sábado, 4 de enero de 2025

Vocación de los Primeros Discípulos (Jn 1, 35-42)

 P. Carlos Cardó SJ 

Llamamiento de los santos Pedro y Andrés, óleo sobre lienzo de Caravaggio (1603-1606), Colección Real del Reino Unido, Palacio de Buckingham, Londres

Al día siguiente, Juan se encontraba de nuevo en el mismo lugar con dos de sus discípulos. Mientras Jesús pasaba, se fijó en él y dijo: «Ese es el Cordero de Dios».
Los dos discípulos le oyeron decir esto y siguieron a Jesús.
Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les preguntó: «¿Qué buscan?»
Le contestaron: «Rabbí (que significa Maestro), ¿dónde vives?».
Jesús les dijo: «Vengan y lo verán».
Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día. Eran como las cuatro de la tarde.
Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que siguieron a Jesús por la palabra de Juan. Encontró primero a su hermano Simón y le dijo: «Hemos encontrado al Mesías» (que significa el Cristo). Y se lo presentó a Jesús.
Jesús miró fijamente a Simón y le dijo: «Tú eres Simón, hijo de Juan, pero te llamarás Kefas» (que quiere decir Piedra). 

El primer encuentro de los discípulos con Jesús sirve de marco al evangelista Juan para proponer una enseñanza capital sobre la fe cristiana. Ésta no consiste únicamente en la adhesión a una doctrina, a unas normas éticas o a una práctica social. La fe es un encuentro con alguien que viene a nosotros y se nos comunica. Y a partir de ese encuentro, se siente el deseo (y la gracia) de conocerlo cada vez más, imitarlo y seguirlo. 

El cuadro de la narración es el siguiente: dos discípulos atraídos por Jesús, se van tras él. La fe que ha nacido en ellos desde que Juan Bautista les dijo: “Miren el Cordero de Dios”, los ha puesto en movimiento con el deseo de conocerlo y seguirlo. “Seguir”, en el texto bíblico, significa andar tras una persona que señala el camino. La fe es aceptar a alguien como guía de la propia vida. 

Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les preguntó: ¿Qué buscan? (v. 38). Es la pregunta crucial, que todo el que se diga seguidor de Cristo debe plantearse. Porque puede haber diversas motivaciones en la búsqueda de Jesús, algunas de ellas equivocadas: como la de aquellos que se le acercan porque le han visto hacer milagros (Jn 2, 23-25), o porque “comieron pan hasta saciarse” (Jn 6,26). Uno puede creer que sigue a Cristo, pero de manera interesada y, en realidad, buscándose a sí mismo. 

Le contestaron: Rabbí (que equivale a “Maestro”)... (v.38). Con este título respetuoso de “Rabbí”, los discípulos indican que toman a Jesús por guía y están dispuestos a oír y seguir sus enseñanzas. En tiempos de Jesús, la relación maestro-discípulo no se limitaba a la transmisión de unos conocimientos o de una doctrina, sino que se aprendía un modo de vivir. La vida del maestro era pauta para la del discípulo. 

Maestro, ¿dónde vives? (v. 38b). Los discípulos quieren conocer dónde vive Jesús, cuál es su modo de vivir, para estar cerca de él y vivir bajo su influjo. Jesús les dijo: Vengan y lo verán (v.39). “Venir” y “ver” son verbos que emplea el evangelista Juan para indicar la experiencia personal fundamental de la que brota la fe. Los discípulos tienen que ver por sí mismos, experimentar la convivencia con el Maestro. En esa experiencia es donde hallarán respuesta a sus búsquedas. Jesús dirá: En donde yo esté, allí también estará mi servidor (12,26). El “lugar” donde está Jesús, donde Dios viene a nuestras vidas, no puede conocerse por mera información, sino por una experiencia personal. 

Fueron, pues, vieron dónde vivía y aquel mismo día se quedaron a vivir con él. Era alrededor de las cuatro de la tarde (v. 39). El evangelio precisa que aquello ocurrió a las “cuatro de la tarde”. Detalle importante porque a partir de esa hora todo comenzó y sus vidas quedaron marcadas para siempre. Y hay algo más en esa determinación de la hora en que Jesús llamó a sus primeros discípulos: se trata de un acontecimiento cuya significación trasciende la experiencia personal de aquellos hombres, porque es ahí cuando nace la nueva comunidad. 

