martes, 8 de octubre de 2024

Marta y María (Lc 10, 38-42)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo en casa de Marta y María, óleo sobre lienzo de Alessandro Allori (1605), Museo de Historia del Arte de Viena, Austria

En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Ésta tenía una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra.
Y Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio; hasta que se paró y dijo: "Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano."
Pero el Señor le contestó: "Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán." 

En la parábola del Buen Samaritano se refleja lo que Jesús hace por todo aquel que esté caído y herido en el camino de la vida: le venda sus heridas, le busca posada, se hace cargo de él. Ahora, en su camino a Jerusalén, el Buen Samaritano busca alojamiento en casa de dos mujeres, Marta y María. El que enseña a acoger, es acogido. 

Poco sabemos de estas dos mujeres que lo alojan: sólo que son las hermanas de Lázaro (cf. Jn 11, 1-5). María podría ser la mujer que, en Betania, ungió al Señor antes de su pasión (Mc 14,3-9; Mt 26,6-13). 

Marta se afana para acoger a Jesús como es debido y critica a su hermana porque no la ayuda en los trabajos de casa. Pero Jesús le replica, invitándola a hacer suya la actitud de María que, a sus pies, escucha con atención su palabra. Sin la orientación y apoyo de la palabra del Señor, todo lo que hagamos, por bueno que sea, puede perder su auténtico valor, la orientación que debe tener e incluso su “sabor”. 

Se ha dicho tradicionalmente que Marta representa la actividad y María la oración. Pero no hay que contraponer a Marta con María ni a la acción con la oración; hay que integrarlas. Lo que enseña el texto de Lucas es que se ha de purificar la acción por medio de la oración y escucha del Señor porque, sin esto, la acción –aunque sea buena y prolífera– puede perder orientación y convertirse en búsqueda de uno mismo. Confrontada con la Palabra de Dios, nuestra acción se ordena y purifica. 

Pero si nos fijamos en el carácter simbólico que suelen tener los personajes del evangelio, podemos ver que Marta representa al viejo Israel y María a la Iglesia, el nuevo Israel. Marta se afana en muchas cosas. Israel se esfuerza por cumplir los 613 preceptos en los que los rabinos fariseos han desmenuzado la Ley mosaica. El judaísmo fariseo había perdido el sentido de la gracia y llegado a creer que eran las obras las que hacían justa a la persona y le aseguraban la salvación. María, en cambio, el nuevo Israel, supera la moral del deber y la religiosidad basada en obras exteriores, porque reconoce la visita del Señor y sabe disfrutar de su presencia. Ha aprendido que, con Jesús, viene aquello que sólo Dios puede dar: el don por excelencia, la salvación. Por eso, se pone a los pies de Jesús, es decir, adopta la actitud del discípulo y con ello brinda a Jesús la verdadera acogida. Marta, el viejo Israel, ha de descubrir la excelencia del don que se le ofrece con la venida de Jesús y aprender a escucharlo. 

María ha escogido la parte mejor. Jesús elogia la sencilla y sincera receptividad para la escucha. Con esa disposición, la persona deja entrar en su corazón el amor, que es lo que confiere sentido a todo lo que hace por los demás. “Lo único necesario” es experimentar vitalmente el ser amado sin condiciones. Esto, y sólo esto, da al cristiano la íntima certidumbre de la que brota la calma y la quietud en toda circunstancia. El deber no basta. Hay que descubrir el valor de lo gratuito. Ya los profetas lo habían intuido: “Se salvarán si se convierten y se calman; pues en la confianza y la calma esta su fuerza”, dice Isaías (30,15). 

Necesitamos integración personal y calma interior porque andamos divididos y ansiosos. En un mundo que exacerba el valor de la eficacia, de la rentabilidad y de la competencia, ya no hay tiempo para lo que, en verdad, es “lo más importante”: el sentirse querido y querer, el dialogar y compartir fraternalmente, el pasar juntos momentos en los que se rehace aquello que la vida tiene de más bello, más querido, más humano. Necesitamos la gratuidad de la meditación y del silencio en medio de un mundo agitado e hipersensibilizado. Necesitamos parar y ponernos a los pies del Maestro cada día. Él nos recordará: Busquen, más bien, el Reino, y todas las cosas se les darán por añadidura (Mt 6,33/ Lc 12,31).

lunes, 7 de octubre de 2024

El buen samaritano (Lc 10, 25-37)

