jueves, 24 de enero de 2019

Lo seguía una gran multitud (Mc 3, 7-12)

P. Carlos Cardó SJ
Manifestación, óleo sobre lienzo de Antonio Berni (1951), Centro Cultural Recoleta, Buenos Aires, Argentina

En aquel tiempo, Jesús se retiró con sus discípulos a la orilla del mar, seguido por una muchedumbre de galileos.Una gran multitud, procedente de Judea y Jerusalén, de Idumea y Transjordania y de la parte de Tiro y Sidón, habiendo tenido noticias de lo que Jesús hacía, se trasladó a donde Él estaba. Entonces rogó Jesús a sus discípulos que le consiguieran una barca para subir en ella, porque era tanta la multitud, que estaba a punto de aplastarlo.En efecto, Jesús había curado a muchos, de manera que todos los que padecían algún mal, se le echaban encima para tocarlo.Cuando los poseídos por espíritus inmundos lo veían, se echaban a sus pies y gritaban: "Tú eres el Hijo de Dios". Pero Jesús les prohibía que lo manifestaran.
Jesús se retiró con sus discípulos a orillas del lago. Podría pensarse que huye porque los fariseos y los partidarios de Herodes se han confabulado para darle muerte, pero lo hace para manifestar más claramente su identidad, su mensaje y su obra a sus discípulos y a quienes lo siguen. Por eso, será un retiro fructífero porque de ahí nacerá la Iglesia, no como un instrumento de poder, sino como una barca pequeña, desde la cual Jesús anuncia a las multitudes su mensaje. Este es el sentido de este pasaje que sintetiza la actividad de Jesús.
Se hace mención de las siete regiones de donde procede la multitud que se congrega para seguir a Jesús. Se destaca con ello, por una parte, la centralidad de la persona de Jesús, que convoca y reúne entorno a sí, y, por otra parte, la universalidad de su mensaje y acción salvadora que llega no sólo a los judíos sino también a los extranjeros de Tiro y Sidón.
Esta afluencia incontenible de gentes venidas de todas partes simboliza la humanidad necesitada de salvación y evoca también aquella multitud de diversas lenguas y culturas que, según San Lucas, confluirá en Jerusalén para Pentecostés, donde nacerá la Iglesia (Hech 2. 9-11).
La muchedumbre que ha acudido a Jesús es tan grande que Él debe subir a una barca para que no lo atropellen. El tema de la barca tiene en Marcos un gran significado teológico. Esta pequeña lancha, que no llega siquiera a la categoría de barco, será el escenario de buena parte de la actividad de Jesús. Desde ella predica a la gente por medio de parábolas que todos entienden, de ella baja para curar enfermos, en ella se reúne con los Doce para formarlos en los secretos del Reino y advertirles que no se dejen corromper por la levadura de los fariseos y de Herodes, en ella los protege contra la tempestad y puede estar dormido mientras ellos se mueren de miedo porque no tienen fe.
Pequeña como el grano mostaza que crece más que las hortalizas, o como la porción de levadura que fermenta toda la masa, la pequeña barca atrae la mirada cargada de angustia y esperanza de los pequeños y de los pobres, junto con la de quienes se saben aquejados por cualquier necesidad y se muestran dispuestos a recibir la buena noticia de la venida del Reino.
No hay en la barca de Jesús ni entre la multitud gente de las altas esferas, sabios, ricos o poderosos, todos son pequeños y sencillos campesinos, artesanos y pescadores que buscan tocarlo para ser curados de sus males.
El tocar es muy significativo. Jesús no teme tocar a los enfermos para curarlos, incluso a los leprosos, aunque estaba prohibido porque se contraía impureza; tocaba a los débiles y a los niños, demostrando su ternura; y se dejaba tocar por la gente, como la mujer enferma de hemorragias que se acercó por detrás y le tocó el manto. Todos necesitan hacerlo para sentir que les transmite vida. Todos quieren ser tocados por su misericordia.
Los espíritus impuros se postran y lo proclaman Hijo de Dios, pero Él se los prohíbe para evitar que la gente se engañe y quieran seguirlo por falsas expectativas. Para reconocerlo como Hijo de Dios se requiere la fe y la conversión personal, que mueve a seguirlo. 
La Iglesia, obligada a transitar por los caminos de este mundo, siente el influjo de los malos espíritus que tienden a alejarla de lo quiso su Señor. Santa pero necesitada de continua conversión, siente también de continuo la presencia del Señor en ella que le recuerda sus orígenes de pequeña barca que atrae a los más necesitados y ha de navegar por mares no siempre pacíficos, poniendo sólo en Él su confianza.

