martes, 21 de marzo de 2023

La curación del paralítico de la piscina (Jn 5, 1-16)

 P. Carlos Cardó SJ

Jesús cura al paralítico, ícono bizantino de autor anónimo (siglo XI – XII aprox.), catedral de Monreale, Palermo, Italia

Era un día de fiesta para los judíos, cuando Jesús subió a Jerusalén.
Hay en Jerusalén, junto a la puerta de las Ovejas, una piscina llamada Betesdá, en hebreo, con cinco pórticos, bajo los cuales yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos que esperaban la agitación del agua. Porque el ángel del Señor descendía de vez en cuando a la piscina, agitaba el agua y, el primero que entraba en la piscina, después de que el agua se agitaba, quedaba curado de cualquier enfermedad que tuviera. Entre ellos estaba un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo.

Al verlo ahí tendido y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo en tal estado, Jesús le dijo: "¿Quieres curarte?".
Le respondió el enfermo: "Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua. Cuando logro llegar, ya otro ha bajado antes que yo".
Jesús le dijo: "Levántate, toma tu camilla y anda". Al momento el hombre quedó curado, tomó su camilla y se puso a andar.
Aquel día era sábado. Por eso los judíos le dijeron al que había sido curado: "No te es lícito cargar tu camilla".
Pero él contestó: "El que me curó me dijo: 'Toma tu camilla y anda' ".
Ellos le preguntaron: "¿Quién es el que te dijo: 'Toma tu camilla y anda'?".
Pero el que había sido curado no lo sabía, porque Jesús había desaparecido entre la muchedumbre.
Más tarde lo encontró Jesús en el templo y le dijo: "Mira, ya quedaste sano. No peques más, no sea que te vaya a suceder algo peor". Aquel hombre fue y les contó a los judíos que el que lo había curado era Jesús. Por eso los judíos perseguían a Jesús, porque hacía estas cosas en sábado.

Cristo suscita en nosotros todas las posibilidades de una vida verdaderamente libre, haciéndonos capaces de superar lo que nos detiene y paraliza. Por eso podemos esperar en Él aun cuando las circunstancias que vivimos nos hagan sentir como el paralítico tendido junto a la piscina, sin ningún recurso para cambiar las cosas.

Jesús estaba en Jerusalén en un día de fiesta, dice el texto. La presencia de Jesús inaugura la fiesta definitiva, el tiempo nuevo en que se rinde al Dios de la vida el verdadero culto en espíritu y en verdad, del que habló a la Samaritana (Jn 4, 23). Con Jesús, el triunfo de la vida se ha hecho posible.

Las condiciones para su triunfo no serán fáciles. No obstante, Jesús toma la iniciativa, aun sabiendo que habrá oposición. Jesús, viéndolo postrado y sabiendo que llevaba mucho tiempo así, dice al paralítico: ¿Quieres curarte? Por haber dicho esto se ha expuesto a ser reprobado, pues la ley prohíbe hacer estas cosas en sábado. Pero se trata de salvar la vida de un hombre y Jesús no duda en poner las prescripciones legales en un segundo lugar. La vida del hombre está por encima. No es el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre (Mc 2,27). Jesús, pues, asume las consecuencias. Y a partir de aquel día, como señala el evangelista, los dirigentes judíos empezaron a perseguir a Jesús, porque hacía tales cosas en sábado.

El beneficiario de la obra de Jesús es un pobre enfermo, que está en el límite de sus posibilidades, lleva treinta y ocho largos años sin poder moverse. Su imagen se reproduce en cierto modo en toda situación adversa que no se ha podido cambiar a pesar de los esfuerzos hechos. En tales circunstancias puede sobrevenir la desolación, la falta de ánimo, la desilusión y el desengaño. Pero hay que recordar que el Señor está pronto a tomar la iniciativa, reavivando el deseo – ¿Quieres quedar sano?–, y con él las energías de vida.

El símbolo del agua tiene importancia clave en este relato. Los milagros que trae el evangelio de Juan tienen relación con la gracia que se nos transmite por medio de los sacramentos de la Iglesia. Aquí, la alusión al bautismo es clara: el paralítico yace junto a la piscina donde se mueve el agua que sana. El agua de nuestro bautismo nos curó y dio inicio a nuestra vida de fe, por el Espíritu Santo infundido en nuestros corazones. Se cumplió entonces en nosotros lo anunciado por Jesús: El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva (Jn 7, 38).  

