lunes, 4 de julio de 2022

La hija de un funcionario y la mujer con hemorragia (Mt 9, 18-26)

 P. Carlos Cardó SJ

Resurrección de la hija de Jairo, óleo sobre lienzo de Vasilij Dimitrievich Polenov (1871), Museo de la Academia Rusa de Bellas Artes, San Petersurgo, Rusia

En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba, se le acercó un jefe de la sinagoga, se postró ante él y le dijo: "Señor, mi hija acaba de morir; pero ven tú a imponerle las manos y volverá a vivir".
Jesús se levantó y lo siguió, acompañado de sus discípulos. Entonces, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y le tocó la orilla del manto, pues pensaba: "Con sólo tocar su manto, me curaré".
Jesús, volviéndose, la miró y le dijo: "Hija, ten confianza; tu fe te ha curado". Y en aquel mismo instante quedó curada la mujer.
Cuando llegó a la casa del jefe de la sinagoga, vio Jesús a los flautistas, y el tumulto de la gente y les dijo: "Retírense de aquí. La niña no está muerta; está dormida". Y todos se burlaron de él. En cuanto hicieron salir a la gente, entró Jesús, tomó a la niña de la mano y ésta se levantó. La noticia se difundió por toda aquella región.

A diferencia de Marcos y Lucas (Mc 5, 21-43; Lc 8, 40-56), Mateo reduce la parte narrativa de estos milagros, no pone detalles descriptivos ni se fija en los personajes secundarios, para centrar toda su atención en el diálogo. Quiere resaltar que el milagro se produce en un contexto de relaciones interpersonales. No es un hecho mecánico ni una ostentación de poderes sobrehumanos. Es la respuesta a una invocación cargada de confianza. La fe es eso, efectivamente, confiar en Cristo, adherirse a su persona, entregarle la vida con todo lo que ella tiene de gozos y tristezas, y acoger la gracia salvadora que Él nos da. No es la confianza en un poder mágico lo que salva, sino el encuentro personal con Jesús. Los dos protagonistas de la historia, el personaje importante y la mujer enferma de hemorragias, tienen ese encuentro con Él, cada uno a su modo, pero ambos con la misma fe confiada en Jesús. Por eso, el hilo conductor del relato es su frase: Tu fe te ha salvado.

El primer protagonista es un hombre importante, probablemente el jefe de la sinagoga de Cafarnaúm, llamado Jairo según Lucas. Su condición social hace más significativo su gesto de caer de rodillas ante Jesús, adorarlo e invocarlo: Mi hija acaba de morir, pero ven, aplícale tu mano y vivirá. La situación en que está no puede ser más desesperada. ¿Qué puede hacerse ante la muerte?

Pero, por imposible o irracional que parezca la invocación de este hombre, con ella proclama que la muerte no puede tener la última palabra sobre la vida de su hijita. Y la intención del evangelista es esa precisamente: sugerir que la fe del personaje, superando todo escepticismo, es un anticipo de la fe pascual en el triunfo de la vida sobre la muerte. La fe lo ha llevado a intuir la presencia de Dios en la situación fatal en que se encuentra, ha avivado en él la certeza de que para Dios nada es imposible y que su poder salvador obra en la persona de Jesús; por eso cae de rodillas ante Él y le confía todo su pesar.

El otro personaje es una pobre mujer que sufre de hemorragias, pierde sangre, es decir, pierde vida. Además, su enfermedad la hace sentirse humillada hasta el punto de no atreverse a aparecer en público. Y, lo que es peor, según las ideas religiosas de su tiempo el derramamiento de sangre hace a la mujer “impura”. Su contacto contagia. Durante doce años arrastra una existencia de intocable, al margen de todo. Piensa, pues, que ni Jesús puede tocarla. Sólo le queda acercársele sigilosamente por detrás y ver si puede tocarle el borde de su manto, nada más, pero con esta certeza: Si llego tan sólo a tocar su manto, me salvo. Es significativo que diga me salvo y no simplemente me curo.

