miércoles, 23 de abril de 2025

Emaús (Lc 24, 13-35)

 P. Carlos Cardó SJ 

Emaús, óleo sobre lienzo de Diego Velásquez (1620), Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, Estados Unidos

Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo: "¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?"
Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó: "¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?"
Él les preguntó: "¿Qué?"
Ellos le contestaron: "Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; como lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace ya dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron."
Entonces Jesús les dijo: "Qué poco entienden ustedes y qué lentos son sus corazones para creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?". Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.
Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo: "Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída."
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció.
Ellos comentaron: "¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?".
Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: "Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón."
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. 

Este texto, uno de los más bellos de la Biblia, nos ayuda a descubrir la presencia viva del Señor en circunstancias concretas: cuando dos o tres nos reunimos en su nombre; cuando meditamos la Palabra de Dios que ilumina nuestra vida; cuando llevamos a la práctica la Palabra y acogemos al sin techo o compartimos el pan con el hambriento; y cuando celebramos la eucaristía. 

Era el mismo día de la Pascua, cuando dos discípulos, abatidos por la decepción y la pena que les causó verlo morir en cruz, se marcharon a su vida de antes, sin ilusión, sin esperanza. 

No obstante, algo inexplicable hace que se reúnan para hacer el camino juntos. Y conversan y discuten sobre lo que ha pasado, cuando en realidad no tendrían ya nada de qué hablar una vez que lo enterraron y el grupo se disolvió. De pronto, sin embargo, sin que ellos se dieran cuenta, Jesús en persona se puso a caminar con ellos. Y aquí está lo primero que el texto evangélico dice a nuestra realidad: ¿hacemos eso nosotros, nos buscamos unos a otros cuando nos ocurre algo que no esperábamos y estamos tentados a pensar que Dios no ha sido buenos con nosotros? ¡Ay del solo si cae: no tiene quien lo levante! dice también la Escritura (Ecl 4,10). En cambio quien reacciona contra la crisis por la que esté pasando y busca la comunidad, hallará allí mismo la compañía del Señor. 

¿Qué conversación es esa que traen en el camino?, les dice, mostrando interés por lo que les pasa. Ellos se detuvieron con la cara triste. La tragedia vivida se refleja en sus rostros y, con ella, la tristeza que es mala consejera. Uno de ellos, llamado Cleofás, confiesa: Nosotros esperábamos que Jesús iba a ser el libertador de Israel. Y, sin embargo, ya hace tres días que ocurrió esto... Cuántas veces lo que esperamos no resulta y es duro reconocer que los caminos del Señor no son nuestros caminos. Y lo que uno planifica o proyecta, ¿saldrá finalmente? Siempre puede haber motivo para la decepción y el desánimo. ¿Pero buscamos entonces, una y otra vez, en la Escritura la Palabra que puede iluminar lo que ha ocurrido? Eso fue lo que hizo Jesús con los discípulos de Emaús, los remitió a la Escritura: ¡Qué torpes son y qué lentos para creer!... y comenzando por Moisés y siguiendo por los Profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura. 

Como el reconocer a Cristo resucitado es un proceso progresivo, ellos lo ven todavía como un extranjero. Y llegan así a Emaús, donde él hace ademán de seguir adelante, pero ellos lo presionaron: Quédate con nosotros… porque cae la noche ¿Es éste el deseo que brota en nosotros cuando nos encaminamos a nuestro “Emaús” y nos cae la noche? Lo presionaron, dice el texto. ¿Insistimos, imploramos? Ellos pensaban huir, abandonándolo todo, pero él les ha dado alcance. Ahora lo invitan a sentarse a la mesa y ocurre lo sorprendente: él, de invitado, se convierte en anfitrión, se hace el centro de la mesa. 

Entonces Jesús tomó el pan, pronunció la bendición [euxaristeia], lo partió y se lo dio. Son las mismas palabras centrales de la eucaristía, que seguimos repitiendo en el momento de la consagración. Y a ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. De modo que es en la eucaristía donde le encontramos y reconocemos mediante la fe. 

