sábado, 25 de marzo de 2023

Anuncio del nacimiento de Jesús (Lc 1, 26-38)

 P. Carlos Cardó SJ

Anunciación, óleo sobre lienzo de Michiel Cocxie (1580), Museo del Hermitage, San Petersburgo, Rusia
En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de la estirpe de David, llamado José. La virgen se llamaba María.
Entró el ángel a donde ella estaba y le dijo: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo".
Al oír estas palabras, ella se preocupó mucho y se preguntaba qué querría decir semejante saludo.

El ángel le dijo: "No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios. Vas a concebir ya dar a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y él reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reinado no tendrá fin".
María le dijo entonces al ángel: "¿Cómo podrá ser esto, puesto que yo permanezco virgen?".
El ángel le contestó: "El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso, el Santo, que va a nacer de ti, será llamado Hijo de Dios. Ahí tienes a tu parienta Isabel, que a pesar de su vejez, ha concebido un hijo y ya va en el sexto mes la que llamaban estéril, porque no hay nada imposible para Dios".
María contestó: "Yo soy la esclava del Señor; cúmplase en mí lo que me has dicho". Y el ángel se retiró de su presencia.

Contemplar a María de Nazaret es contemplar la imagen de una persona humana plenamente realizada en Dios. Ella nos muestra aquello que podemos llegar a ser si acogemos la palabra de Dios en nuestra vida. Porque la grandeza de María consiste en haber obedecido la palabra del Padre, hasta engendrar en su carne al Hijo de Dios.

Dice San Lucas, que fue enviado el ángel Gabriel a una joven prometida como esposa a un hombre descendiente de David, llamado José; la joven se llamaba María. Dios se ha determinado a entrar en la historia humana para dársenos a conocer y realizar nuestra redención. Para ello se ha fijado en María, una muchacha judía que se preparaba para celebrar su boda con José, el carpintero del pueblo. La encarnación de Dios no va a ser un acontecimiento espectacular, se hará en el silencio y la pobreza, en lo oculto y lo sencillo. Así actúa Dios, así se nos manifiesta.

Todo en María ha sido predestinado por Dios con vistas al cumplimiento de su voluntad de salvar a la humanidad enviando a su Hijo al mundo. Dios ha buscado a María, ha querido encontrarse con ella desde su eternidad. El sueño de Dios en favor de sus hijos puede al fin realizarse. Y Dios viene, se une a nosotros, se incorpora en nuestra historia, sella su alianza con nosotros para siempre.

...darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús... será llamado Hijo del Altísimo, Dios le dará el trono de David... Todos los títulos mesiánicos que se le van a atribuir al Hijo de María se resumen en lo que proclama el ángel. El Hijo de María es el Hijo de Dios Altísimo. Sin embargo, pasará treinta años en una aldea, y luego como predicador itinerante en un país pobre, rodeado siempre de gente sencilla, realizará su obra  lejos de las esferas de la riqueza y del poder de este mundo. El Reino de Dios es diferente. Al lado de María aprendemos los valores del Reino. Ella nos acoge en la escuela de Nazaret, para que Jesús nos enseñe los caminos del Reino y podamos tener los mismos criterios que Jesús enseñó y vivió.

¿Cómo será esto...?, preguntó María. María no se intimida ante el Altísimo, se atreve a dirigirle esta pregunta espontánea y natural. El Dios de María no infunde temor, sino confianza; se puede ser uno mismo ante Él. Por eso, como todos aquellos que se han sentido llamados a una gran misión, ella expresa sus dudas, su turbación, su sentimiento de incapacidad.

La obediencia de la fe lleva primero a remontar las dificultades del creer. María no teme, pues, reconocer ante su Dios su propia incapacidad frente al designio divino que trasciende toda humana razón: ¿cómo podrá ser esto si no tengo relación con ningún varón?

Muchas Marías se han sucedido desde entonces, muchas hermanas y hermanos nuestros a lo largo de la historia han experimentado, a diferentes niveles, la emoción de ser enviados a realizar algo grande, superior a los que creían posible. Lo hicieron porque confiaron en Dios como si todo dependiera de Él y no de ellos y, al mismo tiempo, pusieron todo de su parte como si todo dependiese de ellos.

