miércoles, 24 de diciembre de 2025

Nochebuena (Lc 2, 1-14)

 P. Carlos Cardó SJ 

La Natividad, fresco de Fran Angelico (1390-1455), Instituto de Arte de Minneapolis

 Y aconteció en aquellos días que salió un edicto de César Augusto, para que se hiciera un censo de todo el mundo habitado. Este fue el primer censo que se levantó cuando Cirenio era gobernador de Siria. Y todos se dirigían a inscribirse en el censo, cada uno a su ciudad. Y también José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David que se llama Belén, por ser él de la casa y de la familia de David, para inscribirse junto con María, desposada con él, la cual estaba encinta. Y sucedió que mientras estaban ellos allí, se cumplieron los días de su alumbramiento. Y dio a luz a su hijo primogénito; le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón. 

En la misma región había pastores que estaban en el campo, cuidando sus rebaños durante las vigilias de la noche. Y un ángel del Señor se les presentó, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor, y tuvieron gran temor. Mas el ángel les dijo: No temáis, porque he aquí, os traigo buenas nuevas de gran gozo que serán para todo el pueblo; porque os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor. Y esto os servirá de señal: hallaréis a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Y de repente apareció con el ángel una multitud de los ejércitos celestiales, alabando a Dios y diciendo: Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz entre los hombres en quienes Él se complace.

HOMILÍA DE NOCHEBUENA

La liturgia de esta noche nos hace vivir el acontecimiento del nacimiento de Cristo. Por la fe y por la gracia, que actúa a través de los sacramentos, el Hijo de Dios se hace carne y habita entre nosotros (Ef 3,17).

La Navidad toca lo más íntimo de nuestro corazón y ha pasado a ser parte de nuestra historia y de nuestra identidad: no seríamos lo que somos sin el Niño que nació para nosotros en Belén un día como hoy. Vino como la Luz para iluminar a la humanidad en su larga marcha a través de la oscuridad de la historia. Y vino también para iluminarnos a cada uno de nosotros a iluminar nuestras propias oscuridades, desencuentros y enemistades, nuestros cansancios y problemas no resueltos, nuestras preguntas sin respuesta, temores y desesperanzas. Vino a nosotros y la noche se hizo clara como el día. Vino a nosotros y la noche se hizo Nochebuena.

Acojamos esta fiesta como un acontecimiento capaz de transformar nuestra vida. Dios habita en nuestra tierra. La misericordia y la verdad se encuentran, la justicia y la paz se besan, la lealtad y la fidelidad brotan de la tierra y se hace posible la justicia y la paz (Salmo 85,10-13).

Que nadie se sienta solo y triste en esta noche santa porque “ha aparecido la bondad de Dios, nuestro salvador, y su amor a los seres humanos” (Tito 3,4). En Navidad toda persona puede sentir cuánto vale para Dios. La Navidad suscita en cada uno la confianza de saberse sostenido internamente por un misterio de gracia que da valor y sentido a su persona. Que nadie deje de oír el canto de los ángeles. El año declina ya, pero es posible ser mejor. Todo se transforma en esperanza.

La Navidad hace posible la cercanía entre los seres humanos, permite que nos tratemos con afecto especial, que nos mostremos dispuestos a ayudar al que nos necesita y, sobre todo, que sepamos reconocer y acoger a un Dios que se expresa en nuestra condición humana, solidario con la debilidad humana, un Dios que resplandece en la extrema fragilidad e indefensión del Niño recién nacido en Belén.

Para aprender a reconocer a nuestro Salvador bajo tantas apariencias desconcertantes, necesitamos cambiar nuestra manera de pensar y abrirnos a la sencillez de los limpios de corazón a quienes se les revelan los planes de Dios. “Cuanto más humilde te hagas, más cerca estarás de la grandeza” (R. Tagore).  Sólo así podemos dejarnos impactar por la lógica del Hijo de Dios que viene a nosotros asumiendo nuestra naturaleza no siempre benévola, nuestra historia tantas veces indiferente y opaca. El Hijo de Dios nace en nuestra carne, es decir, en nuestra banalidad, en nuestra cotidianidad y aparente insignificancia.

Para todos los hombres y mujeres de buena voluntad, que se esfuerzan por construir la paz en todos los ámbitos de la actividad humana, venga la bendición de Navidad. Ellos “serán llamados hijos de Dios”, porque buscan caminos para superar la pobreza, la exclusión, la violencia y las desigualdades.

