miércoles, 21 de agosto de 2024

Los trabajadores de la viña (Mt 20,1-16)

 P. Carlos Cardó SJ 

Parábola de los trabajadores de la viña, óleo sobre lienzo de Rembrandt van Rijn (1637), Museo del Hermitage, San Petersburgo, Rusia

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: "El Reino de los cielos es semejante a un propietario que, al amanecer, salió a contratar trabajadores para su viña. Después de quedar con ellos en pagarles un denario por día, los mandó a su viña. Salió otra vez a media mañana, vio a unos que estaban ociosos en la plaza y les dijo: ‘Vayan también ustedes a mi viña y les pagaré lo que sea justo’.
Salió de nuevo a medio día y a media tarde e hizo lo mismo. Por último, salió también al caer la tarde y encontró todavía a otros que estaban en la plaza y les dijo: `¿Por qué han estado aquí todo el día sin trabajar?’ Ellos le respondieron: ‘Porque nadie nos ha contratado’. Él les dijo: `Vayan también ustedes a mi viña’.
Al atardecer, el dueño de la viña le dijo a su administrador: ‘Llama a los trabajadores y págales su jornal, comenzando por los últimos hasta que llegues a los primeros’. Se acercaron, pues, los que habían llegado al caer la tarde y recibieron un denario cada uno.
Cuando les llegó su turno a los primeros, creyeron que recibirían más; pero también ellos recibieron un denario cada uno. Al recibirlo, comenzaron a reclamarle al propietario, diciéndole: ‘Esos que llegaron al último sólo trabajaron una hora, y, sin embargo, les pagas lo mismo que a nosotros, que soportamos el peso del día y del calor’.
Pero él respondió a uno de ellos: ‘Amigo, yo no te hago ninguna injusticia. ¿Acaso no quedamos en que te pagaría un denario? Toma, pues, lo tuyo y vete. Yo quiero darle al que llegó al último lo mismo que a ti. ¿Qué no puedo hacer con lo mío lo que yo quiero? ¿O vas a tenerme rencor porque yo soy bueno?’ De igual manera, los últimos serán los primeros, y los primeros, los últimos". 

Los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos. De ninguna manera esta frase alienta la incompetencia y la mediocridad. Los talentos que Dios da hay que hacerlos producir. Procurar mejorar en todo, perfeccionarse en los estudios, progresar profesionalmente, es lo que toda persona debe hacer por su propio bien y el de la sociedad. Pero si la motivación para lograrlo no es la de servir mejor, sino únicamente el lucro, la autocomplacencia y el provecho egoísta, desde el punto de vista cristiano eso no sirve para nada. Lo dice San Pablo: Ya puedo yo hablar las lenguas de hombres y de los ángeles, pero si no tengo amor soy como un bronce que suena o unos platillos que hacen ruido (1Cor 13,1); en otras palabras, ya puedo ser un triunfador según el mundo, pero si no actúo por amor no merezco ninguna alabanza. 

La parábola es sencilla, el dueño de la viña, que representa al Padre del cielo, contrata a toda clase de obreros y a todos les paga un mismo jornal. Unos van a trabajar a primera hora, otros al mediodía y otros cuando la jornada ya concluye; cada uno cuando lo llama el Señor. A todos, en el tiempo propicio, cuando el Señor así lo dispone, nos toca la gracia. 

Jesús toma distancia de la justicia humana, que a veces puede ser parcial y deficiente. El “dar a cada uno lo suyo” puede fomentar las desigualdades cuando exigimos desde nuestros derechos adquiridos, buscando incrementar lo que ya tenemos, sin pensar primero en asegurar las necesidades más urgentes que otros padecen. La justicia de Jesús es de otro orden: para él, los últimos han de ser tratados como los primeros. La caridad y la misericordia coronan la justicia. Dios no se rige tanto por la justicia del derecho sino por la gracia. 

Sin darnos cuenta podemos trasladar a nuestra relación con Dios la lógica contable y lucrativa que rige los intercambios económicos. La relación con Dios no se basa en inversiones y ganancias, méritos y recompensas. Dios es amor gratuito y sobrea­bundante. Y su modo de obrar nos debe mover a ser agradecidos y desinteresados. Querer llevar una vida recta y hacer obras buenas para asegurarnos un premio aquí o en el más allá, es obrar como los primeros trabajadores de la viña que se quejan de que los últimos reciban igual salario; ellos quieren recibir más por sus méritos propios, no por gracia del Señor. No han conocido la justicia del reino, no han aprendido la lección de la gratuidad, núcleo central del amor. 