Pero él desapareció. Lo hace tal como se lo había advertido: Voy a prepararles un lugar (Jn 14,2). Conviene que yo me vaya (Jn 16,7). Por eso su desaparición física no los vuelve a hacer caer en la tristeza. Ellos tienen ya la certidumbre de que no los abandona nunca, pues les ha dejado su Espíritu que les hace ver al Señor en toda circunstancia, sobre todo en la práctica de la caridad para con el prójimo y en la celebración de la eucaristía.

martes, 22 de abril de 2025

Aparición a María Magdalena (Jn 20, 11-18)

 P. Carlos Cardó SJ 

Noli me Tangere, óleo sobre lienzo de Antonio da Correggio (1525), Museo del Prado, Madrid, España

El día de la resurrección, María se había quedado llorando junto al sepulcro de Jesús. Sin dejar de llorar, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados en el lugar donde había estado el cuerpo de Jesús, uno en la cabecera y el otro junto a los pies.
Los ángeles le preguntaron: "¿Por qué estás llorando, mujer?".
Ella les contestó: "Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo habrán puesto".
Dicho esto, miró hacia atrás y vio a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús.
Entonces él le dijo: "Mujer, ¿por qué estás llorando? ¿A quién buscas?".
Ella, creyendo que era el jardinero, le respondió: "Señor, si tú te lo llevaste, dime dónde lo has puesto".
Jesús le dijo: "¡María!".
Ella se volvió y exclamó: "¡Rabuní!", que en hebreo significa ‘maestro’.
Jesús le dijo: "Déjame ya, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: ‘Subo a mi Padre y su Padre, a mi Dios y su Dios’ "
María Magdalena se fue a ver a los discípulos para decirles que había visto al Señor y para darles su mensaje. 

El Papa Francisco ha revalorizado la figura de María Magdalena como apóstol de la resurrección y figura relevante en la primitiva Iglesia. El texto de Juan sobre la vivencia que tuvo María Magdalena de la resurrección del Señor hace ver que es la primera persona a la que él busca, en respuesta quizá al afán con que ella le busca. Por eso se la puede ver como figura de la comunidad eclesial que busca a su Señor en medio de las crisis.  También puede verse un paralelismo entre el discípulo amado y María Magdalena: el discípulo vio y creyó. Vio signos, no al Señor. Representa la fe que responde a la cuestión de la tumba vacía. María en cambio escucha al Señor pronunciar su nombre, y su fe, unida al amor, le hace posible ver al Señor. Por el amor la fe se convierte en experiencia personal del Resucitado. A quien me ama el Padre lo amará y yo también lo amaré y me manifestaré a él (14, 21). 

El domingo de madrugada María Magdalena había ido al sepulcro y había visto removida la piedra que lo cubría. Volvió donde estaban los discípulos y refirió el hecho. Pedro y el discípulo al que Jesús quería salieron corriendo. María fue tras ellos. Ellos entraron al sepulcro, ella se quedó fuera, no tuvo valor. Paralizada por la fuerte tensión que sentía, se quedó llorando. 

Cuando se fueron los discípulos, María Magdalena se agachó para mirar en el sepulcro. Cobra valor para mirar en la profundidad del vacío que le ha dejado la partida del Señor. No la acepta, busca ansiosamente algo que clarifique lo que ha sucedido. Y el misterio comienza a iluminar su vida. 

Dos ángeles, mensajeros de Dios, testigos de lo ocurrido, sentados en el lugar donde había estado el cuerpo del Señor, uno en la cabecera y otro a los pies, le preguntan: Mujer, ¿por qué lloras? La respuesta de Magdalena –Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto expresa un hondo sentido de pertenencia: mi Señor. Cuando se está vinculado tan profundamente a alguien que de pronto desaparece, ya no se sabe cómo vivir sin él. Sólo el encuentro le hará pasar del luto a la alegría. Y es lo que los mensajeros le insinúan a Magdalena con su pregunta: Por qué. Tal vez porque considera la muerte como el final de todo; pero puede haber otra explicación. 