miércoles, 23 de enero de 2019

El hombre de la mano paralizada (Mc 3,1-6)

P. Carlos Cardó SJ
Curaciones milagrosas de Jesús en Cafarnaúm, ilustración de William Hole (1906) en La Vida de Jesús de Nazareth, ochenta pinturas. Publicada por Fine Art Society, Londres, 1906.
En aquel tiempo entró Jesús otra vez en la sinagoga y había allí un hombre con parálisis en un brazo. Estaban al acecho, para ver si curaba en sábado y acusarlo.Jesús le dijo al que tenía la parálisis: "Levántate y ponte ahí en medio".
Y a ellos les preguntó: "¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?".
Se quedaron callados.
Echando en torno una mirada de enojo, y dolido de su obstinación, le dijo al hombre: "Extiende el brazo".
Lo extendió y quedó restablecido.
En cuanto salieron de la sinagoga, los fariseos se pusieron a planear con los herodianos el modo de acabar con él.
Este pasaje condensa la enseñanza de Jesús respecto a la libertad de espíritu frente al rigorismo legal y, concretamente, respecto al precepto del sábado. El sábado es para el hombre: en Jesús llega el sábado perfecto, tiempo de la gracia y amor salvador de Dios.
Jesús está en una sinagoga. Como siempre, los fariseos se ponen al acecho para acusarlo: no se muestran dispuestos a reconocer a Dios en el hombre y la defensa que hacen de la ley corresponde a la imagen que tienen de Dios: alejado, extraño a la vida y a las reales necesidades humanas.
Aparece en escena un hombre que tiene una mano atrofiada. No es un enfermo que está en las últimas, pero es un ser humano que ha quedado inhabilitado para muchas acciones. Según la mentalidad judía, además, lleva en su cuerpo la huella del pecado. Jesús invita al enfermo a ponerse de pie y a colocarse en el medio. Hace que la atención de toda la comunidad se centre en este ser humano.
La atención de Jesús al enfermo no se va a limitar a su salud física; apunta a la libertad interior que Él quiere que todos tengan respecto del sábado y de la ley. Quiere liberar de la opresión legalista a la que los fariseos y dirigentes someten a la gente.
Al mismo tiempo, por medio del signo de la curación del enfermo va a manifestar que, con su venida y por la fe en Él, el amor de Dios despliega su fuerza salvadora, la creación es liberada del mal y de la muerte y se inaugura el verdadero sábado de la presencia de Dios entre los hombres. Todo esto sugiere Jesús con su pregunta: ¿Qué está permitido en sábado salvar la vida o destruirla? El sábado, el culto, la moral y, en general, la religión auténtica, son para dar vida, no lo contrario.
Ellos no respondieron nada, se quedaron mudos. Y Jesús sintió ira. El evangelista Marcos se vale de esta expresión fuerte para afirmar que el pesar que siente Jesús es la conmoción del Hijo de Dios ante la dureza de los corazones de los hombres. Es el mismo sentimiento que, según los profetas, llevaba a Dios a lamentarse por el corazón endurecido, expresión suprema de la incredulidad (cf. Jer 3, 17; 7, 24; 9,13; 11,18; 13, 10; 16, 12; 18, 12; 23, 17; Sal 81,13; Dt 29,18).
El milagro va a ser signo del don de la vida nueva, liberada, que ya Ezequiel había prefigurado como el don del corazón nuevo, que reemplaza al corazón seco, de piedra (cf. Ez 36,26). La humanidad, representada en el hombre de la mano seca, extiende la mano para acoger el don del agua de la nueva vida, del espíritu que vivifica y hace vivir en la libertad de los hijos de Dios.
Los fariseos ven lo ocurrido y se retiran como habían venido, con todas sus resistencias a la vida y a la libertad, con su aferrarse a la ley que mata y su rechazo al espíritu de Jesús que los invita a olvidarse de sí y poner confiadamente su futuro en manos de Dios.
Ellos, a diferencia del hombre de este pasaje, no abren la mano «seca», se quedan fosilizados en sus leyes y en sus méritos; su corazón endurecido no palpita de alegría ante el don de la salvación que Jesús ofrece. Y ellos, que no permiten hacer el bien y salvar una vida en sábado, sí se permiten hacer el mal, tomando en sábado la decisión de asesinar a Jesús.
La dureza de corazón es la causa de la muerte de Jesús y del hombre. Contrapuesta a esta dureza de corazón aparecerá el gozo y maravilla de los sencillos por la autoridad con que Jesús enseñaba y por la curación de los enfermos (cf. 1,22.27). Queda claro que una religión que no abre los ojos a la fe que libera, es la peor enemiga del evangelio. Y es un peligro constante contra el que Pablo advierte a los Gálatas y a los Romanos.