Venga la bendición de Navidad para los que reaccionan activamente contra el deterioro ambiental y hacen suyo el nuevo “paradigma ecológico” promovido por el Papa Francisco en Laudato sì, que contiene avances mucho más definidos que los logrados hasta ahora por la ONU y las Conferencias Internacionales.

Venga también la bendición de Navidad para aquellos que en nuestra nación luchan por poner fin al deterioro moral del Estado, que ha llegado a convertir lastimosamente la actividad política en la ocasión para el gobierno de la mediocridad y, lo que es peor, para el enriquecimiento ilícito, que mina de raíz toda forma humana de ejercicio de la autoridad.

Venga la bendición de Navidad para todos aquellos que en la vida cotidiana, de hogar y de oficina de trabajo, se esfuerzan por tener un corazón “que bate fuerte allí donde la dignidad humana –reflejo del rostro de Dios– está en juego”. Ellos han borrado de sus mentes toda exclusión, racismo o indiferencia, porque saben que para el Niño nacido en Belén nadie le es extraño ni ajeno.

Venga la bendición de Navidad con toda su ternura y protección sobre nuestros niños, ellos son lo mejor que tenemos, cada uno de ellos es un regalo precioso. Ellos son nuestras más hondas fuentes de esperanza. La promesa de que la convivencia humana será mejor en un futuro más humano, en paz y bienestar para todos, está dirigida a ellos y a los que se hacen como ellos.

Bendición de Navidad  

Que Dios renueve tu esperanza en esta Navidad

Y te libere de todo lo que te preocupa o te angustia,

Que Dios te dé la capacidad de asombrarte profundamente

por la maravilla del nacimiento de su Hijo en el pesebre de Belén.

Que Dios restaure las relaciones que dañaste o rompiste

y te lleve a reconciliarte contigo mismo y con los demás.

Que Dios te dé seguridad en ti mismo, decisión firme y valentía

para que puedas ayudar a otros a sentir la alegría y la paz de Navidad.

Que Dios te acompañe con la luz de la Noche Buena

cuando vengan días oscuros.

Bendito sea el Señor, Dios de Israel (Lc 1, 67-79)

 P. Carlos Cardó SJ 

Zacarías, sumo sacerdote, ícono de autor anónimo del siglo XVIII, Catedral católica griega de Hajdúdorog, Hungría.

Su padre Zacarías, lleno de Espíritu Santo, profetizó: "Bendito el Señor, Dios de Israel, porque se ha ocupado de rescatar a su pueblo. Nos ha suscitado una eminencia salvadora en la Casa de David, su siervo, como había prometido desde antiguo por boca de sus santos profetas: salvación de nuestros enemigos, del poder de cuantos nos odian, tratando con lealtad a nuestros padres y recordando su alianza sagrada, lo que juró a nuestro padre Abrahán, que nos concedería, ya liberados del poder enemigo, servirle sin temor en su presencia, con santidad y justicia toda la vida. Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque caminarás delante del Señor, preparándole el camino; anunciando a su pueblo la salvación por el perdón de los pecados. Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará desde lo alto un amanecer que ilumina a los que habitan en tinieblas y en sombras de muerte, que endereza nuestros pasos por un camino de paz". 

Como el Magníficat de María, el cántico de Zacarías está lleno de referencias y motivos bíblicos sobre la esperanza que tenía Israel de la venida del Mesías prometido. Es como una síntesis de los anhelos más profundos del pueblo judío, que recogen los de la humanidad de todos los tiempos. Este cántico es un modelo de la fe bíblica, que descubre en los acontecimientos de la historia la acción de Dios. La historia está llena de su promesa, y en ella se nos revelan sus designios salvadores. Por la fe, los acontecimientos de la historia revelan su contenido de “palabra”. 

El himno tiene dos partes, la primera (vv. 68 a 75) es una bendición. En la Biblia, el que bendice es propiamente Dios, y su bendición es donación de vida, gracia y don que se recibe. La plenitud de la bendición es el Shalom, la paz, abundancia y bienestar enviados de lo alto. Pero el ser humano, aunque pobre y desvalido ante el Poderoso, también bendice al Señor con una palabra que reconoce y confiesa su generosidad y le da gracias. 

La bendición de Zacarías no es propiamente por el hijo que le ha nacido, sino porque ve que la esperada liberación mesiánica está por cumplirse: ya viene el Salvador, descendiente de David, y su llegada será anunciada y preparada por Juan. 

