lunes, 4 de junio de 2018

Parábola de los viñadores homicidas (Mc 12, 1-12)

P. Carlos Cardó SJ
Parábola de los viñadores asesinos, ilustración de Eugène Burnand, publicada en “Les Paraboles”, publicada por los editores frances Berger-Levrault (1908)
Jesús se puso a hablarles en parábolas: "Un hombre plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero. A su debido tiempo, envió a un servidor para percibir de los viñadores la parte de los frutos que le correspondía. Pero ellos lo tomaron, lo golpearon y lo echaron con las manos vacías. De nuevo les envió a otro servidor, y a este también lo maltrataron y lo llenaron de ultrajes. Envió a un tercero, y a este lo mataron. Y también golpearon o mataron a muchos otros. Todavía le quedaba alguien, su hijo, a quien quería mucho, y lo mandó en último término, pensando: “Respetarán a mi hijo”.Pero los viñadores se dijeron: “Este es el heredero: vamos a matarlo y la herencia será nuestra”'.  Y apoderándose de él, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña. ¿Qué hará el dueño de la viña? Vendrá, acabará con los viñadores y entregará la viña a otros.  ¿No han leído este pasaje de la Escritura: “La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: esta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos?". Entonces buscaban la manera de detener a Jesús, porque comprendían que esta parábola la había dicho por ellos, pero tenían miedo de la multitud. Y dejándolo, se fueron.   
La expulsión de los mercaderes del templo hecha por Jesús ha sido interpretada por los sumos sacerdotes y los doctores de la ley como una acción provocadora. Se han decidido entonces a buscar el modo de acabar con Él. Jesús advierte una vez más que serán capaces de levantar contra Él al pueblo para darle muerte, consumando así la ruptura de Israel con el Dios que lo escogió para ser luz de las naciones.
En ese contexto, Marcos relata la parábola de los viñadores homicidas. A diferencia de la versión que dan de ella Mateo (21,33-46) y Lucas (20, 9-19), no concentra su atención en el plan de Dios rechazado por Israel, sino en la figura del heredero, el hijo amado, el predilecto  –tal como apareció en el bautismo (Mc 1,1) y la transfiguración (Mc 9,7)– y cuya muerte cruenta cambiará el destino histórico de Israel y será fuente de vida eterna para cuantos creen en Él. La agresividad de los viñadores contra los enviados por el señor de la viña aparece in crescendo: golpean, ultrajan, asesinan. El hijo amado será ultrajado, golpeado y asesinado por los que han pretendido adueñarse de la viña.
Todo el relato confluye en la pregunta: ¿Qué hará el dueño de la viña con esos viñadores? La Biblia da una respuesta en el canto de Isaías 5, citado por Marcos: Dios juzga y castiga la infidelidad de su pueblo. Pero el relato evangélico va más allá: por rechazar al Hijo de Dios, anunciador y portador del Reino, el pueblo de la antigua alianza perderá su rol histórico, quedarán superados los privilegios raciales y culturales del judaísmo y la salvación será ofrecida a los extranjeros.
