jueves, 16 de diciembre de 2021

Elogio de Juan Bautista (Lc 7, 24-30)

P. Carlos Cardó SJ

Detalle de San Juan Bautista en el retablo de Isenheim, temple y óleo sobre panel de madera de tilo de Matthias Grünewald (1512 a 1516), Museo de Unterlinder, Comar, Francia

Cuando se fueron los mensajeros de Juan, Jesús comenzó a hablar de él a la gente, diciendo: "¿Qué salieron a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? ¿O qué salieron a ver? ¿Un hombre vestido con telas preciosas? Los que visten fastuosamente y viven entre placeres,
están en los palacios. Entonces, ¿qué salieron a ver? ¿Un profeta? Sí, y yo les aseguro que es más que profeta. Es aquel de quien está escrito: Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino. Yo les digo que no hay nadie más grande que Juan entre todos los que han nacido de una mujer. Y con todo, el más pequeño en el Reino de Dios es mayor que él".
Todo el pueblo que lo escuchó, incluso los publicanos, aceptaron el designio de justicia de Dios, haciéndose bautizar por el bautismo de Juan.
Pero los fariseos y los escribas no aceptaron ese bautismo y frustraron, en su propio daño, el plan de Dios.

Juan, el mayor de los profetas, anunció la venida del Mesías y denunció las injusticias que se oponían al reinado de Dios. Llamó a la conversión y anunció el perdón. Juan no dudó en considerar a Jesús como el más fuerte que venía detrás de él, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, el portador del espíritu de Dios. Juan invitó a sus propios discípulos a ir tras Jesús; los movió a cerciorarse ellos mismos de que Jesús era el que había de venir.

Pero las autoridades del pueblo y los fariseos no quisieron seguir a Juan. Ahora, por las preguntas de Jesús, se sienten sin salida: ¿Qué salieron a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento…? Están en un dilema. Si dicen que Juan era enviado de Dios, se condenarían a sí mismos, perderían prestigio, se les podría preguntar: ¿y por qué no lo siguieron? Si dicen que Juan era un falso profeta, se pondrían en contra del pueblo que creyó en él como un enviado de Dios. 

Jesús hace el elogio de su Precursor. Entre los hijos de mujer, nadie hay mayor que él… Juan es presentado por encima de Abraham, de Moisés, de Elías, superior a los patriarcas y los profetas. Juan ve lo que las grandes figuras del Antiguo Testamento desearon ver. Él es el Precursor del Mesías, por eso está en la frontera entre el tiempo antiguo de la espera y de la preparación  y el tiempo nuevo que Jesús inaugura, tiempo del Reino de Dios y del triunfo del amor salvador de Dios.

Por eso dice Jesús que el más pequeño en el reino de los cielos es más que Juan. Aunque grande, Juan forma parte todavía de la etapa preparatoria. Las palabras de Jesús no comparan la dignidad personal del Bautista con la de los miembros del reino. Simplemente contrapone dos épocas, dos etapas en el proceso histórico de la salvación. Juan ha cumplido perfectamente su rol de anunciador, subordinado a Jesús.

¿Qué nos dice este pasaje evangélico? Después de meditarlo, nos queda el impacto de esos tres rasgos sugestivos y cuestionadores con que Jesús diseña la figura del Bautista.

El primero es su vivienda: no habita en palacios sino en el desierto, lugar árido y sin vida, que evoca en la Biblia la experiencia de la mayor cercanía de Dios a su pueblo errante, y de la mayor prueba de la fe (“donde vuestros padres me tentaron”, Salmo 95,9), por lo cual el desierto es símbolo del lugar donde uno se encuentra con Dios, y también donde uno se enfrenta con el tentador, lugar de crisis y de prueba.

El segundo rasgo es su temple de carácter: Juan no es una caña agitada por el viento, es decir, un hombre débil e indeciso, sino un intrépido defensor de los valores morales, que no duda en denunciar la inmoralidad de fariseos y saduceos, y hasta del propio rey Herodes.

El tercer rasgo es su estilo de vida y, en particular, su forma de vestir: Juan no iba vestido con ropas lujosas, tal frivolidad era impensable en un profeta, que tiene que avalar con el ejemplo de su vida austera y desinteresada la verdad de su mensaje; se vestía más bien con pieles de camello y –como afirma también el evangelio de Mateo (3,4) – se mantenía con alimentos silvestres.