 P. Carlos Cardó SJ 

El buen samaritano, óleo sobre lienzo de David Teniers el joven (1655 aprox.), Museo Metropolitano de Arte (MET), Nueva York, Estados Unidos

En aquel tiempo, se presentó ante Jesús un doctor de la ley para ponerlo a prueba y le preguntó: "Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?".
Jesús le dijo: "¿Qué es lo que está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?".
El doctor de la ley contestó: "Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser, y a tu prójimo como a ti mismo".
Jesús le dijo: "Has contestado bien; si haces eso, vivirás".
El doctor de la ley, para justificarse, le preguntó a Jesús: "¿Y quién es mi prójimo?".
Jesús le dijo: "Un hombre que bajaba por el camino de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos ladrones, los cuales lo robaron, lo hirieron y lo dejaron medio muerto. Sucedió que por el mismo camino bajaba un sacerdote, el cual lo vio y pasó de largo. De igual modo, un levita que pasó por ahí, lo vio y siguió adelante. Pero un samaritano que iba de viaje, al verlo, se compadeció de él, se le acercó, ungió sus heridas con aceite y vino y se las vendó; luego lo puso sobre su cabalgadura, lo llevó a un mesón y cuidó de él. Al día siguiente sacó dos denarios, se los dio al dueño del mesón y le dijo: ‘Cuida de él y lo que gastes de más, te lo pagaré a mi regreso’. ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre que fue asaltado por los ladrones?".
El doctor de la ley le respondió: "El que tuvo compasión de él".
Entonces Jesús le dijo: "Anda y haz tú lo mismo". 

La parábola el Buen Samaritano es uno de los textos más hermosos del evangelio de Lucas. Presenta el rostro del Dios que busca al perdido, y el rostro del cristiano que se interesa por el problema de su hermano y ahí se encuentra con Dios. 

Un hombre ha sido asaltado en el camino y ha quedado mal herido. Pasan junto a él tres personajes: un sacerdote, representante de la Ley, un levita, representante del culto (ambos “profesionales” de la religión), y un samaritano, que para los judíos era un hereje. Los tres ven al hombre caído, pero reaccionan de manera diferente. El sacerdote y el levita pasan de largo, por “no ensuciarse las manos” o por pensar: “es un extraño”, “no nos concierne”... El samaritano, en cambio, sintió compasión. Sentir compasión es sufrir con el otro, compartir su situación, ponerse en su lugar; es lo que hace el samaritano. 

El sacerdote y el levita representan a quienes pretenden llegar a Dios, pero no se interesan por la situación del prójimo que sufre: pasan de largo. Son los encargados de las “cosas de Dios”, pero no hacen lo que a Dios más le interesa, atender la vida de sus hijos e hijas que pasan necesidad. Ya los antiguos profetas habían reprobado esa pretensión de reducir la religión a prescripciones externas y costumbres piadosas sin práctica de la justicia y de la misericordia.  ¿A mí qué, tanto sacrificio vuestro?, dice el Señor… (por el profeta Isaías), desistan de hacer el mal, aprendan a hacer el bien, busquen lo justo, den sus derechos al oprimido, hagan justicia al huérfano, aboguen por la viuda (Is 1, 11.16-17). Eso mismo es lo que quiere lograr Jesús con su parábola: que sus oyentes cambien su forma de relacionarse con Dios, se hagan solidarios y misericordiosos porque eso es lo que quiere Dios. 

El mensaje fundamental que recorre toda la Biblia es que el amor a los demás define la autenticidad del ser humano en su relación con Dios, con los demás y consigo mismo. Quien no ama ha “fallado” en su vida, simplemente no es humano. Pero la novedad que trae Jesús es que el amor es, antes que nada, una experiencia que a la persona humana se le hace vivir y que, gracias a ella, puede amar a los demás. San Juan desarrolla esta idea en su 1ª Carta y afirma que si amamos, es porque primero nos ha amado Dios (1 Jn 4, 19). Y por eso Jesús se identifica con el buen Samaritano para hacernos sentir el amor que Dios nos tiene, y movernos a amar a los demás. 

Al mismo tiempo, Jesús se identifica también con el hombre caído en el camino, que es la persona a la que debemos atender y en la que lo atendemos a él. Por eso dirá en el evangelio de Mateo: Cada vez que lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron (Mt 25,40). Por tanto, no se puede dividir lo que Dios ha unido: con un mismo amor amamos a Dios y amamos al prójimo. Porque Dios se ha hecho próximo nuestro, podemos amar a Dios y al prójimo con el mismo amor que del Padre y del Hijo nos viene. 