El encuentro con el Señor y la disposición de seguirlo confiere a la persona una nueva ubicación en la vida: sus criterios, deseos, planes y proyectos, sus relaciones con los demás, con las cosas y con Dios y aun sus más íntimos sentimientos, todo va a ser distinto porque ahora verán todo como Jesús lo ve y van a querer obrar como Jesús obró. Las dudas y dificultades vendrán –el llamamiento no las suprime– pero lo que los mantendrá perseverantes en el seguimiento del Señor será la memoria agradecida de aquella experiencia primera que iluminó sus vidas para siempre. Podrán decir con San Pablo: “Para mí el vivir es Cristo” (Filp 1,21).

viernes, 3 de enero de 2025

El Cordero de Dios (Jn 1,29-34)

 P. Carlos Cardó SJ 

El bautismo de Cristo, témpera en lienzo de Giovanni Baronzio (1335), Galería Nacional de Arte Antiguo, Roma

Al día siguiente Juan vio a Jesús que venía a su encuentro, y exclamó: «Ahí viene el Cordero de Dios, el que carga con el pecado del mundo».
«De él yo hablaba al decir: Detrás de mí viene un hombre que ya está delante de mí, porque era antes que yo. Yo no lo conocía, pero mi bautismo con agua y mi venida misma eran para él, para que se diera a conocer a Israel».
Y Juan dio este testimonio: «He visto al Espíritu bajar del cielo como una paloma y quedarse sobre él. Yo no lo conocía, pero Aquel que me envió a bautizar con agua, me dijo también: Verás al Espíritu bajar sobre aquél que ha de bautizar con el Espíritu Santo, y se quedará en él. Sí, yo lo he visto; y declaro que éste es el Elegido de Dios». 

Juan Bautista señala a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, y lo reconoce como el portador del Espíritu divino, que va a bautizar con Espíritu Santo (Jn 1,33), y fuego, añaden Mateo y Lucas (Mt 3,11; Lc 3, 16). 

¿Qué significado tiene la metáfora del Cordero? El cordero era la víctima del sacrificio de expiación y comunión de los judíos. En la pascua, cuando celebraban la liberación de Egipto, la comida del cordero evocaba la sangre de los corderos que salvó a Israel del exterminio (Ex 12, 7.12-13). Asimismo, no cabe duda de que la designación de Jesús como el “cordero que quita el pecado” alude a los cánticos de Isaías sobre el Siervo de Yahvé (Is 52,13-53,12), que cargará sobre sí el pecado del pueblo, y entregará su vida en expiación como cordero llevado al matadero, para traer a muchos la salvación. 

La idea recorre todo el Nuevo Testamento: “Los han rescatado... con la preciosa sangre de Cristo, cordero sin mancha” (1 Pe 1,18-20); “vi un cordero como sacrificado... porque fuiste degollado y con tu sangre compraste para Dios hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación...” (Ap 5,6ss); “nuestra cordero pascual, Cristo, ha sido inmolado” (1 Cor 5,7). El evangelista Juan refuerza este significado al señalar que Jesús fue crucificado la víspera de Pascua (Jn 13,1; 18,28.39- 19,14.31.42), en el día y casi a la misma hora en que eran inmolados los corderos en el templo y que, en vez de romperle las piernas, como solían hacer con los crucificados, a Jesús no le rompieron ningún hueso –como estaba mandado para el cordero pascual (Ex 12,46; Num 9,12)– sino que un soldado le atravesó el costado con una lanza (Jn 19,36). 

Volviendo al testimonio de Juan Bautista, vemos que declara haber visto que el Espíritu descendió sobre Jesús y se quedó en él (Jn 1, 32). En su bautismo en el Jordán, el Hijo de Dios se sumerge en la condición humana y Juan ve que se cumple en él lo que había anunciado Isaías sobre el Mesías: Sobre él reposará el Espíritu de Yahvé, espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor del Señor (Is 11,2). 

Por eso los evangelios afirman reiteradamente que la razón por la que Jesús habló y actuó como lo hizo fue que estaba lleno del Espíritu divino. Jesús es concebido por obra y gracia del Espíritu Santo (Lc 1,35); es conducido al desierto por el Espíritu (Lc 4,1); expulsa los demonios por el Espíritu de Dios (Mt 12,28); en su muerte entrega el Espíritu (Jn 19,30), y en su Resurrección es elevado al Padre, desde donde envía a nosotros el Espíritu: Reciban el Espíritu Santo (Jn 20,22). Por esto es él quien nos bautiza con Espíritu Santo, es decir, nos sumerge en la vida misma de Dios. 

