sábado, 23 de noviembre de 2024

La resurrección de los muertos (Lc 20, 27-40)

 P. Carlos Cardó SJ 

La resurrección, tiza negra sobre papel de Miguel Ángel (entre 1520 y 1525), Colección Real del Castillo de Windsor, Inglaterra

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús algunos saduceos.
Como los saduceos niegan la resurrección de los muertos, le preguntaron: "Maestro, Moisés nos dejó escrito que si alguno tiene un hermano casado que muere sin haber tenido hijos, se case con la viuda para dar descendencia a su hermano. Hubo una vez siete hermanos, el mayor de los cuales se casó y murió sin dejar hijos. El segundo, el tercero y los demás, hasta el séptimo, tomaron por esposa a la viuda y todos murieron sin dejar sucesión. Por fin murió también la viuda. Ahora bien, cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será esposa la mujer, pues los siete estuvieron casados con ella?".
Jesús les dijo: "En esta vida, hombres y mujeres se casan, pero en la vida futura, los que sean juzgados dignos de ella y de la resurrección de los muertos, no se casarán ni podrán ya morir, porque serán como los ángeles e hijos de Dios, pues Él los habrá resucitado. Y que los muertos resucitan, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor, Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob. Porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para Él todos viven".
Entonces, unos escribas le dijeron: "Maestro, has hablado bien". Y a partir de ese momento ya no se atrevieron a preguntarle nada. 

Unos saduceos plantearon a Jesús una pregunta teórica y capciosa sobre la resurrección. Los saduceos eran el partido de los terratenientes y comerciantes que se habían apoderado del ejercicio del sacerdocio para enriquecerse con los impuestos que los judíos pagaban para el templo y con la venta de animales para los sacrificios. Los fariseos, sus más inflexibles rivales, los criticaban por su inmoralidad y porque negaban la resurrección de los muertos. 

Lo que pretenden los saduceos al plantear a Jesús un caso hipotético y extremado es ridiculizar la fe en la resurrección. Aluden a la ley del levirato, que dio Moisés para garantizar la descendencia de todo varón. Esta ley correspondía al sueño de todo judío de ver nacer al Mesías entre sus hijos o los hijos de sus hijos. Y esto interesaba incluso a quienes no esperaban nada después de la muerte, sino sólo dejar descendencia en este mundo. 

Jesús responde, primero, declarando que la fe en la resurrección no es absurda: lo que no tiene sentido es querer asegurar la propia pervivencia casándose y teniendo hijos, porque la vida humana no acaba con la muerte. Cuando los muertos resuciten no tendrán necesidad de casarse. A continuación, afirma que en la vida eterna los seres humanos serán como ángeles. Esta comparación tiene mucho contenido. Los ángeles son llamados “hijos de Dios” (Job 1,6; 2,1), porque reflejan su esplendor y su fuerza; nosotros también somos hijos e hijas de Dios y en la vida eterna alcanzaremos la plenitud de la filiación divina. Los ángeles son seres espirituales; nosotros por la resurrección tendremos un “cuerpo espiritual” como dice san Pablo (1 Cor 15,42). Los ángeles son “anunciadores” de la palabra de Dios; los creyentes somos testigos de la resurrección. Ellos son servidores y custodios; nosotros podemos serlo. 

Después de esto, Jesús hace ver que la resurrección estaba ya contenida implícitamente en el episodio de la zarza ardiente, en la que Dios se revela a Moisés como Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob (cf. Ex 3, 6). Si es Dios de ellos y ellos están muertos, quiere decir que resucitarán, pues de lo contrario no sería Dios de vivos sino de muertos, lo cual es absurdo. La fidelidad de Dios a los patriarcas y a su pueblo va más allá de la muerte. 

Israel llegó progresivamente a la fe en la resurrección, no a partir de reflexiones sobre la inmortalidad, sino por la experiencia del amor fiel de Dios que va más allá de la muerte. Esta revelación, fundada en el Pentateuco, se desarrolló con los profetas y los libros sapienciales. La resurrección es la acción que permite reconocer a Dios: Esto dice el Señor: Yo abriré sus tumbas, los sacaré de ellas, pueblo mío, y los llevaré a la tierra de Israel. Y cuando abra sus tumbas y los saque de ellas, reconocerán que yo soy el Señor. Infundiré en ustedes mi espíritu y vivirán (Ez 37,13ss). 