Hágase en mí según tu palabra, es la respuesta de María al ángel. Acoge el plan de Dios en total obediencia. Dios ha encontrado una madre que le haga nacer entre nosotros. Con su fe, que le hace referir toda su existencia al Dios que todo lo puede, María no duda en responder: Hágase. En su palabra halla eco el Hágase divino, por el que fueron creadas todas las cosas. Su Hágase anuncia la nueva creación. María pone a disposición del Padre su cuerpo virginal, para que su Hijo pueda tener un cuerpo humano por obra del Espíritu Santo. Lo imposible se hace posible. “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”. 

viernes, 24 de marzo de 2023

Origen e identidad de Jesús (Jn 7, 1-2.10.25-30)

 P. Carlos Cardó SJ

Celebración del Sucot en la sinagoga, óleo sobre lienzo de Leopold Pilichowski (1894 – 1895), Museo Judío de Nueva York, Estados Unidos

En aquel tiempo, Jesús recorría Galilea, pues no quería andar por Judea, porque los judíos trataban de matarlo.
Se acercaba ya la fiesta de los judíos, llamada de los Campamentos.

Cuando los parientes de Jesús habían llegado ya a Jerusalén para la fiesta, llegó también él, pero sin que la gente se diera cuenta, como de incógnito. Algunos, que eran de Jerusalén, se decían: "¿No es éste al que quieren matar? Miren cómo habla libremente y no le dicen nada. ¿Será que los jefes se han convencido de que es el Mesías? Pero nosotros sabemos de dónde viene éste; en cambio, cuando llegue el Mesías, nadie sabrá de dónde viene".
Jesús, por su parte, mientras enseñaba en el templo, exclamó: "Conque me conocen a mí y saben de dónde vengo... Pues bien, yo no vengo por mi cuenta, sino enviado por el que es veraz; y a él ustedes no lo conocen. Pero yo sí lo conozco, porque procedo de él y él me ha enviado".
Trataron entonces de capturarlo, pero nadie le pudo echar mano, porque todavía no había llegado su hora.

Jesús evita el conflicto. La hora de enfrentar a la maldad del mundo y vencerla en la cruz aún no ha llegado. Por eso no va todavía a Jerusalén y se queda predicando en Galilea. Se acercaba la fiesta de las tiendas de campaña (fiesta de sucot o sukkot) en la que, hasta hoy, los judíos recuerdan las vicisitudes que pasaron en el éxodo, teniendo que vivir en chozas en el desierto.  Sus hermanos le sugieren que vaya para que puedan ver allí las obras que haces, pero Jesús decide ir después de ellos y en privado.

Llegado a Jerusalén, no duda en ponerse a predicar en el templo a la vista de todos. Los allí presentes, que saben que los dirigentes lo quieren matar, se sorprenden y se preguntan cómo le dejan hablar en público. Llegan a pensar que los fariseos y las autoridades del templo ya se convencieron de que Jesús es el Mesías, pero esto no resulta claro porque los orígenes del Mesías debían ser ocultos.

Según la concepción de la época, el Cristo tenía que permanecer escondido y desconocido antes de aparecer gloriosamente en público. Su llegada estaría precedida por la venida de Elías (el mayor de los profeta) que lo daría a conocer. Esta manera de pensar lleva a muchos judíos a rechazar a Jesús como Mesías porque saben que viene del pueblo de Nazaret, en Galilea, y que es un simple carpintero convertido en un rabí itinerante. Pero se equivocan, en realidad no saben de dónde viene ni quién es. No saben que viene de Dios, que tiene en Dios su verdadero origen.

Jesús oye estos comentarios y aborda el tema de su origen e identidad. Lo hace enérgicamente, levantando la voz. Su grito resuena hasta hoy. Su palabra, sus obras y su persona interpelan, suscitan hoy, como entonces, las mismas reacciones a favor o en contra de Él, de acogida o rechazo, de aceptación o de hostilidad. Por un lado, la gente se admira de su autoridad y sabiduría; pero por otro, les decepciona su realidad tan humana y humilde, que no corresponde a la idea que tienen del Mesías. Por un lado están los que dictan la manera como Dios debe actuar y pretenden hacerle decir lo que les conviene; por otro están los sencillos de corazón que confían en Dios, acogen su palabra y hacen su voluntad. Los primeros no están dispuestos a renunciar a sus convicciones, no permiten que Dios les cambie sus intereses egoístas; los segundos llegan a ver en el ejemplo de Jesús el camino que los conduce a la vida verdadera.