Quienes en la Eucaristía comen la carne y beben la sangre del Cordero que quita el pecado del mundo, quedan llenos de su Espíritu que forja unidad fraterna y enciende en ellos el fuego de su amor. «Llamó al pan su cuerpo viviente, lo llenó de sí mismo y de su Espíritu [...], y quien lo come con fe, come Fuego y Espíritu. [...]. Tomen, coman todos de él, y coman con él al Espíritu Santo…, el que lo come vivirá eternamente» (San Efrén [+ 373], Doctor de la Iglesia, Sermón 4, n.4).

jueves, 2 de enero de 2025

El profeta Juan Bautista (Jn 1, 19-28)

 P. Carlos Cardó SJ 

San Juan Bautista, detalle del políptico del Cordero Místico de Jan Van Eyck (1432), catedral de San Avon, Gante, Bélgica

Este fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén para preguntarle: «¿Quién eres tú?»
Juan lo declaró y no ocultó la verdad: «Yo no soy el Mesías.»
Le preguntaron: «¿Quién eres, entonces? ¿Elías?»
Contestó: «No lo soy.»
Le dijeron: «¿Eres el Profeta?»
Contestó: «No.»
Entonces le dijeron: «¿Quién eres, entonces? Pues tenemos que llevar una respuesta a los que nos han enviado. ¿Qué dices de ti mismo?»
Juan contestó: «Yo soy, como dijo el profeta Isaías, la voz que grita en el desierto: Enderecen el camino del Señor.»
Los enviados eran del grupo de los fariseos, .y le hicieron otra pregunta: «¿Por qué bautizas entonces, si no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?»
Les contestó Juan: «Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay uno a quien ustedes no conocen, y aunque viene detrás de mí, yo no soy digno de soltarle la correa de su sandalia». Esto sucedió en Betabará, al otro lado del río Jordán, donde Juan bautizaba. 

Juan Bautista. Su figura sintetiza a los sabios y profetas que en todas las épocas han despertado las conciencias y han movido a la gente a cambiar. Juan Bautista no es la luz, sino testigo de la luz. Él invita a reconocerla y a dejarnos guiar por ella hacia la verdad de nosotros mismos ante Dios. 

Los judíos enviaron desde Jerusalén una comisión de sacerdotes y levitas a preguntarle a Juan quién era… Representan la ceguera de quienes obran el mal y temen la luz. Por eso, por más que digan que quieren conocer la verdad, no la van a aceptar porque no les conviene: están atados a las ganancias y beneficios que se han procurado de espaldas a Dios y en contra de sus hermanos; son, pues, autores y víctimas a la vez de la mentira. 

Estos enviados se atreven a someter a Juan a un interrogatorio. Es el proceso de cuestionamientos y acusaciones que se inicia aquí contra Juan y seguirá luego contra Jesús, para continuarse después de él contra sus discípulos. Es un drama, con protagonistas y antagonistas. Por una parte, Juan y Jesús, el testigo de la Palabra y la Palabra testimoniada, respectivamente; por otra, los sacerdotes, escribas y fariseos, que representan al poder injusto que se cierra a la Luz. 

Siempre ha habido profetas, personas libres e inspiradas que iluminan a la humanidad como faros en la noche. A lo largo de la Biblia, ellos aparecen cumpliendo la misión de mantener viva la humanidad, la dignidad y la libertad de la gente, para que nadie se resigne a ningún tipo de esclavitud o pérdida de sus legítimos derechos. Por eso, la Biblia, al narrar los acontecimientos de la historia, no justifica las injusticias ni se pone de parte de los poderosos, sino que, por el contrario, desenmascara su falsedad y corrupción y presta su voz a los que no tienen voz y a cuantos sufren, en quienes aviva el anhelo de verdad, justicia y libertad. Se entiende por qué los profetas terminan pagando un altísimo precio a su misión: el martirio. 

Con la venida de Cristo y de su Espíritu Santo, se extendió el carisma y función de profecía. Se cumplió el deseo de Moisés: «¡Ojalá que todo el pueblo fuera profeta!» (Num 11,29). Por eso San Pablo defendía a los profetas (1Tes 5,20), por el bien de las comunidades cristianas (1 Cor 14,29-32), porque el profeta «edifica, exhorta y consuela» (1Cor 14,3). 