Jesús se vuelve. El gesto de la mujer no ha podido pasarle desapercibido; ha motivado en Él una iniciativa inmediata de misericordia. Ella le ha tocado apenas, furtivamente, el borde de su manto: Él toma contacto con ella atentamente, le hace ver que la tiene en cuenta aunque sea una mujer impura, aunque los demás la desprecien y se alejen de ella. Le infunde ánimo, le devuelve su dignidad, es hija. ¡Ánimo, hija! Y de inmediato le muestra el resultado de su fe: la vida recobrada, la dignidad rehecha, la integración social restablecida, la alegría… Ya nada de enfermedad, nada de discriminación injusta. Tu fe te ha curado. Primero ha sido el encuentro, después la revelación y actuación del poder de la fe. Quien cree tiene vida, pasa de muerte a vida, afirmará Jesús en el evangelio de Juan (Jn 5,24).

En la casa del notable ya se celebra el duelo por la niña según las costumbres judías de entonces. Mateo, sobrio en todo su relato, se fija en la presencia de los flautistas y el alboroto de la gente, para señalar quizá el contraste entre la fe cristiana pascual y la conciencia fatalista frente a la muerte. Fuera, la muchacha no está muerta, está dormida, dice Jesús, quitándole tragedia al misterio de la muerte, reduciéndola a un sueño, redimensionándola. Pero se reían de Él. La resurrección es locura para judíos y necedad para griegos. (1 Cor 1, 23)

Y así, sin nada espectacular, una vez echados fuera todos los asistentes al duelo, se realiza el milagro en lo secreto: Tomó a la muchacha de la mano y ésta se despertó.

Queda así el hecho como un signo anticipatorio de la victoria plena sobre la muerte.

Después de la experiencia pascual, los discípulos llevarán a todo el mundo la proclamación de esta verdad: La muerte ha sido vencida. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón? (1 Cor 15, 55).

domingo, 3 de julio de 2022

Homilía del Domingo XIV del Tiempo Ordinario – El envío de los 72 discípulos (Lc 10, 1-12)

P. Carlos Cardó SJ

Jesús instruye a sus discípulos, acuarela opaca sobre grafito en papel tejido gris de James Tissot (entre 1886 y 1894), Museo de Brooklyn, Nueva York

En aquel tiempo, Jesús designó a otros setenta y dos discípulos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares a donde pensaba ir, y les dijo: "La cosecha es mucha y los trabajadores pocos. Rueguen, por lo tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos. Pónganse en camino; yo los envío como corderos en medio de lobos. No lleven ni dinero, ni morral, ni sandalias y no se detengan a saludar a nadie por el camino. Cuando entren en una casa digan: 'Que la paz reine en esta casa'. Y si allí hay gente amante de la paz, el deseo de paz de ustedes se cumplirá; si no, no se cumplirá. Quédense en esa casa. Coman y beban de lo que tengan, porque el trabajador tiene derecho a su salario. No anden de casa en casa. En cualquier ciudad donde entren y los reciban, coman lo que les den. Curen a los enfermos que haya y díganles: 'Ya se acerca a ustedes el Reino de Dios'. Pero si entran en una ciudad y no los reciben, salgan por las calles y digan: 'Hasta el polvo de esta ciudad que se nos ha pegado a los pies nos lo sacudimos, en señal de protesta contra ustedes. De todos modos, sepan que el Reino de Dios está cerca'. Yo les digo que en el día del juicio, Sodoma será tratada con menos rigor que esa ciudad".

Jesús envía a un grupo de discípulos a predicar y curar. Ya antes había enviado a los apóstoles; ahora el grupo es más numeroso: porque la misión no puede quedar restringida a los Doce sino que ha de ser de todos. Es lo que sugiere el número setenta (y dos), que simboliza una totalidad. Todos los que creemos en Cristo somos apóstoles, misioneros. La misión es de todos y para todos.

Las instrucciones de Jesús no contienen únicamente requisitos para cumplir bien la misión, sino que incluyen también una insistencia en la oración. La misión comprende no sólo el trabajo del discípulo, sino también su oración perseverante. Y lo primero de todo es pedir a Dios que envíe operarios, porque la cosecha es abundante. La frase de Jesús: La mies es mucha y los obreros pocos, nos hace tomar conciencia de la necesidad urgente de vocaciones para que la tarea evangelizadora pueda sostenerse.

