domingo, 4 de enero de 2026

Domingo de la Epifanía del Señor (Mt 2, 1-12)

 P. Carlos Cardó SJ 

La adoración de los magos, óleo sobre lienzo de Edward Burne-Jones y Morris (1901), Galería de Arte de Adelaida, Australia Meridional

Jesús había nacido en Belén de Judá durante el reinado de Herodes.
Unos Magos que venían de Oriente llegaron a Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el rey de los judíos recién nacido? Porque hemos visto su estrella en el Oriente y venimos a adorarlo». Herodes y toda Jerusalén quedaron muy alborotados al oír esto. Reunió de inmediato a los sumos sacerdotes y a los que enseñaban la Ley al pueblo, y les hizo precisar dónde tenía que nacer el Mesías.
Ellos le contestaron: «En Belén de Judá, pues así lo escribió el profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres en absoluto la más pequeña entre los pueblos de Judá, porque de ti saldrá un jefe, el que apacentará a mi pueblo, Israel. Entonces Herodes llamó en privado a los Magos, y les hizo precisar la fecha en que se les había aparecido la estrella. Después los envió a Belén y les dijo: «Vayan y averigüen bien todo lo que se refiere a ese niño, y apenas lo encuentren, avísenme, porque yo también iré a rendirle homenaje».
Después de esta entrevista con el rey, los Magos se pusieron en camino; y fíjense: la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que se detuvo sobre el lugar donde estaba el niño. ¡Qué alegría más grande: habían visto otra vez a la estrella!
Al entrar a la casa vieron al niño con María, su madre; se arrodillaron y le adoraron. Abrieron después sus cofres y le ofrecieron sus regalos de oro, incienso y mirra. Luego se les avisó en sueños que no volvieran donde Herodes, así que regresaron a su país por otro camino. 

Hoy celebramos la fiesta de la Epifanía o manifestación de Jesús como el Salvador de todas las naciones, simbolizadas en los sabios de Oriente. 

Con un conjunto de símbolos de gran poder sugestivo, el relato de San Mateo hace ver la trascendencia universal que tiene el nacimiento de Jesús, como “luz” de las naciones. Todo el género humano está llamado a conocer y acoger la luz que brilla en medio de la oscuridad. El horizonte de la historia humana no se pierde en las tinieblas. A todos los pueblos y personas guía el único Dios. El Espíritu, que actúa en sus corazones, los impulsa a buscar el sentido que debe tener su vida, a obrar según el dictamen de su conciencia y a empeñarse en construir la paz por medio de la justicia. Esta es la luz de Dios que ilumina a todos hombre y mujeres de buena voluntad. Y por eso no se puede negar la acogida fraterna a todas las personas, por encima de las diferencias sociales y culturales. El misterio de Belén lo hace posible. 

Una luz brilla como estrella radiante en el interior de las personas. Se dejan guiar por ella los sabios de todos los tiempos, que disciernen el significado de los acontecimientos y se hacen lo suficientemente pobres y sencillos para salir de sí mismos y buscar el conocimiento de la verdad plena. Dios ha creado a todos para que lo busquen, a ver si a tientas lo llegan a encontrar, dado que no está lejos de nosotros, pues en él vivimos, nos movemos y existimos (Hech 17, 27-28). Los valores de las culturas y de las religiones de la tierra, los logros de la razón humana en todos los campos de las ciencias y de las artes, el progreso de los pueblos en su organización humana fraterna, y el dictamen interior de la propia conciencia, señalan los largos y diversos caminos que, a lo largo de los siglos, conducen a todos a la luz de la verdad. 