Una vida así caracterizada nos mueve a preguntarnos acerca de la existencia que nos vamos construyendo y a desear coherencia y autenticidad, sencillez de vida y coraje para reflejar los valores en los que creemos.

miércoles, 15 de diciembre de 2021

Los discípulos de Juan Bautista (Lc 7, 19-23)

 P. Carlos Cardó SJ

San Juan Bautista dando testimonio, témpera sobre panel transferido a lienzo de Duccio di Buoninsegna (1308 – 1311), Museo de Bellas Artes de Budapest, Hungría

En aquel tiempo, Juan envió a dos de sus discípulos a preguntar a Jesús: "¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?".
Cuando llegaron a donde estaba Jesús, le dijeron: "Juan el Bautista nos ha mandado a preguntarte si eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro".

En aquel momento, Jesús curó a muchos de varias enfermedades y dolencias y de espíritus malignos, y a muchos ciegos les concedió la vista. Después contestó a los enviados: "Vayan a contarle a Juan lo que han visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio. Dichoso el que no se escandalice de mí".

Juan Bautista, uno de los personajes centrales del Adviento, nos lleva a Jesús. Desde la cárcel envía a sus discípulos a preguntarle a Jesús: ¿Eres tú el que ha de venir? Jesús responde remitiéndose a las obras que realiza. Siempre reconocemos al Señor por lo que hace por nosotros.

Las obras que Jesús realiza manifiestan que no es el mesías que muchos esperaban, cargado de poder y de fuerza, sino el Mesías anunciado por Isaías en sus cánticos sobre el Siervo de Yahvé: es decir, un mesías cargado de humanidad, en quien se revela Dios como padre de todos, protector de los pequeños y de los débiles.

Isaías había dicho del tiempo del Mesías: Entonces se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo oirán, saltará el cojo como un ciervo y la lengua del mudo cantará (Is 35,5). Jesús Mesías manda decir a Juan: Vayan y díganle a Juan lo que han visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios… En la respuesta de Jesús vemos la realización de las aspiraciones humanas. Es lo que hace en nosotros y lo que quiere realizar por medio de nosotros en el mundo:

Los ciegos ven: Es lo primero. Hallar luz en el camino de la vida es el milagro-signo principal. Jesús no permite que nos quedemos ciegos en pequeñas esperas y estrechos horizontes. Jesús nos abre los ojos a lo mayor y más perfecto.

Los cojos andan: Nuestra condición es la de peregrinos, caminantes que se dirigen a la casa del padre. Jesús nos libra de lo que paraliza nuestra búsqueda de Dios y de los hermanos a los que amamos y nos necesitan.

Los leprosos quedan limpios: Jesús nos libra de toda indignidad y vergüenza, de todo pasado de culpa y reprobación, nos restablece e integra en la comunidad de los hermanos, iguales hijos de Dios.

Los sordos oyen: desde Adán, el hombre es sordo, habitado por la mentira. Jesús nos abre el oído a las palabras que dan vida, a los valores que ennoblecen, a los proyectos por los que vale la pena luchar, sufrir, y entregar la vida.

Los muertos resucitan: La fe en la Palabra de Jesús es pasar de muerte a vida, es llevar ya ahora aquella vida que no acabará con la muerte.

Los pobres son evangelizados: Los pobres son los preferidos del Señor; su amor por ellos pasa a ser nuestra motivación principal para que, con nuestra actitud solidaria y con nuestros esfuerzos por superar toda forma de inequidad, los pobres crean en la buena noticia de que Dios quiere que el mundo cambie y ofrece su amor salvador a todos.

Y feliz quien no se desilusiona de mí, dice finalmente Jesús. La felicidad es el futuro del ser humano. Pero la auténtica, la que Jesús ofrece en su evangelio, no la que el mundo propone. Sus criterios de valoración de la felicidad son opuestos. Es más feliz el dar que el recibir, dice Jesús. ¡Que nada nos haga pensar otra cosa! 

martes, 14 de diciembre de 2021

La parábola de los dos hijos (Mt 21,28-32)

 P. Carlos Cardó SJ

La parábola de los dos hijos, cromolitografía de la Escuela Inglesa (siglo XIX), publicada en 1890 por Dean & Son Ltd.

En aquel tiempo, Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: "¿Qué opinan de esto? Un hombre que tenía dos hijos fue a ver al primero y le ordenó: 'Hijo, ve a trabajar hoy en la viña'. Él le contestó: 'Ya voy, señor', pero no fue. El padre se dirigió al segundo y le dijo lo mismo. Éste le respondió: 'No quiero ir', pero se arrepintió y fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?".
Ellos le respondieron: "El segundo".
Entonces Jesús les dijo: "Yo les aseguro que los publicanos y las prostitutas se les han adelantado en el camino del Reino de Dios. Porque vino a ustedes Juan, predicó el camino de la justicia y no le creyeron; en cambio, los publicanos y las prostitutas sí le creyeron; ustedes, ni siquiera después de haber visto, se han arrepentido ni han creído en él".

