domingo, 4 de mayo de 2025

III Domingo de Pascua - Aparición y comida en Tiberíades (Jn 21, 1-19)

 P. Carlos Cardó SJ 

La pesca milagrosa, óleo sobre roble de Peter Paul Rubens (1610 aprox.), Museo Wallraf-Richartz, Colonia, Alemania

Después de esto, nuevamente se apareció Jesús a sus discípulos en la orilla del lago de Tiberíades. Y se hizo presente como sigue: Estaban reunidos Simón Pedro, Tomás el Mellizo, Natanael de Caná de Galilea, los hijos del Zebedeo y otros dos discípulos.
Simón Pedro les dijo: «Voy a pescar.» Contestaron: «Vamos también nosotros contigo.» Salieron, pues, y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada.
Al amanecer, Jesús estaba parado en la orilla, pero los discípulos no sabían que era él. Jesús les dijo: «Muchachos, ¿tienen algo que comer?». Le contestaron: «Nada.»
Entonces Jesús les dijo: «Echen la red a la derecha y encontrarán pesca.»
Echaron la red, y no tenían fuerzas para recogerla por la gran cantidad de peces. El discípulo de Jesús al que Jesús amaba dijo a Simón Pedro: «Es el Señor.»
Apenas Pedro oyó decir que era el Señor, se puso la ropa, pues estaba sin nada, y se echó al agua. Los otros discípulos llegaron con la barca, de hecho, no estaban lejos, a unos cien metros de la orilla; arrastraban la red llena de peces.
Al bajar a tierra encontraron fuego encendido, pescado sobre las brasas y pan. Jesús les dijo: «Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar.»
Simón Pedro subió a la barca y sacó la red llena con ciento cincuenta y tres pescados grandes. Y no se rompió la red a pesar de que hubiera tantos.
Entonces Jesús les dijo: «Vengan a desayunar». Ninguno de los discípulos se atrevió a preguntarle quién era, pues sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo repartió. Lo mismo hizo con los pescados.
Esta fue la tercera vez que Jesús se manifestó a sus discípulos después de resucitar de entre los muertos. Cuando terminaron de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?». Contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.»
Jesús le dijo: «Apacienta mis corderos.» Le preguntó por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Pedro volvió a contestar: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.»
Jesús le dijo: «Cuida de mis ovejas.» Insistió Jesús por tercera vez: «Simón Pedro, hijo de Juan, ¿me quieres?». Pedro se puso triste al ver que Jesús le preguntaba por tercera vez si lo quería y le contestó: «Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero.»
Entonces Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas. En verdad, cuando eras joven, tú mismo te ponías el cinturón e ibas a donde querías. Pero cuando llegues a viejo, abrirás los brazos y otro te amarrará la cintura y te llevará a donde no quieras.»
Jesús lo dijo para que Pedro comprendiera en qué forma iba a morir y dar gloria a Dios. Y añadió: «Sígueme.» 

Estaban juntos. El Resucitado se hace presente en la comunidad. Siete, el número de los reunidos, simboliza totalidad, alude a la universalidad que ha de caracterizar a la Iglesia. Se menciona a Pedro, que, a pesar de las negaciones, sigue siendo el apóstol destinado a pastorear a la comunidad. Su autoridad ha de estar inspirada por el amor al Señor (10, 1-18), buen pastor, y a sus ovejas, que deben ser tratadas como hermanos y amigos (15,14s). 

Voy a pescar, dice Pedro. Es la misión de la comunidad. “Los he destinado para que vayan y den fruto”. La iniciativa de Pedro arrastra. 

Salieron, pero aquella noche no pescaron nada. Sin el Señor, y de noche, la labor es infecunda: porque sin mí, no pueden hacer nada, les había dicho (15,5). El trabajo sin unión a Jesús no rinde. Ni siquiera saben dónde echar la red. El Señor se lo dirá y recogerán fruto abundante. 

Cuando amaneció. Jesucristo es la luz del mundo, la aurora del sol que nace de lo alto. Pero ellos, concentrados en su esfuerzo, no reconocen al Señor. 

