domingo, 19 de abril de 2020

Homilía del II Domingo de Pascua – Celebración de la Divina Misericordia Felices los que sin ver, han creído (Jn 20, 19-31)

P. Carlos Cardó SJ
Incredulidad de Tomás, óleo sobre lienzo de Pedro Pablo Rubens (1613 – 1615), Museo Real de Bellas Artes de Amberes, Bélgica
Ese mismo día, el primero después del sábado, los discípulos estaban reunidos por la tarde, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se puso de pie en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!».Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron mucho al ver al Señor.Jesús les volvió a decir: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envío a mí, así los envío yo también».
Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo: a quienes descarguen de sus pecados, serán liberados, y a quienes se los retengan, les serán retenidos».
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le dijeron: «Hemos visto al Señor».
Pero él contestó: «Hasta que no vea la marca de los clavos en sus manos, no meta mis dedos en el agujero de los clavos y no introduzca mi mano en la herida de su costado, no creeré».
Ocho días después, los discípulos de Jesús estaban otra vez en casa, y Tomás con ellos. Estando las puertas cerradas, Jesús vino y se puso en medio de ellos.
Les dijo: «La paz esté con ustedes».
Después dijo a Tomás: «Pon aquí tu dedo y mira mis manos; extiende tu mano y métela en mi costado. Deja de negar y cree».
Tomás exclamó: «Tú eres mi Señor y mi Dios».
Jesús replicó: «Crees porque me has visto. ¡Felices los que no han visto, pero creen!».
Muchas otras señales milagrosas hizo Jesús en presencia de sus discípulos que no están escritas en este libro. Estas han sido escritas para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios. Crean, y tendrán vida por su Nombre.
La experiencia de Jesucristo Resucitado tuvo para los discípulos una fuerza transformadora que cambió sus vidas para siempre. El evangelio hace ver que esa fuerza transformadora sigue disponible para nosotros y puede cambiarnos también a nosotros.
Después que Jesús fue crucificado, muerto y sepultado, el grupo de sus discípulos se disolvió. Y ninguno de ellos creyó a los primeros anuncios de su resurrección. De pronto, sin embargo, algo en su interior los llevó a reunirse de nuevo en Jerusalén, aunque a puertas cerradas, por miedo. Entonces, cumpliendo la promesa que había hecho: donde estén dos o tres reunidos en mi Nombre, allí estaré yo, Jesucristo se les hace presente, atraviesa los muros del miedo y la desilusión, y les da la paz.
Se presentó en medio de ellos (v.19), en el centro de la comunidad. Jesús es y debe ser el centro de todo lo que la Iglesia –allí representada– realiza o proclama, es el centro íntimo de nuestras personas y el centro de convergencia al que debemos apuntar si queremos darle una orientación segura y fecunda a nuestra vida.
Y les dijo: La paz esté con ustedes… (vv. 19 y 21). La paz es la señal cierta de la presencia del Resucitado, es su saludo característico, el fruto primero de su Espíritu que actúa en los corazones. La paz, shalom, que en la Biblia es el conjunto de los bienes prometidos por Dios y esperados por la humanidad, fundamenta las relaciones de las personas y de los pueblos en la justicia. La paz es signo de la gracia de Dios en nuestros corazones y del orden social basado en la justicia. La paz restablece al creyente en la confianza, es garantía de la esperanza.
