miércoles, 4 de septiembre de 2019

Curación de la suegra de Pedro (Lc 4, 38-44)

P. Carlos Cardó SJ
Curación de la suegra de Pedro, acuarela opaca sobre grafito en papel tejido gris de James Tissot (entre 1886 y 1894), Museo de Brooklyn, Nueva York
Jesús salió de la sinagoga y entró en casa de Simón. La suegra de Pedro estaba con fiebre muy alta y le suplicaban que hiciera algo por ella.Él se inclinó sobre ella, increpó a la fiebre y se le fue. Inmediatamente la mujer se levantó y se puso a servirles. Al ponerse el sol, todos los que tenían enfermos con diversas dolencias se los llevaban.Él ponía las manos sobre cada uno y los sanaba. De muchos salían demonios gritando: ¡Tú eres el Hijo de Dios! Él los increpaba y no los dejaba hablar, pues sabían que era el Mesías.Por la mañana salió y se dirigió a un lugar despoblado.La multitud lo anduvo buscando, y cuando lo alcanzaron, lo retenían para que no se fuese. Pero él les dijo: "También a las demás ciudades tengo que llevarles la Buena Noticia del reinado de Dios, porque para eso he sido enviado".Y predicaba en las sinagogas de Judea.
Es un milagro pequeñito, quizá el más insignificante, y puede pasar inadvertido. Pero en su sencillez tiene gran riqueza y los Sinópticos lo ponen al comienzo porque sirve de guía para interpretar los que siguen.
Es otra prueba de la victoria de Jesús sobre el espíritu del mal; por eso  Lucas lo presenta como un exorcismo: Jesús conmina a la fiebre. La suegra de Pedro tenía mucha fiebre. Jesús inclinándose sobre ella ordenó a la fiebre que saliera y se le quitó. La mujer se levantó de inmediato y se puso a servirlos. La liberación es total: cuerpo y alma. Jesús libera a la persona para que pueda actuar con el mismo espíritu que le hace decir a Él: Yo no he venido para ser servido, sino para servir (Mc 10,45).
Por eso el signo de la curación es el ponerse a servir. Es la reacción inmediata de la mujer, que se levanta y se pone a servirles, demostrando con su gesto que la curación ha sido completa e instantánea y que la mueve un profundo y sincero agradecimiento.
De esta forma, la suegra de Pedro se convierte en un modelo anticipado de los auténticos discípulos y discípulas de Jesús y de la actitud característica de la comunidad cristiana, tal como Jesús lo estableció: Ya saben que los que son tenidos por jefes de las naciones las dominan y que sus dirigentes las oprimen. No debe ser así entre ustedes. El que quiera ser importante sea su servidor; y el que quiera ser primero sea el siervo de todos (Mc 10,45; Mt 20, 18).
Como la suegra de Pedro, otras mujeres de Galilea se dedicaron a seguir y a servir generosamente a Jesús durante todo el tiempo que duró su actividad pública (cf. Lc 8,1-3; 23,49.55), y fueron las que estuvieron con Él junto a la cruz (Lc 23, 27s.49.55-56), mientras los demás discípulos huyeron. Ellas serán por eso las primeras testigos de su resurrección y aunque en la cultura hebrea contaban poco, en ellas se encarna y testimonia el espíritu del Señor, tal como Pablo lo ve: Dios ha elegido lo que el mundo considera débil para confundir a los fuertes (1Cor 1,27).
La segunda parte del texto de hoy es un sumario de la actividad de Jesús: curaciones, exorcismos, anuncio de la buena noticia. Lucas lo hace como una descripción de una típica jornada de Jesús: Al atardecer le llevaron enfermos de todo tipo; y él imponiendo las manos sobre a uno, los curaba. De muchos salían demonios que gritaban: Tú eres el Hijo de Dios. Pero el los reprendía.
Sea cual sea la interpretación que se haga de las curaciones de enfermos y de las expulsiones de demonios, lo decisivo en estas narraciones es la certeza de fe que tenían las comunidades cristianas que escribieron los evangelios de que con Jesús se hizo realidad la promesa anunciada por los profetas, que colma el anhelo de la humanidad de todos los tiempos: la victoria sobre el mal en todas sus formas, hasta en sus raíces más misteriosas.
La gente lo intuyó y por eso lo buscaba con impaciencia para traerle a sus parientes enfermos o aquejados de toda dolencia, aunque incurrieron en la tentación de no verlo más que como un taumaturgo o un curandero extraordinario. Por eso Jesús se negó a representar este papel en Cafarnaúm, así como no pudo hacer ningún milagro en Nazaret porque no encontró fe (Mc 6, 5; Mt 13, 58).
Lo que quiere es cumplir la voluntad de su Padre y realizar la misión para la que ha sido ungido por el Espíritu de anunciar la buena noticia del reino de Dios (Lc 4,18.42; Is 61,1; 52,7). Esa misión se muestra en las curaciones de enfermos y en la liberación de toda opresión material y espiritual, pero sólo como anticipo de la salvación plena, que arrancará definitivamente a la humanidad del poder de la muerte. Esta buena noticia no puede detenerse, sino que debe llegar al mundo entero. También a las demás ciudades debo anunciar la buena noticia de Dios porque para eso me ha enviado.  E iba predicando por las sinagogas de Judea.