Para los cristianos, la fe tiene su inicio en la resurrección de Jesús. Porque, si Cristo no resucitó, la fe de ustedes no tiene sentido y siguen aún sumidos en sus pecados (1 Cor 15,17). La resurrección consiste en estar siempre con el Señor (1 Tes 4,17). Esa es la vida eterna que vivimos ya ahora por el don del Espíritu. Por eso dice Pablo: ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí (Gal 2,20). 

Esta fe promueve en nosotros el compromiso de ser testigos de la resurrección (Hech 1,22). Para ello es fundamental analizar la incidencia práctica que la fe en la resurrección ejerce en nuestro modo ordinario de proceder. Veremos entonces que es inherente a la fe cristiana la voluntad de construir nuestra vida de tal modo que lo más esencial que hay en ella (la libertad, la responsabilidad, el amor) demuestre que no marchamos hacia un final que nos hará sucumbir en la nada, sino hacia un Dios que nos garantiza nuestra realización plena. La fe en la resurrección hace buscar la unión y la paz en las relaciones con los demás; motiva el perdón que remite a Dios la regeneración del que nos ha ofendido; capacita para los grandes gestos de sacrificio por el bien de los seres queridos y por el progreso humano de la sociedad en que se vive; mueve a adoptar un estilo de vida sobrio, responsable, alejado de la banalidad frívola del mundo; mantiene firme la confianza aun cuando los logros del amor y de la justicia no resultan palpables y evidentes. Así se demuestra que la existencia humana trasciende lo material y temporal, porque su valor no se agota en la razón, el éxito o la dicha de este mundo.

viernes, 22 de noviembre de 2024

La purificación del Templo (Lc 19, 45-48)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo limpiando el templo, óleo sobre lienzo de Pieter Aertsen (siglo XVI), colección privada, subastado en Christie’s

Después entró en el templo y se puso a echar a los mercaderes diciéndoles: "Está escrito que mi casa es casa de oración y vosotros la habéis convertido en cueva de asaltantes". A diario enseñaba en el templo. Los sumos sacerdotes, los letrados y los jefes del pueblo intentaban acabar con él; pero no encontraban cómo hacerlo, porque el pueblo en masa estaba pendiente de sus palabras. 

San Lucas no dice más que lo esencial: que Jesús entró en el templo y comenzó a expulsar a los vendedores y dijo: Está escrito: Mi casa será casa de oración, pero ustedes la han convertido en cueva de ladrones. Mateo (21, 12-17) añade el detalle de que tumbó las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas. Marcos (11, 15- 19) dice que no permitía que nadie pasara por el templo llevando cosas. Y Juan (2, 13-22) sitúa el episodio al comienzo, en una fiesta de pascua, y es más prolijo en detalles descriptivos de la situación: habla del látigo que hace Jesús, del trato que da a unos vendedores y a otros y, sobre todo, incluye la profecía: Destruyan este templo y en tres días lo levantaré de nuevo. 

No es un simple arrebato de ira. Sin dejarse impresionar por la riqueza y poder del templo material, Jesús adopta la actitud valiente de los profetas que habían pretendido purificar la religión de Israel, denunciado las injusticias y la corrupción de las autoridades religiosas. Los negocios montados por los sumos sacerdotes en los atrios e inmediaciones del templo para la venta de los animales destinados a los sacrificios habían convertido el lugar santo en una especie de antro dedicado al culto a Mammón, personificación de la riqueza de iniquidad, que impide el culto al verdadero Dios. No pueden servir a Dios y a Mammón, había dicho Jesús (Lc 16, 13, Mt 6, 24). Ahora purifica el templo para que vuelva a brillar en él la gloria de Dios. 

Además, con su gesto profético, Jesús relativiza la importancia que el judaísmo atribuía al templo material. Ya Jeremías había declarado que no bastaba recurrir al templo para sentirse seguros si se mantenía una mala conducta: No confíen en palabras engañosas repitiendo: ¡El templo del Señor! ¡El templo del Señor! ¡El templo del Señor! … ¿Acaso piensan que pueden robar, matar, cometer adulterio, jurar en falso, incensar a Baal, correr detrás de otros dioses que no conocen, y luego venir a presentarse ante mí en esta casa consagrada a mi nombre, diciendo: “¿Ya estamos seguros”, para seguir cometiendo las mismas maldades? ¿Han convertido esta casa consagrada a mi nombre en una cueva de ladrones? (Jer 7, 4.8-10). Dios no soporta que se utilice su nombre para cometer inmoralidades, dividir, generar privilegios y sostener poderes indefendibles. Menos aún soporta que se le quiera comprar su amor salvador. La salvación, fruto de su amor, se recibe como gracia siempre inmerecida y se responde a ella con una vida de hijos que se aman unos a otros como son amados. 

