ángel constituye la culminación del relato que hace Marcos, la cúspide también de su evangelio y el objeto central de la fe y esperanza del cristiano: Buscan a Jesús de Nazaret, el crucificado. Ha resucitado; no está aquí. El horizonte humano se ha abierto definitivamente: allí donde se estrella la sabiduría humana, donde caen por tierra las esperanzas y el lamento no halla salida alguna, allí, en el morir, se halla la presencia del amor salvador de Dios. 

A la proclamación sigue la tarea: los discípulos reciben la misión de propagar la buena noticia. Vayan, pues, a decir a sus discípulos y a Pedro: Él va camino de Galilea, allí lo verán, tal como les dijo.

sábado, 1 de noviembre de 2025

Festividad de Todos los Santos – Las Bienaventuranzas (Mt 5, 1-12)

 P. Carlos Cardó SJ 

Sermón de la montaña, acuarela de Aurel Naray (1910 – 1920 aprox.), Galería de Arte de Hungría, Budapest

Al ver a la multitud, Jesús subió al monte. Se sentó y se le acercaron los discípulos. Tomó la palabra y los instruyó en estos términos:
“Dichosos los pobres de corazón, porque el reinado de Dios les pertenece.
Dichosos los afligidos, porque serán consolados
Dichosos los desposeídos, porque heredarán la tierra.
Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Dichosos los misericordiosos, porque serán tratados con misericordia.
Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque se llamarán hijos de Dios.
Dichosos los perseguidos por causa del bien, porque el reinado de Dios les pertenece.
Dichosos ustedes cuando los injurien, los persigan y los calumnien por mi causa.
Estén alegres y contentos pues su recompensa en el cielo es abundante.
De igual modo persiguieron a los profetas que los precedieron”. 

Día para recordar y agradecer a Dios por todas las personas santas que hemos conocido y que han sido para nosotros reflejos de la bondad y santidad de Dios, modelos de vida, que velan e interceden por nosotros. Ellos gozan de la visión de Dios, hayan sido o no canonizados por la Iglesia. Cada uno puede recordar nombres y rostros. 

Este día es también una oportunidad para recordar la llamada a la santidad que todos recibimos en el bautismo. Esa vocación universal ha de vivirla cada uno según su propio estado de vida. La santidad no es patrimonio de unos cuantos privilegiados. Es el destino de todos, como lo ha sido para esa multitud de santos anónimos que hoy recordamos. 

La lectura del Apocalipsis habla del gentío que sigue al Cordero, Cristo resucitado. Ciento cuarenta y cuatro mil es el cuadrado de 12 (número de las tribus de Israel) multiplicado por mil. Cifra simbólica, no número exacto, sino multitud. Entre ellos debemos estar, es nuestra vocación. Tengamos confianza. Después de éstos viene una muchedumbre inmensa, de toda nación, razas, pueblos y lenguas. Los salvados son un grupo incontable y universal. Llevan vestidos blancos porque han sido justificados. Dios los ha encontrado dignos de sí y, después de haber padecido duras pruebas, sus vestidos han sido blanqueados en la sangre del Cordero. 

San Juan, en la segunda lectura (1Jn 3,1-3) dice que la salvación se vive en el presente. Hoy se puede escuchar la llamada del Señor a una vida ejemplar y santa. Hoy podemos hacernos, mediante la gracia, rehacer en nosotros la imagen rota de Dios nuestro Creador y configurarnos con la imagen de Jesucristo. Es el sentido de nuestra vida: acoger la santidad, patrimonio de Dios y que él nos transmite por su gracia, hasta que seamos transformados en su gloria y él sea todo en todos (cf. Rom 8,29; Gal 2,20; 2 Cor 3,18; Col 3,10). La santidad es eso: seguir e imitar día a día al Bienaventurado, al “Santo y feliz Jesucristo”. Él mismo, cuando quiso mostrarnos su corazón y cuál es el mejor camino para imitarlo, nos dejó un retrato suyo en las Bienaventuranzas. 

Bienaventurados los pobres. A ejemplo de Jesús, que no tuvo donde reclinar la cabeza y no se reservó nada para sí, por darlo todo a los demás, el cristiano se despoja de sí mismo para no buscar otro interés que amar y servir en todo. Esta persona es humana por antonomasia y ha hallado la clave de la verdadera felicidad. 

Bienaventurados los mansos. Revestido de sentimientos de humildad y mansedumbre, a ejemplo de su Señor, manso y humilde de corazón, el cristiano no devuelve mal por mal, soporta a los demás con amor, y se muestra solícito en conservar la unidad del espíritu con el vínculo de la paz. 

Bienaventurados los que lloran. También a ejemplo del Señor, varón de dolores, el cristiano vive llena de amor y actitud de ofrenda sus aflicciones y tristezas. Sabe que debe aún transitar por los caminos de la tristeza, pero nunca se siente solo (14,18) porque el Señor resucitado les hace compartir su gozo en medio de las lágrimas del mundo. 

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia. Estos cristianos aspiran con pasión a encarnar en sus vidas la justicia de Dios, que es la santidad, cumbre del amor misericordioso, y colaboran en la gran tarea de establecer en la sociedad la equidad y la justicia, basadas en la fraternidad. 

Bienaventurados los misericordiosos. En ser misericordiosos como el Padre,  condensó Jesús la perfección humana y cristiana. Por eso, quien lo sigue, tiene como él entrañas de misericordia ante el hambre y la miseria de sus hermanos, sabe adoptar el gesto y la palabra oportuna frente al hermano solo y desamparado, y se muestra disponible ante quien se siente explotado y deprimido. 

Bienaventurados los limpios de corazón. Jesús tenía a Dios su Padre en el centro de su persona. Mirando su corazón, el cristiano se esfuerza por purificar sus afectos, su inteligencia y sus deseos, para no estar dividido por conflictos de lealtades, ni mezcla de intereses, para ser auténtico y veraz, no hipócrita ni inseguro. Puede así ver a Dios en todo y a todo en Dios. 

Bienaventurados los que construyen paz. La paz verdadera que es fruto de la justicia y de la reconciliación; la paz que es tarea de quienes se hacen hermanos y crean fraternidad y por eso, en el Hijo, serán llamados también hijos de Dios. Estas personas fomentan la armonía en las relaciones de las personas consigo mismas, con la naturaleza y con Dios. Y hacen que la Iglesia sea el espacio de la unión y la concordia entre los pueblos. 

Bienaventurados los perseguidos. Valerosos, pero no temerarios, asumen que le vendrán incomprensiones, ataques y aun persecuciones por vivir y defender el evangelio. Saben que su maestro venció al mundo (Jn 16,33) y que los enemigos pueden matar el cuerpo pero no pueden nada contra su alma (Mt 10,28s). La confianza en el Espíritu que los asistirá en las tribulaciones, los hace mirar con confianza el futuro. 

Así, mirando a su Hijo, pensó Dios al ser humano, a cada uno de nosotros, cuando nos fue formando del polvo de la tierra (Gen 2, 7; Sal 139,15). 

En la fiesta de todos los santos agradecemos el vínculo profundo que une a los que todavía peregrinamos en la tierra y los que han entrado ya en la plenitud de la vida en Dios. Formamos con ellos una gran familia. Ellos, alcanzada ya la meta de nuestro caminar, velan por nosotros. Un día nos encontraremos. Sintamos ahora la ayuda y apoyo que nos brinda esa inmensa multitud de testigos de Cristo que nos rodea.