La cita del Salmo 118, aplicado a Cristo, ilumina este planteamiento y lo amplía mucho más. Hace ver que Jesús es la piedra rechazada por los arquitectos que ha venido a convertirse en la piedra angular de la que todo depende. Debe, por tanto, ser reconocida y aceptada. Cristo resucitado será la piedra angular del nuevo templo que Dios construirá, la humanidad nueva. El plan de Dios, lejos de ser anulado por la maldad de los hombres, se realizará.
Los sumos sacerdotes y doctores que escuchan la parábola entienden muy bien sus imágenes, pues tienen resonancias bíblicas que ellos conocen: la viña es el pueblo de Dios; su dueño es el mismo Dios; los viñadores son ellos, los jefes del pueblo; los siervos enviados son los profetas; los frutos que se esperan son la fidelidad a la alianza; el hijo resulta ser Jesús, pues así se ha presentado ante ellos; y los otros a quienes se les dará la viña son los gentiles. Vieron, pues, que la parábola iba dirigida a ellos. Quisieron capturarlo, pero lo dejaron y se fueron porque temieron a la gente.
Según la mentalidad judía de la época, respaldada por diversos pasajes de la Escritura, y que el mismo Jesús expresa (pero que Mateo pone en labios de los judíos y no de Jesús. Cr. Mt  21,41), no se podía esperar sino el castigo divino contra esos malvados que darían muerte al Hijo inocente.
Sin embargo, los pensamientos de Dios se revelarán más tarde, en la pasión de Jesús. Allí quedará de manifiesto que el Dios de Jesús no piensa en penas contra culpas ni en castigos contra delitos, no se queda en la lógica de la justicia humana vindicativa de dar a cada cual lo que se merece, no sabe lo que es vengarse ni puede dejar de amar, pues no sería Dios, sino un simple hombre.
Su justicia es de otro orden: hace triunfar el amor sobre la maldad. Eso significa que la piedra descartada por los hombres se convierta en piedra angular. En su Hijo muerto, Dios hará triunfar su amor salvador como oferta última, extremada, para la salvación de los perdidos, de los rechazados y aun de sus propios verdugos. Si fuese sólo un hombre se quedaría en la sentencia de condenación. Por ser Dios, hace que del mismo mal cometido por ellos surja triunfante la vida. Esto lo entenderán los discípulos en la mañana de la resurrección. 
La parábola debe hacer pensar también a la comunidad cristiana, pues en el comportamiento de sus miembros y de sus instituciones puede reproducir la misma pretensión de los judíos del tiempo de Jesús de poseer el reino de Dios o de hacerlo depender de los méritos propios. La Iglesia no puede olvidar que está más bien a su servicio. Por eso, peregrina hacia él, ella se ha de esforzar por anunciar a todos la salvación y ofrecer en medio del mundo un espacio de misericordia en el que todos pueden ser acogidos.