Esta acción de Jesús que le hace aparecer como alguien superior al templo enardece los ánimos de las autoridades judías, que deciden matarlo: Los jefes de los sacerdotes, los maestros de la ley y los principales del pueblo buscaban matarlo. Pero no encontraban modo de hacerlo porque el pueblo entero estaba escuchándolo, pendiente de su palabra. Los poderosos y sabios de este mundo persiguen al portador del reino de Dios; los pobres y sencillos, en cambio, que escuchan su palabra, entrarán en él. Éstos formarán el nuevo pueblo, que el Señor va a adquirir cuando extienda sus brazos en la cruz, cumpliendo la voluntad de su Padre. Este pueblo nuevo, santificado por el Espíritu del Señor, será en el mundo el espacio que significa y produce la presencia de Cristo Resucitado. Sus miembros, como piedras vivas, irán construyendo un templo espiritual dedicado a un sacerdocio santo, para ofrecer, por medio de Jesucristo, sacrificios espirituales agradables a Dios (1 Pe 2,4-5). Ellos son el nuevo templo, en el que se ofrece el culto definitivo, en espíritu y en verdad (Jn 4, 24), con la ofrenda de sus personas, entregadas a la causa de Jesús y de su Reino (Rom 12,1-3).

jueves, 21 de noviembre de 2024

Jesús llora por Jerusalén (Lc 19, 41-44)

 P. Carlos Cardó SJ 

El llanto de Jesús, acuarela opaca sobre grafito en papel tejido gris de James Tissot (entre 1886 y 1894), Museo de Brooklyn, Nueva York

Jesús, al acercarse y divisar la ciudad, dijo llorando por ella: "Si también tú reconocieras hoy lo que conduce a la paz. Pero eso ahora está oculto a tus ojos. Te llegará un día en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán y te cercarán por todas partes. Te derribarán por tierra a ti y a tus hijos dentro de ti, y no te dejarán piedra sobre piedra; porque no reconociste la ocasión de la visita divina". 

Las palabras con que Jesús expresa su dolor por la suerte futura de Jerusalén son como un eco de las lamentaciones del profeta Jeremías (Cf. Jr 8,18-23) ante la destrucción de la ciudad por Nabucodonosor, ocurrida en el año 586 a.C. Sin embargo, no se descarta que en su redacción final San Lucas haya tenido en cuenta la toma de Jerusalén por las legiones romanas de Tito en el año 70 d.C. 

Jesús ha entrado en Jerusalén en medio del júbilo del pueblo sencillo que lo ha reconocido como el rey enviado por Dios para traer la paz. Las autoridades han debido ver esa manifestación como un tumulto popular peligroso, una provocación de ese predicador y taumaturgo galileo que podría causarles problemas con los romanos. Jesús es consciente de ello, pero su interés se centra en el destino de la capital de su país, que no ha querido reconocer lo que conduce a la paz verdadera, contradiciendo incluso el significado de su nombre, Yeru-shalem, que evoca la paz. Ya antes había expresado el dolor que le causaba la impiedad de Jerusalén que mata a los profetas y apedrea a los que Dios le envía, frustrando así los planes de Dios; y había manifestado su deseo de protegerla, comparándose a la gallina que reúne a sus pollitos bajo sus alas (Lc 13, 34). Vuelve ahora a constatar la cerrazón con que Jerusalén lo rechaza como portador de la paz que Dios ofrece, y se conmueve hasta romper a llorar. 