martes, 22 de enero de 2019

El Hijo del hombre es señor del sábado (Marcos 2, 23-28)

P. Carlos Cardó SJ
Espigas verdes de trigo, óleo sobre lienzo de Vincent Van Gogh (1888), Museo de Israel, Jerusalén
Un sábado, atravesaba el Señor un sembrado; mientras andaban, los discípulos iban arrancando espigas.Los fariseos le dijeron: "Oye, ¿por qué hacen en sábado lo que no está permitido?".Él les respondió: "¿No habéis leído nunca lo que hizo David, cuando sintió necesidad y hambre, y también su gente? Entró en la Casa de Dios, en tiempo del sumo sacerdote Abiatar, comió de los panes presentados, que sólo pueden comer los sacerdotes, y les dio también a sus compañeros."Y añadió: "El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado; así que el Hijo del Hombre es dueño también del sábado."  
El marco del relato es el siguiente: los discípulos de Jesús atraviesan un campo y sienten hambre. Recogen unas espigas de trigo, las restriegan entre las manos y se comen los granos. Este simple hecho escandaliza a los fariseos: ¡hacen en sábado lo que no está permitido! Jesús aprovecha la ocasión para defender la libertad y amplitud de espíritu que quiere que tengan sus discípulos.
La ley está al servicio de la persona humana, no está dada para oprimir. Por eso, ante la necesidad, la ley cede; no es un absoluto. Para demostrarlo, Jesús argumenta poniendo el ejemplo de David que entró en el santuario, tomó los panes consagrados –que sólo podían comer los sacerdotes– y comió él y sus soldados porque tenían hambre (Cf. 1Sam 21, 2-7).
Recordaba así a los fariseos que la necesidad humana estaba por encima incluso del culto y de lo referente al templo. Puede dejarse el sentido literal de la ley cuando lo exige una necesidad más elevada. Las normas son para orientar en las relaciones con Dios y con los demás, pero por encima están las necesidades vitales.
A partir de esa enseñanza, Jesús pasa a tratar el tema del sábado. Moisés, inspirado por Dios, había dejado a los israelitas este precepto: Durante seis días trabajarás y harás todos tus trabajos. Pero el día séptimo es día de descanso en honor del Señor tu Dios. No harás en él trabajo alguno ni tú, ni tus hijos, ni tus siervos, ni tu ganado, ni el extranjero que habita contigo.
El descanso, por tanto, no había sido impuesto como una prueba, como un deber riguroso, sino como un recurso humano para asegurarle a todos, judíos y no judíos, libres o esclavos, que pudieran tener un día semanal para reparar las fuerzas, estar en familia, y, sobre todo, honrar a Dios, recordando el descanso que tuvo el Creador al concluir su obra (Ex 20, 8-11), y acordándose de que fueron esclavos en Egipto y el Señor los liberó (Dt 5,12-15).
