lunes, 20 de diciembre de 2021

La encarnación del Hijo de Dios (Lc 1, 26-38)

 P. Carlos Cardó SJ

Anunciación, óleo sobre lienzo de Aleksandr Andreyevich Ivanov (1850), Galería Tretyakov, Moscú, Rusia

A los seis meses, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.
El ángel, entrando en su presencia, dijo: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo."
Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél.
El ángel le dijo: "No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin."
Y María dijo al ángel: "¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?".
El ángel le contestó: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible."
María contestó: "Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra." Y la dejó el ángel.

Adviento nos presenta la figura de María como la Virgen fiel, atenta a la Palabra de Dios que se encarna en su seno. Ella es modelo de oración, vigilancia y espera, actitudes que se nos piden en adviento. Hay, pues, motivos muy válidos para la admiración, gratitud y amor que profesamos a la Madre de Dios. Ella nos ayuda con su ejemplo y su intercesión a acoger a su Hijo que viene a nosotros. Ella nos pone con Él.

Para toda mujer, el nacimiento de su hijo supone una fiesta extraordinaria, que cambia su vida para siempre; pero la espera del hijo es un tiempo excepcional, en el que se genera entre la madre y su hijo una intimidad verdaderamente indisociable. Por eso, si la navidad es la fiesta que exalta la maternidad de María, el adviento exalta la fe con que María acepta su vocación de madre del Redentor.

El texto de Lucas sobre la anunciación a María (Lc 1,26-38) refleja la alegría de Dios en su encuentro, por medio del ángel, con María, la llena de gracia…, bendita entre todas las mujeres. Y esta alegría que Dios le transmite abre la espera de la virgen madre. En María, la humanidad acoge el ofrecimiento de salvación hecho por Dios. Dios ha hallado una madre que le haga nacer entre nosotros.

Todo en María ha sido predestinado por Dios con vistas al cumplimiento de su voluntad de revelarse a la humanidad y salvarla enviando a su Hijo al mundo. Dios ha querido encontrarse con ella desde su eternidad. El sueño de Dios en favor de sus hijos puede al fin realizarse. Y Dios viene, se incorpora en nuestra historia, sella su alianza con nosotros para siempre.

María acoge el plan de Dios con la actitud de obediencia propia de la fe. Pero esta obediencia lleva primero a remontar las dificultades del creer. María, como los grandes creyentes de la historia, no teme expresar ante su Dios su propio sentimiento de incapacidad frente al designio divino que trasciende toda humana razón: ¿cómo podrá ser esto si no tengo relación con ningún varón?

Y en virtud de esa misma fe confiada que le hace al mismo tiempo referir toda su existencia al Dios que todo lo puede, no duda en responder al anuncio: Hágase en mí lo que has dicho. En su respuesta halla eco el Hágase divino, por el que fueron creadas todas las cosas. Su acogida de la gracia anuncia la nueva creación. María pone a disposición del Padre su cuerpo virginal, para que su Hijo pueda tener un cuerpo humano por obra del Espíritu Santo, y se convierta en hermano nuestro. Lo imposible se hace posible. Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

En la Encarnación María inicia un camino de fe, y ya toda su vida será un caminar en la “obediencia de la fe”, un continuo adviento de esperanza en el silencio de la oración, en la oscuridad de la fe, en la sorpresa del misterio de Dios. María conservaba todas estas cosas en su corazón.

El espíritu propio del adviento nos lleva, pues, a considerar la fe, esperanza y amor con que la Virgen Madre esperó a su Hijo. Como ella nos sentimos movidos a prepararnos, “vigilantes en la oración y… alegres en la alabanza”, para salir al encuentro del Salvador que viene, a no hacer resistencia a su venida aunque venga a cambiarnos, aunque cambie nuestros planes. Con María nos fiamos de Dios y decimos: Hágase en mí según tu palabra. 

domingo, 19 de diciembre de 2021

Homilía del IV Domingo de Adviento - Engrandece mi alma al Señor (Lc 1, 39-48

 P. Carlos Cardó SJ

En aquellos días, María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea y, entrando en la casa de Zacarías, saludó a Isabel.
En cuanto ésta oyó el saludo de María, la criatura saltó en su seno.
Entonces Isabel quedó llena del Espíritu Santo y, levantando la voz, exclamó: "¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a verme? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno. Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor".
Entonces dijo María: "Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava".

San Lucas quiere con este relato dar a conocer el significado que tiene Israel en la historia de la salvación. Para ello, hace que los dos personajes tengan un carácter de símbolo de la relación que hay entre el Antiguo y el Nuevo Testamento.