Jesús habla de su origen. Él no ha venido por su propia cuenta, sino que ha sido enviado por aquel que dice la verdad. Es el Hijo, que está desde el principio con el Padre. La razón de no reconocerlo como el Enviado es que no conocen a Dios. Pero esta pretensión de provenir de Dios y de ser igual a Él, les resulta insoportable.

No advierten que desde el origen de la humanidad, los hombres han pretendido ser iguales a Dios (la tentación de Adán) por presunción orgullosa, mientras que Jesús llama Padre mío a Dios, porque vive un experiencia absolutamente peculiar de ser el Hijo, que todo lo recibe del Padre para darlo a los hermanos, realizando así la obra de Dios, que es ofrecer a todos el don de su amor salvador.

Esta experiencia que tiene Jesús de su cercanía e intimidad con Dios, le hace no poder entenderse a sí mismo sino como el Hijo; no poder hablar sino con la convicción de que Dios se comunica en sus palabras; no poder actuar sino realizando obras en las que es Dios mismo quien sana y perdona. En la persona de Jesús, Dios se da a conocer de un modo humano. Ningún fundador de religión se ha atrevido a considerarse así; de haberlo hecho, habría sido considerado un loco, un blasfemo o un embustero. Y esto fue lo que pensaron de Jesús sus contemporáneos. Entonces los jefes de los sacerdotes, de acuerdo con los fariseos, enviaron guardias para que lo detuvieran.

Tocamos aquí la tesis central del evangelio de San Juan, expresada ya en su prólogo: Jesús es la Palabra, la comunicación plena de Dios a la humanidad, que estaba desde el principio en Dios y era Dios. Estaba en el mundo, pero el mundo no la reconoció. Vino a los suyos, pero los suyos no la recibieron. A cuantos la recibieron, a todos los que creen en su nombre, les dio la capacidad de ser hijos e hijas de Dios. Nosotros lo hemos conocido y creemos en Él. Nos toca demostrar nuestra capacidad de comportarnos como hijos e hijas de Dios.

jueves, 23 de marzo de 2023

El testimonio válido sobre Jesús (Jn 5, 31-47)

 P. Carlos Cardó SJ

Cristo debatiendo con los fariseos sobre el impuesto al emperador, grabado de Hans Collaert (siglo XVII), publicado en la serie Parábolas del Nuevo Testamento. Rijks Museum, Ámsterdan, Países Bajos

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: "Si yo diera testimonio de mí, mi testimonio no tendría valor; otro es el que da testimonio de mí y yo bien sé que ese testimonio que da de mí es válido.
Ustedes enviaron mensajeros a Juan el Bautista y él dio testimonio de la verdad. No es que yo quiera apoyarme en el testimonio de un hombre. Si digo esto, es para que ustedes se salven. Juan era la lámpara que ardía y brillaba, y ustedes quisieron alegrarse un instante con su luz. Pero yo tengo un testimonio mejor que el de Juan: las obras que el Padre me ha concedido realizar y que son las que yo hago, dan testimonio de mí y me acreditan como enviado del Padre.
El Padre, que me envió, ha dado testimonio de mí. Ustedes nunca han escuchado su voz ni han visto su rostro, y su palabra no habita en ustedes, porque no le creen al que él ha enviado.
Ustedes estudian las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna; pues bien, ellas son las que dan testimonio de mí. ¡Y ustedes no quieren venir a mí para tener vida! Yo no busco la gloria que viene de los hombres; es que los conozco y sé que el amor de Dios no está en ellos. Yo he venido en nombre de mi Padre y ustedes no me han recibido. Si otro viniera en nombre propio, a ése sí lo recibirían.
¿Cómo va a ser posible que crean ustedes, que aspiran a recibir gloria los unos de los otros y no buscan la gloria que sólo viene de Dios?
No piensen que yo los voy a acusar ante el Padre; ya hay alguien que los acusa: Moisés, en quien ustedes tienen su esperanza. Si creyeran en Moisés, me creerían a mí, porque él escribió acerca de mí. Pero, si no dan fe a sus escritos, ¿cómo darán fe a mis palabras?".

La controversia de Jesús con los fariseos y escribas acerca de la autoridad con que enseña y con que realiza signos milagrosos está presentada por el evangelista Juan como un juicio ante un tribunal. Por una parte está Jesús el acusado y por otra los judíos, por un lado la fe y por otra la incredulidad. Jesús es acusado y se defiende aportando testimonios válidos a su favor, el de Juan Bautista, su precursor, y, en definitiva el del mismo Dios, su Padre, que habla a través de las Escrituras santas y actúa por medio de las obras que Jesús realiza. Argumentando así, Jesús pasa de acusado a acusador. Y consigue algo más: que la confrontación trascienda el espacio y el tiempo y llegue hasta nosotros hoy y nos concierna. 