El evangelio nos propone la parábola del padre que envía a sus dos hijos a trabajar en su viña. La pregunta, ¿Qué les parece, quién de los dos hizo lo que quería el padre?, interpela a los oyentes, los convierte en personajes del relato para que definan su posición ante Dios, porque proclamándolo de palabra y con los actos del culto pueden estar lejos de cumplir su voluntad; creyéndose justos, pueden ser peores que los publicanos y prostitutas.

Los dos hermanos de la parábola manifiestan actitudes contrarias, pero en realidad son una misma persona: ambos representan al que escucha la parábola, pero piensa que el asunto no le atañe porque no quiere cambiar.

Los sacerdotes, los escribas y los notables del pueblo –a quienes Jesús se dirige en primer lugar– se consideran justos y no tienen ninguna voluntad de cambiar. Los publicanos y las prostitutas, en cambio, no cumplen la voluntad de Dios, pero ellos no pretenden aparecer como justos, dada la fama que tienen de pecadores públicos.

Se puede decir que aquellos hermanos de la parábola recuerdan al hijo pródigo (Lc 15, 11-32) que transgrede, pero anhela la seguridad que el hijo mayor mantiene en su casa paterna. Se parecen también al hijo mayor, que se queda en casa y obedece, pero con envidia y rencor por la libertad del menor. Ambos son iguales en el fondo: tienen la misma imagen del padre como un patrón exigente, frente al cual solo cabe rebelarse o someterse. Solo cuando reconozcan al padre como lo que es, lleno de amor indulgente y generoso, podrán establecer con él una relación auténtica de amor y libertad.

El padre se dirige al primero de sus hijos y le pide que vaya a trabajar a la viña. El hijo le responde tajantemente: No quiero. Desde el origen, el hombre –representado en Adán– se siente movido ciegamente a identificarse en contra de su Creador y Padre. El engaño que encierra este afán es la ilusión de obrar por el propio bien, pero yendo más allá de las posibilidades humanas, hasta romper la relación del hijo con su Padre y desfigurar la propia humanidad.

Este engaño actúa en el primer hijo de la parábola. Pero después reflexiona, se rectifica y va a trabajar en la viña. No se dice cómo ocurre este cambio. Los profetas han descrito el sentimiento de vacío interior que sobreviene a quien abandona el camino del bien: Así dice el Señor: Me han dejado a mí, fuente de aguas vivas, para ir a construirse cisternas, cisternas agrietadas que no pueden contener el agua (Jer 2,13).

El padre le hace el mismo encargo al segundo hijo: que vaya también él a trabajar a la viña. Y en contraste con el primero, su respuesta es: Voy, señor; pero todo queda en palabras, y no va. Tampoco este hijo comprende al padre. Dividido en su interior, dice sí porque quizá es incapaz de decir no, y finalmente se queda sin hacer nada. No tiene libertad. Además, decir sí por puro miedo supone la imagen de un padre que no respeta la libertad de sus hijos y castiga a quien se rebela.

Para que se entienda bien su parábola, Jesús se dirige luego a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo, que se sienten los profesionales de Dios, los más cercanos a Dios, y les dice: Les aseguro que los publicanos y las prostitutas les llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Ellos no sienten necesidad de convertirse porque no reconocen que tienen que cambiar. Son ciegos porque creen ver, son pecadores por creerse santos.

Vino Juan Bautista a preparar los caminos del Señor y dijeron de él que tenía un demonio (Mt 11,18), en cambio los recaudadores de impuestos y las prostitutas, que no presumen de ser santos, sí le creyeron, cambiaron de vida y se acercaron a Jesús, confiando en la misericordia y en el perdón de Dios que por medio de él se les ofrecía. Por eso Él los alaba.

El evangelio de hoy es, pues, una invitación en primer lugar a revisar la imagen de Dios que tenemos para abrirnos a su misericordia y confiar. Nos hace ver también que nuestros actos van creando actitudes que condicionan nuestra conducta pero no anulan totalmente nuestra libertad, no son irrevocables, por eso podemos cambiar.