En resumen, el texto nos invita a estar atentos a las iniciativas que el Señor toma en favor nuestro para despertar nuestras energías de vida, librándonos de nuestras parálisis. Nos invita también a apreciar lo que hacen nuestros hermanos y hermanas para ayudar a su prójimo a andar con dignidad. Como Pedro, también nosotros podemos decir: “No tenemos plata ni oro pero te damos lo que tenemos: En nombre de Jesucristo Nazareno, camina” (Hech 3, 6).

El pasaje evangélico nos puede hacer pensar también en los riesgos y dificultades que debemos asumir, como Jesús, para llevar a la práctica nuestra fe con nuestras acciones de solidaridad. Y finalmente el símbolo del agua, presente en el relato, nos lleva a pensar en nuestra pertenencia a la Iglesia que, a pesar de su pecado, no deja de ser la Esposa por quien Cristo, su Esposo, “se ha sacrificado a sí mismo para santificarla, purificándola con el baño del agua en virtud de la palabra” (Ef 5, 25).  

lunes, 20 de marzo de 2023

José, esposo de María (Mt 1,16.18-24)

 P. Carlos Cardó SJ

San José con el Niño, óleo sobre lienzo de Angelica Kauffmann (1796), Museo de Bellas Artes de Asturias, España

Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.
Cristo vino al mundo de la siguiente manera: Estando María, su madre, desposada con José y antes de que vivieran juntos, sucedió que ella, por obra del Espíritu Santo, estaba esperando un hijo. José, su esposo, que era hombre justo, no queriendo ponerla en evidencia, pensó dejarla en secreto.

Mientras pensaba en estas cosas, un ángel del Señor le dijo en sueños: "José, hijo de David, no dudes en recibir en tu casa a María, tu esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados".
Cuando José despertó de aquel sueño, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor.

Mateo explica la generación del Hijo de Dios, en la historia humana. Dios no puede ser hecho por el hombre, sólo puede ser esperado y acogido. De esto da ejemplo José, figura de todo hombre justo que se mantiene atento a su propio misterio personal y en él descubre y acoge el misterio de Dios; es ejemplo también de creyente que busca y acoge la voluntad de Dios en su vida, aunque ésta contradiga sus planes y puntos de vista.

Dice el evangelio que María estaba prometida a José, es decir, vivían el período del compromiso matrimonial, que duraba de seis meses a un año. La novia seguía viviendo con sus padres. Pero aquel compromiso exigía fidelidad; la infidelidad era adulterio y podía ser castigada.

Pues bien, resultó que (María) esperaba un hijo por acción del Espíritu Santo. Se subraya que José no interviene. No es José quien hace germinar en el seno de María al Hijo del Altísimo, eso sólo lo puede hacer Dios. Y la mayor obra que desde la creación del universo hizo Dios, la obra que ningún ser humano podía programar, ni pretender, la incorporación de Dios en la esfera humana, se realizó de la manera más simple y natural: una joven resultó encinta, esperando un hijo. María concibe así al autor de la vida, engendra a quien la creó.

José, por su parte, atraviesa la prueba de la fe, como los grandes creyentes. No sabe cómo aceptar el plan de Dios que supera lo imaginable y siente la tentación de retirarse, decide sustraerse. Opta entonces por recurrir a la ley, que permite dar a la mujer un documento por el cual el marido alejaba y daba libertad a la mujer con la que no quería convivir, a fin de que pudiese casarse con otro y reincorporarse en la vida civil. Por respeto, no porque sospeche de ella, decide dejarla en secreto. No quiere para María un repudio público, como si fuese una adúltera. Y cavila en su interior, sin saber qué hacer, insatisfecho del recurso legal que ha pensado para salir del paso. Duerme intranquilo.

Entonces, un ángel del Señor se le apareció en un sueño. José es un hombre de puro corazón, de aquellos de quienes Jesús dirá: Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios (Mt 5,8). El hombre de corazón puro tiene a Dios dentro de sí y su palabra le habla en la profundidad de su ser. José lleva a Dios en su interior y su palabra le habla en el sueño, en la hondura de su ser profundo.

No temas aceptar a María, le dice su ángel de parte de Dios. No temas” es la primera palabra de Dios al hombre. El miedo es contrario a la fe. No temas aceptar a la madre y al fruto bendito de su vientre. Quien rechaza a la madre, rechaza también al hijo. Y no se puede rechazar el plan de Dios que incluye la mediación histórica de la mujer bendita entre las mujeres, para realizar su plan de salvación de la humanidad.