Muchachos, hijitos (13,33), les dice con afecto personal. ¿Tienen pescado? Ellos responden secamente: No, mostrando toda su decepción. 

Echen la red a la derecha. El fruto que logren se debe a la docilidad a las palabras de Jesús, a su mensaje. 

Muchedumbre de peces. La abundante pesca simboliza la entera comunidad de fieles, reunidos por la predicación y esfuerzos apostólicos en la Iglesia. Y a pesar de ser tantos los ganados para Cristo, la red de la Iglesia no se rompe, porque cuenta con las promesas de Jesús (17,21-24). 

La pesca concluye con una invitación del Resucitado a una comida, que por la forma como está narrada es una alusión clara a la eucaristía. “Vengan a comer”. El evangelista Juan quiere hacernos conscientes de la presencia permanente de Jesucristo Resucitado en el banquete de la eucaristía (Jesús la explica en su discurso sobre del Pan de Vida, en el cap.6). En ella está presente el Señor. Participar en la eucaristía, aceptar el don de Jesús, implica el compromiso del discípulo a asimilarse a la vida y muerte del Señor. Es el sentido del diálogo con Pedro que sigue a continuación. 

*Simón de Juan, ¿me amas más que éstos? Jesús le pregunta si puede aducir la única razón por la cual podría justificar su pretensión de ser el primero: un amor mayor que el de los demás. Pedro no podría afirmarlo, ha negado a su Señor. Por eso evita toda comparación y simplemente expresa su cariño de amigo. Señor, sí, tú sabes que te quiero. Ya no queda nada de su pretensión y obstinación anterior. Ha aprendido que el amor a Jesús se demuestra no con declaraciones de fidelidad, sino mostrándose disponible a servir como él hasta dar la vida (14,21: “El que ha hecho suyos mis mandamientos y los cumple, ése es el que me ama”). 

Jesús le dice Apacienta mis corderos. Hace ver a Pedro que su amistad sólo es auténtica si se entrega a dar y promover la vida de los demás. Apacentar, procurar pasto, significa alimentar, colaborar con Jesús en dar vida a sus corderos y ovejas, es decir, a todo el rebaño, a los pequeños y a los grandes, sin discriminación basada en la importancia (o en todo caso, primero los pequeños). 

*Le preguntó de nuevo: Simón de Juan... y la respuesta de Pedro es la misma; afirma su vinculación a Jesús como amigo y se remite a su saber. Jesús le dice pastorea mis ovejas, asociando al discípulo a su oficio de buen pastor, que se entrega por las ovejas. 

*Por tercera vez le preguntó: Simón de Juan ¿me quieres? Pedro advierte que le pregunta por tercera vez porque tres veces lo negó, y se entristece, se mueve a una rectificación total. Pedro había seguido al Señor como quien vive sometido a un jefe. Lo que le pide Jesús es la adhesión que da libertad, porque se basa no en la subordinación sino en la amistad. Pedro ha de tener esto para dar su respuesta, que será la definitiva.  Ahora ve que no puede tener secretos para Jesús y que éste conoce perfectamente la calidad de su adhesión. Por eso dice: Señor, tú lo sabes todo… 

Y Jesús con sus palabras, Apacienta mis ovejas, sintetiza las dos invitaciones anteriores, moviendo a Pedro a considerar como misión suya el hacer que los hermanos encuentren vida. Pero para esto, tendrá que estar dispuesto a entregar su propia vida. Por eso añade Jesús: Cuando eras joven…ibas donde querías, cuando seas viejo otros te ceñirán y llevarán donde no quieras ir. Le predice con ello que su destino será dar su vida en la cruz como él. Dicho esto, añadió: Sígueme. Pedro inicia o recomienza su discipulado, sigue los pasos de Jesús en su vida y en su muerte. 