Zacarías describe la salvación que trae Jesús con todos los contenidos históricos y políticos que el Antiguo Testamento y el judaísmo de su tiempo le atribuían: la ve como una liberación concreta y definitiva de toda opresión extranjera, Israel ya no será dominado por nadie, su victoria sobre sus enemigos está asegurada y ya no habrá miedo ni inseguridad. Late en el himno el deseo profundo de una tierra nueva, en la que habrá por fin una paz estable, y se podrá rendir a Dios el culto que se merece, con santidad y justicia, en su presencia todos nuestros días (v. 74s). 

En la segunda parte (vv.76-79) de su himno, Zacarías anuncia el futuro de su hijo Juan. 

Elegido por Dios como el precursor del Mesías, preparará para él un pueblo bien dispuesto. Pero lo que más sobresale es la admiración por la persona y obra de Jesús Mesías, que vendrá como el sol que nace de lo alto para iluminar a los que caminan en tinieblas y sombras de muerte. A simple vista, podría parecer que la salvación mesiánica se espiritualiza demasiado, pero en realidad lo que se anuncia es la más radical de las acciones libradoras de Dios, que llega hasta las raíces mismas del mal y de toda opresión: la maldad del pecado. 

La Iglesia canta este himno todos los días en la oración de la mañana: alaba a Jesucristo que por su resurrección brilla como el sol sobre la oscuridad de la muerte y da inicio al día perenne en que vivimos: al hoy de la continua visita y presencia del Dios-con-nosotros. Bajo esa luz vivimos, ella nos trae perdón, santidad y justicia, ella nos guía en la construcción de los caminos de la paz. 

El himno de Zacarías nos invita a admirar y agradecer la obra de Dios en nuestra historia personal.

martes, 23 de diciembre de 2025

Nacimiento de Juan Bautista (Lc 1, 57-66)

 P. Carlos Cardó SJ 

El Nacimiento de San Juan el Bautista, fresco de Domenico Ghirlandaio (1486 - 1490), Capilla Tornabuoni, Santa María Novella, Florencia, Italia

Cuando le llegó a Isabel su día, dio a luz un hijo, y sus vecinos y parientes se alegraron con ella al enterarse de la misericordia tan grande que el Señor le había mostrado.
Al octavo día vinieron para cumplir con el niño el rito de la circuncisión, y querían ponerle por nombre Zacarías, por llamarse así su padre.
Pero la madre dijo: «No, se llamará Juan.»
Los otros dijeron: «Pero si no hay nadie en tu familia que se llame así.»
Preguntaron por señas al padre cómo quería que lo llamasen.
Zacarías pidió una tablilla y escribió: «Su nombre es Juan», por lo que todos se quedaron extrañados.
En ese mismo instante se le soltó la lengua y comenzó a alabar a Dios.
Un santo temor se apoderó del vecindario, y estos acontecimientos se comentaban en toda la región montañosa de Judea.
La gente que lo oía quedaba pensativa y decía: «¿Qué va a ser este niño?» Porque comprendían que la mano del Señor estaba con él. 

Juan Bautista, figura clave del tiempo de Adviento, fue el hombre que recibió de Jesús el mayor de los elogios: Yo les digo que, entre los hijos de mujer, no hay nadie mayor que Juan. 

La narración de su nacimiento la hace San Lucas con pocas palabras, porque prefiere resaltar más la imposición de su nombre. Pero en esas pocas palabras, se expresa algo muy importante en la Biblia: la concepción y nacimiento de los personajes que van a tener una especial misión en la historia de Israel es un acontecimiento en el que Dios interviene. Esto se destaca de modo especial cuando la mujer que concibe es una estéril como Sara, esposa de Abraham y madre de Isaac (cf. Gen 16, 1; 17, 1), o como la esposa de Manoa, que concibió y dio a luz a Sansón (Cf. Jue 13, 2-5). Por esto, en el caso de Isabel, esposa estéril de Zacarías, los vecinos ven en su parto una acción de la misericordia y se alegran con ella. 

Aparte de esto, es indudable que la antropología contenida en la Biblia considera la venida al mundo de toda persona humana no como un acontecimiento o fenómeno fortuito o puramente biológico. Cada nacimiento es un hecho querido por Dios, y responde siempre a un designio suyo de amor. Tú formaste mis entrañas, me tejiste en el vientre de mi madre. Te doy gracias porque eres sublime y tus obras son prodigiosas (Sal 139, 13-14). 