Por medio de María, Dios visita a su pueblo y hace que su pueblo, simbolizado en Isabel y en el hijo que lleva en su seno, lo reconozca. Llega así a su fin la larga espera de dos mil años: Israel ve cumplidos sus anhelos, Dios se demuestra fiel a su promesa. Isabel y María se saludan, promesa y cumplimiento se besan. En Cristo Salvador, Dios y la humanidad se unen. Israel (Isabel) y María (la Iglesia) se encuentran, Dios en María viene a visitar a su pueblo y en él a toda la humanidad.

Se ven también en el pasaje las dos actitudes más características de María: su servicio y su fe. Dice Lucas que María va de prisa, movida por la caridad, para ofrecer a Isabel la ayuda que en esos casos necesita una mujer en avanzado estado de gravidez, y para compartir con ella la alegría que cada una, a su modo, ha tenido de la grandeza de Dios.

María va de prisa, no para comprobar las palabras del ángel, pues ella cree en lo que se le ha dicho sobre Isabel; va a ayudar. Y el servicio que María aporta a Isabel integra el anuncio de Jesús, comporta la salvación prometida: Isabel quedó llena del Espíritu Santo y el niño que llevaba en su seno saltó de gozo.

¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! es el saludo de Isabel a María.  Bendita entre las mujeres era el saludo de Israel a las grandes mujeres de su historia, que jugaron un gran papel en la victoria de Israel sobre sus enemigos (ver el libro de los Jueces, cap. 4, y el de Judit, cap.13). María, con su obediencia a la Palabra, contribuye a la victoria sobre el enemigo de la humanidad: lleva en su seno al fruto de la descendencia de Eva, que pisotea la cabeza de la serpiente, como estaba predicho en el relato del Génesis (cap. 3).

En su respuesta, Isabel proclama a María: ¡Bienaventurada tú, que has creído! Es la primera bienaventuranza del Evangelio, que Jesús confirmará después, cuando diga: ¡Bienaventurados los que oyen la palabra de Dios y la llevan a cumplimiento¡ Éstos son mi madre y mis hermanos, los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen.

Pocos títulos atribuidos a María expresan mejor que éste la función tan excepcional que le tocó desempeñar dentro del plan de salvación realizado en su Hijo Jesucristo: María es la creyente, “modelo” de todo creyente. Por eso es la llena de gracia, la Madre del Salvador, y también la Madre y figura de la Iglesia, comunidad de los creyentes.

Al oír las palabras de Isabel, María dirigió la mirada a su propia pequeñez, y luego a la generosidad de Dios y entonó un canto de alabanza: Celebra mi ser la grandeza del Señor... María es consciente de que toda su persona, su ser mujer, es un don de Dios y a Él lo devuelve en un canto de alabanza.

Ella intuye que las generaciones la llamarán bienaventurada, no por sus méritos propios, sino por las obras grandes que el Poderoso ha hecho en su favor al darle la vida y elegirla para ser madre del Salvador. Por eso no duda en recalcar el contraste que hay entre su pequeñez de sierva y la grandeza, poder y misericordia de Dios, a quien ve como el santo, el todopoderoso, el misericordioso. En el canto de María laten los corazones agradecidos, que reconocen la acción de Dios en los acontecimientos de la propia historia personal y en la historia de la humanidad.

sábado, 18 de diciembre de 2021

Jesús nace de una madre virgen (Mt 1, 18-24)

 P. Carlos Cardó SJ

El sueño de San José, óleo sobre tabla de Luca Giordano (1697), Museo del Prado (cuadro no exhibido), Madrid, España

Este fue el principio de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José; pero antes de que vivieran juntos, quedó embarazada por obra del Espíritu Santo.
Su esposo, José, pensó despedirla, pero como era un hombre bueno, quiso actuar discretamente para no difamarla.
Mientras lo estaba pensando, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: "José, descendiente de David, no tengas miedo de llevarte a María, tu esposa, a tu casa; si bien está esperando por obra del Espíritu Santo, tú eres el que pondrás el nombre al hijo que dará a luz. Y lo llamarás Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados".
Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por boca del profeta: La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa: Dios-con-nosotros.
Cuando José se despertó, hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado y tomó consigo a su esposa.             

Mateo explica la generación del Hijo de Dios, en la historia humana. Dios no puede ser hecho por el hombre, sólo puede ser esperado y acogido. De esto da ejemplo José, figura de todo hombre justo que se mantiene atento a su propio misterio personal y en él descubre y acoge el misterio de Dios; es ejemplo también de creyente que busca y acoge la voluntad de Dios en su vida aunque ésta contradiga sus puntos de vista.