Y la luz vino. Se volvió y vio a Jesús que estaba allí, pero no lo reconoció. No puede entender todavía. El reconocimiento es gradual. Tiene que calmarse y reconocer que los caminos del Señor pueden ser otros. Entonces recordará quizá lo que él ya les había dicho: No los dejaré huérfanos; volveré con ustedes. El mundo ya no me verá; ustedes en cambio sí me verán (Jn 14, 19). 

Entonces Jesús le dijo: ¡María! Pronunció su nombre con el afecto de siempre y en su tono familiar inconfundible. Todo lo que Jesús ha sido para ella se concentra en esa sola palabra, su nombre. El Señor pronuncia nuestro nombre en lo más íntimo de nosotros y lo pronuncia con amor. Llama a cada uno por su nombre y eso les hace saber lo que son para él, lo que cuentan para él: Te he llamado por tu nombre y tú me perteneces (Is 43,1). Porque tú cuentas mucho para mí, eres valioso y yo te amo (Is 43,4). Por lo demás, Jesús resucitado mantiene el mismo comportamiento de amistad y cercanía que ha tenido en todos sus encuentros (con Nicodemo, con la Samaritana, con los enfermos, con los pobres). Interesado por lo que vive cada uno, pregunta: ¿Qué buscan?, ¿Por qué lloras? Toca el corazón y se reanima la fe que hace posible reconocer su presencia. 

¡Rabbubí!, responde María Magdalena en arameo. Lo reconoce a él como su maestro y a ella como su discípula. Ha realizado el camino del discipulado, ha pasado de la desconfianza a la confianza, de la incredulidad a la fe, de la tristeza al gozo. Como Marta de Betania ella también reconoce en Jesús a la resurrección y la vida y sabe que creer en él es tener vida eterna (Jn 11,25). El encuentro con él por la fe lleva ya el germen de nuestra feliz resurrección. Ésta se actualiza en toda situación difícil y oscura que puede parecer sin remedio, pero que vista a la luz de la fe puede revelar en sí misma la presencia del Señor resucitado, vencedor de la muerte. 

No me retengas, continua Jesús... ve y di a mis hermanos que voy a mi Padre y Padre de ustedes, a mi Dios y Dios de ustedes. Cumple la promesa de ir a prepararnos un lugar. Invita a pensar en lo que nos aguarda. Esta espera traza la perspectiva fundamental de nuestra orientación en la vida, su sentido y su meta. 

María Magdalena fue corriendo donde estaban los discípulos y les anunció. Se torna anunciadora, pregonera de la resurrección, apóstol, figura del discípulo de Jesucristo, modelo para la Iglesia.

lunes, 21 de abril de 2025

No está aquí, ha resucitado (Mt 28, 8-15)

 P. Carlos Cardó SJ 

Noli Me Tangere, óleo sobre lienzo de Hans Holbein, el Joven (1524), Royal Collection Trust, Reino Unido

Después de escuchar las palabras del ángel, las mujeres se alejaron a toda prisa del sepulcro, y llenas de temor y de gran alegría, corrieron a dar la noticia a los discípulos.
Pero de repente Jesús les salió al encuentro y las saludó.
Ellas se le acercaron, le abrazaron los pies y lo adoraron.
Entonces les dijo Jesús: "No tengan miedo. Vayan a decir a mis hermanos que se dirijan a Galilea. Allá me verán".
Mientras las mujeres iban de camino, algunos soldados de la guardia fueron a la ciudad y dieron parte a los sumos sacerdotes de todo lo ocurrido. Éstos se reunieron con los ancianos, y juntos acordaron dar una fuerte suma de dinero a los soldados, con estas instrucciones: "Digan: ‘Durante la noche, estando nosotros dormidos, llegaron sus discípulos y se robaron el cuerpo’. Y si esto llega a oídos del gobernador, nosotros nos arreglaremos con él y les evitaremos cualquier complicación".
Ellos tomaron el dinero y actuaron conforme a las instrucciones recibidas. Esta versión de los soldados se ha ido difundiendo entre los judíos hasta el día de hoy. 

