martes, 4 de abril de 2023

Traición de Judas y anuncio de las negaciones de Pedro (Jn 13, 21-33.36-38)

P. Carlos Cardó SJ

La negación de San Pedro, óleo sobre lienzo de José de Ribera (1616), Galería Nacional de Arte Antiguo, Roma

Tras decir estas cosas, Jesús se conmovió en su espíritu y dijo con toda claridad: «En verdad les digo: uno de ustedes me va a entregar.
Los discípulos se miraron unos a otros, pues no sabían a quién se refería.
Uno de sus discípulos, el que Jesús amaba, estaba recostado junto a él en la mesa, y Simón Pedro le hizo señas para que le preguntara de quién hablaba.
Se volvió hacia Jesús y le preguntó: «Señor, ¿quién es?»
Jesús le contestó: «Voy a mojar un pedazo de pan en el plato. Aquél al cual se lo dé, ése es.» Jesús mojó un pedazo de pan y se lo dio a Judas Iscariote, hijo de Simón.
Apenas Judas tomó el pedazo de pan, Satanás entró en él.
Entonces Jesús le dijo: «Lo que vas a hacer, hazlo pronto.»
Ninguno de los que estaban a la mesa comprendió por qué Jesús se lo decía. Como Judas tenía la bolsa común, algunos creyeron que Jesús quería decirle: «Compra lo que nos hace falta para la fiesta.», o bien: «da algo a los pobres.»
Judas se comió el pedazo de pan y salió inmediatamente. Era de noche.
Cuando Judas salió, Jesús dijo: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre y Dios es glorificado en él. Por lo tanto, Dios lo va a a introducir en su propia Gloria, y lo glorificará muy pronto. Hijos míos, yo estaré con ustedes por muy poco tiempo. Me buscarán, y como ya dije a los judíos, ahora se lo digo a ustedes: donde yo voy, ustedes no pueden venir.
Simón Pedro le preguntó: «Señor, ¿adónde vas?»
Jesús le respondió: «Adonde yo voy no puedes seguirme ahora, pero me seguirás más tarde.»
Pedro le dijo: «Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Estoy dispuesto a dar mi vida por ti.»
Jesús le respondió: «¿Dar tú la vida por mí? En verdad te digo que antes de que cante el gallo me habrás negado tres veces.»

En medio de la comunidad de Jesús puede actuar la traición. Judas es uno de los Doce. La traición no viene de fuera, está dentro, entre los amigos: ¡uno de ustedes! Está el mundo de arriba, de Dios, de la verdad y de la luz, y está el mundo de abajo, del maligno, mundo de la mentira y de la oscuridad. Y el hecho es que este mundo que se opone a Cristo influye y actúa en la comunidad.

La traición de Judas suele suscitar muchos interrogantes. ¿Impotencia de Dios ante la libertad del hombre? ¿Es inevitable el mal? La respuesta es que Dios no puede dejar de respetar la libertad humana, por la cual su criatura es imagen y semejanza suya. Pero queda claro que sólo cuando se rechaza a la luz, viene la tiniebla. Sólo cuando Judas, con el mal uso de su libertad, decide abandonar al Señor, entra el diablo en él.

Jesús no se inmuta, sigue dueño de la situación, porque la luz vencerá a la tiniebla, aunque ésta tenga “su hora” y su poder. Dios se dejará vencer en la cruz de su Hijo para triunfar. Sólo así puede librarnos de la muerte, máximo poder y aparente triunfo del mal.

Otra pregunta que el texto puede plantear tiene que ver con la posibilidad de la perdición y la salvación. Parece no haber alternativa: o una cosa o la otra. Pero somos salvados precisamente porque estábamos perdidos. Y esa es nuestra fe: Estábamos incapacitados de salvarnos, pero Cristo murió por los culpables… Dios nos ha mostrado su amor ya que cuando aún éramos pecadores, Cristo murió por nosotros (Rom 5, 6.8). Judas encarna la posibilidad de la perdición, de la que Jesús salva. Judas es la realidad que nos cuesta admitir: el pecado del mundo del que somos partícipes y que puede echar a perder nuestra vida. Pero este mundo perdido es amado por Dios.

lunes, 3 de abril de 2023

La Unción en Betania (Jn 12, 1- 8)

