sábado, 4 de mayo de 2024

Quien me ve a mí, ve al Padre (Jn 14, 6-14)

 P. Carlos Cardó SJ 

La gloria de los bienaventurados, detalle del fresco de Pierre Mignard (siglo XVII), cúpula de la iglesia de Val-de-Grȃce, París

Jesús contestó: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocen a mí, también conocerán al Padre. Pero ya lo conocen y lo han visto».
Felipe le dijo: «Señor, muéstranos al Padre, y eso nos basta».
Jesús le respondió: «Hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conoces, Felipe? El que me ve a mí ve al Padre. ¿Cómo es que dices: Muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Cuando les enseño, esto no viene de mí, sino que el Padre, que permanece en mí, hace sus propias obras. Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanme en esto, o si no, créanlo por las obras mismas. En verdad les digo: El que crea en mí, hará las mismas obras que yo hago y, como ahora voy al Padre, las hará aún mayores. Todo lo que pidan en mi Nombre lo haré, de manera que el Padre sea glorificado en su Hijo. Y también haré lo que me pidan invocando mi Nombre». 

Jesús, en la última cena, transmite a sus discípulos la confianza de que, por la fe, podrán experimentar que está siempre con ellos y no los abandona nunca. A partir de su resurrección, se inicia una nueva forma de presencia suya, con la que viene a nosotros cuando nos amamos unos a otros como Él nos amó y cuando oramos en su nombre. 

Yo soy el camino, la verdad y la vida, les dice a todos lo que quieren saber quién es Él. Jesús es el camino porque Él mismo es la verdad y la vida. Es el camino hacia la fuente y plenitud de la verdad y de la vida, que es Dios, meta de nuestro caminar. Por eso añade: Nadie va al Padre sino por mí. Es la verdad porque revela al Padre, de modo que quien lo conoce a Él conoce a Dios. Es la vida porque vive en el Padre, hasta el punto de que quien lo ve a Él, ve al Padre (v.8). 

Ha dicho también: Yo he venido para que tengan vida y la tengan plena (Jn 10,10) porque el Padre ha dado esta vida al Hijo y es el Hijo el único capaz de darla a los que creen en él (Jn 10,18). Quien cree en mí, aunque muera, vivirá (Jn 11,25). De modo que, con estas palabras sobre su propia identidad, Jesús no se presenta simplemente como un guía moral, sino como quien ofrece su vida humana, su forma humana de ser con relación a Dios, con relación a los prójimos y consigo mismo, como el camino que conduce a la realización plena de la existencia humana, que es el encuentro con Dios. Mirándolo a Él conocemos quién y cómo es Dios, qué y cómo se es en verdad hijo o hija de un Dios que es Padre nuestro. 

Con toda ingenuidad Felipe pide a Jesús: Señor, muéstranos al Padre, y eso nos basta. Quizá está pensando en las teofanías que vieron Moisés y Elías en el Sinaí, o en las visiones de la corte celestial que tuvieron los profetas. No ha entendido que Jesús se ha referido a sí mismo como el Enviado definitivo del Padre, cuyo actuar es el actuar mismo de Dios y cuya humanidad hace accesible a Dios. La respuesta de Jesús: Felipe, quien me ve a mí, ve al Padre insiste en la realidad de un Dios a quien nadie ha visto, pero que se ha revelado, encarnado y hecho presente en Él (1,18; 17,6). 

En adelante es por la humanidad de la Palabra encarnada como los seres humanos se unen a Dios. No hay otro mediador. El ser humano de Jesús y, en particular, el modo como vivió la fraternidad, hace ver que todos tenemos un origen común y que Él es el Hijo de un Dios que es Padre. En sus palabras y obras, Dios se manifiesta y se da como amor. Por eso, también nosotros haremos lo que Él hizo y aun cosas mayores, porque su amor sigue en nosotros por el Espíritu Santo. Quien cree en mí hará las obras que yo hago e incluso otras mayores. 