En la eucaristía el Señor resucitado se nos hace presente. Traemos nuestro pan y nuestro vino, pero él es nuestro anfitrión. Confluyen la iniciativa divina y la acción humana. Comer su cuerpo y beber su sangre nos compromete a asimilarnos a él, en su vida y en su misión de dar vida.

sábado, 3 de mayo de 2025

Levantado a lo alto atraeré a todos hacia mí (Jn 12, 31-36)

 P. Carlos Cardó SJ 

Ascensión de Cristo, óleo sobre tabla atribuido a Dosso Dossi (siglo XVI), colección privada

«Ahora es el juicio de este mundo, ahora el que gobierna este mundo va a ser echado fuera, y yo, cuando haya sido levantado de la tierra, atraeré a todos a mí».
Con estas palabras Jesús daba a entender de qué modo iba a morir.
La gente le replicó: «Escuchamos la Ley y sabemos que el Mesías permanece para siempre. ¿Cómo dices tú que el Hijo del Hombre va a ser levantado? ¿Quién es ese Hijo del Hombre?».
Jesús les contestó: «Todavía por un poco más de tiempo estará la luz con ustedes. Caminen mientras tienen luz, no sea que les sorprenda la oscuridad. El que camina en la oscuridad no sabe adónde va. Mientras tengan la luz, crean en la luz y serán hijos de la luz».
Así habló Jesús; después se fue y ya no se dejó ver más. 

Cercana ya su muerte, Jesús se ha sentido conmovido en su interior, pero se ha ratificado en su voluntad de aceptar esa hora crucial, la hora de su paso (pascua) de este mundo al Padre que lo ha enviado. Entonces, dice Juan, se oyó una voz venida del cielo: Lo he glorificado y lo volveré a glorificar (Jn 12, 27-28). Se enuncia el significado de la hora: consistirá en el juicio de este mundo, con la derrota del príncipe de este mundo, y culminará en la «elevación» de Jesús en la cruz. Se nos invita, pues, a penetrar en el significado salvador y universal de la cruz: Elevado por la fuerza del amor de Dios al mundo y por su propio amor, atrae consigo a todos los que ponen en él su confianza y se dejan guiar por él como la luz. 

Ya Jesús había declarado por qué será juzgado el mundo que lo rechaza: porque la luz vino al mundo, pero los hombres prefirieron la oscuridad a la luz, pues su conducta era mala. Así, pues, el juicio en el evangelio de Juan no coincide exactamente con la idea del juicio final, entendido como una discriminación entre los muertos buenos y malos. En el cuarto evangelio el «juicio» es siempre actual, porque es el resultado del rechazo de la luz que llevaría al ser humano a vivir eternamente con Dios. 

Al mismo tiempo, el triunfo de Cristo trae consigo la derrota absoluta del príncipe de este mundo. Éste ya no tiene ningún poder sobre los que han puesto su confianza en Jesús. Es verdad que el misterio del mal todavía ha de desplegar su fuerza engañosa y homicida, y que va a tener su hora –la hora del poder de las tinieblas (Lc 22,53). Pero Jesús le pedirá al Padre que guarde a sus discípulos del Malo (17, 15) y su petición será escuchada. Por los méritos de la entrega de Jesús en la cruz, el Malo ya no tendrá poder alguno sobre los que han nacido de Dios por la fe (1 Jn 5, 18s), ya no es capaz de obligar a nadie a obrar como él quiere. 

Y yo, una vez que haya sido elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí. El ser elevado significa ser puesto en lo alto de la cruz, y también ser glorificado. Ya lo había intuido el profeta Isaías en su IV Cántico del Siervo sufriente de Yahvé: Será puesto arriba, elevado, exaltado... yo le concederé muchedumbres (Is 52, 13.15). La cruz deja de ser patíbulo infame y se convierte en trono del rey, lugar e instrumento de su exaltación. Desde ella, el Hijo inicia su subida al Padre y atrae a todos sin excluir a nadie. El amor que salva, gloria del Hijo único del Padre lleno de gracia y de verdad (Jn 1, 14), resplandece más que nunca con todo su poder redentor. 