Por su significado y por su contenido de memorial, el sábado pasó a convertirse en un elemento fundamental de la religión judía, hasta hoy, la espiritualidad del Shabat. El descanso sabático es una solemne proclamación de la identidad del judío y de su nación: identidad de hijos y pueblo de la alianza, que vale no por lo que produce o posee sino por lo que es.
El sábado recuerda a los israelitas que no son simples ciudadanos, trabajadores, o consumidores. El Shabat no es una simple costumbre ni un simple medio para el ordenamiento social del trabajo mediante el descanso obligatorio, sino la afirmación pública y rotunda de que Israel es el pueblo de Dios, que obra según Dios.
Sin embargo, en tiempos de Jesús la espiritualidad del Shabat había quedado  deformada por el rigorismo y la intransigencia de los rabinos fariseos. El precepto del sábado, que en su origen había tenido un fuerte sentido liberador, al asegurar a todos el descanso semanal, y que era día santo para honrar a Dios, se había convertido en una ley opresora. Jesús no sólo devuelve a la práctica del descanso sabático su verdadero sentido, sino que con su afirmación: El sábado está hecho para el hombre, pone al sábado en relación y al servicio del hombre.
Como todas las observancias morales, ritos, celebraciones liturgias y prácticas religiosas, por medio de las cuales se expresa la fe, tampoco el sábado es un fin en sí mismo. Todo ello es un medio al servicio del ser humano.
Finalmente, la declaración: El Hijo del hombre es señor también del sábado, debió sonar a los oídos de los dirigentes del pueblo como una pretensión insoportable. En el evangelio de Juan aparece claro: perseguían a Jesús porque hacía obras como éstas (curar a un paralítico) en día sábado, pero Jesús les replicó: Mi Padre no cesa de trabajar hasta ahora y yo también trabajo.
En vista de esto trataban de matarlo porque no sólo no respetaba el sábado sino que además decía que Dios era su Padre, y se hacía igual a Dios (Jn 5,19). Jesús, por tanto, no trasgrede el sábado sino que lo supera, haciendo lo que hace Dios su padre. En adelante, Jesús es quien transmite la identidad al nuevo pueblo de Israel y quien realiza la verdadera y plena liberación. 
Queda atrás el sábado como signo y recuerdo. Se ha hecho realidad aquello de lo que el sábado era signo. Se ha inaugurado con Jesús el definitivo séptimo día, día del encuentro de Dios con sus hijos, sábado eterno, tiempo de gracia y salvación en que se cumple lo anunciado: Habitaré en ellos y caminaré junto a ellos (Lv 26,12; 2Cor 6,16). 

lunes, 21 de enero de 2019

Vino nuevo en odres nuevos (Mc, 2, 18-22)