Es un llanto de dolor por la oposición de que es objeto y por las consecuencias que puede tener para la ciudad el haber desaprovechado la oportunidad dada por Dios de jugar un papel ejemplar en el establecimiento de una existencia pacífica de la humanidad. Resuena en sus palabras la congoja del profeta que ve la ruina a la que se precipita su ciudad y su nación: Mis ojos se deshacen en lágrimas día y noche sin cesar porque un gran desastre viene sobre mi pueblo, y su herida es incurable… (Jer 14, 17). No es una amenaza ni un vaticinio de la destrucción futura de la ciudad como castigo divino. Él no ha hecho más que mostrar la misericordia de un Dios que perdona. Pero no es ciego a lo que su pueblo puede causarse a sí mismo por haberse negado a comprender lo que conduce a la paz. Quien obstinadamente rechaza la paz, atrae contra sí la guerra y la desgracia. 

Viniendo a nuestra situación, se puede decir que este pasaje evangélico mueve a discernir los signos de los tiempos para hallar en ellos la presencia del Señor y su ofrecimiento de paz personal, social y mundial. Jerusalén no ha reconocido en “en este día”, la venida del Señor y su salvación. También nosotros podemos ignorarla y no ver el presente como el tiempo para el encuentro con el Señor y con la existencia pacífica, fraterna y justa a la que nos invita. Esforcémonos, por tanto, por entrar en ese descanso y que nadie caiga siguiendo el ejemplo de la rebeldía, dice la carta a los Hebreos (4,11). Pero el día del Señor sigue ignorado, desaprovechado, las naciones no reducen sus gastos de armamento, los medios no hacen más que propalar la falacia de la eficacia de la violencia para resolver conflictos y como individuos mantenemos en nuestro interior resentimientos y hostilidades. No obstante, hoy es el tiempo favorable, hoy es el tiempo de la salvación, como dice San Pablo (2 Cor 6, 2), y sigue disponible para nosotros la gracia que nos hace constructores de la paz en las relaciones personales y en las instituciones que frecuentamos. Siempre nos es posible decir: Deseen la paz a Jerusalén… Por mis hermanos y compañeros voy a decir: ¡La paz contigo! Por la casa del Señor, nuestro Dios, te deseo todo bien (Sal 121, 6.8-9).

miércoles, 20 de noviembre de 2024

La parábola de las onzas de oro (Lc 19, 11-28)

 P. Carlos Cardó SJ

Parábola de los talentos, grabado, tinta sobre papel de William Unger (1874), Museo de Arte de Indianápolis, Estados Unidos

Cuando Jesús estaba ya cerca de Jerusalén, dijo esta parábola, pues los que lo escuchaban creían que el Reino de Dios se iba a manifestar de un momento a otro:
"Un hombre de una familia noble se fue a un país lejano para ser nombrado rey y volver después. Llamó a diez de sus servidores, les entregó una moneda de oro a cada uno y les dijo: "Comercien con ese dinero hasta que vuelva".
Pero sus compatriotas lo odiaban y mandaron detrás de él una delegación para que dijera: "No queremos que éste sea nuestro rey". Cuando volvió, había sido nombrado rey. Mandó, pues, llamar a aquellos servidores a quienes les había entregado el dinero, para ver cuánto había ganado cada uno.
Se presentó el primero y dijo: "Señor, tu moneda ha producido diez más".
Le contestó: "Está bien, servidor bueno; ya que fuiste fiel en cosas muy pequeñas, ahora te confío el gobierno de diez ciudades".
Vino el segundo y le dijo: "Señor, tu moneda ha producido otras cinco más".
El rey le contestó: "Tú también gobernarás cinco ciudades".
Llegó el tercero y dijo: "Señor, aquí tienes tu moneda. La he guardado envuelta en un pañuelo porque tuve miedo de ti. Yo sabía que eres un hombre muy exigente: reclamas lo que no has depositado y cosechas lo que no has sembrado".
Le contestó el rey: "Por tus propias palabras te juzgo, servidor inútil. Si tú sabías que soy un hombre exigente, que reclamo lo que no he depositado y cosecho lo que no he sembrado, ¿por qué no pusiste mi dinero en el banco? Así a mi regreso lo habría cobrado con los intereses".
Y dijo el rey a los presentes: "Quítenle la moneda y dénsela al que tiene diez".
"Pero, señor, le contestaron, ya tiene diez monedas".
Yo les digo que a todo el que produce se le dará más, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. En cuanto a esos enemigos míos que no me quisieron por rey, tráiganlos aquí y mátenlos en mi presencia".
Dicho esto, Jesús pasó adelante y emprendió la subida hacia Jerusalén.