Entonces, el Señor Jesús les mostró las manos y el costado (v. 20): se les dio a conocer haciéndoles referencia a su historia, a lo que hizo por nosotros. Siempre podemos reconocerlo por lo que Él hace por nosotros.
Los discípulos comprendieron al mismo tiempo que el Resucitado allí presente era el mismo Jesús de Nazaret, Galilea, Judea y el Calvario, no otro. Y se llenaron de alegría, de la alegría que el mismo Jesús les había anunciado antes de partir: volveré y de nuevo se alegrarán con una alegría que ya nadie les podrá quitar (Jn 16,22). La Iglesia vive de esa alegría, la necesitamos, no se puede vivir sin ella. Ella demuestra que confiamos en la presencia continua del Señor en la Iglesia: el Señor no la abandonará; salvada, nadie ni nada prevalecerá contra ella.
Viene luego un gesto simbólico: Sopló sobre ellos. Y les dijo: Reciban el Espíritu Santo. Este gesto evoca el soplo creador de Dios sobre Adán y sugiere que la obra que el Padre realiza con la resurrección de su Hijo equivale a una nueva creación, al nacimiento de una humanidad nueva liberada, capaz de vivir según su Espíritu y de demostrar que el pecado, el mal de este mundo, pierde su fuerza opresora cuando se sigue a Cristo y se acepta su perdón.
Al domingo siguiente Jesús se vuelve a aparecer. Esta vez está en el grupo Tomás, que no estaba en la casa, cuando Jesús se les apareció. Como todos los demás, Tomás había pasado por la dura crisis de la muerte del Señor. Se aisló, rechazó el testimonio dado por María Magdalena y las otras mujeres, ni quiso creer tampoco a lo que decían sus compañeros: que era verdad, que el Señor había resucitado y se había aparecido a Simón.
Pero a pesar de todo, Tomás siente la necesidad de vivir él también la experiencia de la presencia viva del Señor para poder dar testimonio y colaborar en su obra. Pero supedita su fe a lo que pueda ver con sus ojos. El Señor se muestra dispuesto a responder a su deseo: Acerca tu dedo y comprueba mis manos; acerca tu mano y métela en mi costado. Y no seas incrédulo sino creyente.
La duda de Tomás queda resuelta y ya, sin necesidad de comprobaciones físicas, su respuesta resuelta demuestra el reconocimiento de quien está dispuesto a cambiar y seguir al Señor hasta las últimas consecuencias: ¡Señor mío y Dios mío! Con estas palabras –que han pasado a ser una síntesis de la confesión de fe cristiana– Tomás confiesa su fe en la divinidad y humanidad de Jesucristo.
En el agujero de los clavos y en la herida de su costado, Tomás ha reconocido a su Señor, a quien vio clavado en la cruz, y ha reconocido también al Dios a quien nadie ha visto nunca, y que en la cruz nos reveló su amor extremado. Un gran teólogo, Romano Guardini, escribió a este propósito: “Tomás pudo creer porque la misericordia de Dios le tocó el corazón y le dio la gracia del ver interior, la apertura y la aceptación del corazón. Es más, el ver y tocar exterior no le hubiera valido para nada. Lo hubiera considerado una ilusión”.
Las palabras finales de Jesús, “Dichosos los que crean sin haber visto”, están dirigidas a los cristianos de todos los tiempos, a nosotros, para que creamos en la resurrección de Jesús, fiados en la fe de la Iglesia. Entonces, cuando creemos sin haber visto, se cumple en nosotros lo que San Pedro decía a los destinatarios de su carta: Ustedes no lo han visto, pero lo aman; creen en él aunque de momento no puedan verlo; y eso les hace rebosar de una alegría inefable y gloriosa, porque obtienen  el resultado de su fe, la salvación personal” (1Pe 1, 8-9).