El nombre Juan. En las culturas antiguas el nombre que se daba a las personas era siempre significativo. «Nomen est omen», (el nombre es presagio, pronóstico), decían los latinos; y para los hebreos el nombre señalaba algún atributo de Dios que en la vida del recién nacido se iba a manifestar, o el significado de la misión que le tocaba desempeñar al niño. Su nombre es Juan (Lc 1,63) dice Isabel y Zacarías lo confirma ante de los parientes maravillados, escribiéndolo en una tablilla. El mismo Dios, por su ángel, había dado este nombre que significa Dios es favorable. En la vida de Juan, Dios se mostrará favorable a su pueblo y a toda la humanidad. Pero no sólo en su vida: Dios siempre está en favor de todos sus hijos e hijas, en favor de toda vida humana aun antes de nacer. Mi propia vida, desde su concepción, demuestra que soy llamado por él a la existencia. El Señor me llamó desde el seno materno, desde las entrañas de mi madre pronunció mi nombre (Is 49,1). 

Juan nace con una misión que cumplirá cabalmente: vivirá dedicado a preparar la venida de Jesús Mesías. Como él, todos tenemos una misión que cumplir: la que nuestro Creador y Padre nos asigna aun antes de nacer. Ella confiere orientación y sentido a mi existencia. Percibida en mi interior como una llamada o atracción que aúna y orienta todos mis deseos, puedo libremente optar por ella como mi propio camino y elegir las actitudes que más me conduzcan a su cumplimiento, seguro de que en ello me juego mi realización personal y mi felicidad.

lunes, 22 de diciembre de 2025

Magnificat (Lc 1, 46-56)

 P. Carlos Cardó SJ 

Madonna en azul, óleo sobre lienzo de Carlo Dolci (siglo XVI), Museo de Arte John & Mable Ringling, Sarasota, Florida, Estados Unidos

En aquel tiempo, dijo María: "Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava. Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones, por que ha hecho en mí grandes cosas el que todo lo puede. Santo es su nombre, y su misericordia llega de generación en generación a los que lo temen.
Ha hecho sentir el poder de su brazo: dispersó a los de corazón altanero, destronó a los potentados y exaltó a los humildes. A los hambrientos los colmó de bienes y a los ricos los despidió sin nada. Acordándose de su misericordia, vino en ayuda de Israel, su siervo, como lo había prometido a nuestros padres, a Abraham y a su descendencia, para siempre".
María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa. 

Después de oír el saludo de su pariente Isabel, que la proclamó bendita entre las mujeres por el fruto bendito de su vientre y dichosa por haber creído, María dirigió la mirada a su propia pequeñez, fijó luego sus ojos en Dios, de quien procede todo bien, y entonó un cántico de alabanza. 

Celebra todo mi ser la grandeza del Señor. María es consciente de que toda su persona, su yo personal, su ser mujer, es un don de Dios y a él lo devuelve en un canto de alabanza. Ella es consciente de que las generaciones la llamarán bienaventurada, no por sus méritos propios, sino por las obras grandes que el Poderoso ha hecho en ella al darle la vida y elegirla para ser madre del Salvador. Por eso no duda en recalcar el contraste que hay entre su pequeñez de sierva y la grandeza, poder y misericordia de Dios, a quien ve como el santo, el todopoderoso, el misericordioso. 

El Magnificat de María se sitúa en línea con la corriente espiritual de los salmos, con el mismo estilo poético de su pueblo, henchido de sentimientos de auténtica fe, alegría y gratitud. Es un himno personal y a la vez universal, cósmico. En María canta toda la humanidad y la creación entera que ve la fidelidad del amor de Dios. Es el cántico nuevo que entona la criatura nueva, hecha nueva por la muerte de Cristo y por la efusión del Espíritu Santo. El Magnificat es también una síntesis de la historia de la salvación, contemplada del lado de los pobres y de los humildes, a quienes se les revela el misterio del Reino y sienten a Dios a su favor. Con el pueblo fiel de Israel, en la línea de los grandes profetas, María no duda en alabar a Dios por sus preferencias, porque dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos, enaltece a los humildes, colma de bienes a los hambrientos y despide vacíos a los ricos. 

María nos ayuda a descubrir a Dios en nuestra vida. Por eso, la Iglesia entona todas las tardes el Magnificat, como el reconocimiento de que Dios cumple siempre su promesa. En el canto de María laten los corazones agradecidos, que reconocen la acción de Dios en los acontecimientos de la propia historia personal y en la historia de la humanidad.