sábado, 8 de diciembre de 2018

Encarnación – Fiesta de la Inmaculada (Lc 1, 26-38)

P. Carlos Cardó SJ
Inmaculada Concepción, óleo sobre lienzo de Mariano Salvador Maella (1779- 1780), Palacio Real de Aranjuez, Madrid
En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de la estirpe de David, llamado José. La virgen se llamaba María.Entró el ángel a donde ella estaba y le dijo: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo".
Al oír estas palabras, ella se preocupó mucho y se preguntaba qué querría decir semejante saludo.
El ángel le dijo: "No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios. Vas a concebir y a dar a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y Él reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reinado no tendrá fin".
María le dijo entonces al ángel: "¿Cómo podrá ser esto, puesto que yo permanezco virgen?".El ángel le contestó: "El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso, el Santo, que va a nacer de ti, será llamado Hijo de Dios. Ahí tienes a tu parienta Isabel, que a pesar de su vejez, ha concebido un hijo y ya va en el sexto mes la que llamaban estéril, porque no hay nada imposible para Dios".
María contestó: "Yo soy la esclava del Señor; cúmplase en mí lo que me has dicho".
Y el ángel se retiró de su presencia.
En Adviento se sitúa la fiesta de la Inmaculada Concepción. Se nos presenta la figura de María como la Virgen fiel, atenta a la Palabra de Dios que se encarna en su seno, modelo de oración, vigilancia y espera. Es lo que se nos pide en adviento.
El Adviento da motivos muy válidos para la admiración, gratitud y amor que profesamos a la Madre de Dios. Conviene, pues, meditar en María de Adviento, que se prepara para la venida de su Hijo. Para toda mujer, el nacimiento de su hijo supone una fiesta extraordinaria, que cambia su vida para siempre; pero la espera del hijo es un tiempo excepcional, en el que se genera entre la madre y su hijo una intimidad verdaderamente indisociable. Por eso, si la Navidad es la fiesta que exalta la maternidad de María, el Adviento exalta la fe con que María acepta su vocación de madre del Redentor.
El texto de Lucas sobre la anunciación a María (Lc 1,26-38) refleja la alegría de Dios en su encuentro, por medio del ángel, con María, la llena de gracia…, bendita entre todas las mujeres”. Y esta alegría que Dios le transmite abre la espera de la virgen madre. En María, la humanidad acoge el ofrecimiento de salvación hecho por Dios. Dios ha hallado una madre que le haga nacer entre nosotros.
Todo en María ha sido predestinado por Dios con vistas al cumplimiento de su voluntad de revelarse a la humanidad y salvarla enviando a su Hijo al mundo. Dios ha querido encontrarse con ella desde su eternidad. El sueño de Dios en favor de sus hijos puede al fin realizarse. Y Dios viene, se incorpora en nuestra historia, sella su alianza con nosotros para siempre.
María acoge el plan de Dios con la actitud de obediencia propia de la fe. Pero esta obediencia lleva primero a remontar las dificultades del creer. María, como los grandes creyentes de la historia, no teme expresar ante su Dios su propio sentimiento de incapacidad frente al designio divino que trasciende toda humana razón: ¿cómo podrá ser esto si no tengo relación con ningún varón?
Y en virtud de esa misma fe confiada que le hace al mismo tiempo referir toda su existencia al Dios que todo lo puede, no duda en responder al anuncio: “Hágase en mí lo que has dicho”. En su respuesta halla eco el “Hágase” divino, por el que fueron creadas todas las cosas. Su acogida de la gracia anuncia la nueva creación. María pone a disposición del Padre su cuerpo virginal, para que su Hijo pueda tener un cuerpo humano por obra del Espíritu Santo, y se convierta en hermano nuestro. Lo imposible se hace posible. “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”.
En la Encarnación María inicia un camino de fe, y ya toda su vida será un caminar en la “obediencia de la fe”, un continuo Adviento de esperanza en el silencio de la oración, en la oscuridad de la fe, en la sorpresa del misterio de Dios. María “conservaba todas estas cosas en su corazón”.
Santa María, Madre de Dios,
consérvame un corazón de niño,
puro y cristalino como una fuente.
Dame un corazón sencillo,
que no saboree las tristezas;
un corazón grande para entregarse,
tierno en la compasión;
un corazón fiel y generoso,
que no olvide ningún bien,
ni guarde rencor por ningún mal.
Forma en mí un corazón manso y humilde,
que ame sin reclamar agradecimiento,
gozoso al desaparecer en el corazón de tu divino Hijo;
un corazón grande e indomable,
que con ninguna ingratitud se cierre
y con ninguna indiferencia se canse;
un corazón apasionado por la gloria de Jesucristo,
herido por su amor,
con una herida que sólo se cure en el cielo Amén. [Léonce de Gramaison S.J.]