Pero los oyentes de Jesús no lo entienden. ¿Cómo dice que será levantado? No aceptan un Mesías que muere crucificado. No pueden entender que es en la cruz donde se revela el amor de Dios. Ellos esperan un Mesías, cuyo reino de justicia y de felicidad se realizará en Israel y no tendrá fin. Un Mesías que muere crucificado no tiene ningún sentido para ellos. Dios no puede realizar así sus promesas. Nuevamente Jesús corrige la imagen que los hombres se forman de Dios. 

¿Qué quieres decir con eso de que el Hijo del hombre tiene que ser levantado? ¿Quién es ese Hijo del hombre?, preguntan, pero sin ninguna disponibilidad para creer. Cuando no se da una búsqueda sincera de la verdad, no hay forma de entenderse. Jesús no puede hacerse comprender. Se limita a repetir lo que ya tantas veces ha dicho, que él ha venido como luz de la que hay que dejarse guiar confiadamente, y añade que esta luz que tienen delante poco después desaparecerá como el grano que cae en tierra y muere para dar fruto. Nuevamente el contraste de luz y tiniebla. Jesús invita a caminar a la luz, es decir, a avanzar hacia la fe, acceder al amor que da sentido y dirección a la vida. Porque el que camina en la oscuridad no sabe a dónde se dirige. Así alcanza el ser humano la realización plena de su existencia. Llega a ser luz e hijo de la luz porque accede a la fuente de aguas vivas, el Espíritu. Lo mismo que el creyente puede convertirse en una fuente de agua viva que fluye hasta la vida eterna (4, 14; 7, 37s), así también puede hacer de su persona un referente, un testimonio vivo de la verdad que libera al mundo de toda maldad opresora y cambia los corazones de las personas.

viernes, 2 de mayo de 2025

Multiplicación de los panes (Jn 6, 1-15)

 P. Carlos Cardó SJ 

El milagro de la multiplicación de los panes y de los peces, óleo sobre lienzo de Dionís Baixeras (1939), colección particular, Barcelona, España

Jesús atravesó el mar de Galilea, llamado Tiberíades. Lo seguía una gran multitud, al ver los signos que hacía curando a los enfermos. Jesús subió a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. Se acercaba la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar los ojos, Jesús vio que una gran multitud acudía a él y dijo a Felipe: "¿Dónde compraremos pan para darles de comer?". Él decía esto para ponerlo a prueba, porque sabía bien lo que iba a hacer. Felipe le respondió: "Doscientos denarios no bastarían para que cada uno pudiera comer un pedazo de pan". Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: "Aquí hay un niño que tiene cinco panes de cebada y dos pescados, pero ¿qué es esto para tanta gente?". Jesús le respondió: "Háganlos sentar". Había mucho pasto en ese lugar. Todos se sentaron y eran uno cinco mil hombres. Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó a los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados, dándoles todo lo que quisieron. Cuando todos quedaron satisfechos, Jesús dijo a sus discípulos: "Recojan los pedazos que sobran, para que no se pierda nada". Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos que sobraron de los cinco panes de cebada. Al ver el signo que Jesús acababa de hacer, la gente decía: "Este es, verdaderamente, el Profeta que debe venir al mundo". Jesús, sabiendo que querían apoderarse de él para hacerlo rey, se retiró otra vez solo a la montaña. 

La acción se desarrolla en Galilea, región pobre de Palestina. Jesús atrae a una multitud de personas necesitadas que van tras él porque han oído o visto que cura a los enfermos. Después de atravesar con la gente el mar de Tiberiades y subir a un monte, levantó los ojos y, al ver la mucha gente que acudía, dijo a Felipe: ¿Dónde podremos comprar pan para que coman estos? Lo decía para tantearlo porque él ya sabía lo que iba a hacer (vv. 5-6). Jesús se preocupa de la gente y toma la iniciativa. Su diálogo con Felipe es sólo para demostrar la incapacidad del hombre para resolver el problema de la vida, representado en el hambre. 