El vacío dejado por su partida lo llena su presencia resucitada. Es la promesa que Jesús hace y que se cumple para el que cree en Él. La fe realiza la unión de Jesús y el discípulo, semejante a la unión suya con el Padre. Y la fe se expresa de manera privilegiada en la oración en su Nombre, que significa orar unido a Él. Y por eso, porque Jesús está unido al Padre, no cabe duda de que la oración será escuchada: Les concederé todo lo que pidan en mi nombre. 

Este “todo” que Jesús promete conceder se refiere a la obra que Dios ha realizado en el mundo por medio de Él, y de la que los creyentes se han convertido en actores e instrumentos. Por eso dice Jesús que lo que concede es para que el Padre sea glorificado. La oración cristiana en nombre de Jesús expresa, pues, el deseo de ser su instrumento eficaz. Esa ha de ser la motivación de todas nuestras peticiones.

viernes, 3 de mayo de 2024

Levantado a lo alto atraeré a todos hacia mí (Jn 12, 31-36)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cruz en la montaña, dibujo a pincel y tinta sepia con lápiz de grafito sobre papel tejido de Caspar David Friedrich (1805 – 1807), Museo Estatal de Berlín, Alemania
 «Ahora es el juicio de este mundo, ahora el que gobierna este mundo va a ser echado fuera, y yo, cuando haya sido levantado de la tierra, atraeré a todos a mí».
Con estas palabras Jesús daba a entender de qué modo iba a morir.
La gente le replicó: «Escuchamos la Ley y sabemos que el Mesías permanece para siempre. ¿Cómo dices tú que el Hijo del Hombre va a ser levantado? ¿Quién es ese Hijo del Hombre?».
Jesús les contestó: «Todavía por un poco más de tiempo estará la luz con ustedes. Caminen mientras tienen luz, no sea que les sorprenda la oscuridad. El que camina en la oscuridad no sabe adónde va. Mientras tengan la luz, crean en la luz y serán hijos de la luz».
Así habló Jesús; después se fue y ya no se dejó ver más. 

Cercana ya su muerte, Jesús se ha sentido conmovido en su interior, pero se ha ratificado en su voluntad de aceptar esa hora crucial, la hora de su paso (pascua) de este mundo al Padre que lo ha enviado. Entonces, dice Juan, se oyó una voz venida del cielo: Lo he glorificado y lo volveré a glorificar (Jn 12, 27-28). Se enuncia el significado de la hora: consistirá en el juicio de este mundo, con la derrota del príncipe de este mundo, y culminará en la «elevación» de Jesús en la cruz. Se nos invita, pues, a penetrar en el significado salvador y universal de la cruz: Elevado por la fuerza del amor de Dios al mundo y por su propio amor, atrae consigo a todos los que ponen en Él su confianza y se dejan guiar por Él como la luz. 

Ya Jesús había declarado por qué será juzgado el mundo que lo rechaza: porque la luz vino al mundo pero los hombres prefirieron la oscuridad a la luz, pues su conducta era mala. Así, pues, el juicio en el evangelio de Juan no coincide exactamente con la idea del juicio final, entendido como una discriminación entre los muertos buenos y malos. En el cuarto evangelio el «juicio» es siempre actual, porque es el resultado del rechazo de la luz que llevaría al ser humano a vivir eternamente con Dios. 

Al mismo tiempo, el triunfo de Cristo trae consigo la derrota absoluta del príncipe de este mundo. Éste ya no tiene ningún poder sobre los que han puesto su confianza en Jesús. Es verdad que el misterio del mal todavía ha de desplegar su fuerza engañosa y homicida, y que va a tener su hora –la hora del poder de las tinieblas (Lc 22,53). Pero Jesús le pedirá al Padre que guarde a sus discípulos del Malo (17, 15) y su petición será escuchada. Por los méritos de la entrega de Jesús en la cruz, el Malo ya no tendrá poder alguno sobre los que han nacido de Dios por la fe (1 Jn 5, 18s), ya no es capaz de obligar a nadie a obrar como él quiere. 