Las mujeres han ido al sepulcro. En vez de una piedra que sella las sombras de la muerte, un resplandor como de relámpago ha dejado como muertos a los guardias y una voz celestial las invita a ellas a entrar al sepulcro vacío y comprobar que, en efecto, ¡No está aquí, ha resucitado como lo había dicho! 

Vayan, les ordena. La Palabra que las anima a entrar, las impulsa también a salir para anunciar a los discípulos: Ha resucitado de entre los muertos y va camino de Galilea; allí lo verán. Y mientras obedecen con una mezcla de temor y alegría, Jesús les sale al encuentro. Ellas lo abrazan y lo adoran. Pero el Señor, reconocido al fin, las envía de nuevo a sus hermanos; porque es ahí, justamente, en la fraternidad, en la unión y en el servicio, donde se le encuentra. El lugar definitivo de su presencia no está en los aledaños de la tumba, ni en el atrio del templo, ni en la ribera del Jordán, ni entre quienes comercian con la muerte. El Señor nos espera en Galilea, en nuestra Galilea, que es el espacio de nuestra vida cotidiana y de nuestras relaciones fraternas, sobre todo con los pobres, en quienes él quiere ser servido. 

Los guardias que custodian el sepulcro y han visto moverse la piedra, van a referir a las autoridades lo sucedido. Éstas se reúnen en consejo y deciden sobornarlos con dinero. El dinero siempre ha sido el instrumento para perversas estrategias. Ya les ha servido en el caso de Judas. Ahora lo usarán para hacer correr la ridícula historia del robo nocturno del cadáver, a fin de explicar así el sepulcro vacío y neutralizar los efectos peligrosos de lo sucedido: Digan que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras ustedes dormían. Ellos toman el dinero y ejecutan la orden, y ésta es la versión que ha corrido entre los judíos hasta hoy. 

Las mujeres fueron al sepulcro a honrar un cadáver y recordar. El anuncio de la resurrección del Señor las hizo buscar donde realmente él está. Asimismo, nuestra experiencia de la Pascua no puede consistir únicamente en un piadoso recuerdo o en el conocimiento de una filosofía de la vida, o de unas enseñanzas morales. La fe en la resurrección propicia en nos transforma, nos saca de nosotros mismos y nos envía a anunciar la buena noticia de que la muerte y el mal de este mundo no tienen la última palabra. ¡Alégrense...! ¡No tengan miedo!, es el mensaje que hay que transmitir. La paz y la alegría son los signos inequívocos de la resurrección de Cristo, en la que hemos sido incluidos. 

Muerte y vida
trabaron singular combate
y, muerto el que es la Vida,
triunfante se levanta.

domingo, 20 de abril de 2025

Domingo de Pascua de Resurrección - El sepulcro vacío (Jn 20, 1-9)

 P. Carlos Cardó SJ 

Apóstoles alrededor del sepulcro vacío, mural de Annibale Carracci y Francesco Albani (1604), Museo Nacional de Arte de Cataluña, Barcelona, España

El primer día después del sábado, María Magdalena fue al sepulcro muy temprano, cuando todavía estaba oscuro, y vio que la piedra que cerraba la entrada del sepulcro había sido removida.
Fue corriendo en busca de Simón Pedro y del otro discípulo a quien Jesús amaba y les dijo: "Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto".
Pedro y el otro discípulo salieron para el sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más que Pedro y llegó primero al sepulcro. Como se inclinara, vio los lienzos tumbados, pero no entró.
Pedro llegó detrás, entró en el sepulcro y vio también los lienzos tumbados. El sudario con que le habían cubierto la cabeza no se había caído como los lienzos, sino que se mantenía enrollado en su lugar.
Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero, vio y creyó. Pues no habían entendido todavía la Escritura: Él había de resucitar de entre los muertos! 

La resurrección de Cristo constituye un misterio de fe, un horizonte de esperanza y un acontecimiento de amor. Jesús, vencedor de la muerte, ha realizado su subida al Padre y nos comunica el Espíritu por medio del cual sigue presente en medio de nosotros. 