La parábola nos transmite esta enseñanza de manera sorprendente haciendo que se superpongan dos imágenes, la del hombre caído en el camino y la del samaritano que lo asiste. Queda la impresión de que se disuelven el uno en el otro, hasta ser al final una misma persona. 

El escriba, el sacerdote y el levita deben identificarse con el hombre caído en el camino, del que se hace cargo el Samaritano que luego desaparece en el horizonte hacia Jerusalén, y representa a Jesús. Por su parte, el hombre herido y despojado recobra la salud y se vuelve capaz de socorrer a los que, como él, vea caídos en el camino; hará con los demás lo que hizo Aquel que lo atendió. Se volverá un buen samaritano como Jesús. 

Dios se ha acercado tanto a nosotros que se ha convertido en el pobre maltratado que vemos en nuestro camino -¡es imposible no verlo!- . Más aún, se nos ha acercado tanto, que se ha convertido en el herido que yo soy, y se ha hecho cargo de mí, ha curado mis heridas, me ha alojado y ha pagado por mí. De modo que si se ha identificado así conmigo, yo también debo identificarme así con él. 

Cristo, Buen Samaritano, se prolonga en los samaritanos de hoy y de siempre: hombres y mujeres sensibles al dolor y sufrimiento de la gente, que hacen todo lo que pueden para atender a los caídos. Entre ellos se ha de situar el cristiano porque se ha sentido atendido y curado por él. Ha experimentado la misericordia en su propia persona; siente que tiene que mostrar misericordia.

domingo, 6 de octubre de 2024

Domingo XXVII del Tiempo Ordinario. El Matrimonio (Mc 10, 2-12)

 P. Carlos Cardó SJ 

Desposorio de la Virgen María, óleo sobre lienzo de Rafael Sanzio (1504), Pinacoteca di Brera, Milán, Italia

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos y le preguntaron, para ponerlo a prueba: "¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su esposa?".
Él les respondió: "¿Qué les prescribió Moisés?".
Ellos contestaron: "Moisés nos permitió el divorcio mediante la entrega de un acta de divorcio a la esposa".
Jesús les dijo: "Moisés prescribió esto, debido a la dureza del corazón de ustedes. Pero desde el principio, al crearlos, Dios los hizo hombre y mujer Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su esposa y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Por eso, lo que Dios unió, que no lo separe el hombre".
Ya en casa, los discípulos le volvieron a preguntar sobre el asunto.
Jesús les dijo: "Si uno se divorcia de su esposa y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio". 

En la Biblia, desde el Génesis, la relación del hombre y de la mujer aparece encuadrada en el marco de una relación de encuentro, compañía y ayuda mutua: No está bien que el hombre esté solo –dijo Dios; voy a hacerle alguien como él que le ayude (Gén 2, 20-23), lo cual excluye cualquier subordinación de un sexo a las pretensiones de poder y a las necesidades del otro. Sin embargo, en la cultura judía se afirmaba la superioridad del varón sobre la mujer, y se la refrendaba con la ley de Moisés que concedía al hombre el derecho de divorciarse. Basados en esto, los fariseos ponen a prueba a Jesús preguntándole qué piensa de esto. Jesús responde, en primer lugar, haciendo ver que Moisés permitió el divorcio por la dureza del corazón del pueblo judío, que le impedía comprender en profundidad los planes divinos y le llevaba a la actitud parcial y legalista de contentarse con lo que señala la ley y sin aspirar a ideales más altos de amor y de servicio. En segundo lugar, basándose en el Génesis (2, 24), Jesús hace ver que la norma de Moisés sobre el divorcio había sido un añadido posterior, que no concuerda con el plan original del Creador sino que parte de conveniencias humanas egoístas. 

De este modo, Jesús se pone como garante a la vez de la estabilidad de la pareja y de la igualdad del hombre y mujer. Por el matrimonio forman una sola carne, que ninguna autoridad humana puede separar; eso fue lo establecido originalmente por Dios: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos uno solo. La conclusión: Por tanto, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre, se deduce perfectamente de las razones aportadas. 

La respuesta de Jesús mira a la comunidad de los que le siguen, entonces y ahora. Separarse del cónyuge y casarse con otro lo equipara Jesús con el adulterio y así ha de pensar el cristiano, que confía en la gracia que el Señor no dejará de darle. En el texto paralelo de Mateo (19,10), los discípulos al oír esto dijeron: Si así son las cosas, mejor es no casarse. Pero Jesús les responde: No todos pueden con eso, sino sólo aquellos a quienes Dios se lo concede (Mt 19,11). Los discípulos, como muchos hoy, deben entender que el Señor nunca los abandona y que lo que resulta imposible a los hombres puede ser factible con la ayuda de Dios. 