martes, 3 de septiembre de 2019

El endemoniado de la sinagoga (Lc 4, 31-37)

P. Carlos Cardó SJ
Curación de un endemoniado en la sinagoga, acuarela opaca sobre grafito en papel tejido gris de James Tissot (entre 1886 y 1894), Museo de Brooklyn, Nueva York
En aquel tiempo, Jesús fue a Cafarnaúm, ciudad de Galilea, y los sábados enseñaba a la gente. Todos estaban asombrados de sus enseñanzas, porque hablaba con autoridad.Había en la sinagoga un hombre que tenía un demonio inmundo y se puso a gritar muy fuerte: “¡Déjanos! ¿Por qué te metes con nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido a destruirnos? Sé que tú eres el Santo de Dios”.Pero Jesús le ordenó: “Cállate y sal de ese hombre”.Entonces el demonio tiró al hombre por tierra, en medio de la gente, y salió de él sin hacerle daño. Todos se espantaron y se decían unos a otros: “¿Qué tendrá su palabra? Porque da órdenes con autoridad y fuerza a los espíritus inmundos y éstos se salen”.Y su fama se extendió por todos los lugares de la región.
El combate iniciado en las tentaciones en el desierto se prolonga en la vida de Jesús. Investido del poder de Dios, enfrenta y vence al mal en todas sus formas. Para eso ha sido enviado y para eso ha recibido la unción del Espíritu (Lc 4, 18; Is 61, 1).
La creación rota, la humanidad dividida, el ser humano oprimido o esclavizado, representan en la Biblia el dominio de Satanás, cuyo nombre significa en hebreo “adversario, enemigo, acusador” y en el evangelio de Juan aparece como el “mentiroso”. Derrocado Satán, queda establecido definitivamente el dominio y reinado de Dios. Una nueva era de paz y libertad para todos se abre con Jesús. Éste es el sentido del episodio de la liberación del endemoniado de la sinagoga de Cafarnaúm, cuadro vivo del poder de la palabra de Jesús sobre las fuerzas del mal que perjudican la vida humana.
Jesús acudía a la sinagoga los sábados para orar con el pueblo y enseñar. La sinagoga tenía una importancia capital en la vida de los judíos. Desde la destrucción del templo por los babilonios durante el segundo asedio de Nabucodonosor a Jerusalén en 587 a.C., la sinagoga se convirtió en el lugar de la asamblea de oración; en ella los rabinos leían y comentaban la biblia y el pueblo afirmaba su unidad.
Esa tradición se ha mantenido a lo largo de los siglos. La presencia habitual de Jesús en la sinagoga demuestra que vivió intensamente la vida de su pueblo. Se mantuvo alejado de los ambientes que frecuentaban los dirigentes políticos y religiosos: la corte de Herodes, el templo de Jerusalén, el Consejo de los ancianos (Sanedrín) y, obviamente, el entorno del procurador romano. No era escriba ni rabino. Se le vio como profeta, cuando ya no había profetas, pero Él se decía superior a un profeta (Mt 12,41).