Las instrucciones que da Jesús a los discípulos se abren con una sentencia que da sentido a todo el conjunto: miren que yo los envío como corderos en medio de lobos. Las perspectivas no son halagüeñas, las circunstancias son adversas, pocos obreros, riesgos y peligros, tiempo breve. El mundo al que Jesús envía es complejo y en él siempre habrá obstáculos. Una experiencia común a muchos cristianos que se han decidido a encarnar los valores evangélicos en sus vidas, y a transmitirlos, es ver que pronto o tarde se hacen objeto de críticas e incomprensiones. Cuando esto ocurre, el cristiano se acuerda de las palabras del Señor: En el mundo tendrán tribulaciones; pero tengan ánimo, yo he vencido al mundo (Jn 16,33).

Las instrucciones a los setenta y dos discípulos se pueden sintetizar en dos actitudes fundamentales: vivir con sencillez y llevar la paz. A ejemplo del Señor y en solidaridad con los pobres, el cristiano asume un estilo de vida sobrio y sencillo, porque tiene puesta su confianza no en el dinero sino en Jesucristo. Sólo así la evangelización dará fruto. Porque si nuestra oración, nuestras celebraciones litúrgicas y nuestro hablar de Dios expresan nuestra fe, el estilo de vida que llevamos la hace creíble.

No llevar bolsa ni morral ni sandalias significa no poner estorbos de ninguna clase a la tarea evangelizadora, que exige prontitud y libertad de movimientos, como corresponde a los obreros en tiempo de cosecha. Los discípulos deben aceptar que su misión no admite convencionalismos sociales ni busca la comodidad; no habrá tiempo para saludos, ni para exquisiteces en la comida, ni para alojamientos confortables. Tendrán, pues, que desterrar la ambición y poner toda su confianza en Dios y en la promesa de su reino. Así serán capaces de servir libre y desinteresadamente: libres de todo interés temporal para no entrar en componendas ni negociaciones que contradigan los valores que predican; libres para dirigirse a su meta sin siquiera detenerse a saludar a nadie por el camino; libres para no buscarse a sí mismos sino a Jesucristo y el bien de los demás.

La segunda actitud que han de tener es la paz. El discípulo de Jesús no desea para la gente únicamente aquello que se expresa en los saludos convencionales; Él proclama la paz salvífica, el Shalom, con todo el contenido que tiene en el Antiguo Testamento y con toda la gracia y salvación que Jesús –nuestra paz verdadera– trae para nosotros en el tiempo de la salvación. Los discípulos, identificados con el Señor, reciben dentro de sí esta paz y saben comunicarla de manera eficaz. El cristiano es pacífico y pacificador, siempre en misión de construir paz. Pero no una paz ingenua y barata, sino la que brota de la justicia y asume de manera práctica el nombre de solidaridad, desarrollo equitativo para todos, nuevo orden social…

Las instrucciones de Jesús se cierran con una advertencia severa. Toda ciudad que no se abra a una sincera aceptación del mensaje evangélico y no se prepare para la cercana venida del Reino de Dios correrá peor suerte que la tristemente célebre Sodoma (cf. Gn 19,24).

En síntesis, la misión a la que Jesús envía es consecuencia del bautismo y exige una identificación personal con su estilo de vida. Sin la puesta en práctica de sus enseñanzas no se puede ser seguidor suyo y colaborador de su misión. 

sábado, 2 de julio de 2022

Los amigos del esposo y el vino nuevo (Mt 9, 14-17)

P. Carlos Cardó SJ

Las bodas de Caná, ilustración de Carl Bloch (1870), Museo de Historia Natural, Copenhague, Dinamarca

En aquel tiempo, los discípulos de Juan fueron a ver a Jesús y le preguntaron: "¿Por qué tus discípulos no ayunan, mientras nosotros y los fariseos sí ayunamos?".
Jesús le respondió: "¿Cómo pueden llevar luto los amigos del esposo, mientras él está con ellos? Pero ya vendrán días en que les quitarán al esposo, y entonces sí ayunarán. Nadie remienda un vestido viejo con un parche de tela nueva, porque el remiendo nuevo encoge, rompe la tela vieja y así se hace luego más grande la rotura. Nadie echa el vino nuevo en odres viejos, porque los odres se rasgan, se tira el vino y se echan a perder los odres. El vino nuevo se echa en odres nuevos y así las dos cosas se conservan".

El mismo clima de controversia del pasaje anterior (Mt 9, 9-13), en el que Jesús no tuvo reparos en llamar a su grupo a un publicano y ponerse a la mesa en compañía de gente de mal vivir. Probablemente lo vieron también comer con sus discípulos en un día de ayuno obligatorio. Por eso la pregunta de los discípulos de Juan: ¿Por qué razón nosotros y los fariseos ayunamos y tus discípulos no?