La Iglesia es la comunidad de los ungidos con el crisma de Cristo, sacerdote, profeta y rey. Y esa unción recibida en el bautismo nos configura con él y nos destina a ser testigos suyos y de su evangelio, tanto de palabra como con nuestra conducta. Profeta es quien edifica con su forma de vida, que muchas veces contradice al ambiente que lo rodea. Profeta es el que exhorta conforme a lo que ha visto y recuerda. Y profeta es el que consuela porque da razón para la esperanza. Su testimonio siempre es una experiencia vivida que se hace palabra y se transmite. La Iglesia no puede dejar la profecía.

miércoles, 1 de enero de 2025

Los pastores, María y el Nombre de Jesús (Lc 2, 15-20)

 P. Carlos Cardó SJ 

Adoración de los pastores, óleo sobre lienzo de Lorenzo di Credi (1510), Galería de los Uffizi, Florencia, Italia

Los pastores fueron rápidamente y encontraron a María, a José, y al recién nacido acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño, y todos los que los escuchaban quedaron admirados de lo que decían los pastores.
Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón.
Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído, conforme al anuncio que habían recibido.
Ocho días después, llegó el tiempo de circuncidar al niño y se le puso el nombre de Jesús, nombre que le había sido dado por el Ángel antes de su concepción. 

Este texto nos pone con María, José y los pastores para ayudarnos a oír la buena noticia del nacimiento del Hijo de Dios, meditar en sus consecuencias para nuestra vida, y difundirla. 

Los primeros en oír el anuncio del nacimiento de Jesús no fueron el emperador romano ni los jefes del pueblo. La alegre noticia venida desde el cielo (desde Dios, por la fe) llegó a unos pastores, pertenecientes a las clases más pobres del pueblo. Ellos, los más postergados de la sociedad que representan una constante en el evangelio de Lucas (cf. Lc 1,38.52), son los primeros a quienes se les revela que el nacimiento de ese niño no es un acontecimiento privado y sin importancia, sino que atañe a todo el pueblo de Israel y a la humanidad en su conjunto. No teman, les anuncio una gran alegría que será para todo el pueblo: Hoy les ha nacido en la ciudad de David un Salvador, el Mesías, el Señor. Como los pastores, todos los sencillos y humildes de corazón podrán llegar a apreciar y vivir los valores del reino de Dios y de ellos Jesús dará gracias: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los sencillos (Lc 10, 21). 

Al mismo tiempo, los pastores son también los primeros que, después de encontrar a Jesús, se convierten en anunciadores (evangelizadores) de la buena noticia que han recibido y comprobado. Transmiten el conocimiento que les ha venido de lo alto acerca de este Niño y vuelven a su vida de todos los días con el corazón lleno de alegría. A partir de ahí, todo el que con fe y humildad, como los pastores, se encuentra con la bondad de Dios nuestro salvador y su amor a nosotros (Tito 3, 4), sentirá el impulso (¡la necesidad!) de comunicarla. La experiencia del encuentro con Dios es necesariamente comunicativa. 

Junto a los pastores, primeros evangelizadores, se destaca la figura de María con la característica fundamental de su personalidad, que Lucas desde el pasaje de la anunciación más subraya: su gran fe. María acoge y medita en su interior lo que han dicho los pastores, procura comprender su significado profundo, para apoyar el destino de su Hijo, aunque de momento quizá no logre comprenderlo y se pregunte, como hizo ante las palabras del ángel: ¿Cómo podrá ser esto? Ella, la gran creyente, vivirá meditado en su corazón la palabra de Dios, para referirlo todo a ella, para llevarla a la práctica (Lc 8,21). Y así la veremos hasta el final de su vida, cuando acompañe a su Hijo en la pasión o espere en oración, junto con la comunidad, la venida del Espíritu (Hch 1,14). 

A los ocho días, cuando circundaron al Niño, le pusieron el nombre de Jesús, como lo había llamado el ángel ya antes de la concepción. Con la circuncisión, señal de la alianza con Dios (cf. Gn 17,11),  Jesús se incorpora oficialmente en el pueblo de Israel. Pero este rito, es sólo la ocasión de que se vale el evangelista Lucas para prestar atención a la imposición del nombre, sobre el cual recae todo el énfasis de su narración. La razón es que el nombre de Jesús no es un hecho casual o irrelevante, sino impuesto por Dios porque tiene un significado que resume la vocación y misión del Hijo de Dios encarnado: Dios salva. El Dios innombrable de la fe judía, he aquí que tiene un nombre que podemos pronunciar con amor y confianza porque expresa lo que Dios quiere hacer por nosotros: darnos una vida plena, realizada, libre de todo peligro y de todo mal, una vida salvada.