viernes, 7 de diciembre de 2018

Curación de dos ciegos (Mt 9, 27-31)

P. Carlos Cardó SJ
Curación de los ciegos camino a Jericó, óleo sobre lienzo de Pieter Norbert van Reysschoot (Siglo XVIII), Iglesia de San Pedro, Gante, Bélgica
En aquel tiempo, dos ciegos seguían a Jesús, gritando: "Ten compasión de nosotros, hijo de David."Al llegar a la casa se le acercaron los ciegos, y Jesús les dijo: "¿Creéis que puedo hacerlo?" Contestaron: "Sí, Señor."
Entonces les tocó los ojos, diciendo: "Que os suceda conforme a vuestra fe."
Y se les abrieron los ojos.
En el evangelio, el descubrimiento del sentido de la vida se equipara al ver, que la fe hace posible. La vida se ilumina, se sabe dónde ir, a dónde dirigirse. Lo contrario es ceguera, vida sin norte. Como la resurrección, la fe hace pasar de la tiniebla a la luz. Despierta tú que duermes y te iluminará Cristo (Ef 5,14).
El relato de la curación de los dos ciegos invita a ver la realidad desde otra perspectiva, en su proyección trascendente, más allá de lo que se percibe con la simple visión física. La fe nos hace apreciar el valor de nuestra vida como Dios la ve, y orientarla hacia Él.
Lo seguían. Como los enfermos y excluidos, fiados de su poder liberador, y también como los discípulos que escucharon su llamada: Ven y sígueme. La atracción que ejerce Jesús genera un dinamismo de salir en su busca, tras Él. Y su seguimiento se sostiene gracias a la confianza que Él mismo inspira: Quien me sigue no camina en tinieblas sino que tendrá la luz de la vida (Jn 8,12).
Los ciegos se dan cuenta de que no ven y de que su ceguera puede ser curada; es el inicio de la gracia, darse cuenta. Los fariseos, en cambio no admiten su falta de visión y pretenden enseñar a los demás; son ciegos que guían a otros ciegos.
Lo seguían gritando: Hijo de David, ten compasión. El anhelo de la fe es como un grito en la noche. Los ciegos atribuyen a Jesús un título mesiánico, que hace referencia al libertador que los judíos esperaban, un descendiente del rey David. Pero es interesante constatar que los ciegos se refieren a un Mesías que puede fijarse en ellos y curarlos porque es compasivo y misericordioso.
A continuación, Jesús y los que le siguen entran “en la casa”. Antes ha estado en casa de Jairo, magistrado judío, para devolverle la vida a su hija. Ahora no se dice a qué casa entra, pero puede ser la de Simón, que solía alojarlo en Cafarnaúm. En todo caso, “la casa” simboliza en los evangelios a la Iglesia, casa de los que siguen a Jesús, comunidad de hermanos en la fe. Allí, en la experiencia de la fraternidad se abre para todos la luz de la fe. 
“Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos (1Jn 3,14). Y el signo que se realiza, la curación de los dos ciegos, se realiza desde la fe: Que se haga como han creído.

jueves, 6 de diciembre de 2018

Escuchar la palabra y llevarla a la práctica (Mt 7,21.24-27)