Le pondrás por nombre Jesús, ordena el ángel al pobre carpintero José. Va a tener que ponerle nombre al Innombrable. ¡El hombre le pone nombre a Dios! Adán afirmaba su soberanía sobre lo creado poniéndoles nombre a todas las cosas. Dios ha querido hacérsenos cercano y accesible, hasta dejar que le nombremos con su nombre: Jesús, Yahvé salva.

Así se cumplió lo que había anunciado el Señor por el profeta: La virgen concebirá y dará a luz un hijo, garantía de la fidelidad de Dios, que será llamado Dios-con-nosotros. Se insiste en la cercanía del Dios encarnado. Jesús es Dios que salva porque es Dios con nosotros: siempre con nosotros en relación de unión que hace posible el tú a tú, él conmigo y yo con él; Dios junto a nosotros para darnos su fuerza, en su compañía siempre. Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28), nos dirá.

José aceptó el mandato del ángel y recibió a su esposa. Esta es la gloria de San José. Padre adoptivo es ser padre por decisión libre y amorosa. El padre adoptivo sostiene y protege al niño, lo educa con ternura y firmeza, le proporciona los medios de que requiere para crecer en todas sus facultades. Y eso son años y años de dedicación, de donación generosa y olvido propio para que el hijo se valga por sí mismo.

Eso es José para Jesús, eso hizo por Jesús, y por eso lo alabamos junto a María. En un país como el nuestro, en el que la paternidad, por tanto descuido, irresponsabilidad y traición, está a veces tan venida a menos, la figura de José puede mover a los jóvenes a desear vivirla y ejercerla como una de las más sublimes realizaciones del ser humano y a aceptar el don de la vida, como un misterio que los trasciende y sobrepasa, pero que no deben temer si lo aceptan con amor, porque el amor desecha el temor. Un hijo es un misterio que se acoge como un regalo y se cuida con plena responsabilidad.

domingo, 19 de marzo de 2023

Homilía del IV Domingo de Cuaresma – El ciego de nacimiento (Jn 9,1-41)

 P. Carlos Cardó SJ

El ciego se lava en la piscina de Siloé, acuarela opaca sobre grafito en papel tejido gris de James Tissot (entre 1886 y 1894), Museo de Brooklyn, Nueva York

En aquel tiempo, Jesús vio al pasar a un ciego de nacimiento, y sus discípulos le preguntaron: "Maestro, ¿quién pecó para que éste naciera ciego, él o sus padres?".
 Jesús respondió: "Ni él pecó, ni tampoco sus padres. Nació así para que en él se manifestaran las obras de Dios. Es necesario que yo haga las obras del que me envió, mientras es de día, porque luego llega la noche y ya nadie puede trabajar. Mientras esté en el mundo, yo soy la luz del mundo".