¿Dónde podremos comprar pan para que coman estos? Esa pregunta sigue resonando hoy. Según las estadísticas de la FAO, 800 millones de personas en el mundo sufren hambre y desnutrición. 11 de cada 100 se encuentran en esta grave situación. 24 000 mueren cada día por causa del hambre, el 75% de ellas menores de 5 años. Se han venido haciendo esfuerzos para reducir la magnitud del problema, es verdad, pero aún falta mucho para remediar esta tragedia del hambre que duele y avergüenza. Ante esta situación, el mensaje del Evangelio es un llamado a compartir. Mientras el mal uso que se hace de los recursos naturales –como nos lo ha dicho el Papa Francisco en su Encíclica Laudato Sí sobre “El cuidado de la casa común”– siga haciendo que tales recursos sean cada vez más escasos, y mientras no esté dispuesto cada cual a contribuir al cuidado de la naturaleza y a compartir la mesa de la creación con los demás, la pregunta de Jesús seguirá impactando en nuestros oídos llamándonos a reflexión y, sobre todo, a ver cómo respondemos. 

La respuesta que da Andrés a la pregunta de Jesús, abre el camino a la solución del problema, como Jesús lo enseñará, dice: Aquí hay un muchacho con cinco panes de cebada y dos pescados secos, pero ¿qué es esto para tantos? Querría mostrar su amor repartiendo lo que hay, pero ve que no es suficiente. En su débil condición y con su escasa provisión de panes de baja calidad (pan de cebada) y pescados secos –es decir, lo más desproporcionado para la magnitud del problema- el muchacho representa a la comunidad en su impotencia para resolver el problema del hambre; pero, aunque se tenga poco, hay que repartirlo. Es lo que enseña Jesús: dar de lo que se tiene. El resto lo hará Jesús y habrá de sobra. 

Viene entonces lo central del relato. Jesús pronuncia la acción de gracias. Dar gracias es reconocer que algo que se posee es gracia recibida de Dios. La comunidad de Jesús da gracias por el pan, “fruto de la tierra y del trabajo humano, que recibimos de tu generosidad”. Se podría decir que el signo (visto en profundidad) son los bienes de la creación liberados del egoísmo humano, que alcanzan para el sustento de todos. El milagro es el amor de Dios y de nosotros: el compartir lo que soy y lo que tengo. 

Por todo eso, el signo de los panes tiene un gran simbolismo, que Jesús explicará en su largo discurso sobre el Pan de Vida (Jn 6, 22-59). Jesús proporciona el pan material e invita a pensar en el pan que da vida eterna, que es su cuerpo, su vida entregada por nuestra salvación. 

Jesús distribuye el pan. Se puso a repartirlos (v.11); “los repartes entre nosotros”, decimos en la Eucaristía. Con su actitud de distribuir el pan, Jesús prefigura la entrega de su vida (Pan de vida, 6,51s y lavatorio de los pies, 13,5), que se actualizará en la celebración de la Eucaristía. En ella celebramos la generosidad de Dios a través de su Hijo, que, en la comunidad multiplica lo que ésta posee para que todos tengan vida. 

Quedaron todos satisfechos... recogieron doce canastas con las sobras… (vv. 12.13). La abundancia del signo realizado por Jesús llena de entusiasmo a la gente, que lo reconocen como “el Profeta”  e incluso quieren proclamarlo rey. Pero este tipo de poder él lo rechaza. Para dar de comer a la multitud no ha partido de una posición de superioridad y fuerza, sino de debilidad y escasez de recursos. Él sólo busca servir y dar la vida. Por eso, Jesús huye, se aleja de los que pretenden cambiar su misión. Se retira solo, como Moisés después de la traición del pueblo (Ex 34, 3-4). Sólo en el monte de la cruz Jesús será rey (19,19) y entonces sus discípulos lo dejarán solo (16,32).

jueves, 1 de mayo de 2025

El hijo del carpintero (Mt 13, 54-58)

 P. Carlos Cardó SJ 

Jesús desechado en Nazaret, ilustración de William Hole en La Vida de Jesús de Nazaret publicada por Fine Art Society, Londres, 1906

Un día se fue a su pueblo y enseñó a la gente en su sinagoga. Todos quedaban maravillados y se preguntaban: «¿De dónde le viene esa sabiduría? ¿Y de dónde esos milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¡Pero si su madre es María, y sus hermanos son Santiago, y José, y Simón, y Judas! Sus hermanas también están todas entre nosotros, ¿no es cierto? ¿De dónde, entonces, le viene todo eso?».
Ellos se escandalizaban y no lo reconocían. Entonces Jesús les dijo: «Si hay un lugar donde un profeta es despreciado, es en su patria y en su propia familia». Y como no creían en él, no hizo allí muchos milagros. 