 P. Carlos Cardó SJ

María Magdalena lava los pies de Jesús, fresco de autor anónimo, Basílica de la Anunciación, Nazareth

Seis días antes de la Pascua fue Jesús a Betania, donde estaba Lázaro, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos. Allí lo invitaron a una cena. Marta servía y Lázaro estaba entre los invitados.
María, pues, tomó una libra de un perfume muy caro, hecho de nardo puro, le ungió los pies a Jesús y luego se los secó con sus cabellos, mientras la casa se llenaba del olor del perfume
.Judas Iscariote, el discípulo que iba a entregar a Jesús, dijo: «Ese perfume se podría haber vendido en trescientas monedas de plata para ayudar a los pobres.».
En realidad no le importaban los pobres, sino que era un ladrón, y como estaba encargado de la bolsa común, se llevaba lo que echaban en ella.
Pero Jesús dijo: «Déjala, pues lo tenía reservado para el día de mi entierro. A los pobres los tienen siempre con ustedes, pero a mí no me tendrán siempre».

Jesús va a Betania, donde ha devuelto la vida a Lázaro. Le ofrecen allí una cena de acción de gracias. Por la forma como lo relata San Juan, es un anticipo de la última cena en la que Jesús instituirá el memorial de su muerte y resurrección.

Marta, María, Lázaro y los invitados, con Jesús como centro, simbolizan a la comunidad de los creyentes que celebra la Cena del Señor y lo hace presente por los siglos. Se destaca la figura de María y su ofrenda de un perfume finísimo, con el que rinde homenaje a Jesús y le demuestra toda su gratitud por lo que ha hecho en favor de su hermano. Las alusiones implícitas al Cantar de los Cantares (el perfume de nardo 1,12; los cabellos 7,6) permiten suponer que Juan ve en la mujer de Betania un símbolo de la Iglesia-esposa, que rinde homenaje a su Señor.

La acción que realiza María es propia de los sirvientes de casa: ungir o lavar los pies del invitado en señal de bienvenida; pero ella lo hace como muestra de un amor que da sin llevar cuentas. Así es el amor auténtico. Todas las riquezas de la casa no bastan para comprarlo (Cant 8,7). Por eso, María lo demuestra con su regalo de un perfume carísimo que resulta excesivo a quien no conoce ni siente tal amor.

Del mismo modo, el gesto de Jesús de lavar los pies de sus discípulos en la última cena, será para Juan la demostración de que Jesús, con la entrega de su vida, ha llevado su amor hasta el extremo. Este amor, expresión de la donación de uno mismo, será el distintivo de la comunidad. En esto conocerán que son ustedes mis discípulos…

El perfume adquiere importancia central en el relato. Toda la casa se llenó de la fragancia del perfume. Todos en la comunidad han sido alcanzados por el espíritu del Señor, espíritu del amor. San Pablo dirá que Dios, valiéndose de nosotros esparce en todo lugar la fragancia de su conocimiento. Porque nosotros somos para Dios el buen olor de Cristo…, olor de vida que lleva a la vida (2 Cor 2, 15-16). No se puede guardar la fe como algo puramente íntimo, privado. El perfume se expande.

Así como el pan es para ser partido y consumido, así también la esencia del perfume es expandirse y desaparecer. Un pan que se guarda no alimenta, no sirve para nada; un perfume que se guarda en sí mismo no es perfume. Por eso es símbolo de Dios cuya esencia, el amor, es expansivo, se da siempre. Es símbolo de Cristo que no se guarda para sí sino que sirve y se entrega totalmente. Y es símbolo del cristiano, hecho para la donación generosa en el servicio, a imitación del Señor. Se podría decir, también, que el frasco de perfume roto es otro símbolo, porque sugiere la idea de las opciones fundamentales y de los compromisos definitivos y para siempre, por medio de los cuales la persona lo da todo de una vez y para siempre, sin dejar abierta la posibilidad de echarse atrás.

Judas protesta. Encarna al mundo que rechaza el don del amor salvador que Dios ofrece y el camino hacia la plena realización humana por medio del amor de donación y servicio. Este mundo no aprecia el valor de la entrega sacrificada que da más de lo que es preciso; actitudes así le parecen despilfarro, derroche inexplicable. Pero además, Judas aparece designado específicamente como el que lo iba a traicionar, y su protesta, mentirosa, que no busca el bien de los pobres sino obtener provecho de la venta del perfume, deja ver la razón última de su traición: no ha aceptado al Señor, nunca lo ha comprendido, lo ha seguido pero por su propio interés y le molesta su mensaje del amor que salva.