Sin embargo, en la sinagoga solía leer y explicar la Escritura y lo hacía de una manera muy particular: hablaba en primera persona (“En verdad, en verdad, yo les digo…”) y acompañaba sus discursos con acciones carismáticas (exorcismos, curaciones, perdón de los pecados). Estaban asombrados de su enseñanza (v. 32), de la autoridad de su palabra, de su gran fuerza de persuasión y prestigio, que provenían de “la fuerza del Espíritu” (cf. Lc 4,14), con el que ha sido “ungido” (Lc 4,18).
En ese contexto Marcos y Lucas sitúan el encuentro que tuvo Jesús con un hombre que tenía el espíritu de un demonio inmundo (es la traducción literal del v. 33). El pasaje, además, es una continuación del anterior, del discurso programático de Jesús en la sinagoga de Nazaret, en el que describió la obra que el Espíritu le enviaba a realizar.
Aquí se describe vívidamente el enfrentamiento entre el Espíritu de Dios, que hace de Jesús el liberador y defensor de la vida humana, y el espíritu del mal que produce el envilecimiento moral de sus víctimas y generalmente se manifiesta como una enfermedad física o psíquica con síntomas violentos como, por ejemplo, mudez (Lc 11,14), escoliosis (Lc 13,11), epilepsia (Lc 9,39), delirio patológico (Lc 8,29).
Este último síntoma es el que parece manifestar el endemoniado de la sinagoga, que se puso a gritar a grandes voces como un energúmeno o un fanático alterado. Se siente amenazado ante la presencia de alguien superior contra el que no va a poder y le grita con evidente hostilidad: ¿Qué tienes que ver con nosotros? Reconoce, pues, que no hay ni puede haber ningún interés común con Jesús, ni el más mínimo punto de contacto con su autoridad y con su poder, y por eso su desesperación: ¿Has venido a destruirnos?
La liberación de espíritus inmundos (cf. Lc 10,19), era una de las grandes expectativas del pueblo judío para el tiempo de la llegada del Mesías. Y eso es lo que se realiza con la llegada de Jesús. El pobre hombre del relato sabe que el espíritu que lo agita no tiene ya nada que hacer frente al Espíritu del que Jesús es portador, que sana los corazones y libera a los oprimidos (Lc 4,18), ni frente a su santidad, que revela su íntima vinculación con Dios, el Santo (Lc 3,22).
Jesús lo intimó: ¡Cállate! ¡Sal de ese hombre! Su mandato conminatorio manifiesta su autoridad y el poder de su palabra. El pobre desventurado quedó libre de su mal y los testigos del acontecimiento se preguntaban: ¿Qué tendrán las palabras de este hombre? No se asombran del hecho de la curación en sí, aunque es asombroso, sino de su causa, la palabra de Jesús, en la que intuyen el poder de Aquel que es el único capaz de ejercer señorío en todos los campos en donde el mal actúa.
Ese mismo asombro lo puede experimentar quien escucha el evangelio y experimenta los cambios liberadores que la palabra del Señor puede realizar en su persona y en su entorno social. Liberado por el anuncio de la buena noticia, puede él también proclamar: Hoy se ha cumplido entre ustedes la Escritura que acaban de oír (Lc 4, 19).