Dicho esto, escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, se lo puso en los ojos al ciego y le dijo: "Ve a lavarte en la piscina de Siloé" (que significa 'Enviado').
Él fue, se lavó y volvió con vista. Entonces los vecinos y los que lo habían visto antes pidiendo limosna, preguntaban:
"¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?". Unos decían: "Es el mismo". Otros: "No es él, sino que se le parece". Pero él decía: "Yo soy". Y le preguntaban: "Entonces, ¿cómo se te abrieron los ojos?".
Él les respondió: "El hombre que se llama Jesús hizo lodo, me lo puso en los ojos y me dijo: 'Ve a Siloé y lávate'. Entonces fui, me lavé y comencé a ver".
Le preguntaron: "¿En dónde está él?". Les contestó: "No lo sé".
Llevaron entonces ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día en que Jesús hizo lodo y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaron cómo había adquirido la vista. Él les contestó: "Me puso lodo en los ojos, me lavé y veo",
Algunos de los fariseos comentaban: "Ese hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado". Otros replicaban: "¿Cómo puede un pecador hacer semejantes prodigios?". Y había división entre ellos. Entonces volvieron a preguntarle al ciego: "Y tú, ¿qué piensas del que te abrió los ojos?".
Él les contestó: "Que es un profeta".
Pero los judíos no creyeron que aquel hombre, que había sido ciego, hubiera recobrado la vista. Llamaron, pues, a sus padres y les preguntaron: "¿Es éste su hijo, del que ustedes dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?".
Sus padres contestaron: "Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego. Cómo es que ahora ve o quién le haya dado la vista, no lo sabemos. Pregúntenselo a él; ya tiene edad suficiente y responderá por sí mismo". Los padres del que había sido ciego dijeron esto por miedo a los judíos, porque éstos ya habían convenido en expulsar de la sinagoga a quien reconociera a Jesús como el Mesías. Por eso sus padres dijeron: 'Ya tiene edad; pregúntenle a él'.
Llamaron de nuevo al que había sido ciego y le dijeron: "Da gloria a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es pecador". Contestó él: "Si es pecador, yo no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo". Le preguntaron otra vez: "¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos?".
Les contestó: "Ya se lo dije a ustedes y no me han dado crédito. ¿Para qué quieren oírlo otra vez? ¿Acaso también ustedes quieren hacerse discípulos suyos?".
Entonces ellos lo llenaron de insultos y le dijeron: "Discípulo de ése lo serás tú. Nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios. Pero ése, no sabemos de dónde viene".
Replicó aquel hombre: "Es curioso que ustedes no sepan de dónde viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero al que lo teme y hace su voluntad, a ese sí lo escucha. Jamás se había oído decir que alguien abriera los ojos a un ciego de nacimiento. Si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder".
Le replicaron: "Tú eres puro pecado desde que naciste, ¿cómo pretendes darnos lecciones?". Y lo echaron fuera.
Supo Jesús que lo habían echado fuera, y cuando lo encontró, le dijo: "¿Crees tú en el Hijo del hombre?".
Él contestó: "¿Y quién es, Señor, para que yo crea en él?".
Jesús le dijo: "Ya lo has visto; el que está hablando contigo, ése es".
Él dijo: "Creo, Señor". Y postrándose, lo adoró.
Entonces le dijo Jesús: "Yo he venido a este mundo para que se definan los campos: para que los ciegos vean, y los que ven queden ciegos".
Al oír esto, algunos fariseos que estaban con él le preguntaron: "¿Entonces, también nosotros estamos ciegos?".
 Jesús les contestó: "Si estuvieran ciegos, no tendrían pecado; pero como dicen que ven, siguen en su pecado".

El pasaje de la Samaritana del domingo pasado nos hizo reflexionar sobre el signo del agua, hoy la curación del ciego nos presenta el símbolo de la luz. Todos están llamados a la luz de la fe. Cristo es nuestra luz.

El centro de atención del relato no es el milagro de la curación sino el debate que suscita. Jesús hace barro con saliva, lo pone en los ojos del ciego, lo manda a lavarse en la piscina y le devuelve la vista. Se levanta un gran altercado. Unos discuten si es el mismo que antes pedía limosna o es otro que se le parece; los fariseos no creen que haya sido ciego; no creen que haya habido un milagro. Interrogan a sus padres, y éstos muertos de miedo a que los excomulguen de la sinagoga, reconocen que sí es su hijo y que nació ciego, pero que no saben cómo ha podido recobrar la vista, que le pregunten a él, que ya es mayorcito. Por último, se enfrentan al pobre hombre y, después de maltratarlo, lo expulsan de la sinagoga. Jesús le da alcance y lo lleva a la fe.

Ante todo podemos apreciar la misericordia del Señor. Busca al ciego, lo cura y luego lo vuelve a buscar en su desgracia social, cuando se ha quedado solo, cuando ni sus padres lo han defendido y las autoridades lo han expulsado de la sinagoga. Jesús no abandona al que está solo e indefenso, se pone a su lado para levantarlo, por eso: Sabiendo que lo habían expulsado (es decir, que había sufrido por su causa), le dice: ¿Crees en el Hijo del Hombre? Él respondió: ¿Y quién es Señor para que crea en él? Jesús le dice: Soy Yo el que habla contigo. Y el ciego cayendo de rodillas lo adoró y dijo: Creo, Señor”.

En el curso del relato se ven las etapas que sigue el ciego en su itinerario hacia la fe. A cada pregunta que le hacen, responde con una confesión de Jesús:

* A la primera pregunta: “¿cómo has conseguido ver?”, el ciego atribuye la curación a “ese hombre que se llama Jesús”, y que no sabe dónde está (vv. 10-12).

* Los fariseos le replican: “Ese hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado”. El ciego, da un paso adelante en su fe y dice: “Es un profeta” (vv. 13-17).