Así se portó Jonás cuando vio que Dios perdonaba a los habitantes de Nínive, que él creía merecedores de castigo. Así se portó también el hijo mayor que se quejó contra su padre porque mandó celebrar un banquete por el regreso del hijo pródigo. Lo mismo ocurría en la primitiva Iglesia con los cristianos procedentes del judaísmo que se quejaban porque los venidos del paganismo tenían en la Iglesia igual rango y derechos que ellos. Jesús mismo tuvo que enfrentar esta dificultad: los judíos no podían comprender que Dios ofreciera el don de la salvación a judíos y no judíos. Por eso declaró: Vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos, mientras que los hijos del reino serán echados fuera a la tiniebla (Mt 8,11-12). 

Realidad actual: muchos por el cargo que ocupan o por las buenas obras que practican adquieren relevancia y se creen superiores. Ante Dios no podemos esgrimir derechos ni exhibir méritos, los que consideramos “últimos” pueden estar delante de nosotros ante Dios. Seguir a Jesús pobre y humilde, venido no a que lo sirvan sino a servir, significa superar todo espíritu de rivalidad y codicia, desterrar todo “exclusivismo”, alegrarse con el éxito y cua­lidades de los demás, admitir con gozo que otros sean favorecidos por el Señor, que ama a todos sin distinción y gratuitamente, es decir, sin esperar nada a cambio.

martes, 20 de agosto de 2024

El uso de los bienes (Mt 19, 23-30)

P. Carlos Cardó SJ 

La gloria, o Adoración del nombre de Dios, pintura al fresco de Francisco de Goya (1772), Basílica del Pilar, Zaragoza, España

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Yo les aseguro que un rico difícilmente entrará en el Reino de los cielos. Se lo repito: es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los cielos".
Al oír esto, los discípulos se quedaron asombrados y exclamaron: "Entonces ¿quién podrá salvarse?".
Pero Jesús, mirándolos fijamente, les respondió: "Para los hombres eso es imposible, más para Dios todo es posible".
Entonces Pedro, tomando la palabra, le dijo a Jesús: "Señor, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido, ¿qué nos va a tocar?".
Jesús les dijo: "Yo les aseguro que en la vida nueva, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, ustedes, los que me han seguido, se sentarán también en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel. Y todo aquel que por mí haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o padre o madre, o esposa o hijos, o propiedades, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna. Y muchos primeros serán últimos y muchos últimos, primeros". 

El texto es la continuación del pasaje del joven rico. Expone, en forma de diálogo de Jesús con sus discípulos, su enseñanza sobre la relación con los bienes materiales. Como el caso del matrimonio indisoluble, la práctica de esta doctrina no va a ser fácil. Por eso el texto busca motivar a los cristianos para que acepten la enseñanza de Jesús, valorando lo que con ella se obtiene. No se interpretan bien sus palabras si se las ve como una exhortación a privarse de bienes como si la renuncia fuera un bien en sí misma. Motivaciones puramente ascéticas y voluntaristas de la pobreza evangélica amargan y estrechan muchas veces el corazón de la personas, haciéndolas caer en mezquindades. Se trata de valorar lo positivo de la enseñanza de Jesús sobre el uso de los bienes y verla a la luz de su persona, que pasó haciendo el bien, nos enseñó que hay más felicidad en dar que en recibir (Hech 20,35) y habló del tesoro escondido y de la perla, cuyo hallazgo produce tal alegría que uno se mueve a venderlo todo para adquirirlo. 

El joven rico no se animó a seguir a Jesús. La riqueza le tenía agarrado el corazón; no entendió cómo Dios podía ser su tesoro y cómo podía él situarse ante sus bienes con libertad para repartirlos y seguir a Jesús. El desenlace fue que se fue muy triste porque tenía muchos bienes. Pero Jesús no entra en componendas y dice a sus discípulos: Yo les aseguro: ¡Es difícil que un rico entre en el reino de los cielos! 