lunes, 2 de septiembre de 2019

El Espíritu del Señor sobre mí (Lc 4, 16-30)

P. Carlos Cardó SJ
El profeta Elías y el ángel, óleo sobre lienzo de Juan Antonio de Frías y Escalante (1668), Museo Nacional del Prado, Madrid, España
Jesús llegó a Nazaret, donde se había criado, y el sábado fue a la sinagoga, como era su costumbre. Se puso de pie para hacer la lectura, y le pasaron el libro del profeta Isaías.Jesús desenrolló el libro y encontró el pasaje donde estaba escrito: “El Espíritu del Señor está sobre mí. El me ha ungido para llevar buenas nuevas a los pobres, para anunciar la libertad a los cautivos, y a los ciegos que pronto van a ver, para despedir libres a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor”.Jesús entonces enrolló el libro, lo devolvió al ayudante y se sentó, mientras todos los presentes tenían los ojos fijos en él.Jesús les dijo: "Hoy les llegan noticias de cómo se cumplen estas palabras proféticas".Todos lo aprobaban y se quedaban maravillados, mientras esta proclamación de la gracia de Dios salía de sus labios.Y decían: "Pensar que es el hijo de José!".Jesús les dijo: "Seguramente ustedes me van a recordar el dicho: Médico, cúrate a ti mismo. Realiza también aquí, en tu patria, lo que nos cuentan que hiciste en Cafarnaún".Y Jesús añadió: "Ningún profeta es bien recibido en su tierra. En verdad les digo que había muchas viudas en Israel en tiempos de Elías, cuando el cielo retuvo la lluvia durante tres años y medio y una gran hambruna asoló a todo el país. Sin embargo Elías no fue enviado a ninguna de ellas, sino a una mujer de Sarepta, en tierras de Sidón. También había muchos leprosos en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, el sirio". Todos en la sinagoga se indignaron al escuchar estas palabras; se levantaron y lo empujaron fuera del pueblo, llevándolo hacia un barranco del cerro sobre el que está construido el pueblo, con intención de arrojarlo desde allí. Pero Jesús pasó por medio de ellos y siguió su camino.
Jesús se presentó un sábado en la sinagoga de Nazaret y se levantó para hacer la lectura. Le dieron un texto del profeta Isaías y Él lo explicó aplicándolo a su propia persona: hizo ver a sus oyentes que Él era el Mesías esperado, portador del Espíritu de Dios, que lo había ungido para anunciar la buena noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad y conseguir la libertad a los oprimidos.
En estas palabras, Jesús condensa el programa que llevará a la práctica a lo largo de su actividad. La misión que ha recibido de su Padre tiene como opción preferencial hacer posible una vida nueva a los pobres, los cautivos, los oprimidos y todos los que padecen cualquier enfermedad del cuerpo o del alma. Es evidente que, para Él, lo que Dios quiere es ayudar al que se encuentra postrado u oprimido.
La primera comunidad cristiana recibió estas palabras de Jesús como su propio programa: todos ser sintieron llamados a continuar la obra de Jesús que, aunque cambiasen las circunstancias, tenía los mismos contenidos y los mismos destinatarios. El sufrimiento humano, en efecto, recorre toda la historia hasta el final. Como aquellos primeros testigos, también nosotros, que en nuestro bautismo hemos recibido el mismo Espíritu que consagró a Jesús, sentimos que Él nos asocia a su misión de llevar y hacer realidad la buena noticia del triunfo del amor salvador de Dios en toda situación humana de dolor.
Muchos al oír a Jesús en la sinagoga se admiraron de las palabras de gracia que salían de su boca, vieron que en ellas se realizaban las promesas de Dios, proclamadas por los profetas. Pero muy pronto después las cosas cambiaron y, movidos sin duda por sus jefes y por los fariseos, pasaron del entusiasmo inicial al rechazo violento.
Las palabras de Jesús dejaron de ser para ellos palabras de gracia, y les resultaron escandalosas. Esta oposición de los nazarenos viene a ser un adelanto del rechazo que Jesús va a sufrir en su actividad pública y que culminará en su condena a muerte. No sólo se resistieron a ver en Jesús el enviado de Dios porque no sólo lo veían como el “hijo de José”, sin ningún poder especial que legitimara su misión, sino que se negaron a creer su anuncio del comienzo de una era nueva porque exigía de todos nuevas actitudes. Se resistieron a cambiar su vida y sus viejas costumbres.
Jesús se da cuenta de su incredulidad y les recuerda que con su actitud están repitiendo el comportamiento que tuvieron sus antepasados con los profetas Elías y Eliseo. Los de Nazaret pasan entonces de la furia a la violencia y deciden quitarlo de en medio de una forma violenta. Expulsan a Jesús de la comunidad de su pueblo y tratan incluso de despeñarlo, porque lo consideran un blasfemo, pero Jesús logra escapar: se abrió paso entre ellos y se alejaba.
Llegará el momento en que las autoridades lo entreguen a los romanos y acabe su vida en la cruz. Pero ese momento acontecerá a su debido tiempo.
En Jesús se cumplen las Escrituras, se realizan las aspiraciones de todo ser humano. Él nos asegura que ha llegado una etapa nueva en las relaciones de Dios con los hombres,  que reclama por parte de todos un amor nuevo. Pero como los nazarenos, también nosotros en un primer momento podemos acoger esa buena noticia y rechazarla luego porque nos exige cambios importantes y aparecen nuestras resistencias.

domingo, 1 de septiembre de 2019

Homilía del Domingo XXII del Tiempo Ordinario - Elegir el último lugar (Lc 14, 1.7-14)