sábado, 18 de abril de 2020

Vayan por todo el mundo (Mc 16, 9-15)

P. Carlos Cardó SJ
Paisaje con el viaje a Emaús, óleo sobre lienzo de Claude Lorrain (1661), Museo del Hermitage, San Petersburgo, Rusia
Jesús, pues, resucitó en la madrugada del primer día de la semana.Se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. Ella fue a anunciárselo a los que habían sido compañeros de Jesús y que estaban tristes y lo lloraban. Pero al oírle decir que vivía y que lo había visto, no le creyeron.
Después Jesús se apareció, bajo otro aspecto, a dos de ellos que se dirigían a un pueblito. Volvieron a contárselo a los demás, pero tampoco les creyeron.
Por último se apareció a los once discípulos mientras comían, y los reprendió por su falta de fe y por su dureza para creer a los que lo habían visto resucitado.
Y les dijo: "Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación".
Este epílogo del evangelio de Marcos fue añadido hacia la mitad del siglo II. La razón que dan los exégetas es que a las primeras comunidades cristianas les causaba desazón el final tan abrupto de Marcos, que cierra su evangelio con el miedo y la huida de las mujeres del sepulcro vacío (Mc 16, 1-8). Se buscó por eso una prolongación de los relatos que condujeran a un final más adecuado, armonizando con la temática general del evangelio. Sin embargo, aunque se trate de un añadido, no deja de ser un texto inspirado y canónico, es decir, incluido en el elenco oficial de los libros de la Biblia.
Se pueden percibir en el relato las inquietudes y preocupaciones de los primeros cristianos de Roma, donde fue escrito este evangelio. Ellos no habían visto al Señor, pero basaban su fe en el testimonio que les transmitieron los primeros testigos, los apóstoles y discípulos del Señor.
Por eso el texto enumera los sucesivos testimonios aportados a la comunidad. En primer lugar el de María Magdalena. Se alude a la acción sanante realizada por Jesús en favor de ella, liberándola de siete “demonios”, es decir, de siete males, siete enfermedades. Luego se subraya el estado de tristeza y llanto en que estaban los discípulos, que no creyeron en un primer momento en el anuncio de Magdalena: al oír que estaba vivo y que ella lo había visto, no le creyeron.
Viene después la alusión a la experiencia de los discípulos de Emaús y al testimonio que dieron a los demás, y que tampoco fue aceptado. Por último, se menciona la aparición del Resucitado a los Once reunidos en torno a la mesa. Y pone aquí el redactor el envío en misión para anunciar la buena noticia a toda criatura.
Se resalta el valor que tiene la comunidad en la experiencia cristiana, por ser el lugar para el encuentro con el Resucitado. Jesucristo permanece en ella, con su palabra y sus acciones salvadoras. Su poder salvador se prolonga en ella. Y ella vive de su memoria, que actualiza en la celebración de la fracción del pan.
Los primeros cristianos vivían amenazados, obligados a la clandestinidad. Una gran preocupación debió ser para ellos cómo conjugar la victoria de Cristo Resucitado con la persistencia y actuación del misterio del mal en el mundo. Tenían que abrirse a la fe/confianza en el Señor que, no obstante, sigue actuando también por medio de los creyentes. A través de ellos Jesucristo Resucitado continúa anunciando y manifestando el reinado de Dios y la salvación para el que crea y se bautice.
Nuestra fe en Él da a nuestra vida una orientación bien definida: nos hace anunciadores del Evangelio que hemos recibido para que otros crean también en el triunfo del amor de Dios en sus vidas, por Jesucristo su Hijo. En esto consiste el Evangelio: en que Dios envió a su Hijo para que todos tengan vida plena. Pero así como la salvación que Dios ofrece no obrará en contra de nuestra voluntad, el Evangelio no se impone a la fuerza; la tarea evangelizadora, nuestra y de la Iglesia, respeta la libertad de las personas.
Las acciones prodigiosas que Jesús promete a los que crean en Él son representaciones simbólicas de la salvación y tienen que ver con la superación de todo lo que oprime a los seres humanos, de todo lo que obstaculiza la comunicación y la unión entre ellos, y de toda amenaza de la vida. Tales acciones son signos de la presencia del Reino en nuestra historia, semejantes a los que Jesús realizaba. La Iglesia, y nosotros en ella, debemos manifestarlos.

viernes, 17 de abril de 2020

Aparición a los discípulos en Tiberíades (Jn 21, 1-14)