Jesús pone de testigo en favor suyo a Juan Bautista, su autoridad y prestigio entre los judíos era innegable. Pero su testimonio no puede ser el definitivo pues, a fin de cuentas, era un hombre con una autoridad que le había sido dada de lo alto. Se le reconoce como una lámpara luminosa, pero no era la luz, sino el portador de la luz que le venía de Dios. Además, Juan Bautista correspondía al pasado. De modo que el único y auténtico testigo y garante de Jesús, antes y en el presente, sólo podía ser Dios, su Padre.

En efecto, Dios había hablado por medio de las Escrituras y se podía ver que actuaba por medio de las obras que Jesús realizaba, pero no basta conocer las Escrituras y ver las obras, es preciso previamente amar incondicionalmente a Dios, respetar su libre actuar y aceptar su voluntad aunque contradiga el propio sentir o parecer. Cuando esto no ocurre, no se comprende al Hijo, no se le sigue y se le rechaza.

De esto acusa Jesús a sus contemporáneos y al mundo. No aman a Dios, no comprenden ni acogen a su Hijo. Estudian las Escrituras, pero no para conocer a Dios ni oír su palabra, sino para justificarse a sí mismos y procurarse gloria unos a otros. En ningún momento se han mostrado dispuestos a cambiar para poder conocer la voluntad de Dios y llevarla a la práctica.

Los adversarios de Jesús, en el fondo, no tienen fe en Él porque no han escuchado lo que dicen las Escrituras que muestran cómo el amor del Padre al Hijo es dado también a los hombres. Han preferido creer en sus tradiciones y costumbres religiosas, basadas en falsas interpretaciones de la ley, y para aparecer como fieles cumplidores de ella y de las tradiciones, se oponen a Jesús. Se hacen así los garantes del cumplimiento de la ley y obtienen fama de justos. No han sido capaces de reconocer que la ley encuentra su pleno cumplimiento en las enseñanzas de Jesús y que de Él hablaron los profetas.

Son muchas las resistencias que oponemos a la Palabra. No nos creemos el amor de Dios y nos cuesta reconocer que los caminos del Señor pueden ser distintos a nuestros caminos. En la raíz de todo está la falta de confianza en Dios, que lleva a poner la seguridad en sí mismo y en la gloria, fama o poder que se conquista.

No amar y confiar en Dios es quedar esclavo del egoísmo. Eso conduce a desconocer la propia identidad de hijos o hijas, que lleva a su vez a desinteresarse del hermano y a querer usurpar el lugar de Dios. Sólo quien vive como hijo o hija reconoce que la vida es un don, y se realiza en la entrega a los demás y en la comunión con el prójimo. Toda la Escritura habla de esto: somos creados, criaturas, don del amor de Dios. Pero nos hacemos sordos a su palabra y dejamos que otras palabras entren en nosotros y nos convenzan.

miércoles, 22 de marzo de 2023

Jesús hace las obras del Padre (Jn 5, 17-30)

P. Carlos Cardó SJ

Jesús y Dios Padre, mural anónimo del siglo XV. Capilla del Castillo del Avogadro, Lombardía, Italia

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos (que lo perseguían por hacer curaciones en sábado): "Mi Padre trabaja siempre y yo también trabajo".
Por eso los judíos buscaban con mayor empeño darle muerte, ya que no sólo violaba el sábado, sino que llamaba Padre suyo a Dios, igualándose así con Dios.