El evangelio nos hace ver cómo llegan los discípulos a la convicción de que Jesús ha resucitado. Ellos toman conciencia de que la cruz no ha sido el final, sino el inicio del retorno de Jesús al Padre y de su glorificación. Los discípulos viven un proceso de descubrimiento, recorren un camino lleno de sorpresas, que se inicia con la constatación de que el sepulcro está vacío, y concluye con la fe en la resurrección. 

El evangelio muestra también que es una comunidad de personas diversas la que busca los signos que les ayuden a superar el escándalo de la cruz. Y es, además, una comunidad contristada, encerrada en sí misma por miedo, y que comienza a reaccionar y a recobrar la fe. A pesar de las advertencias que les había hecho, el final de su Maestro había significado para ellos un fracaso total que echó por tierra sus esperanzas. No obstante, recuerdan las enseñanzas de los profetas y lo que dicen los salmos: no me abandonarás en el reino de los muertos, no permitirás que tu siervo vea la corrupción (Sal 16, 10). Repasan y revisan a la luz de la Escritura todo lo vivido con su Maestro y lo sucedido aquel viernes. Jesús tiene que estar vivo, piensan. Y reaccionan, buscan, indagan, disciernen los signos. 

En Magdalena, Pedro y Juan está representada el ansia de la Iglesia por discernir los signos del Resucitado sobre todo en situaciones adversas o dolorosas. Todos están en la Iglesia y a todos mueve la misma ansia de la presencia del Señor. María Magdalena fue muy de mañana al sepulcro y regresó corriendo adonde estaban Simón Pedro y el otro discípulo a quien Jesús tanto quería; éstos por su parte salieron corriendo… En ellos aparece reflejada la búsqueda del cristiano que no se dejar abatir por las frustraciones y adversidades que conmueven su fe. 

Vio y creyó. No había comprendido la Escritura... (vv. 8-9). Juan subraya la importancia de la Sagrada Escritura para comprender los signos en la historia. Si el discípulo hubiese comprendido la Escritura, le habría bastado quizá el primer anuncio de la Magdalena, para tomar conciencia de la presencia del Señor. Pero al faltarle esta comprensión, necesita “ver y tocar”. Leer la Escritura, revisar nuestra vida a la luz de la Palabra de Dios es el medio poderoso para advertir la presencia de Dios en todas las circunstancias oscuras por las que atravesemos. 

La tumba vacía y las vendas vacías no son una prueba contundente (los enemigos de Jesús dirán que sus seguidores robaron el cuerpo), pero sí son un signo de que la resurrección es un hecho consumado: Jesús ha vencido a la muerte. Necesitamos los ojos creyentes del discípulo para descubrir a ese Jesús que vive en el mismo corazón del mundo y que  se muestra en múltiples presencias, todas ellas liberadoras. 

El discípulo al que Jesús quería es una figura emblemática, el relato evangélico nos invita a identificarnos con él. Vivimos una época que exacerba el valor de los sentidos, hasta hacernos pensar que sólo existe y cuenta lo contante y sonante, lo que hacemos o podemos transformar. La dimensión de lo trascendente queda así a menudo arrinconada y sofocada. Por eso, a muchos, incluso entre creyentes de misa dominical, les resulta difícil creer realmente en la resurrección y, en consecuencia, demostrar en su vida práctica que no somos seres para la muerte, ni todo acaba en la muerte. La Pascua nos invita a aceptar la buena noticia de que el Crucificado vive y proclamarla a través de nuestro trabajo, en la tarea concreta que debemos ejercer, cada cual según su vocación, pues este es realmente un medio indispensable para la evangelización. 

Cristo resucitado está en la comunidad de los que anuncian su mensaje, celebran los sacramentos y testimonian su amor. Se encuentra, sobre todo, en lo más vivo y profundo de la eucaristía. También en los hermanos necesitados que han de ocupar el centro de nuestro interés, porque Cristo se identifica con cada uno de ellos. El verdadero discípulo descubre en profundidad la presencia y acción del Resucitado en las distintas áreas de la sociedad y se esfuerza por transparentar con la fuerza de su testimonio el rostro luminoso y amable de Jesús en el mundo.