María sí ha entendido al Señor. Por su parte, Jesús la defiende e interpreta su muestra de afecto como una acción profética. Prepara mi cuerpo para la sepultura. Anticipa la experiencia pascual de las mujeres que irán con perfumes de mirra y áloe a embalsamar el cuerpo de Jesús. Pero a diferencia de ellas que irán a honrar a un difunto, María honra al que está vivo y da la vida, al gran Viviente que vencerá a la muerte.

La frase de Jesús que viene a continuación puede resultar difícil de entender, pero se entiende si se la ve como una alusión al texto del Deuteronomio: No dejará de haber pobres en medio del país (Dt 15, 11), que remite al mandamiento de Dios de socorrer a los necesitados. Esta orden sagrada valdrá siempre, mientras la injusticia siga dominando en el mundo. El sentido de la frase de Jesús sería éste: «Hay que ocuparse siempre de los pobres, pero María ha hecho bien al ocuparse hoy de mí».

Ocasiones para demostrar amor a los pobres las habrá siempre, pero la oportunidad de tributar a Jesús tal demostración de amor no se da sino ahora y María lo ha entendido.

En resumen, el pasaje transmite la lección de la generosidad plena. No perdemos lo que entregamos. El amor generoso, que da sin llevar cuenta, será siempre el distintivo del verdadero discípulo.

domingo, 2 de abril de 2023

Homilía del Domingo de Ramos (Mt 26, 14 - 27. 66)

P. Carlos Cardó SJ

Entrada de Cristo en Jerusalén, témpera soblre lienzo de Pietro di Giovanni D’Ambrogio (1435), Pinacoteca Stuard, Parma, Italia