* Los judíos lo insultan y acusan a Jesús de ser un pecador. El ciego se defiende como puede, hasta con ironía: “les he dicho cómo me ha abierto los ojos y no me han creído; ¿no será que ustedes también quieren hacerse discípulos suyos? Eso es lo raro, que Uds. no saben de donde viene, y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Dios no escucha a los pecadores, sino al que es religioso y hace su voluntad. Si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder” (vv. 24-34). Ante esa nueva confesión del ciego: que Jesús le ha devuelto la vista, que no puede ser un pecador sino un hombre que viene de Dios, lo expulsan de la sinagoga, hacen de él un proscrito, un excluido.

De comienzo a fin, los evangelios presentan a Jesús como un “signo de contradicción”, una “bandera discutida”: unos lo aman y otros lo rechazan; se está con Él o se está contra Él. De su persona humana brota una irradiación irresistible que impulsa a muchos a irse tras Él. Otros en cambio, como los fariseos, no ven nada.

El problema es de siempre. Todos sabemos que nuestra visión puede alterarse. Podemos ver de manera defectuosa o incompleta la realidad de las cosas. En la 1ª lectura (1 Samuel 16), se dice que estos defectos de visión son muchas veces porque “el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón”. Hay quienes tienen enturbiado el corazón por las pasiones, egoísmos y malas intenciones, pero afirman que ven. No buscan la luz, se aferran a sus errores.

De ellos dice Jesús: “si fuesen ciegos, no serían culpables; pero como dicen que ven, su pecado permanece”. Por eso son numerosos los ciegos a los que Jesús no puede curar. Advertidos de ello, nosotros sabemos que cualquiera que sea nuestra ceguera o nuestra miopía, si tenemos la honestidad de reconocerla y nos acercamos al evangelio, una luz nos brillará. El Señor nos dirá: “Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (8,12).

Como todas las acciones que Jesús realiza en favor de los enfermos, la curación del ciego es un relato fuertemente simbólico. No se sabe exactamente por qué Jesús hace barro con su saliva, se lo pone en los ojos al ciego y lo manda lavarse en la piscina. Una interpretación sugerente de ese gesto afirma que se trata de una evocación del origen del ser humano, es un símbolo plástico de la ceguera existencial del ser humano desde su origen del barro de la tierra y que Cristo ha venido a iluminar. “¡Me da lástima el hombre de ojos de barro, porque solamente ve lo visible!”(Nikos Kazanzakis).

Asimismo, la curación de la ceguera aparece vinculada a la piscina llamada “de Siloé”, que significa “del Enviado”, uno de los títulos de Jesús, enviado del Padre para salvarnos. Además, es una curación que se realiza por el baño regenerador, en referencia al “baño bautismal”. A este respecto cabe recordar que uno de los nombres con que los primeros cristianos llamaban al Bautismo era el de sacramento “iluminador”. Por eso, el relato repite hasta tres veces: “el ciego fue, se lavó y volvió con vista”.

El relato culmina con esta confesión de fe que hace el enfermo curado al encontrarse de nuevo con Jesús: “Creo, Señor. Y cayendo de rodillas lo adoró”.

El itinerario cuaresmal que estamos recorriendo nos invita a este encuentro iluminador con Jesús, a volvernos a Él. En esto consiste la verdadera “conversión”: “Despierta, tú que duermes y Cristo será tu luz” (Ef 4,14). Esta iluminación, en fin, debe verse. Los cristianos, dice la carta a los Efesios (primera lectura de hoy) son luz en el Señor y deben comportarse como tal, dejando ver sus obras buenas, su rectitud y su verdad (Ef 5, 8-9).

sábado, 18 de marzo de 2023

El fariseo y el publicano (Lc 18,9-14)

P. Carlos Cardó SJ

El fariseo y el publicano, témpera al huevo sobre madera de Venediktos Emporios (entre 1600 y 1628), Instituto Helénico de Estudios Bizantinos y post Bizantinos, Venecia

En aquel tiempo, Jesús dijo esta parábola sobre algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás: "Dos hombres subieron al templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: 'Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos y adúlteros; tampoco soy como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todas mis ganancias'.
El publicano, en cambio, se quedó lejos y no se atrevía a levantar los ojos al cielo. Lo único que hacía era golpearse el pecho, diciendo: 'Dios mío, apiádate de mí, que soy un pecador'.
Pues bien, yo les aseguro que éste bajó a su casa justificado y aquél no; porque todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido".