A simple vista puede parecernos un tema extraño, pero puede aplicarse a la conducta que, consciente o inconscientemente, demostramos. De muchas maneras nos lanzamos unos a otros preguntas como las que los discípulos de Juan plantearon a Jesús: ¿por qué no actúan ustedes como nosotros?, ¿por qué piensan así?, ¿por qué esas costumbres, esos métodos...? Detrás puede estar el miedo a lo diferente o la necesidad de asegurar la propia postura imponiéndola a los otros. Ahí no hay diálogo porque no hay intención de comprender, ni de integrar y complementar sino de defenderse, descalificando al que es diferente. Bien decía Antonio Machado: “Busca tu complementario que marcha siempre contigo y suele ser tu contrario”. Fácilmente se olvida el principio de dejar al otro ser y obrar como le parezca mientras no se demuestre que es una forma de proceder errada, injusta o perjudicial.

Jesús zanja la cuestión que le plantean acerca del ayuno, llevando a sus oyentes a otra esfera de pensamiento, a la esfera de la salvación, que ya está abierta para todos y cuyo anuncio (buena noticia) inaugura el tiempo nuevo de la fiesta para la nueva humanidad reconciliada. Lo hace con un proverbio: ¿Pueden acaso llevar luto los amigos del novio mientras el novio está con ellos? La situación de una fiesta nupcial excluye naturalmente toda forma penitencial.

El tiempo nuevo es tiempo de alegría. La presencia de Jesús señala el cumplimiento del tiempo mesiánico, la venida del reino de Dios y del triunfo de su amor salvador. Los profetas lo vieron venir y su corazón se llenó de gozo. Recordemos, por ejemplo, cómo intuye Isaías la venida del Salvador: El espíritu de Yahvé sobre mí porque me ha ungido; me ha enviado... para alegrar a todos los afligidos de Sión y ponerles una corona en vez de cenizas, perfume de fiesta en vez de trajes de luto, cantos de alabanza en vez de un corazón abatido (Is 61, 1-3)

Llegará un día en que les quitarán al novio, entonces ayunarán, añade Jesús. Con estas palabras anuncia su final: se les quitará su presencia, la presencia del novio, cuando sea levantado en la cruz y elevado al cielo. Las nupcias han comenzado pero han de llegar a su consumación. Mientras tanto vivimos el tiempo de la ausencia que espera una presencia, del viernes santo que lleva a la pascua. De momento queda el símbolo de su cruz: en el dolor y sufrimiento de los crucificados.

Encontrarnos con ellos, ayudarlos, luchar para que nadie pase hambre ni sufra marginación, es cumplir el ayuno que Dios espera: partir el pan con el hambriento, dar casa al sin techo, vestir al desnudo, romper las cadenas, quebrar todo yugo (Is 58, 6s.). Haciendo eso nos encontramos con el novio, porque se ha hecho el último de todos y está en los últimos.

Las pequeñas parábolas acerca de lo viejo y lo nuevo –no se puede coser un pedazo de paño nuevo en un vestido viejo ni guardar vino nuevo en odres viejos– lo que hacen es subrayar la incompatibilidad del nuevo modo religioso de proceder (la nueva santidad y justicia) que Jesús practica y enseña, frente a las viejas prácticas y legalismos morales del judaísmo farisaico. El reino viene, es una nueva forma de relacionarse Dios con nosotros y nosotros con Él. Es gracia, amor, justicia y paz para los individuos y para la sociedad. A la novedad de este anuncio debe responder una nueva forma de ser. Ésta no puede consistir en un cambio superficial sino en una renovación radical. Conviértanse, cambien de vida, porque el reino de los cielos ya está cerca (4,17). Este cambio implica despojarse de las propias seguridades del pasado y abrirse a la perspectiva de una fe que se demuestra en el amor y el servicio.

viernes, 1 de julio de 2022

Vocación de Mateo y comida con pecadores (Mt 9, 9-13)

 P. Carlos Cardó SJ

Vocación de San Mateo, témpera sobre lienzo de Vittore Carpaccio (1502), Escuela de Estudiantes de San Jorge, Venecia, Italia

En aquel tiempo, Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado a su mesa de recaudador de impuestos, y le dijo: "Sígueme". Él se levantó y lo siguió.
Después, cuando estaba a la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores se sentaron también a comer con Jesús y sus discípulos.
Viendo esto, los fariseos preguntaron a los discípulos: "¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?".
Jesús los oyó y les dijo: "No son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos. Vayan, pues, y aprendan lo que significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores".