P. Carlos Cardó SJ
El lavado de los pies, óleo sobre lienzo de Jacopo Robusti Tintoretto (1548 – 1549), Museo del Prado, Madrid, España
Un sábado Jesús fue a comer a la casa de uno de los fariseos más importantes, y ellos lo observaban.Jesús notó que los invitados trataban de ocupar los puestos de honor, por lo que les dio esta lección: "Cuando alguien te invite a un banquete de bodas, no escojas el mejor lugar. Puede ocurrir que haya sido invitado otro más importante que tú, y el que los invitó a los dos venga y te diga: Deja tu lugar a esta persona. Y con gran vergüenza tendrás que ir a ocupar el último lugar. Al contrario, cuando te inviten, ponte en el último lugar y así, cuando llegue el que te invitó, te dirá: Amigo, ven más arriba. Esto será un gran honor para ti ante los demás invitados. Porque el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado".
Las comidas, en especial los banquetes, suelen tener un carácter simbólico: son acontecimientos en los que se afirman valores o se establecen o refuerzan relaciones sociales. El comer no sólo sirve para alimentar el cuerpo. Una comida puede servir para iniciar o estrechar vínculos de amistad, establecer pactos y alianzas o celebrar acontecimientos importantes para la vida del grupo.
En Palestina, las comidas estaban regidas por normas tradicionales, que Jesús no dudó en modificar para transmitir mejor el significado que el banquete tenía en la predicación de los profetas: el banquete simbolizaba el Reino de Dios. Por eso, en contra de lo establecido, Él no dudaba en comer con publicanos y pecadores, para dar a entender que se debían superar las barreras y divisiones entre la gente y, sobre todo, hacer ver que Dios acogía en su Reino a los que, según las tradiciones judías, estaban excluidos de él.  Por eso las comidas de Jesús son tan importantes como sus curaciones de enfermos o el perdón que otorgaba a los pecadores.
El pasaje que comentamos, unido al de la curación de un enfermo en sábado, muestra cómo los fariseos y maestros de la ley, al criticar esa actitud de Jesús, no hacían otra cosa que manifestar su afán de dominio de lo religioso para someter al pueblo. Manipulaban las normas sociales de los banquetes para ocupar ellos los primeros lugares. Jesús desenmascara esta hipocresía y propone en cambio la lógica del Reino: hay que hacerse pequeños para entrar en el Reino de Dios. Su lógica es humildad, hecha de sinceridad, verdad y deseo de servir. Así han de obrar los que lo siguen.
No es fácil predicar hoy la humildad, en una sociedad que, tras el valor positivo de la búsqueda de superación personal, transmite imágenes falseadas del éxito, o del “triunfador”, como modelo de identificación. La humildad cristiana no frena la búsqueda del progreso personal y colectivo; lo que hace es librar a la persona de la mentira: la lleva a la aceptación de sí misma, a conocer sus limitaciones y debilidades, y la impulsa a obrar de acuerdo con ese conocimiento. Ser humilde no es sentirse inferior a los demás. “La humildad es andar en la verdad”, decía Santa Teresa.
El soberbio, en cambio, se engaña al pretender ubicarse donde no le corresponde. Cédele el puesto a éste, puede decirle quien lo invitó y, avergonzado, tendrá que ir a ocupar el último lugar. Esta vergüenza anticipa la del creyente a quien el Juez le dirá: “No te conozco”. Anticipa también la vergüenza de los hijos del Israel cuando vean venir gentes de todas partes a ocupar su puesto de elegidos por Dios (13,25). Y recuerda la vergüenza de Adán que quiso ocupar el puesto de Dios y se halló desnudo (Gen 3).
Dice Jesús: “Más bien, cuando te inviten, acomódate en el último lugar. Vendrá el que te invitó y te dirá: Amigo, sube más arriba”. Esta manera nueva de pensar la vemos reflejada en María. En su canto del Magnificat nos enseña a no sepultar los propios talentos, a reconocerlos con gratitud y a invertirlos de la manera más justa. A los humildes Dios los llena de su gloria, se refleja en ellos; a los soberbios los rechaza y derriba de sus tronos.
En la segunda parte de este pasaje, Jesús hace ver que el invitar a parientes y amigos lleva consigo la satisfacción del afecto compartido, y el invitar a los ricos puede ser movido por el deseo de obtener alguna ganancia. Parientes y vecinos ricos han de ser sustituidos por cuatro tipos de personas de los que nada se puede obtener porque son los pobres, los lisiados, los cojos y los ciegos, es decir, los sin honor y sin poder, que no pueden corresponderte. La búsqueda de reciprocidad de la cambia Jesús por el espíritu de gratuidad: dar sin esperar nada a cambio.
Además, la razón de invitar (o favorecer) a los pobres es que Dios se ha identificado con ellos, Jesús ha venido por ellos y ha hecho del servicio a los necesitados el signo de que el reino de Dios ya está entre nosotros. Al tratar con el pobre, uno se sitúa donde  está Dios. Lo que le hacemos al pobre se lo hacemos a Cristo.
El amor al pobre caracteriza la vida cristiana, no es una opción ideológica ni moralista. Es reflejar la misericordia del Padre e imitar el modo de actuar de Jesús, que vino a anunciar la buena noticia a los pobres y a sanar los corazones afligidos (Lc 4, 18). Por eso es un rasgo característico de la comunidad reunida para celebrar la Eucaristía. El libro de los Hechos de los Apóstoles muestra claramente cómo los primeros cristianos consideraron siempre la atención a los pobres, y el reparto de los bienes, como parte esencial de la cena el Señor.