En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso: «¿Qué están dispuestos a darme si se lo entrego?».
Ellos se ajustaron con él en treinta monedas de plata. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.
El primer día de los Ácimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
- ¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?».
- Él contestó: «Vayan a la ciudad, a casa de quien ustedes saben, y d+iganle: “El Maestro dice: mi hora está cerca; voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos”».
Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.
Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo: «En verdad les digo que uno de ustedes me va a entregar».
Ellos muy entristecidos, se pusieron a preguntarle uno tras otro:
- «¿Soy yo acaso, Señor?».
Él respondió: «El que ha metido conmigo la mano en la fuente, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va como está escrito de él; pero, ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!, ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!».
Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: «¿Soy yo acaso, Maestro?».
Él respondió: «Tú lo has dicho».
Mientras comían, Jesús tomó pan y, después de pronunciar la bendición, lo partió, lo dio a los discípulos y les dijo:  «Tomen, comen: esto es mi cuerpo».
Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias y dijo: «Beban todos; porque esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados. Y les digo que desde ahora ya no beberé del fruto de la vid hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre».
Después de cantar el himno salieron para el monte de los Olivos.
Entonces Jesús les dijo: «Esta noche se van a escandalizar todos por mi causa, por- que está escrito: “Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño”. Pero cuando resucite, iré delante de vosotros a Galilea».
Pedro replicó: «Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré».
Jesús le dijo: «En verdad te digo que esta noche, antes de que el gallo cante, me negarás tres veces».
Pedro le replicó: «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré».
Y lo mismo decían los demás discípulos.
Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y dijo a los discípulos: «Siéntense aquí, mientras voy allá a orar».
Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a sentir tristeza y angustia. Entonces les dijo: «Mi alma está triste hasta la muerte; quédense aquí y velen conmigo». Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba diciendo: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú».
Y volvió a los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro: «¿No han podido velar una hora conmigo? Velen y oren para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil».
De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo: «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad».
Y viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque sus ojos se cerraban de sueño. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba repitiendo las mismas palabras. Volvió a los discípulos, los encontró dormidos y les dijo: «Ya pueden dormir y descansar. Miren, está cerca la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levántense, vamos! Ya está cerca el que me entrega».
Todavía estaba hablando, cuando apareció Judas, uno de los Doce, acompañado de un tropel de gente, con espadas y palos, enviado por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta contraseña: «Al que yo bese, ese es: préndanlo».
Después se acercó a Jesús y le dijo: «¡Salve, Maestro!». Y lo besó. Pero Jesús le contestó: «Amigo, ¿a qué vienes?».
Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano y lo prendieron. Uno de los que estaban con él agarró la espada, la desenvainó y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote.
Jesús le dijo: «Envaina la espada; que todos los que empuñan espada, a espada morirán. ¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría enseguida más de doce legiones de ángeles. ¿Cómo se cumplirían entonces las Escrituras que dicen que esto tiene que pasar?».
Entonces dijo Jesús a la gente: «¿Han salido a prenderme con espadas y palos como si fuera un bandido? A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me capturaron. Pero todo esto ha sucedido para que se cumplieran las Escrituras de los profetas».
En aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.
Los que prendieron a Jesús lo condujeron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del sumo sacerdote y, entrando dentro, se sentó con los criados para ver cómo terminaba aquello.
Los sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban, a pesar de los muchos falsos testigos que comparecían. Finalmente, comparecieron dos que declararon:
«Este ha dicho: “Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días”».
El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo: ¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que presentan contra ti?».
Pero Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo: «Te conjuro por el Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios».
Jesús le respondió: «Tú lo has dicho. Más aún, yo les digo: desde ahora verán al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y que viene sobre las nubes del cielo».
Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras diciendo: «Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acaban de oír la blasfemia. ¿Qué deciden?».
Y ellos contestaron: «Es reo de muerte».
Entonces le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros lo golpearon diciendo: «Haz de profeta, Mesías; dinos quién te ha pegado».
Pedro estaba sentado fuera en el patio y se le acercó una criada y le dijo: «También tú estabas con Jesús el Galileo».
Él lo negó delante de todos diciendo: «No sé qué quieres decir».
Y al salir al portal lo vio otra y dijo a los que estaban allí: «Este estaba con Jesús el Nazareno».
Otra vez negó él con juramento: «No conozco a ese hombre».
C. Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro: «Seguro; tú también eres de ellos, tu acento te delata».
Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar diciendo: «No conozco a ese hombre».
Y enseguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: «Antes de que cante el gallo me negarás tres veces». Y saliendo afuera, lloró amargamente.
Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús. Y, atándolo, lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gobernador.
Entonces Judas, el traidor, viendo que lo habían condenado, se arrepintió y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y ancianos diciendo: «He pecado entregando sangre inocente».
Pero ellos dijeron: «¿A nosotros qué? ¡Allá tú!».
Él, arrojando las monedas de plata en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó. Los sacerdotes, recogiendo las monedas de plata, dijeron: «No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas, porque son precio de sangre».
Y, después de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para cementerio de forasteros. Por eso aquel campo se llama todavía «Campo de Sangre». Así se cumplió lo dicho por medio del profeta Jeremías: «Y tomaron las treinta monedas de plata, el precio de uno que fue tasado, según la tasa de los hijos de Israel, y pagaron con ellas el Campo del Alfarero, como me lo había ordenado el Señor».
Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó: «¿Eres tú el rey de los judíos?».
Jesús respondió: «Tú lo dices».
Y, mientras lo acusaban los sumos sacerdotes y los ancianos, no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó: «¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?».
Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. Por la fiesta, el gobernador solía liberar un preso, el que la gente quisiera. Tenía entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, dijo Pilato: «¿A quién quieren que suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?». Pues sabía que se lo habían entregado por envidia, Y, mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir: «No te metas con ese justo porque esta noche he sufrido mucho soñando con él».
Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús.
El gobernador preguntó: «¿A cuál de los dos quieren que suelte?».
Ellos dijeron: «A Barrabás».
Pilato les preguntó: ¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?».
Contestaron todos: «Sea crucificado».
Pilato insistió: «Pues, ¿qué mal ha hecho?».
Pero ellos gritaban más fuerte: «¡Crucifícalo!».
Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos ante la gente, diciendo: «¡Soy inocente de esta sangre. Allá ustedes!».
Todo el pueblo contestó: «¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!».
Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.
Entonces los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la cohorte: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo: «¡Salve, rey de los judíos!».
Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y, terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.
Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a llevar su cruz.
Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo.
Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a suertes y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Este es Jesús, el rey de los judíos».
Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda.
Los que pasaban, lo injuriaban, y, meneando la cabeza, decían: «Tú que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz».
Igualmente los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también diciendo: «A otros ha salvado y él no se puede salvar. ¡Es el Rey de Israel!, que baje ahora de la cruz y le creeremos. Confió en Dios, que lo libre si es que lo ama, pues dijo: «Soy Hijo de Dios”».
De la misma manera los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban.
Desde la hora sexta hasta la hora nona vinieron tinieblas sobre toda la tierra. A la hora nona, Jesús gritó con voz potente: «Elí, Elí, lemá sabaqtaní?». (Es decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»).
Al oírlo algunos de los que estaban allí dijeron: «Está llamando a Elías».
Enseguida uno de ellos fue corriendo, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de beber.
Los demás decían: «Déjenlo, a ver si viene Elías a salvarlo».
Jesús, gritando de nuevo con voz potente, exhaló el espíritu.