Y, finalmente, la parábola nos mueve a reflexión sobre la coherencia y autenticidad en la práctica de nuestra fe cristiana porque podemos estar diciéndole al Señor, pero no pasamos a la obra, no avanzamos en la generosidad y libertad propias del amor, y nos asemejamos a los que dicen no. Si soy consciente de ello, la conversión es posible.

lunes, 13 de diciembre de 2021

La autoridad de Jesús cuestionada (Mt 21, 23-27)

 P. Carlos Cardó SJ

San Juan Bautista dando testimonio, óleo sobre lienzo de Francesco Granacci (1506 – 1507), Museo Metropolitano de Nueva York

En aquellos días, mientras Jesús enseñaba en el templo, se le acercaron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo y le preguntaron: "¿Con qué derecho haces todas estas cosas? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?".
Jesús les respondió: "Yo también les voy a hacer una pregunta, y si me la responden, les diré con qué autoridad hago lo que hago: ¿De dónde venía el bautismo de Juan, del cielo o de la tierra?".
Ellos pensaron para sus adentros: "Si decimos que del cielo, él nos va a decir: 'Entonces, ¿por qué no le creyeron?'. Si decimos que de los hombres, se nos va a echar encima el pueblo, porque todos tienen a Juan por un profeta".
Entonces respondieron: "No lo sabemos".
Jesús les replicó: "Pues tampoco yo les digo con qué autoridad hago lo que hago"

La palabra de Jesús es eficaz, hace lo que significa: produce el perdón, reconcilia con Dios,  hace recibir la gracia/amor de Dios, da salud física y espiritual, anticipa la venida del reino de Dios.

Lo que más choca a sus oyentes, en especial a fariseos y escribas, es que habla en primera persona: Han oído que se dijo… Pues bien, Yo les digo. Se pone en el lugar de Dios. Igualmente, cuando se refiere al templo, al sábado y a las purificaciones cultuales: se pone encima de la Ley y de las tradiciones religiosas. Esa autoridad sólo de Dios le podía venir. O era Hijo de Dios y con razón reivindicaba el espíritu divino y había que seguirlo, o era un embustero y había que castigarlo por blasfemo y falso profeta.

Además, los escribas, sumos sacerdotes y fariseos ven amenazados sus privilegios y la autoridad que detentan. Jesús no sólo tiene una autoridad mayor que la de ellos, sino que ejerce la autoridad de manera nueva y enseña a ejercerla así: El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido sin o a servir…

Jesús, por su parte, no se echa atrás a pesar de la hostilidad que despierta. Reivindica abiertamente para sí el espíritu y poder de Dios como el Ungido: El espíritu de Dios sobre mi, me ha ungido, me ha enviado… Si expulso los demonios con el poder de Dios es que el reino de Dios ha venido ya…

El texto se inserta inmediatamente después de la acción profética realizada por Jesús para purificar el templo. Causa indignación en los sacerdotes y ancianos, garantes del culto en el templo. Por eso lo encaran y preguntan sobre la autoridad con que ha hecho eso.

Jesús responde con otra pregunta. Así se responde a quien no desea realmente oír la respuesta. El diálogo entonces es inútil e imposible. Jesús alude al Bautista, con lo cual retuerce la pregunta y la pone en contra de los mismos que la han hecho, provocándolos. Jesús obliga a tomar posición respecto a Él, claramente: o se está a favor de Él o se está en contra. No hay término medio.

El bautismo de Juan, ¿de dónde provenía?, les pregunta. Juan era el punto de llegada de los profetas. Juan el mayor de los profetas anunció la venida del Mesías y denunció las injusticias que se oponían al reinado de Dios. Llamó a la conversión y anunció el perdón. Juan no dudo en considerar a Jesús como el más fuerte que venía detrás de él, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, el portador del espíritu de Dios. Juan invitó a sus propios discípulos a ir tras Jesús; los movió a cerciorarse ellos mismos de que Jesús era el que había de venir.

Pero las autoridades del pueblo y los fariseos no quisieron seguir a Juan. Ahora, por la pregunta de Jesús, se sienten sin salida. Están en un dilema. Si dicen que Juan era enviado de Dios, se condenarían a sí mismos, perderían prestigio, se le podría preguntar: ¿y por qué no lo siguieron? Si dicen que su bautismo era obra puramente humana, afirman que Juan era un falso profeta, con lo cual se pondrían en contra del pueblo, que creyó en Juan como un hombre enviado por Dios. 

Dios nos pone a veces, en dilemas así, frente a los cuales aparecen nuestras resistencias y se hace necesario pedir: Señor, que vea, Señor, conviérteme a tus caminos.

Jesús revela la verdad del ser humano, interpela, conmueve. Su palabra es espada de dos filos: corta y deja al descubierto. Ha sido puesto como signo de contradicción, ha venido a poner de manifiesto los pensamientos de los corazones. Pero podemos decirle con confianza: Júzgame Señor y ponme a prueba, conoce mi interior… (Sal 139). Siempre nos juzga con misericordia.