P. Carlos Cardó SJ
Casa de adobes, óleo sobre lienzo de Ezequiel Jiménez Rojas (1885), Sistema Nacional de Bibliotecas de Costa Rica
Jesús les dijo: "No todo el que me diga: ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de Dios, sino el que haga la voluntad de mi Padre del cielo. Así pues, quien escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a un hombre prudente que construyó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, crecieron los ríos, soplaron los vientos y se abatieron sobre la casa; pero no se derrumbó, porque estaba cimentada sobre roca. Quien escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a un hombre sin juicio que construyó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, crecieron los ríos, soplaron los vientos, golpearon la casa y ésta se derrumbó. Y todo fue un gran desastre".
A sus oyentes, que escuchan sus enseñanzas pero no las ponen en práctica, Jesús les propone la parábola de dos hombres que construyen su casa de diferente manera. El primero, considerado “prudente”, edifica firmemente sobre roca, de modo que cuando vienen las tormentas, las crecidas de los ríos y los fuertes vientos, la casa resiste por sus buenos cimientos.
El segundo en cambio, es un “necio” que construye en un terreno arenoso, sin las debidas precauciones, y el resultado es lamentable porque la casa no soporta el embate de los fenómenos atmosféricos y se viene abajo. Los valores y enseñanzas de Jesús son el fundamento firme para una vida bien construida; no tenerlos en cuenta es echarla a perder, “desgracia grande”.  
En la predicación y, sobre todo, en el ejemplo de vida de Jesús se delinea una ética bien concreta, un modo recto de proceder, que vale tanto para los cristianos como para toda persona que aspire a forjarse una vida verdaderamente valiosa para sí y para los demás (Mt 28,19s).  
Jesús hace ver que para lograr este proyecto de vida es importante interiorizar los valores, asumirlos con el corazón, de lo contrario la persona no podrá actuar con convicción cuando esté sometida a la presión de los propios impulsos, sufra frustraciones o se vea envuelta por la multitud de “voces” que desde el exterior impactan en su conciencia y pugnan por dirigir su conducta.
Jesús no busca únicamente que la persona sepa cuál debe ser la recta ordenación moral de sus actos, sino que aprecie la validez de sus enseñanzas, ponga en ellas el afecto de su corazón (es decir, procure que movilicen su afectividad y sus sentimientos) de modo que la muevan desde su interior, y no como imposiciones externas. Esta persona sabrá discernir en cada circunstancia cuál ha de ser su modo de proceder y sabrá mantener un estilo de vida coherente y ejemplar.
En la actualidad ya no se cree –sobre todo entre los jóvenes– en doctrinas y discursos,  y se ha perdido confianza en las instituciones. Lo que convence es la coherencia y autenticidad de las personas, más que las declaraciones de principios. Y eso fue lo que Jesús demostró. No enseñó nada que primero él no lo cumpliera. Nadie halló engaño en su boca (1 Pe 2,22), buscó servir y no ser servido (Mt 20,28), y su integridad de vida fue tan patente, que hasta sus adversarios reconocieron ante él: Maestro, sabemos que eres sincero, que enseñas con verdad el camino de Dios y no te dejas influenciar por nadie, pues no te fijas en las apariencias de las personas (Mt 22,16).
Con razón pudo decir a sus discípulos, después de lavarles los pies –gesto que sintetiza lo más característico de su persona–: Ejemplo les he dado para que hagan lo mismo que yo he hecho con ustedes” (Jn 13,15). 
La parábola de los dos constructores interpela al lector, le induce a confrontarse con uno y otro para tomar conciencia de su realidad actual. Además, el ejemplo de la casa construida a prueba de adversidades naturales le mueve a pasar de la simple escucha de la palabra del evangelio a ponerla decididamente en práctica. A fin de cuentas, las fuerzas que se desencadenan contra la casa no son sólo las dificultades que uno puede encontrar en la vida, sino la prueba de la autenticidad o inautenticidad que se revelará al final de la existencia. 

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Curaciones y segunda multiplicación de los panes (Mt 15, 29-37)