domingo, 3 de junio de 2018

Homilía de la Fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo (Mc 14, 22-25)

P. Carlos Cardó SJ
La Cena, óleo sobre lienzo de Pieter Pourbus (1548), Museo Groeninge, Brujas, Bélgica
Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: "Tomen, esto es mi Cuerpo". Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella. Y les dijo: "Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos. En verdad les digo que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios". 
Este texto eucarístico de Marcos termina con la solemne afirmación: Les digo en verdad (amén, amén, yo les digo) que ya no beberé más del fruto de la vida hasta  el día en que beba el vino nuevo en el reino de Dios. Esta frase hacía ver a los primeros cristianos que cuando se reunían para partir juntos el pan y beber juntos el vino, no solamente recordaban la muerte del Señor, sino que comían realmente su cuerpo y bebían su sangre, es decir, unían íntimamente sus personas a la de Él, se creaba una verdadera comunión con Dios y entre ellos, cuya plenitud se alcanzará al final de los tiempos, cuando venga sobre todo lo creado el reinado de Dios.
Los evangelios Sinópticos y Pablo concuerdan perfectamente en la intención de hacer ver a los cristianos de las futuras generaciones que Jesús por las acciones y palabras que empleó en la cena que celebró con sus discípulos antes de padecer, interpretó su muerte como la culminación del plan de salvación que había recibido de Dios, su Padre, y que Él había querido cumplir plenamente por amor a sus hermanos.
En la última cena hay un Jesús que piensa en su muerte inminente y habla de ella  poniéndola en relación con el contenido central de toda su enseñanza y con el significado central de su propia existencia, que es el de una vida que se entrega para dar vida.
Al mismo tiempo, la cena del Señor se realiza en una situación cargada de expectativa. Hay allí un Jesús que piensa en el reino. Por eso, entiende y plantea la cena en términos escatológicos, como la anticipación de la alegría definitiva en el reino de su Padre.
Y es también una situación cálidamente familiar y fraterna: Jesús está reunido con el grupo de sus íntimos, con aquellos que han perseverado con Él en sus prueba, y a los que quiere mantener unidos a Él y entre sí, pase lo que pase.
Por eso la celebración de su cena por los cristianos será constitutiva de la comunidad, en todos sus aspectos: porque une en comunión a los hermanos entre sí y con Cristo, porque es signo de su reino por venir y porque es también señal o instrumento de su presencia y de su obra salvadora en la historia. La eucaristía hace a la Iglesia.
La cena de Jesús puede enmarcarse en el contexto de las comidas comunitarias que tuvo durante su vida con gente de todo tipo de procedencia. Se ven en ella puntos de contacto con las formas habituales de comer propias de los judíos, en especial la de los banquetes festivos y, más concretamente, la de la cena de pascua.
En dichos banquetes son esenciales los elementos siguientes: la pertenencia mutua y la religación personal de los comensales por la afirmación y vivencia de su pertenencia al pueblo escogido, la acción de gracias por la liberación, la apertura de principio a todos los alejados y el deseo de la reunión de todos los hijos de Dios dispersos. Por todo ello, esos banquetes eran “signo” precursor del incipiente reinado final de Dios. Pero estos datos, aunque ilustrativos, no bastan por sí solos para explicar lo que Jesús quiso hacer en su Cena.
Por eso, cuando los evangelios relatan la última cena, dan una descripción que incluye ya el modo cómo la primitiva Iglesia celebraba la liturgia eucarística. Subrayan como lo central la bendición del pan: Tomó el pan; pronunció la bendición y la acción de gracias sobre el cáliz: Pronunció la acción de gracias (Mt 26,26s; Mc 12, 22; 27; Mc 14, 23).
Omiten la cena ritual judía y dan relieve a los dos momentos de la entrega y comunión del pan y del vino. Hacen ver así (y Pablo lo afirma con toda claridad en 1 Cor 11, 23-26) que la cena, unida inseparablemente a la cruz del Señor, es una comida sacrificial, un signo de la nueva alianza de Dios con nosotros y un sacramento de comunión.
En la cena del Señor, la antigua celebración de la liberación nacional se convierte en la conmemoración de una la nueva liberación, la comida del cordero se sustituye por la comida de su propio cuerpo y la bebida de su sangre. Con esto, dejó a su Iglesia una comida que es acción de gracias y sacrificio al mismo tiempo. Y todo a través de unos actos sencillos: ofrecer un pedazo de paz y una copa de vino, y unas sencillas palabras: Esto es mi cuerpo..., esto es mi sangre. 
Sin embargo, en su misma sencillez, sintetizan mucho más de lo que un cristiano puede experimentar de una vez: el recuerdo de la despedida de Jesús, la actualización del sacrificio de su vida, la acción de gracias por lo que hace por nosotros, la expectación de su reinado, y la comunión fraterna, fundamento esencial de la Iglesia.