P. Carlos Cardó SJ
Escultura en relieve representando una bodega con ánforas de vino (siglo II A.C), excavaciones pertenecientes al periodo Helenístico, Grecia
En una ocasión, en que los discípulos de Juan el Bautista y los fariseos ayunaban, algunos de ellos se acercaron a Jesús y le preguntaron: "¿Por qué los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan, y los tuyos no?".Jesús les contestó: "¿Cómo van a ayunar los invitados a una boda, mientras el novio está con ellos? Mientras está con ellos el novio, no pueden ayunar. Pero llegará el día en que el novio les será quitado y entonces sí ayunarán.Nadie le pone un parche de tela nueva a un vestido viejo, porque el remiendo encoge y rompe la tela vieja y la rotura se hace peor. Nadie echa vino nuevo en odres viejos, porque el vino rompe los odres, se perdería el vino y se echarían a perder los odres. A vino nuevo, odres nuevos".
Los fariseos están al acecho para ver de qué pueden acusar a Jesús. Seguramente lo han visto a Él y a sus discípulos comiendo en casa del publicano Leví. Por eso le preguntan: Por qué razón… tus discípulos no ayunan?  
Jesús les contesta indirectamente haciéndoles ver el significado de su presencia. Él trae consigo la realización de aquello que se esperaba para el tiempo del Mesías. Su venida inaugura la fiesta anunciada por los profetas: “El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido. Me ha enviado… para consolar a los afligidos…; para cambiar su ceniza en corona, su luto en perfume de fiesta, su abatimiento en traje de gala” (Is 61, 1.3).
Jesús dice de sí mismo que es el novio y que sus seguidores son los amigos del novio. La metáfora del “novio” o del “esposo” la usaban los profetas para designar a Dios, que se había unido a su pueblo Israel con una alianza de amor y fidelidad. Jesús se la aplica. Afirma con ello que ocupa el lugar de Dios y que la antigua alianza da paso a la nueva, que consiste ahora en vincularse a Dios presente en su persona.
La relación con Dios es directa, la presencia de Dios se ha hecho inmediata. Por tanto, el perdón no depende del ayuno penitencial y expiatorio, sino de la adhesión personal a Jesús. De eso se trata, de adherirse a Él, de seguirlo por medio de una relación de amistad (como amigos del novio) y no como un sometimiento a normas venidas del exterior. Jesús pasa a ser la norma interior de vida. Su persona, su tarea, su modo de proceder, sus actitudes e ideales se convierten en el referente del cristiano en todo su comportamiento.
En esto consiste la novedad que trae consigo el evangelio. Para reforzar la idea, Marcos añade dos parábolas sobre el remiendo del vestido viejo con tela nueva, que acaba por romperlo más, y el vino nuevo que se guarda en cueros viejos y los hace reventar. La advertencia es clara: son inconciliables lo nuevo y lo viejo, es peligroso intentar acomodarlos. Los valores del reino que Jesús transmite son incompatibles con el tejido de la antigua ley y religión. Es necesaria la renovación, a la que el mismo Jesús exhorta desde el inicio de su predicación: ¡Cambien de vida y crean en el evangelio! (Mc 1, 15).
La conversión a Cristo es lo que hace posible mantener el sentido de la fiesta y de la alegría como característica de la vida del cristiano. Jesús, el Novio, nos hace imaginar un “estado permanente de boda”, una existencia en la que es posible experimentar de continuo el amor incesante del Padre por nosotros, por nuestro mundo y por nuestra historia. Además, el Novio nunca se irá. Por eso la fiesta tiene rango de valor cristiano permanente. Tendrán una alegría que nadie les podrá quitar (Jn 16,22).
Pero hay que entenderla bien. Fruto de la alegre noticia que es el evangelio, la alegría cristiana no es simplemente el sentimiento natural de optimismo, ni menos aún el cinismo o frivolidad de quien no percibe que hay muchas cosas en el mundo que deben ser negadas, suprimidas o cambiadas radicalmente porque causan dolor y sufrimiento.
Siempre la alegría cristiana, más que cualquier otra virtud, puede ser mal empleada y manipulada. Pero si es auténtica, es todo un programa de vida. La alegría del evangelio incluye afirmar que la vida humana, la propia y la de los demás, es digna de aceptación, debe ser respetada y servida, y puede así convertirse en fuente de gratitud. Por eso, no se da sin amor: la alegría sin el interés práctico propio del amor, no es más que una vana ilusión; así como el amor, sin la amabilidad de la alegría, degenera en un frío deber o en una actitud de dominio.
Por ahí es por donde adquieren sentido válido y eficiente para nosotros hoy las palabras de Jesús: ¿Pueden acaso ayunar los invitados a la boda mientras el novio está con ellos?