Esto supuesto, todos sabemos que el matrimonio puede naufragar porque siempre está el riesgo del error y siempre la persona puede manifestar su incapacidad para amar así. Por eso la Iglesia y sus ministros, siguiendo el ejemplo de Jesús, que era claro en los ideales y valores, pero comprensivo ante los fracasos, ha de mostrar comprensión, dar ánimos y acompañar al hermano o hermana que, por la humana flaqueza y falibilidad fracasó en su matrimonio. Las mayores frustraciones y más hondos sufrimientos provienen de la ruptura del amor, precisamente porque es la fuente de todo buen deseo y de las mayores alegrías. Lo prioritario es curar heridas (1). Pero, aunque esto sea verdad, y sean tan frecuentes los fracasos, la conclusión no puede ser no casarse o casarse hasta ver qué pasa… No podemos aceptar como lo normal la “mentalidad divorcista”; con ella no se puede contraer un matrimonio válido. Muchos lamentablemente se casan con la idea de vivir juntos mientras dure el amor y uno se sienta feliz, pero ¿de qué amor hablan? Eso no es el amor cristiano, del que dice san Pablo en 1Cor 13 que no pasa nunca, porque perdona y se rehace continuamente. Desde el punto de vista humano –y no sólo bíblico– no se puede considerar como lo “normal” un amor sin hondura, que deja abierta la puerta a posibles abandonos, rupturas, variables y sucedáneos. En el fondo de todo esto late una mentalidad pesimista y amargada que desconfía en la capacidad de la personas para rehacerse y no cree que se puedan asumir compromisos estables y definitivos. Esta mentalidad del desaliento ignora la fuerza de la gracia. Por eso, la fidelidad se ve sólo como una ley, dura ley. Y muchas veces los ministros de la iglesia presentan la indisolubilidad únicamente como ley y no como ideal moral y aspiración de toda persona casada. La indisoluble no es ley sino evangelio, es la buena noticia de que la gracia de Dios puede transformar el egoísmo en mutua aceptación, los límites del otro en diálogo y comprensión, las frustraciones en sano realismo que, cuando falta lo ideal, se aferra a lo posible, lo disfruta todo lo que puede, y no desespera jamás en la búsqueda del ideal. 

Por todo eso, no basta proclamar la prohibición del divorcio. Si no formamos a los jóvenes que se han de casar, eso no conduce a nada. Sólo una libertad educada en el manejo humano de los sentimientos hace que la persona sea capaz de entregarse con sentido de unidad e indisolubilidad. El evangelio nos abre los ojos a la acción de Dios que, sobre todo en los momentos de dolor y de crisis, mueve a poner con coraje y perseverancia las condiciones necesarias para seguir unidos, para seguir aspirando al ideal de un amor fiel y duradero, aun cuando otras voces puedan decirte: ¡abandona, sepárate, divórciate! 

La Iglesia no puede dejar de transmitir las palabras de su Señor. Ella no nos puede recortar el horizonte de nuestra generosidad. Por eso, ella nos anuncia la buena noticia de que somos capaces de aspirar a lo alto y darle a este mundo nuestro, dividido y fragmentado, el testimonio de un amor capaz de superar crisis.

sábado, 5 de octubre de 2024

Retorno de los 72 discípulos y grito de júbilo de Jesús (Lc 10, 17-24)

 P. Carlos Cardó SJ 

Trinidad, ícono ruso de autor anónimo (siglo XV), convento de San Nicolás, Súzdal, Rusia

Los setenta y dos discípulos volvieron muy contentos, diciendo: "Señor, hasta los demonios nos obedecen al invocar tu nombre".
Jesús les dijo: "Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Miren que les he dado autoridad para pisotear serpientes y escorpiones y poder sobre toda fuerza enemiga: no habrá arma que les haga daño a ustedes. Sin embargo, alégrense no porque los demonios se someten a ustedes, sino más bien porque sus nombres están escritos en los cielos".
En ese momento Jesús se llenó del gozo del Espíritu Santo y dijo: "Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las has dado a conocer a los pequeñitos. Sí, Padre, pues tal ha sido tu voluntad. Mi Padre ha puesto todas las cosas en mis manos; nadie sabe quién es el Hijo, sino el Padre; nadie sabe quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera dárselo a conocer".
Después, volviéndose hacia sus discípulos, Jesús les dijo a ellos solos: "¡Felices los ojos que ven lo que ustedes ven! Porque yo les digo, que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven, y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron". 