Y yo, una vez que haya sido elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí. El ser elevado significa ser puesto en lo alto de la cruz, y también ser glorificado. Ya lo había intuido el profeta Isaías en su IV Cántico del Siervo sufriente de Yahvé: Será puesto arriba, elevado, exaltado... yo le concederé muchedumbres (Is 52, 13.15). La cruz deja de ser patíbulo infame y se convierte en trono del rey, lugar e instrumento de su exaltación. Desde ella, el Hijo inicia su subida al Padre y atrae a todos sin excluir a nadie. El amor que salva, gloria del Hijo único del Padre lleno de gracia y de verdad (Jn 1, 14), resplandece más que nunca con todo su poder redentor. 

Pero los oyentes de Jesús no lo entienden. ¿Cómo dice que será levantado? No aceptan un Mesías que muere crucificado. No pueden entender que es en la cruz donde se revela el amor de Dios. Ellos esperan un Mesías, cuyo reino de justicia y de felicidad se realizará en Israel y no tendrá fin. Un Mesías que muere crucificado no tiene ningún sentido para ellos. Dios no puede realizar así sus promesas. Nuevamente Jesús corrige la imagen que los hombres se forman de Dios. 

¿Qué quieres decir con eso de que el Hijo del hombre tiene que ser levantado? ¿Quién es ese Hijo del hombre?, preguntan, pero sin ninguna disponibilidad para creer. Cuando no se da una búsqueda sincera de la verdad, no hay forma de entenderse. Jesús no puede hacerse comprender. Se limita a repetir lo que ya tantas veces ha dicho, que Él ha venido como luz de la que hay que dejarse guiar confiadamente, y añade que esta luz que tienen delante poco después desaparecerá como el grano que cae en tierra y muere para dar fruto. 

Nuevamente el contraste de luz y tiniebla. Jesús invita a caminar a la luz, es decir, a avanzar hacia la fe, acceder al amor que da sentido y dirección a la vida. Porque el que camina en la oscuridad no sabe a dónde se dirige. Así alcanza el ser humano la realización plena de su existencia. Llega a ser luz e hijo de la luz porque accede a la fuente de aguas vivas, el Espíritu. Lo mismo que el creyente puede convertirse en una fuente de agua viva que fluye hasta la vida eterna (4, 14; 7, 37s), así también puede hacer de su persona un referente, un testimonio vivo de la verdad que libera al mundo de toda maldad opresora y cambia los corazones de las personas.

jueves, 2 de mayo de 2024

Permanezcan en mi amor (Jn 15, 9-11)

 P. Carlos Cardó SJ 

Corazón de Jesús, pintura de Anna Maria von Oer (1987 aprox.) en el altar mayor de la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús de Viena, Austria

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Como el Padre me ama, así los amo yo. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecen en mi amor; lo mismo que yo cumplo los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea plena". 

La parábola de la vid y los sarmientos planteó la necesidad de estar unidos a Cristo, como condición de una vida verdaderamente fecunda. Si el sarmiento está unido a la vid, da fruto. En el texto de hoy, Jesús insiste en la idea de permanecer en él: Como el Padre me ama a mí, así los amo yo a ustedes. Permanezcan en mi amor. 

Nuestro destino a ese amor (Yo los he elegido - 15,16) se alcanza en la puesta en práctica de sus mandamientos, que el mismo Jesús resumirá en el amarse unos a otros. Esto es lo que les mando: ámense los unos a los otros (15,17). Y da para ello la motivación más positiva: Les he dicho esto para que participen en mi alegría, y su alegría sea completa (v.11). 