Puesta después del pasaje de Zaqueo, esta parábola es como un comentario al tema de la recta administración de los bienes dados por Dios. Asimismo, la alusión al rey que ha de venir a pedir cuentas mantiene el tema de la vigilancia y responsabilidad que se requiere para producir fruto según los dones recibidos de Dios.

El señor que reparte las onzas de oro y se va a un país lejano no es sólo un hombre noble sino el heredero del trono real, y lo va a conseguir a pesar de que haya quienes no lo quieren por rey. Jesucristo, antes de alcanzar toda su gloria de Mesías, dejará de estar visiblemente en el mundo, pero volverá con poder y majestad (Lc 21, 27), no sabemos cuándo. Mientras tanto se abre para nosotros una época de espera, fidelidad y vigilancia.

La parábola tiene mucho parecido con la de los talentos de Mt 25, 14-30. Aquí, lo que el señor reparte a cada empleado es una onza de oro, que se traduce también como mina, y es una suma pequeña equivalente a 1/60 de talento. Lo importante es que el señor tiene con ellos este gesto de confianza, al que ellos deben responder con lealtad y laboriosidad en su administración, de modo que la cantidad recibida se incremente.

Todos hemos recibido tal misión. En la lógica del evangelio, todo es don recibido y todo ha de ser puesto al servicio de Dios y de los prójimos. Obrando así, uno actúa como Jesús, lo tendrá de su parte cuando vuelva y obtendrá de él vida eterna. En esto consiste lo central de la parábola.

¿Quién es ese empleado que recibió la onza de oro y la tuvo guardada en un pañuelo sin hacerla producir? Representa a todo aquel que sabe el bien que hay que hacer, pero no lo hace. Su culpa consiste en no haber negociado con el dinero que se le confió y haberse limitado únicamente a procurar no perderlo. Es evidente que este empleado podía haber obrado con obediencia y responsabilidad como los dos primeros, pero obró con desobediencia e indolencia, por el juicio erróneo que se había formado sobre el carácter de su señor.

El tono grosero con que le habla y le devuelve la onza de oro es una prueba de su mala conciencia. Por esto recibe del señor el calificativo de “malo”, no sólo de “negligente” (cf. Mt 25,26), porque se ha comportado como rebelde y desobediente. La falsa idea que tenía del señor le impidió dar de sí con generosidad y gratitud. Se mueve como Adán, que se esconde de un dios malo y se aleja hasta acabar en la muerte.

En cambio, quien responde con generosidad a tanto bien recibido, se hace capaz de recibir más y de dar más. Experimenta lo que Jesús enseñó: Den, y se les dará; una buena medida, apretada, remecida y rebosante, vaciarán en su regazo. Porque con la medida con que midan, se los medirá (Lc 6. 38).

El final de la parábola sorprende. El señor entrega como recompensa al primer empleado la onza que el tercero no había sido capaz de negociar. Los allí presentes juzgan arbitraria esta decisión y argumentan diciendo que ese empleado ya tiene diez onzas, pero la respuesta que reciben del señor señala que él actúa con absoluta soberanía y la benevolencia con que juzga y recompensa supera totalmente el modo humano de pensar.

El señor ha sido extraordinariamente generoso con sus empleados, y a la hora de ajustar cuentas con ellos no sólo los recompensará por su trabajo, sino que lo hará de un modo que supera todas las expectativas y todos los cánones de merecimiento.

La parábola es una invitación a examinar la idea que tenemos de Dios, pues de ella depende en gran medida la actitud con que servimos y el uso que damos a los bienes recibidos. Una relación con Dios contable, mercantil, no libre, no de hijo, sino de rival, lleva a la persona a actuar por pura obligación o por interés, de mala gana o procurando únicamente acumular méritos.

No fue así la actitud de los dos primeros empleados, que modestamente se limitaron a mostrar al señor lo que habían conseguido con la administración responsable de lo que se les había confiado y fueron por ello recompensados magníficamente.

Cada uno en el servicio a Dios y a los demás ha de hacer entrega de lo que ha recibido y ha de hacerlo por amor, gratuita y desinteresadamente. Según el evangelio no se realiza quien tiene, sino quien da de sí. Y lo que cuenta no es la cantidad sino la actitud con que uno pone en el servicio lo que tiene, consciente de que todo lo ha recibido.