sábado, 2 de junio de 2018

Controversia con los jefes judíos (Mc 11, 27-33)

P. Carlos Cardó SJ
Judíos rezando en la sinagoga, óleo sobre lienzo de Maurice Gottlieb (1878), Museo de Arte de Tel Aviv, Israel
Y llegaron de nuevo a Jerusalén. Mientras Jesús caminaba por el Templo, los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos se acercaron a él y le dijeron: "¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿O quién te dio autoridad para hacerlo?". Jesús les respondió: "Yo también quiero hacerles una sola pregunta. Si me responden, les diré con qué autoridad hago estas cosas. Díganme: el bautismo de Juan, ¿venía del cielo o de los hombres?". Ellos se hacían este razonamiento: "Si contestamos: 'Del cielo', él nos dirá: '¿Por qué no creyeron en él?'.¿Diremos entonces: "De los hombres'?". Pero como temían al pueblo, porque todos consideraban que Juan había sido realmente un profeta, respondieron a Jesús: "No sabemos".
Y él les respondió: "Yo tampoco les diré con qué autoridad hago estas cosas". 
La estadía de Jesús en Jerusalén está cargada de enfrentamientos y polémicas con los dirigentes judíos. Sus adversarios se ubican en el templo, lugar santo que ellos han convertido en lugar de comercio y de ejercicio de una autoridad abusiva.
Forman tres grupos, sobre los cuales Marcos hará caer la mayor responsabilidad en la muerte de Jesús: los sumos sacerdotes, los escribas o doctores de la ley y los ancianos. Los tres grupos constituyen el Sanedrín, asamblea suprema de la nación judía. Los primeros son los jefes del templo, los escribas son juristas y guías del pueblo y los ancianos son personas respetables que participan por derecho del Sanedrín.
En varias ocasiones, directamente o por medio de enviados suyos, han interpelado a Jesús, sobre lo que enseña al pueblo y las acciones que hace; les irrita el modo como maneja las traiciones antiguas y que se atreva a violar el descanso del sábado por atender las necesidades de la gente, sobre todo de los enfermos. En esta ocasión lo interpelan directamente sobre su autoridad, le exigen que acredite quién le ha nombrado para las funciones que desempeña, que muestre, por así decir, sus credenciales.
Es muy probable que lo que más les haya irritado sea la expulsión de los mercaderes del templo que Jesús ha realizado poco antes. Fue una acción profética, simbólica. Con ella Jesús purificó el templo y lo declaró casa de oración abierta a todos. Al hacerlo, se puso en la línea de los grandes profetas: Amós, Miqueas, Jeremías, que criticaron la religiosidad de su tiempo, fueron hostigados por sus representantes oficiales y dieron su vida por la verdadera religión.
Pero además los sumos sacerdotes se enardecen contra Jesús porque desenmascara el comercio que mantienen en el templo con la venta de los animales para los sacrificio y el pago de impuestos para el santuario.
¿Quién te ha dado autoridad para actuar así?, le preguntan. Jesús les responde con otra pregunta, como solían hacer los rabinos en sus discusiones, y deja al descubierto la mala intención de sus interlocutores. Los deja en un aprieto. El bautismo de Juan ¿era del cielo?, respóndanme.
Al no querer responder, quedan obligados a admitir la santidad del bautismo de Juan y a tener que reconocer igualmente que la obra de Jesús es de origen divino. Han sido más que suficientes las enseñanzas que Él ha impartido y los signos que ha realizado para darse cuenta de su identidad de enviado; pero el reconocimiento de esta identidad implica un grave riesgo para ellos pues les desestabiliza su seguridad, el poder que detentan y las riquezas que han acumulado.
En suma, Jesús desinstala, quien reconoce a Jesús como lo que es, enviado del Padre, sabe que su vida debe cambiar y, sobre todo, debe despojarse de sus falsas seguridades e intereses personales ilícitos y no intentar defenderse con la respuesta de los jefes judíos: No sabemos… 
Ocurre así muchas veces cuando no se está dispuesto a arriesgar la posición o ganancia lograda para mantener los valores en los que se cree. La raíz de toda incredulidad práctica está en el miedo al riesgo y a las consecuencias del obrar honesto. Creer es vivir con transparencia y rectitud.

viernes, 1 de junio de 2018

La higuera estéril y la purificación del templo (Mc 11, 11-26)

P. Carlos Cardó SJ
La higuera seca, óleo sobre lienzo de Diego Quispe Tito (1681), Museo de Arte Religioso (Palacio Arzobispal), Cusco, Perú