[PAUSA]

Entonces el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se resquebrajaron, las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron y, saliendo de las tumbas después que él resucitó, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a muchos.
El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados: «Verdaderamente este era Hijo de Dios».
Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo; entre ellas, María la Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los hijos de Zebedeo.
Al anochecer llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Este acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en su sepulcro nuevo que se había excavado en la roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó. María la Magdalena y la otra María se quedaron allí sentadas enfrente del sepulcro.
A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron: «Señor, nos hemos acordado de que aquel impostor estando en vida anunció: “A los tres días resucitaré”. Por eso ordena que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, se lleven el cuerpo y digan al pueblo: “Ha resucitado de entre los muertos”. La última impostura sería peor que la primera».
Pilato contestó: «Ahí tienen la guardia: vayan ustedes y aseguren la vigilancia como ustedes saebn».
Ellos aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y colocando la guardia.

En la entrada de Jesús en Jerusalén aparecen juntos su triunfo y su pasión. Con los niños judíos que salieron a su encuentro portando ramos de olivo, lo aclamamos como nuestro rey: “Hosanna al Hijo de David. Bendito el que viene en nombre del Señor”. Impacta la humildad y mansedumbre con que vive su condición de rey: entra en la ciudad montado sobre un pollino. Su reino no es de este mundo. Su grandeza no se manifiesta en el dominio y el poder, sino en el servir y dar su vida.

A continuación, el relato de la Pasión según San Mateo hace ver cómo el largo camino recorrido por Dios en su búsqueda del ser humano alcanza su fin. En la cruz, Jesús nos da alcance, situándose para ello en el espacio que nos aleja de Dios: el espacio de nuestro pecado, nuestro dolor y nuestra muerte. Dios es misericordia, amor apasionado que se identifica con los que ama. La pasión hace ver lo que Dios se hizo para salvarnos: el juez es juzgado, el inocente condenado, el rey entronizado en un patíbulo de esclavos, el autor de la vida asesinado. Los brazos del Crucificado alcanzan el universo y anulan toda distancia y oposición entre el cielo y la tierra.

La Pasión según San Mateo muestra la forma como la Iglesia primitiva contempló los sufrimientos y la muerte de Jesús y descubrió su sentido con la ayuda de la Escritura. Cayó en la cuenta de la correspondencia exacta que hay entre el plan de Dios, profetizado en el Antiguo Testamento, y los desconcertantes acontecimientos de la “semana santa”.

Se subraya la contraposición entre el viejo Israel y la Iglesia de Cristo. A eso responde el interés del evangelista Mateo de señalar y denunciar a los responsables de la muerte de Jesús: Judas, los sacerdotes, los ancianos del pueblo. El proceso ha sido inicuo. Judas confiesa: Pequé entregando sangre inocente (27, 4) y arroja las monedas de plata. Los sacerdotes reconocen que son precio de sangre. El plan de Dios predicho por los profetas se ha cumplido (Zac 11, 12-13; Mt 27, 9).

En el juicio ante Pilato se ve también la intención eclesial de Mateo de mostrar las relaciones entre Cristo y el antiguo Israel. Cuando la mujer del pagano Pilato intercede por “el justo”, la muchedumbre exige a gritos la muerte del Mesías. En adelante, la condición para entrar en el Reino será aceptar el ofrecimiento de salvación que Dios hace y agregarse a la Nueva Alianza, que sellará con la sangre de su Hijo. Ante el Crucificado, que entrega su espíritu (27,50), el cristiano se siente movido a confesar lo mismo que el centurión romano: Realmente éste era el Hijo de Dios (27,54).