En efecto, no hay alegría más plena que la de sentirse sostenido por el amor de Dios y corresponder a él amando y sirviendo a los demás. Entonces, la misma relación con Dios cambia, se vuelve confianza plena. Como dice el mismo San Juan en su carta: En el amor no hay lugar para el temor. Al contrario, el amor perfecto destierra el temor, porque el temor supone castigo, y el que teme no ha logrado la perfección del amor (1 Jn 4,18). 

Pero cuesta entender que Dios nos ame de manera incondicional y desinteresada. En nuestra mente pesan demasiado las experiencias –propias o vividas por otros– de amores mezclados con el afán de dominio y búsqueda de uno mismo, que desembocan en la agresividad, los celos y la desconfianza. Por eso, no es fácil imaginar un amor absolutamente limpio, generoso y desinteresado. Trasladamos esto al plano religioso y nuestra idea de Dios se pervierte: lo imaginamos como un patrón, un legislador, un juez; todo, menos un padre-madre que nos ama incondicionalmente. 

Al mismo tiempo, nuestro interior suele estar cargado de imágenes y sentimientos de obligación y culpabilidad, que, en vez de orientar la conciencia hacia la libertad responsable, la vuelven temerosa y centrada en sí misma. A partir de ahí, lo religioso se vuelve el campo del deber, no de la gratuidad del amor; de la ley y no del Espíritu que hace libres; de la culpa y no del encuentro personal con un Dios, cuyo único deseo es que seamos felices. 

Se podría decir que todo el progreso en la vida cristiana consiste en ir aprendiendo a creer (confiar) en el amor de Dios. Es cierto que podemos olvidarnos y abusar del amor, pues no hay nada más frágil y vulnerable, pero al mismo tiempo no hay cosa que transforme más a una persona que el saberse amada de verdad. 

Así, pues, queda en pie esta verdad que ilumina y alienta: si creyésemos en el amor que Dios nos tiene, nuestra vida cambiaría. Lo dijo Jesús a la Samaritana: ¡Si conocieras el don de Dios…! (4, 10). Es decir, si dejamos que el Espíritu del Señor guíe nuestras acciones, veremos que, en efecto, el amor es frágil y vulnerable, pero también que nada hay más fuerte y exigente que el amor. Sólo que se asume su exigencia no como algo que viene del exterior sino de dentro, no se vive como obligación impuesta, no genera resentimiento, tiene el sentido de la gratuidad, la alegría, la libertad. 

Si creemos que Dios nos ama con todo su ser, que no piensa sino en nuestro bien, que es incapaz de castigar y de vengarse, que lo único que quiere es ayudarnos a realizarnos como personas y ser felices, nuestra vida ciertamente resultará distinta.

miércoles, 1 de mayo de 2024

La vid y los sarmientos (Jn 15, 1-8)

 P. Carlos Cardó SJ 

Planta de vid con brotes, vitral de Jean-Pierre Bretégnier (1922), colección privada

Jesús dijo a sus discípulos: «Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. Él corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía. Ustedes ya están limpios por la palabra que yo les anuncié. Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer. Pero el que no permanece en mí, es como el sarmiento que se tira y se seca; después se recoge, se arroja al fuego y arde. Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán. La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos.» 

La alegoría de la vid aparece ya en Is 5,1-7 y en Ez 15,1-8, pero aludiendo al pueblo de Israel. Aquí, en cambio, Jesús emplea el símbolo de la vid para referirse al misterio de su persona y a la relación que ha de tener con Él quien lo sigue. 

Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. Una sola vida, una sola planta, una misma savia y unos mismos frutos. Así piensa Jesús la unión profunda que ha de haber entre Él y quienes lo aman y cumplen sus enseñanzas. 

Esta unión se refuerza con la palabra clave de todo este discurso que es “permanecer en” (siete veces aparece). Equivale a habitar y designa relaciones de afecto entre Cristo y nosotros. El verbo permanecer es muy sugerente: la persona permanece y habita allí donde está su corazón. Donde ama y es amado uno se siente en casa. 