P. Carlos Cardó SJ
Aparición del Resucitado junto al Lago, ilustración de Harold Copping para The Bible Story Book (1923)
En aquel tiempo, Jesús se les apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades.Se les apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás (llamado el Gemelo), Natanael (el de Caná de Galilea), los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos.
Simón Pedro les dijo: "Voy a pescar".
Ellos le respondieron: "También nosotros vamos contigo".
Salieron y se embarcaron, pero aquella noche no pescaron nada.Estaba amaneciendo, cuando Jesús se apareció en la orilla, pero los discípulos no lo reconocieron. Jesús les dijo: "Muchachos, ¿han pescado algo?".Ellos contestaron: "No".
Entonces Él les dijo: "Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán peces".
Así lo hicieron, y luego ya no podían jalar la red por tantos pescados.Entonces el discípulo a quien amaba Jesús le dijo a Pedro: "Es el Señor".
Tan pronto como Simón Pedro oyó decir que era el Señor, se anudó a la cintura la túnica, pues se la había quitado, y se tiró al agua. Los otros discípulos llegaron en la barca, arrastrando la red con los pescados, pues no distaban de tierra más de cien metros.Tan pronto como saltaron a tierra, vieron unas brasas y sobre ellas un pescado y pan.Jesús les dijo: "Traigan algunos pescados de los que acaban de pescar".
Entonces Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red, repleta de pescados grandes. Eran ciento cincuenta y tres, y a pesar de que eran tantos, no se rompió la red.
Luego les dijo Jesús: "Vengan a almorzar".
Y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: `¿Quién eres?’, porque ya sabían que era el Señor.
Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio y también el pescado.Ésta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos después de resucitar de entre los muertos.
El Resucitado se hace presente en la pesca, que representa la labor evangelizadora de la Iglesia, y en la comida, que sigue a la pesca y representa a la eucaristía, principio y fin de la misión.
Estaban juntos. Ya no doce, sino siete, número que simboliza totalidad y apunta a la universalidad de la Iglesia. Se menciona a Pedro que, a pesar de las negaciones, sigue siendo el apóstol destinado a guiar, en nombre de Jesús, a la comunidad. Su autoridad tendrá que estar inspirada por el amor al Señor, buen pastor (Jn 10, 1-18).
Voy a pescar, dice Pedro. Es la misión de la comunidad. Su iniciativa arrastra. Salieron, pero aquella noche no pescaron nada. Sin el Señor, y de noche, la labor es infecunda, como les había dicho: porque sin mí, no pueden hacer nada (15,5). El trabajo sin unión a Jesús no rinde. Ni siquiera saben dónde echar la red. El Señor se lo dirá y recogerán fruto abundante.
Cuando amaneció. Cristo es la luz del mundo, aurora del sol que nace de lo alto. Su resurrección es el alba de los cielos nuevos y la tierra nueva. Pero ellos, concentrados en su esfuerzo, no reconocen la obra y el triunfo del Señor.
Muchachos, hijitos (13,33), les dice con el afecto inconfundible de siempre. ¿Tienen pescado? Ellos responden secamente: No, mostrando toda su decepción.  Echen la red a la derecha, les ordena. Lograrán fruto si siguen la enseñanza del Señor.
Y obtuvieron una muchedumbre de peces. No dice una gran cantidad, sino una muchedumbre porque la pesca simboliza la comunidad de fieles, reunidos por la predicación de la Iglesia. Y a pesar de ser tantos los rescatados para Cristo, la red de la Iglesia no se rompe, porque cuenta con las promesas de Jesús (17,21-24).
La pesca concluye con una comida que, por la forma como está narrada, es una alusión clara a la eucaristía. Vengan a comer. El evangelista Juan quiere hacernos conscientes de la presencia permanente de Cristo Resucitado en el banquete de la eucaristía. Traemos a ella nuestro pan y nuestro vino pero Él es nuestro anfitrión. Iniciativa divina y acción humana se juntan. Jesús nos ofrece el don de su cuerpo, y el comerlo nos asimila a Él, en su vida y en su misión de dar vida.

jueves, 16 de abril de 2020

La comida con el Resucitado (Lc 24, 35-48)