Con este relato, San Mateo pone fin a la actividad pública de Jesús en Galilea. Se conoce este momento como la “crisis galilea”. El pueblo que lo había seguido por los milagros que realizaba y por la sabiduría con que enseñaba, cambió, le dio la espalda, rehusó su llamada a la conversión. Se decepcionaron de él porque no correspondía su modo de ser y de actuar al del mesías que ellos esperaban. 

Jesús va a su ciudad, Nazaret, y como era su costumbre se pone a enseñar en la sinagoga. Sus paisanos lo oyen con estupor. Se preguntan sobre el origen de su sabiduría y de sus milagros. ¿De dónde le viene todo eso? ¿Son facultades humanas suyas propias o son poderes divinos que actúan en él? Así formulan sus dudas, pero en realidad lo que les impide dar el paso de la fe y adherirse a él es su misma persona. El texto de Mateo lo afirma explícitamente: se escandalizaban a causa de él (v.57). El misterio de la persona de Jesús actúa en ellos como un obstáculo y frente a él se cierran en la incredulidad. La razón es que no se muestran dispuestos a deponer sus propias seguridades y reconocer que Dios puede actuar de manera distinta a como ellos piensan que debe actuar, el mesías tiene que ser como ellos lo piensan, la salvación tiene que coincidir con lo que ellos ansían lograr. Por esto, no son capaces de ver en Jesús más que al hijo del carpintero. Ha crecido entre ellos, lo conocen de sobra. Además, su madre, María, y sus hermanos y hermanas son gente conocida de Nazaret, sin nada extraordinario. El mesías, libertador de Israel, no puede tener orígenes tan humildes. 

Jesús responde a sus paisanos citando un proverbio, probablemente conocido por ellos, con el que les hace ver la experiencia que le están haciendo vivir: Un profeta sólo es despreciado en su pueblo y entre los suyos. El desprecio de los nazarenos anticipa lo que se hará realidad más tarde para todo el pueblo, su «no» a Jesús, su incredulidad. 

Los parientes de Jesús no sólo no lo apoyaron, sino que, como refiere Marcos, intentaron sacarlo de circulación porque lo veían como un loco (Mc 3,21); sus paisanos de Nazaret, que lo vieron crecer, se negaron a aceptar que pudiera ser más que un simple carpintero; en su propio grupo de íntimos hubo un traidor; los sumos sacerdotes y expertos en religión pidieron su muerte; y sus discípulos lo dejaron solo. Se puede estar muy cerca de Jesús y no aceptarlo; mejor dicho, por estar cerca de él, se le puede desvalorizar o no tener en cuenta. Se hace de él y de su mensaje algo ya tan conocido, que la costumbre le priva de su fuerza transformadora. Puede ocurrir también que otros atractivos e intereses personales o de grupo releguen a un segundo plano lo que él ofrece: otros valores se superponen a los de su evangelio y los ahogan. La comunidad cristiana en sus representantes puede actuar a veces como un grupo o espacio social de gente que sabe cómo debe actuar Dios y se niegan a la novedad y al cambio que con su pobreza y humildad el pequeño carpintero de Nazaret les propone. Se quiere un mesías conforme al propio gusto, una salvación feliz que ahorre el esfuerzo de la continua purificación, una realidad divina sobrenatural y trascendente que haga olvidar los dolores y sufrimientos del mundo. Siempre ha sido un escándalo la realidad humana de Jesús, la encarnación de Dios y la sabiduría de la cruz.