Como en el caso del matrimonio indisoluble (Mt 19, 10), también aquí los discípulos se espantaron: ¡Quién podrá salvarse!, protestaron. Al igual que la mayoría de la gente piensan que la riqueza no tiene por qué ser un obstáculo para la salvación. Pero están engañados y Jesús quiere hacerles ver que cuando el corazón está lleno de egoísmo, el hombre usa mal los bienes que posee y los convierte en males. Los bienes de este mundo son bendición y vida si se comparten, pero se tornan maldición y muerte si se acumulan para el propio confort. Lo que se retiene con ambición, divide; lo que se comparte, une. El apego egoísta a la riqueza lleva a ignorar las necesidades del prójimo y a cometer injusticias. En cambio, emplear el dinero para llevar una vida digna y contribuir al desarrollo, generando fuentes de trabajo, compartiendo las ganancias con equidad y ayudando a resolver el problema de la pobreza, eso significa no darle al dinero el valor de un dios, sino usarlo según el plan del Creador en favor de la vida y tener en cuenta la soberanía de Dios sobre todas las cosas. La enseñanza que da Jesús a los discípulos, se refuerza solemnemente con su frase complementaria: ¡Qué difícil es entrar en el reino de Dios!  Le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios. 

No tiene ningún sentido discutir si se refiere al ojo de una aguja de coser o a la “aguja” o chapitel que se usaba como remate de torres y arcos. Lo que está claro es que con esa frase Jesús declara la imposibilidad absoluta de que una persona apegada a la riqueza pueda alcanzar la meta de la vida eterna; y la razón es que el dinero tiene un extraordinario poder de cautivar el corazón del hombre hasta convertirse en un ídolo que suplanta a Dios y al prójimo. El apego al dinero es una idolatría, que atrae y lleva a los hombres a adorarlo como el bien supremo, ya sean cristianos, judíos, musulmanes o ateos, en todas partes del mundo. Por eso Jesús emplea este lenguaje gráfico y tajante: porque quiere hacer comprender que sólo teniendo a Dios como lo más importante en la vida y rechazando a los ídolos, entre los que la riqueza se encuentra en primer lugar, se puede acoger con gozo la salvación del Reino. 

Sólo la gracia es capaz de lograr que el rico rompa con la riqueza, se haga discípulo de Jesús y se salve. La liberación interior frente a todas las cosas es acción de Dios por excelencia. Se produce en el encuentro con Jesús que revela dónde está puesto el corazón. Donde está tu tesoro, allí está tu corazón. El evangelio nos abre los ojos a lo que ocurrió entre los primeros cristianos y sigue ocurriendo hoy: las personas se corrompen cuando entre ellas y Dios, entre ellas y el prójimo, entre ellas y el bien del país, está de por medio el dinero. Por eso, hay que recordar que el mismo Señor que nos da todos los bienes que poseemos, materiales, espirituales, intelectuales y morales, nos da también la capacidad de usarlos con libertad responsable para servirlo a él y a los hermanos.

lunes, 19 de agosto de 2024

El joven rico (Mt 19, 16-22)

 P. Carlos Cardó SJ 

Jesús y el joven rico, pintura de autor anónimo (1879), Iglesia del Salvador, Beijing, China

En aquel tiempo se acercó a Jesús un joven y le preguntó: "Maestro, ¿qué cosas buenas tengo que hacer para conseguir la vida eterna?".
Le respondió Jesús: "¿Por qué me preguntas a mí acerca de lo bueno? Uno solo es el bueno: Dios. Pero, si quieres entrar en la vida, cumple los mandamientos".
Él replicó: "¿Cuáles?".
Jesús le dijo: "No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, ama a tu prójimo como a ti mismo".
Le dijo entonces el joven: "Todo eso lo he cumplido desde mi niñez, ¿qué más me falta?".
Jesús le dijo: "Si quieres ser perfecto, ve a vender todo lo que tienes, dales el dinero a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego ven y sígueme".
Al oír estas palabras, el joven se fue entristecido, porque era muy rico. 

¿Qué debo hacer para alcanzar la vida eterna? Mateo dice que quien hizo esta pregunta a Jesús fue un joven, pero Marcos dice simplemente que uno se le acercó, y Lucas añade que fue un hombre importante. De modo que se trata de la pregunta que, en el fondo, se plantea todo aquel que piensa en lo que va a hacer con su vida. 