Hacia el Hijo de Dios, muerto por nuestros pecados y resucitado por nuestra salvación (Rom 4,25), se orienta toda la vida y actuación de la Iglesia, nuevo pueblo de Dios, que testimonia su fe a quienes quieran escuchar. La cruz de Jesús pone fin a la era antigua y hace nacer la era de la Iglesia.

El relato de Mateo acaba describiendo las repercusiones cósmicas de la muerte de Jesús: el velo del templo se rasga en dos, señal del final de los tiempos antiguos; la tierra se estremece y resucitan muertos, señales de que la muerte de Cristo transforma el mundo y lo abre a la irrupción del Reino y de la gloria de Dios.

La Pasión de San Mateo es apta para ser cantada, como hace J. S. Bach, y representada en teatro, como muestran las famosas “Pasiones” de la Semana Santa, pero sobre todo está escrita para ser rezada, meditada, agradecida y alabada, porque en la Pascua de Jesús, que con acentos tan sinceros se nos narra en ella, se funda nuestra salvación. 

sábado, 1 de abril de 2023

Conviene que un hombre muera (Jn 11, 45-57)

 P. Carlos Cardó SJ

Jesús ante Caifás, pintura al temple y oro sobre madera de Duccio di Buoninsegna (1308 – 1311), Museo dell’Opera del Duomo, Florencia, Italia

Muchos judíos que habían ido a casa de María creyeron en Jesús al ver lo que había hecho. Pero otros fueron donde los fariseos y les contaron lo que Jesús había hecho.
Entonces los jefes de los sacerdotes y los fariseos convocaron el Consejo y preguntaban: «¿Qué hacemos? Este hombre hace muchos milagros
. Si lo dejamos que siga así, todos van a creer en él, y luego intervendrán los romanos que destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación.»
Entonces habló uno de ellos, Caifás, que era el sumo sacerdote aquel año, y dijo: «Ustedes no entienden nada. No se dan cuenta de que es mejor que muera un solo hombre por el pueblo y no que perezca toda la nación».
Estas palabras de Caifás no venían de sí mismo, sino que, como era sumo sacerdote aquel año, profetizó en aquel momento; Jesús iba a morir por la nación; y no sólo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios que estaban dispersos.
Y desde ese día estuvieron decididos a matarlo.
Jesús ya no podía moverse libremente como quería entre los judíos. Se retiró, pues, a la región cercana al desierto y se quedó con sus discípulos en una ciudad llamada Efraín.
Se acercaba la Pascua de los judíos, y de todo el país subían a Jerusalén para purificarse antes de la Pascua. Buscaban a Jesús y se decían unos a otros en el Templo: «¿Qué les parece? ¿Vendrá a la fiesta?» Pues los jefes de los sacerdotes y los fariseos habían dado órdenes, y si alguien sabía dónde se encontraba Jesús, debía notificarlo para que fuera arrestado.

¿No se dan cuenta de que es preferible que muera un solo hombre por el pueblo, a que toda la nación sea destruida?, dijo Caifás. Y el evangelista San Juan añade una frase misteriosa: no hizo esta propuesta por su cuenta, sino que, como desempeñaba el oficio de sumo sacerdote aquel año, anunció bajo la inspiración de Dios que Jesús iba a morir por toda la nación. Y no sólo por la nación judía, sino para conseguir la unión de todos los hijos de Dios que estaban dispersos (Jn 11, 50-52). Es decir, que Caifás, sin saberlo ni pretenderlo, señaló el significado redentor de la muerte de Jesús. Tendrá que morir para que la nación y toda la humanidad se salven. Pero ¿qué sentido tiene que un hombre muera por toda la nación?

Tradicionalmente se ha interpretado en el sentido de un rescate: uno paga para redimir a todos, Jesucristo cancela la deuda contraída por la humanidad pecadora, su sangre es el precio valioso que ha merecido para nosotros la vida. Esta idea está muy presente en el Antiguo Testamento. Se visibilizaba en el día de la purificación con el rito del macho cabrío sobre el que, simbólicamente, los hebreos cargaban los pecados del pueblo y lo abandonaban en el desierto (cf. Lev 16,20-22).