Hacia ella dirigen sus pasos los magos. Han oído que en Jerusalén pueden encontrar el conocimiento que les falta, pues es la ciudad santa, capital de la nación que ha recibido una extraordinaria revelación de Dios. Pero la estrella que los guiaba no brilla sobre Jerusalén. En ella no encuentran más que mentira y ambición: el rey Herodes, rodeado de los sumos sacerdotes y expertos en religión afirman, sí, conocer la revelación contenida en las Escrituras, y envían a los magos a Belén tierra de Judá, pero ellos no hacen ningún esfuerzo por ir, se quedan donde están. Más aún, ven como una amenaza al recién nacido rey de los judíos. Vayan ustedes, les dice Herodes, e infórmense bien sobre ese niño… y avísenme para ir yo también a adorarlo. Forman parte del pueblo escogido y manejan las Escrituras santas, pero rechazan al Salvador que Dios había prometido. Los extranjeros, en cambio, venidos de lejos, lo acogen con inmensa alegría. 

La estrella que los había guiado volvió a aparecer en Belén y se detuvo encima de donde estaba el niño. Él es el que da la luz a la estrella que brilla en la noche (cf. Sab 10,17). Por eso dirá de sí mismo: Yo soy la luz del mundo (Jn 8,12). Luz de Dios que viene para todos, pero que hay que buscarla, acogerla y dejar que transforme la vida. 

Dice el evangelio que los magos vieron al niño con su madre María y lo adoraron postrados en tierra. Los griegos hacían esto como tributo a sus dioses, los orientales se postraban también ante sus reyes. Después abrieron sus cofres y le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Una antiquísima tradición, que se remonta a San Ireneo de Lyon en el siglo II, interpreta el oro como tributo al rey, el incienso como ofrenda a Dios y la mirra como como referencia a la muerte de Jesús. Muchas otras interpretaciones se han sucedido en la historia: el oro de las obras buenas, el incienso de la oración y la mirra del control de los instintos. Otros, ha visto el oro en la mayor riqueza que uno tiene, que es el amor; el incienso en lo que nos eleva, que son nuestros deseos y aspiraciones; y la mirra, que cura heridas y preserva de la corrupción, en los padecimientos propios de nuestra condición mortal. Todo lo que amamos, deseamos y tenemos, eso es nuestro tesoro. Se lo ofrecemos a Dios y él entra a nuestro tesoro. «Todo cristiano puede ofrecer (al Niño) estos dones, el pobre no menos que el rico», canta un antiguo villancico. 

El relato termina con una observación importante: advertidos de que no volvieran donde Herodes, los magos retornan a su región de origen, pero por otro camino. Quien se encuentra con Cristo cambia de rumbo, queda transformado. Estos hombres buscaban a Dios y Dios los encontró. Ahora llevan consigo al Emmanuel, al Dios-con-nosotros. 

La Epifanía nos hace ver que somos peregrinos, por caminos que pueden atravesar desiertos y oscuridades, pero siempre hay una estrella que brilla y guía hasta Dios. Ella está allí, en el firmamento de nuestro corazón, en el horizonte de nuestro deseo de libertad, bondad y felicidad, y también en la realidad de los pesares que trae consigo la vida terrena. Lo importante es buscar. El que busca encuentra, al que llama se le abre. Pronto o tarde una estrella brillará. No se equivoca nadie que sigue a Cristo.

sábado, 3 de enero de 2026

El Cordero de Dios (Jn 1, 29-34)

 P. Carlos Cardó SJ 

El Cordero Místico, óleo sobre lienzo de Jan van Eyck (1432), Catedral de San Bavón, Gante, Bélgica

Al día siguiente Juan vio acercarse a Jesús y dijo: “Ahí está el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. De él yo dije: Detrás de mí viene un varón que es más importante que yo, porque existía antes que yo. Aunque yo no lo conocía, vine a bautizar con agua para que se manifestase a Israel”.
Juan dio este testimonio: “Contemplé al Espíritu, que bajaba del cielo como una paloma y se posaba sobre él. Yo no lo conocía; pero el que me envió a bautizar me había dicho: “Aquél sobre el que veas bajar y posarse el Espíritu es el que ha de bautizar con Espíritu Santo”.
“Yo lo he visto y atestiguo que él es el Hijo de Dios”. 