El joven del relato quiere que se le diga cuál debe ser la dirección hacia la cual debe orientar su futuro y la actitud práctica y concreta que debe asumir para lograrlo. Y como es un judío piadoso lo piensa en términos religiosos: cómo puede estar bien con Dios para participar en su reino futuro y salvarse. Las formas de expresar esta cuestión capital pueden variar, pero tarde o temprano toda persona se la plantea: ¿Qué debo hacer para alcanzar la felicidad y realizarme plenamente? Además, si es sincero, reconoce por experiencia que no todas sus acciones han estado bien dirigidas, que no puede guiarse sólo por los impulsos de sus instintos, y que algunas veces se ha equivocado porque su mente no puede abarcar todos los aspectos de la realidad. Advierte, en fin, que en su corazón se anidan afectos y pasiones que le impiden tomar decisiones acertadas y con verdadera libertad. 

La respuesta de Jesús tiene dos partes, conforme a la reacción del joven. Le dice primero que la condición indispensable es el cumplimiento de los mandamientos de la ley de Dios, y le enumera cinco que tienen que ver con los deberes para con el prójimo, (cf. Gén 20, 12-16; Dt 16,20), añadiendo: ama a tu prójimo como a ti mismo (Lv 19, 18) como para reforzar la idea de que la salvación depende del amor a los demás (cf. Rom 13,9; Gal 5, 14). A continuación, al oír que el joven afirma haber cumplido todo eso y que quiere saber concretamente qué le falta, Jesús le dice: Si quieres ser perfecto, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres –así tendrás un tesoro en el cielo– y luego ven y sígueme. 

El término perfecto llevó a pensar durante mucho tiempo que estaba allí el fundamento de la vocación a la vida religiosa, considerada como “estado de perfección”, por la práctica de los votos de pobreza, castidad y obediencia. Pero Jesús no designa con ser perfecto ninguna actitud moral, ni virtud reservada solamente a unos cuantos llamados, sino a la integridad de las condiciones que ha de cumplir todo aquel que quiere alcanzar la vida eterna. Perfecto significa completo, acabado, pleno. Y en este sentido, hay allí una alusión a lo imperfecto de la ley judía que debe perfeccionarse con el seguimiento de Jesús y la adhesión a su persona. La ley antigua, los mandamientos, son necesarios pero no bastan. Al cristiano se le pide seguir e imitar a Jesús en su libertad frente a todas las cosas, para poder mantenerse disponible a la voluntad del Padre, usar los bienes tanto cuanto convenga para no estar atado a nada, solidarizarse con los necesitados, compartir con ellos sus bienes y tener a Dios como lo más importante de todo. Eso significa tendrás un tesoro en el cielo, que ha de entenderse como: Dios será tu tesoro. Y como donde está tu tesoro, allí está tu corazón, equivale en definitiva a tener a Dios en el centro y en lo más vital de la persona. 

El camino que Jesús le muestra al joven rico –que a todos nos representa– no es, pues, una disciplina ascética de renuncia de los bienes que tenemos o podemos desear a fin de lograr un equilibrio interior, libre de ansias de posesión o de disfrute. Lo que él quiere hacer ver es que seguirlo e imitarlo es vivir en Dios y para Dios; es experimentar ya en la tierra la felicidad bienaventuranza de los que, libres frente a todo, pobres hasta de sí mismos¸ se sienten colmados perfectamente y dan a su propia vida una calidad que Dios reconoce eternamente. Pablo dirá: Si con él morimos, viviremos con él; si con él sufrimos, reinaremos con él… (2 Tes 2, 11-12). 

El joven rico después de oír a Jesús, se entristeció porque tenía muchos bienes y se fue. Le pareció imposible lo que Jesús le proponía y ni siquiera se detuvo a preguntarle cómo se podía lograr, ni tampoco reconoció: Creo, Señor, pero aumenta mi fe. Se fue, simplemente, y nunca más se supo de él. Y da pena en verdad porque dice Marcos (10, 21) que Jesús lo había mirado con especial afecto…

domingo, 18 de agosto de 2024

Domingo XX del Tiempo Ordinario - Yo soy el pan vivo bajado del cielo (Jn 6, 51-58)

 P. Carlos Cardó SJ 

La santa comunión, óleo sobre cobre de Eugenio Lucas Velásquez (1855), Museo del Prado, Madrid

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: "Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo."
Disputaban los judíos entre sí: "¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?".
Entonces Jesús les dijo: "Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre." 