La sangre, además, tenía poder de borrar los pecados. El Sumo Sacerdote con la sangre de las víctimas inmoladas asperjaba el propiciatorio –que era una plancha de oro sobre el Arca de la Alianza–, expresando la voluntad de unirse a Dios, eliminando la separación y distancia provocadas por el pecado. San Pablo aplica esta imagen a Jesucristo y lo presenta como el nuevo propiciatorio de nuestros pecados (Rom 5).

La idea de la redención como rescate se une así a la de la muerte sustitutiva (vicaria) y a la del sacrificio expiatorio. La muerte vicaria aparece en varios pasajes de las cartas de Pablo (1Tes 5, Gal 2, 1Cor 1 y 15, 2Cor 5, Rom 5,14, también en 1Pe 2).

Los Santos Padres de la primitiva Iglesia dirán que Cristo establece el intercambio entre Dios y los hombres, con el que se da la victoria sobre la muerte y el diablo, que Cristo con su sangre da a Dios la debida satisfacción (San Anselmo), y que su sangre es el instrumento del amor que reconcilia (Santo Tomás de Aquino). En el himno eucarístico Adoro Te devote, Santo Tomas de Aquino dice que una sola gota de la sangre de Cristo puede liberar al mundo entero de todos los crímenes.

Pero no se puede negar que esta idea de que el inocente pague por todos, resulta difícil de comprender. Dios no quiso la muerte de su Hijo; no lo envió al mundo para que lo mataran. No se puede pensar así, se haría de Dios un padre despiadado.

Lo que hizo Dios fue enviar a su Hijo para que se identificara con sus hermanos mediante un amor que lo llevaría hasta asumir solidariamente el sufrimiento y la muerte. Dios miraba sólo a que su Hijo, enviado y entregado al mundo, mantuviera su solidaridad salvífica con los hombres, acercándose incluso –con su amor llevado hasta el extremo– hasta abrazar a sus enemigos para sacarlos de su cerrazón y alejamiento.

Y eso es lo que hizo Jesús: no dudó en hacer suya la voluntad amorosa de su Padre de dar su vida para que nadie se pierda, llenando de este amor los padecimientos y muerte que sus enemigos –representantes del pecado del mundo– le infligieron. Cristo Jesús nos ama y, porque nos ama, da su vida por amor. El Padre, por su parte, se complace y acepta el amor más grande que su Hijo demuestra dando la vida por sus amigos, confiriéndole todo su valor de eternidad y su eficacia salvadora.

Además, Jesús ha de asumir toda la realidad humana, incluido el pecado, el sufrimiento y la muerte. Por eso acepta el dolor de la cruz, para iluminar y llenar con su amor el sufrimiento humano, la culpa humana y la muerte, y vencerlos. El amor es lo que redime y salva.

Otra interpretación hace ver que el pecado y la muerte eran fruto de la humanidad vieja, constituida por el mundo sin Dios y sin esperanza (Cf. Ef 2, 12), y por el pueblo de Israel, que había quedado atrapado en el cumplimiento puramente exterior de la ley, sin la libertad de los hijos de Dios. Adán, inicio de la humanidad, representa el mundo viejo que ha de morir para que pueda nacer una nueva vida. Eso es lo que ocurrirá en la cruz del Señor.

Para San Pablo Jesucristo es el nuevo Adán, que con su muerte da comienzo a la humanidad nueva cuyo destino es el cielo. En su cuerpo entregado y resucitado cabemos todos. Su cuerpo es «espiritual», y lo formamos todos: la comunidad de fe, esperanza y amor, que Cristo resucitado colma del Espíritu para renovarlo todo. Esta idea sintetiza lo que es la pascua: Lo viejo ha pasado y ha aparecido algo nuevo. Todo viene de Dios, que nos ha reconciliado consigo mismo por medio de Cristo (2 Cor 5 17-18). Por esto los que viven en Cristo son una nueva criatura.

En la cruz, Cristo, el hombre nuevo, comparte la vida nueva del Espíritu con todo su cuerpo, que es la comunidad de sus hermanos y hermanas, y hace de ellos la humanidad nueva. Para eso muere Jesús.