Jesús llegó a Jerusalén y fue al Templo; y después de observarlo todo, como ya era tarde, salió con los Doce hacia Betania.Al día siguiente, cuando salieron de Betania, Jesús sintió hambre. Al divisar de lejos una higuera cubierta de hojas, se acercó para ver si encontraba algún fruto, pero no había más que hojas; porque no era la época de los higos. Dirigiéndose a la higuera, le dijo: "Que nadie más coma de tus frutos". Y sus discípulos lo oyeron.Cuando llegaron a Jerusalén, Jesús entró en el Templo y comenzó a echar a los que vendían y compraban en él. Derribó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas, y prohibió que transportaran cargas por el Templo. Y les enseñaba: "¿Acaso no está escrito: Mi Casa será llamada Casa de oración para todas las naciones? Pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones".Cuando se enteraron los sumos sacerdotes y los escribas, buscaban la forma de matarlo, porque le tenían miedo, ya que todo el pueblo estaba maravillado de su enseñanza.Al caer la tarde, Jesús y sus discípulos salieron de la ciudad.A la mañana siguiente, al pasar otra vez, vieron que la higuera se había secado de raíz.Pedro, acordándose, dijo a Jesús: "Maestro, la higuera que has maldecido se ha secado".Jesús le respondió: "Tengan fe en Dios. Porque yo les aseguro que si alguien dice a esta montaña: 'Retírate de ahí y arrójate al mar', sin vacilar en su interior, sino creyendo que sucederá lo que dice, lo conseguirá. Por eso les digo: Cuando pidan algo en la oración, crean que ya lo tienen y lo conseguirán. Y cuando ustedes se pongan de pie para orar, si tienen algo en contra de alguien, perdónenlo, y el Padre que está en el cielo les perdonará también sus faltas. Pero si no perdonan, tampoco el Padre que está en el cielo los perdonará a ustedes.
El episodio de la higuera estéril y el de la purificación del templo aparecen unidos en el evangelio de Marcos. La razón es que el templo material daba al judío la falsa seguridad de su salvación. Se llenaban de orgullo exclamando: ¡Ah, el templo del Señor! ¡Ah, el templo del Señor! Les gustaba celebrar en él ceremonias solemnes y sacrificios costosos, pero al mismo tiempo se lo profanaba con toda clase de injusticias y se llevaba una vida de espaldas a los valores que en el templo se proclamaban. Por esta razón, esa religiosidad centrada en el templo no ha dado frutos, es la hojarasca engañosa de la higuera que esconde su esterilidad.
Jesús recurre a una acción simbólica que lo presenta como el Mesías-Rey que juzga. La higuera que es Israel y el judaísmo oficial no ofrecen los frutos deseados y engañan a la gente, por eso merecen la condena de Jesús.
Al día siguiente, los discípulos vieron que la higuera se había secado. Jesús aprovecha la ocasión para instruirlos sobre la fe verdadera, que se expresa en la oración auténtica y el perdón, frutos que estaban ausentes en la religiosidad de Israel. Es la razón por la que Jesús, haciendo uso de su autoridad mesiánica realiza a continuación, según Marcos, el gesto simbólico de purificar el templo y el culto: Mi casa es casa de oración para todos los pueblos. Ustedes sin embargo la han convertido en cueva de ladrones.
Juan (2, 13-22) sitúa el episodio al comienzo, en una fiesta de pascua. Es más prolijo en detalles descriptivos. Habla del látigo que hace Jesús y del trato que da a unos vendedores y a otros. Y, sobre todo, incluye la profecía: Destruyan este templo y en tres días lo levantaré de nuevo.
Sea como fuere, no es un simple arrebato de ira. Jesús adopta la actitud valiente de los profetas (Amós, Miqueas, Isaías, Jeremías) que habían denunciado la injusticia y dado su vida por la verdadera religión. Su conciencia crítica lo lleva a denunciar aquella perversión insoportable que consiste en usar a Dios para lucrar y oprimir. Por eso, el templo es vez de reflejar la gloria de Dios, se ha convertido en una cueva en la que se rinde culto a Mammon, el dios del dinero, que sustituye a Dios. Por eso Jesús tiene que purificarlo y llenarlo de la gloria que resplandece en su persona y en su palabra. Así aparece Jesús como el verdadero templo del Dios-con-nosotros, que hace entrar en comunión con Dios.
Sólo después de la resurrección los discípulos llegarán a entender que el templo de piedra podía caer (como de hecho cayó el año 70), pero que el cuerpo de Cristo, destruido en la cruz, pero resucitado y levantado por Dios, es el templo nuevo en el que habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente (Col 2,9). Cristo resucitado es el lugar definitivo de la presencia de Dios en su pueblo, santuario de la auténtica adoración en espíritu y en verdad (Jn 4,23), la perfecta “casa del Padre”.
La actuación de Jesús en el templo será la causa de su muerte. Su palabra acerca de la destrucción del templo será el motivo de su condena. Jesús es perseguido por los poderosos. Pero a diferencia de los poderosos, el pueblo sencillo le escucha. Quien escucha la Palabra y la pone en práctica, se convierte en piedra vida del nuevo templo. 
San Pedro dirá: Ustedes como piedras vivas, van construyendo un templo espiritual dedicado a un sacerdocio santo, para ofrecer, por medio de Jesucristo, sacrificios espirituales agradables a Dios (1 Pe 2,4-5). La comunidad eclesial es “el nuevo templo”. Y la ofrenda de nuestras vidas entregadas a la causa de Jesús y su Reino es el sacrificio espiritual agradable a Dios (Rom 12,1-3). El simbolismo de la higuera vale, pues, también para nosotros: el mundo es la viña del Señor y cada uno de nosotros una higuera, destinada a dar fruto.