En el discurso de Jesús, el amor que el Padre tiene a su Hijo y a cada uno de nosotros es nuestra casa, el espacio donde podemos vivir y encontrar nuestra auténtica identidad de hijos. Es lo que más desea Jesús: hacernos vivir una relación personal, firme, íntima y estable de Él con cada uno de nosotros y de nosotros con el Padre y con nuestros hermanos. 

Pero el permanecer es también mantenerse. El seguimiento de Jesús, no puede ser un deseo pasajero que brota en un momento de fervor y después, por las vicisitudes de la vida, se va dejando enfriar hasta que se pierde. Seguir a Jesús es una resolución de por vida, que se ha de vivir y hacer revivir día a día. El verdadero amor perdura. Así nos ama Dios, sin vuelta atrás. 

Otra idea reiterada en este pasaje es la de producir mucho fruto. La unión del sarmiento con la vid es la condición de la fecundidad. Nuestra unión con Cristo garantiza la fecundidad de nuestra vida. Lo que logramos en la vida brota de lo que somos: sarmientos unidos a la planta que es Cristo. Y la prueba de la calidad de la fe con que nos unimos a Él es el dar fruto. 

Por tanto, la vida entera del cristiano ha de demostrar que está identificado con el Señor, con sus valores, sus opciones, su comportamiento. La vida del discípulo ha de reflejar la de su maestro. Y esto supone un trabajo, una lucha constante por vivir conforme a sus enseñanzas. Contamos para ello con el apoyo decidido de Jesús y de nuestro Padre. Pero hay podas que deben hacerse. 

Es dolorosa la poda: cortar, enderezar, corregir... Pero es necesaria. ¿Quién puede decir que ya ha suprimido lo que debe suprimir y no tiene ya nada más que cortar? Y lo que se corta, ¿no vuelve a crecer? Hemos de reconocer que siempre podemos ser un poco más auténticos. Lo contrario es quedar condenados a la esterilidad del sarmiento que se echa a perder. 

No creamos, sin embargo, que esta labor ensombrece nuestra vida. Todo lo contrario, pero a condición de que se haga por motivaciones profundas y positivas. La parábola hace ver que el fruto de la vid es el vino que alegra el corazón y es símbolo de alegría y amistad, es decir, de aquello que es imprescindible para que la vida sea verdaderamente humana y feliz. 

Por eso, la alegría será siempre la motivación más certera, como aparece en aquella otra parábola de Jesús sobre el labrador que encontró un tesoro y, por la alegría que le dio, empeñó todo lo que tenía para adquirir ese campo. 

Quien vive de esta alegría, vive también la urgencia de compartir con otros sus convicciones y la satisfacción que le producen. El discípulo busca, pues, ganar otros discípulos para Cristo, y esa “ganancia”, que se obtiene sobre todo por medio del testimonio que da con la propia vida, constituye también el gran fruto, del que habla la parábola de la vid. 

“Por sus frutos los conoceréis”. Hay cristianos y comunidades que transmiten eficazmente fe y esperanza. Hay también quienes nada comunican o incluso contradicen con su mal ejemplo la fe que profesan. El riesgo de la fe será siempre el funcionar por inercia, sin frutos, sin resultados reales en la transformación de la propia persona y de la sociedad. Y no bastan los frutos privados que no van acompañados de los comunitarios y sociales. Se puede vivir la fe como algo íntimo y privado, con frutos piadosos, pero que no manifiestan fraternidad y justicia, piedra de toque del verdadero amor a Cristo. 

No cabe el desánimo. Contamos con la gracia del Señor que ayuda a nuestra debilidad. Se nos da como alimento que capacita y fortalece en la eucaristía. En ella se cumple la parábola de la vid, porque el mismo Señor nos une a Él y a los hermanos: quien come su carne y bebe su sangre tiene vida eterna, el Señor habita en él y él en el Señor.