P. Carlos Cardó SJ
Aparición del Resucitado en el Cenáculo, pintura al temple sobre tabla de Duccio di Buoninsegna que forma parte del retablo de la Maestá (1308 – 1311), Museo Dell’Opera del Duomo, Siena, Italia
Ellos, por su parte, contaron lo sucedido en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.Mientras estaban hablando de todo esto, Jesús estuvo en medio de ellos (y les dijo: «Paz a ustedes»).Quedaron atónitos y asustados, pensando que veían algún espíritu, pero él les dijo: «¿Por qué se desconciertan? ¿Cómo se les ocurre pensar eso? Miren mis manos y mis pies: soy yo. Tóquenme y fíjense bien que un espíritu no tiene carne ni huesos como ustedes ven que yo tengo». (Y dicho esto les mostró las manos y los pies).
Y como no acababan de creerlo por su gran alegría y seguían maravillados, les dijo: «¿Tienen aquí algo que comer?».Ellos, entonces, le ofrecieron un pedazo de pescado asado (y una porción de miel); lo tomó y lo comió delante ellos.
Jesús les dijo: «Todo esto se lo había dicho cuando estaba todavía con ustedes; tenía que cumplirse todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos referente a mí». Entonces les abrió la mente para que entendieran las Escrituras.
Les dijo: «Todo esto estaba escrito: los padecimientos del Mesías y su resurrección de entre los muertos al tercer día. Luego debe proclamarse en su nombre el arrepentimiento y el perdón de los pecados, comenzando por Jerusalén, y yendo después a todas las naciones, invitándolas a que se conviertan. Ustedes son testigos de todo esto».
Los discípulos no se inventaron la fe en la resurrección, no se les ocurrió que la vida del Señor no había acabado en el sepulcro, ni fueron víctimas de una ilusión. Lo que los evangelios nos demuestran es que, a consecuencia de la muerte de Jesús, los discípulos quedaron profundamente abatidos, con sus esperanzas por los suelos, sin nada que hacer ya, sino disolverse como grupo.
Poco después, sin embargo, movidos por el testimonio dado por unas mujeres, fueron al sepulcro y comprobaron que estaba vacío; pero aquello se prestaba a diversas interpretaciones y, por sí solo, no era un hecho contundente que los moviera a aceptar la resurrección.
Ellos la captan y comprenden, no a partir de sus propias razonamientos y deducciones, sino como una experiencia que les viene otorgada, como un don, cuya iniciativa la toma el mismo Señor, que es quien los hace reconocer su presencia en medio de sus búsquedas –como los que iban a Emaús– o en la comunidad reunida en Jerusalén. Pero les costó reconocerlo: el miedo, las dudas, la tristeza se lo impedían. Unos quedaron atónitos sin poder reconocerlo, otros aturdidos en sus dudas y otros creyeron ver un fantasma.
En el texto de hoy, Lucas relata con realismo la experiencia del Resucitado que tienen los discípulos e insiste, más que los otros evangelistas, en la corporalidad del Resucitado. La razón de esto es que los miembros de la comunidad a los que destinaba su escrito eran cristianos procedentes de un medio cultural helenista, en el que muchos creían en la inmortalidad del alma, pero no en la resurrección de los cuerpos (Hech 17,18.32; 26.8.24), aunque creían fácilmente en fantasmas.
Para evitar equívocos y disipar dudas, Jesús no sólo les demuestra su identidad, mostrándoles sus manos y sus pies, sino que se sienta a comer con ellos. Con este gesto se quiere indicar que Él no es un fantasma, sino que está ante ellos de manera real y concreta. Los discípulos no han tenido una ilusión ni han visto un espíritu.
Pero la resurrección no significa que él ha vuelto a la vida terrena que antes tenía, destinada de nuevo a morir, sino todo lo contrario: Dios lo ha hecho pasar a una vida nueva, definitiva, que supera la muerte porque es una vida que se sitúa en el mismo plano de existencia que la de Dios. No sólo su espíritu ha vencido a la muerte; toda la persona de Jesús es la que ha sido salvada de la muerte y subsiste para siempre en su nueva y definitiva forma de existir en Dios.
Asimismo, Lucas pretende señalar la relación que existe entre la experiencia que tuvieron los primeros testigos y la que podemos tener hoy: ellos, a pesar de haber visto y tocado al Resucitado, tienen –al igual que nosotros– que reconocerlo y creer por la Palabra y el banquete.
El relato nos invita, pues, a sentir presente al Señor escuchando su Palabra, contenida en la Escritura. Ella nos hace ver que Dios ha demostrado todo el poder de su amor salvador en Jesús resucitándolo de la muerte. Ella nos enseña también a confiar en el Señor, seguros de que si con él morimos, viviremos con él; si con él sufrimos, reinaremos con él” (2 Tim 2,11s). Porque si Cristo resucitó, también resucitaremos (cf. 1 Cor 15).
Al mismo tiempo, el relato enseña a descubrir la presencia del Señor en la comunidad, sobre todo cuando se congrega para la eucaristía. Allí, en la mesa fraterna, en el banquete del pan único y compartido, que celebramos en memoria suya, se nos hace presente el Señor, y se realiza la fraternidad por la acción de su Espíritu.
Finalmente el Señor quiere que sus discípulos se conviertan en “testigos” de su triunfo sobre el pecado y la muerte. Llevarán este anuncio a todas las naciones, fortalecidos por la fuerza que les viene del Espíritu Santo.
Los discípulos “vieron” y “tocaron”, pero tuvieron que reconocer y creer. También nosotros tenemos que reconocer y creer. La Palabra nos abre el entendimiento para comprender lo que hizo por nosotros. El Pan que partimos nos hace comulgar en su Cuerpo y forja nuestra unidad. Comprobamos lo que nos transmitieron aquellos primeros testigos y nos animamos a llevar al mundo el mensaje de que la esperanza del ser humano está garantizada.