Tres temas importantes de la tradición cristiana aparecen unidos en un solo relato: el llamamiento de Mateo publicano (llamado Leví en Mc 9,14 y en Lc 5,27), la comida de Jesús con gente de mal vivir, y la frase que sintetiza la misión para la que ha sido enviado: No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores.

Mateo (o Leví) ejercía un oficio despreciable: era cobrador de los impuestos (sobre el suelo y per capita) que los romanos obligaban a pagar a los pueblos dominados. Los funcionarios del Estado encargados de ello solían arrendar sus mesas al mejor postor y, generalmente eran los publicanos los que las obtenían por las ganancias que les reportaban. Se valían de artimañas para explotar al público, alteraban las tarifas oficiales, adelantaban el dinero a quienes no podían pagar, para después cobrárselo con usura. Por eso, pero sobre todo porque colaboraban con los romanos, eran tenidos por traidores y ladrones, no poseían derechos civiles entre los judíos y la gente los evitaba.

Jesús ve las cosas de otra manera, Él trae consigo la misericordia que extrae el bien de todas las formas de mal y regenera al que no tiene quien le ayude a cambiar. Pasa delante de Mateo, lo ve y le dice: Sígueme, sin más, sin siquiera esperar su cambio de profesión y, sobre todo, la reparación que debía hacer y consistía en restituir la cantidad defraudada, aumentada en una quinta parte. Pero ¿cómo puede saber Mateo a quién ha robado todo? Ciertamente ni él ni los allí presentes se lo esperaban. Y por eso, sin más trámite, se levantó y lo siguió; es decir, inició un camino de transformación que hará de él una persona nueva.

A continuación Jesús realizó un gesto público que debió resultar tanto o más chocante porque al no dudar en irse a comer con Mateo y permitir que tomaran parte también en la mesa muchos recaudadores de impuestos y pecadores públicos, estaba realizando una acción atrevida, provocadora desde el punto de vista religioso. Era un signo profético, con el que Jesús venía a declarar que la comunión de mesa del banquete del reino de los cielos no estaba reservada únicamente a los justos cumplidores de la ley y miembros de la raza escogida, sino que está abierta también a los excluidos, a los despreciados, a los no practicantes, incluso a los traidores porque el Dios que obra en Jesús a nadie excluye, y está dispuesto a perdonar a quienes más necesitan de su misericordia. Ellos son los primeros receptores de su amor, que transforma sus vidas y los hace personas nuevas.

En consecuencia, en la comunidad cristiana no puede haber discriminaciones ni exclusiones. La frase de Jesus condensa la manera como Él ve su misión recibida del Padre y hace tomar conciencia a los cristianos de que ellos, los primeros, son los pecadores que han sido tocados por la misericordia de Dios y han sido llamados a su servicio. No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores. Es un tema central en la predicación de Jesús y se puede ver en sus parábolas del hijo pródigo, de los viñadores homicidas, de los invitados a las bodas...

Cada miembro de la comunidad cristiana puede verse en Mateo, o entre los pecadores invitados a la mesa de Jesús. Cada uno puede sentirse objeto de misericordia, acogido a la mesa. También puede sentirse llamado a aprender qué quiere decir: misericordia quiero y no sacrificios. Lo que espera Dios de nosotros son gestos solidaridad y misericordia, más que actos religiosos externos. Jesús da ejemplo, poniéndose a la mesa con pecadores, cumple la voluntad divina de buscar a esa gente y ofrecer a todos la posibilidad de rehabilitarse.

Y esto es lo más importante del pasaje evangélico: la nueva imagen y experiencia de Dios que Jesús revela y transmite en contraposición con la idea de Dios discriminador que transmitían los rabinos fariseos. Jesús revela a un Dios que muestra su grandeza y su amor salvador como misericordia, no quiere que nadie se pierda y a todos acoge porque es padre. Jesús aparece no sólo como maestro de misericordia sino como encarnación misma del amor misericordioso que es la esencia de Dios. Su comunidad, por tanto, no puede ser otra cosa que un espacio acogedor y fraterno en el que se refleje el rostro del Dios de Jesús.