Dice el evangelio que María estaba prometida a José, es decir, vivían el período del compromiso matrimonial, que duraba de seis meses a un año. La novia seguía viviendo con sus padres. Pero aquel compromiso exigía fidelidad; la infidelidad era adulterio y podía ser castigada.

Pues bien, resultó que (María) esperaba un hijo por acción del Espíritu Santo. Se subraya que José no interviene. No es José quien hace germinar en el seno de María al Hijo del Altísimo, eso sólo lo puede hacer Dios. Y la mayor obra que desde la creación del universo hizo Dios, la obra que ningún ser humano podía programar, ni pretender, la incorporación de Dios en la esfera humana, se realizó de la manera más simple y natural: Una joven resultó encinta, esperando un hijo. María concibe así al autor de la vida, engendra a quien la creó.

José, por su parte, atraviesa la prueba de la fe, como los grandes creyentes. No sabe cómo aceptar el plan de Dios que supera lo imaginable y siente la tentación de retirarse, decide sustraerse. Opta entonces por recurrir a la ley, que permite dar a la mujer un documento por el cual el marido alejaba y daba libertad a la mujer con la que no quería convivir, a fin de que pudiese casarse con otro y reincorporarse en la vida civil. Por respeto, no porque sospeche de ella, decide dejarla en secreto. No quiere para María un repudio público, como si fuese una adúltera. Y cavila en su interior, sin saber qué hacer, insatisfecho del recurso legal que ha pensado para salir del paso. Duerme intranquilo.

Entonces, un ángel del Señor se le apareció en un sueño. José es un hombre de puro corazón, de aquellos de quienes Jesús dirá: Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios (Mt 5,8). El hombre de corazón puro tiene a Dios dentro de sí y su palabra le habla en la profundidad de su ser. José lleva a Dios en su interior y su palabra le habla en el sueño, en la hondura de su ser profundo.

No temas aceptar a María, le dice su ángel de parte de Dios. No temas” es la primera palabra de Dios al hombre. El miedo es contrario a la fe. No temas aceptar a la madre y al fruto bendito de su vientre. Quien  rechaza a la madre, rechaza también al hijo. Y no se puede rechazar el plan de Dios que incluye la mediación histórica de la mujer bendita entre las mujeres, para realizar su plan de salvación de la humanidad.

Le pondrás por nombre Jesús, ordena el ángel al pobre carpintero José. Va a tener que ponerle nombre al Innombrable. ¡El hombre le pone nombre a Dios! Adán afirmaba su soberanía sobre lo creado poniéndoles nombre a todas las cosas. Dios ha querido hacérsenos cercano y accesible, hasta dejar que le nombremos con su nombre: Jesús, Yahvé salva.

Así se cumplió lo que había anunciado el Señor por el profeta: La virgen concebirá y dará a luz un hijo, garantía de la fidelidad de Dios, que será llamado Dios-con-nosotros. Se insiste en la cercanía del Dios encarnado. Jesús es Dios que salva porque es  Dios con nosotros: siempre con nosotros en relación de unión que hace posible el tú a tú, Él conmigo y yo con Él; Dios junto a nosotros para darnos su fuerza, en su compañía siempre. Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28), nos dirá.

José aceptó el mandato del ángel y recibió a su esposa. Esta es la gloria de San José. Padre adoptivo es ser padre por decisión libre y amorosa. El padre adoptivo sostiene y protege al niño, lo educa con ternura y firmeza, le proporciona los medios de que requiere para crecer en todas sus facultades. Y eso son años y años de dedicación, de donación generosa y olvido propio para que el hijo se valga por sí mismo.

Eso es José para Jesús, eso hizo por Jesús, y por eso lo alabamos junto a María. En un país como el nuestro, en el que la paternidad, por tanto descuido, irresponsabilidad y traición, está a veces tan venida a menos, la figura de José puede mover a los jóvenes a desear vivirla y ejercerla como una de las más sublimes realizaciones del ser humano y a aceptar el don de la vida, como un misterio que los trasciende y sobrepasa, pero que no deben temer si lo aceptan con amor, porque el amor desecha el temor. Un hijo es un misterio que se acoge como un regalo y se cuida con plena responsabilidad.

viernes, 17 de diciembre de 2021

Genealogía de Jesús (Mt 1, 1-16. 18-23)

 P. Carlos Cardó SJ

La Sagrada Familia en el Taller de San José, óleo sobre lienzo de Pietro Pezzati (siglo XIX), Castillo de Arundel, Sussex, Inglaterra

Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham:
Abraham engendró a Isaac, Isaac a Jacob, Jacob a Judá y a sus hermanos; Judá engendró de Tamar a Fares y a Zará; Fares a Esrom, Esrom a Aram, Aram a Aminadab, Aminadab a Naasón, Naasón a Salmón, Salmón engendró de Rajab a Booz; Booz engendró de Rut a Obed, Obed a Jesé, y Jesé al rey David.
David engendró de la mujer de Urías a Salomón, Salomón a Roboam, Roboam a Abiá, Abiá a Asaf, Asaf a Josafat, Josafat a Joram, Joram a Ozías, Ozías a Joatam, Joatam a Acaz, Acaz a Ezequías, Ezequías a Manasés, Manasés a Amón, Amón a Josías, Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos durante el destierro en Babilonia.
Después del destierro en Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel, Salatiel a Zorobabel, Zorobabel a Abiud, Abiud a Eliaquim, Eliaquim a Azor, Azor a Sadoc, Sadoc a Aquim, Aquim a Eliud, Eliud a Eleazar, Eleazar a Matán, Matán a Jacob, y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.
De modo que el total de generaciones, desde Abraham hasta David, es de catorce; desde David hasta la deportación a Babilonia, es de catorce, y desde la deportación a Babilonia hasta Cristo, es de catorce.

¿Qué interés pudo tener el evangelista al consignar esa larga lista de nombres y números de los antepasados de Jesús? Con la genealogía como recurso literario, quiso explicar el origen divino y humano de Jesús, y su misión de Mesías.

Presenta a Jesús como Hijo de David según la carne e Hijo de Dios por el Espíritu. Hecho hombre, se incorpora en la historia humana tal como es, con sus grandezas y miserias. Vinculado a Abraham y David, depositarios de la promesa de Dios, Jesucristo manifiesta el amor salvador con que Dios sostiene, dirige la historia, abriéndola más allá del tiempo a la realidad nueva que Él mismo ha prometido a la humanidad.

El género literario de las genealogías, conocido ya en el Antiguo Testamento, servía para explicar los orígenes de los personajes más célebres y ponía de relieve la relación de éstos con los designios de Dios. Con este fin, Mateo construye una genealogía que parte de Abraham, padre del pueblo, y pasa por David, el rey más famoso, para indicar que todo lo que Dios quiso realizar en favor de Israel y, por su intermedio, en favor de la humanidad, se cumplió plenamente en Jesús.

Llama mucho la atención que no se mencionen a las cuatro mujeres que anticipan a María, la madre de Jesús, y que son las más afamadas en la historia judía: Sara (mujer de Abraham), Rebeca (esposa de Isaac), Lía y Raquel (mujeres de Jacob). Las cuatro eran estériles y son sustituidas por cuatro extranjeras que harán de madres: Tamar, una aramea, finge ser prostituta para tener un hijo de Judá (Génesis 38, 1-30); Rahab, cananea, prostituta de Jericó, acoge a los espías de Josué y hace posible la conquista de la ciudad de Jericó, pasando por ello a ser contada como miembro del pueblo escogido  (Josué 2, 1-24); Rut, moabita, deja su casa para vivir con la hebrea Noemí (Rut cap.1) y tiene la suerte de ubicarse entre los antepasados de David; y Betsabé, la mujer de Urías el hitita, a la que el rey David sometió y dejó embarazada, fue la madre de Salomón (2 Samuel cap.11).

Todas ellas hacen ver que para realizar su designio de salvación la providencia se vale de la historia humana, incluso de gente excluida y mal vista, para que resalte su poder salvador. Por encima de la debilidad e impotencia de la carne, el poder de la gracia actúa como base y sostén de la historia de la salvación, que tiende hacia Jesucristo.

La genealogía aparece marcada rítmicamente por la repetición de la palabra engendró. Pero este ritmo se interrumpe con José: él no engendra, se le incluye por ser esposo de María. No es él quien hace germinar en el seno de esta mujer al Hijo de Dios, eso sólo lo puede hacer Dios. María concibe al inconcebible, engendra a quien la creó, da carne a Dios, lo hace nacer en las esferas humanas. Y así el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

Termina el texto con una conclusión, precedida por un significativo por tanto…De Abraham a Cristo se suceden tres grupos de catorce generaciones cada uno. No se trata de un dato de certeza numérica, sino teológica. Lo que quiere decir es que Jesús, y no otra persona ni nadie más, constituye el punto de confluencia de toda la historia de las promesas de Dios a la humanidad. Sólo él es el Mesías. El futuro de la humanidad no podrá prescindir de su persona.