Entonces Jesús les habló en estos términos: "Yo les aseguro: El Hijo no puede hacer nada por su cuenta y sólo hace lo que le ve hacer al Padre; lo que hace el Padre también lo hace el Hijo. El Padre ama al Hijo y le manifiesta todo lo que hace; le manifestará obras todavía mayores que éstas, para asombro de ustedes. Así como el Padre resucita a los muertos y les da la vida, así también el Hijo da la vida a quien él quiere dársela. El Padre no juzga a nadie, porque todo juicio se lo ha dado al Hijo, para que todos honren al Hijo, como honran al Padre. El que no honra al Hijo tampoco honra al Padre.
Yo les aseguro que, quien escucha mi palabra y cree en el que me envió, tiene vida eterna y no será condenado en el juicio, porque ya pasó de la muerte a la vida. Les aseguro que viene la hora, y ya está aquí, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la hayan oído vivirán. Pues así como el Padre tiene la vida en sí mismo, también le ha dado al Hijo tener la vida en sí mismo; y le ha dado el poder de juzgar, porque es el Hijo del hombre.
No se asombren de esto, porque viene la hora en que todos los que yacen en la tumba oirán mi voz y resucitarán: los que hicieron el bien para la vida; los que hicieron el mal, para la condenación. Yo nada puedo hacer por mí mismo. Según lo que oigo, juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió".

Los judíos han decidido matar a Jesús por no respetar el sábado y hacerse igual a Dios. Pero Él sigue hablando públicamente de su misión y afirma que hace lo que hace Dios, su Padre. Pues el Padre ama al Hijo y le manifiesta todas sus obras. Con estas palabras, reivindica para sí una peculiarísima relación recíproca con Dios, que le hace situarse ante Él y percibirse a sí mismo como su Hijo único, que se hizo hombre por obra del Espíritu divino.

Por ese mismo Espíritu se nos comunica el amor-vida de Dios y la Trinidad santa permanece en nosotros. Los tres, Padre, Hijo, Espíritu son idénticos en el ser, entender, juzgar y obrar. Los tres realizan la misma acción: aman, se manifiestan, dan vida, envían, oyen, elevan y resucitan. Y son esas las acciones divinas que Jesús realiza para darnos su vida.

Al mismo tiempo, que Jesús desvela la identidad de Dios, revela también la identidad del ser humano, por haber sido creado a imagen y semejanza de su Creador. De modo que de la idea que se tiene de Dios sale la idea que se tiene de la persona humana. De la identidad de Dios como Padre, que Jesús nos transmite, sale nuestra identidad de hijos e hijas, y por tanto de hermanos y hermanas entre nosotros. Jesús nos revela un Dios que no es un ser solitario, sino una comunidad de personas; correlativamente nos revela que el ser humano, imagen de Dios, no realiza su vida en solitario sino en amor, fraternidad, solidaridad.

La obra que el Padre realiza por medio de su Hijo Jesucristo consiste en crear fraternidad entre sus hijos. Esa obra se convierte en la norma del que sigue a Jesús y supera el ordenamiento moral establecido en la Ley dada a Moisés. Quien cree en Él, adhiriéndose en la práctica a su modo de ser y de obrar, tiene vida eterna.

La fe en Jesús y la aceptación vital de su mensaje se convierte para el creyente en una forma de vida que tiene una calidad, un valor de eternidad más allá de la muerte. Quien la asume ha pasado ya de muerte a vida. La muerte para él será el paso al nivel de vida plena, salvada, resucitada, que sólo puede darse en Dios. El texto resalta dos prerrogativas exclusivas de Dios: resucitar/dar vida y juzgar. Esas prerrogativas el Padre se las da al Hijo y éste las realiza en quien cree en Él. Por eso dice: Yo les aseguro que quien acepta lo que yo digo y cree en el que me envió, tiene la vida eterna; no sufrirá un juicio de condenación, sino que ha pasado de la muerte a la vida.

Finalmente, el texto de Juan habla del juicio o del dictar sentencia. Jesús tiene el poder de regenerar como hijos de Dios a los que lo acogen y creen en Él. Asimismo, ha recibido de su Padre el poder de dar vida y resucitar. Por eso, quien rechaza a Jesús y su palabra, rechaza el don de salvación que Dios ofrece por medio de su Hijo, se impide ser beneficiario de su voluntad y de su poder de darle vida eterna.

Se puede decir, entonces, que el juicio, el dar sentencia, no es un acto judicial como el que los hombres realizamos en nuestros tribunales, sino la manifestación del amor, cercanía y unión a Dios que hay en los que están a favor de Jesús o, al contrario, la manifestación del rechazo, distancia y separación de quienes han obrado en contra de Jesús y de su enseñanza y, por tanto, en contra de los hermanos. El juicio se realiza ahora, en la toma de posición y confrontación de cada uno con la Palabra de Jesús. Honrar y escuchar al Hijo es salvarse, pasar de la muerte a la vida plena. A la hora de la muerte caerá el velo y se hará patente la verdad de cada uno.