Juan Bautista señala a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, y lo reconoce como el portador del Espíritu divino, que va a bautizar con Espíritu Santo (Jn 1,33), y fuego, añaden Mateo y Lucas (Mt 3,11; Lc 3, 16). 

¿Qué significado tiene la metáfora del Cordero? El cordero era la víctima del sacrificio de expiación y comunión de los judíos. En la pascua, cuando celebraban la liberación de Egipto, la comida del cordero evocaba la sangre de los corderos que salvó a Israel del exterminio (Ex 12, 7.12-13). Asimismo, no cabe duda que la designación de Jesús como el “cordero que quita el pecado” alude a los cánticos de Isaías sobre el Siervo de Yahvé (Is 52,13-53,12), que cargará sobre sí el pecado del pueblo, y entregará su vida en expiación como cordero llevado al matadero, para traer a muchos la salvación. 

La idea recorre todo el Nuevo Testamento: “Los han rescatado... con la preciosa sangre de Cristo, cordero sin mancha” (1 Pe 1,18-20); “vi un cordero como sacrificado... porque fuiste degollado y con tu sangre compraste para Dios hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación...” (Ap 5,6ss); “nuestra cordero pascual, Cristo, ha sido inmolado” (1 Cor 5,7). El evangelista Juan refuerza este significado al señalar que Jesús fue crucificado la víspera de Pascua (Jn 13,1; 18,28.39- 19,14.31.42), en el día y casi a la misma hora en que eran inmolados los corderos en el templo y que, en vez de romperle las piernas, como solían hacer con los crucificados, a Jesús no le rompieron ningún hueso –como estaba mandado para el cordero pascual (Ex 12,46; Num 9,12)– sino que un soldado le atravesó el costado con una lanza (Jn 19,36). 

Volviendo al testimonio de Juan Bautista, vemos que declara haber visto que el Espíritu descendió sobre Jesús y se quedó en él (Jn 1, 32). En su bautismo en el Jordán, el Hijo de Dios se sumerge en la condición humana y Juan ve que se cumple en él lo que había anunciado Isaías sobre el Mesías: Sobre él reposará el Espíritu de Yahvé, espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor del Señor (Is 11,2). 

Por eso los evangelios afirman reiteradamente que la razón por la que Jesús habló y actuó como lo hizo fue que estaba lleno del Espíritu divino. Jesús es concebido por obra y gracia del Espíritu Santo (Lc 1,35); es conducido al desierto por el Espíritu (Lc 4,1); expulsa los demonios por el Espíritu de Dios (Mt 12,28); en su muerte entrega el Espíritu (Jn 19,30), y en su Resurrección es elevado al Padre, desde donde envía a nosotros el Espíritu: Reciban el Espíritu Santo (Jn  20,22). Por esto es él quien nos bautiza con Espíritu Santo, es decir, nos sumerge en la vida misma de Dios. 

Quienes en la Eucaristía comen la carne y beben la sangre del Cordero que quita el pecado del mundo, quedan llenos de su Espíritu que forja unidad fraterna y enciende en ellos el fuego de su amor. «Llamó al pan su cuerpo viviente, lo llenó de sí mismo y de su Espíritu [...], y quien lo come con fe, come Fuego y Espíritu. [...]. Tomen, coman todos de él, y coman con él al Espíritu Santo…, el que lo come vivirá eternamente» (San Efrén [+ 373], Doctor de la Iglesia, Sermón 4, n.4).

viernes, 2 de enero de 2026

El profeta Juan Bautista (Jn 1, 19-28)

 P. Carlos Cardó SJ 

Juan el Bautista en el desierto, óleo sobre lienzo de Cristofano Allori, Palacio Pitti, Florencia, Italia