La parábola, como el mismo Lucas señala, va dirigida a todos aquellos que “piensan estar a bien con Dios y desprecian a los demás”. Se desarrolla en el templo de Jerusalén, probablemente a la hora de la oración, las tres de la tarde. Era el lugar santo por excelencia, en donde los judíos experimentaban la protección de Dios. Pero esta devoción al templo se desvió desde el inicio, dando origen a la idea de un Dios inmóvil, al que se le puede ganar con  favores. Por eso los profetas mantuvieron una fuerte crítica a este tipo de religión: “Escuchen, judíos, la palabra del Señor, dice Jeremías: Roban, matan, cometen adulterio… ¿y después entran a presentarse ante mí en este templo… y dicen: ‘Estamos salvados’? ¿Creen que es una cueva de bandidos este templo que lleva mi nombre?” (Jer 7, 1-11).

Los personajes de la parábola son dos: un miembro del partido de los fariseos, que hacían depender la salvación del propio esfuerzo por lograr una observancia estricta de la ley; y un publicano, dedicado al oficio odioso de recaudar impuestos para los romanos.

El fariseo, puesto de pie, ora a Dios alabándose a sí mismo. Enumera sus buenas obras y no pide nada. Se declara superior a los «pecadores», y desprecia al publicano, juzgándolo de ladrón y estafador. Su oración consiste en demostrarle a Dios que sus buenas obras van más allá de lo que pide la ley porque ayuna dos veces por semana, mientras la ley prescribe sólo un día de ayuno anual (el día de la expiación), y paga el diezmo no sólo de las mercancías sometidas a esta ley (el grano, el vino y el aceite) sino de todas sus posesiones. Pretende aparecer con un extraordinario espíritu de sacrificio, pero desprecia a su prójimo. En realidad, no espera nada de Dios.

El publicano, en cambio, se mantiene a distancia y ni siquiera se atreve a levantar los ojos al cielo. Pesa sobre él la exclusión social de que es objeto, y no sin razón. Los impuestos (sobre el suelo y per cápita) que las naciones conquistadas debían pagar a Roma eran cobrados por funcionarios que, generalmente, arrendaban su puesto al que más ofrecía. El publicano que obtenía así la mesa de los impuestos, cobraba para su bolsillo. Las tarifas estaban establecidas por ley, pero los publicanos, mediante artimañas, extorsionaban y estafaban al público. Por eso eran tenidos por ladrones y las personas decentes los evitaban.

Además se les consideraba incapaces de obtener el perdón de Dios, porque para ello tenían que restituir los bienes que habían obtenido estafando a la gente, más una quinta parte, tarea imposible de cumplir por trabajar siempre con público diferente. ¿Cómo podían saber a quién habían robado? Por todo esto la situación del publicano de la parábola y la de su familia es, de hecho, desesperada. Y no sólo su situación, sino también su petición de misericordia es desesperada.

La parábola tuvo que ser desconcertante para los oyentes, sobre todo por la conclusión que saca Jesús: que el publicano volvió a su casa reconciliado con Dios, y el fariseo no. Los oyentes no podían dejar de pensar: ¿Qué de malo ha hecho el fariseo, que ayuna, da limosna y da gracias a Dios? Y el publicano, ¿qué ha hecho para reparar su culpa?, ¿puede un hombre como él salir justificado simplemente por reconocerse pecador?

Jesús no responde directamente, se limita a hacerles entender que así es como juzga Dios: atiende al oprimido y está con los excluidos. El publicano ha orado con las primeras palabras del salmo 51: «Dios mío, ten compasión de mí», añadiendo «porque soy un pecador». Pero los judíos debían recordar que ese mismo salmo dice: «El sacrificio que agrada a Dios es un espíritu contrito; un corazón contrito y humillado tú, oh Dios, no lo desprecias». Así es Dios, viene a decir Jesús, perdona al pecador desesperado y rechaza al que se cree justo y ni siquiera pide perdón. Su misericordia con los de corazón quebrantado es ilimitada. Por eso Jesús se acerca a los perdidos que necesitan salvación.

En esto radica el mensaje central de la parábola: la nueva idea de Dios, que Jesús propone, diametralmente opuesta a la que transmiten los fariseos. Jesús proclama la misericordia como atributo esencial del Dios-Amor y como valor fundamental del reino de Dios que sus oyentes deben encarnar en sus vidas: “Sean misericordiosos como su Padre celestial es misericordioso. No juzguen y no serán juzgados, no condenen y no serán condenados” (Lc 6,36-37).

La parábola nos mueve a la aceptación sincera de lo que somos (“andar en la verdad” de nosotros mismos), al reconocimiento de la igualdad de todos los hijos e hijas de Dios, y a la lucha contra las diversas formas de fariseísmo, de exclusión y discriminación que aún existen en la sociedad.