P. Carlos Cardó
Multiplicación de los panes, óleo sobre lienzo de Arturo Michelena (1897), Santa Capilla de Caracas, Venezuela
En aquel tiempo, llegó Jesús a la orilla del mar de Galilea, subió al monte y se sentó. Acudió a él mucha gente, que llevaba consigo tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros enfermos. Los tendieron a sus pies y él los curó. La gente se llenó de admiración, al ver que los lisiados estaban curados, que los ciegos veían, que los mudos hablaban y los tullidos caminaban; por lo que glorificaron al Dios de Israel.Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: “Me da lástima esta gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. No quiero despedirlos en ayunas, porque pueden desmayarse en el camino”.Los discípulos le preguntaron: “¿Dónde vamos a conseguir, en este lugar despoblado, panes suficientes para saciar a tal muchedumbre?”.
Jesús les preguntó: “¿Cuántos panes tienen?”.
Ellos contestaron: “Siete, y unos cuantos pescados”.Después de ordenar a la gente que se sentara en el suelo, Jesús tomó los siete panes y los pescados, y habiendo dado gracias a Dios, los partió y los fue entregando a los discípulos, y los discípulos a la gente.
Todos comieron hasta saciarse, y llenaron siete canastos con los pedazos que habían sobrado.
El texto es muy similar al de la primera multiplicación de los panes de Mt 14, 13-21. Después de un breve sumario de las curaciones que Jesús realiza, (v. 30s) sigue un diálogo con los discípulos (v. 32-34) y luego el milagro de los panes (v. 35-38). Se distingue con más exactitud el lugar geográfico –en un monte a orillas del lago de Galilea–, pero todo lo demás recuerda lo que se ha leído antes en la primera multiplicación de los panes. Las repeticiones y evocaciones de hechos memorables son un recurso literario de los evangelios.
En este relato los discípulos no van a decirle a Jesús que despida a la gente para que busquen qué comer porque ya es tarde. Jesús mismo siente lástima de la multitud porque le siguen desde hace tres días, no tienen qué comer y no puede despedirlos en ayunas, porque podrían desfallecer en el camino. Se resalta la misericordia característica de Jesús, con que hace suya la necesidad ajena y mueve a los suyos a buscar una solución. La misericordia, en efecto, no es un simple sentimiento o una mirada compasiva ante la dolencia del prójimo. Ella promueve de inmediato el movimiento de la solidaridad para remediarla.
La ubicación de Jesús en el monte es un detalle significativo. En la Biblia, es lugar de cercanía con Dios. En el Sinaí Moisés hablaba con el Señor cara a cara, como un amigo con su amigo (Ex 33, 11). El monte aparece a menudo en la vida de Jesús. En el monte de las bienaventuranzas proclamó lo más central de su mensaje (Mt 5, 1). En un monte se va a transfigurar ante sus discípulos (Mt 17, 1-3). Y en el monte Calvario será elevado en una cruz para la salvación del mundo.
Acercarse a Jesús es acceder a la máxima revelación de Dios, que actúa en Él como misericordia, amor que salva. De ese modo queda subrayado el sentido básico del milagro de los panes: realmente, Jesús sacia el hambre de su pueblo y hace ver que por ser Dios amor misericordioso, Él no puede desentenderse del hambre de la multitud.
El contenido eucarístico de la primera multiplicación de los panes se reproduce en la segunda. Van unidos el pan y el pescado, pues ambos elementos representaban para los primeros cristianos el misterio eucarístico, como puede verse en el arte paleocristiano, concretamente en las catacumbas.
Las palabras de Jesús sobre los panes: pronunció la bendición, los partió y se los dio, evocaban indudablemente a sus lectores la celebración de la cena del Señor. La comunidad advirtió que el Jesús que dio de comer a la multitud, les dio a ellos a comer su cuerpo en la última cena y mandó realizar esa misma acción como el memorial de su entrega para la vida del mundo.
El relato concluye como en el capítulo 14. Jesús despide a la multitud, sube a una barca y se dirige, esta vez, a la región de Magadán, lugar desconocido, que muchos suponen que es Magdala (o la ciudad de Maquedá mencionada en Josué, 15, 37).
Jesús sigue acompañando a su pueblo con los mismos sentimientos que tuvo ante las multitudes hambrientas de Galilea. Su presencia es tan real y concreta como la de quien da de comer. El grupo de los suyos, reunidos por Él en torno a la mesa de su pan compartido, asumen sus mismos sentimientos solidarios y los de sus hermanos y hermanas carentes de pan. La mesa común de la comunidad da a sus vidas el significado del pan, cuya razón de ser no es guardarse sino compartirse. Se realiza así en ellos la presencia viva del Señor, la eucaristía perfecta en el quehacer cotidiano en favor de los demás.