Este fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén para preguntarle: "¿Quién eres tú?".
Juan lo declaró y no ocultó la verdad: "Yo no soy el Mesías".
Le preguntaron: "¿Quién eres, entonces? ¿Elías?".
Contestó: "No lo soy".
Le dijeron: "¿Eres el Profeta?".
Contestó: "No".
Entonces le dijeron: "¿Quién eres, entonces? Pues tenemos que llevar una respuesta a los que nos han enviado. ¿Qué dices de ti mismo?".
Juan contestó: "Yo soy, como dijo el profeta Isaías, la voz que grita en el desierto: Enderecen el camino del Señor".
Los enviados eran del grupo de los fariseos, y le hicieron otra pregunta: "¿Por qué bautizas entonces, si no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?".
Les contestó Juan: "Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay uno a quien ustedes no conocen, y aunque viene detrás de mí, yo no soy digno de soltarle la correa de su sandalia". Esto sucedió en Betabará, al otro lado del río Jordán, donde Juan bautizaba.
 

Juan Bautista. Su figura sintetiza a los sabios y profetas que en todas las épocas han despertado las conciencias y han movido a la gente a cambiar. Juan Bautista no es la luz, sino testigo de la luz. Él invita a reconocerla y a dejarnos guiar por ella hacia la verdad de nosotros mismos ante Dios. 

Los judíos enviaron desde Jerusalén una comisión de sacerdotes y levitas a preguntarle a Juan quién era… Representan la ceguera de quienes obran el mal y temen la luz. Por eso, por más que digan que quieren conocer la verdad, no la van a aceptar porque no les conviene: están atados a las ganancias y beneficios que se han procurado de espaldas a Dios y en contra de sus hermanos; son, pues, autores y víctimas a la vez de la mentira. 

Estos enviados se atreven a someter a Juan a un interrogatorio. Es el proceso de cuestionamientos y acusaciones que se inicia aquí contra Juan y seguirá luego contra Jesús, para continuarse después de él contra sus discípulos. Es un drama, con protagonistas y antagonistas. Por una parte, Juan y Jesús, el testigo de la Palabra y la Palabra testimoniada, respectivamente; por otra, los sacerdotes, escribas y fariseos, que representan al poder injusto que se cierra a la Luz. 

Siempre ha habido profetas, personas libres e inspiradas que iluminan a la humanidad como faros en la noche. A lo largo de la Biblia, ellos aparecen cumpliendo la misión de mantener viva la humanidad, la dignidad y la libertad de la gente, para que nadie se resigne a ningún tipo de esclavitud o pérdida de sus legítimos derechos. Por eso, la Biblia, al narrar los acontecimientos de la historia, no justifica las injusticias ni se pone de parte de los poderosos, sino que, por el contrario, desenmascara su falsedad y corrupción y presta su voz a los que no tienen voz y a cuantos sufren, en quienes aviva el anhelo de verdad, justicia y libertad. Se entiende por qué los profetas terminan pagando un altísimo precio a su misión: el martirio. 

Con la venida de Cristo y de su Espíritu Santo, se extendió el carisma y función de profecía. Se cumplió el deseo de Moisés: «¡Ojalá que todo el pueblo fuera profeta!» (Num 11,29). Por eso San Pablo defendía a los profetas (1Tes 5,20), por el bien de las comunidades cristianas (1 Cor 14,29-32), porque el profeta «edifica, exhorta y consuela» (1Cor 14,3). 

La Iglesia es la comunidad de los ungidos con el crisma de Cristo, sacerdote, profeta y rey. Y esa unción recibida en el bautismo nos configura con él y nos destina a ser testigos suyos y de su evangelio, tanto de palabra como con nuestra conducta. Profeta es quien edifica con su forma de vida, que muchas veces contradice al ambiente que lo rodea. Profeta es el que exhorta conforme a lo que ha visto y recuerda. Y profeta es el que consuela porque da razón para la esperanza. Su testimonio siempre es una experiencia vivida que se hace palabra y se transmite. La Iglesia no puede dejar la profecía.

jueves, 1 de enero de 2026

Los pastores, María y el nombre de Jesús (Lc 2, 15-20)

 P. Carlos Cardó SJ 

Adoración del Niño, fresco de Fra Filippo Lippi (1463), Galería de los Uffizi, Florencia, Italia

En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo a Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.
Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho.
Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción. 