Los judíos no entienden. Llamarse Jesús “pan del cielo” les parece una blasfemia: se hace Dios. Decir que quien lo come tiene vida eterna les resulta inadmisible porque se pone así por encima de la Ley de Moisés, del templo, del sábado, es decir de aquello que, según la fe judía, les obtiene la salvación. Además, eso de comer les resulta demasiado chocante y lo de beber sangre va directamente en contra de lo establecido en el libro del Levítico (Lev 17, 10-12). 

Pero Jesús no da marcha atrás, antes bien refuerza su afirmación: Yo les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes. Expresiones sin duda duras, crudas, incluso chocantes, por medio de las cuales Jesús afirma que la fe verdadera consiste en alimentarse de su persona, nutrirse de sus actitudes y de su modo de vivir. Eso es lo que da al hombre la vida plena, que consiste en la participación de la misma vida-amor de Dios. 

El que come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él. Lo propio del amor entre las personas es que las hace vivir en comunión. Es un recíproco permanecer en el otro, como vivir el uno en el otro, comprobando que uno ya no se entiende a sí mismo sino en su relación con la persona a la que ama. Ya no dos sino uno solo, como en el amor conyugal. Ya no vivo yo, es Cristo que vive en mí, dirá San Pablo (Gal 2,20). 

La terminología eucarística de este discurso de Jesús es clara. La comunidad que escribió el evangelio y todos los primeros cristianos tenían por cierto que lo que Jesús les mandó realizar en la Última Cena antes de padecer fue el memorial de su muerte y resurrección, en el que comían la carne y bebían la sangre del Hijo de Dios, hecho presente de manera real, activa y eficaz. Proclamaban su muerte y resurrección, y el anhelo más profundo que orientaba sus vidas: Marana-tha! Ven, Señor Jesús. 

San Juan en su evangelio, no trae el pasaje de la institución de la Eucaristía como lo hacen los otros evangelistas y Pablo; pero trae a cambio este discurso sobre el pan de vida y el pasaje del lavatorio de los pies de los discípulos, pasajes en los que está explicado el significado de la eucaristía en toda su profundidad. Por eso, no cabe duda que Jesús dio a este discurso, pronunciado después de la multiplicación de los panes, un sentido eucarístico total. Y es que la fe desemboca necesariamente en la eucaristía. 

Los cristianos aceptamos por la fe que en la eucaristía Jesucristo se nos da, haciéndose eficazmente presente y actuante de modo salvador. En ella está el Señor con todo lo que él es y todo lo que él hace por nosotros: su Encarnación, su Muerte y su Resurrección. Las palabras del Señor en su discurso sobre el Pan de Vida y en su Última Cena nos llevan, pues, a apreciar el don del amor del Hijo de Dios, que por nosotros se hizo hombre, se inmoló en la cruz y resucitó para que también nosotros resucitemos con él. 

Es importante redescubrir la conciencia que tenían los primeros cristianos de la unión tan peculiar que se establece con Cristo y en Cristo. Comulgamos con Cristo, con todo lo que él es, su persona y su misión; y comulgamos en Cristo con todos los que él ama, miembros de su cuerpo, a los que entrega su vida. Por eso, quien comulga con Jesús vive la inquietud por crear comunión, deseo supremo suyo. El hacer comunidad se convierte en la piedra de toque de nuestra comunión con Cristo, con todas sus consecuencias prácticas en todos los órdenes de la vida humana, personal y social. Sacramento de unidad, la Eucaristía incita a las comunidades a superar las divisiones. Por eso pedimos: “Reúne en torno a Ti, Padre misericordioso, a todos tus hijos dispersos por el mundo”. Nos acercamos a comulgar y pronunciamos nuestro Amén a lo que significa el sacramento del Cuerpo de Cristo, que el sacerdote nos muestra y nos entrega. Dicho “amén” proclama nuestra disposición para ser transformados en lo que recibimos.