Los setenta y dos discípulos regresan entusiasmados por el éxito de la misión que Jesús les ha encomendado. La alegría es el premio de los buenos operarios. Se ha arado y cultivado el campo con dedicación y esmero; ahora el trigo ondea a punto de cosecha: “los valles se visten de trigo; todos aclaman y cantan” (Sal 65, 14). Ha terminado la cosecha y “al volver, vuelven cantando, trayendo sus gavillas” (Sal 125, 6). La alegría de los discípulos alegra el corazón del Señor. Advierte que se cumple el plan de su Padre y que su Reino se ha revelado a los pequeños. 

La alegría es un tema muy recurrente en el evangelio de Lucas: hace saltar al Bautista en el seno de su madre (1, 14), la anuncia el ángel en Belén (2, 10), gozarán de ella los discípulos después de pasar tribulaciones (6, 23), llena el corazón de quien escucha y  cumple la palabra (8, 13), será grande en el cielo por la conversión de un pecador (15, 7.10), deja sin palabra a los apóstoles al ver las manos y los pies del Resucitado (24, 41) y vuelven llenos de ella a Jerusalén después de la ascensión de Jesús (24, 52). 

En la respuesta que Jesús da a los setenta y dos habla tres veces de la alegría que sienten y la sitúa en la perspectiva que debe tener. En primer lugar, la alegría de los discípulos se debe a que el poder de Satanás ha sido sometido. La historia es liberada de todo aquello que deshumaniza y oprime. Simbólicamente dice Jesús haber visto a Satanás precipitarse desde el cielo como un rayo. Resalta y sintetiza los efectos liberadores de la evangelización realizada por sus discípulos como la “caída de Satanás”. 

En segundo lugar, Jesús profundiza en el significado de la derrota de Satanás. Su maligna influencia ha sido desactivada; el mal, en todas sus formas, se somete al poder que Jesús transmite a los suyos. Por eso los discípulos han podido enfrentar y destruir las más variadas manifestaciones del mal: pisotear serpientes y escorpiones, y dominar toda potencia enemiga. 

En tercer lugar, se señala el verdadero motivo de la alegría: alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo. Quiere decir que sus personas, su vida entera, están en las manos de Dios; él los tiene junto a sí, le pertenecen, son sus hijos en el Hijo, participando con él de su vida auténtica y definitiva, fuente de alegría sin fin. Por eso deben alegrarse, no por éxitos sensacionalistas de su actuación misionera, sino porque el fin último de la misión se ha cumplido. El poder sobre los demonios no garantiza la participación en la vida auténtica, sino el estar inscritos en la lista de los miembros del pueblo santo que cantará para siempre las misericordias de Dios. Es la alegría más honda que se puede tener: la garantía que el Señor da a nuestra destinación al cielo. 

En aquel momento, Jesús, lleno del Espíritu Santo prorrumpió en un grito de júbilo y exclamó: Yo te alabo, Abba, Señor del cielo y de la tierra… Resalta la intimidad con que Jesús se dirigía a Dios, como su Abbá. El Dios altísimo, creador de cielo y tierra, es para él lo que el niño y también el adulto expresan al llamar así a su padre; equivale al término coloquial de papá. Dirigida a Dios, la palabra Abba es central en la fe cristiana. Así nos ha enseñado Jesús a ver y tratar a Dios: como ternura de máxima intimidad y, a la vez, como Dios altísimo, fuente y origen de la vida, misericordioso y justo, padre y madre… 

Jesús se alegra porque la revelación de Dios como Padre y la venida de su reino, se ofrece a todos, pero son los sencillos y humildes los que la acogen, y no los sabios y entendidos. Sencillos y humildes son los que viven del deseo de la ternura de Dios, anhelan que Dios se vuelva a ellos pues en él solo han puesto su esperanza. Sabios y entendidos son los que nada esperan porque tienen puesta su confianza en ellos mismos, y quedarán frustrados. Jesús se alegra de que el amor del Padre por todos sus hijos e hijas se ha revelado ya y todos nosotros, si lo acogemos como los pobres y sencillos, alcanzaremos el poder de realizarnos plenamente como hijos suyos.