Este texto nos pone con María, José y los pastores para ayudarnos a oír la buena noticia del nacimiento del Hijo de Dios, meditar en sus consecuencias para nuestra vida, y difundirla. 

Los primeros en oír el anuncio del nacimiento de Jesús no fueron el emperador romano ni los jefes del pueblo. La alegre noticia venida desde el cielo (desde Dios, por la fe) llegó a unos pastores, pertenecientes a las clases más pobres del pueblo. Ellos, los más postergados de la sociedad que representan una constante en el evangelio de Lucas (cf. Lc 1,38.52),  son los primeros a quienes se les revela que el nacimiento de ese niño no es un acontecimiento privado y sin importancia, sino que atañe a todo el pueblo de Israel y a la humanidad en su conjunto. No teman, les anuncio una gran alegría que será para todo el pueblo: Hoy les ha nacido en la ciudad de David un Salvador, el Mesías, el Señor. Como los pastores, todos los sencillos y humildes de corazón podrán llegar a apreciar y vivir los valores del reino de Dios y de ellos Jesús dará gracias: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los sencillos (Lc  10, 21). 

Al mismo tiempo, los pastores son también los primeros que, después de encontrar a Jesús, se convierten en anunciadores (evangelizadores) de la buena noticia que han recibido y comprobado. Transmiten el conocimiento que les ha venido de lo alto acerca de este Niño y vuelven a su vida de todos los días con el corazón lleno de alegría. A partir de ahí, todo el que con fe y humildad, como los pastores, se encuentra con la bondad de Dios nuestro salvador y su amor a nosotros (Tito 3, 4), sentirá el impulso (¡la necesidad!) de comunicarla. La experiencia del encuentro con Dios es necesariamente comunicativa. 

Junto a los pastores, primeros evangelizadores, se destaca la figura de María con la característica fundamental de su personalidad, que Lucas desde el pasaje de la anunciación más subraya: su gran fe. María acoge y medita en su interior lo que han dicho los pastores, procura comprender su significado profundo, para apoyar el destino de su Hijo, aunque de momento quizá no logre comprenderlo y se pregunte, como hizo ante las palabras del ángel: ¿Cómo podrá ser esto? Ella, la gran creyente, vivirá meditado en su corazón la palabra de Dios, para referirlo todo a ella, para llevarla a la práctica (Lc 8,21). Y así la veremos hasta el final de su vida, cuando acompañe a a su Hijo en la pasión o espere en oración, junto con la comunidad, la venida del Espíritu (Hch 1,14). 

A los ocho días, cuando circundaron al Niño, le pusieron el nombre de Jesús, como lo había llamado el ángel ya antes de la concepción. Con la circuncisión, señal de la alianza con Dios (cf. Gn 17,11),  Jesús se incorpora oficialmente en el pueblo de Israel. Pero este rito, es sólo la ocasión de que se vale el evangelista Lucas para prestar atención a la imposición del nombre, sobre el cual recae todo el énfasis de su narración. La razón es que el nombre de Jesús no es un hecho casual o irrelevante, sino impuesto por Dios porque tiene un significado que resume la vocación y misión del Hijo de Dios encarnado: Dios salva.  El Dios innombrable de la fe judía, he aquí que tiene un nombre que podemos pronunciar con amor y confianza porque expresa lo que Dios quiere hacer por nosotros: darnos una vida plena, realizada, libre de todo peligro y de todo mal, una vida salvada.